Ensayos & Discursos — William Faulkner / Essays, Speeches & Public Letters by William Faulkner

E668646A-37F4-4A2C-BDC2-C11D56C13F28
Una visita obligada para todos los fanáticos de Faulkner. Un gran cumplido para toda su obra.
Este volumen proporciona un medio excelente para medir el pensamiento del escritor y debe servir como una ayuda para el buen juicio. Tanta crítica de Faulkner monta los caballos de compañía favoritos de la época e intenta convertir a Faulkner en la imagen del crítico. Leer sus propias palabras debería ser un contrapeso a esas lecturas miopes autorreflexivas. El editor es el erudito de Faulkner más escrupuloso y mejor informado que vive hoy. Es una bendición que haya editado este volumen. Cualquier cosa que Faulkner haya escrito sería de interés, pero algunas de estas piezas están a la altura de su ficción. Su «Sobre la privacidad» debe ocupar su lugar junto con el discurso del Nobel como uno de los documentos proféticos más importantes del siglo. «El sueño americano — ¿Qué le pasó?» es una maravillosa crítica sureña del materialismo estadounidense y el falso progreso. La comprensión de Faulkner de los «sonidos de palabras» a los que vio a los estadounidenses relegar las palabras libertad, libertad y patriotismo es tan relevante hoy como cuando se escribió hace 50 años. El volumen no ha perdido un ápice con el tiempo. Solo se ha vuelto más incisivo y, como tal, es asombrosamente impresionante.

Esta colección de textos aborda numerosas cuestiones: lo intrincado del conflicto racial en el sur de los Estados Unidos, las paradojas de una modernidad —o mercantilización— profundamente insatisfactoria o la sobrecargada atmósfera de la Guerra Fría. Pero estos y otros asuntos se encuentran siempre anudados por la experiencia literaria. La literatura se presenta como una estrategia orientada a la comprensión pero también a la supervivencia. Una táctica que permite al escritor, si tiene éxito, burlar a la muerte (o al olvido, que viene a ser lo mismo). Pero también constituye una ocasión para que otros encuentren consuelo, alivio o esperanza en un mundo que siempre parece estar a punto de derrumbarse. Faulkner, en su escritura, se muestra tremendamente lúcido, deja abundantes muestras de humor e ironía y por momentos da la impresión de estar sirviendo a un propósito, a un proyecto, que excede lo estrictamente individual y que tiene que ver con el mundo, con el género humano.
El Mississippi da nombre a un amor que trasciende el tiempo y la vida de los mortales. Faulkner se refiere a menudo al Sur como a su país, su tierra natal, su patria. El Sur no es sólo el bando de los derrotados, sino que representa el pasado, un conjunto de valores, una estructura social más primitiva y elemental, en la que todo parecía regido por esquemas más conectados con los ciclos de las cosechas, con los ritmos de la tierra. Pero el Sur es también la tierra tozuda que se arroja a una guerra sabiendo que la perderá, la cólera del que se siente ultrajado por una afrenta irreparable.
Los Estados Unidos no son un país, son un continente. Una geografía plural, salvaje y diversa que, junto a su innegable realidad, también realiza una función simbólica hacia adentro y hacia fuera. Los estadounidenses han de recordar siempre que pertenecen a una tierra y a una cultura fundada sobre los cimientos de la libertad y el valor del individuo. Es como si la humanidad entera considerase que América es un eterno experimento, un utópico espejo en el que mirarse y poder ver de lo que se es capaz cuando se libra de las cadenas de la superstición.

Lo peligroso para nosotros son las fuerzas que hoy en el mundo están intentando usar el miedo del hombre para robarle su individualidad, su alma, tratando de reducirle mediante el miedo y el soborno a una masa que no piensa — dándole comida gratis que no se ha ganado, dinero fácil y sin valor por el que no ha trabajado—; las economías o las ideologías o los sistemas políticos, comunistas o socialistas o democráticos, comoquiera que deseen llamarse, los tiranos y los políticos, americanos o europeos o asiáticos, comoquiera que se llamen, que reducirían al hombre a una masa obediente para su propio engrandecimiento y poder, o porque ellos mismos están perplejos y temerosos, temerosos de, o incapaces de, creer en la capacidad del hombre para el coraje y la resistencia y el sacrificio.

El hombre blanco occidental que cree que existe una condición libre individual sobre y más allá de esta mera igualdad en el ser esclavo, debemos enseñar esto a las gentes no-blancas mientras todavía quede un poco de tiempo. Nosotros, América, que somos la fuerza más poderosa que se opone al comunismo y al monolitismo, debemos enseñar a todas…
No estoy convencido de que el negro quiera la integración en el sentido en el que algunos de nosotros afirmamos temer que lo haga. Creo que él es lo suficientemente americano para repudiar y negar por puro instinto americano cualquier constricción o regulación que nos prohíba hacer algo que en nuestra opinión si lo hiciésemos sería inofensivo, y que probablemente no lo querríamos hacer en ningún caso. Creo que lo que quiere es igualdad, y creo que también sabe que no hay una cosa tal como la igualdad per se, sino sólo la igualdad para: igual derecho y oportunidad para hacer de la vida de uno lo mejor que uno pueda dentro de la propia capacidad y aptitud, sin miedo de la injusticia o de la opresión o de la amenaza de violencia. Si les hubiésemos dado este igual derecho a la oportunidad hace noventa o cincuenta o incluso diez años, no habría habido resolución de la Corte Suprema sobre cómo llevamos nuestras escuelas.
Es una vergüenza para nosotros los hombres blancos que en nuestra presente economía el negro tenga que tener desigualdad económica; una doble vergüenza para nosotros que temamos que el darle más igualdad social ponga en peligro…

El crítico americano permanece ciego, no sólo su público sino también él, respecto a la esencia principal. Su negocio se ha convertido en gimnasia mental: se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus mentes vuelan libres ante la vistosa ampulosidad de la pirotecnia.
¡En Inglaterra hacen este tipo de cosas mucho mejor que en América! Por supuesto que en América hay críticos igual de juiciosos y tolerantes y sólidamente preparados, pero con pocas excepciones no tienen estatus.

EL Mississippi comienza en el vestíbulo de un hotel de Memphis, Tennessee, y se extiende hacia el sur hasta el Golfo de México. Está salpicado de pequeños pueblos concéntricos alrededor de los fantasmas de los caballos y de las mulas que una vez estuvieron atados a la barra que rodea el edificio del juzgado del condado, y casi debe decirse que sólo tiene esas dos direcciones, norte y sur, dado que hasta hace pocos años era imposible viajar al este o al oeste a través de él salvo que caminases o cabalgases uno de los caballos o una de las mulas; incluso en la temprana madurez del niño, para llegar por tren a cualquiera de los pueblos de los condados adyacentes que estuviesen a treinta millas al este o al oeste, tenías que viajar noventa millas en tres direcciones diferentes en tres ferrocarriles diferentes.
En el principio era virgen —hacia el oeste, a lo largo del Gran Río, las ciénagas de aluvión enhebradas por pantanos negros y casi inmóviles e impenetrables con caña y menta-parra y ciprés y fresno y roble y resina; hacia el este, las crestas de madera noble y las praderas…

Esto era el Sueño Americano: un santuario en la tierra para el hombre individual: una condición en la que sería libre no sólo respecto a las viejas jerarquías establecidas por empresas de pocos propietarios de poder arbitrario que le habían oprimido como una masa, sino libre respecto a esa masa en la cual las jerarquías de la iglesia y el estado le había comprimido y mantenido individualmente esclavizado e individualmente impotente.
Un sueño simultáneo para los distintos individuos de entre los hombres tan apartados y aislados como para no tener contacto para equiparar sueños y esperanzas con las viejas naciones del Viejo Mundo que existían como naciones no sobre la ciudadanía sino sobre la condición de súbditos, que perduraron sólo bajo la premisa del tamaño y de la docilidad de la masa de súbditos; los hombres y mujeres individuales que dijeron con una voz simultánea: «Estableceremos una nueva tierra donde el hombre pueda asumir que cada hombre individual —no la masa de hombres sino los hombres individuales— tiene derecho inalienable a la dignidad y a ser un individuo libre en el seno de una estructura de coraje individual y de trabajo honorable y de responsabilidad mutua».
Una condición en la cual todo hombre no sólo no sería rey, ni siquiera querría serlo. Ni siquiera tendría la necesidad de preocuparse de tener la necesidad de ser un igual respecto a los reyes porque ahora estaba libre de reyes y de toda su similar congerie; libre no sólo de los símbolos sino de las mismas viejas jerarquías arbitrarias que representaban los símbolos-marioneta —cortes y gabinetes e iglesias y escuelas— para los que había sido valioso no en tanto que un individuo sino sólo en tanto que un número, su valor compuesto en esa ratio inmutable para sus números puramente estúpidos, ese incremento animal de su masa dócil y sin voluntad.
América todavía no ha encontrado un sitio para aquel que lidia sólo con cosas del espíritu humano excepto para usar su notoriedad para vender jabón o cigarrillos o plumas estilográficas o para anunciar automóviles y cruceros y hoteles en complejos turísticos…

Hay una victoria más allá de la derrota de la que el vencedor no sabe nada. Una frontera, una orilla que sirve de refugio más allá de las batallas perdidas, los nombres de bronce y los mausoleos de los líderes, guardada e indicada no por la triunfante diosa de miembros humanos con la palma y la espada, sino por alguna sacerdotisa meditabunda e inmóvil de pura desesperación.
El hombre no parece capaz de soportar mucha prosperidad; menos aún lo es un pueblo, una nación. La derrota es buena para él, para ello. La victoria es el cohete, el deslumbrar, la apoteosis momentánea en los ángulos adecuados que resulta condenada por el tiempo y lo demás: una difusión repleta de chispas a lo último, muriendo y muerta, dejando quizá una palabra, un nombre, una fecha, para tedio de los niños de primaria en historia. Es la derrota la que, sirviéndole contra su creencia y su deseo, lo devuelve a lo único que puede sostenerle: sus colegas, su homogeneidad racial; él mismo; la tierra, el suelo implacable, monumento y mausoleo de sudor.

¿Qué problema hay con el matrimonio?» No creo que haya ningún problema con el matrimonio. El problema reside en las partes implicadas. El hombre invariablemente obtiene infelicidad cuando se involucra en algo con el único propósito de obtener algo. Coger lo que tiene a mano y hacer de ello lo que su corazón desee, ésa es la cosa. Los hombres y las mujeres olvidan que cuanto mejor es la comida, más rápida es la indigestión.

El linchamiento es un rasgo americano, característico. Es una desgracia para el hombre negro que lo sufra, igual que es una desgracia para él el sufrir los siguientes ejemplos de sentimentalismo por parte de la gente blanca.

Una botella de doce onzas de cerveza del cuatro por ciento contiene el cuarenta y ocho por ciento de una onza de alcohol. Un chupito tiene una capacidad de una onza y media (véase el diccionario). El whisky varía entre el treinta y el cuarenta y cinco por ciento de alcohol. Un chupito de whisky del treinta por ciento contiene el cuarenta y cinco por ciento de una onza de alcohol. Una botella de cerveza del cuatro por ciento no contiene dos veces más alcohol que un chupito de whisky. A menos que el whisky tenga menos del treinta y dos por ciento de alcohol, la botella de cerveza ni siquiera contiene tanto.

Nuestra antigua política exterior era como la política de la casa de un casino de juego: cubrir todas las apuestas, apostar a que todo el mundo se equivoca y depender del constante y modesto beneficio de las probabilidades de la casa inherentes a los dados o la mesa o la ruleta. Nuestra nueva política parece ser la del director que le pide a su sindicato que deje llevar pistola al portero.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/01/absalon-absalon-william-faulkner-absalom-absalom-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/13/mosquitos-william-faulkner-mosquitoes-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/01/cuentos-reunidos-william-faulkner-collected-stories-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/10/el-oso-william-faulkner-the-bear-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/11/ensayos-discursos-william-faulkner-essays-speeches-public-letters-by-william-faulkner/

————–

70CEDF72-8DE0-4FE8-85E5-2A15C7ED601D
A must for all Faulkner fans. A great compliment to his works.
This volume provides an excellent means to gauge the writer’s thinking and should serve as an aid to good judgement. So much Faulkner criticism rides the pet hobby horses of the time and attempts to make Faulkner into the image of the critic. Reading his own words should be a counterbalance to such self-reflexive, myopic readings. The editor is the most scrupulous and best informed Faulkner scholar living today. It is a blessing that he edited this volume. Anything Faulkner wrote would be of interest, but some of these pieces stand right up there with his fiction. His «On Privacy» must take its place alongside the Nobel speech as one of the most important, prophetic documents of the century. «The American Dream—What Happened to It?» is a wonderful Southern critique of American materialism and false progress. Faulkner’s understanding of the «word sounds» to which he saw Americans relegating the words freedom, liberty, and patriotism is as relevant today as when written 50 years ago. The volume has not dated with time. It’s only gotten more incisive and as such is staggeringly impressive.

This collection of texts addresses numerous issues: the intricacies of the racial conflict in the southern United States, the paradoxes of a deeply unsatisfactory modernity – or commodification – or the overburdened atmosphere of the Cold War. But these and other matters are always knotted by literary experience. The literature is presented as a strategy oriented to understanding but also to survival. A tactic that allows the writer, if successful, to cheat death (or oblivion, which amounts to the same thing). But it is also an occasion for others to find comfort, relief or hope in a world that always seems to be on the verge of collapse. Faulkner, in his writing, is extremely lucid, leaves abundant displays of humor and irony and at times gives the impression of serving a purpose, a project, that exceeds the strictly individual and has to do with the world, with the human race.
The Mississippi gives its name to a love that transcends the time and life of mortals. Faulkner often refers to the South as his country, his homeland, his homeland. The South is not only the side of the defeated, but represents the past, a set of values, a more primitive and elemental social structure, in which everything seemed governed by schemes more connected with the cycles of harvests, with the rhythms from the earth. But the South is also the stubborn land that throws itself into a war knowing that it will lose it, the anger of those who feel outraged by an irreparable affront.
The United States is not a country, it is a continent. A plural, wild and diverse geography that, together with its undeniable reality, also performs a symbolic function in and out. Americans must always remember that they belong to a land and a culture founded on the foundation of individual freedom and worth. It is as if humanity as a whole considers America to be an eternal experiment, a utopian mirror in which to look at oneself and see what one is capable of when freed from the chains of superstition.

What is dangerous for us is the forces that today in the world are trying to use man’s fear to rob him of his individuality, his soul, trying to reduce him through fear and bribery to a mass that does not think – giving him free food that has not been cattle, easy and worthless money for which he has not worked; the economies or the ideologies or the political, communist or socialist or democratic systems, whatever they want to call themselves, the tyrants and the politicians, American or European or Asian, whatever they are called, that would reduce man to an obedient mass for his own aggrandizement and power, or because they themselves are perplexed and fearful, fearful of, or incapable of, believing in man’s capacity for courage and endurance and sacrifice.

The western white man who believes that there is an individual free condition above and beyond this mere equality in being a slave, we must teach this to non-white people while there is still a little time left. We, America, who are the most powerful force opposing communism and monolithism, must teach everyone …
I am not convinced that black wants integration in the sense that some of us claim to fear it will. I think he is American enough to repudiate and deny out of pure American instinct any constraints or regulations that prohibit us from doing something that we believe would be harmless in our opinion, and that we probably would not want to do in any case. I think what he wants is equality, and I think he also knows that there is no such thing as equality per se, but only equality for: equal right and opportunity to make one’s life the best that one can within own ability and aptitude, without fear of injustice or oppression or the threat of violence. If we had given them this equal right to opportunity ninety or fifty or even ten years ago, there would have been no Supreme Court ruling on how we run our schools.
It is a shame for us white men that in our present economy the black has to have economic inequality; a double shame for us who fear that giving it more social equality puts in danger …

The American critic remains blind, not only to his audience but also to the main essence. His business has become mental gymnastics: he has become a reincarnation of the charlatan of a privileged memory fair, enrapturing the rustic parish, not because of what he says, but because of how he says it. Their minds fly free before the showy bombast of pyrotechnics.
On England they do this kind of thing much better than in America! Of course, there are equally judicious and tolerant and solidly trained critics in America, but with few exceptions they have no status.

The Mississippi begins in a hotel lobby in Memphis, Tennessee, and runs south to the Gulf of Mexico. It is dotted with small concentric towns around the ghosts of horses and mules that were once tied to the bar that surrounds the county courthouse building, and it should almost be said that it only has those two directions, north and south, given that until a few years ago it was impossible to travel east or west through it unless you walked or rode one of the horses or one of the mules; Even in the child’s early maturity, to get to any of the adjacent county towns thirty miles east or west by train, you had to travel ninety miles in three different directions on three different railroads.
In the beginning it was virgin — to the west, along the Great River, the barrage swamps threaded by black and almost immobile and impenetrable swamps with reed and peppermint and cypress and ash and oak and resin; to the east, the hardwood ridges and meadows …

This was the American Dream: a sanctuary on earth for the individual man: a condition in which he would be free not only with respect to the old hierarchies established by companies of few owners of arbitrary power that had oppressed him as a mass, but free with respect that mass in which the hierarchies of the church and the state had compressed and kept individually enslaved and individually impotent.
A simultaneous dream for the different individuals among men so remote and isolated as to have no contact to equate dreams and hopes with the old nations of the Old World that existed as nations not about citizenship but about the condition of subjects, which only endured under the premise of the size and docility of the mass of subjects; the individual men and women who said in a simultaneous voice: «We will establish a new land where man can assume that each individual man – not the mass of men but individual men – has an inalienable right to dignity and to be a free individual in the within a structure of individual courage and honorable work and mutual responsibility ».
A condition in which every man not only would not be king, he would not even want to be. He would not even have the need to worry about having the need to be an equal with respect to the kings because now he was free of kings and all their similar congerie; free not only of the symbols but of the same old arbitrary hierarchies that represented the puppet symbols – courts and cabinets and churches and schools – for which he had been valuable not as an individual but only as a number, his value composed in that immutable ratio for its purely stupid numbers, that animal increase of its docile and unwilling mass.
America still hasn’t found a place for the one who deals only with things of the human spirit except to use his notoriety to sell soap or cigarettes or fountain pens or to advertise cars and cruises and hotels in resorts …

There is a victory beyond defeat of which the victor knows nothing. A border, a shore that serves as a refuge beyond the lost battles, the bronze names and the mausoleums of the leaders, guarded and indicated not by the triumphant goddess of human limbs with palm and sword, but by some thoughtful priestess and immobile of pure despair.
Man does not seem capable of enduring much prosperity; still less is it a people, a nation. Defeat is good for him, for it. Victory is the rocket, the dazzling, the momentary apotheosis at the right angles that is condemned by time and the rest: a broadcast full of latest sparks, dying and dead, perhaps leaving a word, a name, a date, for tedium of elementary school children in history. It is defeat that, serving him against his belief and his desire, returns him to the only thing that can sustain him: his colleagues, his racial homogeneity; the same; the earth, the unforgiving soil, monument and mausoleum of sweat.

What is wrong with marriage? I don’t think there is any problem with marriage. The problem lies with the parties involved. Man invariably gets unhappy when he engages in something for the sole purpose of getting something. Take what you have on hand and make of it what your heart desires, that is the thing. Men and women forget that the better the food, the faster the indigestion.

Lynching is a characteristic American trait. It is a disgrace to the black man who suffers it, just as it is a disgrace to him to suffer the following examples of sentimentality on the part of white people.

A twelve ounce bottle of four percent beer contains forty eight percent of an ounce of alcohol. A shot glass has a capacity of one and a half ounces (see dictionary). Whiskey ranges from thirty to forty-five percent alcohol. A thirty percent shot of whiskey contains forty five percent of an ounce of alcohol. A four percent bottle of beer does not contain twice as much alcohol as a shot of whiskey. Unless the whiskey is less than thirty-two percent alcoholic, the beer bottle doesn’t even contain that much.

Our old foreign policy was like the house policy of a gambling casino: covering all bets, betting that everyone is wrong, and relying on the constant and modest benefit of the house odds inherent in craps or table or roulette. Our new policy seems to be that of the manager asking his union to let the doorman carry a gun.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/01/absalon-absalon-william-faulkner-absalom-absalom-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/13/mosquitos-william-faulkner-mosquitoes-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/01/cuentos-reunidos-william-faulkner-collected-stories-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/10/el-oso-william-faulkner-the-bear-by-william-faulkner/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/11/ensayos-discursos-william-faulkner-essays-speeches-public-letters-by-william-faulkner/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.