Tortura — Donatella Di Cesare / Torture by Donatella Di Cesare

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Este volumen ágil pero completo de Dontaella Di Cesare centra su análisis en un tema que ha derramado tanta sangre como tinta desde los albores de los tiempos: la tortura. De Platón a Beccaria y Verri, de Foucault a Agamben, pasando por Judith Butler, el arsenal filosófico movilizado por el autor puede parecer repetitivo y, en cambio, compensa el equilibrio de todas las mentes que han tratado de aceptar un fenómeno repugnante y aparentemente inevitable que marcó la historia de la relación circular entre individuo-sociedad-poder (para volver al individuo). La autora pretende filosofar la tortura en sí misma, explicar por qué, a pesar de los intentos, todavía acecha en los pliegues más fétidos de lo que nos gusta llamar el orden social. Sin embargo, la fuerza del libro radica no solo en informar el equilibrio total de lo que se ha dicho sobre la tortura, sino también en hacer sonar la alarma sobre los 16 años de guerra contra el terrorismo que acaba de pasar y el razonamiento consecuencialista que eliminó este fenómeno en nombre de una amenaza aún más sangriento.
El subtexto más contundente de este ensayo es el de divulgar la filosofía política desde su trasfondo abstracto para traerlo de vuelta a la realidad más tangible de los casos del G8 en Génova o el asesinato de Regeni, operando un movimiento desde lo trascendente al terreno que es paralelo al trabajo del Verdugo, que arroja toda la violencia del poder estatal sobre el cuerpo material de la persona torturada, incluso dentro de sus intersticios.
Un libro útil (porque ciertamente no es agradable) y actual, que al igual que la ley sobre el delito de tortura reaparece en la discusión en el Senado, no es nada obvio poder recuperarse y revisarse.

Habría que proteger la democracia autorizando la tortura, es decir, echar mano del terror para combatir el terror. Por eso la cuestión de la tortura es la divisoria que separa dos lecturas alternativas de la historia actual.
Que se acepte discutir su función y su estatuto, sus presupuestos y sus efectos no significa predisponerse a admitir en un futuro un buen argumento que la justifique. El «no» firme a la tortura precede a toda discusión.

La palabra «tortura» parece evocar escenarios arcaicos y remotos que afloran desde el pasado tétrico y cruel de la humanidad. Es como si semejante fenómeno extremo tuviera que ser consignado a la reconstrucción histórica que contribuye a hacerlo retroceder hasta una lejanía irreversible y definitiva. Las historias de la tortura, incluso las más logradas, son un repertorio de brutalidades, un catálogo de horrores, un inventario de atrocidades que se dibujan sobre el fondo de una trama esquelética y repetitiva. Entre sadismo y perversión, esta especie de folclore del mal describe procedimientos y técnicas ingeniados por la fantasía humana para infligir dolor y tormento, se demora en la desnudez inerme de la víctima y en la expresión hosca del verdugo, penetra en los oscuros recovecos de la celda en la que se arranca la confesión, entra arteramente en la cámara de los tormentos, pinta la lúgubre fiesta punitiva. Cepo o rueda, tenaza o latigazo, horca u hoguera: la escenografía de la tortura ha quedado dispuesta sobre el tablado de la Inquisición.
Manifiesta u oculta, perseguida o tolerada, la tortura no ha conocido eclipse alguno, a tal punto que, aun en su secular variabilidad, se presenta como un fenómeno ininterrumpido, una institución permanente, una constante de la historia humana. Lo documentan los códigos y las leyes, lo atestigua la memoria colectiva. Carece de sentido considerarla la aberración de un derecho primitivo, la anomalía de una justicia todavía balbuciente, el tropiezo en el recorrido de una razón triunfante. Podemos intentar proyectarla en la brutalidad obscena del pasado para convencernos de que vivimos en el advenimiento de un paraíso. Una época lejana, un lugar distante, una ideología desacreditada: son las coartadas de una visión tranquilizadora que ya no se sostiene.
La tortura ha eludido anatemas y censuras, ha sorteado vetos y prohibiciones. No ha sido suprimida, ni siquiera superada. La tortura resiste tenazmente, incluso en el paso del suplicio a la pena. La nueva sobriedad punitiva, que gira en torno a la economía del castigo, no basta para debelarla. La cárcel no elimina la tortura, no la destierra.

La tortura no restablece la justicia, sino que reactiva el poder. Queda al descubierto la mecánica de la tortura: sistema para marcar el cuerpo que inscribe a éste en la lógica de la soberanía al transcribir en él la verdad del poder. Esta estrategia de re-apoderamiento está siempre al acecho. No hay forma política que quede a salvo, ni siquiera la democracia. Puede que se interrumpa el espectáculo del suplicio, pero no por ello desaparece la tortura.
La globalización de la tortura añade complejidad al panorama. Técnicas, medios y experiencias pueden exportarse sin ninguna dificultad. También la perspectiva histórica muestra una cadena sin interrupciones: si la Sûreté francesa introdujo la tortura en Indochina por medio del magneto, en sus campos de internamiento —el más famoso sito en la isla de Poulo Condor— Vietnam del Sur recurrió a prácticas extremas, de las descargas eléctricas a la falaka, los golpes propinados en la planta del pie. Por no hablar del bagaje de pericia que los nazis llevaban consigo al abandonar Alemania a partir de 1945. Resulta paradigmático el caso de Klaus Barbie, quien, tras eludir el proceso de Núremberg, hizo desde 1947 una aportación decisiva a los servicios secretos de Estados Unidos colaborando durante la Guerra Fría con los Counter Intelligence Corps de su ejército. En 1951, bajo la falsa identidad de Klaus Altmann, logró embarcar en Génova para poner pie en Buenos Aires. Primero en Argentina y más tarde en Bolivia —desde 1955— fue maestro de tortura y secundó empresas sanguinarias.
Pero no son sólo torturadores lo que se exporta. En los últimos años, por obra sobre todo del gobierno de George W. Bush, ha venido aumentando la deslocalización de detenidos, que son confiados a países amigos donde la familiaridad con la tortura es mayor y el control, menor. Extraordinary rendition la llaman. Los prisioneros, en general supuestos terroristas, se han visto llevados a centros de detención secretos localizados incluso en Europa —en Polonia y Rumanía, por ejemplo—. Estados Unidos ha recurrido, además, a barcos acondicionados como prisiones flotantes, anclados, por ejemplo, frente a la isla de Diego García, territorio británico en el océano Índico que es sede de una base militar norteamericana.

La tortura es una forma de contraterrorismo emocional que responde al terror con el terror. Pero en el dilema de la bomba de relojería no se la estigmatiza como violencia brutal, sino que se la presenta como un acto debido, impuesto por el cálculo del mal menor, dictado por la necesidad. Tanto si es el torturador noble quien la lleva a cabo, como si es el utilitarista o Jack Bauer, la tortura se presenta como la única opción para evitar la catástrofe inminente. Se presenta: pero no lo es, ni lo ha sido nunca.
Los efectos de la tortura no se borran. La dignidad ya no parece recuperable.

¿Qué es la tortura? Para responder, es necesario antes que nada remontarse a la etimología. La palabra deriva del verbo latino torquēre, que designa el acto del «torcer» y es de donde proceden el italiano torcere, el francés tordre y también las formas del castellano «torcer» y «retorcer» y el catalán tòrcer. En su base está la raíz *terk- o *trek-, que sugiere el movimiento del «tirar». Se puede torcer —o sea, tirar doblando, «retorcer»— hilazas, ramas, sarmientos, aceitunas. Pero también miembros humanos. Se retuercen los huesos como remedio a una dislocación. Etimológicamente transparente, la tortura se vincula, desde el principio, al estiramiento del cuerpo. Mas la torsión realizada con fines terapéuticos pasa pronto del vocabulario médico al jurídico, aunque para referirse a ese torcer y estirar los miembros que debería tener por finalidad el reparar una injusticia, una ofensa, un ultraje o, como se dice con un supino singular del verbo torquēre, un tuerto, un entuerto.
El paso de la torsión médica a la tortura judicial no es, después de todo, tan metafórico: se retuerce los miembros para devolverlos a su sitio, para corregir y enmendar. La tortura sería, pues, la terapéutica de la comunidad.
Las figuras de los torturadores muestran rasgos comunes, pero son también muy diferentes. Por eso sería un error pretender generalizar o trazar un arquetipo, una especie de ejemplar unificado de torturador. Lo cual, sin embargo, no exime de plantearse la pregunta filosófica que resulta ineludible en un contexto así y que se refiere a la «fabricación» de los torturadores.

La tortura del último medio siglo lleva impreso el sello de la CIA. Es hipócrita presentar los abusos cometidos por los soldados estadounidenses en Afganistán, Guantánamo o Irak como si fueran un unicum, un error sin precedentes en el que han incurrido unos pocos individuos irresponsables, porque significa hacer abstracción intencionadamente de una larga tradición que se ha venido desarrollando en la lucha contra la «subversión comunista».
Cuando en Europa se corrió el Telón de Acero, la mente humana se convirtió tácitamente en uno de los ámbitos del choque bélico. Lo que estaba en juego era el mind control, el control de las mentes. Según el historiador Alfred McCoy, todo empezó con la impresión causada por el espectáculo de las confesiones públicas durante los primeros procesos soviéticos. Incluso personajes considerados valerosos se doblegaban sin oponer resistencia. De pronto se hizo evidente que las técnicas más eficaces no eran las que recurrían a la violencia física, sino las que apuntaban a la psique. A partir de 1950 la CIA se volcó en el costosísimo proyecto secreto MKUltra, con la intención de investigar la conciencia humana y poner a punto métodos extremos de control, desde la hipnosis a las drogas alucinógenas (en particular, LSD), de las descargas eléctricas a la privación sensorial. Médicos, investigadores y científicos participaron en él, y renombrados hospitales y prestigiosas universidades.
La CIA recogió y sistematizó los resultados de estas investigaciones en el manual Kubark Counterintelligence Interrogation, conocido después sencillamente como Kubark (criptónimo de la propia CIA), redactado en 1963 y difundido durante años en todos los países de la esfera de influencia de Estados Unidos. Otro manual para interrogatorios fue el Human Resource Exploitation Training Manual, que la CIA hizo llegar en 1983 a las autoridades de Honduras. Por último, el tercer manual lo constituyen las instrucciones para el trato de los prisioneros escritas en 2003 por el general Ricardo Sánchez, comandante de las fuerzas estadounidenses en Irak.

El peligro de la tortura acecha cuando por ley se dispone del poder, cuando se tiene el monopolio de la fuerza. En el siglo xxi, el torturador potencial es el policía. Pero, por otro lado, también es tarea de la policía investigar los casos de tortura. Con lo cual, esta institución sobre cuyo carácter espectral Benjamin invitaba a reflexionar se encuentra entonces, paradójicamente, a uno y otro lado del estrado. Es aquí donde aflora la ambivalencia constitutiva de las «fuerzas del orden», en el límite borroso entre la investigación sobre el poder y la conservación del poder, en la precaria frontera entre pura actividad policial y actividad puramente política.
Frontera que se desdibuja todavía más bajo los envites del terror. Y en medio de la espectacularización de la tortura es posible, incluso, que la opinión pública televisiva vitoree como a un héroe al policía que se aventura a torturar al terrorista. Si la condena de la tortura no ha llevado a su desaparición, el estigma del delito resulta indispensable en la era del terror. La Italia de Beccaria podría encontrarse en una situación premoderna, es decir, sin haber conseguido siquiera ponerle un dique legal al crimen, justo en la época marcada por el retorno posmoderno de la tortura. El riesgo sería altísimo.
Tanto más cuanto que carecer del delito de tortura acaba por favorecer y justificar una doble moral, enraizada ya profundamente, responsable de que de vez en cuando ciertos casos nos conmuevan, mientras que frente al resto toleramos lo intolerable. Reconocer este delito significaría superar una afasia casi ancestral que ha impedido su debate público y que a menudo ha respaldado la evasividad de la política.

La tortura desempeña un papel protagonista en la historia de la destrucción humana. Ha dejado ya de ser éticamente lícito y políticamente admisible seguir interpretando dicha historia conforme al vector del progreso. La violencia no es patrimonio de la Antigüedad, las vejaciones y el trato cruel no son prerrogativa de los primeros pueblos. La negra ave fénix no ha dejado nunca de elevarse una y otra vez de entre las cenizas para reanudar una larga y proteica existencia. Las culturas refinadas no la han rechazado. Al contrario. No hay sociedad, nación ni régimen político que no se haya avenido a ella sin empacho, que no haya encontrado en su seno un lugar para la tortura entre reglas transgredidas y excepciones pregonadas.
Un vínculo íntimo une la tortura a las otras grandes empresas de destrucción, el genocidio y el exterminio. La tortura desempeña un papel decisivo en la economía del mal. Prepara para la maldad de forma subrepticia, habitúa calladamente a la ferocidad. La destrucción perpetrada por la tortura no es la aniquilación llevada a cabo por el exterminio. Pero pese a las indispensables distinciones mantienen un sólido vínculo de continuidad. La tortura no es un paso en dirección al genocidio, no apunta en esa dirección. Sin embargo, demuestra el mismo afán destructivo. La tortura no es un crimen aislado; siempre hay una organización que se mueve entre líneas. A pesar del secreto, es una violencia pública; a pesar de que se cometa contra un solo individuo, es un ataque a la comunidad. La lesa humanidad de uno es la lesa humanidad de todos.
Frente a este riesgo permanente es necesario que permanente y global sea asimismo la vigilancia. Las organizaciones no gubernamentales y humanitarias, cuyo trabajo es arduo e inigualable, disponen de un estrecho margen político; pero la derrota de la tortura está en el antagonismo de la desobediencia y en la palabra que quiebra el silencio.

La tortura nunca es aceptable. A lo largo de los años, los documentos y documentos han sido redactados por gobiernos y organizaciones internacionales que prohíben la tortura, pero con la guerra contra el terrorismo, la tortura, que nunca se detuvo, salió de las sombras y es bastante aceptable para el público en general, transmitida por nuestros medios de entretenimiento, según sea necesario para nuestra seguridad.
Pero, ¿qué les hace esto a las personas que tienen permiso para torturar en instituciones de contención, ya sea en hogares de ancianos, cárceles o sitios secretos como la prisión de abu ghraib, donde incluso las mujeres militares fueron cómplices como torturadoras?
Los estudiantes de filosofía familiarizados con los contrafácticos y los mundos alternativos se sorprenderán cuando Di Cesare reduzca las teorías a los acertijos de la escuela y elimine las súplicas de justificación, incluido un golpe en los escritos de Alan Dershowitz. Los argumentos y los nombres de las prácticas sancionadas, pero ilegales, globales de tortura y las descripciones de las innovaciones históricas de la tortura, de sus efectos sobre el cuerpo y la mente, superando el objetivo de obtener la confesión y convertirse en la intención de destruir la humanidad del sujeto, el no convencer a todos, pero dentro de su esfera de influencia, espere que algunos lectores escuchen su atractivo como algo más que una buena filosofía.

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This agile but complete volume by Dontaella Di Cesare focuses his analysis on a subject that has spilled as much blood as ink since the dawn of time: torture. From Plato to Beccaria and Verri, from Foucault to Agamben, through Judith Butler, the philosophical arsenal mobilized by the author may seem repetitive, and instead compensates for the balance of all minds that have tried to accept a disgusting and apparently inevitable phenomenon that marked the history of the circular relationship between individual-society-power (to return to the individual). The author tries to philosophize torture itself, to explain why, despite the attempts, it still lurks in the most fetid folds of what we like to call the social order. However, the book’s strength lies not only in informing the full balance of what has been said about torture, but also in sounding the alarm about the 16-year war on terrorism that has just passed and the consequentialist reasoning that it removed this phenomenon in the name of an even bloodier threat.
The most forceful subtext of this essay is to disseminate political philosophy from its abstract background to bring it back to the most tangible reality of the G8 cases in Genoa or the murder of Regeni, operating a movement from the transcendent to the terrain that is parallel to the work of the Executioner, who throws all the violence of the state power on the material body of the tortured person, even within its interstices.
A useful (because it is certainly not pleasant) and current book, which like the law on the crime of torture reappears in the debate in the Senate, it is not obvious that it can be recovered and revised.

Democracy should be protected by authorizing torture, that is, using terror to combat terror. So the question of torture is the divide that separates two alternative readings from current history.
That it is accepted to discuss its function and its statute, its presuppositions and its effects does not mean predisposing itself to admit in the future a good argument that justifies it. The firm «no» to torture precedes all discussion.

The word «torture» seems to evoke archaic and remote scenarios that emerge from the gloomy and cruel past of humanity. It is as if such an extreme phenomenon had to be consigned to the historical reconstruction that helps to push it back to an irreversible and definitive distance. The stories of torture, even the most successful, are a repertoire of brutalities, a catalog of horrors, an inventory of atrocities that are drawn against the background of a skeleton and repetitive plot. Between sadism and perversion, this kind of folklore of evil describes procedures and techniques devised by human fantasy to inflict pain and torment, lingers on the victim’s helpless nudity and the sullen expression of the executioner, penetrates the dark recesses of the cell in which the confession is extracted, artfully enters the chamber of torments, paints the gloomy punitive feast. Stock or wheel, pincer or whiplash, gallows or bonfire: the scenery of torture has been arranged on the stage of the Inquisition.
Manifest or hidden, persecuted or tolerated, torture has never known an eclipse, to such an extent that, even in its secular variability, it presents itself as an uninterrupted phenomenon, a permanent institution, a constant in human history. The codes and laws document it, the collective memory attests. It makes no sense to consider it the aberration of a primitive law, the anomaly of a still stammering justice, the stumbling block in the path of a triumphant reason. We can try to project it into the obscene brutality of the past to convince ourselves that we live in the advent of a paradise. A distant time, a distant place, a discredited ideology: they are the alibis of a reassuring vision that no longer holds.
Torture has eluded anathemas and censorship, circumvented vetoes and prohibitions. It has not been suppressed, or even overcome. Torture resists doggedly, even in the transition from torture to punishment. The new punitive sobriety, which revolves around the economy of punishment, is not enough to defeat it. Prison does not eliminate torture, it does not banish it.

Torture does not restore justice, but reactivates power. The mechanics of torture are exposed: a system to mark the body that inscribes it in the logic of sovereignty by transcribing in it the truth of power. This re-empowerment strategy is always lurking. There is no political form that is safe, not even democracy. The ordeal may be interrupted, but the torture does not disappear.
The globalization of torture adds complexity to the picture. Techniques, means and experiences can be exported without any difficulty. The historical perspective also shows an unbroken chain: if the French Sûreté introduced torture into Indochina by means of the magneto, in its internment camps – the most famous site on the island of Poulo Condor – South Vietnam resorted to extreme practices, of electric shocks to the falaka, blows to the sole of the foot. Not to mention the baggage of expertise that the Nazis carried with them when they left Germany after 1945. The case of Klaus Barbie is paradigmatic, who, after avoiding the Nuremberg process, made a decisive contribution to the secret services of the United States since 1947 collaborating during the Cold War with the Counter Intelligence Corps of his army. In 1951, under the false identity of Klaus Altmann, he managed to embark in Genoa to set foot in Buenos Aires. First in Argentina and later in Bolivia —since 1955— he was a teacher of torture and seconded bloody companies.
But it is not only torturers that are exported. In recent years, mainly through the George W. Bush government, the relocation of detainees has increased, which are entrusted to friendly countries where familiarity with torture is greater and control less. Extraordinary rendition they call it. Prisoners, generally suspected terrorists, have been taken to secret detention centers located even in Europe – in Poland and Romania, for example. The United States has also resorted to ships fitted out as floating prisons, anchored, for example, off the island of Diego García, British territory in the Indian Ocean that is home to a North American military base.

Torture is a form of emotional counterterrorism that responds to terror with terror. But in the dilemma of the time bomb, it is not stigmatized as brutal violence, but is presented as a due act, imposed by the calculation of the lesser evil, dictated by necessity. Whether it is the noble torturer who carries it out, the utilitarian or Jack Bauer, torture presents itself as the only option to avoid the impending catastrophe. It is presented: but it is not, nor has it ever been.
The effects of torture are not erased. Dignity no longer seems recoverable.

What is torture? To answer, it is necessary first of all to go back to the etymology. The word derives from the Latin verb torquēre, which designates the act of «torcer» and is where the Italian torcere, the French tordre and also the forms of Castilian «torcer» and «twist» and the Catalan tòrcer come from. At its base is the root * terk- or * trek-, which suggests the movement of the «throw». It can be twisted — that is, pulled by folding, «twisted» —threads, branches, branches, olives. But also human limbs. The bones are twisted as a remedy for a dislocation. Etymologically transparent, torture is linked, from the beginning, to stretching the body. But the torsion carried out for therapeutic purposes soon passes from the medical to the legal vocabulary, although to refer to that twisting and stretching of the limbs that should aim to repair an injustice, an offense, an outrage or, as it is said with a singular supine of the verb torquēre, un tuerto, un entuerto.
The move from medical torsion to judicial torture is not, after all, so metaphorical: the limbs twist to put them back, to correct and amend. Torture would thus be the therapy of the community.
The figures of the torturers show common features, but they are also very different. So it would be a mistake to try to generalize or trace an archetype, a kind of unified example of torturer. This, however, does not exempt from posing the philosophical question that is unavoidable in such a context and that refers to the «manufacture» of torturers.

The torture of the last half century bears the CIA seal. It is hypocritical to present the abuses committed by US soldiers in Afghanistan, Guantánamo or Iraq as if they were a unicum, an unprecedented mistake that a few irresponsible individuals have made, because it means intentionally abstracting from a long tradition that has been developing in the fight against «communist subversion».
When the Iron Curtain was drawn in Europe, the human mind tacitly became one of the areas of warfare. What was at stake was mind control, the control of minds. According to the historian Alfred McCoy, it all started with the impression caused by the spectacle of public confessions during the first Soviet processes. Even characters considered courageous bowed without resistance. It suddenly became clear that the most effective techniques were not those that resorted to physical violence, but those that targeted the psyche. Starting in 1950, the CIA turned to the extremely expensive secret project MKUltra, with the intention of investigating human consciousness and developing extreme methods of control, from hypnosis to hallucinogenic drugs (in particular, LSD), of electric shocks. to sensory deprivation. Doctors, researchers and scientists participated in it, and renowned hospitals and prestigious universities.
The CIA collected and systematized the results of these investigations in the Kubark Counterintelligence Interrogation manual, later known simply as Kubark (the CIA’s own cryptonym), written in 1963 and disseminated for years in all countries of the United States’ sphere of influence. Another interrogation manual was the Human Resource Exploitation Training Manual, which the CIA sent to the Honduran authorities in 1983. Finally, the third manual is the instructions for the treatment of prisoners written in 2003 by General Ricardo Sánchez, commander of the US forces in Iraq.

The danger of torture lurks when power is available by law, when you have a monopoly on force. In the twenty-first century, the potential torturer is the police. But on the other hand, it is also the task of the police to investigate cases of torture. With this, this institution on whose spectral character Benjamin invited to reflect is then, paradoxically, on either side of the platform. This is where the constitutive ambivalence of the «forces of order» emerges, on the blurred border between research on power and the conservation of power, on the precarious border between pure police activity and purely political activity.
A border that is blurred even more under the covers of terror. And in the midst of the spectacularization of torture, it is even possible that television public opinion cheers like a hero to the policeman who ventures to torture the terrorist. If the condemnation of torture has not led to its disappearance, the stigma of crime is indispensable in the age of terror. Beccaria’s Italy could find itself in a premodern situation, that is, without having even managed to put a legal dam on crime, just at the time marked by the postmodern return of torture. The risk would be very high.
All the more so since lacking the crime of torture ends up favoring and justifying a double standard, deeply rooted already, responsible for the fact that from time to time certain cases move us, while in front of the rest we tolerate the intolerable. Recognizing this crime would mean overcoming an almost ancient aphasia that has impeded its public debate and has often supported the evasiveness of politics.

Torture plays a leading role in the story of human destruction. It is no longer ethically licit and politically admissible to continue interpreting this history according to the vector of progress. Violence is not the heritage of antiquity, humiliation and cruel treatment are not the prerogative of the first peoples. The black phoenix has never ceased to rise again and again from the ashes to resume a long and protean existence. Refined cultures have not rejected it. Unlike. There is no society, nation or political regime that has not come to it without embarrassment, that has not found within it a place for torture between transgressed rules and proclaimed exceptions.
An intimate link links torture to the other great destruction companies, genocide and extermination. Torture plays a decisive role in the economy of evil. He surreptitiously prepares for evil, quietly habituates ferocity. The destruction perpetrated by torture is not the annihilation carried out by extermination. But despite the indispensable distinctions, they maintain a solid bond of continuity. Torture is not a step in the direction of genocide, it does not point in that direction. However, it shows the same destructive zeal. Torture is not an isolated crime; there is always an organization that moves between the lines. Despite the secret, it is public violence; Although it is committed against a single individual, it is an attack on the community. The humanity against one is the humanity against all.
Faced with this permanent risk, it is necessary that surveillance be permanent and global. Non-governmental and humanitarian organizations, whose work is hard and unequaled, have a narrow political margin; but the defeat of torture is in the antagonism of disobedience and in the word that breaks the silence.

Torture is never acceptable. documents over the years have been written by governments and international organizations outlawing torture, but with the war on terrorism torture, having never stopped, has come out of the shadows, and is pretty much acceptable to the general public, conveyed by our entertainment media, as necessary to our safety.
But what does this do to the individuals who are given sly permission to torture in institutions of containment, whether in nursing homes, jails or secret sites like the abu ghraib prison, where even military women were complicit as torturers?.
Philosophy students familiar with counterfactuals and alternate worlds are in for a surprise as di cesare reduces the theories to schoolroom puzzles and sweeps away pleas for justification, including a swipe at alan dershowitz’s writings. the arguments and naming of sanctioned, but illegal, global practices of torture and descriptions of the historical innovations of torture, of their effects on the body and mind, surpassing the goal of getting confession and becoming the intention to destroy the subject’s humanity, won’t convince everyone. but within her sphere of influence, expect some readers to hear her appeal as more than good philosophy.

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