La Última Copa — Daniel Schreiber / Nüchtern: Über Das Trinken Und Das Glück by Daniel Schreiber

Esta no es una guía, ni es una confesión de vida. En realidad, no puedo ni quiero poner el libro en ninguna categoría.
Simplemente explica los hechos y aclara muchos prejuicios que todos tienen sobre la adicción al alcohol y los alcohólicos. La mayoría de las veces estamos todos ciegos, especialmente con respecto a nuestros propios hábitos de bebida.
En nuestras cabezas siempre tenemos a las personas sin hogar inmundas, a los desempleados en ruinas. Tienes una imagen concreta en tu cabeza.
Desafortunadamente, o digamos de manera aterradora, son precisamente estas “personas del cajón” las que constituyen la proporción más pequeña de alcohólicos.
Se sientan en todas las clases sociales, se sientan entre jueces, abogados y médicos, así como entre artesanos, profesores de yoga y fisioterapeutas.
El libro me despertó y cambió mi perspectiva. Me hizo pensar y me hizo un poco más sensible a este tema.
Daniel Schreiber incorpora su experiencia de su propia historia de adicciones y, por lo tanto, se presenta de manera muy honesta y, sobre todo, humanamente.
Para mí, un libro muy bueno para tratar el tema del alcoholismo, un poco de ayuda para los afectados y sus familiares y una llamada de atención para todos los que consumen alcohol de vez en cuando.
Un ensayo fácil que está bien investigado y proporciona una buena visión de la vida cotidiana de un alcohólico.
Sentí muchos lugares que podía entender y conocer. Puso algunos momentos y se sintió genial en palabras. Pero … me estoy perdiendo algo. ¡Y no sé qué!.
En definitiva, un libro alentador en el que cada uno de nosotros puede encontrar la felicidad en la vida simplemente viviendo la vida con cuidado. Con todo lo que conlleva.

A mí siempre me gustó beber. Solo y en compañía. En bares o sentado en el sofá de casa. Los fines de semana y a diario. Cuando estudiaba en la universidad, me corrí las mismas juergas que mis compañeros, probé las mismas drogas, conocí las mañanas de resaca, pasé por todos los amoríos y relaciones que uno suele vivir a esas edades. En todas esas situaciones, la bebida era siempre algo bienvenido, el rito iniciático propio de esa edad, de una época en la que podemos ver salir el sol desde la puerta de un bar y luego irnos a dormir, solos o acompañados, sin asomo de mala conciencia.
Uno tampoco se da cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, cada vez bebe más. En un momento dado, la media botella se convierte en una botella entera; después, uno se propone ser más moderado y retoma el hábito de beber solo la mitad. Pero únicamente para acabar volviendo a la botella entera de la forma más natural. A veces hacemos pausas, dejamos de beber una semana, en ocasiones incluso hasta seis, durante la Cuaresma. Nos obligamos a no beber a diario, sino solo cuatro veces por semana, pero, al cabo de poco tiempo, olvidamos…

Creo que durante mucho tiempo la mayoría de los alcohólicos vive una vida similar a la mía: no tienen aspecto demacrado ni necesitan beber nada más levantarse. No viven en la calle, tienen amigos y un trabajo. Es gente a quien la bebida, al principio, le reportaba un gran placer. Gente que, en momentos de lucidez, se da cuenta de que algo insondable se está descontrolando en sus vidas y bebe para contrarrestar esa certeza. La mayoría de los alcohólicos viven una vida en la que, sencillamente, la no existencia del alcohol resulta inconcebible.
Existe un prejuicio ofensivo, pero muy común, según el cual solo abusa del alcohol aquella persona que padece problemas psíquicos o ha vivido experiencias traumáticas en la infancia. No es el alcohol en sí el que te convierte en adicto, sino tus condiciones psicológicas previas. Tal prejuicio no solo resulta ofensivo porque parece concebido para avergonzar a quien tiene un problema con el alcohol, sino también porque plantea una pregunta que uno mismo se hace constantemente cuando ha dejado de beber: si ha caído en esa desgracia, en esa situación psicológica extrema, por culpa de la bebida o si ha sufrido desde siempre esos trastornos psíquicos. Después de muchos años de autoengaño, no estás en condiciones de decir quién eras antes de aficionarte a la bebida.

El alcohólico no sabe que padece una enfermedad cerebral crónica e irreversible, una enfermedad que le hace creer que la sustancia que la provoca es también el remedio. Beber contradice toda lógica, no es un problema que pueda atajarse con argumentos razonables. Saber que uno bebe demasiado es totalmente inútil. No se bebe menos por el hecho de saber que se tiene un problema. No se deja la bebida tras analizar las razones por las que uno bebe. La bebida se deja dejándola.
La respuesta a la pregunta sobre el porqué es siempre la misma: no existe un motivo mágico ni psicológico para beber. No hay ningún misterio que descifrar. La respuesta es y será siempre: el que bebe lo hace porque es dependiente.
El alcoholismo es una enfermedad muy extendida, tanto como la diabetes. Hay gente que sabe beber y otra a la que la bebida le genera dependencia. Según las estadísticas de la Oficina Central de Salud, en Alemania aproximadamente un veintisiete por ciento de la población adulta es incapaz de beber sin sufrir graves daños psíquicos o físicos. Según la misma fuente, ese veintisiete por ciento es gente adicta al alcohol o que está en proceso de serlo. La cifra sorprende, aunque tampoco tanto. Todos conocemos en nuestro entorno más próximo a personas que deberían beber menos, cuyo comportamiento con el alcohol manifiesta de forma evidente que no son capaces de conformarse con un par de copas ni pueden pasarse una noche cualquiera sin abrir una botella de vino. Gente que ha protagonizado infinitud de escenas embarazosas en fiestas y otros eventos. A menudo son personas cercanas. Pueden ser familiares, parejas, amigos o conocidos.

La vergüenza relacionada con el alcohol tiene muchas variantes, infinidad de máscaras. El bebedor que se sienta solo a la barra de un bar y que, desde su distorsionada perspectiva, se cree incomprendido por todos, también oculta su vergüenza ante sí mismo. El comportamiento del colega que llega a la oficina con resaca y alardea de su heroica noche de juerga no está motivado por otro sentimiento que la vergüenza. La resignación neurótica con la que uno se recoge en el sofá de su casa con su copa de vino tinto es otra de esas máscaras de la vergüenza, como lo es también la generalizada indignación que provoca el tipo que bebe en plena calle y se mata bebiendo a la vista de todos.
En lugar de mirar de frente nuestro problema de dependencia colectiva, aun cuando no lo entendamos, preferimos creer que tenemos que lidiar con un fenómeno que afecta solo a personas incapacitadas para llevar una vida normal o de dudosa talla moral, personas, por lo tanto, que no son como nosotros. De una sociedad que se da el lujo de disfrutar colectivamente de una sustancia tóxica cabría esperar, en realidad, que no mirase con desprecio a las personas que tienen algún problema con el consumo de esa droga y enferman por ello. Tal vez, en tanto que sociedad, lleguemos a ese punto algún día, tal como sucedió con nuestra visión de la tuberculosis y del cáncer. Sin embargo, en la actualidad, el alcoholismo sigue siendo una de esas enfermedades de las que uno está obligado a avergonzarse. Trágico asunto. Porque si se quiere tener la oportunidad de sobrevivir a tal enfermedad, lo primero que hay que hacer es dejar de avergonzarse por padecerla.

El vínculo entre trabajo y bebida es más estrecho de lo que muchos pensamos. A fin de cuentas, un modo de pensar y de comportarse marcado por la adicción puede, a la larga, propiciar ciertos rasgos beneficiosos para la propia carrera: necesidad de control, exacerbada autoestima y cierta laxitud en relación con la verdad o con los problemas de otros colegas, todo lo cual puede, durante un tiempo, garantizar el ascenso profesional. Prácticamente en todas las oficinas hay alguien que llega por las mañanas con aspecto de haber trasnochado, que rinde muy poco y cede a los accesos de ira provocados por la resaca; alguien que a la mínima se siente herido en su orgullo o que, incluso, cultiva largas enemistades por insignificancias, al tiempo que está convencido de que sin él nada funcionaría. El «alcohólico funcional» —que en realidad dejó de funcionar hace mucho tiempo— avanza gracias a la carga que delega en su equipo. Sabe disimular bien, y a menudo ni siquiera se ve obligado a reconocer su comportamiento como un problema. Simplemente, siempre es preciso llegar a un arreglo con él.
El dramático aumento del consumo de alcohol per cápita en Alemania, un aspecto mencionado antes —las cifras se cuatriplicaron tras la segunda guerra mundial—, es un fenómeno que puede observarse en casi todos los países occidentales. Es el efecto secundario de una sociedad que, a la par que más productiva, también se vuelve más acomodada, una sociedad que trabaja y bebe cada vez más. En cierto sentido, la dependencia es un problema que el sistema tolera. Uno puede ser bebedor durante un periodo sorprendentemente largo y trabajar al mismo tiempo sin tropezar con la imposición de ningún límite social o colectivo.

Los momentos de lucidez son raras casualidades. No debemos dejarlos pasar, porque pueden salvarnos la vida. Son raros episodios de alineación entre nuestra neurobiología y nuestra psique, y nos permiten examinar de forma honesta nuestro yo dependiente. Son situaciones azarosas que nos posibilitan intuir las razones profundas que motivan nuestro comportamiento y nos ayudan a dar el paso decisivo y vital de decir adiós a la bebida, algo que a menudo consideramos imposible. Y poder tener una visión así, aunque sea breve, de las circunstancias que tejen nuestra existencia es un regalo inaudito, un auténtico e incomparable ejemplo de gracia por el que estoy infinitamente agradecido hasta el día de hoy.

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This is not a guide, nor is it a confession of life. Actually, I can’t and don’t want to put the book in any category.
It simply explains the facts and clears up many prejudices that everyone has about alcohol and alcohol addiction. Most of the time we are all blind, especially regarding our own drinking habits.
In our heads we always have the unclean homeless, the unemployed in ruins. You have a concrete image in your head.
Unfortunately, or let’s say terrifyingly, it is precisely these “people in the drawer” who make up the smallest proportion of alcoholics.
They sit in all walks of life, they sit among judges, lawyers, and doctors, as well as among artisans, yoga teachers, and physical therapists.
The book woke me up and changed my perspective. It made me think and made me a little more sensitive to this topic.
Daniel Schreiber incorporates his experience from his own addiction story, and therefore presents himself very honestly and, above all, humanely.
For me, a very good book to deal with the subject of alcoholism, a little help for those affected and their families and a wake-up call for all those who consume alcohol from time to time.
An easy essay that is well researched and provides a good insight into the daily life of an alcoholic.
I felt many places that I could understand and know. He put in a few moments and felt great in words. But … I’m missing something. And i do not know what!.
In short, an encouraging book in which each of us can find happiness in life simply by living life carefully. With all that it entails.

I always liked to drink. Alone and in company. In bars or sitting on the sofa at home. On weekends and daily. When I was studying at university, I had the same sprees as my classmates, I tried the same drugs, I met hangover mornings, I went through all the love affairs and relationships that one usually experiences at those ages. In all these situations, drinking was always something welcome, the initiatory rite of that age, of a time when we can see the sun rising from the door of a bar and then go to sleep, alone or accompanied, without a hint of bad conscience.
You also don’t realize that, as time goes by, you drink more and more. At one point, the half bottle becomes a whole bottle; later, one sets out to be more moderate and resumes the habit of drinking only half. But only to end up returning to the entire bottle in the most natural way. Sometimes we take breaks, stop drinking for a week, sometimes even six, during Lent. We force ourselves not to drink daily, but only four times a week, but, after a short time, we forget …

I think that for a long time most alcoholics live a life similar to mine: they don’t look haggard nor do they need to drink as soon as they get up. They don’t live on the street, they have friends and a job. These are people to whom drinking, at first, brought great pleasure. People who, in moments of lucidity, realize that something unfathomable is getting out of hand in their lives and drink to counteract that certainty. Most alcoholics live a life in which the non-existence of alcohol is simply inconceivable.
There is an offensive, but very common prejudice, according to which only the person who suffers from psychic problems or has lived through traumatic experiences in childhood abuses alcohol. It is not alcohol itself that makes you addicted, but your previous psychological conditions. Such prejudice is not only offensive because it seems designed to embarrass those who have a problem with alcohol, but also because it raises a question that one constantly asks oneself when he has stopped drinking: if he has fallen into that disgrace, in that extreme psychological situation , because of drinking or if you have always suffered from these psychic disorders. After many years of self-deception, you are not in a position to say who you were before you became addicted to drinking.

The alcoholic does not know that he suffers from a chronic and irreversible brain disease, a disease that makes him believe that the substance that causes it is also the remedy. Drinking contradicts all logic, it is not a problem that can be tackled with reasonable arguments. Knowing that you drink too much is totally useless. You don’t drink less because you know you have a problem. Drinking is not stopped after analyzing the reasons why one drinks. The drink is left leaving it.
The answer to the why question is always the same: there is no magic or psychological reason to drink. There is no mystery to decipher. The answer is and always will be: he who drinks does so because he is dependent.
Alcoholism is a widespread disease, just like diabetes. There are people who know how to drink and others who are dependent on drinking. According to statistics from the Central Health Of fi ce, in Germany about twenty-seven percent of the adult population is unable to drink without suffering serious psychological or physical harm. According to the same source, that twenty-seven percent are people addicted to alcohol or in the process of being so. The figure is surprising, but not so surprising either. We all know in our immediate environment people who should drink less, whose behavior with alcohol clearly shows that they are not able to settle for a couple of drinks nor can they spend any night without opening a bottle of wine. People who have starred in infinity of embarrassing scenes at parties and other events. They are often close people. They can be family, couples, friends or acquaintances.

Alcohol-related shame has many variations, infinity of masks. The drinker who sits alone at the bar counter and who, from his distorted perspective, thinks he is misunderstood by everyone, also hides his shame before himself. The behavior of the colleague who comes to the office with a hangover and boasts of her heroic night of revelry is not motivated by any other feeling than shame. The neurotic resignation with which one gathers on the sofa of his house with his glass of red wine is another one of those masks of shame, as is also the widespread indignation caused by the guy who drinks in the street and kills himself by drinking In view of all.
Rather than looking straight at our collective dependency problem, even when we don’t understand it, we prefer to believe that we have to deal with a phenomenon that affects only people incapacitated to lead a normal life or of dubious moral stature, people, therefore, they are not like us. In a society that indulges in the collective enjoyment of a toxic substance, one would hope, in fact, that it would not look down on people who have a problem with the use of that drug and become ill from it. Perhaps, as a society, we will reach that point one day, just as our vision of tuberculosis and cancer did. However, today, alcoholism is still one of those diseases of which one is forced to be ashamed. Tragic matter. Because if you want to have the opportunity to survive such a disease, the first thing to do is to stop being ashamed of having it.

The link between work and drink is closer than many of us think. Ultimately, a way of thinking and behaving marked by addiction can, in the long run, lead to certain beneficial traits for one’s own career: need for control, exacerbated self-esteem and a certain laxity in relation to the truth or problems of other colleagues, all of which can, for a time, guarantee career advancement. In practically every office there is someone who comes in the morning with the appearance of having stayed up late, who pays very little and gives in to the fits of anger caused by a hangover; someone who at least feels hurt in his pride or who even cultivates long feuds for insignificance, while being convinced that without him nothing would work. The “functional alcoholic” —who actually stopped working a long time ago — moves forward thanks to the burden he places on his team. He knows how to disguise well, and often he is not even forced to recognize his behavior as a problem. Simply, you always have to come to terms with him.
The dramatic increase in alcohol consumption per capita in Germany, an aspect mentioned before – the figures quadrupled after the Second World War – is a phenomenon that can be observed in almost all Western countries. It is the side effect of a society that, while more productive, also becomes more affluent, a society that works and drinks more and more. In a sense, dependency is a problem that the system tolerates. One can be a drinker for a surprisingly long period and work at the same time without tripping over the imposition of any social or collective limits.

Lucid moments are rare coincidences. We must not let them pass, because they can save our lives. These are rare episodes of alignment between our neurobiology and our psyche, and allow us to honestly examine our dependent self. These are random situations that allow us to intuit the deep reasons that motivate our behavior and help us to take the decisive and vital step of saying goodbye to drinking, something that we often consider impossible. And to be able to have a vision like this, albeit brief, of the circumstances that weave our existence is an unheard-of gift, an authentic and incomparable example of grace for which I am infinitely grateful to this day.

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