A La Deriva. Setenta Y Seis Días Perdido En El Mar — Steven Callahan / Adrift: Seventy-Six Days Lost at Sea by Steven Callahan

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«A la deriva» se trata del viaje solitario de un hombre, tanto interno como externo, en el peligroso borde entre la vida y la muerte. Steven Callahan está tratando de cruzar el Océano Atlántico desde las Islas Canarias a Antigua, pero antes de partir, un anciano pescador señala su barco, el Napoleón Solo de 21 pies de largo, y dice: «¿En un bote tan pequeño? ¡Tonto!». El resto del viaje está lleno de peligros, comenzando desde que Napoleón Solo se vuelca y se hunde, lo que obliga a Callahan a abandonar el barco en un bote salvavidas de goma.
Cualquiera que luche contra demonios propios encontrará consuelo en la lucha de Callahan por sobrevivir, que es una metáfora de todas las luchas de los hombres para sobrevivir en un mundo a menudo hostil con probabilidades a menudo insuperables.

«Me imagino a dos jugadores de póker con cara de piedra lanzando fichas en una pila. Un jugador se llama Rescate y el otro es Muerte. Las apuestas se hacen cada vez más grandes. La pila de fichas ahora es tan alta como un hombre y tan grande como una balsa. Alguien va a ganar pronto».
El océano, los tiburones, el clima y el hambre son metáforas de los demonios que todos luchamos a diario: desempleo, desesperación, celos, odio, venganza. Sin embargo, a pesar de las terribles privaciones que experimenta, Callahan también experimenta momentos de profundo consuelo:
«Cuando miro fuera de la balsa, veo el rostro de Dios en las suaves olas, su gracia en la nadada del dorado, siento su aliento contra mi mejilla mientras baja del cielo. Veo que toda la creación está hecha a su imagen» .
Una historia verdaderamente notable de supervivencia contra viento y marea, el libro es un gran regalo para cualquiera que atraviese una crisis. Te recordará que «… estar bien alimentado, sin dolor y en compañía de amigos y seres queridos son privilegios que muy pocos disfrutan en este mundo a menudo brutal».

Estoy experimentando algo muy raro en la vida de un marino: una semana de paz. Con una dulzura poco habitual, el mar y el viento envuelven mi barco en una caricia materna que, a la vez, lo empuja rumbo a Antigua. El mar me proporciona alivio, pero, a la vez, me produce un continuo asombro. Como ocurre con los viejos amigos, nunca se me hace extraño, aunque no deja jamás de cambiar y siempre se reserva sorpresas. Me reclino sobre la cubierta de popa y siento las oleadas acercarse. Alzan el barco un metro o metro y medio al pasar bajo él y luego lo depositan del otro lado y continúan su avance hacia el horizonte. La brisa revuelve las páginas del libro que leo. El sol me oscurece la piel y me aclara el pelo.
El Napoleon Solo surca el mar mansamente en dirección oeste, con los dos foques desplegados a popa. La espumosa estela se riza entre las olas que dejamos atrás. Cuando no leo, escribo cartas e historias, dibujo serpientes marinas con pajarita y desperdicio cantidades desmesuradas de película grabando el mar, los atardeceres o las maniobras del barco. Me alimento de patatas fritas, cebolla, huevos y queso, así como cereales (bulgur, copos de vena, mijo). Hago ejercicio —flexiones, dominadas y yoga— y me estiro o me retuerzo siguiendo el ritmo del barco en su cabeceo. El enmarañado laberinto que forman el mástil, la botavara y demás piezas de la arboladura me ayuda a extender las velas, alzarlas o rebajarlas para recoger el máximo viento posible. En resumidas cuentas, tanto mi barco como el tripulante están en buena forma. Estoy disfrutando enormemente de una maravillosa travesía.

Se levanta el viento y empieza a silbar a través de los aparejos. Empieza a cuajarse una tempestad. Una manta de nubes avanza a toda velocidad por delante de mí. El mar se encrespa y las olas empiezan a golpearnos por todos lados. Quiero regresar a la navegación tranquila. Le hablo al cielo: «Venga, dame fuerte si quieres, pero que sea rápido».
Mi barquito continúa cortando el mar entre ondulantes colinas de agua que rápidamente se transforman en montañas. El agua clara que antes centelleaba ahora refleja el cielo, negro y amenazador. Las olas nos vomitan espuma encima mientras tratamos de enhebrarlas de seno en seno, intentando alcanzar un sol que ya se hunde en el mar. El piloto automático del Solo mantiene más o menos el rumbo. El motor ronca su canción cansada, como si le costase un trabajo enorme siquiera funcionar. Salvo por las ocasionales olas que barren la cubierta, no me encuentro demasiado incómodo.
Me sigue doliendo el cuerpo por el frío y ahora noto heridas y magulladuras en las que ni siquiera había reparado. Me siento tan vulnerable… No me queda ningún sistema de apoyo, no hay vía de escape ni más oportunidades. Siento como si, mental y físicamente, mis nervios hubieran perdido todas sus capas protectoras y hubieran quedado completamente expuestos, al aire.

El equipo de emergencia que viene con la balsa está atado a una serie de anillas en el suelo. Para hacer de mi hogar un lugar más seguro y mantener el interior a una temperatura agradable, decido hacer dos agujeritos en un lado del faldón que cierra la entrada y pasar por ellos dos trozos de cabo para poder cerrarlo. No puedo hacer mucho más, aparte de conservar energía, esperar que alguien oiga la señal de la radiobaliza y evaluar constantemente todo lo que ocurre a mi alrededor.
Pienso en cómo ha cambiado mi situación desde que estaba en mi barco, el Napoleon Solo, seco y rodeado de todo el equipo necesario, y me parece inverosímil, abrumador. Quizá todo sea una pesadilla de la que me voy a despertar en cualquier momento. Pero no. El agua que bate el suelo de la balsa bajo mi espalda, las olas que se estrellan contra sus costados, el frío y mi lecho empapado me dan una bofetada de realidad que me hace ver las cosas con una claridad desconocida por mí hasta hoy.
Otra noche eterna transcurre y llega la hora trigésima desde que encendí la radiobaliza.
En los trece días que llevo a la deriva solo he comido mil cuatrocientos gramos de alimento. Tengo el estómago hecho un nudo, pero la sutileza de la inanición va más allá del mero dolor, que se agudiza cada vez más. Me muevo más despacio y me canso más. No me queda grasa. Los músculos se alimentan de su propia materia. Tengo visiones de comida que me golpean como látigos. Apenas siento nada más.

Me lleno la boca de los cangrejos y camarones que se refugian en este vertedero oceánico. Qué ironía, que esta contaminación sea todo un hito en mi ruta a la salvación. Estoy ya en el lustroso camino de baldosas amarillas, rumbo a Oz, y el alimento, el refugio y la ropa están justo en la próxima salida. Las especies de aves y peces que veo por primera vez me dicen que he recorrido una distancia significativa. Y esta carretera de basura es algún tipo de demarcación importante, un cartel indicador que da noticia de surgencias y cambios en las corrientes.
Los últimos días han pasado muy despacio y me siento cada vez más apagado y deprimido. Deberíamos haber llegado a las islas hace días. ¿Podríamos haber pasado entre ellas? No, no puede ser, están demasiado cerca unas de otras. Habría visto al menos una. Y todos los pájaros siguen llegando desde el oeste. Me pregunto si debería usar la radiobaliza por última vez. Debe de quedarle poquísima batería y su alcance debe de ser mínimo, pero el tráfico aéreo diurno del Caribe ha de ser abundante y algún avión debería recibir la señal. No obstante, prefiero esperar a divisar tierra o reservar la radiobaliza para cuando esté en una situación realmente desesperada.
Empiezo a dudar de todo: de mi posición, de mis sentidos, de mi vida misma. Quizá me haya convertido en un Prometeo, condenado a que mi hígado sea arrancado y devorado cada día, y que a la noche crezca de nuevo. Quizá sea yo el Holandés Errante, al que una maldición obliga a navegar a través de los siete mares para siempre. No hallaré jamás reposo y veré mi cuerpo pudrirse del todo y mi equipo, terminar de deteriorarse.

Has tenido mucha suerte. Normalmente, no pescamos al levante de la isla. Solo hoy. Estábamos rodeando Marigalante y vimos pájaros de lejos, volando mar adentro. Normalmente, no pescamos tan lejos de la costa. Pero hoy hemos decidido ir. Cuando nos acercamos, vimos algo. Pensábamos que era un barril. Pensamos que quizá hubiera dorados cerca. Cuando llegamos no era un barril, era tu balsa.
Algunos empiezan a llamarme Superpescador o Supermán. Intento explicarles que no dejé de luchar en ningún momento no por heroísmo, sino porque era lo más fácil para mí, más fácil que morir.
La cocina criolla es excelente pero demasiado picante. El doctor Lachet y el doctor Dellanoy convienen en que debo dejar el picante durante un tiempo. Un caso clásico de incorporación demasiado precipitada a la vida normal. Durante cuatro o cinco días lo paso fatal, pero me recupero poco a poco, gracias a estos dos grandes médicos, Lachet y Dellanoy, mis padres, Mathias y Marie.
Por fin, me siento recuperado como para volver a caminar. Llevo en la isla diez días. Me doy cuenta de que ha llegado la hora de partir.

Cuando volví a tierra firme, en 1982, al igual que muchos otros supervivientes, no tenía idea de que, en muchos aspectos, mi viaje acababa de comenzar. En primer lugar, había sufrido varios cambios físicos. A lo largo de seis semanas luché para que se me desinflaran las piernas; la hinchazón finalmente desapareció, pero me han quedado unas cuantas cicatrices vitalicias para recordar por siempre que un día en el mar no es necesariamente lo mismo que un día en la playa. Cuando me bronceo, me aparecen en la piel decenas de pequeños círculos blancos, memoria de las llagas producidas por el agua salada. Después de unos seis meses en tierra, recuperé mi peso normal y se reconstituyeron la mayoría de músculos que el hambre había devorado. Las delatadoras líneas que me habían salido en las uñas a causa de la inanición terminaron desapareciendo. Tuve que aceptar un único costo físico real derivado de mi naufragio: un aparente adelantamiento de la mediana edad. Empecé a comer menos y por primera vez me di cuenta de que debería añadir un poco de relleno en torno a mi viejo abdomen. Por las mañanas, empecé a encontrar pelo en la almohada…
He seguido navegando. El mar sigue siendo el mayor desierto del mundo. En mi opinión, viajar a través de extensiones inhóspitas, ya estén cubiertas de bosques o de olas, es algo esencial para el crecimiento y la madurez del espíritu. Es en el páramo donde realmente aprendes quién eres. Es al enfrentar los desafíos de la naturaleza cuando el grosor de la billetera se vuelve irrelevante y las capacidades adquiridas se convierten en la medida más real del valor propio.
Aquel día, salí trabajosamente del mar y en la orilla encontré una vida de libertad como nunca había imaginado.
Es imposible crecer sin desafíos, los cuales producen crisis cotidianas que nos ponen a prueba, las cuales, a su vez, abren la puerta a otras oportunidades mayores. Quienes atraviesan momentos difíciles generalmente se sienten aislados y no saben qué hacer. Yo, cuando me enfrento a una crisis, trato de tener en cuenta algunos conceptos simples: no podemos controlar nuestros destinos, pero sí ayudar a darles forma; debemos tratar de hacer que la vida sea un poco más emocionante de lo que es, pero aceptemos también que solo podremos hacer las cosas lo mejor que podamos (y nada más). Con estas premisas en mente, si me siento más solo y desesperado, me consuelo pensando en todos aquellos que han padecido mayores sufrimientos y han sobrevivido, especialmente en quienes, a pesar de todo, han aprendido a progresar.

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Adrift is about one man’s solitary journey, both internal and external, on the perilous ledge between life and death. Steven Callahan is attempting to cross the Atlantic Ocean from the Canary Islands to Antigua, but before he departs, an elderly fisherman points to his vessel, the 21′ long Napoleon Solo, and says, «In such a small boat? Tonto!» (Fool) The rest of the journey is fraught with danger, starting from when the Napoleon Solo capsizes and sinks, forcing Callahan to abandon ship in a rubber lifeboat.
Anyone battling demons of their own will find solace in Callahan’s struggle to survive, which is a metaphor for all mens’ struggles to survive an often hostile world with often insurmountable odds.

«I imagine two stone-faced poker players throwing chips into a pile. One player is named Rescue and the other is Death. The stakes keep getting bigger and bigger. The pile of chips now stands as tall as a man and as big around as a raft. Somebody is going to win soon».
The ocean, the sharks, the weather, and hunger are all metaphors for the demons we all battle on a daily basis: joblessness, despair, jealousy, hatred, vengeance. Yet, despite the terrible privations he experiences, Callahan also experiences moments of profound solace:
«As I look out of the raft, I see God’s face in the smooth waves, His grace in the dorado’s swim, feel His breath against my cheek as it sweeps down from the sky. I see that all creation is made in His image».
A truly remarkable tale of survival against the odds, «Adrift» is a a great gift for anyone going through a crisis. It will remind you that «…to be well fed, painless, and in the company of friends and loved ones are privileges too few enjoy in this often brutal world».

I am experiencing something very rare in the life of a sailor: a week of peace. With an unusual sweetness, the sea and the wind envelop my ship in a maternal caress that, at the same time, pushes it towards Antigua. The sea gives me relief, but, at the same time, it produces a continuous astonishment. As with old friends, it never seems strange to me, although it never stops changing and always reserves surprises. I lean back on the aft deck and feel the waves approach. They raise the boat a meter or a meter and a half as they pass under it and then deposit it on the other side and continue their advance towards the horizon. The breeze turns the pages of the book I read. The sun darkens my skin and lightens my hair.
The Napoleon Solo glides gently across the sea to the west, with the two jibs deployed aft. The foamy wake curls between the waves we leave behind. When I don’t read, I write letters and stories, I draw sea snakes with bow ties and I waste excessive amounts of film recording the sea, the sunsets or the maneuvers of the ship. I eat potato chips, onions, eggs, and cheese, as well as cereals (bulgur, vein flakes, millet). I exercise — flexions, pull-ups, and yoga — and stretch or twist following the rhythm of the boat in its pitch. The tangled labyrinth that forms the mast, boom and other parts of the rig helps me extend the sails, raise or lower them to collect as much wind as possible. In short, both my ship and the crew are in good shape. I am greatly enjoying a wonderful journey.

The wind rises and begins to whistle through the rigging. A storm begins to curdle. A blanket of clouds is rushing ahead of me. The sea is getting rough and the waves are beginning to hit us everywhere. I want to return to smooth sailing. I speak to heaven: «Come on, give me strong if you want, but make it quick.»
My boat continues to cut the sea between rolling hills of water that quickly transform into mountains. The clear water that used to sparkle now reflects the sky, black and threatening. The waves foam us up as we try to thread them from breast to breast, trying to reach a sun that is already sinking into the sea. The Solo’s autopilot more or less stays on course. The motor snores his tired song, as if it took a huge job even to run. Except for the occasional waves that sweep the deck, I’m not too uncomfortable.
My body still hurts from the cold and now I notice wounds and bruises that I had not even repaired. I feel so vulnerable … I have no support system left, no escape route, no more opportunities. I feel as if, mentally and physically, my nerves have lost all their protective layers and have been completely exposed, to the air.

The emergency kit that comes with the raft is tied to a series of rings on the ground. In order to make my home a safer place and keep the interior at a comfortable temperature, I decide to make two small holes in one side of the skirt that closes the entrance and pass two pieces of line through them to be able to close it. I can’t do much more than conserve energy, wait for someone to hear the beacon signal, and constantly evaluate everything around me.
I think about how my situation has changed since I was on my boat, the Napoleon Solo, dry and surrounded by all the necessary equipment, and it seems implausible, overwhelming. Maybe it’s all a nightmare from which I’m going to wake up at any moment. But no. The water that beats the raft floor under my back, the waves that crash against its sides, the cold and my soggy bed give me a slap in the face that makes me see things with a clarity unknown to me until today.
Another eternal night passes and the thirtieth hour arrives since I turned on the radio beacon.
In the thirteen days that I have drifted I have only eaten fourteen hundred grams of food. My stomach is in a knot, but the subtlety of starvation goes beyond mere pain, which grows ever more acute. I move slower and get more tired. I have no fat left. Muscles feed on their own matter. I have visions of food that hit me like whips. I hardly feel anything else.

I fill my mouth with the crabs and shrimp that take refuge in this ocean dump. How ironic that this contamination is a milestone on my path to salvation. I am already on the shiny yellow tile road, heading to Oz, and the food, shelter and clothing are right on the next exit. The species of birds and fish that I see for the first time tell me that I have traveled a significant distance. And this garbage road is some kind of important demarcation, an indicator sign that gives notice of upwellings and changes in currents.
The past few days have passed very slowly and I feel increasingly dull and depressed. We should have reached the islands days ago. Could we have passed between them? No, it cannot be, they are too close to each other. He would have seen at least one. And all the birds keep coming from the west. I wonder if I should use the radio beacon one last time. It must have very little battery power and its range must be minimal, but the daytime air traffic in the Caribbean must be abundant and some aircraft should receive the signal. However, I prefer to wait to see land or reserve the beacon for when I am in a really desperate situation.
I begin to doubt everything: my position, my senses, my life itself. Perhaps I have become a Prometheus, condemned to have my liver plucked and devoured every day, and to grow again at night. Perhaps I am the Flying Dutchman, forced by a curse to navigate the seven seas forever. I will never find rest and I will see my body completely rot and my equipment, finish deteriorating.

You’ve been very lucky. Normally, we do not fish to the east of the island. Only today. We were circling Marigalante and saw birds from afar, flying out to sea. Normally, we don’t fish that far from shore. But today we have decided to go. When we got closer, we saw something. We thought it was a barrel. We thought that maybe there would have been gold nearby. When we got there it wasn’t a barrel, it was your raft.
Some start calling me Superfisher or Superman. I try to explain to them that I did not stop fighting at any time not because of heroism, but because it was the easiest thing for me, easier than dying.
Creole cuisine is excellent but too spicy. Dr. Lachet and Dr. Dellanoy agree that I must leave the spice on for a while. A classic case of too hasty incorporation into normal life. For four or five days I had a terrible time, but I recovered little by little, thanks to these two great doctors, Lachet and Dellanoy, my parents, Mathias and Marie.
Finally, I feel recovered to walk again. I’ve been on the island for ten days. I realize the time has come to leave.

When I returned to the mainland in 1982, like many other survivors, I had no idea that, in many ways, my journey had just begun. First, he had undergone several physical changes. Over the course of six weeks I fought to have my legs deflated; the swelling finally went away, but I’ve had a few lifelong scars to remember forever that a day at sea is not necessarily the same as a day at the beach. When I tan, dozens of small white circles appear on my skin, memory of the sores produced by salt water. After about six months on the ground, I regained my normal weight and most of the muscles that hunger had devoured were rebuilt. The telltale lines that had grown on my fingernails from starvation eventually disappeared. I had to accept a single real physical cost derived from my shipwreck: an apparent advancement of middle age. I started eating less and for the first time I realized that I should add a little filler around my old abdomen. In the morning, I started to find hair on the pillow …
I have continued browsing. The sea is still the largest desert in the world. In my opinion, traveling through inhospitable expanses, whether covered by forests or waves, is essential for the growth and maturity of the spirit. It is in the moor where you really learn who you are. It is in facing the challenges of nature that the thickness of the wallet becomes irrelevant and the acquired capabilities become the most real measure of self-worth.
That day, I struggled out of the sea and on the shore I found a life of freedom like I had never imagined.
It is impossible to grow without challenges, which produce daily crises that test us, which, in turn, open the door to other greater opportunities. Those who go through difficult times generally feel isolated and do not know what to do. When I face a crisis, I try to take into account some simple concepts: we cannot control our destinies, but we can help shape them; We should try to make life a little more exciting than it is, but let’s also accept that we can only do things the best we can (and nothing else). With these premises in mind, if I feel more lonely and desperate, I console myself by thinking of all those who have suffered the greatest suffering and have survived, especially those who, despite everything, have learned to progress.

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