La Ideología India — Perry Anderson / The Indian Ideology by Perry Anderson

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Podría ser el mejor libro del autor. La Ideología India son tres ensayos (titulados «Independencia», «Partición» y «República») del historiador de UCLA Perry Anderson, publicados originalmente en 2012 en la London Review of Books, recopilados y publicados en forma de libro. Es exactamente el tipo de cosas que uno nunca espera encontrar publicadas en la India, lo cual es parte de lo que lo hace tan estimulante. Podría haber sido escrito solo por un extraño; ningún indio escribiría un libro así.
Mi fuerte y antiguo interés en Pakistán me llevó a leer el segundo de los tres ensayos, «Partición», cuando lo noté por primera vez en el LRB. El Partido del Congreso, escribe Anderson,
había aceptado Partición como el precio de un estado centralizado fuerte en el que podía estar seguro de un monopolio de poder, pero en la mente de sus principales líderes era una concesión temporal. La resolución del partido del 5 de junio de 1947 que acordó formalmente la partición dejó muy clara su posición. «La geografía, las montañas y el mar dieron forma a la India tal como es, y ninguna agencia humana puede cambiar esa forma o interponerse en su destino final», y menos aún «la falsa doctrina de dos naciones». Mountbatten había diseñado una Partición en blanco con el mismo fin en mente, diciendo explícitamente que esto «le daría a Pakistán una mayor oportunidad de fallar en sus deméritos», por lo que era lo mejor para la India, porque un «Pakistán truncado, si se admitía ahora, estaba obligado a volver más tarde … Los delirios del nacionalismo del Congreso reformados por Gandhi a las especificaciones hindúes murieron duramente.
Estaba tan intrigado y leí todo el libro. Es breve, pero tiene un argumento, explícita y abiertamente desafiante décadas de caprichosa reverencia a las presunciones del estado indio que surgieron de la lucha contra el gobierno británico en 1947. La crítica incisiva de Anderson es especialmente oportuna dado el actual ascenso de la asertiva ideología hindutva personificada por el nuevo primer ministro Narendra Modi, quien era primer ministro del estado de Gujarat en el momento de un infame pogromo anti-musulmán en 2002. Pero Anderson deja en claro que considera que el Congreso aparentemente secular es poco más que el BJP de Modi.
El carácter ficticio del secularismo de la India es históricamente significativo dada la terrible situación en la mayoría musulmana de Cachemira, que vi por mí mismo a mediados de la década de 1990 y que escribí ampliamente en los primeros capítulos de mi libro Alive and Well en Pakistán. Cachemira es ampliamente considerada el punto crucial de la tensión crónica entre India y Pakistán, pero afirmar que es una evasión miope o sutil; El verdadero quid, según las palabras de Anderson citadas anteriormente, es la mera existencia de Pakistán. Nehru, Mountbatten y col. hicieron todo lo que pudieron alrededor de 1947 para lisiar a Pakistán al nacer, y 67 años después, Pakistán, a pesar de todos sus defectos graves y deslumbrantes, todavía existe. Y muchos indios nunca lo perdonarán por eso.

Dicho esto, el estado no resuelto de Cachemira, y sobre todo el terrible sufrimiento de la gente común de Cachemira, merece ser recordado y enfatizado. Anderson lo hace, con franqueza característica:
Debería haber poca necesidad de recordar el destino de Cachemira, bajo la ocupación militar más larga del mundo. En su apogeo, en los sesenta años desde que fue tomada por la India, se desplegaron unas 400,000 tropas para retener a una población del Valle de cinco millones, una proporción de represión mucho mayor que en Palestina o el Tíbet. Manifestaciones, huelgas, disturbios, guerrillas, levantamientos urbanos y rurales, todos han sido golpeados con la fuerza armada. … El número de muertos, a un bajo cálculo, sería equivalente al asesinato de cuatro millones de personas, si fuera India, más del doble si las estimaciones más altas fueran precisas. Sostenido rápidamente por Nehru para demostrar que la India era un estado secular, Cachemira ha demostrado exactamente lo contrario: un expansionismo confesional.

Las causas de la marginación general de la izquierda en la política india, ciertamente complejas, son una cosa; sus consecuencias para la cultura india son otra. Entre ellas, y con demasiada frecuencia, ha destacado una acomodación pasiva a los mitos de la ideología india y los crímenes de Estado cometidos en su nombre. La hegemonía que ostentan las versiones edulcoradas del pasado nacional es quizá el aspecto más chocante de una interiorización de las ideas dominantes de la época. Si la izquierda quiere alcanzar una posición más fuerte en la escena intelectual, es necesaria una ruptura con estas, siguiendo un espíritu crítico y más seguro de sí mismo.

Un pensamiento sorprendente: que una cultura o civilización llegue a tener esta continuidad durante cinco o seis mil años, o más; y no en un sentido estático o inmutable, pues India ha cambiado y progresado todo el tiempo»: ante esta idea se maravillaba el futuro gobernante del país, unos pocos años antes de llegar al poder. Había «algo único» en la antigüedad del subcontinente —continuaba la reflexión de Nehru— y en la «enorme sensación de unidad que transmite», haciendo a sus habitantes «distintivamente indios, a través de todas las épocas; con una misma herencia nacional y el mismo conjunto de cualidades morales y mentales». No hay duda: «un sueño de unidad ha habitado la mente de India, desde el alba de la civilización
«La India independiente se convirtió en el primer país del mundo no occidental en elegir una Constitución decididamente democrática», dando comienzo a una aventura que, para Sunil Khilnani, representa «la tercera etapa en el gran experimento democrático inaugurado a finales del siglo XVIII por las revoluciones americana y francesa». Un tercer paso que «muy bien podría acabar siendo el más importante de todos, en parte a causa de su enorme escala humana, y en parte por su situación, una importante cabeza de puente de efervescente libertad en el continente asiático».

La «idea de India» fue esencialmente una invención europea, y no local, como aclara su mismo nombre. No existía tal palabra, o equivalente, en ninguna lengua indígena. Acuñada por los griegos, tomada del río Indo, era tan exógena al subcontinente que incluso hasta el siglo XVI los europeos podían definir a los indios simplemente como «todos aquellos nativos de un país desconocido», y de hecho así llamaron a los habitantes de las Américas.
Cuando llegaron los británicos, fue la incontrolable heterogeneidad del área lo que les permitió alcanzar un control tan fácil y rápido, usando a cada potencia o población local contra la siguiente, en una serie de alianzas y anexiones que acabaron, más de un siglo después de la Batalla de Plassey, con la construcción de un imperio que se extendía más allá del este y el sur, incluso más al noroeste, que cualquier predecesor.
Ninguna mezquita o monumento del islam aparecía como insignia nacional. Cuando anunció en 1919 que «India está preparada para la supremacía religiosa sobre el mundo», la afirmación misma contradecía cualquier tipo de igualdad, pues pocos podían dudar qué confesión religiosa tenía en mente. El Ramayana, después de todo, era «la mayor obra devocional de toda la literatura».
¿Cómo iba a unir a los musulmanes en una lucha nacional común un resurgimiendo hindú de esta magnitud? Por un lado, no podía hacerlo sobre una base secular sin negar todo aquello en lo que creía. Por el otro, era lo suficientemente realista como para saber que el precepto de que todas las religiones convergían en el mismo objetivo, por frecuente y bienintencionado que fuera, apenas podría impulsar un acercamiento con los seguidores de Mahoma, profeta que había dado fin, como era bien conocido, a toda idolatría de tipo Juggernaut. La solución con la que dio fue animar a los musulmanes a emprender acciones contra el Raj bajo la bandera del propio islam, en una causa cuyo abierto objetivo confesional sobrepasaba cualquiera de las genéricas temáticas hindúes con las que él daría contenido al movimiento nacional.
La primera factura llegó con la desactivación de la No Cooperación. Los musulmanes, en su momento impulsados a la acción y después abruptamente abandonados por Gandhi, prácticamente nunca volvieron a confiar en él. Jinnah, militante del Congreso Nacional Indio mucho antes que Gandhi, y artífice en 1916 del pacto con la Liga Musulmana en Lucknow (de la que a la sazón era presidente), había abandonado el partido en una mezcla de consternación ante la radicalización de sus tácticas, y desazón ante su sacralización bajo el liderazgo de Gandhi. Desagradándole intensamente lo que consideraba demagogia confesional en la campaña del Califato, cuando esta fracasó buscó un segundo acuerdo entre la Liga y el Congreso con el objetivo de lograr un avance constitucional dentro de la maquinaria electoral del Raj, expandida desde 1920 para darle el voto al 6 por 100 de varones adultos y más margen para la elite nativa en el nivel central y provincial. En 1927, propuso un pacto que reservaría a los musulmanes un tercio de los escaños en un legislativo central, a cambio de un único electorado en lugar de electorados separados.

Hacia 1945 había acabado la era de Gandhi, y la de Nehru ya había comenzado. Es costumbre detenerse en los contrastes entre los dos, pero en general no se ha aclarado el peso de estos en el resultado de la lucha por la independencia. Tampoco suelen captarse bien los propios contrastes. Nehru era, desde luego, apuesto; y una generación más joven. Venía de una clase social muy superior, tuvo una educación de elite en Occidente, carecía de creencias religiosas, y tuvo muchas amantes. Todo ello es bien conocido. Más relevante políticamente era la peculiar naturaleza de su relación con Gandhi. Inscrito en el movimiento nacional por su acaudalado padre, un pilar del Congreso desde la década de 1890, cayó bajo el hechizo de Gandhi cuando se acercaba a los treinta años, en un momento en el que tenía pocas ideas políticas propias. Una década después, cuando había adquirido ideas sobre la independencia y el socialismo que Gandhi no compartía.
Sería un error pensar que las odas de Nehru al sistema de castas eran tácticas o cínicas. Pertenecían al mismo entusiasmo exagerado, a la misma Schwärmerei, que su descubrimiento de la plurimilenaria «marca de unidad» sobre el carácter indio, entre otras cosas. La historia, había escrito Gandhi, era una interrupción de la naturaleza. Sus pruebas para ello estaban fuera de cuestión. Lo que Gandhi había afirmado respecto de sí mismo, Nehru lo generalizó. «¿Qué es la verdad? No lo sé con seguridad», escribió Nehru en la misma obra, «Pero la verdad, como mínimo, es para un individuo lo que conoce y siente que es verdadero. Según tal definición no conozco a ninguna persona que se aferre tanto a la verdad como Gandhi». En la causa de la nación, «Gandhi siempre estuvo ahí, como un símbolo de la verdad sin concesiones, para avergonzarnos y arrastrarnos hacia ella». Con protocolos epistemológicos como estos, Nehru podía perfectamente afirmar la libertad e igualdad del sistema de castas en una página, y expresar su deseo de darle fin en la siguiente.
Si esta era su visión sobre la religión nacional y sus instituciones centrales, ¿dónde se sitúan los seguidores de una fe que no era nacional, ni en origen ni en extensión? La primera prueba real de Nehru como líder político llegó con las elecciones de 1937. Ya no era adjunto de Gandhi, que se había retirado de escena después de 1934; era presidente del Congreso en el año en que el partido triunfaba en las encuestas y formaba sus primeros gobiernos regionales.
La lucha por independizarse del Raj británico, como cualquier gran movimiento anticolonial, se nutrió de energías humanas profundas e impresionantes —gran valentía, una organización entregada, sacrificio desinteresado, imaginación política y moral—. Contemplada históricamente, nunca hubo ninguna duda de que daría fin al dominio imperial de Gran Bretaña, siguiendo lo que en definitiva era el destino común de todas las colonias europeas tras la Segunda Guerra Mundial.
Ceilán obtuvo el sufragio universal en 1931, y Birmania su propio primer ministro en 1937. En los imperios holandés y francés, Indonesia y Vietnam declararon la independencia dos años antes de que lo hiciera India, superando el asalto militar de tropas gurjas y punyabíes, destinadas ahí por Mountbatten en un gesto de solidaridad imperial.

Las castas no son clases. Construidas por la religión y divididas por la actividad laboral, habitan un universo simbólico gobernado por rituales y tabúes tradicionales. El Estado y el mercado han rebajado las fronteras entre ellos, pero cuando llegó, el activismo político adquirió un distorsionado giro simbólico, en absoluto inevitable. Las reservas de empleos constituyen beneficios materiales. Los empleos, abrumadoramente en los escalafones más bajos de la burocracia, habitualmente van a las capas superiores de cada casta, todas las cuales están estratificadas internamente. Pero puesto que el empleo público total asciende a un mero 4 o 5 por 100 de la fuerza laboral, apenas son más que una gota en el océano de miseria y desempleo; por valiosa y amarga que fuera la lucha por conseguirlo. Puesto que las reservas de empleos a nivel regional pueden llegar a ser mucho mayores que el techo nacional de 49,5 por 100, marcado por el Tribunal Supremo, las elecciones a nivel estatal se convirtieron pronto en «subastas de trabajo» en las que las castas, a menudo conglomerados de jatis diferentes coaligados para la ocasión, compiten ferozmente entre ellas por los restos de cargos gubernamentales, al margen de toda lógica de solidaridad más amplia, por no decir nacional. «Las castas no tienen amigos permanentes cuando se trata de política»: en una parte del país pueden sellarse alianzas electorales de brahmanes y kshatriyas con dalits contra OBC, mientras en otra región, ejércitos de castas superiores llevan a cabo una feroz guerra rural contra los dalits.
No debería ser necesario recordar el destino de Cachemira, que padece la ocupación militar más prolongada del mundo. En los sesenta años desde que fue tomada por India, se han desplegado alrededor de 400 000 efectivos para conservar una población en el Valle de cinco millones —una proporción mucho mayor que en Palestina o el Tíbet—. Manifestaciones, huelgas, revueltas, guerrillas, alzamientos urbanos y rurales, todos han sido derrotados mediante la fuerza armada. En este «valle de escorpiones —declaró Jagmohan (procónsul de la hija de Nehru en Cachemira)—, la bala es la única solución». El recuento de víctimas, siendo conservadores, equivaldría al asesinato de cuatro millones de personas si se tratara de toda India —más del doble, de ser ciertas otras estimaciones—. Retenida por Nehru para probar que India era un estado secular, Cachemira ha demostrado precisamente lo contrario: un expansionismo confesional. Hoy, el aparato securitario que la gobierna bajo mando militar apenas contiene un solo musulmán, y los empleos en la administración son accesibles solo para los hindúes. En el que se suponía que iba a ser el escaparate del multiculturalismo tolerante de India, la limpieza étnica ha reducido a los musulmanes, en su momento una mayoría, a un tercio de la población de Jammu, y a los pandits hindúes a solo un puñado en el Valle.
Lo que se necesita, sobre todo, es un desapego respecto a los tótems de un pasado idealizado, y a sus reliquias en el presente. La dinastía que todavía gobierna el país, con un nombre tan falso como la copia burda de una marca famosa, es la negación directa de una república que se respetara a sí misma. El partido que preside ha perdido toda raison d’être más allá de aferrarse a su línea sanguínea —y ahora cifraría sus esperanzas, tras el traspiés del débil bisnieto de Nehru, en su severa hermana, si ella se diera prisa y se divorciara del (notoriamente) turbio magnate que es su marido—. El Congreso tuvo su momento histórico en la lucha nacional por la liberación. Gandhi, que hizo de él la fuerza de masas en que se convirtió, cuando llegó la independencia pidió su disolución. Tenía razón. Desde entonces el partido ha sido una creciente calamidad para el país. Su salida de escena sería el mejor regalo que la democracia india podría darse a sí misma. El BJP es ahora, desde luego, una fuerza más peligrosa. Pero es un partido real, con cuadros, programa, y una base social.
Los males políticos actuales que deploran todos los patriotas bienintencionados no son enfermedades repentinas o recientes de un sistema que antes estaba sano. Descienden de su composición original, a través de una familia gobernante y sus socios, y las reverencias y medias verdades que rodean a estos y a la organización que les cobija. A día de hoy, la estatua más grande del mundo está construyéndose en Guyarat. El gobierno que la ha encargado es del BJP. Pero el gigante al que honra es un líder del Congreso, que quiso que el RSS apoyara a su partido.
Sardar Vallabhbhai Patel tendrá ciento ochenta metros de altura, dos veces la altura de la Estatua de la Libertad. De manera apropiada, la suya será la Estatua de la Unidad. La preceden en muchos años otras monumentalizaciones de sus compañeros de partido —no menos colosales y que no están talladas en piedra sino en papel—. Es tiempo de deshacerse de esas efigies y, con ellas, de todo lo que representan.

La ideología india es en muchos aspectos similar al estallido de narcisismo que se produjo hace unos pocos años en la Unión Europea, cuando figuras como el difunto Tony Judt explicaban que la Europa contemporánea era un paradigma de virtudes sociales y políticas, un ejemplo para el resto del mundo. Desde entonces la crisis económica ha acabado con estas vanidades. Sus equivalentes en India no se desinflarán tan fácilmente, porque son expresiones tardías de un nacionalismo indio que ya no es anticolonial sino protoimperial, y el Estado-nación es una estructura más resistente que una confederación cuasisupranacional. En todo caso, la inflamada retórica del milagro indio puede igualmente desinflarse al pinchar con acontecimientos reales. Los obstáculos actuales a los que se enfrenta el consenso de la elite sobre las reformas neoliberales sin duda serán superados. Pero su llegada es poco probable que mitigue las tensiones sociales. Para que estas encuentren una salida clara, el camino más corto sería la retirada de escena del Congreso, condición para una refundación profunda de la República. Como toda incrustación dinástica de lo viejo, su tiempo de vida depende en buena medida de una lotería biológica más allá de lo predecible. Pero quien quiera ver una Unión más libre o más equitativa debe desear que el Congreso quede relegado al pasado.
La ideología india, tal y como la he descrito, no es en absoluto única en el mundo actual. Hasta hace poco, la Unión Europea se engalanó con discursos que por mucho la excedían en autocomplaciencia; discursos en los que los líderes intelectuales y académicos —los Jürgen Habermas, Tony Judt, Marcel Gauchet y demás— competían por pregonar las virtudes cívicas de la UE, genuino faro moral y político para el mundo. Afortunadamente, ahora esas proclamas se oyen mucho menos. Esperemos que la ideología india, incluso a medida que se hincha y se expande todavía más, intentando conservar a los devotos de la Hindutva, precisamente por esa razón acabe también desinflándose. La vida intelectual india nunca ha coincidido con esta ideología. Más allá de sus vanidades y autoengaños, siempre ha existido un mundo de ideas más rico y crítico, cuyas reflexiones —como las de Ambedkar en su día— demasiado a menudo se han visto marginadas. Ahí podemos encontrar y admirar lo que el país indio necesita y ya posee sub rosa: una juiciosa sobriedad respecto a la sociedad y las políticas de la República, así como respecto a las vías a través de las cuales esta llegó a existir.

Esta es una crítica devastadora de la «idea» de la India propagada por sus intelectuales y el Estado que domina las últimas generaciones. La «idea» incluye el «poder blando» que una cultura hindú «tolerante» equiparaba a los ejercicios de la cultura india con los extranjeros.
Las vacas sagradas de la industria del «poder blando», a saber. M.K. Gandhi y J. Nehru, son llevados a la tarea aquí. Gandhi se ve peor debido al pedestal en el que ha estado durante un siglo: se muestra que es obsesivamente religioso, casteista y varista. Los escritos y las comunicaciones personales de Nehru, a quien Perry Anderson considera el peor culpable, se analizan para revelar una religiosidad sublimada oculta bajo prosa florida, petulancia y posible inclinación hacia la opresión para mantener ideales ridículos.
Las críticas anteriores se pueden encontrar en varias formas en los trabajos que preceden a esto, pero parecen haber estado ocultas bajo las agendas del «otro» comunal y dentro de textos que probablemente se dirigieron a cuestiones importantes para las cuales eran meras tangentes. En ninguna parte he encontrado una crítica de las nociones románticas de la India tan aguda y centrada como esta.

Perry Anderson obviamente considera que el ascenso al poder del BJP en la década de 1990 es consistente con el aumento de los sentimientos nacionalistas. El nacimiento del nacionalismo hindú se remonta generalmente al Arya Samaj y luego a Lal Chand y la formación del hindú Sabha en Punjab. Las acusaciones de apaciguamiento musulmán por parte del Congreso de antaño (y el posterior a la independencia) por parte de los nacionalistas hindúes probablemente han demostrado ser infundadas por Perry Anderson en este trabajo a través de su enfoque en el pensamiento y las acciones encubiertas que dominan el hinduismo en el Congreso. . Perry Anderson considera que el Congreso siempre ha practicado el «Hindutva suave», mediante el cual, el gobierno (o el partido), al distanciarse de todas las religiones, indirectamente facilita la penetración de los sentimientos religiosos en la política.
La ideología india debería haberse ampliado para ser más detallada de lo que es en su forma actual; más carne habría humanizado a B.R. Ambedkar y S.C. Bose. El tamaño lo limita a colocar alambres de púas sobre las vallas de pensamiento indudablemente importantes pero históricamente relacionadas relacionadas con Gandhi y Nehru que se han vuelto demasiado cómodas.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/10/30/la-palabra-h-peripecias-de-la-hegemonia-perry-anderson-the-h-word-the-peripeteia-of-hegemony-by-perry-anderson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/04/el-mosaico-del-islam-una-conversacion-con-perry-anderson-suleiman-mourad-perry-anderson-the-mosaic-of-islam-a-conversation-with-perry-anderson-by-suleiman-mourad-perry-anders/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/16/la-ideologia-india-perry-anderson-the-indian-ideology-by-perry-anderson/

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It could be the best book from the author. The Indian Ideology is three essays (titled «Independence,» «Partition,» and «Republic») by UCLA historian Perry Anderson, originally published in 2012 in the London Review of Books, collected and published in book. It’s exactly the sort of thing one never expects to find published in India at all, which is part of what makes it so bracing. It could have been written only by an outsider; no Indian would write such a book.
My strong and longstanding interest in Pakistan prompted me to read the second of the three essays, «Partition,» when I first noticed it in the LRB. The Congress Party, writes Anderson,
had accepted Partition as the price of a strong centralized state in which it could be sure of a monopoly of power, but in the mind of its top leaders it was a temporary concession. The party’s resolution of June 5, 1947 that formally agreed to partition made its position very clear. «Geography and mountains and the sea fashioned India as she is, and no human agency can change that shape or come in the way of her final destiny» – least of all «the false doctrine of two nations.» Mountbatten had engineered point-blank Partition with the same end in mind, saying explicitly that this would «give Pakistan a greater chance to fail on its demerits,» and so was in the best interests of India, because a «truncated Pakistan, if conceded now, was bound to come back later. … The delusions of the Congress nationalism reshaped by Gandhi to Hindu specifications died hard.
I was so intrigued and read the whole book. It’s short but packs a wallop, explicitly and forthrightly challenging decades of cant shamelessly kowtowing to the presumptions of the Indian state that emerged from the struggle against British rule in 1947. Anderson’s incisive critique is especially timely given the current ascendancy of the assertive Hindutva ideology personified by new Prime Minister Narendra Modi, who was Chief Minister of the state of Gujarat at the time of an infamous anti-Muslim pogrom in 2002. But Anderson makes clear that he considers the ostensibly secular Congress little moreso than Modi’s BJP.
The fictional character of India’s secularism is historically significant given the appalling situation in Muslim-majority Kashmir, which I saw for myself in the mid-1990s and wrote about extensively in the early chapters of my book Alive and Well in Pakistan . Kashmir is widely considered the crux of the chronic tension between India and Pakistan, but to assert that is either myopic or a subtle evasion; the real crux, per Anderson’s words quoted above, is the mere existence of Pakistan. Nehru, Mountbatten et al. did all they could circa 1947 to cripple Pakistan at birth, and 67 years later Pakistan – for all its severe and glaring flaws – still exists. And many Indians will never forgive it for that.

That said, the unresolved status of Kashmir, and above all the appalling suffering of ordinary Kashmiri people, deserves to be remembered and emphasized. Anderson does so, with characteristic candor:
There should be little need for any reminder of the fate of Kashmir, under the longest military occupation in the world. At its height, in the sixty years since it was taken by India, some 400,000 troops have been deployed to hold down a Valley population of five million – a far higher ratio of repression than in Palestine or Tibet. Demonstrations, strikes, riots, guerrillas, risings urban and rural, have all been beaten down with armed force. … The death toll, at a low reckoning, would be equivalent to the killing of four million people, were it India – more than double that, if higher estimates were accurate. Held fast by Nehru to prove that India was a secular state, Kashmir has demonstrated the exact opposite: a confessional expansionism.

The certainly complex causes of the general marginalization of the left in Indian politics are one thing; its consequences for Indian culture are different. Among them, and too often, he has highlighted a passive accommodation to the myths of Indian ideology and the state crimes committed in his name. The hegemony of sweetened versions of the national past is perhaps the most striking aspect of an internalization of the dominant ideas of the time. If the left wants to achieve a stronger position on the intellectual scene, a break with these is necessary, following a critical and more self-assured spirit.

A surprising thought: that a culture or civilization should have this continuity for five or six thousand years, or more; and not in a static or immutable sense, because India has changed and progressed all the time «: the future ruler of the country marveled at this idea, a few years before coming to power. There was «something unique» in the antiquity of the subcontinent – Nehru’s reflection continued – and in the «enormous sense of transmitting unity», making its inhabitants «distinctively Indian, throughout all ages; with the same national heritage and the same set of moral and mental qualities ». There is no doubt: «a dream of unity has inhabited the mind of India, since the dawn of civilization
«Independent India became the first country in the non-Western world to choose a decidedly democratic Constitution», beginning an adventure that, for Sunil Khilnani, represents «the third stage in the great democratic experiment launched in the late eighteenth century by the American and French revolutions ». A third step that «could very well end up being the most important of all, partly because of its enormous human scale, and partly because of its situation, an important bridgehead of effervescent freedom on the Asian continent.»

The «idea of India» was essentially a European, and not a local, invention, as its name makes clear. No such word, or equivalent, existed in any indigenous language. Coined by the Greeks, taken from the Indus River, it was so exogenous to the subcontinent that even until the 16th century Europeans could define Indians simply as «all those natives of an unknown country», and in fact they called the inhabitants of the Americas.
When the British arrived, it was the uncontrollable heterogeneity of the area that allowed them to achieve such easy and rapid control, using each power or local population against the next, in a series of alliances and annexations that ended, more than a century after the Battle of Plassey, with the building of an empire that extended beyond the east and south, even farther to the northwest, than any predecessor.
No mosque or monument of Islam appeared as a national insignia. When he announced in 1919 that «India is ready for religious supremacy over the world,» the statement itself contradicted any kind of equality, for few could doubt what religious confession it had in mind. The Ramayana, after all, was «the greatest devotional work in all literature.»
How would a Hindu revival of this magnitude unite Muslims in a common national struggle? On the one hand, he couldn’t do it on a secular basis without denying everything he believed in. On the other hand, he was realistic enough to know that the precept that all religions converged on the same goal, however frequent and well-intentioned it might be, could hardly lead to an approach with the followers of Muhammad, the prophet who had ended, as it was well known, to all Juggernaut-type idolatry. His solution was to encourage Muslims to take action against the Raj under the banner of Islam itself, in a case whose outspoken confessional goal surpassed any of the generic Hindu themes with which he would give content to the national movement.
The first invoice came with the deactivation of the Non-Cooperation. Muslims, once driven to action and then abruptly abandoned by Gandhi, practically never trusted him again. Jinnah, a member of the Indian National Congress long before Gandhi, and architect in 1916 of the pact with the Muslim League in Lucknow (of which he was then president), had left the party in a mixture of dismay at the radicalization of his tactics. , and unease at its sacralization under the leadership of Gandhi. Intensely disliking what he considered confessional demagoguery in the Caliphate campaign, when it failed he sought a second agreement between the League and Congress with the aim of achieving a constitutional advance within the Raj’s electoral machinery, expanded since 1920 to give the vote to the 6 percent of adult males and more margin for the native elite at the central and provincial levels. In 1927, he proposed a pact that would reserve one-third of the seats in a central legislature for Muslims, in exchange for a single electorate rather than separate electorates.

By 1945 the Gandhi era had ended, and the Nehru era had already begun. It is customary to dwell on the contrasts between the two, but in general the weight of these in the result of the struggle for independence has not been clarified. The contrasts themselves are not usually well captured either. Nehru was, of course, handsome; and a younger generation. She came from a much higher social class, had an elite education in the West, lacked religious beliefs, and had many lovers. All of this is well known. More politically relevant was the peculiar nature of her relationship with Gandhi. Enrolled in the national movement by his wealthy father, a mainstay of Congress since the 1890s, he fell under Gandhi’s spell as he approached his thirties, at a time when he had few political ideas of his own. A decade later, when he had acquired ideas about independence and socialism that Gandhi did not share.
It would be a mistake to think that Nehru’s odes to the caste system were tactical or cynical. They belonged to the same exaggerated enthusiasm, to the same Schwärmerei, as her discovery of the multi-thousand-year-old «mark of unity» on Indian character, among other things. The story, Gandhi had written, was an interruption of nature. His evidence for it was out of the question. What Gandhi had claimed about himself, Nehru generalized. «What is the truth? I don’t know for sure, «Nehru wrote in the same play,» But the truth, at the very least, is for an individual what he knows and feels to be true. According to this definition, I do not know any person who clings as much to the truth as Gandhi. In the cause of the nation, «Gandhi was always there, as a symbol of uncompromising truth, to shame and drag us towards it.» With epistemological protocols like these, Nehru could perfectly affirm the freedom and equality of the caste system on one page, and express his desire to end it on the next.
If this was your vision of the national religion and its central institutions, where are the followers of a faith that was not national, neither in origin nor in extension? Nehru’s first real test as a political leader came with the elections of 1937. He was no longer deputy to Gandhi, who had withdrawn from the scene after 1934; He was president of Congress in the year the party triumphed in the polls and formed its first regional governments.
The fight to become independent from the British Raj, like any great anti-colonial movement, was nourished by deep and impressive human energies – great courage, a dedicated organization, selfless sacrifice, political and moral imagination. Contemplated historically, there was never any doubt that it would end Britain’s imperial rule, following what was ultimately the common destiny of all European colonies after World War II.
Ceylon won universal suffrage in 1931, and Burma its own prime minister in 1937. In the Dutch and French empires, Indonesia and Vietnam declared independence two years before India, overcoming the military assault by Gurja and Punjabi troops, destined there for Mountbatten in a gesture of imperial solidarity.

Castes are not classes. Built by religion and divided by work activity, they inhabit a symbolic universe governed by traditional rituals and taboos. The state and the market have lowered the borders between them, but when it arrived, political activism took a distorted symbolic turn, not at all inevitable. Job reserves are material benefits. Jobs, overwhelmingly at the bottom rungs of the bureaucracy, usually go to the upper layers of each caste, all of which are internally stratified. But since total public employment amounts to a mere 4 or 5 percent of the workforce, they are hardly more than a drop in the ocean of misery and unemployment; valuable and bitter as the struggle to achieve it was. Since job reserves at the regional level can become much higher than the 49.5 percent national ceiling set by the Supreme Court, statewide elections soon became «job auctions» in which Castes, often conglomerates of different Jatis, allied for the occasion, compete fiercely among themselves for the remnants of government offices, regardless of any logic of broader, not to say national, solidarity. «Castes have no permanent friends when it comes to politics»: in one part of the country electoral alliances of Brahmins and Kshatriyas can be sealed with Dalits against OBC, while in another region, armies of higher castes carry out a fierce rural war against the dalits.
It should not be necessary to remember the fate of Kashmir, which suffers from the longest military occupation in the world. In the sixty years since it was taken by India, about 400,000 troops have been deployed to conserve a Valley population of five million – a much higher proportion than in Palestine or Tibet. Demonstrations, strikes, revolts, guerrillas, urban and rural uprisings, all have been defeated through armed force. In this «valley of scorpions,» said Jagmohan (proconsul of Nehru’s daughter in Kashmir), «the bullet is the only solution.» The casualty count, being conservative, would amount to the murder of four million people if it were all of India – more than double, if other estimates are true. Retained by Nehru to prove that India was a secular state, Kashmir has demonstrated just the opposite: confessional expansionism. Today, the security apparatus that governs it under military command barely contains a single Muslim, and jobs in the administration are accessible only to Hindus. In what was supposed to be the showcase for India’s tolerant multiculturalism, ethnic cleansing has reduced Muslims, once a majority, to a third of Jammu’s population, and Hindu pandits to just a handful in Valley.
What is needed, above all, is a detachment from the totems of an idealized past, and their relics in the present. The dynasty that still rules the country, with a name as false as the coarse copy of a famous brand, is the direct denial of a self-respecting republic. The presiding party has lost all raison d’être beyond clinging to its bloodline – and would now pin its hopes, after the stumbling block of Nehru’s weak great-grandson, on her stern sister if she hurried and divorced ( notoriously) shady magnate who is her husband. Congress had its historic moment in the national struggle for liberation. Gandhi, who made him the mass force he became, when independence came, called for his dissolution. He was right. Since then the party has been a growing calamity for the country. His leaving the scene would be the best gift that Indian democracy could give itself. The BJP is now, of course, a more dangerous force. But it is a real party, with cadres, a program, and a social base.
The current political ills deplored by all well-meaning patriots are not sudden or recent illnesses of a previously healthy system. They descend from their original composition, through a ruling family and its partners, and the obeisances and half-truths that surround them and the organization that shelters them. Today, the largest statue in the world is being built in Gujarat. The government that has commissioned it is from the BJP. But the giant he honors is a leader of Congress, who wanted the RSS to support his party.
Sardar Vallabhbhai Patel will be 180 meters high, twice the height of the Statue of Liberty. Appropriately, his will be the Statue of Unity. It is preceded in many years by other monumentalizations of its party companions – no less colossal and not carved in stone but on paper. It is time to get rid of those effigies and, with them, everything they represent.

Indian ideology is in many ways similar to the outbreak of narcissism that occurred a few years ago in the European Union, when figures such as the late Tony Judt explained that contemporary Europe was a paradigm of social and political virtues, an example for the rest. of the world. Since then the economic crisis has ended these vanities. Their equivalents in India will not deflate so easily, because they are belated expressions of an Indian nationalism that is no longer anti-colonial but proto-imperial, and the nation-state is a more resilient structure than a quasi-supranational confederation. In any case, the inflamed rhetoric of the Indian miracle can also be deflated by puncturing with real events. The current obstacles facing the elite consensus on neoliberal reforms will undoubtedly be overcome. But his arrival is unlikely to ease social tensions. In order for them to find a clear way out, the shortest path would be the withdrawal from the scene of Congress, a condition for a deep re-foundation of the Republic. Like any dynastic inlay of the old, its lifetime depends largely on a biological lottery beyond predictability. But whoever wants to see a freer or more equitable Union must wish that Congress be relegated to the past.
Indian ideology, as I have described it, is by no means unique in today’s world. Until recently, the European Union adorned itself with speeches that far exceeded it in self-congratulation; speeches in which the intellectual and academic leaders – the Jürgen Habermas, Tony Judt, Marcel Gauchet and others – competed to proclaim the civic virtues of the EU, a genuine moral and political beacon for the world. Fortunately, those proclamations are now heard much less. Let’s hope that Indian ideology, even as it swells and expands further, trying to keep Hindutva devotees, for precisely that reason will also end up deflating. Indian intellectual life has never coincided with this ideology. Beyond its vanities and self-delusions, there has always been a richer and more critical world of ideas, whose reflections – like those of Ambedkar in his day – have too often been marginalized. There we can find and admire what the Indian country needs and already possesses sub rose: a judicious sobriety with respect to the society and policies of the Republic, as well as with respect to the ways through which it came into existence.

This is a devastating critique of the «idea» of India propagandized by its intellectuals and the State holding sway across the recent generations. The «idea» includes «soft-power» that a «tolerant» Hindu culture equated to Indian culture exercises on foreigners.
The sacred cows of the «soft-power» industry, viz. M.K. Gandhi and J. Nehru, are taken to task here. Gandhi comes off worse because of the pedestal he has been on for a century – he is shown to be obsessively religious, casteist and varna-ist. The writings and personal communications of Nehru, who Perry Anderson regards as the worse culprit, are parsed to reveal sublimated religiosity hidden under florid prose, petulance and possible inclination towards oppression to maintain ridiculous ideals.
The above criticisms may be found in various forms in works preceding this, but they seem to have been hidden under agendas of the communal «other» and within texts that were probably directed to major issues to which they were mere tangents. Nowhere have I found a critique of the romantic notions of India as sharp and focused as this.

Perry Anderson obviously considers the rise to power of the BJP in the 1990s to be consistent with increasing nationalistic sentiments. The birth of Hindu nationalism is generally traced to the Arya Samaj and then Lal Chand and the formation of the Hindu Sabha in Punjab. Accusations of Muslim appeasement on part of the Congress of yore (and the post-independence one) by the Hindu nationalists have probably been shown to be unfounded by Perry Anderson in this work through his focus on the covert Hindu-ness dominating Congress thought and actions. Perry Anderson regards the Congress to have always practiced «soft-Hindutva,» whereby, the government (or, the party), by equi-distancing itself from all religions, indirectly facilitates penetration of religious sentiments into politics.
The Indian Ideology should have been expanded to be more detailed than it is in its current form; more flesh would have humanized B.R. Ambedkar and S.C. Bose. The size limits it to putting barbed wires over the undoubtedly important but historically constructed fences of thought related to Gandhi and Nehru that have gotten too comfortable.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/10/30/la-palabra-h-peripecias-de-la-hegemonia-perry-anderson-the-h-word-the-peripeteia-of-hegemony-by-perry-anderson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/04/el-mosaico-del-islam-una-conversacion-con-perry-anderson-suleiman-mourad-perry-anderson-the-mosaic-of-islam-a-conversation-with-perry-anderson-by-suleiman-mourad-perry-anders/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/16/la-ideologia-india-perry-anderson-the-indian-ideology-by-perry-anderson/

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