Erebus: La Historia De Un Barco — Michael Palin / Erebus: The Story of a Ship by Michael Palin

Erebus es un relato completo de uno de los barcos de exploración más famosos del Ártico y la Antártida. Palin ofrece una descripción detallada pero convincente de la vida de Erebus, recientemente redescubierto en solo 36 pies de agua en el Ártico, donde ha permanecido desde su último viaje con Sir John Franklin en 1845.
El libro repasa la vida del barco, desde sus primeros días sin incidentes como buque de guerra hasta su desaparición acuática a mediados del siglo XIX en la infame y misteriosa expedición Franklin North West Passage. Ofrece información y citas directas de numerosas fuentes primarias con una narrativa atractiva, a menudo rompiendo la tensión con cierta ligereza. La beca es encomiable y completa. Me encontré tomando muchas notas mientras leía, ya que no quería olvidar nada.
Aunque no se presenta mucha información nueva aquí, el relato histórico de Palin sobre Erebus está salpicado de descripciones de sus propios viajes: a Hobart, donde Erebus y Terror visitaron mientras Franklin era gobernador de la Tierra de Van Diemen, a la Antártida en 2014, a varios lugares. donde Erebus atracó durante su servicio, como las Malvinas. Palin incluye relatos históricos del tiempo de Erebus en estos lugares, así como sus impresiones del paisaje tal como se ve actualmente, y los legados de larga data de Erebus.
Palin no dejó piedra sin remover, a menudo literalmente, mientras seguía el viaje de Erebus. Incluso revisa los planos del maestro carpintero que la equipó para su expedición al Ártico. Él repasa el tiempo de Erebus en la Antártida bajo James Clark Ross, así como su tiempo bajo John Franklin, donde terminó su mandato. El último capítulo de Erebus cubre el reciente resurgimiento del misterio de Franklin y termina con la visita de Palin a la Antártida en 2017, para ver los lugares finales a lo largo de la estadía de las partes a través del hielo. Ojalá hubiera llegado a Erebus, y espero con ansias futuros libros que contengan nueva información de las naves descubiertas recientemente.
Algunos críticos se han quejado de que no se dedicó suficiente tiempo a discutir la expedición de Franklin, pero honestamente, no estaba leyendo esto para eso. El libro se llama Erebus por una razón, y hay más en este barco que solo la expedición Franklin. Si está buscando información sobre Franklin, le recomiendo Finding Franklin de Russell Potter; Erebus es un relato completo de este, y estaba emocionado de leer esto para conocer su viaje menos conocido con James Clark Ross.
Erebus atraerá a los eruditos del Ártico, así como a los marineros de sillón como yo. Ninguna oración fue superflua y cada capítulo ofreció algo interesante. Muy recomendable. Con el miembro Monty Python coincido en la pasión con las novelas de Patrick O’Brian.

El HMS Erebus emprendió dos de las expediciones navales más ambiciosas de todos los tiempos. La primera lo llevó más al sur de lo que cualquier humano había llegado jamás. Durante la segunda, desapareció sin dejar rastro en las aguas del Ártico. Los motivos de su trágico final están rodeados de misterio.

El día en que el Erebus se deslizó por la rampa, los constructores navales de Pembroke se sintieron orgullosos, pero, ya mientras se estabilizaba a orillas del estuario, su destino no estaba claro. ¿Era el futuro o ya pertenecía al pasado?.
El astillero donde se construyó el Erebus sigue en pie en la actualidad, pero hoy se dedica menos a la construcción de barcos que a prestar servicio a la gigantesca refinería de petróleo de Milford Haven, a unos pocos kilómetros río abajo. La rampa desde donde se botó el Erebus en el verano de 1826 está oculta bajo el suelo de hormigón de la moderna terminal de transbordadores que une Pembroke con Rosslare, en Irlanda.
No sería un barco muy grande. Con 31,6 metros de eslora, era la mitad de largo que los grandes buques de guerra y, con sus 372 toneladas, era un pececillo comparado con las 2141 toneladas de la Victory. Sin embargo, estaba diseñado para oponer resistencia, y se parecía más a un remolcador que a un esbelto y moderno queche. Sus cubiertas y su casco debían ser capaces de resistir el retroceso de los dos grandes morteros de a bordo, uno de trece pulgadas y el otro de diez. Por lo tanto, tenía que estar reforzado con abrazaderas de hierro clavadas a los maderos de la bodega, lo que aseguraba el casco y, además, reducía el peso de la embarcación. También debía contar con una bodega lo bastante amplia y profunda como para almacenar los pesados proyectiles de los morteros. Además, estaría armado con diez cañones pequeños, por si tuviera que enfrentarse al enemigo en el mar.
El Erebus fue construido casi por completo a mano.
Antes del desastre, George Back tuvo unas palabras de elogio hacia el Terror que podrían haberse dirigido a todas las bombardas: «Hondo y de gruesa madera como era y, aunque cada acometida hundía el bauprés en el agua, su cabeceo era tan tranquilo que apenas se tensaban los cabos». Su descripción del barco en buen tiempo hace que el sapo parezca un príncipe: «Con los sobrejuanetes y todas las bonetas desplegadas por primera vez, el gallardo barco exhibió orgulloso todo su expandido plumaje y flotó majestuosamente sobre las olas del mar».
El Erebus no tuvo una ocasión similar para impresionar. Aunque había estado sumamente cerca de entrar en acción, al final simplemente había cambiado un muelle por otro. En Chatham se le retiró el aparejo y volvió a engrosar la lista de «ordinarios». Estaba convirtiéndose en el barco que «casi zarpa» de la Marina Real.

Mientras todo contacto humano quedaba atrás a popa, unas violentas lluvias descargaron sobre el barco y un viento favorable lo impulsó en dirección sur. Habían pasado casi catorce meses desde que los oficiales y la tripulación del HMS Erebus habían abandonado Londres y, aunque el trayecto se había caracterizado por los incidentes y, en ocasiones, había sido peligroso, al menos habían viajado en aguas conocidas, por las que, por remotas que fueran, no eran los primeros en navegar. No obstante, pronto se adentrarían en lo desconocido, en una parte del mundo para la que no había mapas.
La rutina de la vida en el mar se restableció de nuevo. Había velas que plegar y desplegar, cubiertas que limpiar, comida que preparar y guardias que mantener, pero, aunque pareciera que todo había vuelto a la normalidad, el cirujano McCormick tenía la sensación de que el momento que vivían era sumamente especial. Los esperaba un destino muy importante. «Lo que nos depare el futuro para los próximos nueve meses —escribió en su diario— es excepcionalmente nuevo, terriblemente interesante y prometedor; grandes descubrimientos nos aguardan en una región del orbe tan inmaculada y nueva como en el primer amanecer tras la creación».
El Erebus y el Terror habían conseguido algo notable. A vela y solos, los dos barcos habían atravesado con éxito doscientos quince kilómetros de hielo.
A Ross no le gustaba confiar su destino a la suerte, pero, en este caso, había hecho una apuesta con un riesgo calculado. Había llevado a sus barcos hacia lo desconocido. El hielo podría haberlos atrapado y aplastado. Y no habían diseñado un plan B. Una vez tomado el rumbo, dar media vuelta habría resultado prácticamente imposible. A pesar de lo sensato, flemático y pragmático que era, Ross no pudo disimular su alivio cuando pusieron rumbo al polo sur magnético: «Nuestras esperanzas y expectativas de alcanzar ese interesante punto crecieron hasta nuevos límites».
McCormick, en cambio, parecía menos preocupado por lo que fuera a decir la historia y más interesado en Billy, la cabra del barco, una de las mascotas favoritas de los marineros, que había pasado el día entero en su barril después de que le dieran oporto en la santabárbara. «Está pagando el precio de su libertinaje», escribió McCormick con diversión, solo para poco después añadir una conmovedora coda: «De forma inesperada, durante la primera guardia, he descubierto que el pobre Billy está moribundo».

El 12 de enero de 1842, el hielo por fin se abrió lo bastante como para que los barcos pusieran rumbo al sur. El Erebus avanzó treinta kilómetros en una noche, pero por la mañana el hielo volvía a ofrecer más resistencia y se desplegaron hombres con pértigas y ganchos para intentar apartarlo. Ambos barcos estaban ahora confinados a unos ochocientos metros de agua despejada y, para reducir las posibilidades de que chocaran, Ross ordenó que los barcos se amarraran a lados opuestos del mismo iceberg. Y así estaban cuando, el día 17, un fuerte oleaje y una precipitada caída del barómetro los advirtió de la llegada de un fuerte temporal desde el noreste. Lo precedió una calma casi sobrenatural. La temperatura subió por encima de los cero grados, una espesa niebla envolvió los barcos y empezó a nevar. Un enorme iceberg emergió de la niebla frente a ellos, tan cerca que lo único que Ross pudo hacer fue ordenar que se desplegaran todas las velas en ambos barcos y rezar por sus vidas. Evitaron estrellarse contra él por apenas unos palmos. De hecho, la punta de la botavara de la cangreja llegó a arañar el hielo al pasar junto al témpano.
El Erebus corría un grave peligro. La colisión lo había dejado casi por completo ingobernable; las vergas caídas se habían enredado con el aparejo de las vergas inferiores e imposibilitaban que la tripulación desplegara velas. Al igual que Crozier unos momentos antes, Ross tuvo que pensar rápidamente y, en la subsiguiente crónica de la expedición.
Cunningham, a bordo del Terror, no pudo evitar observar que el Erebus había tenido más mala suerte de la que le correspondía, pues «había perdido a tres hombres en el agua, a uno por asfixia y otro estaba gravemente herido». El marine George Barker, el contramaestre Roberts, Edward Bradley, capitán de la bodega, y ahora el contramaestre James Angelly habían perecido. «Gracias a Dios nosotros no hemos sufrido aún ningún accidente de ese tipo».

En su tercer viaje antártico, el Erebus se detuvo en Tierra del Fuego para construir un observatorio magnético allí. «Los fueguinos —escribió Ross más adelante— pueden describirse con justicia como la raza más abyecta y miserable de seres humanos», aunque admitió también que eran una buena compañía.
Durante cuatro años habían resonado en sus cubiertas las órdenes, los pasos apresurados de los marineros, el sonido de las velas al agitarse y la campana del barco que tocaba la media hora. Ahora, cuando 1843 llegaba a su fin y los londinenses corrían a comprar sus ejemplares de Cuento de Navidad, en el barco reinaba el silencio. Su ancha manga y sus líneas sólidas y robustas se mecían suavemente frente a la costa de Kent, donde el estuario del Támesis se encuentra con el mar del Norte. Era solo otra nave a la espera de que le encomendasen una tarea. Aunque había algo que distinguía al Erebus de todos los demás barcos: nunca más, en los anales de la historia marítima, un barco impulsado solo por velas se acercaría siquiera a lo que habían conseguido el Erebus y el Terror.
Una de las consecuencias inmediatas del éxito de la expedición antártica, por paradójico que parezca, fue un renovado interés por el Ártico. Apenas habían atracado el Erebus y el Terror cuando el capitán Frederick Beechey, que había servido con sir John Franklin en la expedición de 1818 al Polo Norte, empezó a servirse de los logros de Ross para despertar el interés en otra excursión naval al gélido norte. No consiguió gran cosa hasta que el incansable segundo secretario del Almirantazgo, John Barrow, se implicó en el asunto. Este había impulsado la expedición de Ross al sur, pero su corazón —y sus ambiciones— siempre estuvieron en el norte.

A principios de la década de 1860, la ruta de la expedición perdida de Franklin estaba ya bastante clara. A esas alturas se sabía que, tras abandonar Groenlandia, el Erebus y el Terror habían cruzado la bahía de Baffin, navegado por el estrecho de Lancaster y que Franklin y Crozier habían instalado su campamento de invierno en la isla de Beechey. En ese mismo año de 1845 o, más probablemente, al inicio del verano de 1846, habían navegado hacia el noroeste, ascendido por el canal de Wellington, probablemente en busca de una forma de rodear la gruesa capa de hielo que bloqueaba el camino por el estrecho de Barrow. Al no encontrar modo de atravesarlo, circunnavegaron la hasta entonces inexplorada costa de la isla de Cornwallis. (Puede que fuera un callejón sin salida en la búsqueda del paso del Noroeste, pero esta constituyó una exploración notable de una parte del mapa que no volvería a visitarse hasta al cabo de cien años).
Con el hielo acumulándose de nuevo al oeste, Franklin debió de decidir dirigir sus barcos al sur para intentar buscar alguna forma de cruzar por allí. Parece que encontraron agua despejada y que navegaron hacia el sur por el estrecho de Peel, que pasaron entre la isla de Somerset y la del Príncipe de Gales y se mantuvieron en movimiento, hasta que, hacia finales del verano de 1846, alcanzaron el estrecho de Victoria. Allí seguramente se toparon con una barrera de hielo oceánico impenetrable.
Los inviernos árticos son brutales, sobre todo porque tres meses transcurren en la oscuridad más absoluta. Hacia abril de 1848, Franklin y sus hombres habrían soportado seis meses de esa negrura. Para más inri, su viaje coincidió con uno de los años más fríos en el Ártico de la historia reciente. Incluso los veranos llegaban y acababan sin que el hielo cediera.
Por desgracia, no contamos con una crónica de la vida a bordo del Erebus durante lo que resultó otro invierno excepcionalmente duro.

Desde la década de 1990 en adelante, David Woodman intensificó sus esfuerzos y rastreó el área donde creía que podía encontrarse el Erebus. Utilizó sonares y detectores de metales, pero la zona que había que peinar era muy grande y de difícil acceso, así que, a pesar de la energía que dedicó a la búsqueda, no obtuvo ningún fruto. Sí que examinó, no obstante, grandes zonas, que se descartarían en futuras búsquedas. Las investigaciones ganaban cada vez más impulso. El Erebus debía de estar por alguna parte, en las profundidades de aquel lugar. Solo hacían falta más recursos, mejores equipos y el mismo tipo de determinación por recuperarlo que había llevado a organizar las expediciones árticas.
En 1994, un documental de la CBC titulado The Mysterious Franklin Disappearance [La misteriosa desaparición de Franklin]se basó en las búsquedas efectuadas en la isla de Beechey por un hombre llamado Barry Ranford. Margaret Atwood, que escribió un prólogo para el libro de Beattie y Geiger sobre los descubrimientos de la isla de Beechey, participó en el documental, al igual que Pierre Berton, autor de The Arctic Grail [El grial del Ártico]. Su implicación confirmó que el final de Franklin ahora formaba parte de la historia canadiense. Había tenido lugar en su país, y se debía recordar que muchos de los testimonios que tan vitales habían resultado para las investigaciones procedían de sus compatriotas inuits.
En agosto de 1997, un acuerdo discreto pero muy importante cerrado entre los Gobiernos británico y canadiense permitió que el proceso avanzase todavía más. Recibió el nombre de «Memorando de acuerdo entre los Gobiernos de Gran Bretaña y Canadá en lo referente a los pecios del HMS Erebus y HMS Terror». Según sus términos, «Gran Bretaña, como propietaria de los pecios, asigna por el presente la custodia y el control de los pecios y de sus contenidos al Gobierno de Canadá».
El 9 de septiembre de 2014, durante una conferencia de prensa en Ottawa, el primer ministro Harper anunció al mundo entero que se había encontrado uno de los barcos de Franklin. Fueron necesarios unos pocos días más, y una serie de buceos de los arqueólogos submarinos, para confirmar, más allá de toda duda, que no solo se trataba del barco de Franklin, sino también del de James Clark Ross, Haye y Philip Broke.
Hacía mucho tiempo que los hombres que habían servido en él habían fallecido, pero, con los brindis en Canadá y en todo el mundo por su descubrimiento, el Erebus volvió a nacer.

——————

Palin’s Erebus is a comprehensive account of one of the most famous Arctic and Antarctic exploration vessels. Palin provides a detailed yet compelling overview of the life of Erebus, recently rediscovered in only 36 feet of water in the Arctic, where she has remained since her last voyage with Sir John Franklin in 1845.
Palin’s Erebus reviews the life of the ship, from her first uneventful days as a warship to her watery demise in the mid-1800s in the infamous and mysterious Franklin North West Passage expedition. He offers information and direct quotations from numerous primary sources with engaging narrative, often breaking the tension with some levity. The scholarship is commendable and thorough. I found myself taking copious notes while reading, as I didn’t want to forget a thing.
Although there’s not a lot of new information presented here, Palin’s historical account of Erebus is sprinkled with descriptions of his own travels — to Hobart, where Erebus and Terror visited while Franklin was governor of Van Diemen’s Land, to Antarctica in 2014, to various places where Erebus docked during her service, like the Falklands. Palin includes historical accounts of Erebus’s time in these places, as well as his impressions of the landscape as it looks currently, and Erebus’s long-standing legacies.
Palin left no stone unturned, often literally, while tracking Erebus’s journey. He even reviews the plans by the master shipwright who outfitted her for her expedition to the Arctic. He reviews Erebus’s time in Antarctica under James Clark Ross, as well her time under John Franklin, where she ended her tenure. The last chapter of Erebus covers the recent resurgence in the Franklin mystery, and ends with Palin’s visit to Antarctica in 2017, to see the final places along the parties’ sojourn across the ice. I wish he had actually gotten to Erebus, and I look forward to future books containing new information from the recently discovered ships.
Some reviewers have complained that not enough time was spent discussing the Franklin expedition, but honestly, that’s not what I was reading this for. The book is called Erebus for a reason, and there’s more to this ship than just the Franklin expedition. If you’re looking for Franklin information, I recommend Russell Potter’s Finding Franklin; Palin’s Erebus is a thorough account of Erebus, and I was excited to read this to learn of her lesser-known voyage with James Clark Ross.
Erebus will appeal to Arctic scholars as well as armchair sailors like me. No sentence was superfluous and every chapter offered something engaging. Highly recommended. With the member Monty Python I agree in the passion with the novels of Patrick O’Brian.

HMS Erebus undertook two of the most ambitious naval expeditions of all time. The first took him further south than any human had ever gone. During the second, she disappeared without a trace in the Arctic waters. The reasons for its tragic end are shrouded in mystery.

The day the Erebus slid down the ramp, the Pembroke shipbuilders were proud, but as it stabilized on the shores of the estuary, its fate was unclear. Was it the future or did it already belong to the past?
The shipyard where the Erebus was built still stands today, but today it is less involved in shipbuilding than it does in servicing the massive Milford Haven oil refinery, a few miles downstream. The ramp from which the Erebus was launched in the summer of 1826 is hidden under the concrete floor of the modern ferry terminal that links Pembroke to Rosslare in Ireland.
It would not be a very large ship. At 31.6 meters in length, it was half the length of large warships and, at 372 tonnes, it was a minnow compared to the Victory’s 2,141 tonnes. Yet it was designed for resistance, and looked more like a tugboat than a sleek, modern ketch. Her decks and hull had to be able to withstand the recoil of the two large mortars on board, one thirteen inches and the other ten inches. Therefore, it had to be reinforced with iron clamps nailed to the beams in the hold, which secured the hull and also reduced the weight of the boat. It also had to have a cellar large and deep enough to store the heavy mortar shells. In addition, it would be armed with ten small guns, in case it had to face the enemy at sea.
The Erebus was built almost entirely by hand.
Before the disaster, George Back had a few words of praise for the Terror that could have been addressed to all the bombards: ‘Deep and thick wood as it was, and though each thrust plunged the bowsprit into the water, its pitch was so calm that hardly the ends were tightened ». His description of the ship in good weather makes the toad look like a prince: “With the overjuanetes and all the bonnets unfolded for the first time, the gallant ship proudly displayed all its expanded plumage and floated majestically on the waves of the sea.”
The Erebus did not have a similar occasion to impress. Although he had been extremely close to action, in the end he had simply swapped one spring for another. At Chatham the rigging was removed and the list of ‘ordinary’ swelled again. It was becoming the “nearly set sail” ship of the Royal Navy.

While all human contact was left behind astern, violent rains unloaded on the ship and a favorable wind propelled it in a southerly direction. It had been nearly fourteen months since the officers and crew of HMS Erebus had left London and, although the journey had been marked by incidents and at times dangerous, they had at least traveled in familiar waters, whereby, remote as they were, they were not the first to navigate. However, they would soon enter the unknown, in a part of the world for which there were no maps.
The routine of life at sea was restored again. There were sails to fold and unfold, covers to clean, food to prepare, and guards to maintain, but although it seemed that everything had returned to normal, Surgeon McCormick had the feeling that the moment they lived was extremely special. A very important destiny awaited them. “What the future holds for the next nine months,” he wrote in his journal, “is exceptionally new, terribly interesting and promising; great discoveries await us in a region of the world as immaculate and new as in the first dawn after creation.
The Erebus and the Terror had accomplished something remarkable. Under sail and alone, the two ships had successfully traversed two hundred and fifteen kilometers of ice.
Ross did not like to entrust his fate to luck, but in this case, he had made a gamble with calculated risk. He had led his ships into the unknown. The ice could have trapped and crushed them. And they hadn’t devised a plan B. Once the course was on, turning around would have been practically impossible. As sensible, phlegmatic, and pragmatic as he was, Ross could not hide his relief when they set sail for the magnetic south pole: “Our hopes and expectations of reaching that interesting point grew to new limits”.
McCormick, on the other hand, seemed less concerned with what the story was going to say and more interested in Billy, the ship’s goat, one of the sailors’ favorite pets, who had spent the entire day in his keg after being hit. port in the magazine. “He’s paying the price for his debauchery,” McCormick wrote with amusement, only to later add a poignant coda: “Unexpectedly, during the first watch, I discovered that poor Billy is dying”.

On January 12, 1842, the ice finally broke open enough for ships to head south. The Erebus advanced twenty miles in one night, but in the morning the ice offered more resistance again and men with poles and hooks were deployed to try to push it away. Both ships were now confined to about half a mile of clear water and, to reduce the chances of their colliding, Ross ordered the ships to moor on opposite sides of the same iceberg. And so they were when, on the 17th, a strong swell and a precipitous drop in the barometer warned them of the arrival of a strong storm from the northeast. An almost unearthly calm preceded him. The temperature rose above zero degrees, thick fog enveloped the ships and it began to snow. A huge iceberg emerged from the fog in front of them, so close that all Ross could do was order all the sails on both ships to unfold and pray for their lives. They avoided crashing into him by just a few feet. In fact, the tip of the crab boom scratched the ice as it passed the iceberg.
The Erebus was in grave danger. The collision had left him almost completely unmanageable; the downed yards had become entangled with the rigging of the lower yards, making it impossible for the crew to deploy sails. Like Crozier moments before, Ross had to think quickly and, in the subsequent chronicle of the expedition.
Cunningham, aboard the Terror, could not help noticing that the Erebus had been more unlucky than its share, for ‘it had lost three men in the water, one from suffocation and another seriously injured’. Marine George Barker, Petty Officer Roberts, Hold Captain Edward Bradley, and now Petty Officer James Angelly had perished. “Thank God we have not yet suffered any such accident”.

On its third Antarctic voyage, the Erebus stopped in Tierra del Fuego to build a magnetic observatory there. “The Fuegians,” Ross later wrote, “can justly be described as the most abject and miserable race of human beings,” though he also admitted that they were good company.
For four years, orders had resounded on his decks, the hurried steps of the sailors, the sound of the shaking sails and the ship’s bell tolling half an hour. Now, when 1843 came to an end and Londoners raced to buy their copies of A Christmas Carol, the ship was silent. Its wide beam and solid, robust lines swayed gently off the Kent coast where the Thames estuary meets the North Sea. It was just another ship waiting for a task. Yet there was one thing that distinguished the Erebus from all other ships: never again, in the annals of maritime history, would a ship powered only by sails come even close to what Erebus and Terror had accomplished.
One of the immediate consequences of the success of the Antarctic expedition, paradoxical as it may seem, was a renewed interest in the Arctic. The Erebus and Terror had hardly docked when Captain Frederick Beechey, who had served with Sir John Franklin on the 1818 expedition to the North Pole, began to use Ross’s accomplishments to spark interest in another naval excursion to the icy north. He did not achieve much until the tireless Second Secretary of the Admiralty, John Barrow, became involved in the matter. He had driven Ross’s expedition south, but his heart — and his ambitions — had always been north.

By the early 1860s, the route of Franklin’s lost expedition was clear enough. By this time it was known that, after leaving Greenland, the Erebus and Terror had crossed Baffin Bay, sailed through the Lancaster Sound, and that Franklin and Crozier had set up their winter camp on Beechey Island. In that same year of 1845, or more likely in the early summer of 1846, they had sailed northwest, up the Wellington Canal, probably looking for a way around the thick layer of ice that blocked their way along the Barrow Strait. Finding no way through it, they circumnavigated the hitherto unexplored coast of the island of Cornwallis. (It may have been a dead end in the quest for the Northwest Passage, but this was a remarkable exploration of a part of the map that would not be revisited for a hundred years.)
With the ice accumulating again to the west, Franklin must have decided to steer his ships south to try to find some way to cross there. They appear to have encountered clear water and sailed south through Peel Strait, passing between Somerset Island and Prince of Wales Island and kept on the move, until, towards the end of the summer of 1846, they reached the Strait of Victory. There they surely ran into an impenetrable ocean ice barrier.
Arctic winters are brutal, especially since three months pass in absolute darkness. By April 1848, Franklin and his men had endured six months of that blackness. To make matters worse, his trip coincided with one of the coldest years in the Arctic in recent history. Even summers came and went without the ice giving way.
Unfortunately, we do not have a chronicle of life aboard the Erebus during what was another exceptionally harsh winter.

From the 1990s onwards, David Woodman stepped up his efforts and tracked down the area where he believed the Erebus could be found. He used sonars and metal detectors, but the area to be combed was very large and difficult to access, so despite the energy he devoted to the search, he did not obtain any fruit. It did, however, examine large areas, which would be ruled out in future searches. Investigations were gaining momentum. The Erebus must be somewhere in the depths of this place. It just took more resources, better equipment, and the same kind of determination to get it back that had led to organizing the Arctic expeditions.
In 1994, a CBC documentary entitled The Mysterious Franklin Disappearance was based on searches carried out on Beechey Island by a man named Barry Ranford. Margaret Atwood, who wrote a foreword to Beattie and Geiger’s book on the Beechey Island discoveries, was featured in the documentary, as did Pierre Berton, author of The Arctic Grail. Her involvement confirmed that the end of Franklin was now part of Canadian history. It had taken place in their country, and it should be remembered that many of the testimonies that had proved so vital to the investigations came from their fellow Inuit.
In August 1997, a low-key but very important agreement between the British and Canadian governments allowed the process to move further. It was called the “Memorandum of Understanding between the Governments of Great Britain and Canada regarding the wrecks of HMS Erebus and HMS Terror.” According to its terms, “Great Britain, as the owner of the wrecks, hereby assigns custody and control of the wrecks and their contents to the Government of Canada.”
On September 9, 2014, during a press conference in Ottawa, Prime Minister Harper announced to the world that one of Franklin’s ships had been found. It took a few more days, and a series of dives by underwater archaeologists, to confirm beyond any doubt that it was not only Franklin’s ship, but also that of James Clark Ross, Haye, and Philip Broke.
The men who had served in it had long since passed away, but, with toasts in Canada and around the world to their discovery, the Erebus was reborn.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .