El Científico Loco. Una Historia De La Investigación En Los Límites — Luigi Garlaschelli, Alessandra Carrer / Scienziati Pazzi. Quando La Ricerca Sconfina Nella Follia by Luigi Garlaschelli, Alessandra Carrer

Un libro entretenídisimo, dividido en capítulos dedicados a distintas técnicas consideradas “locas” a ojos de hoy y que contribuyeron a perpetuar el estereotipo de “científico loco” justamente.
Tenemos desde petrificación, intentos de inseminación humanos – primates, lavado cerebral de la CIA (MK Ultra) y el de sicología social de Stanford (efecto “Lucifer”), cabezas cortadas que viven, suma y sigue. Algunos los conocía y otros no. Hay mucha información que permite seguir investigando después.
Primer ensayo que leí del tema absolutamente interesante. El arquetipo del científico loco, que ha inspirado muchos libros y películas, siempre tiene a alguien de quien se inspiró en la vida real. Y esta sucesión de experimentos (a menudo absurda) ha llevado al hombre a ir más y más lejos ayudando a la ciencia y al progreso de la medicina.
Curiosamente, no todos los temas me despertaron el mismo interés.

Todos los científicos son curiosos y creativos, y deben serlo si quieren descubrir algo nuevo en su campo. El «salto de calidad» se da solamente, quizá, cuando alguien decide seguir un camino nuevo que se sale de los esquemas de su tiempo, se entusiasma y se dedica con tenacidad de maníaco, sin preocuparle nada, ni la opinión que se puede tener de él, ni las convenciones sociales y las implicaciones morales.
Pero quizá hoy ya no existen los científicos locos de otros tiempos. Probablemente, su época dorada se situó entre el siglo XIX y los primeros decenios del XX, período que conoció la mayor expansión de la ciencia moderna. Entonces, la naturaleza se exploraba de manera sistemática, tenaz, imaginativa y visionaria, aunque sin demasiadas preocupaciones por los métodos empleados. Experimentos no habituales y espeluznantes con cadáveres o animales, que, vistos hoy día, parecerían seguramente poco éticos, son ya cada vez menos frecuentes.
Posteriormente, podemos decir que los experimentos que nos parecen dignos de científicos locos tienen que ver sobre todo con el campo de la psicología social (Zimbardo, Milgram, etc.) quizá porque en aquel período esta disciplina estaba alcanzando su madurez científica. Además, en los despreocupados años 1960, se llevaron a cabo varios experimentos disparatados –sobre todo en los Estados Unidos– en el ámbito gubernamental, por el ejército o por la CIA.
Habría que definir qué es el progreso, pero sin olvidar que este podría ir en beneficio de una parte de la población en detrimento de la otra.
Si nos limitamos a considerar el progreso de manera genérica, podríamos identificarlo como una mejora de las condiciones de vida, lo que quiere decir una existencia más larga y más sana, la posibilidad de curar enfermedades, de alimentarse mejor, de moverse y viajar de manera segura y rápida, de poder gozar de escuelas, asilos, hospitales, servicios sociales, seguridad personal, de un gobierno democrático y honrado, entre otras cosas. Y aun así, muestran que hay escasa correlación entre bienestar, riqueza, esperanza de vida y la percepción de llevar una existencia feliz.
El Homo sapiens ha desarrollado la inteligencia como instrumento evolutivo. Al igual que todas las especies animales, quiere sobrevivir en el ambiente en el que se halla; al igual que los animales, debe alimentarse, cobijarse, reproducirse, pero, a diferencia de estos, posee una inteligencia, unas manos y un lenguaje evolucionados, que le permiten interaccionar cada vez más con el mundo circundante. Querer conocer la naturaleza, utilizarla para su propia supervivencia, plantearse preguntas, indagar, es parte imprescindible de nuestro ser hombres.
Y así pues, al final, los locos experimentos de nuestros científicos dementes son, siempre, acciones profundamente humanas. Sed curiosos también vosotros, preguntaros el porqué de las cosas, experimentad.

Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XX vivió un pequeño número de investigadores, de científicos y de médicos que se dedicaron a experimentar métodos para la conservación indefinida de tejidos animales, e incluso de cuerpos humanos enteros, por medio de la llamada «petrificación», una actividad que el gusto por lo macabro del siglo XIX todavía toleraba, pero que hoy sería difícil llevar a la práctica por razones de «corrección política».
Por petrificación de tejidos animales se entiende comúnmente (pero de manera impropia) su transformación a dureza lapídea, obtenida gracias a varios métodos, pero sobre todo por impregnación con sales minerales. Hay que distinguirla, pues, del embalsamamiento.
La momificación, en cambio, consiste en un tratamiento más complejo, que suele comprender (si es artificial) la evisceración y deshidratación de los cuerpos, y que puede darse, a veces, también debido a procesos naturales en condiciones ambientales particulares. La técnica que más se acerca a la petrificación es, quizá, la llamada «preparación en seco», en la cual se aíslan partes anatómicas, por lo general huesos, músculos y cartílagos, y se dejan deshidratar hasta que asuman una consistencia coriácea.

En los años entre el siglo XIX y el XX, el padre del psicoanálisis consideraba a Fliess un mentor, un maestro, incluso un genio. Lo demuestran las 284 cartas que le escribió entre 1887 y 1904. Freud, en un primer momento, consideraba verosímiles las hipótesis de Fliess, hasta el punto de mandarle regularmente informaciones sobre su salud y sobre los períodos de 23 o 28 días en los acontecimientos notables suyos y de su familia. Se sometió, incluso, a dos operaciones en la nariz, realizadas precisamente por Fliess. También una paciente del psicoanalista, Emma Eckstein, que entonces tenía 27 años, se sometió a una intervención en la nariz, llevada a cabo por Fliess, que habría pretendido curar sus depresiones premenstruales. Pero la operación tuvo resultados desastrosos: Eckstein tuvo hemorragias por la nariz durante semanas, llegando a poner en riesgo su vida debido a la infección sobrevenida. Entonces Freud llevó a la mujer a otro médico, que encontró en su nariz un trozo de gasa que Fliess no le había quitado. El rostro de la muchacha quedó desfigurado de manera permanente, al quedar hundido del lado izquierdo. La amistad entre Freud y Fliess duró todavía unos años. Al final, Freud pareció darse cuenta del escaso cientifismo de las elucubraciones de Fliess, y se alejó de él. La ruptura definitiva llegó en 1904, cuando el presuntuoso y susceptible Fliess consideró que Freud había revelado a un competidor una nueva variante de sus ciclos periódicos.
Tras algún interés inicial, las teorías de Fliess fueron casi olvidadas, hasta que se pusieron nuevamente de moda con el nombre de «biorritmos», unos decenios más tarde. En 1920 Alfred Teltscher, profesor de ingeniería de la Universidad de Innsbruck, propuso un tercer período de 33 días, llamado «intelectual», porque le pareció que los resultados de los tests de sus estudiantes seguían esta periodicidad. A partir de los años 1970, con el resurgir de las modas esotéricas y de la New Age, se añadieron ciclos de 38 («intuitivo»), 43 («estético») y 53 («espiritual») días. Sobre todo, se crearon gadgets electrónicos y programas de ordenador que permitían verificar el estado diario de los biorritmos propios sin tener que realizar complicados cálculos.

«Proyecto MKUltra» era el nombre en código de una operación secreta de la CIA dedicada a manipular el comportamiento y el estado mental de los seres humanos. El proyecto comenzó en 1953 por voluntad del entonces director de la CIA, Allen Dulles, y terminó oficialmente veinte años después. Se justificó en buena parte como respuesta a las presuntas técnicas de «lavado de cerebro» utilizadas por chinos, coreanos y soviéticos con prisioneros estadounidenses durante la guerra de Corea. Parecía, efectivamente, que algunos de estos soldados hubiesen sido «adoctrinados» o «reeducados» mientras estuvieron prisioneros, hasta el punto de que, una vez liberados, denunciaban al imperialismo estadounidense con términos de verdaderos comunistas. Los estadounidenses habían utilizado las mismas técnicas para obtener, a su vez, informaciones de los exprisioneros.
El proyecto, que dirigía el químico Sydney Gottlieb (1918-1999), no fue obra de uno o de unos pocos científicos aislados: en dos decenios, y con un presupuesto de 20 millones de dólares (de entonces), incluyó 149 subproyectos, que la CIA financió a más de 40 universidades y colleges, 15 centros de investigación, empresas farmacéuticas como Sandoz y Eli Lilly, 12 clínicas, tres prisiones y 185 investigadores.
Gottlieb fue siempre la eminencia gris de toda la operación–. Habitualmente, los métodos usados en el Proyecto MKUltra en los desenvueltos años 1960 para manipular el estado mental implicaban el uso de psicofármacos y otros productos químicos, hipnosis, privación sensorial, agresiones verbales y sexuales y varias formas de tortura. Ya que la CIA utilizaba otras entidades como cobertura, muchas personas no estaban al corriente de la verdadera finalidad de los tests en los que tomaron parte, y se demostró que algunas de ellas fueron utilizadas sin saberlo.
Las actividades del Proyecto MKUltra salieron a la luz solo en 1975 gracias a la Comisión Church, basándose en testimonios jurados de los participantes y en la poca información encontrada, pues la mayor parte de los documentos ya había sido destruida dos años antes por orden del director de la CIA, Richard Helms. No obstante, en 1977 y en 2001 fueron desclasificados muchos otros expedientes y hechos públicos.
En 1964 al proyecto le fue cambiado el nombre, pasando a denominarse MKSEARCH, y muchos estudios se concentraron en la búsqueda del «suero de la verdad» perfecto para usar en los interrogatorios. Pero surgieron otros muchos puntos de vista e ideas, algunos de los cuales estaban en el límite de la ciencia ficción; hubo, por ejemplo, un experimento –que nunca se llegó a realizar– para encontrar frecuencias sonoras subsónicas que borrasen la memoria, y se elaboró una lista de al menos algunos efectos «deseables» que se esperaba obtener utilizando ciertos productos químicos: provocar comportamientos ilógicos que desacreditasen socialmente al sujeto; aumentar la percepción y la claridad mental; acelerar o ralentizar el envejecimiento; aumentar el efecto del alcohol; reproducir temporalmente los síntomas de otras enfermedades; producir daños cerebrales y pérdida de la memoria; resistir a interrogatorios, torturas y lavados de cerebro; inducir amnesia; provocar estados de shock y confusión prolongados; disminuir la capacidad visual o auditiva; inducir parálisis en las piernas o anemia, etc.
Los primeros experimentos, como hemos dicho, se concentraron en el LSD. En 1962 la CIA comprendió que, aunque ocasionalmente útil, el LSD era demasiado imprevisible y muchos programas de investigación ya no se continuaron, también porque, en esos mismos años, se desarrolló el BZ, un poderoso agente incapacitante que genera confusión cuando se inhala o ingiere. En el curso del proyecto fueron estudiadas muchísimas drogas más, como la heroína, la morfina, el éxtasis, la mescalina, la psilocibina, la escopolamina, el pentotal y otros barbitúricos, que se suministraban junto a anfetaminas (estimulantes), siempre con la esperanza de obtener el famoso «suero de la verdad».
Tras retirarse de la CIA, Gottlieb declaró su convicción de que sus esfuerzos no habían sido demasiado útiles. En contraste con su anterior falta de piedad en el trato con los enemigos de su país –o quizá como tardía e inconsciente expiación–, pasó los años de su jubilación en una casa ecológica, criando cabras, comiendo yogur y predicando la paz y el ambientalismo. Con su mujer, pasó también 18 meses en una leprosería en la India, y sus últimos años asistió a enfermos terminales en un asilo.
Para el Proyecto MKUltra, la CIA se servía también de instituciones y personal no estadounidenses. En particular, se valió de la ayuda del psiquiatra escocés Donald Ewen Cameron.

Cameron, que en 1945 había participado en el proceso de Núremberg contra los jerarcas nazis con un examen psiquiátrico de Rudolf Hess, al que diagnosticó una amnesia (que Hess, más tarde, confesó haber simulado), esperaba curar la esquizofrenia borrando del cerebro las memorias preexistentes y reprogramando la psiquis, casi como hoy se formatea un disco duro. Para obtener este resultado, más fácil de decir que de hacer, experimentó una serie de técnicas que despertaron la atención de la CIA, que consideraba que podían tener alguna utilidad también en el ámbito del Proyecto MKUltra, por tratarse, a todos los efectos, de un lavado de cerebro. De 1957 a 1964, cada semana Cameron iba de Nueva York a Montreal para seguir el proyecto, lo que le valió una subvención de 69.000 dólares. Por lo que fue posible reconstruir, se sirvió casi exclusivamente de sujetos desconocedores del asunto: se trataba de esquizofrénicos, pero también de mujeres que padecían molestias menores, como depresión posparto o ansiedad relacionada con la menopausia.
Cameron comenzaba su «tratamiento» con LSD. A continuación, se practicaba la terapia electroconvulsiva (más conocida como electroshock), con intensidades frecuentemente muy superiores a la norma, varias veces al día. El paciente quedaba reducido a un especie de zombi.
La CIA financió los experimentos de Cameron hasta que se dio cuenta de que no conducían a ninguna parte. Él mismo reconoció, a su pesar, haber desperdiciado diez años en estudios inútiles.

El doctor español José Manuel Rodríguez Delgado se graduó en Madrid, pero transcurrió gran parte de su carrera (1946-74) en la Yale University. Sus intereses de investigación tuvieron que ver siempre con el uso de estímulos eléctricos para provocar respuestas del cerebro. El fisiólogo publicó más de 500 trabajos científicos; entre 1950 y 1970 publicó 134 que describían experimentos con gatos, monos y también pacientes humanos (unos 25, entre psicóticos, esquizofrénicos y epilépticos), respecto a los cuales ninguna terapia, por desgracia, había funcionado (Delgado et al., 1968).
Una de las ideas geniales de Delgado fue utilizar un pequeño radiorreceptor alimentado por batería (black box), con dos electrodos insertados en el cerebro del sujeto, que podían proporcionar el impulso eléctrico deseado. Tales receptores tenían el tamaño de una moneda o poco más y eliminaban la necesidad de conectar al cráneo largos cables que iban a voluminosos aparatos, permitiendo así que el sujeto tuviera libertad de movimientos y se redujera el riesgo de infecciones. Delgado llamó a este instrumento stimoceiver (estimulador + receptor), y para comprender cuál era el punto mejor en el que conectar los electrodos se basó en investigaciones anteriores del fisiólogo Wilder Penfield (1891-1976), quien había estudiado el cerebro de los epilépticos en los años 1930, con observaciones llevadas a cabo en sujetos con daños cerebrales y también en estudios realizados con animales.
Fue en 1963, en Córdoba (España), cuando Delgado realizó el experimento que lo hizo famoso. Implantó los electrodos de su black box en algunos ejemplares de un criadero de toros de lidia, famosos por su agresividad. Descubrió que podía obligarlos a volver la cabeza, levantar una pata, caminar en círculo o hacer que mugiesen. Para asegurarse de la repetibilidad de su método, hizo mugir a un toro cien veces seguidas. Finalmente, Delgado insertó el stimoceiver en el área cerebral conocida como nucleus caudatus (estructura del cerebro con funciones diversas y complejas, todavía no muy claras) de un toro de lidia, y fue con el animal a la plaza de toros, con una tela roja y una especie de telemando con el que activar el stimoceiver.
Otros experimentos aun más complejos –aunque menos espectaculares– se realizaron con una mona llamada Ludy, a la que Delgado conseguía que hiciese toda una secuencia de movimientos: mirar a la derecha, levantarse, moverse, trepar y luego bajar. Obligada por los impulsos, Ludy repitió la misma secuencia miles y miles de veces, día tras día.
Resultados impresionantes se obtuvieron también con seres humanos: el científico lograba inducir sensaciones inmotivadas de ansiedad, de benevolencia o de rabia (en un caso, una mujer lanzó de repente su guitarra contra la pared).
Estos experimentos hicieron famoso a Delgado en todo el mundo, pero provocaron también un encendido debate por sus implicaciones éticas. Hubo quien, en los años 1970 y 1980, temía la posibilidad de que pudiesen favorecer un control mental totalitario, digno de una novela de ciencia ficción. Por ejemplo, si era posible inducir en un ser humano sensaciones de benevolencia, ¿no se podría aplicar la cajita mágica a criminales violentos para «curarlos»? Y si, por el contrario, era posible inducir a voluntad comportamientos agresivos, ¿no se podría recurrir a esta técnica para hacer que los soldados fuesen más combativos? En cambio, quien defendía tales experimentos hacía notar que es difícil prever con exactitud lo que ocurre cuando se estimula una determinada área cerebral, y, sea como sea, no se pueden manipular el pensamiento o formas complejas del comportamiento.

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A very entertaining book, divided into chapters dedicated to different techniques considered “crazy” in today’s eyes and that contributed to perpetuate the stereotype of “mad scientist” precisely.
We have from petrification, human – primate insemination attempts, CIA brainwash (MK Ultra) and Stanford ‘s social psychology (“Lucifer” effect), severed heads that live, add and follow. Some knew them and some did not. There is a lot of information that allows us to continue investigating later.
First essay I read of the absolutely interesting topic. The mad scientist archetype, who has inspired many books and movies, always has someone who was inspired by real life. And this succession of experiments (often absurd) has led man to go further and further helping science and the progress of medicine.
Curiously, not all topics sparked the same interest.

All scientists are curious and creative, and they must be if they want to discover something new in their field. The “quality leap” occurs only, perhaps, when someone decides to follow a new path that departs from the schemes of his time, he becomes enthusiastic and dedicates himself with the tenacity of a maniac, without worrying about anything, nor the opinion that one may have from him, nor the social conventions and the moral implications.
But perhaps today the mad scientists of other times no longer exist. Probably, its golden age was between the 19th century and the first decades of the 20th, a period that saw the greatest expansion of modern science. Then, nature was explored in a systematic, tenacious, imaginative and visionary way, although without much concern for the methods used. Creepy and unusual experiments with corpses or animals, which, seen today, would surely seem unethical, are becoming less frequent.
Later, we can say that the experiments that seem to us worthy of mad scientists have to do above all with the field of social psychology (Zimbardo, Milgram, etc.) perhaps because in that period this discipline was reaching its scientific maturity. In addition, in the carefree 1960s, several wacky experiments – mostly in the United States – were conducted at the government level, by the military, or by the CIA.
It would be necessary to define what progress is, but without forgetting that it could go to the benefit of one part of the population to the detriment of the other.
If we limit ourselves to considering progress in a generic way, we could identify it as an improvement in living conditions, which means a longer and healthier existence, the possibility of curing diseases, eating better, moving and traveling in a way safe and fast, to be able to enjoy schools, asylums, hospitals, social services, personal security, a democratic and honest government, among other things. And even so, they show that there is little correlation between well-being, wealth, life expectancy and the perception of leading a happy existence.
Homo sapiens has developed intelligence as an evolutionary instrument. Like all animal species, it wants to survive in the environment in which it finds itself; like animals, it must feed, shelter, reproduce, but, unlike animals, it has an evolved intelligence, hands and language, which allow it to interact more and more with the surrounding world. Wanting to know nature, use it for their own survival, ask questions, inquire, is an essential part of our being men.
And so, in the end, the crazy experiments of our insane scientists are always deeply human actions. Be curious yourselves, ask yourself the why of things, experiment.

Between the end of the 18th century and the first half of the 20th there lived a small number of researchers, scientists and doctors who dedicated themselves to experimenting with methods for the indefinite conservation of animal tissues, and even entire human bodies, through the so-called « petrification ”, an activity that the taste for the macabre of the 19th century still tolerated, but that today would be difficult to put into practice for reasons of“ political correctness ”.
Petrification of animal tissues is commonly (but improperly) understood as its transformation to stone hardness, obtained thanks to various methods, but above all by impregnation with mineral salts. It must be distinguished, therefore, from embalming.
On the other hand, mummification consists of a more complex treatment, which usually includes (if it is artificial) the evisceration and dehydration of the bodies, and which can sometimes occur also due to natural processes in particular environmental conditions. The technique that is closest to petrification is, perhaps, the so-called “dry preparation”, in which anatomical parts, usually bones, muscles and cartilage, are isolated and allowed to dehydrate until they assume a leathery consistency.

In the years between the 19th and 20th centuries, the father of psychoanalysis considered Fliess a mentor, a teacher, even a genius. This is demonstrated by the 284 letters he wrote to him between 1887 and 1904. Freud, at first, considered Fliess’s hypotheses plausible, to the point of regularly sending him information about his health and about the periods of 23 or 28 days in notable events yours and your family. He even underwent two operations on the nose, carried out precisely by Fliess. Also a patient of the psychoanalyst, Emma Eckstein, who was then 27 years old, underwent an intervention on the nose, carried out by Fliess, who would have tried to cure her premenstrual depressions. But the operation had disastrous results: Eckstein had hemorrhages from the nose for weeks, becoming life-threatening due to the infection that ensued. Then Freud took the woman to another doctor, who found a piece of gauze on her nose that Fliess had not removed. The girl’s face was permanently disfigured, when it was sunk on the left side. The friendship between Freud and Fliess lasted for a few years. In the end, Freud seemed to notice the little scientism of Fliess’s lucubrations, and turned away from him. The final break came in 1904, when the presumptuous and touchy Fliess considered that Freud had revealed to a competitor a new variant of his periodic cycles.
After some initial interest, Fliess’s theories were almost forgotten, until they became fashionable again under the name “biorhythms” a few decades later. In 1920 Alfred Teltscher, professor of engineering at the University of Innsbruck, proposed a third 33-day period, called ‘intellectual’, because it seemed to him that his students’ test results followed this periodicity. Starting in the 1970s, with the resurgence of esoteric and New Age fashions, cycles of 38 (“intuitive”), 43 (“aesthetic”) and 53 (“spiritual”) days were added. Above all, electronic gadgets and computer programs were created that allowed verifying the daily state of one’s biorhythms without having to carry out complicated calculations.

“Project MKUltra” was the code name for a secret CIA operation dedicated to manipulating the behavior and mental state of human beings. The project began in 1953 at the will of then-CIA Director Allen Dulles and officially ended twenty years later. It was largely justified in response to the alleged “brainwashing” techniques used by Chinese, Koreans, and Soviets with American prisoners during the Korean War. Indeed, it seemed that some of these soldiers had been “indoctrinated” or “re-educated” while they were prisoners, to the point that, once liberated, they denounced US imperialism in true communist terms. The Americans had used the same techniques to obtain, in turn, information from the former prisoners.
The project, which was led by chemist Sydney Gottlieb (1918-1999), was not the work of one or a few isolated scientists: in two decades, and with a budget of 20 million dollars (then), it included 149 subprojects, which The CIA funded more than 40 universities and colleges, 15 research centers, pharmaceutical companies like Sandoz and Eli Lilly, 12 clinics, three prisons, and 185 researchers.
Gottlieb was always the gray eminence of the entire operation. Typically, the methods used in the MKUltra Project in the unwinding 1960s to manipulate the mental state involved the use of psychotropic drugs and other chemicals, hypnosis, sensory deprivation, verbal and sexual assault, and various forms of torture. Since the CIA used other entities as cover, many people were unaware of the true purpose of the tests in which they took part, and it was shown that some of them were used without knowing it.
The activities of the MKUltra Project came to light only in 1975 thanks to the Church Commission, based on sworn testimonies of the participants and on the little information found, since most of the documents had already been destroyed two years earlier by order of the director from the CIA, Richard Helms. However, in 1977 and 2001 many other records and public disclosures were declassified.
In 1964, the project was renamed MKSEARCH, and many studies focused on finding the perfect “truth serum” to use for interrogation. But many other points of view and ideas emerged, some of which were on the edge of science fiction; there was, for example, an experiment – which was never carried out – to find subsonic sound frequencies that erased memory, and a list of at least some “desirable” effects that were expected to be obtained using certain chemicals was produced: causing illogical behaviors that they discredited the subject socially; increase perception and mental clarity; speed up or slow down aging; increase the effect of alcohol; temporarily reproduce the symptoms of other diseases; produce brain damage and memory loss; resist interrogation, torture and brainwashing; induce amnesia; causing prolonged states of shock and confusion; decrease visual or hearing ability; induce paralysis in the legs or anemia, etc.
The first experiments, as we have said, concentrated on LSD. In 1962 the CIA realized that, although occasionally useful, LSD was too unpredictable and many research programs were no longer continued, also because, in those same years, BZ was developed, a powerful disabling agent that causes confusion when inhaled or ingest. Many more drugs were studied during the project, such as heroin, morphine, ecstasy, mescaline, psilocybin, scopolamine, pentothal and other barbiturates, which were supplied together with amphetamines (stimulants), always with the hope to get the famous “truth serum”.
After retiring from the CIA, Gottlieb stated his conviction that his efforts had not been very helpful. In contrast to his previous ruthlessness in dealing with his country’s enemies – or perhaps as a belated and unconscious atonement – he spent the years of his retirement in an ecological house, raising goats, eating yogurt, and preaching peace and environmentalism. . With his wife, he also spent 18 months in a leper colony in India, and in his later years attended terminally ill patients in a nursing home.
For the MKUltra Project, the CIA also used non-US institutions and personnel. In particular, he enlisted the help of Scottish psychiatrist Donald Ewen Cameron.

Cameron, who had participated in the Nuremberg trial against the Nazi hierarchs in 1945 with a psychiatric examination of Rudolf Hess, diagnosed with amnesia (which Hess later confessed to simulating), hoped to cure schizophrenia by erasing the memories of the brain. pre-existing and reprogramming the psyche, almost as today a hard drive is formatted. To obtain this result, easier to say than to do, he experimented with a series of techniques that aroused the attention of the CIA, which he believed could have some use also in the field of the MKUltra Project, since they were, for all intents and purposes, brainwashing. From 1957 to 1964, Cameron went from New York to Montreal each week to follow the project, earning him a grant of $ 69,000. As far as it was possible to reconstruct, they used almost exclusively subjects unaware of the matter: they were schizophrenics, but also women suffering from minor discomforts, such as postpartum depression or anxiety related to menopause.
Cameron began her “treatment” with LSD. Next, electroconvulsive therapy (better known as electroshock) was practiced, with intensities often much higher than the norm, several times a day. The patient was reduced to a kind of zombie.
The CIA funded Cameron’s experiments until he realized they were leading nowhere. He himself acknowledged, in spite of himself, having wasted ten years in useless studies.

The Spanish doctor José Manuel Rodríguez Delgado graduated from Madrid, but spent much of his career (1946-74) at Yale University. His research interests always had to do with using electrical stimuli to elicit responses from the brain. The physiologist published more than 500 scientific works; between 1950 and 1970 he published 134 describing experiments with cats, monkeys and also human patients (about 25, among psychotics, schizophrenics and epileptics), for which no therapy, unfortunately, had worked (Delgado et al., 1968).
One of Delgado’s great ideas was to use a small battery powered radio receiver (black box), with two electrodes inserted into the subject’s brain, that could provide the desired electrical impulse. Such receivers were coin-sized or a little larger and eliminated the need to connect long cables to the skull for voluminous devices, thus allowing the subject freedom of movement and reducing the risk of infection. Delgado called this instrument a stimoceiver (stimulator + receiver), and to understand what was the best point at which to connect the electrodes, he based on previous research by the physiologist Wilder Penfield (1891-1976), who had studied the brain of epileptics in the 1930s, with observations carried out on subjects with brain damage and also in animal studies.
It was in 1963, in Córdoba (Spain), when Delgado carried out the experiment that made him famous. He implanted the electrodes of his black box in some specimens of a breeding bull fighting bull, famous for their aggressiveness. He found that he could force them to turn their heads, lift a leg, walk in a circle, or make them moan. To ensure the repeatability of his method, he made a bull bellow a hundred times in a row. Finally, Delgado inserted the stimoceiver in the brain area known as nucleus caudatus (brain structure with diverse and complex functions, not yet very clear) of a fighting bull, and went with the animal to the bullring, with a red cloth and a kind of remote control with which to activate the stimoceiver.
Other even more complex – albeit less spectacular – experiments were performed with a monkey named Ludy, whom Delgado managed to make a whole sequence of movements: look to the right, get up, move, climb, and then descend. Bound by impulse, Ludy repeated the same sequence thousands and thousands of times, day after day.
Impressive results were also obtained with human beings: the scientist managed to induce unmotivated feelings of anxiety, benevolence or rage (in one case, a woman suddenly threw her guitar against the wall).
These experiments made Delgado famous around the world, but also sparked heated debate for its ethical implications. There were those who, in the 1970s and 1980s, feared the possibility that they might favor totalitarian mind control, worthy of a science fiction novel. For example, if it was possible to induce feelings of benevolence in a human being, could not the magic box be applied to violent criminals to “cure them”? And if, on the contrary, it was possible to induce aggressive behavior at will, could not this technique be used to make soldiers more combative? On the other hand, those who defended such experiments noted that it is difficult to predict exactly what happens when a certain brain area is stimulated, and, however, you cannot manipulate thinking or complex forms of behavior.

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