El Mapa Fantasma. La Epidemia Que Cambió La Ciencia, Las Ciudades Y El Mundo Moderno — Steven Johnson / The Ghost Map: The Story of London’s Most Terrifying Epidemic—and How It Changed Science, Cities, and the Modern World by Steven Johnson

C46AC032-4CE7-4374-948C-3112BD458D7F
El Mapa Fantasma serpentea desde su historia central: cómo un médico poco ortodoxo encontró la fuente de una epidemia de cólera que se extendió por Londres en 1854, en una serie de otros problemas. Esperando un recuento más directo del desenmarañamiento de este misterio médico, dejé este libro a un lado dos veces con frustración, aburrido de la tendencia del autor a extender la narrativa, y particularmente su examen repetido del control que el «paradigma miasma» tenía sobre las mentes médicas. a mediados del siglo XIX. Parece que no puede superar el hecho de que toda clase de personas educadas y razonables creían que la enfermedad era causada por olores nocivos. Su larga discusión sobre los obstáculos burocráticos que enfrenta John Snow, el médico que relacionó el cólera con la contaminación del agua potable con las aguas residuales, comienza a debilitarse a la mitad del libro.
El Mapa Fantasma ciertamente comienza de manera bastante prometedora, con una descripción de los «recicladores» hasta ahora no anunciados de la Victoria victoriana: los «hombres de la noche», «alondras», recolectores de trapos, recolectores de huesos y otros que se ganaban la vida hurgando en las calles de Londres, ríos y alcantarillas. Esto es algo fascinante: ¿quién sabía, por ejemplo, que existía una persona como «buscador puro» (traficante de mierda de perro o «puro, que usaban los curtidores)? En este mundo dickensiano, una asombrosa variedad de los ciudadanos de segunda (o tercera) clase se ganaban la vida al margen.
A partir de un examen de este mundo inferior, Johnson luego se traslada a los barrios bajos de Londres, haciendo un trabajo desquiciado que describe las condiciones de vida estrechas y horribles. Se concentra en una calle y una familia; Una madre acosada está cuidando a un bebé enfermo, que finalmente muere. El niño sufre de diarrea virulenta y se está consumiendo. La madre lava los pañales sucios y arroja el agua sucia en el pozo a las afueras de su puerta. El pozo negro, a su vez, rezuma en un pozo local. El escenario está preparado para el comienzo de una epidemia.

Johnson es el mejor cuando describe este mundo, con sus barrios pobres. Pero se inclina, con frecuencia, a perseguir preguntas filosóficas, entre las cuales la incapacidad de la humanidad para ver más allá de los paradigmas científicos dominantes de la época. Esto empantana la narrativa. Si bien Johnson tiene muchas ideas y especulaciones interesantes, es agotador tomarse en tantos viajes secundarios sin resolver. No es tan interesante, por ejemplo, leer (extensamente) las batallas de John Snow con las autoridades con cabeza de cerdo, que son ciegas al vínculo obvio que Snow establece entre una fuente particular de agua contaminada y la epidemia de cólera. Tampoco estaba particularmente fascinado por leer las minucias del análisis estadístico de Snow que hizo para su caso. Johnson también parece excesivamente aficionado a la idea de un «mapa» como un gran tema de organización, uno que se extiende mucho más allá del siglo XIX en el capítulo final.
En realidad, el capítulo final deja el Londres de Snow por completo y es una especie de revelación. Johnson analiza el papel de las ciudades en el mundo moderno, así como las amenazas más graves que enfrenta la humanidad hoy en día. Este capítulo bien podría ser un ensayo independiente. Me hizo pensar, en última instancia, que este libro habría sido dos excelentes libros: uno sobre la historia de la epidemia de cólera y otro sobre las consecuencias sociales del surgimiento de las ciudades. Tal como están las cosas, ponerlas en un solo libro, entretejiendo entre hechos y premisas filosóficas, fue un poco exagerado.

Es agosto de 1854 y la ciudad de Londres es una ciudad de carroñeros. Sus propios nombres evocan ahora una especie de catálogo de animales exóticos: recolectores de huesos, traperos, buscadores de materias puras, dragadores, hurgadores del barro, cazadores de las cloacas, captores de polvo, limpiadores de excrementos humanos, hurgadores del río, hombres de la orilla… Eran las clases bajas de Londres, una comunidad de al menos cien mil personas. Tan notable era su presencia que si se hubieran separado de la ciudad para formar la suya propia, habrían creado el quinto núcleo urbano más extenso de toda Inglaterra. Pero su diversidad y la precisión de sus rutinas destacaban más que su proporción. Los madrugadores que paseaban por las orillas del Támesis podían presenciar cómo los hurgadores del río se adentraban en él en busca de la basura arrastrada por la marea, vestidos con un aire un tanto cómico, con largos y anchos abrigos de pana cuyos enormes bolsillos se llenaban de pedazos sueltos de cobre que recuperaban en la orilla.
Normalmente se asume que el reciclaje de desechos nació en el seno del movimiento ecologista, y que es tan moderno como las bolsas de plástico azul con las que cargamos botellas de detergente y latas de refresco. Sin embargo, se trata de una práctica antigua, como demuestra el hecho de que los habitantes de Cnosos (Creta) utilizaran ya hace cuatro mil años fosos para el abono. Asimismo, gran parte de la Roma medieval se construyó a base de materiales sustraídos de las ruinas de la ciudad imperial. (Antes de convertirse en un referente turístico, el Coliseo hacía las veces de cantera). El reciclaje de desechos —en forma de distribución de abono y estiércol— jugó un papel crucial en el boyante crecimiento de las ciudades europeas. Las grandes masas de población humana necesitan, por definición, un considerable suministro de energía para ser sostenibles, empezando por asegurar la provisión de alimentos.
A finales de aquel verano de 1854, mientras los hurgadores del barro, los hurgadores del río y los recolectores de huesos hacían sus rondas, Londres estaba a punto de asistir a una batalla, más aterradora si cabe, entre humanos y microbios. Su impacto se convirtió en el más mortífero sufrido en la historia de la ciudad.

Los elevados sueldos de los limpiadores de letrinas no fueron la única causa de este aumento en la presencia de excrementos. La creciente e imparable aceptación del inodoro agudizó la crisis. A finales del siglo XVI, sir John Harington había inventado un sistema de cisterna, y de hecho instaló una versión operativa para su madrina, la reina Isabel I, en el palacio de Richmond. Pero el aparato no empezó a adquirir popularidad hasta finales del siglo XVIII, cuando un relojero llamado Alexander Cummings y un carpintero de nombre Joseph Bramah registraron por separado dos patentes de una versión mejorada del diseño de Harington. Bramah fue más allá emprendiendo un rentable negocio de instalación de inodoros en las residencias de las clases acomodadas. Según un estudio, el número de instalaciones se había multiplicado por diez entre 1824 y 1844. Otro de los momentos clave de esa tendencia tuvo lugar durante la Exposición Universal de 1851, acontecimiento para el que el fabricante George Jennings instaló inodoros de uso público en Hyde Park. Se estima que fueron utilizados por unos 827.000 visitantes. No cabe duda de que todo el mundo se maravillaba con el espectacular despliegue de cultura mundial e ingeniería moderna brindado por la exposición, pero para muchos la experiencia más asombrosa fue sencillamente sentarse en un váter por primera vez.
El factor determinante que condujo a Londres a la crisis en la eliminación de residuos fue puramente demográfico: el número de personas que generaban residuos prácticamente se había triplicado en el espacio de cincuenta años. En el censo de 1851, Londres tenía una población de 2,4 millones de habitantes, cifra que la convertía en la ciudad más poblada del planeta y a la que se había ascendido desde el millón de habitantes aproximado de finales del siglo anterior. Aun contando con una infraestructura moderna, es difícil gestionar semejante crecimiento. Pero, al no disponer de infraestructuras, aquellos dos millones de personas forzadas bruscamente a convivir en una superficie de unos doscientos treinta kilómetros cuadrados eran una catástrofe inminente.
Aquella aglomeración de vidas humanas tuvo una repercusión inevitable: el aumento de cadáveres.

Con el calor y la humedad de finales de agosto, el Soho desprendía inevitablemente los olores generados por los pozos negros y las cloacas, las fábricas y los hornos. Parte del hedor provenía de la omnipresencia de ganado en el centro de la ciudad. A un viajero moderno que se desplazara en el tiempo hacia el Londres victoriano no le sorprendería ver caballos (y, por consiguiente, su estiércol) por todos los rincones de la ciudad, pero probablemente le asombraría descubrir el elevado número de animales de granja que vivían en barrios tan abarrotados como Golden Square. Por las calles caminaban en tropel auténticos rebaños; el mercado de ganado más importante, en Smithfield, tenía unas ventas regulares de cerca de quince mil ovejas al día. Un matadero situado en los límites del Soho, en Marshall Street, mataba una media de cinco bueyes y siete ovejas al día, deshaciéndose de la sangre y la suciedad procedentes de los animales a través de unos desagües que desembocaban en la calle. Al no disponer de las instalaciones adecuadas, los residentes convertían las viviendas tradicionales en «establos» —apiñando veinticinco vacas en una diminuta habitación—. En algunos casos, las vacas eran subidas a los desvanes mediante un sistema de poleas.
La trágica ironía del cólera es que la enfermedad tiene un remedio sorprendentemente lógico y sencillo: el agua. La mayoría de las víctimas del cólera a las que se administra agua y electrolitos por vía oral e intravenosa suelen sobrevivir a la enfermedad, hasta el punto de que en numerosos estudios se ha infectado a voluntarios deliberadamente para analizar sus efectos, sabiendo que el programa de rehidratación reducirá la enfermedad a un simple e incómodo ataque de diarrea. Pensarás que a cualquier médico de la época se le podría haber ocurrido la terapia del agua: después de todo, el enfermo descargaba enormes cantidades de agua. Si estuviéramos buscando una cura para esta enfermedad, ¿no sería lógico empezar con la restitución de parte de esos fluidos perdidos? Y, de hecho, un médico británico, Thomas Latta, dio precisamente con esa solución en 1832, unos meses después del primer brote, inyectando agua salada en las venas de sus pacientes enfermos de cólera. El enfoque de Latta difería del tratamiento moderno solo en términos de cantidad: para garantizar la recuperación completa se necesitan litros y litros de agua.

Como aprendiz en Newcastle, Snow pudo constatar de primera mano los estragos de la epidemia de cólera que estalló en 1832. Tuvo ocasión de tratar a los supervivientes de un brote de singular nocividad en una mina de carbón de la zona, la Killingworth Colliery. El joven Snow observó que las condiciones sanitarias de la mina eran horribles, ya que los empleados no disponían de dependencias separadas donde poder desahogarse, y por lo tanto no les quedaba más remedio que comer y hacer sus necesidades en el mismo sitio, casi a oscuras, en aquellos agobiantes túneles. A medida que avanzaba el cólera, la idea de que el brote tenía su origen en las condiciones sociales de aquellos miserables trabajadores —y no en una propensión innata a la enfermedad— iba tomando forma en la mente de Snow. Era aquel un planteamiento parcial que distaba mucho de ser una verdadera teoría. Pero aun así, no dejaba de rondarle la cabeza.
Las investigaciones de Snow en torno al cólera empezaron cuando se percató de un dato revelador en las descripciones publicadas acerca de la epidemia de 1848. El cólera asiático se había mantenido alejado de Inglaterra durante varios años, pero recientemente se había apoderado de la Europa continental, llegando hasta la ciudad de Hamburgo. En septiembre de aquel año, el buque de vapor alemán Elbeatracó en Londres tras haber partido de Hamburgo pocos días antes. Un tripulante llamado John Harnold se alojó en una casa de huéspedes de Horsleydown. El 22 de septiembre, contrajo el cólera y murió en cuestión de horas. Unos días después, un hombre llamado Blenkinsopp ocupó la que había sido su habitación; la enfermedad se apoderó de él el 30 de septiembre. En tan solo una semana, el cólera empezó a extenderse por el barrio vecino, y finalmente lo haría por toda la nación. Cuando la epidemia remitió, dos años después, se había cobrado la vida de cincuenta mil personas.

En medio de esta devastación, había dos extrañas islas que habían permanecido intactas. En la cervecería Lion Brewery, situada a unos treinta metros del surtidor de Broad Street, la actividad continuaba con una singular apariencia de normalidad. Todavía no se había producido ninguna defunción entre sus ochenta trabajadores. El cólera seguía pasando de largo por las casas de Green’s Court, a pesar de la suciedad y del hacinamiento de sus dependencias. De entre los quinientos indigentes que residían en el asilo St. James Workhouse de Poland Street, tan solo unos pocos habían contraído la enfermedad, mientras que las relativamente acomodadas casas de sus alrededores habían perdido la mitad de sus habitantes en el espacio de tres días.
Pero cada vez que el reverendo Whitehead creía encontrar un motivo de esperanza, una nueva tragedia frustraba su optimismo natural.
El tradicional miedo al cólera se vio magnificado por la teoría miasmática de su transmisión. La valentía de aquellos que se quedaban para combatir la enfermedad —o para investigar sus orígenes— es lo que resulta más sorprendente, ya que la mayoría de las personas creían que el simple hecho de respirar en las inmediaciones de un lugar infectado suponía un peligro para la vida. John Snow tenía al menos el valor que le daban sus convicciones: si el cólera se hallaba en el agua, el hecho de adentrarse en la zona de Golden Square en el punto más álgido de la epidemia no debía de suponer ninguna amenaza seria, siempre y cuando se abstuviera de beber agua de los surtidores de la zona durante sus visitas. El reverendo Whitehead no contaba con ninguna teoría para disipar sus miedos mientras pasaba largas horas acompañando a personas infectadas, pero aun así ninguno de sus escritos sobre el brote de Broad Street hace mención de su miedo personal.
Es difícil averiguar lo que se esconde tras esa omisión, acertar con el verdadero estado mental de Whitehead.
A mediados del siglo XIX, el amplio surtido de empresas que instalaban tuberías de agua se había concentrado en aproximadamente diez firmas principales, cada una de las cuales se hacía con el control de una determinada zona de la ciudad. La compañía New River Water abastecía al área metropolitana de Londres, mientras que la empresa Chelsea Water canalizaba agua hacia la zona oeste. Dos compañías controlaban la zona al sur del Támesis: Southwark and Vauxhall (también conocida por la abreviación S&V) y Lambeth. Muchas de esas compañías —incluidas S&V y Lambeth— tenían cañerías de entrada dentro del alcance de la marea del Támesis. El agua que suministraban a sus clientes estaba por lo tanto contaminada con desechos urbanos, gracias a la creciente red de alcantarillado, que los vertía al río y aumentaba en consecuencia su pestilencia. Hasta el miasmático más acérrimo encontraba ofensiva semejante gestión, así que, a principios de la década de 1850, el Parlamento aprobó una legislación que obligaba a todas las compañías de agua de Londres a desplazar sus cañerías de entrada por encima del límite del agua de la marea para antes de agosto de 1855. S&V optó por retrasar su traslado hasta el último momento, de modo que siguió extrayendo agua de Battersea; pero Lambeth desplazó su central depuradora a la lejana y limpia zona de Thames Ditton en 1852.

La solución resultó bastante sencilla, al menos en la teoría. Londres necesitaba un sistema de alcantarillado metropolitano que pudiera extraer los desechos producidos por los hogares de un modo seguro e higiénico. Dicho sistema requeriría un esfuerzo en ingeniería considerable, pero un país que había construido una red ferroviaria nacional en cuestión de décadas y que había encabezado la Revolución Industrial podía afrontar un proyecto de semejante magnitud. El problema era la jurisdicción, no la ejecución. La infraestructura urbana de comienzos del Londres victoriano estaba regida por una bizantina agrupación de consejos locales que se habían constituido a lo largo de los siglos a través de más de doscientas leyes diferentes del Parlamento. Obras como la pavimentación o el alumbrado de las calles o como la construcción de desagües y cloacas eran supervisadas por los inspectores locales sin contar prácticamente con una coordinación general.
No obstante, aunque la epidemia estaba remitiendo, seguía registrando unos niveles de mortalidad alarmantes, que sobrepasaban los estándares normales. Snow sabía por sus investigaciones que se había producido al menos una docena de muertes aquel miércoles —cifra diez veces superior al índice normal para el barrio—. Dado el éxodo de la población, era posible que la epidemia continuara teniendo la misma tasa de mortalidad per cápita. Sabía que su cálculo estadístico sobre el brote sería un argumento convincente para su teoría de la transmisión por vía hídrica, especialmente si lo acompañaba de los resultados finales de su estudio de las centrales depuradoras de la zona sur de Londres.

La originalidad del mapa no se derivaba de su voluntad de reflejar gráficamente el impacto de una epidemia, ni siquiera de su voluntad de codificar las muertes en forma de líneas grabadas a lo largo del diagrama callejero. Si aportaba alguna innovación formal era aquella circunferencia amorfa que enmarcaba el brote en la segunda versión, el diagrama de Voronoi. Pero la verdadera innovación residía en primer lugar en los datos generados por aquel diagrama, y en la investigación que había llevado a la obtención de aquellos datos. El mapa de Broad Street de Snow ofrecía una visión panorámica, pero se había confeccionado partiendo del conocimiento genuino a pie de calle. Los datos que representaba de forma gráfica eran un fiel reflejo de la vida cotidiana.
La opinión de la comunidad científica acabaría inclinándose a favor de Snow, y cuando eso sucedió, el mapa de Broad Street adquirió una gran relevancia. La mayoría de los escritos acerca del brote reproducían el mapa de algún modo; así que, con frecuencia, empezaron a aparecer en libros de texto copias de copias que se presentaban erróneamente como reproducciones originales. (La mayoría carecían de los diagramas de Voronoi críticos). A medida que creció la aceptación de la teoría sobre la transmisión a través del agua, se tendió a recurrir al mapa como explicación abreviada de los argumentos científicos de la teoría. Era más fácil señalar aquellas líneas negras que emanaban de forma amenazadora del surtidor que explicar toda la idea de los microorganismos invisibles para el ojo humano. Es posible que el mapa no causara en su audiencia inmediata el impacto que le habría gustado a Snow, pero lo cierto es que tuvo cierta repercusión a nivel cultural. Igual que el propio cólera, tenía un rasgo que hacía que la gente tendiera a reproducirlo, y a través de aquellas reproducciones, el mapa propició la generalización de la teoría sobre la transmisión hídrica. A largo plazo, el mapa fue un éxito tanto en el ámbito comercial como en el de la ciencia empírica. Hizo que una buena idea llegara al público general.
Los edificios han cambiado. Casi todas las construcciones levantadas en Broad Street a finales del verano de 1854 han sido reemplazadas por otras nuevas —en parte gracias a la Luftwaffe, y en parte gracias a la destrucción creativa de los mercados inmobiliarios urbanos en auge—. (Hasta los nombres de las calles han cambiado. Broad Street adoptó el nombre de Broadwick Street en 1936). El surtidor, naturalmente, desapareció hace mucho, si bien se conserva una réplica con una pequeña placa a varias manzanas de su emplazamiento original. A una manzana hacia el este del lugar donde había estado el surtidor se levanta un edificio de oficinas de brillante vidrio diseñado por Richard Rogers, que dejó al descubierto las cañerías de la construcción, pintadas en un llamativo naranja; su acristalado vestíbulo aloja un refinado y concurrido restaurante de sushi. La iglesia de St. Luke, derruida en 1936, ha sido sustituida por el complejo Kemp House, cuyas catorce plantas albergan una mezcla variada de oficinas, pisos y tiendas. La entrada al asilo de Poland Street es actualmente una zona de estacionamiento, aunque la estructura del asilo se mantiene intacta y visible desde Dufour’s Place, que ha sobrevivido a la insipidez de la posguerra de Broadwick Street como un gran fósil victoriano.
En la misma Broadwick Street, solo un negocio se ha mantenido en pie a lo largo del siglo y medio que nos separa de aquellos terribles días de septiembre de 1854. Todavía es posible adquirir una pinta de cerveza en el pub de la esquina de Cambridge Street, a menos de quince pasos del lugar donde se hallaba la bomba que en su día prácticamente destruyó el vecindario. Tan solo ha cambiado su nombre. Ahora se llama The John Snow.

Los peligros de la densidad se vuelven más fulminantes —o más contagiosos, como puede ser en este caso— a medida que se tiende a alimentar el miedo con la moneda del siglo XXI: las armas químicas o biológicas, virus o bacterias que trabajan por cuenta propia aterrorizando al planeta con el único fin de garantizar la reproducción de su especie. La gente continúa preocupándose con mayor frecuencia por la sostenibilidad a largo plazo de los densos asentamientos urbanos que por esas armas de autorreplicación que evocan perspectivas catastróficas. Las redes estrechamente relacionadas de seres humanos y microbios constituyen una gran monografía sobre el poder del crecimiento exponencial. Si se infectara a diez individuos con el virus del Ébola en Montana, se podría acabar con un centenar de vidas, dependiendo del momento en que las primeras víctimas fueran llevadas a un hospital. Pero si se infectara a diez individuos con el virus del Ébola en el centro de Manhattan, se podría llegar a matar a más de un millón. Como es lógico, las bombas tradicionales se vuelven más letales a medida que aumenta el volumen de su población objetivo, pero en ese caso el ascenso es lineal. Con las epidemias la mortalidad aumenta de manera exponencial.
La amenaza de pandemia acabaría venciéndose con un tipo de mapa diferente; no con mapas sobre las vidas y las muertes de una calle urbana, o sobre los brotes de gripe aviar, sino con mapas de nucleótidos envueltos en una doble hélice. Nuestra capacidad para analizar la composición genética de cualquier forma de vida ha realizado unos progresos sorprendentes a lo largo de los últimos diez años, pero en muchos sentidos nos hallamos ante el principio de la revolución genómica.
Los virus son tanto nuestros enemigos como nuestros fabricantes de armas. Pero, dado que nos adentramos en una era de rápido análisis y tipificación molecular, cambia todo el enfoque. La complejidad de nuestro entendimiento de las enfermedades microbianas ya está avanzando a una velocidad mucho mayor que la complejidad de los propios microbios. Tarde o temprano, los microbios no podrán competir con ello.
Pero tal vez la carrera armamentística no sea una mera figura retórica. Es posible que el virus de la gripe por sí solo no sea capaz de desarrollar la complejidad suficiente para desafiar a la tecnología de la ciencia genómica.
Los desafíos globales que se nos presentan no son necesariamente una crisis apocalíptica del capitalismo o el choque final del orgullo desmesurado del género humano contra el espíritu equilibrado de Gea. En el pasado nos hemos enfrentado a crisis igualmente terroríficas. La única cuestión es si podremos sortear esas crisis sin acabar con la vida de al menos diez millones de personas. Así que sigamos luchando.

——————-

FAA07D49-6A44-4D51-BD3D-CB3A54E90C96
The Ghost Map meanders from its central story — how an unorthodox physician found the source of a cholera epidemic that swept through London in 1854 — into a host of other issues. Expecting a more straightforward account of the unraveling of this medical mystery, I set this book aside twice in frustration, bored with the author’s tendency to stretch out the narrative, and particularly his repeated examination of the hold the «miasma paradigm» had upon medical minds in the mid nineteenth century. He can’t seem to get over the fact that all manner of educated and otherwise reasonable people believed that disease was caused by noxious smells. His lengthy discussion of the bureaucratic obstacles faced by John Snow, the physician who linked cholera with contamination of drinking water with sewage, begins to wear thin about half-way through the book.
The Ghost Map certainly starts promisingly enough, with a description of Victorian London’s hitherto unheralded «recyclers» – the «night-soil men,» «mudlarks,» rag-gatherers, bone-pickers and others who made a living scavenging in London’s streets, rivers, and sewers. This is fascinating stuff — who knew, for example, that such a person as a «pure finder» (dealer in dog shit, or «pure, which was used by tanners) existed? In this Dickensian world, an astonishing diverse array of second- (or third-) class citizens eked out a living on the margins.
From an examination of this nether world, Johnson then moves on to the slums of London, doing a crack-up job describing the cramped, horrid living conditions. He zeros in on one street and one family; a harried mother is caring for a sick infant, who eventually dies. The child suffers from virulent diarrhea and is wasting away. The mother washes the soiled diapers and tosses the dirty water in the cesspool just outside her door. The cesspool, in turn, oozes into a local well. The stage is set for the beginning of an epidemic.

Johnson is best when he describes this world, with its reeking slums. But he is inclined, frequently, to hare after philosophical questions, not the least of which is mankind’s inability to see beyond the dominant scientific paradigms of the time. This bogs the narrative down. While Johnson has many interesting ideas and speculations, it’s tiring to be taken on so many unresolved side journeys. It’s not quite so interesting, for example, to read (at length) of John Snow’s battles with pig-headed authorities, who are blind to the obvious link that Snow establishes between one particular source of contaminated water and the cholera epidemic. Nor was I particularly enthralled to read the minutia of Snow’s statistical analysis he built for his case. Johnson also seems inordinately fond of the idea of a «map» as a grand organizing theme, one which he stretches out well past the 19th century in the final chapter.
Actually, the final chapter leaves Snow’s London altogether and is something of an eye opener. Johnson discusses the role of cities in the modern world, as well as the gravest threats that mankind faces today. This chapter could well be a stand-alone essay. It made me think, ultimately, that this book would have made two excellent books — one the tale of the cholera epidemic and the other of the social consequences of the rise of cities. As it is, putting them into one book, weaving between factual account and philosophical premise, was over-reaching a bit.

It’s August 1854 and the city of London is a city of scavengers. Their own names now evoke a kind of catalog of exotic animals: bone pickers, ragpickers, pure matter seekers, dredgers, mud diggers, sewer hunters, dust catchers, human excrement cleaners, river diggers, men of the shore … They were the lower classes of London, a community of at least a hundred thousand people. So remarkable was their presence that if they had separated from the city to form their own, they would have created the fifth largest urban nucleus in all of England. But its diversity and the precision of its routines stood out more than its proportion. The early risers strolling along the banks of the Thames could witness how the river diggers entered it in search of the trash washed up by the tide, dressed in a somewhat comical air, with long and wide corduroy coats whose huge pockets were filled of loose pieces of copper that they recovered on the shore.
It is normally assumed that waste recycling was born within the environmental movement, and that it is as modern as the blue plastic bags with which we carry detergent bottles and soda cans. However, this is an ancient practice, as evidenced by the fact that the inhabitants of Knossos (Crete) used compost pits four thousand years ago. Also, much of medieval Rome was built on materials taken from the ruins of the imperial city. (Before becoming a tourist reference, the Colosseum served as a quarry). Waste recycling – in the form of fertilizer and manure distribution – played a crucial role in the buoyant growth of European cities. Large masses of human population need, by definition, a considerable supply of energy to be sustainable, starting with ensuring food supplies.
At the end of that summer of 1854, as the mud diggers, the river diggers and the bone pickers made their rounds, London was about to witness a battle, more terrifying if possible, between humans and microbes. Its impact became the deadliest suffered in the history of the city.

The high salaries of latrine cleaners were not the only cause of this increase in the presence of excrement. The growing and unstoppable acceptance of the toilet exacerbated the crisis. In the late 16th century, Sir John Harington had invented a cistern system, and in fact installed an operational version for his godmother, Queen Elizabeth I, at Richmond Palace. But the device did not begin to gain popularity until the late 18th century, when a watchmaker named Alexander Cummings and a carpenter by the name of Joseph Bramah separately filed two patents for an improved version of the Harington design. Bramah went further by undertaking a profitable business of installing toilets in the residences of the wealthy classes. According to a study, the number of installations had multiplied by ten between 1824 and 1844. Another key moment in this trend took place during the Universal Exhibition of 1851, an event for which the manufacturer George Jennings installed toilets for public use in Hyde. Park. It is estimated that they were used by some 827,000 visitors. There was no doubt that everyone was amazed at the spectacular display of world culture and modern engineering provided by the exhibition, but for many the most amazing experience was simply sitting in a toilet for the first time.
The determining factor that led London to the waste disposal crisis was purely demographic: the number of people generating waste had nearly tripled in the space of fifty years. In the 1851 census, London had a population of 2.4 million inhabitants, a figure that made it the most populous city on the planet and had risen from the approximate million inhabitants at the end of the previous century. Even with modern infrastructure, it is difficult to manage such growth. But, lacking infrastructure, those two million people abruptly forced to live together on an area of some two hundred and thirty square kilometers were an impending catastrophe.
That agglomeration of human lives had an inevitable repercussion: the increase of corpses.

With the heat and humidity of the end of August, Soho inevitably gave off the odors generated by cesspools and sewers, factories and furnaces. Part of the stench came from the omnipresence of cattle in the city center. A modern traveler traveling back in time to Victorian London would not be surprised to see horses (and thus his manure) everywhere in the city, but he would probably be amazed to discover the large number of farm animals that lived in neighborhoods as crowded as Golden Square. Authentic herds marched through the streets; the largest cattle market in Smithfield had regular sales of about fifteen thousand sheep a day. An abattoir located on the edge of Soho, on Marshall Street, killed an average of five oxen and seven sheep a day, disposing of the blood and dirt from the animals through drains that emptied into the street. Lacking adequate facilities, residents turned traditional dwellings into «stables» —stacking twenty-five cows in one tiny room. In some cases, the cows were raised to the attics using a pulley system.
The tragic irony of cholera is that the disease has a surprisingly logical and simple remedy: water. The majority of cholera victims who are given water and electrolytes orally and intravenously often survive the disease, to the point that in numerous studies volunteers have been deliberately infected to analyze its effects, knowing that the Rehydration will reduce the disease to a simple and uncomfortable attack of diarrhea. You will think that any doctor of the time could have thought of water therapy: after all, the patient discharged huge amounts of water. If we were looking for a cure for this disease, wouldn’t it be logical to start with the restitution of some of those lost fluids? And indeed, a British doctor, Thomas Latta, came up with just that solution in 1832, a few months after the first outbreak, injecting salty water into the veins of his cholera-sick patients. Latta’s approach differed from modern treatment only in terms of quantity: liters and liters of water are required to ensure complete recovery.

As an apprentice in Newcastle, Snow was able to see firsthand the ravages of the cholera epidemic that erupted in 1832. He had the opportunity to treat survivors of a singularly harmful outbreak at a local coal mine, the Killingworth Colliery. Young Snow observed that the sanitary conditions of the mine were horrible, since the employees did not have separate rooms where they could let off steam, and therefore they had no choice but to eat and relieve themselves in the same place, almost in the dark , in those overwhelming tunnels. As the cholera progressed, the idea that the outbreak had its origins in the social conditions of those miserable workers — and not an innate propensity for illness — was taking shape in Snow’s mind. This was a partial approach that was far from being a true theory. But still, he kept hounding her head.
Snow’s research into cholera began when he realized a revealing fact in published descriptions of the 1848 epidemic. Asian cholera had been kept away from England for several years, but had recently taken over continental Europe, reaching the city of Hamburg. In September of that year, the German steamship Elbeatrace in London after leaving Hamburg a few days earlier. A crew member named John Harnold stayed at a Horsleydown guest house. On September 22, he contracted cholera and died within hours. A few days later, a man named Blenkinsopp occupied what had been his room; the disease seized him on September 30. In just a week, cholera began to spread through the neighboring neighborhood, and eventually it would spread throughout the nation. When the epidemic subsided, two years later, it had claimed the lives of fifty thousand people.

In the midst of this devastation, there were two strange islands that had remained intact. At the Lion Brewery Brewery, about thirty meters from the Broad Street spout, the activity continued with a singular appearance of normality. No deaths had yet occurred among its eighty workers. Cholera continued to pass through the houses of Green’s Court, despite the filth and overcrowding of its premises. Of the five hundred indigent residents of St. James Workhouse on Poland Street, only a few had contracted the disease, while the relatively wealthy houses around it had lost half of their inhabitants in the space of three days.
But every time Reverend Whitehead thought he found a reason for hope, a new tragedy frustrated his natural optimism.
The traditional fear of cholera was magnified by the miasmatic theory of its transmission. The courage of those who stayed to fight the disease – or to investigate its origins – is most surprising, since most people believed that simply breathing in the vicinity of an infected place posed a danger to life. John Snow was at least as courageous as his convictions: if cholera was in the water, entering the Golden Square area at the height of the epidemic must not pose any serious threat, as long as when he refrained from drinking water from the local pumps during his visits. The Rev. Whitehead had no theory to allay his fears as he spent long hours accompanying infected people, but none of his writings on the Broad Street outbreak make any mention of his personal fear.
It’s hard to find out what’s behind that omission, to get Whitehead’s true state of mind right.
By the mid-1800s, the broad assortment of companies that installed water pipes had been concentrated in approximately ten major firms, each of which took control of a certain area of the city. The New River Water company supplied the London metropolitan area, while the Chelsea Water company channeled water to the west. Two companies controlled the area south of the Thames: Southwark and Vauxhall (also known by the abbreviation S&V) and Lambeth. Many of those companies — including S&V and Lambeth — had inlet pipes within reach of the Thames tide. The water they supplied to their customers was therefore polluted with urban waste, thanks to the growing sewage network, which dumped it into the river and consequently increased its pestilence. Even the most staunch miasmatic found such a move offensive, so in the early 1850s Parliament passed legislation forcing all London water companies to move their inlet pipes above the water limit of the tide before August 1855. S&V chose to delay its transfer until the last moment, so it continued to draw water from Battersea; but Lambeth moved her treatment plant to the distant and clean Thames Ditton area in 1852.

The solution turned out to be quite simple, at least in theory. London needed a metropolitan sewerage system that could extract household waste in a safe and hygienic way. Such a system would require considerable engineering effort, but a country that had built a national rail network in a matter of decades and had spearheaded the Industrial Revolution could face a project of such magnitude. The problem was jurisdiction, not execution. The urban infrastructure of early Victorian London was governed by a Byzantine grouping of local councils that had been formed over the centuries through more than two hundred different laws of Parliament. Works such as paving or street lighting or construction of drains and sewers were supervised by local inspectors with virtually no overall coordination.
However, although the epidemic was receding, it continued to record alarming levels of mortality, exceeding normal standards. Snow knew from his investigations that there had been at least a dozen deaths that Wednesday — ten times the normal rate for the neighborhood. Given the exodus of the population, it was possible that the epidemic would continue to have the same death rate per capita. He knew that his statistical calculation of the outbreak would be a compelling argument for his theory of water transmission, especially if he accompanied it with the final results of his study of treatment plants in South London.

The originality of the map did not stem from his willingness to graphically reflect the impact of an epidemic, or even from his willingness to code the deaths in the form of lines etched along the street diagram. If it brought any formal innovation it was that amorphous circumference that framed the outbreak in the second version, the Voronoi diagram. But the real innovation lay in the first place in the data generated by that diagram, and in the research that had led to obtaining that data. Snow’s Broad Street map offered a bird’s-eye view, but it had been drawn from genuine street-level knowledge. The data it represented graphically was a true reflection of everyday life.
The opinion of the scientific community would end up leaning in Snow’s favor, and when that happened, the Broad Street map acquired great relevance. Most of the writings about the outbreak reproduced the map in some way; so frequently copies of copies that were erroneously presented as original reproductions began to appear in textbooks. (Most lacked critical Voronoi diagrams.) As acceptance of the theory of transmission through water grew, the map tended to be used as a shorthand explanation of the theory’s scientific arguments. It was easier to pinpoint those black lines emanating menacingly from the spout than to explain the whole idea of microorganisms invisible to the human eye. The map may not have had the impact Snow would have liked on his immediate audience, but it did have some cultural impact. Like cholera itself, it had a feature that made people tend to reproduce it, and through those reproductions, the map promoted the generalization of the theory of water transmission. In the long term, the map was a success in both the commercial and empirical science fields. It made a good idea reach the general public.
The buildings have changed. Almost all of the buildings erected on Broad Street in the late summer of 1854 have been replaced by new ones – partly thanks to the Luftwaffe, and partly thanks to the creative destruction of the booming urban property markets. (Even street names have changed. Broad Street adopted the name Broadwick Street in 1936.) The fountain naturally disappeared long ago, although a replica with a small plate remains several blocks from its original location. A block east of where the spout had stood is a glossy glass office building designed by Richard Rogers, revealing the construction’s plumbing, painted in a striking orange; Its glazed lobby houses a refined and busy sushi restaurant. The Church of St. Luke, demolished in 1936, has been replaced by the Kemp House complex, whose fourteen floors house a varied mix of offices, apartments and shops. The entrance to the Poland Street Asylum is currently a parking area, although the structure of the asylum remains intact and visible from Dufour’s Place, which has survived the postwar insipidity of Broadwick Street as a great Victorian fossil.
On Broadwick Street itself, only one business has remained standing throughout the century and a half that separates us from those terrible days of September 1854. It is still possible to buy a pint of beer at the pub on the corner of Cambridge Street , less than fifteen steps from the site of the bomb that in its day practically destroyed the neighborhood. Only its name has changed. Now it’s called The John Snow.

The dangers of density become more explosive – or more contagious, as it can be in this case – as fear tends to be fueled by the twenty-first century coin: chemical or biological weapons, viruses or bacteria that work on their own. itself terrorizing the planet for the sole purpose of guaranteeing the reproduction of its species. People continue to worry more often about the long-term sustainability of dense urban settlements than about those self-replicating weapons that evoke catastrophic prospects. The closely related networks of humans and microbes make up a great monograph on the power of exponential growth. If ten individuals were infected with the Ebola virus in Montana, it could end a hundred lives, depending on when the first victims were taken to a hospital. But if ten individuals were infected with the Ebola virus in downtown Manhattan, more than a million could be killed. Not surprisingly, traditional bombs become more lethal as the volume of their target population increases, but in that case the ascent is linear. With epidemics, mortality increases exponentially.
The threat of a pandemic would eventually be defeated with a different type of map; not with maps about the lives and deaths of an urban street, or about avian influenza outbreaks, but with maps of nucleotides wrapped in a double helix. Our ability to analyze the genetic makeup of any life form has made amazing progress over the past ten years, but in many ways we are at the beginning of the genomic revolution.
Viruses are both our enemies and our weapons manufacturers. But, as we enter an era of rapid molecular analysis and typing, the whole approach changes. The complexity of our understanding of microbial disease is already advancing at a much faster rate than the complexity of the microbes themselves. Sooner or later, microbes will not be able to compete with it.
But perhaps the arms race is not a mere figure of speech. The flu virus alone may not be able to develop enough complexity to challenge genomic science technology.
The global challenges that are presented to us are not necessarily an apocalyptic crisis of capitalism or the final clash of the excessive pride of mankind against the balanced spirit of Gea. We have faced equally terrifying crises in the past. The only question is whether we can overcome these crises without ending the lives of at least ten million people. So let’s keep fighting.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.