Voces De Largos Ecos: Invitación A Leer A Los Clásicos — Carlos García Gual / Long-Echoed Voices: An Invitation To Read The Classics by Carlos García Gual (spanish book edition)

Este autor es recomendable leerlo en todo momento y este libro sigue la senda de sus buenas obras donde si además eres amante de lo clásico lo disfrutarás doblemente.
La Ilíada es el primer poema de la literatura griega. La literatura occidental comienza, en efecto, con esta epopeya heroica de unos quince mil seiscientos versos, compuesta en el siglo VIII a.C. por Homero, el mismo poeta al que los antiguos atribuyeron también la Odisea , el segundo gran poema heroico compuesto pocos lustros después. Homero es el gran patriarca en los comienzos de toda nuestra literatura. Poco sabemos de él, e incluso a veces —en los siglos XVIII y XIX — se llegó a poner en duda su existencia como único autor del vasto poema, postulando en su lugar la actuación de un hábil compilador que vino a ser un zurcidor de composiciones más breves anteriores.
La épica es el primer género literario, popular y tradicional. Y Homero es el autor épico por excelencia, seguido, a notable distancia, por Hesíodo y, de más lejos, por otros épicos menores, cuyas obras se nos han perdido.
La epopeya es, en todas las culturas, un género basado en la tradición mítica, que rememora las ejemplares y memorables hazañas de los héroes —gloriosas figuras de antaño que los mitos recuerdan y que sirven de estímulo y ejemplo a las generaciones de los hombres—, protegidos e impulsados a veces por los dioses. La Ilíada es una composición épica monumental por las proporciones del poema mismo, y tanto por su dramatismo como por su temática —el asedio de una ciudad, la contienda sangrienta, la atención a las batallas y los esfuerzos de los héroes, las palabras y las muertes de los guerreros, el trasfondo de los dioses y el destino, etc.— es un espléndido paradigma de este género poético, solemne y arcaico.

Homero es, para nosotros, un principio, como el primer autor conservado por escrito; pero, desde otro punto de vista, Homero es un epígono de una larga tradición de la poesía épica oral. Vivió en el siglo en que se introdujo en Grecia la escritura alfabética, tomada del sistema gráfico fenicio. Tal vez fue uno de los primeros griegos que manejaron con soltura el nuevo invento, tan revolucionario culturalmente, de la escritura alfabética. Quizás siguió siendo analfabeto, como tantos otros aedos antes de él, y acaso dictó sus poemas a un escriba más joven, o bien estos se pusieron por escrito bastante más tarde. Lo que queremos subrayar es que su forma de componer está fundada en las técnicas de la llamada «composición formularia oral» y en el modo tradicional de elaborar el relato épico de los aedos. Mediante la improvisación sobre un fondo de temas y fórmulas tradicionales, hábiles y memoriosos esos aedos construían sus cantos con destreza tomando del repertorio sus motivos, como en los poemas homéricos hacen Femio y Demódoco en la Odisea.
La épica es, en todas las literaturas, un género arcaico, y es difícil al lector actual olvidar la distancia que nos separa de su representación de la realidad. La evocación de las batallas, de los héroes y los dioses, del trágico destino de sus grandes figuras, lo solemne del lenguaje, todo ello confiere a esta poesía una evidente inactualidad. Y, sin embargo, la intensa humanidad y la enorme tensión poética que Homero ha logrado infundir a su Ilíada , hacen que este largo poema todavía nos conmueva profundamente.

La primera traducción española editada de la Ilíada fue la de Ignacio García Malo, en 1788. Resulta bastante sorprendente que el gran poema se tradujera tan tarde, a fines del siglo XVIII . La traducción está en verso, en endecasílabos libres. Tiene el claro mérito de ser la primera en nuestra lengua. Intenta ser muy fiel al texto griego, pero resulta de escaso nivel poético.
En contraste, ya en 1831, se publica la versión muy cuidada y también en verso de José Gómez Hermosilla. Su autor era catedrático de Poética en la Universidad de Madrid, y reconocido crítico literario, buen escritor y gran admirador de Homero. Su traducción está hecha en versos octosílabos, y con notable soltura y ritmo narrativo. Fue justamente elogiada por Menéndez y Pelayo y reeditada varias veces.

Aristófanes es el único autor de la llamada Comedia Antigua del que se nos han conservado varias obras completas, además de numerosos fragmentos. De los demás poseemos sólo algunos fragmentos, en citas breves, y unos cuantos títulos de obras perdidas.
En Aristófanes la comedia con una estructura formal bien definida y desarrollada en sus elementos característicos, que el dramaturgo maneja y combina con notable flexibilidad. Hay un esquema formal subyacente que configura la acción del drama cómico, bien distinto del esquema trágico, que en parte parodia.
De los Comensales sabemos que Aristófanes la hizo representar bajo el nombre de un amigo, el actor Calístrato, fundamentalmente porque era todavía demasiado joven para ser aceptado como autor en el concurso cívico. También en otras ocasiones recurrió a un procedimiento semejante, hecho bastante notable. (Al ser presentada la obra por otro, en caso de recibir un premio, era este quien lo cobraba. Se suele pensar que Aristófanes debió de pertenecer a la clase acomodada para así permitirse renunciar en beneficio de un amigo, encargado, por otro lado, de las tareas de director de escena y montaje, al premio asignado.)
En las Ranas , el héroe cómico es el propio Dioniso, el dios del teatro, que ha decidido bajar al Hades para rescatar de allí a su predilecto Eurípides. Acompañado de su esclavo Jantias —de nuevo una pareja cómica, como los de un par de payasos—, es nada menos que el dios Dioniso quien emprende el viaje. El coro son las Ranas de la laguna Estigia, con sus cantos batracios. Parodia del viaje mistérico y juego un tanto clownesco, en su primera parte, tras una parábasis muy lograda de consejos a los ciudadanos, mientras que la parte final escenifica un agón entre Esquilo y Eurípides. Dioniso debe convertirse en juez de la disputa sobre cuál de los dos ha sido un mejor autor trágico. Parodia y crítica literaria se mezclan en el intercambio de versos de uno y otro. Como el criterio para decidir es, a la postre, el del dramaturgo como educador del pueblo, es Esquilo quien obtiene el triunfo y a quien Dioniso debe resucitar para revitalizar la escena trágica ateniense. En el contraste entre lo nuevo y lo viejo, entre la degradación musical y el buen arte añejo, este se lleva la victoria porque su influjo en la paideía ha sido más útil al espíritu de la ciudad.

Los diálogos Fedón , Banquete y Fedro se sitúan, junto con el más extenso titulado Politeia , que solemos traducir por República , en la etapa de madurez o de plenitud de la larga obra platónica. Es decir, en el período central en el que el filósofo desarrolla su pensamiento con un espléndido dominio de la expresión literaria y de su propia teoría. Platón ha llegado a tener un sistema filosófico propio, que se funda en la llamada «teoría de las ideas», con una visión ética y política subordinada a una concepción metafísica idealista del universo y del destino humano.
Los mitos, como Platón sabe muy bien, tienen un encanto propio y uno puede admitirlos así, como un hechizo seductor, y aceptarlos como una forma de encantamiento. A punto de despedirse de la vida, el discutidor y escéptico Sócrates, a quien se condenó por impío en un terrible malentendido de los atenienses, cuenta un relato mítico variopinto y piadoso. Sobre la discusión dialéctica este relato deja un tono poético, como un aroma o una ligera bruma que sombrea las aristas de un diálogo escuetamente racionalista. Tal vez esto sea otra muestra de la ironía sutil de Platón.”

En Jenofonte, la sobriedad es un rasgo de su carácter y de su prosa. Alguna vez encontramos falto de color algún pasaje, o pensamos que Jenofonte se ha contentado con dibujar escuetamente la situación. Le gustan demasiado ciertos detalles muy concretos, como dar las distancias entre un punto y otro, reseñar los días de una marcha, y consignar nombres que ahora nos dicen más bien poco por sí mismos.
Sin embargo, en algunos pasajes, conquista, por esa misma sobriedad, un efecto patético notable.
Muchos de los camaradas de Jenofonte eran ese tipo de individuos sin escrúpulos y sin raíces ciudadanas, como indican algunos apuntes de la Anábasis ; otros, como él, eran exiliados políticos. En todo caso, su vida y obra muestran una excelente voluntad y un gran carácter. La expedición de Ciro no era la mejor escuela para forjar a un hombre de bien, pero un hombre de bien podía mostrar en cualquier circunstancia su areté y su hombría, su talento y su inteligencia, como hizo ejemplarmente él.

Los estudiosos de su obra zoológica coinciden en subrayar que Aristóteles no ha intentado establecer una clasificación sistemática de los animales, ni un catálogo completo de sus especies. Tampoco ha creado una terminología científica que le permitiera tratar de la ordenación de los diversos géneros y especies al margen de la nomenclatura del lenguaje habitual. Al contrario, se basa en las denominaciones habituales, en las distinciones recogidas por el habla corriente, por el griego usado en su época, para sustentar sus distinciones y descripciones. Muy lejos del sistema de Linneo, por tanto, Aristóteles, a quien podemos considerar como el fundador de la zoología helénica, esboza un primer cuadro de los seres naturales y sus géneros y figuras con un método mucho menos exacto que el requerido por una ciencia en sentido estricto.
Son muy numerosos los aciertos y descubrimientos de Aristóteles en el terreno de la zoología. Reconoció, por ejemplo, el carácter mamífero de los cetáceos —un hecho que escapa a todos los demás autores hasta el siglo XVI —. Distinguió los peces cartilaginosos de los óseos, y los describió con maravillosa exactitud. Describió cuidadosamente el desarrollo del embrión del pollo, y notó, al cuarto día después de la puesta, la presencia del corazón, «parecido a una manchita de sangre en la clara del huevo, latiendo y moviéndose como dotado de vida». Hace una excelente descripción de las cuatro cámaras del estómago de los rumiantes. Descubrió en la copulación de los cefalópodos una particularidad singular que no fue redescubierta hasta el siglo XIX . Sus descripciones de la rana y el pez torpedo son minuciosas…

Plutarco fue para muchos —desde Erasmo, Guevara y Montaigne— el gran introductor en la sabiduría helénica. Fue también el maestro en un género esencialmente moderno: el ensayo, pues eso son casi todos los opúsculos recogidos bajo el título vago de Moralia , ensayos sobre costumbres, ideas y figuras del mundo antiguo, redactados por un pensador que no es en un filósofo original (ni muy profundo a veces), pero que resulta siempre curioso, discreto, ameno, ponderado y sagaz.
La huella de Plutarco en la literatura europea es muy amplia desde el Renacimiento. Primero a través de traducciones latinas y luego romances. En Italia, en Francia, en España, se publican traducciones y surgen comentaristas de Plutarco. Es, sin duda, el traductor francés Jacques Amyot (que tradujo primero las Vidas en 1559 y luego los Moralia en 1572) quien logrará una más amplia repercusión y gozará de más ilustres lectores.
Plutarco escribió muchísimo y de muy diversos asuntos. Un buen número de sus escritos se nos ha perdido, pero lo que conservamos constituye un legado impresionante por su extensión, su diversidad temática, y su erudición e inteligencia.
La Vida de Alejandro como la Vida de César son dos espléndidas biografías. La grandeza de ánimo y el destino trágico de ambos —dos magníficos y decisivos genios de la historia antigua— queda de relieve a través de sus gestas, sus palabras y sus anécdotas.

Las primeras novelas griegas —el último género literario inventado por los griegos— coinciden en presentar como tema tópico las aventuras de una pareja de jóvenes y bellos amantes en busca de su común felicidad, en un matrimonio basado en el amor. El amor y los viajes son ingredientes básicos de esos relatos que seducen y conmueven a sus lectores. Son un primer esbozo de una literatura emotiva de anhelos románticos que preludia el folletín popular de épocas posteriores. Amenazan a los jóvenes amantes los vaivenes del azar y la fortuna, que los separan y zarandean en un mundo peligroso y desaforado. Fieros riesgos ponen a prueba la virtud de los jóvenes amantes, héroes ingenuos de este universo novelesco. Al final, sin embargo, podrán reunirse y consumar su felicidad. Tanto en los cuentos de hadas como en el folletín y las novelas rosas, el happy end es de rigor. Es el premio merecido por la fidelidad al amor y la lealtad al amado y a la amada. Los lectores lo saben y lo esperan. Después de los llantos y las angustias, el amor virtuoso sale triunfante de todo.
Entre las primeras novelas griegas destaca Dafnis y Cloe por su original juego con los tópicos del género. Aquí el amor entre los jóvenes se presenta como el descubrimiento del erotismo entre dos adolescentes en un marco pastoril e idílico: una bellísima isla del Egeo, la isla de Lesbos, famosa en la poesía griega. Y, a diferencia de lo que sucede en otras novelas helenísticas de la época, aquí no hay grandes viajes con paisajes exóticos, peregrinajes turbulentos por Persia, Egipto o Etiopía, sino que las peripecias de los jóvenes amantes quedan enmarcadas en ese escenario bucólico de la isla de Lesbos.
La trama de las Pastorales no carece de originalidad. Aquí el amor entre los dos protagonistas no es un flechazo fulminante, como en otros relatos, sino que se va desarrollando en el tiempo. Hay un despertar, un crecer y un madurar de la pasión erótica entre los dos adolescentes, que se ajusta al paso de las estaciones. De ahí que los tiempos estén muy bien marcados. Dafnis tiene quince años y Cloe trece cuando comienza la trama, y la historia concluye año y medio más tarde, con el feliz matrimonio de ambos. A diferencia de lo que sucede en las otras novelas, aquí la duración influye en los sentimientos de los protagonistas, y este es uno de los méritos más originales de la narración de Longo.

La Eneida es una epopeya compuesta por un gran poeta por encargo de un caudillo ávido de propaganda nacional y personal gloria. Es decir, es un empeño por moldear una narración épica edificada no sobre una saga popular, sino sobre un famoso mito griego manipulado para envolver en resonancias mitológicas una ideología imperial. A sugerencias del victorioso César Octavio, Virgilio compuso su Eneida para exaltar el resurgir de la ciudad celebrando la gloria, amparada por los dioses, del fundador de esa Roma de muy perdurable esplendor. Siguiendo las pautas poéticas de las epopeyas homéricas, consiguió levantar así «algo más duradero que el bronce». La Eneida es el más claro y exitoso ejemplo de este tipo de épica —culta y de encargo— y el único que ha logrado perdurar y ser admirado durante muchos siglos como poesía auténtica y patriótica más allá de su oportunismo político.
Pero conviene recordar el contexto histórico en que surgió, no sólo porque el poema contenga referencias ocasionales a este, como otros textos, sino porque Virgilio proyecta las intenciones imperiales de Augusto sobre un escenario mítico a la vez que reviste la leyenda del prófugo Eneas de un halo fatídico.
La Eneida es el modelo invocado desde su comienzo en todos los poemas épicos renacentistas, bajo formas, lenguas y estilos diversos; desde el poema latino Africa de Petrarca al Orlando Furioso de Ariosto, y La Jerusalén libertada de Tasso, Os Lusíadas de Camoens, El paraíso perdido de Milton, y aún más emulado de cerca en la Francíada de Ronsard. Los ecos del poema virgiliano se multiplican a través de los siglos y en muy distintos países, ya sea en narraciones de exaltación patriótica, ya en relatos fantásticos y de viajes celestes. Las palabras e imágenes poéticas del delicado Virgilio han pervivido en una larguísima tradición en el poema encargado por Augusto para gloria de aquella Roma ansiosa de inmortalizarse.

El Satiricón se distancia de todas las otras novelas antiguas por su temática cómica, satírica y lúbrica, un tanto obscena en algunos episodios. (Es en buena parte famosa por esas escenas.) Pero también por su estilo realista y polifónico, que alcanza en su gusto por la representación realista y colorista de escenas y tipos a través de una prosa singular una modernidad no igualada en la literatura antigua.

Los textos de Séneca facilitan esos florilegios de sentencias por dos razones: en primer lugar, porque nuestro pensador estoico se presta muy bien por su propio estilo a esas selecciones de frases agudas y memorables, y luego, pero no en menor medida, porque esos pensamientos suyos, que toman con frecuencia la forma del aforismo, resultan a menudo adecuados y estimulantes consejos para nuestros actuales afanes e inquietudes. En muchos aspectos son de una sorprendente modernidad. Lo que algunos críticos latinos notaron ya en Séneca como un rasgo digno de crítica: el que fuera un escritor de muy personal ingenio y de escaso sistematismo filosófico, ha venido a parar, en definitiva, en un notable elogio.
Séneca escribió fundamentalmente —si dejamos de lado sus obras dramáticas— diálogos y cartas (entre las que hay que contar sus Consolaciones ). Nos resulta muy significativa la predilección por esas formas literarias. Evidencia ese afán de dialogar con el otro, de escribir precisamente para conversar con un interlocutor, es decir, para un lector inmediato.
Séneca fue mejor predicador de la virtud que un practicante ingenuo y espontáneo del modelo de vida estoica, es decir, un sabio desligado de las tentaciones mundanas al que su naturaleza inclinaba a la austeridad y la sobriedad. No olvidemos que Séneca destacó desde joven como un brillante abogado en la Roma imperial y tuvo una exitosa trayectoria en la sórdida política cortesana de su tiempo, se enriqueció enormemente aprovechando el favor oficial y practicó la usura a gran nivel, fue desterrado por su relación escandalosa con una joven dama de la familia imperial, aduló a Claudio y lo satirizó después, y estuvo junto a Agripina y Nerón mucho tiempo.
La filantropía, el cosmopolitismo, la libertad del sabio, la amistad, la obediencia a la divinidad, etc., provienen de la doctrina de la Estoa. Séneca los recoge y los expresa con palabras latinas y un acento romano. Así la defensa de la igualdad entre los hombres bajo la creencia en la humanitas común, la idea de una patria universal, el impulso a colaborar en la mejora del mundo, el saber cumplir los deberes con alegría, por ejemplo, tienen en él acentos propios.
Pero, al mismo tiempo, no debemos olvidar que Séneca fue un escritor de numerosas tragedias de corte clásico. Fue Séneca el único filósofo antiguo que recordamos a la vez como gran poeta trágico. Sus tragedias recrean famosos temas míticos, y, como ya lo hicieron los grandes dramaturgos griegos, ofrecen terribles representaciones de los sufrimientos y las feroces pasiones de los héroes.

Libros del autor comentados en el blog:

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This author is recommended to read at all times and this book follows the path of his good works where if you are also a lover of the classic you will enjoy it doubly.
The Iliad is the first poem in Greek literature. Western literature begins, indeed, with this heroic epic of some fifteen thousand six hundred verses, composed in the eighth century BC. by Homer, the same poet to whom the ancients also attributed the Odyssey, the second great heroic poem composed a few decades later. Homer is the great patriarch at the beginning of all our literature. We know little about him, and even at times – in the 18th and 19th centuries – his existence as the sole author of the vast poem was questioned, instead postulating the performance of a skillful compiler who became a composition darner. shorter above.
The epic is the first literary, popular and traditional genre. And Homer is the epic author par excellence, followed, at a notable distance, by Hesiod and, further afield, by other lesser epics, whose works have been lost to us.
The epic is, in all cultures, a genre based on mythical tradition, which recalls the exemplary and memorable feats of heroes – glorious figures of yesteryear that myths recall and that serve as a stimulus and example to generations of men. , protected and sometimes driven by the gods. The Iliad is a monumental epic composition because of the proportions of the poem itself, and both for its drama and its theme – the siege of a city, the bloody battle, the attention to the battles and the efforts of the heroes, the words and deaths of warriors, the background of the gods and destiny, etc. — is a splendid paradigm of this poetic, solemn and archaic genre.

Homer is, for us, a principle, like the first author conserved in writing; but, from another point of view, Homer is an epigone of a long tradition of oral epic poetry. He lived in the century when alphabetic writing, borrowed from the Phoenician graphic system, was introduced to Greece. Perhaps he was one of the first Greeks to fluently handle the new, culturally revolutionary invention of alphabetic writing. Perhaps he remained illiterate, like so many other years before him, and perhaps he dictated his poems to a younger scribe, or else they were put into writing much later. What we want to emphasize is that his way of composing is based on the techniques of the so-called “oral formulaic composition” and on the traditional way of elaborating the epic tale of the aedos. By improvising on a background of traditional, skilful and memorable themes and formulas, these aedos skillfully constructed their songs, taking their motifs from the repertoire, as Femio and Demodocus do in the Odyssey in the Homeric poems.
The epic is, in all literatures, an archaic genre, and it is difficult for the current reader to forget the distance that separates us from its representation of reality. The evocation of the battles, the heroes and the gods, the tragic fate of its great figures, the solemnity of the language, all this gives this poetry an evident inactuality. And yet the intense humanity and enormous poetic tension that Homer has managed to infuse into his Iliad, make this long poem still deeply moving us.

The first published Spanish translation of the Iliad was by Ignacio García Malo, in 1788. It is quite surprising that the great poem was translated so late, in the late 18th century. The translation is in verse, in free hendecasyllables. It has the clear merit of being the first in our language. He tries to be very faithful to the Greek text, but it is of little poetic level.
In contrast, already in 1831, the very careful version and also in verse by José Gómez Hermosilla was published. Its author was a professor of Poetics at the University of Madrid, and a recognized literary critic, a good writer and a great admirer of Homer. His translation is done in eight-syllable verses, and with remarkable ease and narrative rhythm. It was justly praised by Menéndez y Pelayo and reissued several times.

Aristophanes is the only author of the so-called Ancient Comedy of which several complete works have been preserved, in addition to numerous fragments. Of the rest we have only a few fragments, in brief quotations, and a few titles of lost works.
In Aristophanes, the comedy with a well-defined formal structure and developed in its characteristic elements, which the playwright handles and combines with remarkable flexibility. There is an underlying formal scheme that shapes the action of the comic drama, quite different from the tragic scheme, which partly parodies.
From the Diners we know that Aristophanes had her represented under the name of a friend, the actor Calístrato, mainly because he was still too young to be accepted as an author in the civic contest. Also on other occasions he resorted to a similar procedure, quite remarkable. (When the work was presented by another, in case of receiving an award, it was this who collected it. It is often thought that Aristophanes must have belonged to the well-to-do class in order to allow himself to resign for the benefit of a friend, in charge, on the other hand, of the tasks of stage director and editing, to the assigned prize.)
In Las Ranas, the comic hero is Dionysus himself, the god of theater, who has decided to go down to Hades to rescue his favorite Euripides from there. Accompanied by his slave Jantias – again a comical couple, like those of a couple of clowns – it is none other than the god Dionysus who sets out on the journey. The choir is the Frogs of the Styx lagoon, with their batrachian songs. Parody of the mystery journey and a somewhat clownish game, in the first part, after a very successful parabasis of advice to the citizens, while the final part stages an agon between Aeschylus and Euripides. Dionysus must become judge of the dispute over which of the two has been a better tragic author. Parody and literary criticism are mixed in the exchange of verses of one and the other. As the criterion for deciding is ultimately that of the playwright as the educator of the people, it is Aeschylus who wins the day and whom Dionysus must resurrect to revitalize the Athenian tragic scene. In the contrast between the new and the old, between the musical degradation and the good old art, this one wins the victory because its in fl uence on the paideía has been more useful to the spirit of the city.

The dialogues Phaedo, Banquet and Phaedrus are located, together with the longer one entitled Politeia, which we usually translate as Republic, in the mature or full stage of the long Platonic work. That is to say, in the central period in which the philosopher develops his thought with a splendid command of literary expression and of his own theory. Plato has come to have his own philosophical system, which is based on the so-called “theory of ideas,” with an ethical and political vision subordinate to an idealistic metaphysical conception of the universe and human destiny.
Myths, as Plato knows very well, have a charm of their own and one can admit them as well, as a seductive spell, and accept them as a form of enchantment. About to say goodbye to life, the argumentative and skeptical Socrates, who was condemned as impious in a terrible misunderstanding by the Athenians, tells a colorful and pious mythical tale. On the dialectical discussion this story leaves a poetic tone, like an aroma or a slight mist that shades the edges of a strictly rationalist dialogue. Perhaps this is another display of Plato’s subtle irony. ”

In Xenophon, sobriety is a trait of his character and his prose. Sometimes we find a passage lacking in color, or we think that Xenophon has been content to briefly sketch the situation. He likes certain very specific details too much, such as giving the distances between one point and another, reviewing the days of a march, and recording names that now tell us little by themselves.
However, in some passages, it achieves, by that very sobriety, a remarkable pathetic effect.
Many of Xenophon’s comrades were such unscrupulous individuals without civic roots, as some notes from the Anabasis indicate; others, like him, were political exiles. In any case, his life and work show excellent will and great character. Ciro’s expedition was not the best school to forge a good man, but a good man could show his areté and his manhood, his talent and his intelligence in any circumstance, as he did exemplarily.

Scholars of his zoological work coincide in emphasizing that Aristotle has not attempted to establish a systematic classification of animals, nor a complete catalog of their species. Nor has he created a scientific terminology that would allow him to deal with the ordering of the various genera and species outside the nomenclature of common language. On the contrary, it is based on the usual names, on the distinctions collected by ordinary speech, by the Greek used in its time, to support its distinctions and descriptions. Very far from the Linnaean system, therefore, Aristotle, whom we can consider as the founder of Hellenic zoology, sketches a first picture of natural beings and their genera and figures with a method much less exact than that required by a science in Strict sense.
Aristotle’s successes and discoveries in the field of zoology are very numerous. He recognized, for example, the mammalian character of cetaceans – a fact that escapes all other authors until the 16th century. He distinguished cartilaginous from bony fish, and described them with marvelous accuracy. He carefully described the development of the chick embryo, and noted, on the fourth day after laying, the presence of the heart, “resembling a spot of blood in the white of the egg, beating and moving as if endowed with life.” Makes an excellent description of the four chambers of the stomach of ruminants. He discovered in the copulation of cephalopods a singular peculiarity that was not rediscovered until the 19th century. His descriptions of the frog and the torpedo fish are thorough …

Plutarch was for many – from Erasmus, Guevara and Montaigne – the great introducer in Hellenic wisdom. He was also the teacher in an essentially modern genre: the essay, for that is almost all the booklets collected under the vague title of Moralia, essays on customs, ideas and figures of the ancient world, written by a thinker who is not an original philosopher. (sometimes not very deep), but always curious, discreet, entertaining, thoughtful and sagacious.
Plutarch’s footprint in European literature is very broad since the Renaissance. First through Latin translations and then romances. In Italy, in France, in Spain, translations are published and commentators on Plutarco appear. It is undoubtedly the French translator Jacques Amyot (who first translated the Lives in 1559 and then the Moralia in 1572) who will achieve a wider impact and will enjoy more distinguished readers.
Plutarco wrote a great deal and on very diverse subjects. A good number of his writings have been lost to us, but what we conserve constitutes an impressive legacy for its length, its thematic diversity, and its erudition and intelligence.
The Life of Alexander and the Life of Caesar are two splendid biographies. The greatness of mind and the tragic destiny of both – two magnificent and decisive geniuses of ancient history – is highlighted through their deeds, their words and their anecdotes.

The first Greek novels —the last literary genre invented by the Greeks— coincide in presenting as a topical theme the adventures of a couple of young and beautiful lovers in search of their common happiness, in a marriage based on love. Love and travel are basic ingredients of these stories that seduce and move their readers. They are a first sketch of an emotional literature of romantic yearnings that preludes the popular soap opera of later times. Young lovers are threatened by the ups and downs of chance and fortune, which separate and shake them in a dangerous and wild world. Fierce risks put the virtue of young lovers to the test, naive heroes of this romantic universe. In the end, however, they will be able to reunite and consummate their happiness. In both fairy tales and novels and rose novels, the happy ending is de rigueur. It is the award deserved for loyalty to love and loyalty to the beloved and the beloved. Readers know and expect it. After the tears and the anguish, virtuous love triumphs over everything.
Among the first Greek novels, Daphnis and Chloe stand out for their original play with the topics of the genre. Here love between young people is presented as the discovery of eroticism between two teenagers in a pastoral and idyllic setting: a beautiful island in the Aegean, the island of Lesbos, famous in Greek poetry. And, unlike what happens in other Hellenistic novels of the time, here there are no great trips with exotic landscapes, turbulent pilgrimages through Persia, Egypt or Ethiopia, but the adventures of the young lovers are framed in that bucolic scene of the island of Lesbos.
The plot of the Pastorales is not without originality. Here the love between the two protagonists is not a sudden arrow, as in other stories, but it develops over time. There is an awakening, a growth and a maturing of erotic passion between the two teenagers, which adjusts to the passing of the seasons. Hence the times are very well marked. Daphnis is fifteen years old and Chloe thirteen when the plot begins, and the story concludes a year and a half later, with the happy marriage of both. Unlike what happens in the other novels, here the duration influences the feelings of the protagonists, and this is one of the most original merits of Longo’s narrative.

The Aeneid is an epic composed by a great poet commissioned by a leader eager for national propaganda and personal glory. In other words, it is an effort to mold an epic narrative built not on a popular saga, but on a famous Greek myth manipulated to envelop an imperial ideology in mythological resonances. At the suggestions of the victorious César Octavio, Virgilio composed his Aeneid to exalt the revival of the city, celebrating the glory, protected by the gods, of the founder of that Rome of very enduring splendor. Following the poetic guidelines of the Homeric epics, he thus managed to build “something more durable than bronze.” The Aeneid is the clearest and most successful example of this type of epic –culture and commissioned– and the only one that has managed to endure and be admired for many centuries as authentic and patriotic poetry beyond its political opportunism.
But it is worth remembering the historical context in which it arose, not only because the poem contains occasional references to it, like other texts, but also because Virgil projects the imperial intentions of Augustus on a mythical setting while at the same time dressing the legend of the fugitive Aeneas of a fatal halo.
The Aeneid is the model invoked from its beginning in all Renaissance epic poems, under different forms, languages and styles; from Petrarca’s Latin poem Africa to Ariosto’s Orlando Furioso, and Tasso’s Liberated Jerusalem, Camoens’s Os Lusíadas, Milton’s Paradise Lost, and even more closely emulated in Ronsard’s France. The echoes of the Virgilian poem multiply through the centuries and in very different countries, whether in narratives of patriotic exaltation, or in fantastic tales and of celestial voyages. The words and poetic images of the delicate Virgil have survived in a very long tradition in the poem commissioned by Augustus for the glory of that Rome eager to immortalize itself.

El Satiricón differs from all the other old novels due to its comic, satirical and lewd themes, somewhat obscene in some episodes. (It is largely famous for those scenes.) But also for its realistic and polyphonic style, which achieves in its taste for the realistic and colorful representation of scenes and types through a singular prose a modernity not equaled in ancient literature.

Seneca’s texts facilitate these fl orileges of sentences for two reasons: first, because our Stoic thinker lends himself well to such selections of sharp and memorable sentences in his own way, and then, but not less, because those thoughts His, which often take the form of aphorism, are often appropriate and stimulating advice for our current cares and concerns. In many respects they are surprisingly modern. What some Latino critics already noted in Seneca as a trait worthy of criticism: that he was a writer of very personal wit and little philosophical systematism, has ultimately ended up in remarkable praise.
Seneca wrote fundamentally – if we put aside his dramatic works – dialogues and letters (among which his Consolations must be counted). The predilection for these literary forms is very significant to us. It shows that desire to dialogue with the other, to write precisely to converse with an interlocutor, that is, for an immediate reader.
Seneca was a better preacher of virtue than a naive and spontaneous practitioner of the Stoic model of life, that is, a sage detached from worldly temptations who was inclined to austerity and sobriety by his nature. Let us not forget that Seneca stood out from a young age as a brilliant lawyer in imperial Rome and had a successful career in the sordid court politics of his time, he enriched himself enormously by taking advantage of official favor and practiced usury at a great level, he was exiled for his scandalous relationship with a young lady of the imperial family, he flattered Claudius and lampooned him afterward, and was with Agrippina and Nero for a long time.
Philanthropy, cosmopolitanism, the freedom of the sage, friendship, obedience to the divine, etc., come from the doctrine of the Stoa. Seneca collects them and expresses them with Latin words and a Roman accent. Thus the defense of equality among men under the belief in the common humanitas, the idea of a universal homeland, the impulse to collaborate in the betterment of the world, knowing how to fulfill one’s duties with joy, for example, all have their own accents. .
But, at the same time, we must not forget that Seneca was a writer of numerous classical tragedies. Seneca was the only ancient philosopher that we remember at the same time as a great tragic poet. His tragedies recreate famous mythical themes, and, as the great Greek playwrights did, they offer terrifying representations of the sufferings and fierce passions of heroes.

Books from the author commented in the blog:

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6 pensamientos en “Voces De Largos Ecos: Invitación A Leer A Los Clásicos — Carlos García Gual / Long-Echoed Voices: An Invitation To Read The Classics by Carlos García Gual (spanish book edition)

  1. Una maravilla, como todo lo que escribe este hombre. Creo que esta lectura es un buen antídoto para soportar el desastre que nos está tocando vivir.
    Un saludo!

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