Refugiados. Frente A La Catástrofe Humanitaria Una Solución Real — Sami Naïr / Refugees. Facing The Humanitarian Catastrophe A Real Solution by Sami Naïr

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Seamos claros, los datos son indiscutibles, y la vergüenza que me han hecho sentir, también. El autor demuestra que el desinterés y desprecio de Europa hacia la situación de los migrantes que llegan a nuestras fronteras, desemboca en un genocidio tolerado por nuestros gobernantes. Será difícil no pasar a la historia como una Europa cruel y con intereses exclusivamente económicos, lejos del principio del respeto a los derechos humanos del que tanto se presumía en diferentes acuerdos. Sami Naïr expone diferentes posibles soluciones a la catástrofe humanitaria que estamos viviendo, catástrofe que existe, por mucho que nos empeñemos «en mirar hacia otro lado».
El autor busca soluciones, al conflicto humanitario mas doloroso desde la crisis de refugiados de la segunda guerra mundial.Su rapida y rica lectura,es una contribucion no solo intelectual,con el minimo costo del texto se contribuye a esta causa.

Refugiados, inmigrantes, otra vez estas palabras provocan ecos conflictivos y contradictorios: prohibición, ilegalidad, invasión, solidaridad, piedad, compasión. ¿De qué estamos hablando? Desde principios de los noventa se empezaba a percibir un cambio progresivo en el perfil de los movimientos migratorios. Cambiaban de composición sociológica (aumentaban los migrantes de capas medias) y, sobre todo, la diferencia inmigrante económico-peticionario de asilo empezaba a borrarse. Las leyes europeas, en particular el sistema Schengen, tendieron a poner en marcha una gestión «exterior» de la inmigración, es decir, filtrar a los demandantes de trabajo desde fuera del territorio europeo llegando así a reducir rápidamente la aceptación de los verdaderos refugiados, quienes huían de la muerte por causa de sus opiniones o de guerras civiles.
El «muro» de Schengen, tal y como lo explico en este libro, ha podido contener la demanda migratoria fuera de la Europa del Mercado Único, pero creó, al mismo tiempo, una enorme demanda insatisfecha en las fronteras de la Unión, sin hablar de la proliferación de las mafias de trata de personas que actúan en este campo desde hace años.
¿Quién es Europa?
Desgraciadamente, para los ciudadanos es un mercado sin corazón, sin valores ni proyecto.
De ahí se ha generado el desamor con Europa, el escepticismo, el desengaño —que conduce al «Brexit»—. Lo que ocurrió en Gran Bretaña es fruto de la desconfianza, del temor, de la desaparición de valores compartidos. En el marco de ocho años —2008-2016— Europa ha sufrido tres crisis graves: fractura del euro, fractura de los refugiados, fractura de la salida de Gran Bretaña, segunda economía europea y fundadora del proyecto europeo. Es hora de construir la otra Europa, la del porvenir para su juventud, el modelo social civilizado, la voz universalista en el mundo, la solidaridad. Esta Europa que hubiera podido aliviar la vida de millones de víctimas inocentes de conflictos que les superan y que piden socorro… niños, mujeres, hombres.

Las migraciones se desarrollan por varias y complejas razones. Son sociales, políticas, económicas, culturales e, incluso, identitarias. Corresponden, fundamentalmente, a la voluntad de cambiar de vida —de cambiar la propia y asegurar una mejor para la familia próxima—. Son también incentivadas por las enormes desigualdades que se incrementaron durante estos últimos decenios y que siguen aumentando. Entre ellas, hay una que es imposible de controlar dada la organización de las relaciones sociales y políticas en los países pobres o en vía de desarrollo: la variable demográfica. Cuando cada año llegan a un mercado de trabajo deficiente y paralizado millones de personas, lo que la mayoría tiene que solucionar es la satisfacción de sus necesidades básicas: comer, habitar, educarse, garantizar una solidaridad mínima entre las generaciones.
La conjunción contradictoria entre el crecimiento demográfico y el estancamiento económico constituye la causa fundamental, hoy en día, de las migraciones provenientes del sur del Mediterráneo y Asia.
La mayoría llega a Europa por Italia o Grecia, pero no tiene intención de quedarse allí. Eligen países de destino en función de varios factores como «el conocimiento de la lengua, el vínculo histórico, la presencia de comunidades de la misma etnia ya instaladas en el territorio y la situación económica». Por supuesto, la política de asilo del país y el estatuto otorgado a los demandantes de asilo (que depende de la política nacional) también entran en juego en el momento de pensar un destino.
La Unión Europea carece de respuestas ante los desafíos que plantea este entorno geoeconómico y geopolítico. No tiene visión estratégica ni a largo ni a medio plazo. Deja al mercado gestionar «automáticamente» la demanda migratoria y no quiere asumir su responsabilidad política y moral para con los refugiados. Su impotencia y falta de visión en materia de previsión y gestión de las migraciones beneficia directamente a los movimientos xenófobos que se nutren, como vampiros, de esta situación.

Es verdad que la globalización está creando la posibilidad de sociedades cada vez más diversas pero, sin embargo, el desafío principal queda en la capacidad de «hacer nación», de generar pertenencias comunes. Si el mestizaje deviene ineluctablemente la ley, el objetivo sigue siendo el «Nosotros» común. Se debe tener claro este dato cuando se reflexiona sobre el futuro de las sociedades de acogida ya que es, justamente por no clarificarlo ni explicarlo a los recién llegados, que surgen los conflictos, las equivocaciones, los malentendidos identitarios. Por supuesto, el proceso no se puede cimentar de golpe, en un día; necesita tiempo (a veces dos generaciones), pero finalmente se consigue.

La UE no sólo está bordeada de campos de refugiados e inmigrantes, también está llena en su propio seno de campos de «retención» y de barrios donde vagan ilegales en busca de trabajo, familias que huyen del hambre, pobres del mundo, reductos sociales de la «mundialización feliz», prometida desde hace décadas y hoy materializada en territorios de miseria. Cuando se decidió la adopción del Acta Única, en 1986, los dirigentes europeos ya lo tenían muy claro: el mercado que iba a desarrollarse debía estar reservado a los asalariados europeos, a los comunitarios, de ahí que la primera gran «externalización» fuera semántica, oponiendo éstos a quienes, en adelante, fueron definidos como «no comunitarios». Es así que los inmigrantes de los países no incluidos en este concepto, presentes en el territorio «comunitario» desde hacía décadas y que habían contribuido a la reconstrucción económica de Europa desde la Segunda Guerra Mundial —a menudo en condiciones infra sociales—, fueron, de un golpe, expulsados semánticamente al espacio de los «no comunitarios». No legítimos, quizás. Magrebíes, latinoamericanos, asiáticos y subsaharianos que vivían desde hacía años en Europa, de pronto se vieron confinados en esta subcategoría inventada por el mercado europeo, con menos derechos sociales y desprecio de sobra. En realidad, cuando desapareció el muro de Berlín, en 1989, unos meses después, se construyó un nuevo muro, más alto y menos conocido, el muro de los Acuerdos de Schengen, finalmente adoptados en 1990 y después integrados en los tratados europeos.
El duro tratamiento a la inmigración ilegal se transformará, poco a poco, en el modelo de percepción de los peticionarios de asilo. La cuestión de los refugiados no es nueva.

La palabra ahora clave para identificar la externalización no es cooperación, es Frontex. Es decir, la fuerza marítima policíaca cuyo objetivo es detener a los inmigrantes ilegales en el mar. Esta institución se ha desarrollado considerablemente a lo largo de la última década aumentando, cada vez más, los costes de la externalización.
En septiembre de 2015, la Comisión Europea declaró abordar la dimensión exterior de la crisis de los refugiados para luchar contra la delincuencia organizada «responsable del tráfico de personas».
En realidad, frente a la gestión de la demanda externa hay, al fin y al cabo, tres posturas posibles.
En primer lugar, abrir totalmente las fronteras, haciendo de la libertad de circulación la regla. Esta concepción, lógica desde una perspectiva tanto de respeto de los Derechos Humanos como de un liberalismo puro y duro, es posible pero peligrosa. Sus consecuencias pueden ser desastrosas para los poderes políticos, que no podrán gestionar ni los problemas de seguridad ni las cuestiones identitarias que surgirán inevitablemente, dando alas a la xenofobia y a los movimientos de extrema derecha. No la creo posible ahora.
En segundo lugar, continuar cerrando las puertas a la demanda migratoria, tal como se realiza hoy en día. Tampoco parece una buena opción. Pues los resultados no son significativos ni eficaces; a decir verdad, no se controla nada aunque se limite la cantidad de entradas.
Y la tercer opción, una vía intermedia: aumentar el número de entradas legales, pactar con los países emisores, incentivar políticas de desarrollo local mediante la cooperación descentralizada, instaurar documentos de ida y vuelta para facilitar la libertad de circulación y de trabajo temporales; cooperar con la creación de mercados regionales en la vecindad europea, favorecer la creación de empresas locales generadoras de puestos de trabajo; poner en marcha un gran plan para el desarrollo de África y ayudar a los países del entorno mediterráneo a solucionar sus conflictos para que sean capaces de crear una cooperación Sur-Sur.
No se podrán alcanzar estos objetivos a corto plazo, pero vale la pena incluirlos en la agenda de las relaciones entre Europa y sus vecinos.

La crisis también ha acabado con otro mito, el de la solidaridad legendaria de los países del norte con los pobres y perseguidos de la tierra. Dinamarca dio el toque de alarma. Frente a la crisis económica y el auge de movimientos de extrema derecha, tras las elecciones al Parlamento Danés (18 de junio de 2015), el Partido Liberal, con el apoyo de los partidos de centro-derecha, formó un gobierno minoritario que tuvo como uno de sus objetivos principales reducir la inmigración.
En Europa, los que más acogen son, lo he dicho, Alemania, que ha prometido 35.000 plazas para refugiados sirios a través de su programa de admisión humanitaria y del patrocinio individual, aproximadamente el 75 por ciento del total de la UE; Suecia y Alemania han recibido entre las dos el 47 por ciento de las solicitudes de asilo sirias en la UE entre abril de 2011 y julio de 2015. La cifra impactante por antonomasia, comparado la relación PIB-acogida, es que, excluidas Alemania y Suecia, los 26 países restantes de la UE han prometido unas 30.903 plazas de reasentamiento, lo que equivale al 0,7 por ciento de los refugiados sirios de los principales países de acogida.

Las mafias están ligadas a los fallos del Convenio de Schengen y de Dublín como el bacilo de Koch a la tuberculosis. Se han pegado en los agujeros de la ley, aprovechan la falta de medios en la gestión de las fronteras exteriores de la UE, contribuyen a criminalizar las trayectorias migratorias, sacan despiadadamente un botín inesperado y mirífico de la miseria de los inmigrantes y refugiados —son, en una palabra, la lacra más peligrosa de esta huida del infierno.
Según Frontex, el tráfico de personas se ha convertido en el negocio más rentable para las mafias, con ganancias millonarias que superan con creces al dinero obtenido por la venta de armas y drogas.
La guerra contra las mafias se transforma en guerra de vigilancia contra los inmigrantes ilegales, los cuales no renunciarán a regresar a las fronteras.
No se trata de deslegitimar la vigilancia de las fronteras ni de abogar por su apertura total. Se han incrementado de tal manera las desigualdades entre el continente europeo y su entorno económico que, probablemente, la demanda migratoria insatisfecha es mucho más importante de lo que se podría prever. Pero, la política de contención policíaca que desemboca en la utilización del ejército (la OTAN) es fundamentalmente insatisfactoria aunque se nutra de la existencia de las mafias para legitimarse. La única vía eficaz es replantear la problemática migratoria desde la UE, flexibilizar y aumentar el nivel de entradas legales para la inmigración económica, invertir en el desarrollo económico y medioambiental de las regiones afectadas, actuar de modo solidario con los refugiados, respetando las convenciones internacionales de protección de asilo.
Este esfuerzo, desde una concepción europea común de gestión de las fronteras podría, a corto plazo, aliviar la presión migratoria y salvar a los refugiados.

La UE se enfrenta a dos tipos entremezclados de demanda migratoria; una estructural: la de los inmigrantes económicos; otra coyuntural: la de los solicitantes de asilo. Los primeros intentan escapar de la miseria de países pobres, no comunitarios; los segundos, huyen de situaciones de guerras civiles y de desastres medioambientales. Ahora bien, desde que se proyectó una estrategia de contención de los flujos migratorios en 1986, a raíz de la creación de un espacio económico común, materializado por el Acta Única (1986), el Tratado de Maastricht (firmado en 1992 y en vigor desde 1993), el Acuerdo de Schengen (firmado en 1985 y en vigor desde 1995) y la Convención de Dublín (firmada en 1990 y en vigor desde 1997), la UE siempre tuvo una visión de la demanda migratoria instrumental y cortoplacista. Esquemáticamente definido, el lema era: primero, favorecer la libre circulación de los comunitarios a partir de la adopción, en el Tratado de Maastricht, de la libertad de circulación y establecimiento; segundo, aceptar a los extra comunitarios sólo cuando se los necesite.
A fin de materializar esas ideas, se instauraron varias medidas: el cierre de la libertad de inmigración laboral para los no-comunitarios a cambio de un aumento de la reagrupación familiar para aquellos instalados legalmente en Europa; la reducción drástica de la concesión del estatuto de refugiado y, por tanto, del derecho de asilo; la gestión policíaca del control de fronteras y, por fin, la adopción, en 2003, del principio por el cual el solicitante de asilo no puede interponer su solicitud en el país final de destino sino que debe hacerlo en el de llegada a Europa. Esta última decisión, impuesta por los países del primer círculo europeo (principalmente Alemania y Francia) obligaba a los demás a volverse gendarmes de la estrategia migratoria europea. De ahí la creación de barreras en las fronteras externas europeas para contener a los inmigrantes, la construcción de campos de internamiento y la creación de Frontex.
Esta estrategia ha funcionado con relativo éxito hasta 2008. Pero la crisis económica, el aumento de las desigualdades entre Europa y África del norte y subsahariana, el empobrecimiento súbito de los países del Este, sometidos a políticas despiadadas de ajuste estructural; la extensión incontrolable del caos en Oriente Medio con la destrucción del Estado iraquí en 2003 y la descomposición de Siria desde 2011 han provocado, y lo siguen haciendo, la huida de millones de personas hacia Europa. Frente a esa enorme demanda de socorro, la muralla de los acuerdos de Schengen y Dublín se ha derribado. Y más grave aún, la UE ha sido incapaz de reaccionar colectivamente.

La propuesta se puede formalizar del siguiente modo:
1. A los refugiados sirios, iraquíes, afganos y de todas aquellas zonas en la que haya intervención militar exterior, hay que otorgarles, una vez aceptada la petición de asilo, un documento de viaje, dándoles derecho a circular en los países europeos hasta que encuentren un país que los acepte.
2. ACNUR puede definir un listado de países en el mundo y no sólo en Europa que se ofrezcan voluntariamente para acoger a peticionarios de asilo, ofreciéndoles a aquellos que quieran ir a estos países este Pasaporte de tránsito. Se debe prever por parte de la comunidad internacional un incremento de la financiación para ACNUR para llevar a cabo esta tarea.
3. También hay que ayudar a los países fronterizos que acogen refugiados para crear zonas viables.
4. Establecer corredores humanitarios protegidos por fuerzas europeas o por la ONU en las rutas de salida de los países en guerra.
5. Ayudar militarmente a los países de tránsito en su lucha contra las mafias.
El instrumento jurídico más importante y factible de aplicación, para este Pasaporte de tránsito, es la declaración de la ONU que se refiere a los principios Nansen.

Es muy difícil prever las consecuencias de esta ruptura del bloque europeo. No se sabe, a día de hoy, si es el comienzo del fin o si es el indicador de un nuevo camino para Europa. Lo cierto es que el Brexit relaciona directamente la política económica de la UE con la llegada tanto de los refugiados como de los inmigrantes asalariados de los países del Este. De hecho, el tercer pecado ha sido la apertura frívola a los países del Este. Por supuesto, había que integrarlos en el espacio económico y humano europeo; había que ayudarlos para que pudieran recuperar su retraso y adaptar su economía al mercado europeo, y había que favorecer la libre circulación de sus trabajadores. Pero hacía falta hacerlo en un marco estratégico político determinado, es decir, en el marco de la construcción no sólo de un gran mercado europeo sino de la Europa política confederal.
Era la única manera de asociar a estas naciones, aprovechando la situación excepcional de entonces para avanzar hacia una unión política más profunda entre los europeos. Pues estas naciones, que acababan de librarse del imperio soviético, no podían, legítimamente, renunciar a su independencia nacional recién adquirida.
La UE no supo integrar a estos países, les sometió a procesos de restructuración económicos internos drásticos, muy dolorosos socialmente, y creó desplazamientos casi forzados de sectores enteros de la población hacia los países más desarrollados.
De estos tres pecados originales parece difícil que la actual UE se pueda resarcir. Mejor aún: ahora cobra su último pecado con el distanciamiento, difícilmente superable, de los países del Este en cuanto a valores y acervos europeos. Y en una crisis de confianza sin precedentes en la idea misma de Europa.
La tragedia de los refugiados pone de relieve todas estas debilidades. Del modo en el cual se las gestionará dependerá el camino elegido por Europa: el de la barbarie o el de la civilización.

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Let’s be clear, the data is indisputable, and the shame they have made me feel, too. The author demonstrates that Europe’s disinterest and contempt for the situation of migrants who arrive at our borders, leads to a genocide tolerated by our leaders. It will be difficult not to go down in history as a cruel Europe with exclusively economic interests, far from the principle of respect for human rights that was so widely presumed in different agreements. Sami Naïr exposes different possible solutions to the humanitarian catastrophe that we are experiencing, a catastrophe that exists, no matter how hard we try to «look the other way».
The author seeks solutions to the most painful humanitarian conflict since the refugee crisis of the Second World War. His quick and rich reading is not only an intellectual contribution, with the minimum cost of the text it contributes to this cause.

Refugees, immigrants, again these words provoke conflicting and contradictory echoes: prohibition, illegality, invasion, solidarity, mercy, compassion. What are we talking about? From the beginning of the nineties, a progressive change in the profile of migratory movements was beginning to be perceived. Their sociological composition changed (the number of middle-class migrants increased) and, above all, the difference between the economic immigrant and the asylum seeker was beginning to blur. European laws, in particular the Schengen system, tended to implement an «external» management of immigration, that is, to filter job seekers from outside European territory, thus rapidly reducing the acceptance of real refugees, who fled death because of their opinions or civil wars.
The Schengen «wall», as I explain it in this book, has been able to contain the migratory demand outside of the Europe of the Single Market, but at the same time created a huge unmet demand at the borders of the Union, not to mention of the proliferation of human trafficking mafias that have been operating in this field for years.
Who is Europe?
Unfortunately, for citizens it is a market without a heart, without values or project.
Hence the lack of love with Europe, skepticism, disappointment – which leads to «Brexit» -. What happened in Great Britain is the result of mistrust, fear, and the disappearance of shared values. In the framework of eight years —2008-2016— Europe has suffered three serious crises: the fracture of the euro, the fracture of the refugees, the fracture of the exit from Great Britain, the second European economy and founder of the European project. It is time to build the other Europe, that of the future for its youth, the civilized social model, the universalist voice in the world, solidarity. This Europe that could have alleviated the lives of millions of innocent victims of conflicts that surpass them and that ask for help … children, women, men.

Migrations take place for several complex reasons. They are social, political, economic, cultural and even identity. They correspond, fundamentally, to the desire to change one’s life — to change one’s own and ensure a better one for the next family. They are also fueled by the enormous inequalities that have increased in recent decades and continue to grow. Among them, there is one that is impossible to control given the organization of social and political relations in poor or developing countries: the demographic variable. When millions of people come to a deficient and paralyzed labor market each year, what most have to solve is the satisfaction of their basic needs: to eat, live, educate themselves, guarantee a minimum solidarity between the generations.
The contradictory conjunction between demographic growth and economic stagnation constitutes the fundamental cause, today, of migrations from the southern Mediterranean and Asia.
Most come to Europe through Italy or Greece, but have no intention of staying there. They choose destination countries based on various factors such as «knowledge of the language, the historical link, the presence of communities of the same ethnicity already established in the territory and the economic situation.» Of course, the country’s asylum policy and the status granted to asylum seekers (which depends on national policy) also come into play when thinking about a destination.
The European Union lacks answers to the challenges posed by this geo-economic and geopolitical environment. It has no strategic vision for the long or medium term. It leaves the market to manage the migratory demand «automatically» and does not want to assume its political and moral responsibility towards the refugees. Their impotence and lack of vision in terms of forecasting and managing migration directly benefits the xenophobic movements that feed, like vampires, from this situation.

It is true that globalization is creating the possibility of increasingly diverse societies but, nevertheless, the main challenge remains in the ability to «make a nation», to generate common belongings. If miscegenation inevitably becomes the law, the goal remains the common «We». This information should be clear when reflecting on the future of host societies since it is precisely because it is not clarified or explained to newcomers that conflicts, mistakes, and identity misunderstandings arise. Of course, the process cannot be cemented all at once, in one day; It takes time (sometimes two generations), but it is finally achieved.

EU is not only lined with refugee and immigrant camps, it is also filled within itself with ‘retention’ camps and neighborhoods where illegal immigrants roam in search of work, families fleeing hunger, the world’s poor, social pockets of the «happy globalization», promised for decades and today materialized in territories of misery. When the adoption of the Single Act was decided in 1986, European leaders were already very clear about it: the market to be developed had to be reserved for European wage earners, for EU employees, hence the first major «outsourcing» was semantic , opposing these to those who, from now on, were defined as «non-community». Thus, immigrants from countries not included in this concept, present in the «community» territory for decades and who had contributed to the economic reconstruction of Europe since the Second World War – often in infra-social conditions – were, at a stroke, semantically expelled into the space of the «non-community.» Not legitimate, perhaps. Maghreb, Latin Americans, Asians and Sub-Saharan Africans who had lived in Europe for years, suddenly found themselves confined in this subcategory invented by the European market, with fewer social rights and much contempt. In fact, when the Berlin Wall disappeared in 1989, a few months later, a new wall was built, taller and less well known, the wall of the Schengen Agreements, finally adopted in 1990 and later integrated into the European treaties.
The harsh treatment of illegal immigration will become, little by little, the model of perception of asylum seekers. The refugee issue is not new.

The key word now to identify outsourcing is not cooperation, it is Frontex. That is, the maritime police force whose objective is to detain illegal immigrants at sea. This institution has developed considerably over the last decade, increasing, more and more, the costs of outsourcing.
In September 2015, the European Commission declared addressing the external dimension of the refugee crisis to fight organized crime «responsible for human trafficking».
In reality, in the face of external demand management, there are, after all, three possible positions.
First of all, to fully open the borders, making freedom of movement the rule. This conception, logical from a perspective both of respect for Human Rights and pure and simple liberalism, is possible but dangerous. Its consequences can be disastrous for the political powers, who will not be able to manage either the security problems or the identity issues that will inevitably arise, giving wings to xenophobia and extreme right-wing movements. I don’t think it’s possible now.
Second, continue closing the doors to immigration demand, as is done today. It doesn’t seem like a good option either. Well, the results are not significant or effective; In fact, nothing is controlled even if the number of entries is limited.
And the third option, a middle way: increase the number of legal entries, agree with the issuing countries, encourage local development policies through decentralized cooperation, establish round-trip documents to facilitate freedom of movement and temporary work; cooperate with the creation of regional markets in the European neighborhood, favor the creation of local companies that generate jobs; launch a great plan for the development of Africa and help the countries of the Mediterranean region to solve their conflicts so that they are able to create South-South cooperation.
These goals cannot be achieved in the short term, but they are worth putting them on the agenda for relations between Europe and its neighbors.

The crisis has also destroyed another myth, that of the legendary solidarity of the northern countries with the poor and persecuted of the earth. Denmark sounded the alarm. Faced with the economic crisis and the rise of far-right movements, after the Danish Parliament elections (June 18, 2015), the Liberal Party, with the support of center-right parties, formed a minority government that had as one of its main objectives is to reduce immigration.
In Europe, the most welcoming are, I have said, Germany, which has promised 35,000 places for Syrian refugees through its humanitarian admission program and individual sponsorship, about 75 per cent of the EU total; Sweden and Germany together received 47 per cent of Syrian asylum applications in the EU between April 2011 and July 2015. The shocking figure par excellence, compared to the GDP-reception ratio, is that, excluding Germany and Sweden , the remaining 26 EU countries have promised some 30,903 resettlement places, which is equivalent to 0.7 percent of Syrian refugees from major host countries.

The mafias are linked to the rulings of the Schengen and Dublin Convention like the Koch bacillus to tuberculosis. They have stuck themselves in the holes of the law, they take advantage of the lack of means in the management of the external borders of the EU, they contribute to criminalize migratory trajectories, they ruthlessly extract unexpected and myriad spoils from the misery of immigrants and refugees – they are , in a word, the most dangerous scourge of this flight from hell.
According to Frontex, human trafficking has become the most profitable business for the mafias, with millions in profits that far exceed the money obtained from the sale of weapons and drugs.
The war against the mafias is transformed into a war of vigilance against illegal immigrants, who will not give up on returning to the borders.
It is not a question of delegitimizing border surveillance or advocating its total opening. Inequalities between the European continent and its economic environment have increased in such a way that, probably, the unmet migratory demand is much more important than could be expected. But, the policy of police containment that leads to the use of the army (NATO) is fundamentally unsatisfactory even though it relies on the existence of the mafias to legitimize itself. The only effective way is to rethink the migration problem from the EU, make more flexible and increase the level of legal entries for economic immigration, invest in the economic and environmental development of the affected regions, act in solidarity with refugees, respecting international conventions asylum protection.
This effort, from a common European conception of border management could, in the short term, alleviate migratory pressure and save refugees.

EU faces two intermingled types of migratory demand; a structural one: that of economic immigrants; another conjunctural: that of asylum seekers. The former try to escape the misery of poor, non-EU countries; the latter flee from situations of civil war and environmental disasters. However, since a strategy to contain migratory flows was projected in 1986, as a result of the creation of a common economic space, materialized by the Single Act (1986), the Maastricht Treaty (signed in 1992 and in force since 1993), the Schengen Agreement (signed in 1985 and in force since 1995) and the Dublin Convention (signed in 1990 and in force since 1997), the EU always had an instrumental and short-term vision of migratory demand. Schematically defined, the motto was: first, to promote the free movement of community members from the adoption, in the Maastricht Treaty, of freedom of movement and establishment; second, to accept the extra community only when they are needed.
In order to materialize these ideas, several measures were established: the closure of the freedom of labor immigration for non-EU citizens in exchange for an increase in family reunification for those legally established in Europe; the drastic reduction of the granting of refugee status and, therefore, of the right to asylum; the police management of border control and, finally, the adoption, in 2003, of the principle by which the asylum seeker cannot file her application in the final country of destination but must do so in the country of arrival in Europe. This last decision, imposed by the countries of the first European circle (mainly Germany and France) forced the others to become gendarmes of the European migration strategy. Hence the creation of barriers at the external European borders to contain immigrants, the construction of internment camps and the creation of Frontex.
This strategy has worked with relative success until 2008. But the economic crisis, the increase in inequalities between Europe and North and Sub-Saharan Africa, the sudden impoverishment of the countries of the East, subjected to ruthless structural adjustment policies; the uncontrollable spread of chaos in the Middle East with the destruction of the Iraqi state in 2003 and the decomposition of Syria since 2011 have caused, and continue to do so, the flight of millions of people to Europe. Faced with this enormous demand for help, the wall of the Schengen and Dublin agreements has been torn down. Worse still, the EU has been unable to react collectively.

The proposal can be formalized as follows:
1. Syrian, Iraqi, Afghan refugees and those from all areas in which there is external military intervention, must be granted, once the asylum request is accepted, a travel document, giving them the right to circulate in European countries until find a country that accepts them.
2. UNHCR can define a list of countries in the world and not only in Europe that volunteer to host asylum seekers, offering those who want to go to these countries this transit passport. An increase in funding for UNHCR to carry out this task should be envisaged by the international community.
3. It is also necessary to help border countries hosting refugees to create viable zones.
4. Establish humanitarian corridors protected by European forces or by the UN on exit routes from countries at war.
5. Military aid to transit countries in their fight against mafias.
The most important and feasible legal instrument of application, for this Transit Passport, is the UN declaration that refers to the Nansen principles.

It’s very difficult to foresee the consequences of this rupture of the European bloc. It is not known, to this day, if it is the beginning of the end or if it is the indicator of a new path for Europe. The truth is that Brexit directly relates the economic policy of the EU with the arrival of both refugees and salaried immigrants from Eastern countries. In fact, the third sin has been the frivolous opening to the countries of the East. Of course, they had to be integrated into the European economic and human space; They had to be helped so that they could regain their backwardness and adapt their economy to the European market, and the free movement of their workers had to be promoted. But it was necessary to do so within a specific political strategic framework, that is, within the framework of the construction not only of a large European market but of a confederal political Europe.
It was the only way to associate these nations, taking advantage of the exceptional situation at that time to move towards a deeper political union among Europeans. For these nations, which had just freed themselves from the Soviet empire, could not legitimately renounce their newly acquired national independence.
The EU did not know how to integrate these countries, it subjected them to drastic internal economic restructuring processes, very socially painful, and created almost forced displacements of entire sectors of the population towards the more developed countries.
For these three original sins, it seems difficult for the current EU to make up for itself. Better still: now it takes its last sin with the distancing, difficult to overcome, of the Eastern countries in terms of European values and heritage. And in an unprecedented crisis of confidence in the very idea of Europe.
The refugee tragedy highlights all these weaknesses. The way in which they will be managed will depend on the path chosen by Europe: that of barbarism or that of civilization.

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