Los Niños De Irena: La Extraordinaria Historia De La Mujer Que Salvó A 2500 Niños Del Ghetto De Varsovia Durante La Segunda Guerra Mundial — Tilar J. Mazzeo / Irena’s Children: The Extraordinary Story of the Woman Who Saved 2,500 Children from the Warsaw Ghetto by Tilar J. Mazzeo

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Irena Sendler se había graduado de la universidad con una maestría y acababa de comenzar un trabajo en la oficina municipal de bienestar de Varsovia cuando los alemanes invadieron Polonia en 1939. Ella, junto con muchos de sus antiguos compañeros de clase, se convirtió en activa en el movimiento de resistencia. Aunque no era judía, Irena se había criado en un pequeño pueblo a las afueras de Varsovia con una gran población judía. Ella podía hablar yiddish y tenía bastantes amigos cercanos que eran judíos.
Cuando los nazis comenzaron a implementar su plan de aniquilación completa de los judíos de Polonia, Irena centró su atención en salvar a la mayor cantidad posible de niños judíos inocentes. Junto con su extensa red de amigos y colegas, pudo salvar a más de 2.500 niños judíos.
En Polonia, Irena es vista como una heroína, y a menudo se la conoce como «la mujer Oscar Schindler». Pero su historia es poco conocida por la gente en Occidente. En 1965, con base en el testimonio de los sobrevivientes, el israelí Yad Vashem agregó el nombre de Irena Sendler a la lista de los que se consideran «Justos entre las Naciones» y se plantó un olivo en su honor en el Monte del Recuerdo. A pesar de recibir este honor, Irena humildemente insistió en que solo era la coordinadora de su red y que no lo hacía sola.
La exhaustiva investigación de Tiller Mazzeo da vida a uno de los períodos más oscuros de la historia. La sensación de urgencia y miedo son palpables a medida que el régimen nazi aprieta su control sobre la ciudad de Varsovia. La verdadera historia de Irena Sendler se lee como una novela y es difícil de dejar. Su historia es un recordatorio de cómo, juntas, las personas pueden hacer frente al mal y hacer una diferencia en el mundo.

Esta es una historia que merece ser contada, y me alegro de haberla leído. Este fue un momento aterrador en la historia. Cada vez que leo sobre los trágicos eventos de este período, me pregunto cómo pudo haber sucedido algo tan bárbaro en un tiempo tan reciente y una sociedad que parecía «civilizada». Me encontré deseando que el autor hubiera embellecido más pensamientos de los personajes en lugar de apegarse cuidadosamente a los hechos investigados. Fue difícil seguir tantos nombres y las pronunciaciones en mi cabeza (sin duda equivocadas) fueron una lucha. Al final del libro había varios apéndices, incluida una guía de los personajes, que habría sido útil si lo hubiera descubierto antes. Es una historia muy digna, pero un poco rígida.

Irena Sendler (o Irena Sendlerowa, porque en polaco los apellidos de las mujeres adoptan una terminación femenina), es una heroína, aunque esta admiración surgió recientemente, después del comunismo. Su historia, como muchas otras, fue enterrada en silencio durante décadas. Con sus amigos y un equipo de colaboradores, Irena Sendler sacó de contrabando a niños del gueto de Varsovia en maletas y cajas de madera, lejos de los guardias alemanes y los traidores judíos. Extrajo del gueto a niños de todas las edades a través de las alcantarillas apestosas y peligrosas de la ciudad. Trabajó con los adolescentes judíos (muchas eran chicas de catorce o quince años) que lucharon con valentía y murieron en el levantamiento del gueto. Y a lo largo de todo esto se enamoró de un judío, a quien escondió con mucho cuidado durante la guerra. Era una persona pequeña con espíritu de acero: medía 1.50 m y tenía veintitantos años cuando empezó el conflicto. Peleó con la ferocidad e inteligencia de un general experimentado y organizó, a través de la ciudad de Varsovia y a pesar de las diferencias de religión, a docenas de personas normales como soldados de infantería.
Antes de ser arrestada y torturada por la Gestapo, Irena Sendler salvó las vidas de más de dos mil niños judíos. Aunque es innegable que Irena Sendler fue una heroína (una mujer con un coraje moral y físico inmenso, casi insondable), no fue una santa.

Los amigos de Irena estaban viendo a los niños pequeños morir de tifus todos los días, una enfermedad para la que existía vacuna. Sus amistades morían con frecuencia. El artículo principal del periódico de la resistencia polaca Biuletyn Informacyjny (el Boletín de la Información) reportó que en 1941 «la densidad demográfica [dentro del sector judío] es inimaginable. En promedio seis personas viven en una habitación; algunas veces hasta veinte. Este hacinamiento en aumento tiene como resultado condiciones higiénicas y sanitarias indescriptibles. Imperan el hambre y la miseria». El gobernador alemán en Varsovia presumía la hambruna como una política oficial: «Los judíos morirán de hambre y miseria y de ellos sólo quedará un cementerio».
Desde luego, Irena hacía contrabando. Sólo podía llevar un poco cada vez, así que la única alternativa era ir con frecuencia. Unas veces llevaba comida; otras, algo de dinero. A veces, más por capricho, cruzaba las muñecas hechas a mano que su exprofesor de la universidad, el doctor Witwicki, tallaba a escondidas durante días para el orfanato en el gueto del doctor Korczak. Cuando podía, eran dosis de vacunas lo que le entregaba a Ala Gołąb-Grynberg y Ewa Rechtman. El precio a pagar por ser descubierta contrabandeando al principio era el arresto y, por lo común, la deportación a un campo de concentración.
¿Cuál sería el destino de los niños que ya eran huérfanos dentro del gueto? Los bebés no podían huir por su propia iniciativa. No había padres que los enviaran. Veía a estos niños todos los días en el círculo de jóvenes de Adam. Y no importaba qué tanto trabajara él para salvarlos: estaba fracasando. Había mucha hambre y enfermedades para los cuerpos pequeños.
Así que Adam e Irena hicieron lo obvio. Comenzaron a sacar huérfanos ese invierno. Con su pase para controlar epidemias, ni siquiera era ilegal si los niños estaban muy enfermos. Los niños con sentencia de muerte por la tuberculosis podían ser transportados en ambulancia a uno de los sanatorios judíos que quedaban en Otwock. Una vez más seguía los pasos de su padre. A veces la tos podía no ser tuberculosis, y un niño podía desaparecer en la casa de algún amigo en sus viejos pueblos. Si ella no lograba salvar a Adam, al menos juntos podían salvar a unos cuantos niños.
Si los casos falsos eran descubiertos, los riesgos serían colosales.
El miedo de Irena no era infundado. Estos niños no podían ser vistos ni por un segundo del lado ario y tenían que llegar al orfanato en sacos colgados de los hombros de algún trabajador que los entregaba en la puerta trasera como si fueran sacos de papas o de ropa. Para estas llegadas Władka debía asegurarse de que la familia adoptiva estaba lista para llevarse al niño de manera instantánea y mantenerlo tranquilo y escondido. Era raro que estos niños pasaran más de un par de horas en el orfanato del padre Boduen. A veces llegaban con Helena, otras con Irka o Ala…
Irena, con su pase de control de epidemias, todavía entraba y salía del gueto varias veces al día, junto con Irka, Jaga, Jadwiga y Helena. La estrategia alemana era mantener la ilusión tanto como fuera posible de que los traslados eran de sectores no productivos. Atención médica y control de epidemias formaban parte de esa ficción. Gracias a sus pases de control de enfermedades, estaban entre los pocos ciudadanos de Varsovia que fueron testigos del horror que se avecinaba. Y todas ellas arriesgarían sus vidas para intentar detenerlo.

El gueto fue despejado en secciones ordenadas, y en tres semanas serían las deportaciones. Se pegaron carteles con tachuelas que ordenaban a todos los habitantes en el área que incluía las calles de Elektoralna y Leszno a desalojar sus casas y reportarse para las selecciones la mañana del 14 de agosto de 1942.
Para ese día, 190 000 personas habían sido transportadas a sus muertes en Treblinka. En el gueto ya no había mercados al aire libre y al barrio judío sólo llegaba una cantidad mínima de comida a través de vías clandestinas.
Irena siempre vivió con los fantasmas de aquellos que no pudo salvar, con el sufrimiento de perder a Ewa y al doctor Korczak. Con la muerte de sus treinta y dos huérfanos y las decenas de miles de otros niños que caminaron de forma inocente con una pieza de jabón en la mano rumbo a las «regaderas» que los esperaban en Treblinka. Incluso reconoció que sobrevivir «era una experiencia horrorosa para los pequeños héroes». Pocos de los niños se reunieron con sus familias. Irena siempre dijo que el verdadero coraje les pertenecía a ellos y a las chicas adolescentes, valientes e intrépidas que le llevaban los niños cuando los pases para el gueto fueron cancelados. A los choferes de tranvías, conserjes y porteros. A los hombres que arrojaron dinero en paracaídas en Varsovia y a las enfermeras como Helena y Ala. A las monjas y las familias adoptivas a lo largo de la ciudad que cuidaron y escondieron a los niños. Sobre todo, pertenecía a las madres y padres que los dejaron ir. Irena siempre insistió en que ella sólo fue la parte menos importante de una red frágil pero asombrosa que se extendió por Varsovia en la primavera de 1943; que fue sólo una pieza de esta gran fraternidad de extraños.
1943 fue un año de gran tragedia y oscuridad moral en Varsovia, pero también hubo historias sorprendentes de supervivencia y lucha, como la de Ala y otros.

En la mañana del arresto de Irena, cuando se corrió el rumor, hubo pánico. Julian Grobelny y la dirección de Żegota enfrentaron un conjunto de preocupaciones; la más importante de todas eran las listas y las direcciones de los niños. Si ejecutaban a Irena, la información moriría con ella. Miles de niños, muchos de los cuales eran muy pequeños para recordar sus propias identidades, perderían para siempre a sus familias y a su pueblo judío. Pero también había un riesgo mucho más grande que Irena planteaba para todos los pequeños. Ella misma lo dijo sin rodeos: «No sólo estaban preocupados por mí… no sabían si podría soportar la tortura. Después de todo, yo sabía dónde estaban todos los niños». Si confesaba sería un desastre incomparable. Pero salvarla era un reto inmenso. Significaba sobornar a alguien en los niveles más altos de la Gestapo.
En 1947, después de haberse amado a veces apasionadamente y a veces sin esperanza por más de una década, Irena y Adam por fin se casaron en una pequeña ceremonia polaca. El 31 de marzo de 1947 nació su primera hija, una niña a la que llamaron Janina, como la madre de Irena. En 1949 hubo un segundo hijo: Andrzej, pero murió siendo aún muy pequeño. Pocos años después nació otro niño: Adam.
Irena siguió inquebrantable y decidida en su compromiso con el trabajo. Se lanzó con una pasión tan ferviente como siempre en el departamento de asistencia social. Trabajó codo a codo con Maria Palester en el orfanato de Okęcie, y hasta el final de su larga vida siempre mantuvo la puerta abierta a cualquiera de sus 2500 niños. Un testigo dijo que ella fue «la estrella más brillante del oscuro cielo de la ocupación», y esa estrella no se apagó.

Un día de 1979 Irena, Iza y Jaga se reunieron, junto con otras mujeres de su antigua red, y en conjunto escribieron un enunciado que quedó grabado para la posteridad y recordaría la historia de su asombrosa colaboración cuando eran jóvenes. El enunciado dice: «Nosotras estimamos (hoy, después de cuarenta años, es difícil determinarlo con exactitud) que el número de niños a los cuales ayudó Żegota en varias maneras está alrededor de los 2500». Irena siempre enfatizó que no los salvó sola.
No fue hasta principios de la glasnot (política soviética de apertura), a finales de la década de los ochenta, al rondar los setenta años, cuando Irena fue capaz de reunirse cara a cara en Israel con muchos de los niños que salvó. Estas escenas de encuentros fueron inspiradoras y desgarradoras. Los niños sólo la conocían (si acaso la conocieron de niños o bebés) como «Jolanta». Pero era el último rostro de su niñez.
Por fin, a finales de la década de los noventa y después del fin de la Guerra Fría, la historia se pudo contar en Polonia.
En 2003 algunos de los niños que ayudó escribieron una carta conjunta nominando a Irena Sendler para el Premio Nobel de la Paz. La volvieron a nominar en 2007 y construyeron un monumento. La prensa alrededor del mundo empezó a notarla. Ese año el comité otorgó el premio a Al Gore por su trabajo acerca del cambio climático, y pocos dudaron de que con el tiempo Irena Sendler sería laureada.
En 2008, a la edad de noventa y ocho años, tras haber atestiguado no sólo la mejor parte de un siglo, sino también las vidas de los miles que sobrevivieron gracias a su moral rectora inquebrantable, Irena Sendler murió pacíficamente en Varsovia, rodeada por muchos de «sus niños». Está enterrada en un cementerio arbolado en esa ciudad, en medio de un pequeño bosque donde las hojas caen con suavidad en el otoño. Quizá una señal de su fama en la actualidad es que el 1.º de noviembre su sencilla lápida se ilumina con velas y se llena de pequeños ramos de flores.

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Irena Sendler had graduated from university with a Master’s degree and had just begun a job with Warsaw’s municipal welfare office when the Germans invaded Poland in 1939. She, along with many of her former classmates, became active in the resistance movement. Although she was not Jewish, Irena had been raised in a small town outside of Warsaw with a large Jewish population. She could speak Yiddish and had quite a few close friends who were Jewish.
As the Nazis began to implement their plan of complete annihilation of Poland’s Jews, Irena focused her attention on saving as many innocent Jewish children as she could. Together with her extensive network of friends and colleagues, she was able to save over 2,500 Jewish children.
In Poland, Irena is seen as a heroine, and is often referred to as “the female Oscar Schindler”. But her story is little known to people in the West. In 1965, based on the testimony of survivors, Israel’s Yad Vashem added Irena Sendler’s name to the list of those who are deemed “Righteous Among the Nations” and an olive tree was planted in her honor on the Mount of Remembrance. Despite receiving this honor, Irena humbly insisted that she only was the coordinator of her network and that she did not do it alone.
Tiller Mazzeo’s exhaustive research brings to life one of the darkest periods in history. The sense of urgency and fear are palpable as the Nazi regime tightens it’s grip on the city of Warsaw. The true story of Irena Sendler reads like a novel and is hard to put down. Her story is a reminder of how, together, people can stand up to evil and make a difference in the world.

This is a story that deserves to be told, and I’m glad I read it. This was a frightening time in history. Whenever I read about the tragic events of this period, I wonder how something this barbaric could have happened in such a recent time and a society that seemed “civilized.” I found myself wishing the author had embellished more of the characters’ thoughts instead of carefully sticking to researched facts. It was difficult to follow so many names and the pronunciations in my head (no doubt wrong) were a struggle. At the end of the book were several appendices, including a guide to the characters, which would have been helpful had I discovered it sooner. It is a very worthy story, but a bit dry.

Irena Sendler (or Irena Sendlerowa, because in Polish women’s surnames adopt a feminine ending), is a heroine, although this admiration arose recently, after communism. Her story, like many others, was quietly buried for decades. With her friends and a team of collaborators, Irena Sendler smuggled children from the Warsaw ghetto in suitcases and wooden boxes, away from German guards and Jewish traitors. He pulled children of all ages out of the ghetto through the city’s stinking and dangerous sewers. He worked with Jewish teenagers (many were girls fourteen or fifteen years old) who fought bravely and died in the ghetto uprising. And throughout all this she fell in love with a Jew, whom she carefully hid during the war. He was a small person with a spirit of steel: he was 1.50 m tall and in his twenties when the conflict began. He fought with the ferocity and intelligence of an experienced general and organized, through the city of Warsaw and despite differences of religion, dozens of normal people as foot soldiers.
Before being arrested and tortured by the Gestapo, Irena Sendler saved the lives of more than 2,000 Jewish children. Although it is undeniable that Irena Sendler was a heroine (a woman with immense, almost unfathomable moral and physical courage), she was not a saint.

Irena’s friends were watching young children die of typhus every day, a disease for which there was a vaccine. His friends died frequently. The main article in the Polish resistance newspaper Biuletyn Informacyjny (the Information Bulletin) reported that in 1941 “the population density [within the Jewish sector] is unimaginable. On average six people live in one room; sometimes up to twenty. This increasing overcrowding results in unspeakable hygienic and sanitary conditions. Hunger and misery prevail ». The German governor in Warsaw presumed the famine as an official policy: «The Jews will die of hunger and misery and of them only one cemetery will remain.»
Of course, Irena was smuggling. He could only carry a little at a time, so the only alternative was to go frequently. Sometimes he brought food; others, some money. Sometimes, more on a whim, he crossed the hand-made wrists that his former university professor, Dr. Witwicki, secretly carved for days for the orphanage in Dr. Korczak’s ghetto. When he could, it was doses of vaccines that he delivered to Ala Gołąb-Grynberg and Ewa Rechtman. The price to pay for being caught smuggling at first was arrest and, usually, deportation to a concentration camp.
What would be the fate of the children who were already orphans within the ghetto? Babies could not run away on their own initiative. There were no parents to send them. I saw these children every day in Adam’s youth circle. And no matter how hard he worked to save them, he was failing. There was a lot of hunger and disease for small bodies.
So Adam and Irena did the obvious. They started taking out orphans that winter. With his pass to control epidemics, it was not even illegal if the children were very sick. Children sentenced to death from tuberculosis could be transported by ambulance to one of the remaining Jewish sanitariums in Otwock. Once again he followed in his father’s footsteps. Sometimes the cough could not be tuberculosis, and a child could disappear in a friend’s house in his old towns. If she couldn’t save Adam, at least together they could save a few children.
If the false cases were discovered, the risks would be colossal.
Irena’s fear was not unfounded. These children could not be seen for a second on the Aryan side and had to arrive at the orphanage in bags hanging from the shoulders of a worker who delivered them at the back door as if they were bags of potatoes or clothes. For these arrivals Władka had to make sure that the adoptive family was ready to take the child instantly and keep him quiet and hidden. It was rare for these children to spend more than a couple of hours at Father Boduen’s orphanage. Sometimes they came with Helena, sometimes with Irka or Ala …
Irena, with her epidemic control pass, still went in and out of the ghetto several times a day, along with Irka, Jaga, Jadwiga and Helena. The German strategy was to maintain the illusion as much as possible that the transfers were from non-productive sectors. Medical care and epidemic control were part of that fiction. Thanks to their disease control passes, they were among the few citizens of Warsaw to witness the looming horror. And all of them would risk their lives to try to stop him.

The ghetto was cleared in orderly sections, and in three weeks they would be deportations. Posters were tacked to instruct all residents in the area that included the streets of Elektoralna and Leszno to vacate their homes and report to the national teams on the morning of August 14, 1942.
By that day, 190,000 people had been transported to their deaths in Treblinka. There were no open-air markets in the ghetto, and only a minimal amount of food reached the Jewish quarter through clandestine routes.
Irena always lived with the ghosts of those she could not save, with the suffering of losing Ewa and Dr. Korczak. With the death of their thirty-two orphans and the tens of thousands of other children who walked innocently with a piece of soap in their hands towards the «showers» that awaited them in Treblinka. He even acknowledged that surviving «was a horrible experience for little heroes.» Few of the children were reunited with their families. Irena always said that the true courage belonged to them and to the brave and fearless teenage girls brought to them by the boys when the ghetto passes were canceled. To the tram drivers, janitors and porters. To the men who dropped parachute money in Warsaw and to nurses like Helena and Ala. To the nuns and adoptive families throughout the city who cared for and hid the children. Above all, it belonged to the mothers and fathers who let them go. Irena always insisted that she was only the least important part of a fragile but amazing network that spanned Warsaw in the spring of 1943; that it was just one piece of this great fraternity of strangers.
1943 was a year of great tragedy and moral darkness in Warsaw, but there were also surprising stories of survival and struggle, such as that of Ala and others.

On the morning of Irena’s arrest, when the rumor spread, there was panic. Julian Grobelny and the management of Żegota faced a set of concerns; the most important of all were the children’s lists and addresses. If Irena was executed, the information would die with her. Thousands of children, many of whom were too young to remember their own identities, would forever lose their families and their Jewish people. But there was also a much bigger risk that Irena posed for all the little ones. She said it bluntly herself: “They weren’t just concerned about me… they didn’t know if I could bear the torture. After all, I knew where all the children were. If he confessed it would be an incomparable disaster. But saving her was a huge challenge. It meant bribing someone at the highest levels of the Gestapo.
In 1947, after having loved each other passionately and sometimes hopelessly for over a decade, Irena and Adam were finally married in a small Polish ceremony. On March 31, 1947, their first daughter was born, a girl named Janina, like Irena’s mother. In 1949 there was a second son: Andrzej, but he died while still very young. A few years later another child was born: Adam.
Irena remained unwavering and determined in her commitment to the job. He launched with a passion as fervent as ever in the welfare department. He worked closely with Maria Palester at the Okęcie orphanage, and until the end of his long life he always kept the door open for any of his 2,500 children. A witness said that she was «the brightest star in the dark sky of occupation», and that star did not go out.

One day in 1979 Irena, Iza and Jaga got together, together with other women from their old network, and together they wrote a statement that was recorded for posterity and would remember the story of their amazing collaboration when they were young. The statement says: «We estimate (today, after forty years, it is difficult to determine exactly) that the number of children whom Żegota helped in various ways is around 2,500.» Irena always emphasized that she did not save them alone.
It was not until the early glasnot (Soviet opening policy) in the late 1980s, in the late seventies, that Irena was able to meet face-to-face in Israel with many of the children she saved. These scenes of encounters were inspiring and heartbreaking. The children only knew her (if they knew her as children or babies) as «Jolanta.» But it was the last face of his childhood.
Finally, in the late 1990s and after the end of the Cold War, the story could be told in Poland.
In 2003 some of the children she helped wrote a joint letter nominating Irena Sendler for the Nobel Peace Prize. They re-nominated her in 2007 and built a monument. The press around the world began to notice her. That year the committee awarded Al Gore the award for her work on climate change, and few doubted that Irena Sendler would eventually be honored.
In 2008, at the age of ninety-eight, having witnessed not only the best part of a century, but also the lives of the thousands who survived thanks to her unwavering guiding morality, Irena Sendler died peacefully in Warsaw, surrounded by many of «your children.» She is buried in a wooded cemetery in that city, in the middle of a small forest where the leaves fall gently in the fall. Perhaps a sign of his fame today is that on November 1 his simple tombstone is lit with candles and filled with small bouquets of flowers.

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