La Gran Pausa. Gramática De Una Pandemia — José Ramón Calvo, Cecilia Kindelán, M.ª De Los Ángeles Calvo, Manuel Carballo, Rosalía Arteaga, Ernesto Kahan, José María Gay De Liébana, Teresa Freixes, Jordí Martí, Manuel Murillo, Mónica Rincón, Zaira Santana / The Great Pause. Grammar of a Pandemic by José Ramón Calvo, Cecilia Kindelán, M.ª De Los Ángeles Calvo, Manuel Carballo, Rosalía Arteaga, Ernesto Kahan, José María Gay De Liébana, Teresa Freixes, Jordí Martí, Manuel Murillo, Mónica Rincón, Zaira Santana (spanish book edition)

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Un libro interesante sobre los nuevos retos que debemos afrontar debido al Covid-19 y que generará debate, por eso debe ser leído.
El nuevo coronavirus SARS-CoV-2, que causa la COVID-19, ha sorprendido a un mundo que en gran medida no estaba preparado para prevenir o controlar su propagación. Sin embargo, esta no es la primera vez que una pandemia viral ha barrido el mundo.
Desde finales de diciembre de 2019, cuando se notificó el primer caso de COVID-19 en Wuhan, China, el virus se ha trasladado a la mayor parte de Europa occidental y Estados Unidos de América. Su presencia en Europa del Este también se está haciendo evidente, y se informan muertes por COVID-19 en África, Asia y América Latina.
El rápido movimiento de la COVID-19 de Wuhan a Italia y luego a otros países ha sido un recordatorio de que la velocidad del movimiento de los virus está creciendo rápidamente junto con los avances en el transporte moderno. También ha sido un recordatorio violento de que cuando las personas se mueven lo hacen llevando consigo su historial médico. El coronavirus que causa la COVID-19 es parte de ese equipaje, y, desafortunadamente, ha tenido la capacidad de esconderse mejor que muchos otros virus que hemos conocido hasta la fecha.
La COVID-19 es una emergencia tan compleja que es probable que cambie la estructura demográfica y socioeconómica de muchos países antes de que se contenga o se disipe por sí sola.
La pandemia de la COVID-19, mientras tanto, ha expuesto muchos de los fallos en la sociedad global y nacional. A nivel internacional, está destacando la brecha de inversión en salud entre los países posindustriales y en desarrollo, y dentro de todos los países está demostrando nuevamente cuán desiguales han sido nuestras sociedades, incluso en el período de crecimiento económico que se ha disfrutado en las últimas décadas.

El papel que ha jugado la OMS en esta pandemia. Esta organización nació en 1948, justamente para liderar iniciativas que ayudaran a proteger el bien más preciado de los individuos, su salud. Hasta ahora sus acciones han sido de recomendación, y esa ha sido una de sus debilidades. Tal vez una de las lecciones que podríamos extraer de esta crisis sanitaria, económica y social es que hace falta, para lidiar con situaciones como esta —que además se repetirán, dada la interacción e interconexión mundial—, un mando único en el ámbito de la salud global, y eso tal vez nos llevaría a valorar la necesidad de convertir a la OMS en un auténtico «consejo de seguridad», dotándola de capacidades ejecutivas para poder «forzar», de cierta manera, a los Estados miembros a actuar de manera consonante y coordinada, y no con la disparidad de criterios con la que ahora cada país está abordando una crisis mundial como esta.
A lo mejor otra de las lecciones que podemos extraer de esta crisis es la necesidad de impulsar desde la Unión Europea, a través del European Center for Disease Control (ECDC), más programas de vigilancia basados en el big data que incluyan formar más personas en estas materias y fomentar que ese cuerpo de élite supranacional tenga mayor autonomía y funciones, que esté listo para actuar de manera inmediata donde se les necesite, que esa ampliación de sus funciones sean cofinanciadas por grandes instituciones filantrópicas internacionales y presten sus servicios, en cualquier lugar, bajo el paraguas de la Unión Europea. Este cuerpo de élite altamente cualificado sería la avanzadilla especializada para detectar con anticipación, mediante trabajo de campo y análisis de datos, las amenazas que pueden llegar y adelantarse a ellas, e incluso plantear respuestas logísticas y de acción a las instituciones y Gobiernos a los que sirven.
Si sumamos los esfuerzos de gente formada y preparada específicamente para luchar contra estas situaciones con las poderosas herramientas que nos suministra el big data, es posible que podamos iniciar una nueva era de prevención y control de pandemias como la que ahora nos afecta.
Creo que es hora de exigir gobernantes que, con el enorme potencial que tienen los países de nuestro entorno —y me refiero específicamente a la Unión Europea—, formen y pongan en marcha este tipo de equipos especializados que analicen de manera exhaustiva potenciales amenazas y, sobre todo, que prevean con el tiempo suficiente los temas de logística fundamentales para afrontar este tipo de catástrofes.
Los virus nuevos no se acaban con el coronavirus.
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en un informe de 1994 determinó que la principal amenaza para el mundo, entre otras, eran las crisis alimentarias y del agua, la sanitaria y la medioambiental, y ningún líder parece haberse tomado en serio esta advertencia. Si al menos esta situación actual que nos ha tocado sufrir sirviera para que los dirigentes que hasta el momento no habían estado a la altura de su responsabilidad, y que no habían querido ver lo que tenían delante de los ojos, se lo tomen en serio, entonces, habrá servido para algo.
Esperemos que al menos la repetición de estas potenciales nuevas situaciones nos pillen con la guardia alta y la lección aprendida. Habremos pagado un alto precio en vidas humanas, lo único irremplazable en esta crisis, pero al menos podremos honrar la memoria de los que se fueron, evitando que en cualquier otra ocasión tengamos que lamentar el no haber escuchado a la naturaleza y haber aprendido de los innumerables errores que ahora hemos cometido.

La mayoría de empresas y personas están viendo disminuir su producción y sus ingresos; las pequeñas y las medianas empresas tendrán mucha dificultad para sobrevivir, y muchos verán desaparecer sus emprendimientos en medio del aislamiento que ocasiona la pandemia. Las compañías de aviación y todo lo que tiene que ver con el sector turístico está en una crisis que no tiene visos de arreglarse en el corto tiempo. La pérdida de empleos en la mayoría de países es enorme.
Por otro lado, están los que no tienen un empleo, los que subsisten de las ventas callejeras, de jornales que se pagan un día sí y otro no, de los jóvenes que están a medias en sus estudios y que no tienen un panorama promisorio en frente.
Una prospectiva del mundo después del coronavirus es compleja, y podría ser de corte más bien pesimista y hasta catastrófica si nos remitimos a los fríos números y a lo que los centros de modelamiento matemático nos dicen tomando en consideración los parámetros de lo que ya está ocurriendo en muchos países, tanto grandes como pequeños; países cuyas economías están en riesgo de naufragar y que en perspectiva, sobre todo si observamos la escala de las economías familiares, presentan ribetes de inmanejables en el corto plazo.
Hay quienes sostienen que esto es comparable a una tercera guerra mundial, e inclusive se arriesgan a prever cuál será la potencia ganadora. Y los dedos apuntan al país en el que se originó la pandemia, China, sobre todo por los movimientos económicos que este país ha hecho en las bolsas del mundo en los últimos tiempos, los que, según los análisis de algunos economistas, demuestran cómo China ya maneja el total accionario de las empresas que se ubican en su propio territorio. Además de eso, el gigante asiático ha colocado a sus bancos en la lista de los más grandes del planeta y ha empezado a activar nuevamente su engranaje productivo.
Tal vez estamos aprendiendo una nueva forma de vida, ojalá. Tal vez, también, estamos valorando lo que de veras vale. Quiero creer que el mundo que surgirá, aunque complejo en cuanto a la reconstrucción de las economías, de las posibilidades y de las certezas, será mejor: presentará una cara lavada por las lágrimas, templada en los sinsabores de las tragedias personales, y un cúmulo de fortalezas que nos ayudarán a modelar diversos y más esperanzadores horizontes.

La sociedad en la que se desata la pandemia por el coronavirus SARS-COV-2 tiene particularidades especiales. Nunca realizó el hombre tantos adelantos tecnológicos y científicos, pero en el mundo actual hay mucha desigualdad de oportunidades y terrible miseria.
Desde el punto de vista de la educación y estilo de vida actuales, que son producto de la cultura de la demanda y oferta en el mercado de la sociedad capitalista globalizada, la situación es insostenible e injusta.
El dinero constituye el valor más importante, y al cual están sometidos el deporte, los escritores, artistas plásticos, artesanos, maestros, filósofos, intelectuales, etc.
En esta sociedad, por un lado, se estimula a los muy afamados, con remuneraciones exorbitantes y, por otro lado, no se permite vivir dignamente a trabajadores en los mismos ramos, que se dedican permanentemente, pero la fama les es ausente. Las personas ancianas viven en soledad y, en muchos casos, desprotegidos. Los jóvenes y niños están obligados a «triunfar» a toda costa, abrazando carreras muy remuneradas y rechazando a las que tienen características espirituales, benevolentes, caritativas, humanitarias.
La creatividad en todos sus aspectos está totalmente subordinada a los intereses financieros del mercado y a las bolsas de valores.
La interacción con el ambiente y la naturaleza es desastrosa, y pone en peligro la ecología y el equilibrio biológico.
El amor es un valor secundario a los intereses, y el racismo y fanatismo, que son la lógica consecuencia del de educación y adiestramiento por los grupos interesados, generan creciente separatismo y terror.

El quid de la cuestión es si la recuperación será acelerada o no, y si de la recesión se pasará a la depresión. En un escenario de guerra, como el actual, se exigen medidas inmediatas y eficaces. En el ambiente flota el desasosiego de si los bancos centrales, empezando por el Banco Central Europeo, han quemado en el transcurso de los últimos años, desde 2008 hasta hoy, muchos o acaso demasiados cartuchos, con la duda de si la entidad con sede en Frankfurt cuenta con munición monetaria suficiente y es capaz de poder atender las necesidades de liquidez que exige el panorama económico.
Cuatro son en principio las caras del shock del coronavirus.
En primer lugar, estamos ante una crisis sanitaria equiparable hasta cierto punto a un conflicto bélico, con los centros hospitalarios y clínicas a pleno funcionamiento, no dando abasto durante la segunda quincena del mes de marzo y parte del mes de abril, con las unidades de cuidados intensivos desbordadas, movilizaciones de efectivos sanitarios con llamadas a médicos y enfermeros jubilados, solicitando la colaboración de estudiantes de medicina y enfermería, y la puesta en marcha de hospitales de campaña en cuya ejecución interviene el ejército, así como en la intervención de residencias geriátricas.
La pregunta es si los servicios sanitarios en España han contado, hasta el estallido de la pandemia de la COVID-19, con los recursos necesarios o, en cambio, los ajustes presupuestarios implementados en años recientes, a partir de 2011 y 2012 en concreto, han podado demasiados millones de euros para atender a la población ante una situación extrema como la derivada de la epidemia.
La calidad de la sanidad española es excelente, así como la profesionalidad y entrega de su personal, al igual que su magnífico y fecundo talento. El impacto sanitario compelerá a incurrir en un gasto excepcional tanto en 2020 como en el futuro.
De otra parte, la demografía, con el envejecimiento de la población, y no solo por lo referente a la lógica merma de productividad laboral, se ha convertido durante la pandemia en un factor agravante del riesgo, al ser las personas mayores, nuestros séniors, las cohortes más vulnerables y expuestas a la enfermedad.
Asimismo, la estructura territorial de España, típica de algunos países avanzados, juega en contra en la guerra desatada por el coronavirus al darse enormes concentraciones de población en las grandes urbes, con las consecuencias de la propagación de la enfermedad.
En segundo término, aparece la crisis económica a consecuencia de la crisis sanitaria. Las medidas adoptadas por los Gobiernos respecto al confinamiento de la población, el parón de la actividad económica, abocándola a un estado de hibernación, se convierten en un factor muy perjudicial, cuyas secuelas serán tanto a corto como a medio y largo plazo. Está en juego, en el horizonte económico, el año 2020, que prácticamente se da por perdido, y es probable que las tendencias de 2021 no sean capaces de enjugar los latigazos económicos; ergo, serán varios años los involucrados para recuperar las posiciones despeñadas en el año de la pandemia.
La bancarrota de cientos de miles de autónomos, de pequeñas y también medianas empresas, las legiones de trabajadores en la cuerda floja que se cuantifican en millones, al punto que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que en el mundo se perderán 230 millones de empleos.
En tercer lugar, germina la crisis social resultante de los expedientes de regulación temporal de empleo, con recortes en los ingresos de los trabajadores, así como las avalanchas de expedientes de regulación de empleo en ciernes, junto con los concursos de acreedores, aguijoneando mayores tasas de paro, más desigualdades, inquietantes bolsas de pobreza y, como ha sucedido en el sur de Italia, derivando posibles revueltas sociales. Por añadidura, el confinamiento de la población, como cautela para evitar la propagación de la pandemia, suscita un mayor malestar social, mientras la población teme por la quiebra del anhelado estado del bienestar.
Y el cuarto y último punto, por el momento, pergeña una crisis política en toda regla, debida a la falta de reacción y la ausencia de soluciones urgentes y eficaces por parte del Gobierno ante el golpe sanitario, económico y social. De culpar al Gobierno y a los políticos por no haber previsto la hecatombe y responsabilizarlos de la debacle se pasará a otro estadio de radicalización entre la propia clase política, que ya se está dando, y encima a la contestación y reivindicación popular, cuya resonancia está por ver, agravándose la indignación en función del sesgo que tomen las finanzas públicas.
Después de la COVID-19, el paisaje de nuestra economía quedará en buena parte devastado y será necesario afrontar su reconstrucción precisando unas líneas de actuación que implican, ante todo, cuestionarse acerca de la calidad de nuestra clase política y la competencia de nuestros gobernantes. España necesita de nuevos líderes, que, cual Moisés, sepan guiar al pueblo hacia una nueva tierra prometida…
En definitiva, esta es la oportunidad para contar con las empresas para empujar nuestra economía, para que se den acicates animando a que rebroten espíritus empresariales, porque, a fin de cuentas, la economía de un país es lo que son sus empresas, y de esta crisis será la economía productiva la que nos sacará, no un sector público manirroto y dadivoso, transitando por la cornisa de la insolvencia, entregado a una pródiga generosidad, tan desprendido que raya la frivolidad, auspiciando tales perfiles un Estado subsidiado y estatalista con visos de una economía intervenida. Es España, son los españoles quienes tienen que decidir qué país quieren tener y, en consecuencia, elegir a los líderes que les conduzcan en una u otra dirección.

La Unión Europea que nos espera a partir de esta crisis es complicada. No hay soluciones fáciles. Hay que aunar intereses complejos en época de penuria, no solo económica, sino de penuria moral. Populismos y nacionalismos están al acecho, buscando el descrédito, cuando no la destrucción, de la Unión. La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres. Todo ello está inserto en el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea. Hay, pues, que restaurar la confianza de la ciudadanía en la integración europea y, para ello, la Unión tiene que conseguir dotarse de las capacidades e instrumentos necesarios. Está en juego el futuro de las próximas generaciones.

La «nueva versión» de empleados post-COVID-19 se distinguirá por:
1. Tendrán verdadera autonomía en su trabajo, esto es, autonomía + responsabilidad. Serán capaces de generar e implementar ideas para conseguir los resultados y no solo seguir directrices.
2. Habrán desarrollado más empatía, complicidad y colaboración entre compañeros. Formar parte de un equipo que está luchando unido, esforzándose para mantener la empresa en una situación de crisis, engendró un sentimiento de unidad que va más allá de considerarse meros compañeros de trabajo. La dificultad une, y no solo entre miembros de un mismo departamento, sino que el deseo de colaborar se incrementa hasta entre empleados de diferentes departamentos y de diferentes empresas.
3. Estarán especializados en sus funciones, pero habrán desarrollado más flexibilidad y se verán capaces de desempeñar otros roles similares, produciéndose mayor permeabilidad entre posiciones de la compañía.
4. Habrán desarrollado mucha más resiliencia y poseerán más habilidad para resistir y avanzar en situaciones inciertas y entornos cambiantes.
En esta crisis hemos visto cómo, en ocasiones, los mensajes corporativos o institucionales, por temor a cometer algún error, se veían sometidos a muchas revisiones.

1. Transformación digital. Antes de la pandemia se había hablado mucho de la transformación digital de las empresas, pero este golpe ha destapado las secuelas de una realidad oculta: el 78 % de los proyectos de transformación digital de las empresas europeas que se lanzaron antes del 2020 fracasaron.
Esta crisis sanitaria ha venido a cambiar el modo en que estábamos acostumbrados a gestionar las empresas y a dirigir a los empleados.
2. Gestión de riesgos y planes de prevención. A partir de esta experiencia, las empresas tendrán que estar más preparadas para esperar lo inesperado. Será más frecuente ver «Centros de operaciones de emergencia», pero no solo a nivel corporativo (business unit level), sino a nivel de estructuras y procesos que impliquen a empleados, clientes…
3. Innovación. Las empresas se verán obligadas a innovar, a descubrir las nuevas necesidades de la sociedad y a tratar de dar soluciones reequilibrando su catálogo de productos. Tendrán que estar al corriente de los nuevos hábitos de consumo —fundamentalmente online— y deberán acelerar sus esfuerzos hacia una transformación digital.

En definitiva, el uso de nuevas tecnologías de la información y comunicación, la confianza en una ciudadanía responsable, la estructuración del sistema sanitario alrededor de las familias, evitar la soledad de los ciudadanos, especialmente de los más envejecidos, son cambios que deben asumir las autoridades gubernativas.
Los sistemas políticos deben entender que las elecciones periódicas cada 4 años o más no permiten alinear correctamente los objetivos de las administraciones y de los ciudadanos. Cuando los ciudadanos recobren la confianza en sus instituciones políticas y en el sistema financiero, la recuperación económica será posible. El efecto más grave de la pandemia ha sido la pérdida de confianza de los ciudadanos en todo el sistema político y económico. La vacuna contra el virus inmunizará a los individuos, pero no curará al sistema.

La democracia como sistema político basado en los derechos y libertades de los ciudadanos, con la división de poderes y en donde la soberanía recae en el pueblo que elige a sus representantes, ha sido el factor determinante del progreso. Un sistema político lleno de imperfecciones.
Sin embargo, la crisis que sufren los medios, que incluso amenaza su independencia y libertad de expresión, les está impidiendo esta indelegable labor de control, por una parte, y, por otra, quizá la más importante, es que ya no son poseedores en exclusiva del universo de la información y la interpretación de la realidad. La redes sociales están usurpando el valor tradicional de los medios de comunicación, que no han sabido o podido hacer valer su función social y protagonismo en el desarrollo y preservación de la actual democracia. La aparición de las fake news como arma política y la generación de corrientes de pensamiento es hoy en día un problema que traspasa fronteras, mejor dicho, que tiene capacidad de influir en la sociedad para generar opinión incluso contra la propia democracia.
La COVID-19 es un virus que se ceba, aunque no de manera exclusiva, en los grupos con mayor riesgo, como las personas que tienen más de 60 años, enfermedades cardiovasculares e hipertensión arterial, diabetes, enfermedades pulmonares crónicas, cáncer, inmunodepresión y las embarazadas. Esta gran pandemia, equiparable en muchos países en coste social y económico al de una guerra, está provocando irremisiblemente un cambio social, económico y político que marcará un mundo diferente en el postcoronavirus. El virus también está atacando a los conceptos más vulnerables de la democracia, como el cuestionamiento del papel del Estado y de las instituciones como veladoras del bien común de los más débiles y desfavorecidos. Durante esta crisis sanitaria, por ejemplo, los ancianos de residencias mueren por COVID-19 sin ser derivados a los hospitales por el simple hecho de tener más edad que otros, siguiendo las recomendaciones de instituciones de bioética y derecho de gran prestigio académico.
Los medios de comunicación, tanto analógicos como digitales, están todavía en un proceso de definición y de confrontación con las nuevas formas de comunicación digital que consume la sociedad, en este momento con plataformas hegemónicas como las redes sociales o la telefonía móvil. Sin embargo, no cabe duda, también hoy, la función de control del poder debe ser ejercida por alguien. En la última gran pandemia padecida en el mundo, la mal llamada gripe española de 1918, en España se abrió el debate de implantar la «dictadura sanitaria», y, años más tarde, fruto del descrédito, en parte por la deficiente gestión del Estado liberal de esta crisis sanitaria, se instauró la dictadura del general Primo de Rivera. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

La situación creada en muchas residencias o centros sociosanitarios en nuestro país no deja de ser, en buena parte de las ocasiones y al margen de la pandemia, una llamada de atención a una situación de base que había requerido desde hace años de una previa intervención inmediata por las autoridades competentes a fin de garantizar la estancia de nuestros mayores en condiciones de dignidad y respeto a sus derechos fundamentales. A ello se une —ya entrada la pandemia— la falta de coordinación en muchas ocasiones, la improvisación y la escasez o inexistencia de recursos sanitarios y de prevención suficientes para frenar la virulencia de la enfermedad y su extensión. Son muchos los centros que, aun cumpliendo escrupulosamente con la normativa y las indicaciones de la autoridad, se han visto y se siguen viendo superados en el momento de escribir estas líneas, bien porque no cuentan con espacios idóneos para hacer la clasificación y procurar el aislamiento necesario, bien porque carecen de los medios de prevención, o porque les falta personal o el personal no tiene la formación sanitaria para atender a los pacientes contagiados o para el uso del equipamiento. Son también muchos los centros que se han visto obligados —sin contar con los medios suficientes— a mantener a residentes gravemente afectados por el virus sin posibilidad de traslado a los centros hospitalarios al resultar el estado de aquellos incompatible con la supervivencia por sus patologías de base o por la propia virulencia de la enfermedad, y no son pocos tampoco los centros que no han podido gestionar el tratamiento de los cadáveres en tanto no han sido trasladados por los servicios oportunos, desbordados también estos por la inusual cantidad de fallecidos.
En esa labor inspectora de los centros tiene especial relevancia también la figura del Ministerio Fiscal —no debe olvidarse tampoco la actividad desarrollada durante la crisis sanitaria en protección de los mayores y personas con discapacidad institucionalizados—, a quien corresponde un importante papel en la garantía del cumplimiento por los centros y por las administraciones competentes de ese respeto a la dignidad y los derechos fundamentales de los residentes.

Pero las características mismas del período de confinamiento también aportan elementos para hacer que este nos impacte con mayor o menor intensidad. La duración del confinamiento es una de las características que influye sobre la capacidad de las personas de manejar el estrés emocional: cuanto más larga la cuarentena, mayor impacto psicológico sobre las personas confinadas; cuarentenas superiores a diez días se asocian en mayor proporción con síntomas de estrés postraumático, en comparación con cuarentenas más reducidas.
Los demás elementos que nos hacen más vulnerables para que el confinamiento nos afecte psicológicamente de manera importante son todos aquellos que contribuyen a crearnos una reacción de ansiedad y de estrés. Entre ellos cabe citar el miedo al contagio o a contagiar, el aburrimiento, la falta de suministros necesarios y la desinformación.
Cuanto mayor sea nuestro temor frente al contagio propio o a contagiar a los demás, aumentaremos la probabilidad de interpretar equivocadamente nuestros síntomas físicos, generando en nosotros un estado de alarma, que retroalimenta la ansiedad y nos hace más vulnerables emocionalmente. Quienes más suelen temer el contagio, en los estudios analizados, suelen ser las propias personas vulnerables —personas mayores, enfermos—, así como los padres de niños menores y las mujeres embarazadas, los grupos de población en los que el impacto psicológico del confinamiento podría ser mayor.
En relación con el aburrimiento, la cuarentena implica la pérdida de las rutinas habituales, lo cual puede alimentar un sentimiento interior de aislamiento y frustración, generador de malestar emocional.

1. Disponer de una sanidad moderna y correcta.
2. Establecer un sistema de prevención.
3. Incentivar la investigación en vacunas, sueros, tratamientos y modelos de predicción de enfermedades infecciosas.
Para hacer frente a los nuevos procesos que se puedan desencadenar hemos de favorecer la respuesta inmunitaria en el organismo. La inmunidad solo se puede proporcionar por:
1. Haber cursado la infección.
2. Administrar suero, obtenido de pacientes recuperados de la infección.
3. Administrar vacunas.

• Se debe disponer de una vacuna.
• Se debe disponer de un tratamiento.
• No se deben olvidar las medidas preventivas, pilar básico de la lucha contra cualquier enfermedad de origen infeccioso.
Y en último lugar, pero no por eso menos importante, debemos agradecer el comportamiento de todos los ciudadanos; sin su colaboración y concienciación no es posible vencer al SARS-CoV-2, que ha venido a modificar nuestra rutina y a demostrarnos que no hay enemigo pequeño.

Bill Gates, en una recordada conferencia TED del año 2016 que ahora circula profusamente, avisaba de lo que podía pasar cuando llegara un virus como este a un mundo como el que hemos creado, y lo que decía que iba a pasar es exactamente lo que está pasando, y él ya avisaba de que era necesario prepararse, adoptar medidas de protección y ayudar a investigar vacunas, y eso fue lo que hizo, poner en marcha con otro pequeño grupo esta iniciativa. Así es como se hacen las cosas que funcionan, directas, ejecutivas y sin pesada burocracia.
El problema es que el mundo no está gobernado por gente que utiliza el sentido común y la inteligencia al máximo de sus capacidades, sino que anteponen sus intereses personales y ponen de manifiesto sus limitadas capacidades para contentar de una manera cortoplacista a una parroquia que, muchas veces, por la carencia de educación y de sentido crítico que esos mismos gobernantes han cercenado de manera interesada a lo largo de generaciones, les alaba, vitorea y vota, sin pararse a pensar que con ese voto pueden estar condicionando el futuro de su entorno, su país o el mundo en el que todos vivimos.
Si son capaces de pensar en el mundo como la pequeña aldea global que somos dentro de un cosmos infinito y actuar siempre pensando en el bienestar de los que en ella viven y no en sus intereses partidistas o personales, si somos capaces de pensar en «todos» en lugar de en «yo», es posible que aún podamos hacer de este un mundo habitable en donde la justicia social, el mérito personal y la cultura del esfuerzo sobresalgan y tengan el papel que les corresponde para seguir progresando. Si no, es posible que las siguientes generaciones no tengan las opciones que nosotros hemos tenido y vivan una «nueva era» que se parecerá mucho más a la que existía en la Edad de Piedra que esta en la que nosotros vivimos.

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An interesting book about the new challenges that we must face due to the Covid-19 and that will generate debate, so it should be read.
The new SARS-CoV-2 coronavirus, which causes COVID-19, has surprised a world that was largely unprepared to prevent or control its spread. However, this is not the first time that a viral pandemic has swept the world.
Since the end of December 2019, when the first case of COVID-19 was reported in Wuhan, China, the virus has spread to most of Western Europe and the United States of America. Its presence in Eastern Europe is also becoming evident, and COVID-19 deaths are reported in Africa, Asia and Latin America.
The rapid movement of the COVID-19 from Wuhan to Italy and then to other countries has been a reminder that the speed of virus movement is growing rapidly along with advances in modern transportation. It has also been a violent reminder that when people move they do so with their medical records. The coronavirus that COVID-19 causes is part of that baggage, and, unfortunately, has had the ability to hide better than many other viruses we’ve known to date.
COVID-19 is such a complex emergency that the demographic and socioeconomic structure of many countries is likely to change before it is contained or dissipates on its own.
The COVID-19 pandemic, meanwhile, has exposed many of the flaws in global and national society. At the international level, it is highlighting the investment gap in health between post-industrial and developing countries, and within all countries it is again demonstrating how unequal our societies have been, even in the period of economic growth that has been enjoyed in recent years. decades.

The role of WHO in this pandemic. This organization was born in 1948, precisely to lead initiatives that help protect the most precious asset of individuals, their health. So far his actions have been of recommendation, and that has been one of his weaknesses. Perhaps one of the lessons that we could draw from this health, economic and social crisis is that, in order to deal with situations like this – which will also be repeated, given the worldwide interaction and interconnection – a single command in the field of global health, and perhaps this would lead us to appreciate the need to make WHO a true ‘security council’, equipping it with executive capacities to be able to ‘force’, in a certain way, the Member States to act consistently and coordinated, and not with the disparity of criteria with which each country is now tackling a world crisis like this.
Perhaps another lesson that we can draw from this crisis is the need to promote, through the European Center for Disease Control (ECDC), more surveillance programs based on big data that include training more people in these matters and encourage that this supranational elite body has greater autonomy and functions, that it is ready to act immediately where they are needed, that this expansion of their functions be co-financed by large international philanthropic institutions and provide their services, anywhere , under the umbrella of the European Union. This highly qualified elite corps would be the specialized outpost to detect in advance, through fieldwork and data analysis, the threats that may come and go ahead of them, and even propose logistical and action responses to the institutions and governments to which serving.
If we add the efforts of people specifically trained and prepared to fight these situations with the powerful tools that big data provides us, it is possible that we can start a new era of prevention and control of pandemics such as the one that now affects us.
I think it is time to demand that, with the enormous potential that the countries around us have – and I am referring specifically to the European Union – they form and implement this type of specialized teams that exhaustively analyze potential threats and, above all, that they foresee with sufficient time the fundamental logistics issues to face this type of catastrophe.
New viruses don’t kill off the coronavirus.
The United Nations Development Program in a 1994 report determined that the main threat to the world, among others, was the food and water, health and environmental crises, and no leader seems to have taken this warning seriously. If at least this current situation that we have had to suffer served so that the leaders who until now had not lived up to their responsibility, and who had not wanted to see what they had in front of their eyes, take it seriously, then, it will have served for something.
Hopefully at least the repetition of these potential new situations will catch us off guard and our lesson learned. We will have paid a high price in human lives, the only irreplaceable thing in this crisis, but at least we will be able to honor the memory of those who left, avoiding that on any other occasion we have to regret not having listened to nature and having learned from the countless mistakes we have now made.

Most companies and people are seeing their production and income decrease; Small and medium-sized companies will have a hard time surviving, and many will see their businesses disappear amid the isolation caused by the pandemic. Aviation companies and everything that has to do with the tourism sector is in a crisis that has no signs of getting fixed in a short time. The loss of jobs in most countries is enormous.
On the other hand, there are those who do not have a job, those who subsist from street sales, from wages that are paid one day yes and another no, from young people who are half in their studies and who do not have a promising outlook in front.
A prospect of the world after the coronavirus is complex, and could be rather pessimistic and even catastrophic if we refer to the cold numbers and to what the mathematical modeling centers tell us taking into account the parameters of what is already happening in many countries, both large and small; countries whose economies are at risk of being shipwrecked and which in perspective, especially if we look at the scale of family economies, present unmanageable edges in the short term.
There are those who maintain that this is comparable to a third world war, and even risk predicting what the winning power will be. And the fingers point to the country in which the pandemic originated, China, especially due to the economic movements that this country has made in the world stock markets in recent times, which, according to the analyzes of some economists, demonstrate how China it already manages the total shareholding of companies located in its own territory. In addition to that, the Asian giant has placed its banks on the list of the largest on the planet and has begun to activate its productive gear once again.
Maybe we are learning a new way of life, hopefully. Perhaps, also, we are evaluating what is really worth. I want to believe that the world that will emerge, although complex in terms of rebuilding economies, possibilities and certainties, will be better: it will present a face washed by tears, tempered by the unpleasantness of personal tragedies, and a heap of of strengths that will help us shape diverse and more hopeful horizons.

The society in which the SARS-COV-2 coronavirus pandemic breaks out has special characteristics. Never has man made so many technological and scientific advances, but in today’s world there is much inequality of opportunity and terrible misery.
From the point of view of current education and lifestyle, which are the product of the culture of demand and supply in the market of globalized capitalist society, the situation is unsustainable and unfair.
Money constitutes the most important value, and to which sport, writers, plastic artists, artisans, teachers, philosophers, intellectuals, etc. are subject.
In this society, on the one hand, the very famous are encouraged, with exorbitant remunerations and, on the other hand, workers in the same branches, who are permanently dedicated, are not allowed to live with dignity, but fame is absent from them. Elderly people live in solitude and, in many cases, unprotected. Young people and children are obliged to «succeed» at all costs, embracing highly paid careers and rejecting those with spiritual, benevolent, charitable, humanitarian characteristics.
Creativity in all its aspects is totally subordinated to the financial interests of the market and the stock exchanges.
Interaction with the environment and nature is disastrous, endangering ecology and biological balance.
Love is a secondary value to interests, and racism and fanaticism, which are the logical consequence of that of education and training by interested groups, generate increasing separatism and terror.

The crux of the matter is whether the recovery will be accelerated or not, and whether from recession to depression. In a war scenario, such as the current one, immediate and effective measures are required. In the environment there is uneasiness as to whether central banks, starting with the European Central Bank, have burned many or perhaps too many cartridges in recent years, from 2008 to today, with the question of whether the entity based in Frankfurt has sufficient monetary ammunition and is capable of meeting the liquidity needs demanded by the economic outlook.
Four are in principle the faces of the coronavirus shock.
In the first place, we are facing a health crisis comparable to a certain extent to a warlike conflict, with the hospital centers and clinics fully functioning, not providing enough during the second half of March and part of the month of April, with the overflowed intensive care, mobilizations of health personnel with calls to retired doctors and nurses, requesting the collaboration of medical and nursing students, and the launch of field hospitals in whose execution the army intervenes, as well as in the intervention of nursing homes .
The question is whether the health services in Spain have had, until the outbreak of the COVID-19 pandemic, the necessary resources or, instead, the budgetary adjustments implemented in recent years, from 2011 and 2012 in particular, They have pruned too many millions of euros to attend to the population in the face of an extreme situation such as that derived from the epidemic.
The quality of Spanish healthcare is excellent, as well as the professionalism and dedication of its staff, as well as its magnificent and fruitful talent. The health impact will compel an exceptional expense to be incurred both in 2020 and in the future.
On the other hand, demography, with the aging of the population, and not only regarding the logical decline in labor productivity, has become an aggravating factor of risk during the pandemic, as the elderly, our seniors, the most vulnerable cohorts exposed to the disease.
Likewise, the territorial structure of Spain, typical of some advanced countries, plays against the war unleashed by the coronavirus as there are huge concentrations of population in large cities, with the consequences of the spread of the disease.
Second, the economic crisis appears as a consequence of the health crisis. The measures adopted by the Governments regarding the confinement of the population, the stoppage of economic activity, bringing it to a state of hibernation, become a very damaging factor, the consequences of which will be both short and medium and long term. At stake, on the economic horizon, is the year 2020, which is practically given up, and it is likely that the trends of 2021 will not be able to wipe away the economic lashes; ergo, it will take several years to regain the positions lost in the year of the pandemic.
The bankruptcy of hundreds of thousands of self-employed, small and medium-sized companies, the legions of tightrope workers that number in the millions, to the point that the International Labor Organization (ILO) calculates that 230 million will be lost in the world of jobs.
Third, the social crisis resulting from temporary employment regulation files is germinating, with cuts in workers’ incomes, as well as the avalanches of budgeting employment regulation files, along with bankruptcy proceedings, spurring higher rates unemployment, more inequalities, disturbing pockets of poverty and, as has happened in southern Italy, leading to possible social revolts. In addition, the confinement of the population, as a precaution to avoid the spread of the pandemic, causes greater social unrest, while the population fears for the bankruptcy of the desired welfare state.
And the fourth and last point, for the time being, breeds a full-blown political crisis, due to the lack of reaction and the absence of urgent and effective solutions by the Government to the health, economic and social coup. Blaming the government and politicians for not having foreseen the catastrophe and blaming them for the debacle will go to another stage of radicalization among the political class itself, which is already taking place, and above all to the popular response and demand, whose resonance is for see, aggravating the outrage based on the bias taken by public finances.
After COVID-19, the landscape of our economy will be largely devastated and it will be necessary to confront its reconstruction by specifying lines of action that involve, above all, questioning the quality of our political class and the competence of our rulers. Spain needs new leaders who, like Moses, know how to guide the people towards a new promised land …
In short, this is the opportunity to count on companies to boost our economy, to stimulate themselves by encouraging entrepreneurial spirits to reappear, because, ultimately, the economy of a country is what its companies are, and This crisis will be the productive economy that will take us out, not a profligate and profligate public sector, passing through the cornice of insolvency, delivered to a lavish generosity, so detached that it borders on frivolity, sponsored by such profiles a subsidized and state-run state with overtones of an intervened economy. It is Spain, it is the Spanish who have to decide which country they want to have and, consequently, choose the leaders who will lead them in one direction or another.

The European Union that awaits us from this crisis is complicated. There are no easy solutions. Complex interests must be brought together in times of hardship, not only economic, but moral hardship. Populisms and nationalisms are lurking, seeking discredit, if not destruction, of the Union. The Union is founded on the values of respect for human dignity, freedom, democracy, equality, the rule of law and respect for human rights, including the rights of persons belonging to minorities. These values are common to the Member States in a society characterized by pluralism, non-discrimination, tolerance, justice, solidarity and equality between women and men. All this is inserted in Article 2 of the Treaty on the European Union. It is therefore necessary to restore citizens’ confidence in European integration and, for this, the Union must succeed in equipping itself with the necessary capacities and instruments. The future of the next generations is at stake.

The «new version» of post-COVID-19 employees will be distinguished by:
1. They will have true autonomy in their work, that is, autonomy + responsibility. They will be able to generate and implement ideas to achieve results and not just follow guidelines.
2. They will have developed more empathy, complicity and collaboration between peers. Being part of a team that is fighting together, striving to keep the company in a crisis situation, engendered a feeling of unity that goes beyond considering themselves mere coworkers. Difficulty unites, and not only between members of the same department, but the desire to collaborate increases even among employees of different departments and from different companies.
3. They will be specialized in their functions, but they will have developed more flexibility and will be able to play other similar roles, producing greater permeability between company positions.
4. They will have developed much more resilience and have greater ability to resist and move forward in uncertain situations and changing environments.
In this crisis we have seen how, sometimes, corporate or institutional messages, for fear of making a mistake, were subjected to many revisions.

1. Digital transformation. Before the pandemic there had been a lot of talk about the digital transformation of companies, but this blow has uncovered the consequences of a hidden reality: 78% of the digital transformation projects of European companies launched before 2020 failed.
This health crisis has come to change the way we were used to managing companies and directing employees.
2. Risk management and prevention plans. From this experience, companies will have to be more prepared to expect the unexpected. It will be more frequent to see «Emergency operations centers», but not only at the corporate level (business unit level), but also at the level of structures and processes involving employees, clients …
3. Innovation. Companies will be forced to innovate, to discover the new needs of society and to try to provide solutions by rebalancing their product catalog. They will have to be aware of the new consumption habits – fundamentally online – and they will have to accelerate their efforts towards a digital transformation.

In short, the use of new information and communication technologies, trust in responsible citizenship, structuring the health system around families, avoiding the loneliness of citizens, especially the elderly, are changes that must be assumed by government authorities.
Political systems must understand that periodic elections every 4 years or more do not allow the objectives of administrations and citizens to be correctly aligned. When citizens regain confidence in their political institutions and in the financial system, economic recovery will be possible. The most serious effect of the pandemic has been the loss of confidence of citizens throughout the political and economic system. The virus vaccine will immunize individuals, but will not cure the system.

Democracy as a political system based on the rights and freedoms of citizens, with the division of powers and where sovereignty falls on the people who elect their representatives, has been the determining factor in progress. A political system full of imperfections.
However, the crisis that the media are undergoing, which even threatens their independence and freedom of expression, is preventing them from this non-delegable task of control, on the one hand, and, on the other, perhaps the most important, is that they no longer possess exclusive to the universe of information and the interpretation of reality. Social networks are usurping the traditional value of the media, which have not known or been able to assert their social role and protagonism in the development and preservation of the current democracy. The appearance of fake news as a political weapon and the generation of currents of thought is today a problem that crosses borders, or rather, that has the capacity to influence society to generate opinion even against democracy itself.
COVID-19 is a virus that is fattened, although not exclusively, in the groups at highest risk, such as people who are over 60 years old, cardiovascular diseases and high blood pressure, diabetes, chronic lung diseases, cancer, immunosuppression and pregnant women. This great pandemic, comparable in many countries in social and economic cost to that of a war, is irrevocably causing a social, economic and political change that will mark a different world in the post-coronavirus. The virus is also attacking the most vulnerable concepts of democracy, such as questioning the role of the State and of institutions as watchdogs for the common good of the weakest and most disadvantaged. During this health crisis, for example, the elderly in nursing homes die from COVID-19 without being referred to hospitals simply because they are older than others, following the recommendations of bioethics and law institutions of great academic prestige.
The media, both analog and digital, are still in a process of definition and confrontation with the new forms of digital communication that society consumes, at this time with hegemonic platforms such as social networks or mobile telephony. However, there is no doubt, also today, the function of controlling power must be exercised by someone. In the last great pandemic suffered in the world, the badly called Spanish flu of 1918, in Spain the debate was opened to implant the «health dictatorship», and, years later, the result of discredit, partly due to the poor management of the State Liberal of this health crisis, the dictatorship of General Primo de Rivera was established. Man is the only animal that stumbles twice on the same stone.

The situation created in many nursing homes or social centers in our country is still, on many occasions and on the fringes of the pandemic, a wake-up call to a basic situation that had required for years prior immediate intervention by the competent authorities in order to guarantee the stay of our elders in conditions of dignity and respect for their fundamental rights. In addition to this – once the pandemic enters – the lack of coordination on many occasions, improvisation and the scarcity or non-existence of sufficient health and prevention resources to curb the virulence of the disease and its spread. There are many centers that, even when complying scrupulously with the regulations and the indications of the authority, have been and continue to be overcome at the time of writing these lines, either because they do not have suitable spaces to make the classification and seek isolation necessary, either because they lack the means of prevention, or because they lack personnel or personnel do not have the health training to care for infected patients or for the use of equipment. There are also many centers that have been forced —without sufficient means— to maintain residents seriously affected by the virus without the possibility of transferring them to hospital centers, as their condition is incompatible with survival due to their underlying pathologies. or due to the virulence of the disease itself, and there are not a few centers that have not been able to manage the treatment of the corpses as they have not been transferred by the appropriate services, also overwhelmed by the unusual number of deaths.
In this task of inspecting the centers, the figure of the Public Prosecutor’s Office also has special relevance – and the activity carried out during the health crisis in the protection of institutionalized elderly and disabled people should not be forgotten, who has an important role in guaranteeing the compliance by the centers and by the competent administrations of this respect for the dignity and fundamental rights of residents.

But the very characteristics of the period of confinement also provide elements to make it impact us with more or less intensity. The duration of confinement is one of the characteristics that influences the ability of people to manage emotional stress: the longer the quarantine, the greater the psychological impact on the confined persons; Quarantines longer than 10 days are associated to a greater extent with symptoms of post-traumatic stress, compared to smaller quarantines.
The other elements that make us more vulnerable for confinement to affect us psychologically in a significant way are all those that contribute to creating a reaction of anxiety and stress. These include the fear of contagion or contagion, boredom, lack of necessary supplies and misinformation.
The greater our fear of contagion or infecting others, the greater the probability of misinterpreting our physical symptoms, generating an alarm state, which feeds back anxiety and makes us more emotionally vulnerable. In the studies analyzed, those who tend to fear contagion the most are usually vulnerable people themselves – older people, the sick – as well as parents of young children and pregnant women, population groups in which the psychological impact of confinement could be older.
In relation to boredom, quarantine involves the loss of normal routines, which can fuel an inner feeling of isolation and frustration, generating emotional upset.

1. Have modern and correct healthcare.
2. Establish a prevention system.
3. Encourage research in vaccines, sera, treatments and models for predicting infectious diseases.
To cope with the new processes that may be triggered, we must promote the immune response in the body. Immunity can only be provided by:
1. Having carried out the infection.
2. Administer serum, obtained from patients recovered from the infection.
3. Administer vaccines.

• You must have a vaccine.
• You must have a treatment.
• Preventive measures should not be forgotten, the basic pillar of the fight against any disease of infectious origin.
And last, but not least, we must appreciate the behavior of all citizens; Without their collaboration and awareness, it is not possible to defeat SARS-CoV-2, which has come to modify our routine and show us that there is no small enemy.

Bill Gates, in a remembered TED conference of the year 2016 that is now circulating profusely, warned of what could happen when a virus like this arrived in a world like the one we have created, and what he said was going to happen is exactly what is happening. happening, and he already warned that it was necessary to prepare, adopt protective measures and help investigate vaccines, and that was what he did, launch this initiative with another small group. This is how things are done that work, direct, executive and without heavy bureaucracy.
The problem is that the world is not governed by people who use common sense and intelligence to the best of their abilities, but put their personal interests first and reveal their limited abilities to please in a short-term way a parish that, many Sometimes, for the lack of education and critical sense that those same rulers have cut off in an interested way throughout generations, he praises, cheers and votes them, without stopping to think that with that vote they may be conditioning the future of their environment, your country or the world in which we all live.
If they are able to think of the world as the small global village that we are in an infinite cosmos and always act thinking of the well-being of those who live in it and not of their partisan or personal interests, if we are able to think of «all »Instead of» me, «we may still be able to make this a livable world where social justice, personal merit, and the culture of effort excel and play their part in further progress. Otherwise, the following generations may not have the options that we have had and live a «new era» that will be much more similar to the one that existed in the Stone Age than the one in which we live.

3 pensamientos en “La Gran Pausa. Gramática De Una Pandemia — José Ramón Calvo, Cecilia Kindelán, M.ª De Los Ángeles Calvo, Manuel Carballo, Rosalía Arteaga, Ernesto Kahan, José María Gay De Liébana, Teresa Freixes, Jordí Martí, Manuel Murillo, Mónica Rincón, Zaira Santana / The Great Pause. Grammar of a Pandemic by José Ramón Calvo, Cecilia Kindelán, M.ª De Los Ángeles Calvo, Manuel Carballo, Rosalía Arteaga, Ernesto Kahan, José María Gay De Liébana, Teresa Freixes, Jordí Martí, Manuel Murillo, Mónica Rincón, Zaira Santana (spanish book edition)

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