No Digas Nada: Una Historia Real De Crimen Y Memoria En Irlanda Del Norte — Patrick Radden Keefe / Say Nothing: A True Story of Murder and Memory in Northern Ireland by Patrick Radden Keefe

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Increíblemente inquietante y bueno.
Patrick Radden Keefe cuenta la historia del conflicto en Irlanda del Norte entre los nacionalistas irlandeses (católicos) y los unionistas (protestantes) durante el tiempo descrito como The Troubles.
Este libro está muy bien investigado, es desgarrador y se centra principalmente en el costo humano.
Creía estar relativamente bien informado sobre este tema antes de leer este libro. Yo no lo estaba. ¡No puedo recomendarlo suficientemente!.
Siempre me ha intrigado «The Troubles», pero nunca había leído un libro de no ficción sobre ello hasta ahora. Este es un buen lugar para comenzar. La historia de Keefe es desgarradora y está impecablemente investigada.
En 1972, Jean McConville fue secuestrada de su casa por una docena de mujeres y hombres disfrazados. Tenía alrededor de 8 de sus 10 hijos viviendo en casa que presenciaron su secuestro. Su hijo Archie, de 16 años en ese momento, trató de ir con ella, pero los pistoleros le dijeron que «f … fuera» de regreso a su apartamento. Él hizo. Las últimas palabras de su madre para él fueron: «Cuida de los niños».
Nunca la volvieron a ver. Los McConville acababan de perder a su padre, que murió justo antes de esto y Jean no estaba bien. Vivían en una pobreza abyecta. Sin embargo, estaba manteniendo unida a la familia. Ahora estarían separados. Después de un tiempo de estar solos, los niños fueron trasladados a varios hogares católicos para niños en los que sufrieron abusos físicos y sexuales bajo lo que han sido ridiculizados como «Las Hermanas de la Misericordia».
Un verdadero inocente, Jean ha sido vilipendiado entonces y todavía hoy como informante por el IRA. Aquí el autor desea limpiar su nombre para sus hijos y también obtener una medida de justicia que el IRA, el pueblo de Belfast y el gobierno británico le negaron todos estos años. A nadie le importaba su desaparición, excepto a sus hijos, cuyas vidas dependían de ella. Esta es una tragedia y una mirada profunda al terrorista y lo que está dispuesto a hacer por una idea. ¿Se sacrificará a los inocentes por un bien mayor? ¿Quiénes son ellos para decidir? ¿Y si fuera una informante? ¿Es la muerte una respuesta apropiada? Aquí se analiza particularmente el papel particular de las terroristas femeninas. ¿Cómo pueden convertirse en esposas y madres, lo que hicieron muchas, mientras abogaban por la muerte de una madre?.

En Irlanda del Norte vivían un millón de protestantes y medio millón de católicos, y es cierto que los católicos tenían que soportar discriminaciones de índole diversa: excluidos muchas veces de buenos empleos y viviendas decentes, se les negaba también el poder político que les habría facilitado una mejora en sus condiciones de vida. Irlanda del Norte tenía su propio sistema político autónomo, con sede en Stormont, a las afueras de Belfast. Durante medio siglo, ni un solo católico había ostentado un cargo directivo.
Excluidos de la industria de la construcción naval y otras atractivas profesiones, muchos católicos emigraron a Inglaterra, América o Australia en busca de un trabajo que no encontraban en Irlanda. La tasa de natalidad de los católicos de Irlanda del Norte era aproximadamente el doble de la de los protestantes. Sin embargo, en las tres décadas anteriores a la marcha sobre Derry, la población católica había permanecido prácticamente estable puesto que muchas personas no vieron otra alternativa que la de abandonar el país.
Considerando que en Irlanda del Norte existía un sistema de castas similar al de la discriminación racial en Estados Unidos, los jóvenes manifestantes habían elegido tomar como modelo de actuación el movimiento pro derechos civiles estadounidense.
Pero incluso a medida que se agudizaban las tensiones entre católicos y protestantes, Dolours había llegado a la conclusión de que la lucha armada que sus padres habían propugnado había quedado obsoleta como solución, mera reliquia de otros tiempos.
Era cierto que, hasta cierto punto, la historia del IRA era una historia de fracasos; tal como había dicho Patrick Pearse, cada generación organizaba una revuelta por tal o cual motivo, pero hacia finales de los sesenta, el IRA estaba pasando por un período de letargo. Hombres de edad avanzada seguían reuniéndose los fines de semana en campos de adiestramiento al sur de la frontera para hacer prácticas de tiro con antiguallas que habían quedado de anteriores campañas. Pero nadie los tomaba realmente en serio como fuerza de combate. La isla continuaba dividida. Para los católicos, las condiciones no habían mejorado. «Vosotros fracasasteis —le decía Dolours a su padre—. Pero hay otra vía.»

Hubo momentos de verdadera poesía anárquica: dos chavales montaron en una excavadora enorme que alguien había dejado en un solar en obras y enfilaron una calle de West Belfast, jaleados y vitoreados por sus compatriotas. En un momento dado, los chicos perdieron el control de la máquina y el vehículo se estampó contra un poste de telégrafos, e inmediatamente alguien lanzó una bomba incendiaria y la excavadora estalló en llamas.
Bandas de lealistas empezaron a recorrer sistemáticamente Bombay Street, Waterville Street, Kashmir Road y otros enclaves católicos rompiendo ventanas y lanzando bombas incendiarias al interior. Cientos de hogares quedaron destruidos, y sus ocupantes en la calle. Los disturbios iban en aumento, y familias normales de todo Belfast empezaron a tapiar puertas y ventanas como si se avecinara un terrible huracán. Retiraban los muebles de la sala que daba a la calle para que hubiera menos material inflamable, por si alguien lanzaba desde fuera un cóctel molotov, y hacían vida en la cocina, en la parte de atrás, los abuelos aferrados a sus rosarios esperando a que las cosas se calmaran.
Aquel verano casi dos mil familias de Belfast, en su gran mayoría católicas, abandonaron sus hogares. Belfast contaba entonces unos 350.000 habitantes. En los años inmediatamente posteriores, un diez por ciento de la población cambió de residencia. A veces, una chusma de hasta cien individuos rodeaba una casa y obligaba a sus ocupantes a evacuarla. Otras veces, en el buzón aparecía una nota comunicando a los dueños que tenían una hora escasa para evacuar. La gente subía al coche y ponía tierra de por medio; no era nada inusual ver a una familia de ocho apretujada en un utilitario. Fueron millares los católicos que llegaron a hacer cola en la estación de ferrocarril: refugiados esperando a que pasara un tren hacia el sur para trasladarse a la República.

Divis Flats pretendía dar una imagen del futuro. Construido entre 1966 y 1972 como parte de una iniciativa municipal para acabar con los «barrios bajos», parte de la cual consistió en echar abajo Pound Loney, un viejo barrio de superpobladas viviendas del siglo XIX , Divis Flats consistía en una serie de doce bloques de viviendas conectados entre sí, con un total de 850 pisos. Inspirado en Le Corbusier, el proyecto estaba concebido como una «ciudad en las alturas», con la idea de mitigar la escasez de vivienda.

Falls Road y Shankill Road discurrían casi en paralelo hacia el centro de Belfast, juntándose progresivamente pero sin llegar a converger. Falls Road era un bastión católico, mientras que Shankill lo era de protestantes, y las dos arterias estaban conectadas por una serie de angostas calles perpendiculares flanqueadas por hileras de casas adosadas idénticas. En algunos puntos de dichas calles perpendiculares, terminaba el territorio católico y empezaba el territorio protestante.
Las barricadas que se levantaron durante los disturbios de 1969 delimitaron las zonas trazando un mapa del conflicto. Con el tiempo, las barricadas serían sustituidas por lo que se conoció como «muros de la paz», altísimas barreras que separaban una comunidad de la otra. Los respectivos enclaves estaban controlados por paramilitares, mientras que centinelas adolescentes se encargaban de vigilar la línea fronteriza. El IRA estaba prácticamente fenecido, cuando empezaron los Troubles. La fallida campaña que el grupo había emprendido durante los años cincuenta y primeros sesenta no contó apenas con el apoyo de la comunidad. Hacia finales de los sesenta, varios miembros de la dirección del IRA en Dublín empezaban a cuestionarse la utilidad de la lucha armada en la política irlandesa y a decantarse por una filosofía más claramente marxista, que abogaba por la resistencia pacífica a través de la política. La organización mermó hasta tal punto que en el verano de 1969, cuando empezaron los disturbios, en Belfast apenas había un centenar de miembros del IRA.
La minoría católica de Irlanda del Norte siempre había buscado la protección del IRA en los períodos de lucha fratricida. Sin embargo, cuando estallaron los disturbios en 1969, la organización pudo hacer muy poco para impedir que los lealistas echaran a familias católicas de sus casas a base de prenderles fuego. A posteriori de aquellas purgas, hubo quien empezó a insinuar que el acrónimo IRA (Irish Republican Army) quería decir en realidad «I Ran Away» («Yo me largué»).
En Belfast había una facción partidaria de una actitud más agresiva y de reavivar la identidad del IRA como grupo revolucionario por la vía violenta.

Al amanecer de un día de agosto de 1971, tres mil soldados británicos avanzaron sobre zonas nacionalistas de toda Irlanda del Norte. Echaron puertas abajo, sacaron a hombres de la cama y se los llevaron a la fuerza. Según la Ley de Poderes Especiales, era legal tener a alguien detenido indefinidamente sin necesidad de juicio, y el internamiento era algo que se había venido utilizando en Irlanda del Norte. Pero no a tal escala. De los casi trescientos cincuenta sospechosos arrestados aquel día, ni uno solo era lealista pese a que en aquella época había muchos paramilitares de ese bando que llevaban a cabo actos terroristas. La disparidad en el trato no hizo más que reafirmar a muchos católicos en la idea de que el ejército era simplemente un instrumento más de la represión. Para organizar el peinado de las zonas nacionalistas, el ejército había echado mano de información proporcionada por la policía del Ulster, y, como reconocía después un militar británico, el cuerpo policial (mayoritariamente protestante) estaba compuesto por personas que no eran «lo que se dice muy imparciales, y a veces no lo eran en absoluto».
No es solo que las listas que proporcionaba la policía del Ulster se centraran en sospechosos católicos, es que estaban anticuadas, además, e incluían a muchas personas sin la menor implicación en la lucha armada. Debido a la tradición irlandesa de bautizar a los hijos varones con el nombre del padre en cuestión, muchos hombres ya mayores fueron arrestados tomándolos erróneamente por sus hijos, y lo mismo al revés.
En los archivos de la policía del Ulster no hay constancia de que se investigara la desaparición de Jean McConville. La secuestraron hacia el final del año más violento del conflicto y podría ser que este tipo de incidente, por horrible que fuera, no hubiera alcanzado el nivel suficiente para que la policía tomara alguna medida. Un inspector de la comisaría de Springfield Road sí se personó en el piso el 17 de enero, pero la policía no pudo aportar ninguna pista significativa y parece ser que no siguió adelante con las pesquisas. Dos diputados locales, al descubrir lo que había sucedido, condenaron el secuestro calificándolo de «acto de crueldad» e hicieron un llamamiento para localizar a Jean; nadie se decidió a aportar información.
Belfast daba a veces la sensación de ser más un pueblo que una ciudad. Antes incluso de los Troubles, el chismorreo impregnaba ya toda la cultura cívica del lugar.

El plan de llevar a Inglaterra la campaña de atentados con bomba había sido, en parte, idea de Dolours Price. El IRA había detonado centenares de bombas en centros comerciales de toda Irlanda del Norte. Si la meta era paralizar la economía, el plan había sido un éxito, pero los daños colaterales eran considerables. Para la población civil, tanto católica como protestante, la acumulación de atentados hacía la vida poco menos que imposible: algo tan simple como ir a comprar una docena de huevos podía ser cuestión de vida o muerte. El IRA tal vez no pretendiera matar a civiles, pero habían muerto muchos, tanto del lado católico como del protestante. El Viernes Sangriento fue una debacle especialmente grave, pero en absoluto única; muchos otros atentados con bomba habían provocado heridos y muertos, erosionando poco a poco el apoyo de nacionalistas irlandeses moderados a una campaña de violencia. Lo que es peor, el peaje de tantas bombas se circunscribía básicamente a Irlanda del Norte, de modo que el objetivo principal —los británicos— no estaba muy afectado. La opinión pública inglesa, al otro lado del mar de Irlanda, no parecía especialmente concienciada de la catástrofe en que estaba sumida Irlanda del Norte. Era todo un caso práctico de insensatez estratégica: los irlandeses ponían bombas a sus propios compatriotas en un desatinado intento de hacer daño a los ingleses, y los ingleses apenas si se enteraban.
Una escena así podía ser más o menos habitual en Irlanda del Norte, pero que ocurriera en Londres trastocó muchas mentes. A testigos presenciales con edad suficiente, aquello les recordó al Blitz. Entre las dos bombas que hicieron explosión, el número de heridos se elevó a doscientos cincuenta, y no paraban de acudir ambulancias para llevarse a las bajas.

Dolours y Marian, más los otros ocho miembros del IRA capturados, estaban acusadas de conspirar para provocar «una explosión capaz de poner en peligro vidas humanas». Lo normal habría sido que un proceso semejante se viera en el Old Bailey, pero el edificio estaba todavía en proceso de restauración tras el atentado, y al gobierno le interesaba acelerar todo el procedimiento. Además, juzgar allí a personas acusadas de intentar destruir precisamente aquel edificio, podía considerarse que iba en detrimento de los encausados. Así pues, el proceso, que dio comienzo en el otoño de 1973, tuvo lugar en el Gran Salón del castillo de Winchester, una imponente edificación de piedra, mármol y vidrieras que databa del siglo XIII . En aquella misma sala, sir Walter Raleigh había sido declarado culpable de traición en 1603 por conspirar para derrocar al rey Jaime I.
La idea de que dos jóvenes irlandeses pudieran morir por una huelga de hambre precisamente en la misma cárcel donde había fallecido MacSwiney tenía todos los ingredientes de la mejor propaganda. Las Price, que habían sido ya tema de una amplia cobertura durante el proceso, pasaron a convertirse en protagonistas de un melodrama por entregas: la prensa sensacionalista y la radio ofrecían el parte diario sobre el cada vez más deteriorado estado físico de las dos hermanas. Pero la información sobre «las chicas» se centraba mucho menos en la fortaleza con la que continuaban rechazando el alimento que en su juventud y su género, en su frágil feminidad. (Hugh Feeney y Gerry Kelly también seguían adelante con su huelga de hambre, pero se les hacía mucho menos caso, y en ningún momento se aludió a ellos como «los chicos».)
Aunque Gerry Adams ya no estaba preso en Long Kesh, mantenía el contacto con Hughes vía documentos escamoteados. Había logrado reorganizar a los provos desplazando el centro de gravedad lejos de Dublín con la creación de un Mando del Norte. Adams era cada vez más explícito a la hora de expresar su opinión de que la guerra larga no se ganaría a menos que la lucha tuviera una dimensión política. «No podemos construir una república sobre la base de nuestras victorias militares —declaró en un acto en 1980—. Debemos entender, como lo han hecho los imperialistas, que la victoria solo por medios militares es inviable.»
Aunque Adams abogara por un movimiento político paralelo a la lucha armada, no por ello estaba aconsejando el abandono de la violencia.
Dolours Price seguía muy de cerca las noticias sobre la huelga de hambre, pero desde que su hermana Marian había abandonado Armagh, Dolours estaba empezando a desmoronarse. «Sin Marian me sentía perdida», recordaba después. Estaba adelgazando a marchas forzadas y se la veía cada vez más inestable y reservada. Un día, en mayo de 1980, se tragó una docena de píldoras para dormir. Si fue un verdadero intento de suicidio o una llamada de auxilio, no está claro, pero tuvieron que hacerle un lavado de estómago en el hospital de la prisión.
«Me muevo como una muñeca de cuerda», le escribió a Fenner Brockway hablándole de aquellos días de entumecido vacío en los que solo encontraba refugio en dormir. Pronto iba a cumplir los treinta, y no dejaba de pensar que había «desperdiciado» casi diez años de su vida en la cárcel.
Price, ya en libertad, retomó el contacto con Stephen Rea, aquel actor de Belfast a quien había conocido siendo ella estudiante y al que había visto actuar en un teatro de Londres la víspera del atentado. Rea, cinco años mayor que Price, era de una belleza desaliñada y escuálida y poseía un carácter dulce. Un aura de laconismo parecía rodear su persona, pero tenía el mismo ingenio mordaz y travieso que Price.

Los brotes de violencia habían empezado dos décadas atrás, a finales de los años sesenta, y Reid era la viva imagen del horror de tanto derramamiento de sangre. «La gente ya ha tenido bastante —dijo en una entrevista horas después del incidente—. Lo que hay que hacer es escuchar al otro, y eso es algo que la gente no ha estado haciendo. —Y añadió—: El uso de la violencia es una señal de la desesperación de los pobres.» Pero lo cierto es que el padre Reid, incluso mientras desafiaba a la turba para atender a los dos británicos asesinados, estaba metido en otra historia, promoviendo un audaz plan clandestino para poner fin al conflicto.
Antes de salir de la iglesia aquella mañana, tras la misa de réquiem, el padre Reid se había hecho con un documento secreto. Llevaba años intentando convencer a paramilitares y ciudadanos corrientes a ambos lados de la divisoria religiosa de que renunciaran a la violencia, pero había acabado llegando a la conclusión de que la vía más segura para alcanzar el fin del conflicto sería persuadir al IRA de que abandonase la lucha. Reid se lo planteó a Gerry Adams, y vio que el líder era propenso a la idea.
En agosto de 1994, el IRA declaró un alto el fuego. Por lo visto, las negociaciones auspiciadas por el padre Alec Reid habían dado sus frutos. Dolours Price y otros republicanos fueron convocados en un club social de West Belfast para conocer la decisión. Sentados detrás de una mesa, tres representantes hicieron un resumen del plan. La tregua era un paso positivo; no una victoria, desde luego, pero tampoco una derrota. A algunas personas les costó entender por qué el IRA deponía las armas sin la promesa de los británicos de que se retirarían de Irlanda. Se habló de la ingente cantidad de víctimas mortales. En un momento dado, Price levantó el brazo y preguntó: «¿Se nos está diciendo que, visto lo visto, nunca deberíamos haber emprendido la lucha armada?».
Siempre había habido un cierto absolutismo en lo referente al extremismo del republicanismo irlandés.

Desde hacía años corrían rumores de que había un informador dentro del escalafón superior del movimiento republicano. En algún momento se filtró un nombre en clave, unas veces era «Steak Knife», otras «Stake Knife», pero al fin y al cabo la imagen era siempre la misma, la de un estilete, un cuchillo en el corazón del IRA. Una crónica publicada en 1999 hablaba de que el informador era la «joya de la corona» de la inteligencia británica en el Ulster.
Dolours Price conocía esos rumores. «¿Y ese Stakeknife del que tanto se habla últimamente? Ya sabes, el informador de informadores —le dijo a una persona que fue a verla a su domicilio dublinés en marzo de 2003—. Se supone que ocupa un puesto muy alto en la jerarquía republicana. Yo desde luego no me imagino quién puede ser.» En momentos de cólera, reconoció Price, a veces bromeaba con que pudiera tratarse del mismísimo Gerry Adams. «Pero no creo que él sea Stake Knife», añadió.
La idea misma de Stakeknife era tan inquietante para los republicanos que resultaba tentador preguntarse si el rumor no sería un invento de los británicos para desmoralizarlos.
¿Cómo es posible que informadores de semejante nivel pasaran inadvertidos durante tanto tiempo? En el caso de Scappaticci, había una explicación obvia: era un asesino. En el IRA nadie se hacía ilusiones respecto al juego limpio del Estado para lograr sus objetivos en una guerra tan sucia como no declarada.
Pero, aun así, el patente salvajismo de un hombre como Scap podría, al menos en teoría, descalificarle como agente de la Corona. «La única idea preconcebida que tenía el IRA era que si estás sucio, es decir, si has matado a alguien, no puedes ser agente —subrayó en una ocasión Ian Hurst, responsable de la inteligencia militar—. Para Scappaticci —añadió—, la mejor protección puede haber sido simplemente seguir matando.»
Pero si un agente resulta que es un asesino y sus controladores saben que mata a gente, ¿no convierte eso en cómplices a los controladores (y, por lo tanto, al propio Estado)?.
Normalmente, cuando se descubrían los restos de personas desaparecidas, lo prioritario era recuperar el cuerpo y darle cristiana sepultura. Pero en el caso McConville, el juez de instrucción decretó que el cadáver de Jean no entraba en la cláusula de amnistía limitada que regía para los desaparecidos, porque no la habían encontrado gracias a la colaboración del IRA, sino a unas personas ajenas al conflicto que pasaban casualmente por la playa. De ello, según el juez se derivaba algo muy grave: «El caso judicial permanece abierto».

¿A quién había que hacer responsable de una historia colectiva de violencia? Era una pregunta que mantenía en vilo al conjunto de Irlanda del Norte. «Mi cliente tiene derecho a ser tratado equitativamente ante la ley», dijo Corrigan aludiendo a Ivor Bell. ¿Los soldados británicos que abatieron a civiles desarmados durante el Domingo Sangriento serían juzgados por el mismo rasero?, preguntó. «¿Por qué no se trata a todo el mundo por igual cuando los hechos ocurrieron durante los Troubles?» Dado que no existía un mecanismo establecido para abordar el pasado, el enfoque oficial respecto a atrocidades cometidas décadas atrás era completamente ad hoc, lo cual no dejaba satisfecho a nadie. El comisionado de la policía llevó a cabo encuestas e investigaciones; hubo pesquisas especiales por parte del gobierno. Para la justicia penal, el pasado eran palabras mayores. A diario, la prensa de Belfast informaba de algún caso no resuelto que volvía a los tribunales. La policía había creado una unidad de «patrimonio» dedicada exclusivamente a investigar delitos relacionados con los Troubles, y la lista de casos ascendía casi al millar.
Incluso dando por sentadas la buena fe y las buenas intenciones de la policía —cosa harto difícil—, emprender semejante proyecto sin ser acusado de parcialidad era imposible. Las autoridades tenían recursos bastante limitados. Los recortes presupuestarios eran frecuentes. Y, por si fuera poco, la policía tenía que seguir ejerciendo sus labores en la Irlanda del Norte del momento.
Cuando la policía y los fiscales actuaban legalmente contra exsoldados británicos, eran acusados de practicar una «caza de brujas» contra jóvenes que solo intentaban cumplir su cometido en un entorno conflictivo. A las acusaciones de parcialidad, el fiscal principal, Barra McGrory, respondió diciendo que no había habido ninguna «desproporción de enfoque» y que las investigaciones sobre actos terroristas eran mucho más numerosas que los casos contra el Estado. Pero ¿no era eso mismo una señal de parcialidad? ¿Se podía equiparar el número de investigaciones sobre asesinatos republicanos al de investigaciones sobre asesinatos lealistas? ¿No deberían ir a la par? En Irlanda del Norte mucha gente hablaba del peligro de una «jerarquía de víctimas». La indignación está condicionada no por la naturaleza de la atrocidad cometida sino por la afiliación de la víctima y del criminal. ¿Había que otorgar una mayor indulgencia al Estado porque, hablando en términos legales, tiene el monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza? O, por el contrario, ¿había que considerar la actuación de soldados y policía a la luz de criterios más elevados que la de los paramilitares?
En palabras de una autoridad académica, la «víctima ideal» de los Troubles era no tanto el combatiente, sino el civil pasivo. Para muchos, Jean McConville fue la víctima perfecta: viuda y madre de diez hijos. Para otros, en cambio, no era en absoluto una víctima, sino una combatiente por poderes que flirteó con su propio destino.
Después de que la fiscalía dijera que no iba a presentar cargos contra Gerry Adams, Helen consultó a un bufete de abogados que había ganado un acuerdo trascendental de casi dos millones de libras en un caso contra cuatro miembros del IRA Verdadero por un atentado con coche bomba perpetrado en Omagh en 1988. El bufete anunció que Helen les había pedido que exploraran la posibilidad de entablar una acción civil contra Adams. «La familia McConville va a llegar hasta el final—declaró Michael—. Llevamos peleando cuarenta y tantos años para que se haga justicia y no nos parará nadie.

A finales de 2017 Gerry Adams anunció que abandonaba su puesto de presidente del Sinn Féin y que dejaba la autoridad del partido en manos de Mary Lou McDonald, durante muchos años la segunda de a bordo. A sus cuarenta y ocho, McDonald había llegado a su mayoría de edad, profesionalmente, en el período posterior al acuerdo de Viernes Santo, y por tanto no tenía un pasado paramilitar. Hubo observadores que se preguntaron si Adams seguiría manejando las cuerdas entre bambalinas, pero él prometió que no tenía el menor interés en hacer de «titiritero» y que su intención era, realmente, jubilarse.
Adams pronto cumpliría setenta. Conservaba buena parte de su vigor, pero sus movimientos se habían ralentizado un poco; su voz, que siempre había sido uno de sus principales activos, ya no era tan formidable. La famosa barba se había teñido de un blanco níveo. La primavera anterior Martin McGuinness, el eterno camarada de Adams en la guerra como en la paz, había fallecido de una extraña enfermedad genética.
Por supuesto, tanto para sus partidarios como para sus detractores, el propio Adams conservaba un aura de peligro. Según las encuestas, incluso votantes del Sinn Féin no acababan de creerse que el jefe no hubiera pertenecido nunca al IRA, y en Irlanda del Norte mucha gente dice que Adams todavía «huele a explosivos». Pero si algo es Gerry Adams es una persona enigmática; mientras preparaba su retirada de la escena política, había conseguido una vez más modular su imagen pública.
Aun después del acuerdo de Viernes Santo, Adams siempre insistió en que él jamás había renunciado a la fundamental aspiración republicana de una Irlanda unida; el problema era que los medios para alcanzarla habían cambiado. A largo plazo, es posible que la guerra la gane la demografía. Según ciertas estimaciones, en 2021 los católicos superarán en número a los protestantes en Irlanda del Norte; esto no significa necesariamente que si hay un referéndum gane la opción de echar a los británicos de Irlanda. Tras la crisis económica de 2008 y la subsiguiente recesión en Dublín, algunas encuestas revelaron que una amplia mayoría de católicos del Norte prefería seguir perteneciendo al Reino Unido. «Engendrar más hijos que los unionistas puede ser un bonito pasatiempo para los que tengan energía para ello —comentó una vez Adams—, pero en absoluto es una estrategia política.»
En el verano de 2016 el pueblo británico votó, por un estrecho margen, a favor de abandonar la Unión Europea. Solo tras un referéndum pudo la opinión pública británica imaginar realmente lo que supone dar ese paso. Desde el acuerdo de Viernes Santo, a veces parecía que la frontera entre Irlanda del Norte y la República prácticamente desaparecía. Sería irónico, y me quedo corto, que una consecuencia involuntaria, a largo plazo, del referéndum sobre el Brexit fuese una Irlanda unida, un resultado que tres décadas de derramamiento de sangre y unas tres mil quinientas víctimas mortales no lograron conseguir. Claro que, en cierto modo, esta es la pregunta que pende sobre el legado de Gerry Adams. De joven, él justificó el uso de la violencia política pero con una importante salvedad: «…solo si se consigue una situación en la que mi pueblo pueda prosperar de verdad podría considerar, a título personal, que esa opción estuvo justificada».
Es probable que Adams no viva para ver una Irlanda unida, pero todo apunta a que ese día inevitablemente llegará. La verdadera pregunta aquí es si habría ocurrido o no, tarde o temprano, sin las intervenciones violentas del IRA. Enigmas como estos mantuvieron en vilo a Dolours Price y a Brendan Hughes; Adams, por el contrario, no parecía atormentado por razonamientos de este tipo. En 2010, cuando un entrevistador le preguntó si tenía las manos manchadas de sangre, Adams respondió: «No. Estoy total y absolutamente en paz conmigo mismo».

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Breathtakingly haunting and good.
Patrick Radden Keefe tells the story of the conflict in Northern Ireland between the Irish nationalists, (Catholics) and the unionists, (Protestants) during the time described as The Troubles.
This book is very well researched, it is harrowing and it focuses largely on the human cost.
I believed myself to be relatively well-informed on this topic before I read this book. I wasn’t. I cannot recommend enough!.
I’ve always been intrigued by «The Troubles», but have never read a non-fiction book about it until now. This is a fine place to start. Keefe’s story is heartbreaking and impeccably researched.
In 1972, Jean McConville was kidnapped from her home by a dozen women and men in disguise. She had about 8 of her 10 children living at home who witnessed her abduction. Her son Archie, 16 at the time, tried to go to with her, but the gun men told him to «f. . .off» back to their apartment. He did. His mother’s last words to him were, «Look after the children. »
They never saw her again. The McConvilles had just lost their father, who died right before this and Jean was not doing well. They lived in abject poverty. She was keeping the family together, though. Now they would be split apart. After a while of being on their own The children were farmed out to various Catholic children’s homes in which they endured physical and sexual abuse under what have been derided as «The Sisters of No Mercy».
A true innocent, Jean has been vilified then and still today as an informant by the IRA. Here the author wishes to clear her name for her children and also get a measure of justice denied her all these years by the IRA and the people of Belfast, and the British government. No one cared about her disappearance, except for her children whose lives depended on her. This is a tragedy and an in depth look into the terrorist and what he or she is willing to do for an idea. Are innocents to be slaughtered for the greater good? Who are they to decide? And what if she were an informant? Is death an appropriate response?The particular role of female terrorists is particularly looked at here. How can they go on to become wives and mothers, which many did, while advocating the death of a mother?

In Northern Ireland there were a million Protestants and half a million Catholics, and it is true that Catholics had to endure discrimination of various kinds: often excluded from good jobs and decent housing, they were also denied the political power that would have provided them an improvement in their living conditions. Northern Ireland had its own autonomous political system, based in Stormont, outside of Belfast. For half a century, not a single Catholic had held a leadership position.
Excluded from the shipbuilding industry and other attractive professions, many Catholics immigrated to England, America or Australia in search of a job they could not find in Ireland. The birth rate of Catholics in Northern Ireland was roughly double that of Protestants. However, in the three decades prior to the march on Derry, the Catholic population had remained virtually stable as many people saw no alternative but to leave the country.
Considering that in Northern Ireland there was a caste system similar to that of racial discrimination in the United States, the young protesters had chosen to take the American civil rights movement as their role model.
But even as tensions between Catholics and Protestants escalated, Dolours had come to the conclusion that the armed struggle that his parents had advocated had become obsolete as a solution, a mere relic of bygone times.
It was true that, to some extent, the history of the IRA was one of failure; As Patrick Pearse had said, each generation organized a revolt for some reason or another, but by the late 1960s, the IRA was going through a period of lethargy. Elderly men continued to gather on weekends at training ranges south of the border to practice target practice with old-fashioned equipment left over from previous campaigns. But no one really took them seriously as a fighting force. The island was still divided. For Catholics, conditions had not improved. «You failed,» Dolours told his father. But there is another way.

There were moments of true anarchic poetry: two kids got into a huge bulldozer that someone had left in a construction site and headed down a West Belfast street, cheered and cheered by their compatriots. At one point, the boys lost control of the machine and the vehicle crashed into a telegraph pole, and immediately someone threw a fire bomb and the excavator burst into flames.
Loyalist gangs began to systematically tour Bombay Street, Waterville Street, Kashmir Road and other Catholic enclaves, breaking windows and throwing fire bombs inside. Hundreds of homes were destroyed, and their occupants on the streets. The riots were on the rise, and ordinary families from all over Belfast began to wall up doors and windows as if a terrible hurricane was coming. They removed the furniture from the living room that faced the street so that there would be less flammable material, in case someone threw a Molotov cocktail from outside, and they made life in the kitchen, in the back, the grandparents clinging to their rosaries waiting for them things will calm down.
That summer nearly two thousand Belfast families, the vast majority Catholic, left their homes. Belfast then had about 350,000 inhabitants. In the years immediately following, ten percent of the population changed residence. Sometimes a mob of up to 100 individuals would surround a house and force its occupants to evacuate. Other times, a note appeared in the mailbox informing the owners that they had a short time to evacuate. People got in the car and put dirt in the middle; it was nothing unusual to see a family of eight crammed into a utility vehicle. Thousands of Catholics queued at the railway station: refugees waiting for a train to pass south to move to the Republic.

Divis Flats was intended to give an image of the future. Built between 1966 and 1972 as part of a municipal initiative to end the ‘slums’, part of which was to tear down Pound Loney, an old neighborhood of overcrowded 19th century housing, Divis Flats consisted of a series of twelve blocks of houses connected to each other, with a total of 850 floors. Inspired by Le Corbusier, the project was conceived as a «city in the heights», with the idea of mitigating the housing shortage.

The Falls Road and Shankill Road ran almost parallel to the center of Belfast, progressively merging but never converging. Falls Road was a Catholic stronghold, while Shankill was a Protestant one, and the two arteries were connected by a series of narrow perpendicular streets flanked by rows of identical row houses. In some points of these perpendicular streets, the Catholic territory ended and the Protestant territory began.
The barricades that were erected during the 1969 riots delineated the areas by mapping the conflict. Over time, the barricades would be replaced by what became known as «peace walls», towering barriers that separated one community from the other. The respective enclaves were controlled by paramilitaries, while adolescent sentries were in charge of guarding the border line. The IRA was practically dead when the Troubles started. The unsuccessful campaign that the group had launched during the 1950s and early 1960s had little community support. Towards the end of the 1960s, various members of the IRA leadership in Dublin were beginning to question the usefulness of armed struggle in Irish politics and to opt for a more clearly Marxist philosophy, which advocated peaceful resistance through politics. The organization declined to such an extent that in the summer of 1969, when the riots began, there were barely a hundred IRA members in Belfast.
The Catholic minority in Northern Ireland had always sought the protection of the IRA in periods of fratricidal struggle. Yet when riots broke out in 1969, the organization was able to do little to stop Loyalists from burning Catholic families out of their homes. After those purges, some people began to suggest that the acronym IRA (Irish Republican Army) actually meant «I Ran Away» («I took off»).
In Belfast there was a faction in favor of a more aggressive attitude and of reviving the identity of the IRA as a revolutionary group by violent means.

At dawn on an August day in 1971, 3,000 British soldiers advanced on nationalist areas across Northern Ireland. They broke down doors, dragged men out of bed and forcibly carried them away. Under the Special Powers Act, it was legal to have someone detained indefinitely without trial, and internment was something that had been used in Northern Ireland. But not on such a scale. Of the nearly three hundred and fifty suspects arrested that day, not a single one was a loyalist despite the fact that at that time there were many paramilitaries on that side who carried out terrorist acts. The disparity in treatment only reaffirmed to many Catholics that the army was simply one more instrument of repression. To organize the combing of the nationalist areas, the army had drawn on information provided by the Ulster police, and, as a British military man later recognized, the (mostly Protestant) police force was made up of people who were not ‘what is known he says very impartial, and sometimes they were not at all. ‘
It is not only that the lists provided by the Ulster police focused on Catholic suspects, it is also that they were outdated, and included many people without the slightest involvement in the armed struggle. Due to the Irish tradition of baptizing male children with the name of the father in question, many older men were arrested mistakenly taking them for their children, and the same in reverse.
There is no record in the Ulster police files that Jean McConville’s disappearance was investigated. She was abducted towards the end of the most violent year of the conflict and it could be that this type of incident, horrible as it was, had not reached a sufficient level for the police to take any action. An inspector from the Springfield Road Police Station did appear at the apartment on January 17, but police were unable to provide any significant leads and it appears that they did not proceed with the investigation. Two local deputies, upon discovering what had happened, condemned the kidnapping as an «act of cruelty» and made an appeal to locate Jean; no one decided to provide information.
Belfast sometimes gave the feeling of being more of a town than a city. Even before the Troubles, gossip permeated the entire civic culture of the place.

The plan to bring the bombing campaign to England had been, in part, the idea of Dolours Price. The IRA had detonated hundreds of bombs in shopping malls throughout Northern Ireland. If the goal was to paralyze the economy, the plan had been a success, but the collateral damage was considerable. For the civilian population, both Catholic and Protestant, the accumulation of attacks made life nothing short of impossible: something as simple as going to buy a dozen eggs could be a matter of life and death. The IRA may not have intended to kill civilians, but many had died, both on the Catholic and Protestant sides. Bloody Friday was an especially serious debacle, but by no means unique; many other bombings had resulted in injuries and deaths, gradually eroding the support of moderate Irish nationalists for a campaign of violence. Worse, the toll for so many bombs was largely confined to Northern Ireland, so the main target – the British – was not much affected. English public opinion on the other side of the Irish Sea did not seem particularly aware of the catastrophe in which Northern Ireland was plunged. It was quite a case study of strategic folly: the Irish were bombing their own countrymen in a foolish attempt to harm the English, and the English hardly knew.
Such a scene might be more or less common in Northern Ireland, but its occurrence in London turned many minds upside down. To old enough eyewitnesses, it reminded them of the Blitz. Between the two bombs that exploded, the number of wounded rose to 250, and ambulances kept pouring in to carry off the casualties.

Dolours and Marian, plus the other eight captured IRA members, were charged with conspiring to cause «an explosion capable of endangering human lives.» Normally, such a process would have been seen at the Old Bailey, but the building was still in the process of being restored after the attack, and the government was interested in speeding up the entire procedure. Furthermore, trying there persons accused of attempting to destroy precisely that building could be considered to be to the detriment of the accused. Thus, the process, which began in the fall of 1973, took place in the Great Hall of Winchester Castle, an imposing stone, marble and stained glass building dating from the 13th century. In that same room, Sir Walter Raleigh had been found guilty of treason in 1603 for conspiring to overthrow King James I.
The idea that two young Irishmen could die from a hunger strike in precisely the same prison where MacSwiney had died had all the makings of the best propaganda. The Prices, who had already been the subject of extensive coverage during the process, became the protagonists of a serial melodrama: the tabloid press and the radio offered the daily report on the increasingly deteriorated physical condition of the two sisters. But the information about «the girls» focused much less on the strength with which they continued to reject food than on their youth and gender, on their fragile femininity. (Hugh Feeney and Gerry Kelly were also going on their hunger strike, but they were ignored much less, and were at no point referred to as «the boys.»)
Although Gerry Adams was no longer incarcerated at Long Kesh, he was in contact with Hughes via hidden documents. He had managed to reorganize the Provos by shifting the center of gravity away from Dublin with the creation of a Northern Command. Adams was increasingly explicit in expressing his view that the long war would not be won unless the fight had a political dimension. «We cannot build a republic on the basis of our military victories,» he declared at an event in 1980. We must understand, as the imperialists have, that victory only by military means is unfeasible. »
Although Adams advocated a political movement parallel to the armed struggle, he was not therefore advising the abandonment of violence.
Dolours Price was closely following the news about the hunger strike, but since his sister Marian had left Armagh, Dolours was beginning to unravel. «Without Marian I felt lost,» she later recalled. She was losing weight steadily and was becoming increasingly unstable and reserved. One day in May 1980, she swallowed a dozen sleeping pills. Whether it was a real suicide attempt or a call for help is unclear, but he had to have his stomach pumped at the prison hospital.
«I move like a rope doll,» she wrote to Fenner Brockway, telling him of those days of numb emptiness when she only found refuge in sleep. He was soon to be thirty, and he kept thinking that he had «wasted» almost ten years of his life in prison.
Price, now released, reconnected with Stephen Rea, the Belfast actor whom she had met as a student and whom she had seen perform at a London theater on the eve of the attack. Rea, five years older than Price, was disheveled and scrawny and had a sweet character. An aura of laconism seemed to surround him, but he had the same scathing and mischievous wit as Price.

The outbreaks of violence had started two decades ago, in the late 1960s, and Reid was a picture of the horror of so much bloodshed. «People have had enough,» he said in an interview hours after the incident. What you have to do is listen to the other, and that is something that people have not been doing. He added, «The use of violence is a sign of the desperation of the poor.» But the truth is that Father Reid, even as he defied the mob to tend to the two murdered Britons, was involved in another story, promoting a daring clandestine plan to end the conflict.
Before leaving the church that morning, after the requiem mass, Father Reid had obtained a secret document. He had spent years trying to convince paramilitaries and ordinary citizens on both sides of the religious divide to renounce violence, but had come to the conclusion that the surest way to end the conflict would be to persuade the IRA to abandon the conflict. fight. Reid brought it up with Gerry Adams, and saw that the leader was prone to the idea.
In August 1994, the IRA declared a ceasefire. Apparently, the negotiations sponsored by Father Alec Reid had paid off. Dolours Price and other Republicans were summoned to a West Belfast social club to hear the decision. Seated behind a table, three representatives summarized the plan. The truce was a positive step; not a victory, of course, but not a defeat either. Some people had a hard time understanding why the IRA laid down its arms without a promise from the British that they would withdraw from Ireland. There was talk of the huge number of fatalities. At one point, Price raised his arm and asked, «Are we being told that, given what we’ve seen, we should never have waged armed struggle?»
There had always been a certain absolutism when it came to the extremism of Irish republicanism.

Rumors had circulated for years that there was an informant in the upper echelons of the Republican movement. At some point a code name leaked, sometimes it was «Steak Knife,» sometimes it was «Stake Knife,» but at the end of the day the image was always the same, that of a stiletto, a knife in the heart of the IRA. A chronicle published in 1999 spoke of the informant being the «jewel in the crown» of British intelligence in Ulster.
Dolours Price knew those rumors. And that Stakeknife that has been talked about so much lately? You know, the whistleblower, ”she told a person who came to see her at her Dublin home in March 2003. He is supposed to occupy a very high position in the republican hierarchy. I certainly can’t imagine who it could be. » In moments of anger, Price acknowledged, he sometimes joked that it might be Gerry Adams himself. «But I don’t think he’s a Stake Knife,» he added.
The very idea of Stakeknife was so unsettling to Republicans that it was tempting to wonder if the rumor was not an invention of the British to demoralize them.
How is it possible that informants of such a level went unnoticed for so long? In Scappaticci’s case, there was an obvious explanation: he was a murderer. In the IRA, no one had any illusions about the state’s fair play to achieve its objectives in a war as dirty as it was undeclared.
But even so, the blatant savagery of a man like Scap could, in theory at least, disqualify him as an agent of the Crown. «The only preconceived idea the IRA had was that if you are dirty, that is, if you have killed someone, you cannot be an agent,» Ian Hurst, head of military intelligence, once stressed. For Scappaticci, «he added,» the best protection may have been simply to keep killing. »
But if an agent turns out to be a murderer and his controllers know that he is killing people, doesn’t that make the controllers (and therefore the State itself) accomplices?
Normally, when the remains of missing persons were discovered, the priority was to recover the body and give it a Christian burial. But in the McConville case, the investigating judge ruled that Jean’s body did not fall under the limited amnesty clause that governed the disappeared, because they had not found it thanks to the collaboration of the IRA, but to some people outside the conflict who they happened to pass by the beach. From this, according to the judge, something very serious was derived: «The judicial case remains open».

Who should be held responsible for a collective history of violence? It was a question that kept the whole of Northern Ireland on edge. «My client has the right to be treated fairly under the law,» Corrigan said, referring to Ivor Bell. Would British soldiers who shot down unarmed civilians on Bloody Sunday be judged by the same standards? He asked. «Why isn’t everyone treated the same when the events occurred during the Troubles?» Since there was no established mechanism to deal with the past, the official approach to atrocities committed decades ago was completely ad hoc, which left no one satisfied. The police commissioner carried out surveys and investigations; there were special investigations by the government. For criminal justice, the past were big words. Every day, the Belfast press reported an unsolved case that returned to court. The police had created a «heritage» unit dedicated exclusively to investigating crimes related to the Troubles, and the list of cases numbered almost a thousand.
Even assuming the good faith and good intentions of the police — a difficult thing — undertaking such a project without being accused of bias was impossible. The authorities had quite limited resources. Budget cuts were frequent. And as if that weren’t enough, the police had to continue to carry out their duties in Northern Ireland at the time.
When the police and prosecutors took legal action against former British soldiers, they were accused of practicing a «witch hunt» against young people who were only trying to carry out their duties in a conflictive environment. To the allegations of bias, the chief prosecutor, Barra McGrory, responded by saying that there had been no «disproportion of focus» and that investigations into terrorist acts were much more numerous than cases against the state. But wasn’t that a sign of partiality? Could the number of investigations into Republican assassinations be equated with investigations into loyalist assassinations? Shouldn’t they go hand in hand? In Northern Ireland many people spoke of the danger of a ‘hierarchy of victims’. The outrage is conditioned not by the nature of the atrocity committed but by the affiliation of the victim and the criminal. Should the state be given greater leniency because, legally speaking, it has a monopoly on the legitimate use of force? Or, on the contrary, should the actions of soldiers and police be considered in the light of higher criteria than that of the paramilitaries?
In the words of one academic authority, the Troubles’ «ideal victim» was not so much the combatant, but the passive civilian. For many, Jean McConville was the perfect victim: a widow and mother of ten children. For others, however, she was not a victim at all, but a proxy combatant who flirted with her own destiny.
After the prosecution said it was not going to press charges against Gerry Adams, Helen consulted a law firm that had won a landmark settlement of nearly £ 2 million in a case against four members of the True IRA for a car bomb attack. Perpetrated in Omagh in 1988. The firm announced that Helen had asked them to explore the possibility of bringing a civil action against Adams. «The McConville family is going to the end,» Michael declared. We have been fighting for forty-odd years for justice to be done and no one will stop us.

At the end of 2017 Gerry Adams announced that he was leaving his position as president of Sinn Féin and that he was leaving the authority of the party in the hands of Mary Lou McDonald, for many years the second in command. At forty-eight, McDonald had come of age, professionally, in the aftermath of the Good Friday deal, and thus did not have a paramilitary past. There were observers who wondered if Adams would continue to handle the strings behind the scenes, but he promised that he had no interest in being a «puppeteer» and that his intention was, indeed, to retire.
Adams would soon be seventy. He retained much of his vigor, but his movements had slowed down a bit; his voice, which had always been one of his main assets, was no longer so formidable. The famous beard had turned snowy white. The previous spring Martin McGuinness, Adams’ eternal comrade in war and peace, had died of a rare genetic disease.
Of course, to both his supporters and his detractors, Adams himself retained an aura of danger. According to polls, even Sinn Féin voters did not quite believe that the chief had never belonged to the IRA, and in Northern Ireland many people say that Adams still «smells like explosives». But if something is Gerry Adams, he is an enigmatic person; As he prepared his retirement from the political scene, he had once again managed to modulate his public image.
Even after the Good Friday agreement, Adams always insisted that he had never renounced the fundamental republican aspiration of a united Ireland; the problem was that the means of achieving it had changed. In the long run, the war is likely to be won by demographics. By some estimates, by 2021 Catholics will outnumber Protestants in Northern Ireland; This does not necessarily mean that if there is a referendum I will win the option of kicking the British out of Ireland. After the economic crisis of 2008 and the subsequent recession in Dublin, some polls revealed that a vast majority of Northern Catholics preferred to remain in the UK. «Fathering more children than Unionists may be a nice pastime for those with the energy for it,» Adams once commented, «but it is not a political strategy at all.»
In the summer of 2016 the British people voted, by a narrow margin, to leave the European Union. Only after a referendum could British public opinion really imagine what it means to take that step. Since the Good Friday agreement, it sometimes seemed that the border between Northern Ireland and the Republic had practically disappeared. It would be ironic, and I fall short, if an unintended, long-term consequence of the Brexit referendum was a united Ireland, a result that three decades of bloodshed and some 3,500 fatalities failed to achieve. Of course, in a way, this is the question that hangs over Gerry Adams’ legacy. As a young man, he justified the use of political violence but with one important caveat: «… only if a situation is achieved in which my people can truly prosper could I consider, personally, that this option was justified.»
Adams may not live to see a united Ireland, but all signs point to that day inevitably coming. The real question here is whether or not it would have happened, sooner or later, without the violent interventions of the IRA. Enigmas like these kept Dolours Price and Brendan Hughes in suspense; Adams, on the other hand, did not seem tormented by reasoning of this kind. In 2010, when asked by an interviewer if his hands were stained with blood, Adams replied, “No. I am totally and absolutely at peace with myself.

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