Una Flor Del Mal — Miquel Molina Muntané / A Flower Of Evil by Miquel Molina Muntané (spanish book edition)

Interesante obra, ha logrado una trama interesante, cargada de información relacionada con Courbet y Baudelaire entre otros además de añadirle una trama intensa y enrevesada que aportan aún más valor a la trama. En la novela sus tres personajes principales se mueven en una Barcelona recóndita y escondida en la que sus secretos, el deseo y la curiosidad por saber más les llevaran por sendas misteriosas, entre sus antiguos alumnos y compañeros de investigación la diferencia de edad, en comparación con el profesor, marcaran el paso y trataran de mermar su obsesión por añadir a lo real su visión para atraer la atención de todo aquel con el que se cruza en sus narraciones. A todo ello se le añade un misterioso diario de una mujer que, incapaz de cumplir sus deseos, se zambulle en la nostalgia y en el opio para olvidar. Los capítulos se interponen unos con otros, es decir, pasamos de seguir la trama actual a las memorias de una mujer decimonónica, el protagonismo cambia a lo largo de la historia, pasándose el testigo de profesor a alumno y todo ello en torno a la historia que gira en torno a una misteriosa mujer, esquiva y oculta.
Recomendado para aquellos curiosos aficionados al arte y a la literatura, aquí se dan ambas en una trama intrigante envuelta en secretos. También para aquellos que quieran saber más sobre las figuras de Courbert y Flaubert y sus vidas en una París que no comprenden su arte y por último para los que les gustan aquellas novelas que mezclan las tramas de investigación concienzuda con la historia además de un triángulo que cambiará a sus protagonistas.

Gustave Flaubert decía aquello de «Madame Bovary soy yo», aludía a la identidad más intelectual y soñadora de un desgarrado personaje que físicamente, tal y como puntualizaba en su novela, se parecía a «la mujer pálida de Barcelona». ¿A quién aludía exactamente el autor francés en aquel pasaje? ¿Existió realmente esa mujer? ¿Era en verdad originaria de la ciudad catalana? Esta y otras muchas son las preguntas a las que decide dar respuesta Guillermo Jiménez, un profesor barcelonés de literatura al que gusta de fantasear ante sus alumnos sobre las supuestas amistades que ha ido manteniendo en el mundo literario más contemporáneo.
Tras diez erráticos años de instituto en instituto, y otros tantos de una relación fallida, el día que, a través de una página de contactos, Guillermo conoce a la misteriosa y atractiva Elisabet, se despertarán en él aquellos instintos que parecían haber quedado casi aletargados. Para seducirla, decide aceptar el reto que ella le lanza a la hora de ahondar sobre su verdadera identidad: «—Soy la mujer pálida de Barcelona —responde Elisabet con una sonrisa deslumbrante mientras le abre la puerta.» La mítica frase cuidadosamente extraída de la novela de Flaubert, y la visión en casa de la mujer de un cuadro expoliado por los nazis, acaban excitando aún más una curiosidad ya desbocada. Se trata del lienzo, quizás una réplica, de Gustave Courbet, Dama española.

Barcelona, Nueva York, Filadelfia o Lyon. El diario que Caroline Gaillard, hija de un copista lionés, escribió a mediados del siglo XIX, y que discurre paralelo a la narración, permitirá el contacto directo con el mundo sentimental de una dama de origen español que estuvo secretamente enamorada del pintor Courbet, aquella que asemejaba haber servido de modelo para su famoso cuadro.
La novela se estructura en torno a saltos temporales que trasladan al lector con orden y destreza del momento presente hasta mediados del siglo XIX. Sobre la trama principal de exploración y asedio amoroso, se intercalan capítulos del diario íntimo de madame Gaillard. personajes bien definidos, que evolucionan y avanzan en su relación al ritmo que marca la investigación, no menos notable es el amor que el autor trasluce por el arte y la literatura. Molina sabe bucear en el alma del cuadro, del pintor, del escritor, de la persona representada, hasta desentrañar su parte más íntima, esa que solo es apreciable cuando se está involucrado en ella. Gracias a estudios, dietarios, libros y otros documentos revive la existencia de una mujer apasionada pero frustrada, valiente pero tierna, compleja pero cercana. Los cambios en la voz narradora permiten conocerla desde diferentes perspectivas.

El cuadro Dama española no pasó desapercibido en la exposición de 1855, aunque fuera para mal. La crítica se ensañó con él de forma casi unánime, lo que pone en evidencia que Flaubert, al fijarse en el cuadro, era un espíritu libre capaz de encontrar belleza donde otros solo veían podredumbre, un avanzado a los cánones de su tiempo que no tuvo ningún reparo en servirse de la modelo para embellecer a su protagonista Emma.
Por ejemplo, el crítico Théophile Gautier describe así a la española:
«Monsieur Courbet tiene una cabeza muy bella que le gusta reproducir en sus cuadros, con mucho cuidado de no aplicarse los preceptos del realismo; se reserva para él los tonos tiernos y puros, y acaricia su rizada barba con un pincel delicado. Por ejemplo, ha sido muy cruel con la dama española que ha expuesto en un retrato. Nosotros hemos visto a las gitanas en los umbrales de las cuevas excavadas en las laderas del Sacromonte, en Granada, en el barrio de Triana, en Sevilla, delgadas, quemadas por el sol, pero ninguna de ellas estaba tan oscura, ni seca, ni extraviada como la pintada por monsieur Courbet. Y no pedimos tonos rosas, una flor de pastel, pero sí al menos haberla pintado con la carne viva: ni siquiera Juan Valdés Leal, el pintor de cadáveres cuyas obras obligan a taparse la nariz a los visitantes del hospital de la Caridad, en Sevilla, tiene una paleta tan cargada de matices pútridos. La corajuda modelo que ha posado para esta extraña pintura debe de haber sido prodigiosamente halagada por su fealdad».

El anillo que la madre de Caroline Gaillard había entregado a su hija antes de morir.
Suzanne Mason me acompañó de regreso al edificio principal del museo. Me dijo que ella creía que el cuadro oculto era algo más que un boceto, que estaba prácticamente acabado cuando Courbet decidió pintar otro encima. La prueba era que había llegado a plasmar detalles como los bordados que se intuyen sobre el vestido. Y, sobre todo, el anillo.
—¿Por qué cree que aprovechó la tela para un nuevo retrato?
—Courbet lo hacía a menudo. Iba mal de dinero y reutilizaba los materiales. O igual es que no le gustó lo que estaba haciendo y decidió cambiar de modelo.
Con el tiempo confirmaría mi sospecha de que fue la propia Caroline quien lanzó un grito desesperado de auxilio cuando escuchó los pasos de alguien que andaba cerca, alguien que podía liberarla del presidio en el que la había confinado Courbet. Sí, ella misma dio la voz de alarma, con sus cabellos sucios de una pintura extraña. Me lo ratificó una de las dos personas que la descubrieron en el verano de 1978: Stephen D. Bonadies, coautor de la restauración de la Spanish woman.
—Tenga en cuenta que mis recuerdos de entonces son un poco nebulosos, pero sí, recuerdo que sospechamos que había otra imagen presente bajo el retrato de la Spanish woman. Con luz rasante —un tipo de iluminación lateral que se utiliza para analizar las obras de arte— se apreciaban pinceladas que no guardaban relación alguna con la imagen superior. Eso nos llevó a sospechar que Courbet había reutilizado una tela anterior. En consecuencia, hicimos una toma general con rayos X que mostró claramente que había otro retrato debajo.
El grito de auxilio de Caroline fueron aquellas pinceladas rebeldes que sobrevivieron al borrado posterior. De no ser por ellas, de no ser por las dudas que sembraron en los restauradores, hoy no sabríamos de su existencia.

* Existe un cuadro de Courbet llamado Dama española que está expuesto en el Museo de Bellas Artes de Filadelfia. Debajo de la primera capa de pintura hay otra mujer que solo es visible a través de rayos X. Lleva un pañuelo en la cabeza y un anillo en su mano derecha.
Stephen D. Bonadies, subdirector de Colecciones del Museo de Bellas Artes de Virginia, explicó al autor cómo durante la restauración realizada en el verano de 1978 intuyó que había una mujer oculta bajo la pintura, lo que le llevó a él y a la conservadora Marigene Butler a tomar una imagen en rayos X. Sin ellos no existiría este libro. O sería otro libro.
El cuadro fue pintado entre 1854 y 1855 en Lyon. Courbet viajó allí para ver a una mujer española a la que conocía, se supone, de una estancia anterior. Según cuenta el propio artista en sus cartas, la muchacha, de identidad desconocida, le curó el cólera. Probablemente posó para él y se convirtió en la modelo de la Dama española.

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Interesting book, has achieved an interesting plot, loaded with information related to Courbet and Baudelaire among others, in addition to adding an intense and convoluted plot that add even more value to the plot. In the novel, its three main characters move in a hidden and hidden Barcelona where their secrets, desire and curiosity to know more will lead them on mysterious paths, between their former students and research colleagues the age difference, in comparison with the teacher, they will set the pace and try to lessen their obsession to add their vision to the real to attract the attention of everyone they come across in their stories. To all this is added a mysterious diary of a woman who, unable to fulfill her wishes, plunges into nostalgia and opium to forget. The chapters interpose with each other, that is, we go from following the current plot to the memories of a nineteenth-century woman, the protagonism changes throughout history, passing the witness from teacher to student and all this around history that revolves around a mysterious woman, elusive and hidden.
Recommended for those curious fans of art and literature, here both occur in an intriguing plot shrouded in secrets. Also for those who want to know more about the figures of Courbert and Flaubert and their lives in a Paris who do not understand their art and finally for those who like those novels that mix conscientious research plots with history as well as a triangle that will change its protagonists.

Gustave Flaubert said that of “Madame Bovary is me”, alluding to the most intellectual and dreamy identity of a torn character who physically, as he pointed out in his novel, resembled “the pale woman of Barcelona”. Who exactly was the French author referring to in that passage? Did that woman really exist? Was it really originally from the Catalan city? This and many others are the questions to which Guillermo Jiménez, a Barcelona professor of literature, decides to answer. He likes to fantasize before his students about the supposed friendships he has maintained in the most contemporary literary world.
After ten erratic years from institute to institute, and many others from a failed relationship, the day that, through a contact page, Guillermo meets the mysterious and attractive Elisabet, those instincts that seemed to have been almost lethargic will awaken in him . To seduce her, he decides to accept the challenge she sets out to delve into his true identity: «—I am the pale woman of Barcelona —answers Elisabet with a dazzling smile as she opens the door for him.» The mythical phrase carefully extracted from Flaubert’s novel, and the woman’s vision at home of a painting plundered by the Nazis, end up further exciting a runaway curiosity. This is the canvas, perhaps a replica, by Gustave Courbet, Spanish Lady.

Barcelona, New York, Philadelphia or Lyon. The newspaper that Caroline Gaillard, daughter of a Lyon copyist, wrote in the mid-19th century, and which runs parallel to the narration, will allow direct contact with the sentimental world of a lady of Spanish origin who was secretly in love with the painter Courbet, that which resembled having served as a model for his famous painting.
The novel is structured around time jumps that transfer the reader with order and skill from the present moment until the middle of the 19th century. On the main plot of exploration and love siege, chapters of Madame Gaillard’s private diary are interspersed. Well-defined characters, who evolve and advance in their relationship at the pace set by the research, no less remarkable is the love that the author reveals for art and literature. Molina knows how to dive into the soul of the painting, the painter, the writer, the person represented, until he unravels his most intimate part, that which is only appreciable when one is involved in it. Thanks to studies, diaries, books and other documents, the existence of a passionate but frustrated woman, brave but tender, complex but close, is revived. The changes in the narrative voice allow knowing it from different perspectives.

The Spanish Lady painting did not go unnoticed in the 1855 exhibition, even if it was for the worse. Criticism was almost unanimous with him, which shows that Flaubert, when looking at the painting, was a free spirit capable of finding beauty where others only saw rot, an advance to the canons of his time that he did not have no hesitation in using the model to beautify its protagonist Emma.
For example, the critic Théophile Gautier describes Spanish woman like this:
“Monsieur Courbet has a very beautiful head that he likes to reproduce in his paintings, being very careful not to apply the precepts of realism; he reserves for himself the tender and pure tones, and caresses his curly beard with a delicate brush. For example, he has been very cruel to the Spanish lady who has exhibited in a portrait. We have seen the gypsies on the threshold of the caves excavated on the slopes of the Sacromonte, in Granada, in the Triana neighborhood, in Seville, thin, burned by the sun, but none of them was so dark, nor dry, nor lost as the one painted by Monsieur Courbet. And we do not ask for pink tones, a pastel flower, but we have at least painted it with raw meat: not even Juan Valdés Leal, the painter of corpses whose works force visitors to the hospital of La Caridad to cover their noses in Seville , it has a palette so loaded with putrid nuances. The courageous model who has posed for this strange painting must have been prodigiously flattered for its ugliness.

The ring that Caroline Gaillard’s mother had given her daughter before she died.
Suzanne Mason accompanied me back to the main museum building. She told me that she believed that the hidden painting was more than just a sketch, that it was practically finished when Courbet decided to paint another one on top. The proof was that she had managed to capture details such as the embroidery that can be sensed on the dress. And, above all, the ring.
“Why do you think you used the canvas for a new portrait?”
—Courbet did it often. He was running out of money and reusing materials. Or the same is that he did not like what he was doing and decided to change the model.
In time I would confirm my suspicion that it was Caroline herself who gave a desperate cry for help when she heard the footsteps of someone nearby, someone who could free her from the prison in which Courbet had confined her. Yes, she herself raised the alarm, her hair dirty with a strange painting. It was ratified by one of the two people who discovered it in the summer of 1978: Stephen D. Bonadies, co-author of the restoration of the Spanish woman.
—Keep in mind that my memories from then are a bit hazy, but yes, I remember that we suspected that there was another image present under the portrait of the Spanish woman. With grazing light —a type of side lighting used to analyze works of art— brushstrokes were seen that had nothing to do with the superior image. That led us to suspect that Courbet had reused a previous fabric. Consequently, we did a general X-ray shot that clearly showed that there was another portrait underneath.
Caroline’s cry for help were those rebellious brushstrokes that survived the subsequent erasure. If it were not for them, if it were not for the doubts they sowed in the restorers, today we would not know of their existence.

* There is a painting by Courbet called the Spanish Lady that is on display at the Philadelphia Museum of Fine Arts. Underneath the first coat of paint is another woman who is only visible through X-rays. She wears a headscarf and a ring in her right hand.
Stephen D. Bonadies, deputy director of Collections at the Virginia Museum of Fine Arts, explained to the author how during the restoration carried out in the summer of 1978 he sensed that a woman was hidden under the painting, which led to him and the conservative Marigene Butler to take an X-ray image. Without them this book would not exist. Or it would be another book.
The painting was painted between 1854 and 1855 in Lyon. Courbet traveled there to see a Spanish woman whom he supposedly knew from a previous stay. According to the artist himself in his letters, the girl, of unknown identity, cured his cholera. She probably posed for him and became the model for the Spanish Lady.

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