La Rebelión De Los Pacientes: Contra Una Atención Médica Industrializada — Víctor Montori / Why We Revolt: A patient revolution for careful and kind care by Victor Montori

AF174A0A-047A-440F-8B2D-771D4EF92E45
El autor propone una revolución en la cual se le dé prioridad al cuidado (care) de los pacientes y no al dinero. Habla de un cuidado en el cual los profesionales de la medicina puedan ver al paciente como un ser humano con una vida, un trabajo, preocupaciones, etc. y cómo ese cuidado debe ser compatible con todas estas dimensiones del paciente. Me gustó mucho todo lo que el autor habla acerca de cómo debe ser la relación entre el médico y el paciente. Y cómo el valor de la integridad debe guiar el actuar de los profesionales de la salud. Ojalá algún día esa revolución que él propone se haga realidad y todas las personas tengamos acceso a un sistema de salud más humano en el que recibamos el cuidado que realmente necesitamos, así no dispongamos de los medios económicos para pagarlo.
Muchas personas son cada vez más optimistas sobre el estado de la medicina en nuestro tiempo y, por muchas buenas razones, el estado de la atención médica en sí parece ser sombrío. A medida que la medicina se industrializa y se administra como un negocio para generar ingresos astronómicos, el elemento principal en el centro de todo soporta la mayor parte del sufrimiento: el paciente. Desde la codicia de las compañías farmacéuticas hasta las compañías de seguros y dispositivos médicos y otras, las cargas financieras nunca han sido mayores para los pacientes. El otro elemento central en juego también es el sufrimiento: los médicos. La pura presión por la facturación, la documentación y las tareas administrativas puestas en sus placas está quitando peligrosamente el enfoque crítico y el tiempo que es mucho más necesario dedicar a los pacientes. Como siempre dice el Dr. Montori «¡La atención ya no está en la salud!». Este libro refleja con precisión eso, así como su ardiente deseo de enfocar al paciente con «alta definición» a los ojos no solo de sus médicos, sino también de los propios sistemas de salud. De hecho, lo que todos necesitamos es un fuerte llamado a una revolución paciente.

Para derrotar al virus hemos debido guardar distancias, pero hemos tomado la idea del «distanciamiento social» y la hemos reducido a un «distanciamiento físico», y eso nos ha hecho crecer en solidaridad.

En la medicina industrializada. Esta no pone su atención en cada paciente, sino que estandariza prácticas para pacientes como este, en vez de cuidar a este paciente. La especialización, aunque mejora la eficiencia, se centra en órganos y enfermedades. El miedo a desviarse de rígidos protocolos lleva a los clínicos a ignorar a la persona. Los sistemas que priorizan el acceso a la atención y el número de consultas ponen de manifiesto el poco valor que le dan a la profundidad de la interacción entre los clínicos y sus pacientes. Cuando las citas son obligatoriamente breves y superficiales, los pacientes deben pasar apresuradamente por consultas en las cuales el médico no puede advertir su situación con claridad. Este no-advertir al paciente es también el resultado de encuentros clínicos saturados de tareas administrativas, como la documentación y los cobros. Tareas que desvían la atención hacia las pantallas de los ordenadores, distrayéndola del cuidado y concentrándola en la burocracia.
Los pacientes no son los únicos perjudicados. La medicina industrializada está matando el alma de quienes curan y alivian. La productividad a toda costa desgasta a los clínicos, que no pueden encontrar sentido a su trabajo en consultas fugaces, concertadas bajo la presión de la eficiencia. Tampoco pueden solicitar el apoyo de sus siempre desbordados colegas. Los clínicos sienten que se abusa de ellos, que no son valorados y que no pueden valorar a sus pacientes. Continuamente extenuados, ven que el suicidio y el divorcio se han convertido en circunstancias inherentes a su trabajo, en la maldición de su quehacer. La industria de la salud ha dejado de interesarse por los que están en el frente de batalla: pacientes y clínicos.

La crueldad parece obligarnos a que, como clínicos, deshumanicemos a los pacientes. A que los consideremos distintos y ajenos a nosotros. A que tratemos su sufrimiento y su dependencia como padecimientos de una subespecie que no tiene nada en común con nosotros. Nada en su nombre, su apariencia o circunstancia puede salvar la distancia que nos separa. Ellos son camas, diagnósticos, números de caso o estadísticas. La expresión en sus ojos, la calidez de sus corazones a pesar de circunstancias imposibles, y esa fotografía que una paciente conserva al lado de su cama, la de su nieta que vive lejos, son gestos desesperados de pacientes que buscan propiciar que un ser humano le ponga atención a otro.
La crueldad es el resultado de normativas y procedimientos que desalientan a todos, incluso a los más gentiles, a notar al paciente.
El antídoto contra la crueldad está en la humanidad de los clínicos que, por un momento, recuerdan por qué estudiaron para ser profesionales de la salud. Está en rechazar la predisposición de la medicina industrial a la crueldad y su capacidad para hacer que materialicemos nuestro infinito potencial para ser crueles con los demás. Está en fomentar políticas que hagan que notarnos los unos a los otros sea fácil. Está en crear el espacio y las oportunidades para que cada uno de nosotros materialice su potencial, igualmente infinito, para interesarnos y cuidar de otros.

Las mutuas o seguros médicos privados también pueden reducir la demanda. En ocasiones pueden empujar a los pacientes hacia servicios médicos innecesariamente más caros, lo que resulta un problema cuando la atención médica tiene poco valor para el intermediario pero es necesaria y deseable para los pacientes. De esta manera, los impedimentos para obtener tratamiento son soluciones poco elegantes, siempre al servicio de metas industriales basadas en la innoble e irrespetuosa noción de que el paciente es el problema.
Otra forma de reducir la demanda de atención médica es «crear» menos pacientes. La pobreza, la injusticia, la disparidad de ingresos, la violencia (incluyendo eventos adversos de la infancia, como el abuso físico o psicológico) y la alienación contribuyen al estrés crónico, la capacidad limitada para adoptar estilos de vida saludables y al acceso deficiente a la atención preventiva.

La industria de la salud se centra en el dinero. Los gerentes a menudo usan esta frase para justificarse: Sin dinero, no hay misión. Si bien se podría entender esta idea en empresas de salud con fines de lucro, tal es también el comportamiento habitual de muchas corporaciones de atención médica sin fines de lucro. Centrarse en el dinero, la codicia, aleja a la industria de la salud de la atención al paciente. Para poder lidiar con la codicia y progresar en el cuidado del paciente, debemos descubrir la antítesis de la codicia y luchar por ella.
En 1883, un devastador tornado reveló cuán limitados eran los recursos disponibles en Rochester, Minnesota, para ayudar a los damnificados. Las Hermanas de San Francisco respondieron a esta necesidad tomando la decisión de construir un hospital. Cuando intentaron reclutar al doctor William W. Mayo para unirse a sus esfuerzos, él exigió que, antes que nada, se recaudara dinero suficiente para construir las instalaciones. Sin dinero, no hay misión. Con la atención al paciente como su máxima prioridad, las monjas recaudaron el dinero y abrieron el Hospital Saint Marys. Durante las siguientes décadas, el doctor Mayo y sus dos hijos revolucionaron las prácticas de la medicina y la cirugía. La Clínica Mayo había nacido: el dinero solamente se usó como medio para lograr un noble fin.
Las empresas de salud deben mostrar disciplina empresarial, garantizando que tienen los recursos suficientes para ser sostenibles e innovadoras. De esta manera, pueden continuar con su misión y responder a las necesidades cambiantes de aquellos a quienes sirven. La disciplina empresarial es esencial: Sin dinero, no hay misión. Sin embargo, esta frase tiene un significado diferente y nocivo en la medicina industrializada: el dinero se ha convertido en la razón de ser de la industria, de tal manera que la atención al paciente solo se da cuando tiene sentido económico. El dinero ha pasado de ser un recurso para el cuidado del paciente a convertirse en la razón de ser de la atención médica.

Algunas organizaciones de salud, muchas de las cuales son –nominalmente– sin fines de lucro, compiten contra otras compañías por una mayor participación en el mercado. Están dispuestas a invertir en tratamientos altamente rentables y a alentar a sus pacientes a que los exijan, al tiempo que limitan la oferta y restringen la demanda de pruebas y tratamientos que generan menos ingresos. En esta batalla, los competidores colocan carteles publicitarios y anuncios televisivos para que la gente demande sus últimas adquisiciones tecnológicas, o para alentarla a operarse con su nuevo cirujano estrella, un robot quirúrgico. Todo esto alimenta la creencia generalizada de que la atención medica es mejor cuanto más sofisticada y más avanzada tecnológicamente sea. Sin embargo, muchos de estos avances son ofrecidos a los pacientes antes de que haya prueba fehaciente de su utilidad.
No existe ninguna ley natural que obligue a las empresas de ningún tipo a priorizar los intereses de sus accionistas y administradores. De haber alguna ley natural, esta probablemente indicaría que los clientes son leales si satisfaces sus necesidades, si los respetas, si no les mientes ni reduces la calidad de lo ofrecido, y si no los extorsionas. Que una empresa sea la única que ofrece un servicio o un medicamento no puede justificar precios exorbitantes ni baja calidad, sino que exige más responsabilidad. Sí, podrá salirse con la suya porque las leyes no se lo impiden (gracias a sus poderosos grupos de presión), pero sus valores deberían impedirle abusar de personas desesperadas a causa de una enfermedad, o de los trabajadores que emplea para cuidar a esos pacientes. Esto requiere un marco legal que prohíba la búsqueda excesiva de beneficios y una nueva clase de líderes que administren de modo efectivo los valiosos recursos que tienen en sus manos: la creatividad, la compasión, el tiempo y el dinero de profesionales de la salud, científicos, pagadores y ciudadanos generosos.
La cortisona, uno de los medicamentos más efectivos del mundo, fue transferido por la Clínica Mayo a la farmacéutica Merck Sharpe y Dohme por un dólar. Hasta hoy, casi 75 años después, este medicamento sigue siendo barato y está ampliamente disponible. Sin embargo, hoy en día, ejecutivos agresivos están comprando a los fabricantes de medicamentos genéricos y luego vendiendo esos mismos medicamentos con su precio multiplicado por mil.

Creo que, para poder cuidar de los pacientes, los clínicos deben permitirse desacelerar. Como paciente, debo poder sentir que a mi médico lo que más le importa es lo que está sucediendo ahora, no mañana, no con el siguiente paciente ni con el que se acaba de marchar. El tiempo que compartimos necesita desacelerarse, desmenuzarse y comprenderse. En la profundidad de nuestro encuentro debemos pensar, trabajar, sentir y hablar sobre mis problemas como paciente. Estos momentos darán lugar a lo que vendrá después: realizar más pruebas, recopilar otras opiniones, considerar otras estrategias, darle tiempo al tiempo, tratar. Hay que desacelerar el tiempo no simplemente para alargarlo, sino para profundizar en nuestro análisis de la situación. Y volver a analizarla. Para revisarla y volverla a revisar. Si no invertimos en ese tiempo juntos, lo que sigue son malentendidos y desaciertos. Hay que caminar con cuidado para no tropezar. Para cuidar del paciente, la atención que le dedicamos debe desacelerarse y ganar en profundidad.
Sin embargo, los servicios de salud se centran en mejorar su eficiencia, no para hacer que el cuidado del paciente sea más elegante, sino sencillamente para hacer más usando menos.

Los pacientes entienden que sus médicos están ahora sujetos a presiones para aumentar la demanda de herramientas y servicios costosos.
Cuando el tiempo es dinero, los minutos son todos iguales o, lo que es peor, los minutos que producen dinero importan más y desplazan a los otros. Cuando los minutos rentables tienen prioridad, el agotamiento de los otros minutos, los más valiosos, los que realmente son importantes para los pacientes y para los clínicos, empobrece la atención. Debido a la manera en que las compañías de salud ganan dinero y a la forma en que se les paga por «brindar atención médica», sus resultados dependen de cómo se use el tiempo. Su enfoque centrado en el valor –la encarnación contemporánea de la eficiencia: cuántos resultados deseables pueden obtenerse por cada unidad de recursos gastados– hace del tiempo un recurso para alcanzar resultados recompensados con dinero. El tiempo se convierte en dinero.
La rebelión de los pacientes debe rechazar la idea de que el tiempo es dinero.
La eficiencia de la medicina es importante, pero lo más importante es lograr la eficiencia en el trabajo que deben hacer los pacientes. El tiempo, la energía y la atención del paciente son especialmente escasos y debemos respetarlos con gentileza. Debemos esforzarnos por garantizar que el acceso y el uso de la atención médica causen la menor interrupción posible en la vida del paciente. En estas vidas, una aventura más importante y fundamental espera poder desplegarse: la búsqueda de sus esperanzas y sueños en medio de la decepción y la desgracia. Nuestra cuidadosa atención debe aliviar esta aventura de la carga de la enfermedad.

No podemos dejar que la medicina basada en la evidencia llegue a su fin como daño colateral del progreso de la medicina industrializada. No podemos permitir que los protocolos, los algoritmos, las políticas, la inteligencia artificial, los avatares o quién sabe qué otros monstruos que toman decisiones pretendan que la evidencia por sí misma puede cuidar del paciente. No podemos permitir que estas tecnologías, incapaces de sabiduría práctica, reemplacen nuestros juicios y desplacen nuestra cooperación. Debemos evitar que la tiranía de la evidencia acabe con nuestras conversaciones y asesine nuestros bailes.
Si no actuamos, se degradará aún más a nuestros clínicos, se ahogará su empatía y se saboteará su capacidad de cuidar. La falta de movilización permitirá que continúe la corrupción de la misión de la medicina, con los pacientes y su cuidado como medios para fines industriales, alienando a los pacientes o integrándolos en un sistema capaz de ser cruel. No queremos una medicina industrializada. Queremos y debemos luchar por la atención cuidadosa del paciente.
La atención cuidadosa del paciente comienza por poner atención, por advertir al paciente. Esta atención es la clave del éxito de los charlatanes y curanderos.

Revolución significa literalmente ‘girar’: los ciudadanos y los pacientes debemos guiar a nuestras sociedades para que le den la espalda a la atención médica industrializada. Luego debemos volvernos los unos hacia los otros (pacientes y clínicos, compañías de salud y sus comunidades, legisladores y ciudadanos) para construir juntos un proyecto solidario.
Esto no se logra mediante una tímida reforma o desatando fuerzas motivadas por la competencia, la codicia y las ganancias, que son precisamente las ideas e ideales que impulsan la medicina industrializada. En vez de eso, una revolución de los pacientes se nutrirá de las conversaciones. En ellas encontraremos nuevas ideas que promoverán una atención cuidadosa y gentil, reavivarán la administración profesional del cuidado del paciente, nos harán redescubrir las razones para cuidarnos los unos a los otros, renovando así nuestro compromiso humano de cuidar de todos.
El trabajo que debe llevar a cabo una rebelión de los pacientes va más allá del desmantelamiento de la industria de la salud; el sector sanitario debe asociarse con otros sectores para transformar las sociedades en las que vivimos, de modo que puedan contribuir a nuestra salud. La atención al paciente es solamente un reflejo de esta capacidad social de atención cuidadosa y gentil.
Nuestro objetivo es recuperar el cuidado del paciente como la prioridad de las organizaciones médicas y de los propios clínicos. Queremos un cuidado elegante en el cual los médicos estén presentes y puedan apreciar a cada paciente en su individualidad, y a su situación en alta definición. Somos conscientes de que se requerirán muchos cambios para lograr una atención cuidadosa y gentil. Será necesario un sistema de atención al paciente guiado por la solidaridad y no por la codicia para evitar así que recursos valiosos dejen el sistema convertidos en ganancias, creando con ello una escasez artificial.
Sabremos que hemos llegado a nuestra meta, entre otras cosas, cuando la polaridad del mundo de la salud se haya invertido: cuando los que formulan políticas de salud, los seguros privados y los gerentes rindan cuentas a los clínicos y sus pacientes. Cuando consideren que su trabajo es garantizar el cuidado del paciente sin interrupciones, distracciones o esfuerzos fuera de lugar. Cuando vean la situación de los pacientes en alta definición y trabajen con ellos para asegurarse de que su atención médica tenga sentido para ellos. Hoy en día, los gerentes utilizan indicadores de calidad y rendimiento para evaluar la atención clínica y para demostrar ante los pagadores la buena calidad de la atención que brindan a cambio del dinero recibido.

Todos podemos dar al menos dos pasos. El primero, dejar de aceptar la medicina como una actividad industrial y el cuidado médico como su producto. El segundo, iniciar una conversación. Usemos el lenguaje de la atención al paciente, un lenguaje que en parte hemos explorado en estas páginas. Confío en que nuestra causa es justa y en que nuestras palabras pueden cambiar la manera en que las personas piensan y actúan.
Podemos empezar un movimiento y sorprendernos a nosotros mismos.

Tuve la suerte de intercambiar unas palabras con el autor del libro.
…Muchísimas gracias, David, por escribirme y por reseñar el libro en tu pagina.
¡Cómo nos carga el corazón el dolor que está causando el COVID y nuestra respuesta a la pandemia!
Gracias de nuevo y cuídate,
Victor

Victor Montori

——————–

3A6026A9-C874-4182-9E90-5662D13744F3

The author proposes a revolution in which priority is given to the care of patients and not to money. It speaks of a care in which medical professionals can see the patient as a human being with a life, a job, concerns, etc. and how that care should be compatible with all these dimensions of the patient. I really liked everything the author talks about how the relationship between the doctor and the patient should be. And how the value of integrity should guide the actions of health professionals. Hopefully one day that revolution that he proposes will become a reality and all of us have access to a more humane health system in which we receive the care we really need, even if we do not have the financial means to pay for it.
Many people are more and more optimistic about the state of medicine, in our time, and for many good reasons, the state of healthcare itself seems to be grim. As medicine is being industrialized and run as a business to generate astronomical revenues, the main element at the center of it all bears most of the suffering: the patient. From the greed of pharmaceutical companies to insurance and medical device companies to others, the financial burdens have never been highest on patients. The other central element at play is also suffering: the physicians. The sheer pressure for billing, documentation, and administrative tasks placed on their plates is dangerously taking away critical focus and time that is much more necessary to spend with patients. As Dr. Montori always says «The care is no longer in healthcare!». This book accurately reflects that as well as his burning desire to bring patient into focus with «high definition» in the eyes of not only their physicians, but also the healthcare systems themselves. A strong call for a Patient Revolution is indeed what we all need.

In order to defeat the virus we have had to keep our distance, but we have taken the idea of «social distancing» and reduced it to a «physical distancing», and that has made us grow in solidarity.

In industrialized medicine. It does not focus on each patient, but rather standardizes practices for patients like this, rather than caring for this patient. The specialization, while improving efficiency, focuses on organs and diseases. The fear of deviating from rigid protocols leads clinicians to ignore the person. Systems that prioritize access to care and the number of consultations reveal how little value they place on the depth of interaction between clinicians and their patients. When appointments are necessarily brief and superficial, patients must rush through consultations in which the doctor cannot clearly see their situation. This failure to warn the patient is also the result of clinical encounters saturated with administrative tasks, such as documentation and collections. Tasks that divert attention to computer screens, distracting it from care and concentrating it on bureaucracy.
Patients are not the only ones affected. Industrialized medicine is killing the souls of those who heal and soothe. Productivity at all costs wears out clinicians, who cannot find meaning in their work in fleeting consultations, arranged under the pressure of efficiency. Nor can they request the support of their always overwhelmed colleagues. Clinicians feel that they are abused, unvalued, and unable to value their patients. Continually exhausted, they see that suicide and divorce have become inherent circumstances of their work, in the curse of their work. The healthcare industry is no longer interested in those on the front lines: patients and clinicians.

Cruelty seems to compel us, as clinicians, to dehumanize patients. That we consider them different and alien to us. That we treat their suffering and dependence as suffering from a subspecies that has nothing in common with us. Nothing in his name, his appearance or circumstance can bridge the distance that separates us. They are beds, diagnoses, case numbers, or statistics. The expression in their eyes, the warmth of their hearts despite impossible circumstances, and that photograph that a patient keeps by her bedside, that of her granddaughter who lives far away, are desperate gestures of patients who seek to encourage a human being pay attention to another.
Cruelty is the result of policies and procedures that discourage everyone, even the gentlest, from noticing the patient.
The antidote to cruelty is in the humanity of clinicians who, for a moment, remember why they studied to be health professionals. It is in rejecting the predisposition of industrial medicine to cruelty and its ability to make us realize our infinite potential to be cruel to others. It’s about fostering policies that make it easy to notice each other. It is about creating the space and the opportunities for each of us to materialize their equally infinite potential to care for and care for others.

Mutual or private health insurance can also reduce demand. They can sometimes push patients toward unnecessarily more expensive medical services, which is a problem when medical care has little value to the middle man but is necessary and desirable to patients. In this way, impediments to obtaining treatment are inelegant solutions, always serving industrial goals based on the ignoble and disrespectful notion that the patient is the problem.
Another way to reduce the demand for health care is to «create» fewer patients. Poverty, injustice, income disparity, violence (including adverse childhood events such as physical or psychological abuse), and alienation contribute to chronic stress, limited ability to adopt healthy lifestyles, and poor access to preventive care.

The healthcare industry is focused on money. Managers often use this phrase to justify themselves: No money, no mission. While this idea might be understood in for-profit healthcare companies, such is also the standard behavior of many non-profit healthcare corporations. Focusing on money, greed, drives the healthcare industry away from patient care. In order to deal with greed and progress in patient care, we must discover the antithesis of greed and fight for it.
In 1883, a devastating tornado revealed how limited resources were available in Rochester, Minnesota to help the victims. The Sisters of St. Francis responded to this need by making the decision to build a hospital. When they tried to recruit Dr. William W. Mayo to join their efforts, he demanded that, first of all, sufficient money be raised to build the facility. Without money, there is no mission. With patient care as their top priority, the nuns raised the money and opened Saint Marys Hospital. Over the next several decades, Dr. Mayo and his two sons revolutionized the practices of medicine and surgery. The Mayo Clinic was born: money was only used as a means to achieve a noble end.
Healthcare companies must show business discipline, ensuring that they have sufficient resources to be sustainable and innovative. In this way, they can continue their mission and respond to the changing needs of those they serve. Business discipline is essential: Without money, there is no mission. However, this phrase has a different and harmful meaning in industrialized medicine: money has become the raison d’être of the industry, in such a way that patient care only occurs when it makes economic sense. Money has gone from being a resource for patient care to becoming the raison d’être of medical care.

Some healthcare organizations, many of which are – nominally – non-profit, compete against other companies for greater market share. They are willing to invest in highly profitable treatments and to encourage their patients to demand them, while limiting supply and restricting demand for tests and treatments that generate less revenue. In this battle, competitors put up billboards and television spots for people to demand their latest technological acquisitions, or to encourage them to have surgery with their new star surgeon, a surgical robot. All of this fuels the widespread belief that health care is better the more sophisticated and technologically advanced it is. However, many of these advances are offered to patients before there is credible proof of their usefulness.
There is no natural law that requires companies of any kind to prioritize the interests of their shareholders and administrators. If there is a natural law, it would probably indicate that customers are loyal if you satisfy their needs, if you respect them, if you do not lie to them or reduce the quality of what is offered, and if you do not extort money from them. The fact that a company is the only one offering a service or a medicine cannot justify exorbitant prices or low quality, but requires more responsibility. Yes, you can get away with it because the laws don’t stop you (thanks to your powerful lobbyists), but your values should prevent you from abusing people desperate for illness, or the workers you employ to care for those patients. . This requires a legal framework that prohibits excessive profit seeking and a new class of leaders who effectively manage the valuable resources they have in their hands: the creativity, compassion, time and money of health professionals, scientists , generous payers and citizens.
Cortisone, one of the most effective drugs in the world, was transferred by the Mayo Clinic to drug companies Merck Sharpe and Dohme for a dollar. To this day, almost 75 years later, this drug is still cheap and widely available. Yet today, aggressive executives are buying from generic drug makers and then selling those same drugs with their price times a thousand.

I think that in order to care for patients, clinicians must allow themselves to slow down. As a patient, I must be able to feel that what matters most to my doctor is what is happening now, not tomorrow, not with the next patient or the one who has just left. The time we share needs to slow down, crumble, and be understood. In the depth of our encounter we must think, work, feel and talk about my problems as a patient. These moments will lead to what will come next: running more tests, gathering other opinions, considering other strategies, giving time, trying. Time must be slowed down not simply to lengthen it, but to deepen our analysis of the situation. And re-analyze it. To review and review it again. If we don’t invest in that time together, what follows are misunderstandings and mistakes. You have to walk carefully to avoid stumbling. To take care of the patient, the attention we dedicate to him must slow down and gain in depth.
However, health services are focused on improving their efficiency, not to make patient care more elegant, but simply to do more using less.

Patients understand that their physicians are now under pressure to increase demand for expensive tools and services.
When time is money, the minutes are all the same or, what is worse, the minutes that produce money matter more and displace the others. When profitable minutes take precedence, the depletion of the other minutes, the most valuable, those that really matter to patients and clinicians, impoverishes care. Because of the way healthcare companies make money and the way they are paid to «provide medical care,» their results depend on how time is used. Its value-centric approach – the contemporary embodiment of efficiency: how many desirable results can be obtained for each unit of resources spent – makes time a resource for achieving results that are rewarded with money. Time becomes money.
The rebellion of patients must reject the idea that time is money.
The efficiency of medicine is important, but the most important thing is to achieve efficiency in the work that patients must do. Time, energy and patient care are especially scarce and must be respectfully respected. We must strive to ensure that access to and use of health care causes the least possible disruption to the life of the patient. In these lives, a more important and fundamental adventure awaits to unfold: the pursuit of your hopes and dreams amid disappointment and misfortune. Our careful attention should ease this adventure from the burden of disease.

We cannot let evidence-based medicine come to an end as collateral damage to the progress of industrialized medicine. We cannot allow protocols, algorithms, policies, artificial intelligence, avatars, or who knows what other decision-making monsters to pretend that evidence alone can take care of the patient. We cannot allow these technologies, incapable of practical wisdom, to replace our judgments and displace our cooperation. We must prevent the tyranny of evidence from wiping out our conversations and killing our dances.
Failure to act will further degrade our clinicians, stifle their empathy, and sabotage their ability to care. The lack of mobilization will allow the corruption of the mission of medicine to continue, with patients and their care as means to industrial ends, alienating patients or integrating them into a system capable of being cruel. We do not want industrialized medicine. We want and must strive for careful patient care.
Careful patient care begins with paying attention, by warning the patient. This attention is the key to the success of charlatans and healers.

Revolution literally means ‘turning’: citizens and patients must lead our societies to turn their backs on industrialized healthcare. Then we must turn to each other (patients and clinicians, health companies and their communities, legislators and citizens) to build a solidarity project together.
This is not accomplished by timid reform or by unleashing the forces of competition, greed, and profit, which are precisely the ideas and ideals that drive industrialized medicine. Instead, a patient revolution will feed off of conversations. In them we will find new ideas that will promote careful and gentle care, rekindle the professional administration of patient care, and make us rediscover the reasons for caring for each other, thus renewing our human commitment to care for everyone.
The work to be done by a patient rebellion goes beyond dismantling the healthcare industry; The health sector must partner with other sectors to transform the societies in which we live, so that they can contribute to our health. Patient care is only a reflection of this social capacity for caring and gentle attention.
Our goal is to restore patient care as the priority of medical organizations and clinicians themselves. We want elegant care in which doctors are present and can appreciate each patient in their individuality, and their situation in high definition. We realize that many changes will be required to achieve careful and gentle care. A patient care system guided by solidarity rather than greed will be necessary to prevent valuable resources from turning into profit, thereby creating artificial scarcity.
We will know that we have reached our goal, among other things, when the polarity of the healthcare world has been reversed: when health policy makers, private insurers and managers are accountable to clinicians and their patients. When they consider that their job is to ensure patient care without interruptions, distractions, or misplaced efforts. When they see the situation of patients in high definition and work with them to ensure that their medical care makes sense to them. Today, managers use quality and performance indicators to evaluate clinical care and to demonstrate to payers the good quality of care they provide in exchange for money received.

We can all take at least two steps. The first is to stop accepting medicine as an industrial activity and medical care as its product. The second, start a conversation. Let’s use the language of patient care, a language that we have explored in part on these pages. I am confident that our cause is just and that our words can change the way people think and act.
We can start a movement and surprise ourselves.

I was lucky guy in order to exchange a few words with the author of the book.
… Thank you very much, David, for writing to me and for reviewing the book on your page.
How the pain that COVID is causing and our response to the pandemic burdens our hearts!
Thanks again and take care,
Victor

Victor montori

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.