En Las Antípodas — Bill Bryson / Down Under In a Sunburned Country by Bill Bryson

El libro es divertidísimo y está lleno de anécdotas, historia, ciencia y aventuras. No se puede calificar de guía de viajes porque se escribió en 1994 y no ofrece ese formato. El autor recorre el continente descubriendo para nosotros lugares inhóspitos que te atraen como un imán, desiertos abrasadores, playas paradisíacas en las que podrías morir de 5 formas diferentes, historias infames sobre la colonización y los aborígenes, costumbres y carácter de los australianos, formas de vida que no existen en ningún otro lugar del mundo…
Para seguir el libro y procurar estructurar en mi cabeza el viaje he tenido siempre abierta la aplicación de Maps para localizar ciudades, carreteras, playas, etc. Es algo que recomiendo para captar realmente la inmensidad del país, recordar las ubicaciones y también para no quedaros sólo con las descripciones pudiendo ver imágenes reales de los sitios que se mencionan.
Te mantiene cautivado en su viaje a los rincones de este continente. Me encontré igualmente interesado en lo que conoce y en sus descripciones detalladas e información de fondo.
Poner en lenguaje variado y colorido. Me llevó a buscar el significado de algunas palabras.
El humor no falta, por supuesto. ¡Como cuando pone el miedo en su amigo acompañante cuando relata sutilmente los peligros de los animales de la Costa Dorada, como la mantarraya y el pargo rojo, no de la variedad Taz, eso sí!.
No rehuye detallar la negligencia y los problemas sociales de los aborígenes.
Pero, ¿qué es lo que no le gusta de un país rico en naturaleza y recursos hermosos, aún no alquilado, donde la gente es amable y relajada? Se ha plantado la idea de hacer un viaje antipodean yo mismo y echar un vistazo.

Leí este libro después de haber terminado de visitar Australia hace años. Escuché sobre el libro de uno de nuestros guías turísticos y solo deseo haberlo sabido de antemano. Es una mezcla de texto de historia, cuaderno de viaje y aventuras personales del autor. Todo esto se mantiene unido por su humor seco que abunda en todas partes. Durante el transcurso de sus viajes, se las arregla para encontrar una variedad de cosas interesantes y fuera del camino que describe de tal manera que me hace desear haberlas visto con él. Obviamente, visitó una multitud de ubicaciones para las que me faltaba tiempo, pero donde nuestros caminos “se cruzaron”, solo puedo decir que sus descripciones e impresiones reflejaron las mías, por lo que puedo asumir con seguridad que las ubicaciones que no duplicamos se presentan con la misma precisión. Ya sea que haya visitado Australia, esté planeando hacerlo en un futuro cercano, o nunca espere hacerlo “En las Antípodas”, este libro es una lectura fácil que es realmente difícil de dejar.

En primer lugar, está claro a lo largo de todo el libro que Bryson realmente ama a esta nación. Puede que mi aprecio por su afecto se vea incrementado por el hecho de que también escuché el audiolibro (leído por el autor), y su tono revela su entrañable falta de subjetividad. Sin embargo, su amor por la gente no le impide hacer algunos comentarios agudos sobre temas particulares. Él observa que los australianos tienden a involucrarse en el arte de la argumentación sin realmente desear un cambio, como con el tema de convertirse en una república independiente de pleno derecho. Además, no tira golpes cuando relata cómo algunos de los habitantes de esta gran nación eran todo menos hospitalarios.
La narrativa histórica que teje en el cuento sin duda será más interesante cuando viaje por las ciudades y el campo. Breves bocetos históricos de las pequeñas comunidades por las que pasa tienden a ser aburridos, pero su historia australiana más generalizada sobre la fundación es fascinante y está bien contada. Las innumerables exploraciones fallidas en el interior fueron en su mayoría olvidables, pero transmitieron con éxito la brutalidad y la crueldad del entorno natural de Australia. Además, la migración de personas hace 45,000 años hacia el continente fue acertada.
Cuando discute la difícil situación de los aborígenes, hace algunas observaciones cortantes sobre los australianos y él mismo. Después de reflexionar sobre el “problema”, y considerando las formas en que la posición de los aborígenes en la sociedad australiana podría mejorarse, descubre que no tiene respuestas genuinas al problema. “Así que sin un pensamiento original o útil … hice lo que la mayoría de los australianos blancos hacen. Leí mi periódico … y ya no los vi [a los aborígenes]”.
Su obsesión humorística con los animales mortales continúa en este trabajo también, ya que documenta peces, reptiles, mamíferos y anfibios que son particularmente expertos en mutilar y matar viajeros desprevenidos o descuidados. Además, toma nota de la introducción de conejos salvajes en el continente por Thomas Austin, un residente de Victoria en 1859. Los 24 conejos liberados originalmente para el deporte pronto crecieron a una población de millones. Reducidos temporalmente por la introducción de una enfermedad matadora de conejos por parte de los gobiernos, los resistentes sobrevivientes finalmente comenzaron a reproducirse nuevamente hasta que las cifras alcanzaron la asombrosa cifra de 300 millones (al momento de la publicación.
Por último, el aspecto más impactante del libro es el estilo narrativo de Bryson. Como viajero ávido, registro mis propios viajes y documento donde he estado, así como cuentos interesantes, roces con la muerte, etc. Su habilidad descriptiva es excelente y atrae al lector a las escenas con un estilo cómico y de conversación. Sus encuentros solitarios en bares, su incómoda toma de fotografías con otros viajeros en solitario (mientras contemplan una enorme langosta fabricada) y sus noches de borrachera con sus compañeros de viaje son divertidos y genuinos. Espero traer su viveza a mi próximo viaje, cuando escriba sobre eso más tarde.

En general, recomiendo este libro a cualquiera que le guste viajar, que haya ido a Australia o que desee ir en el futuro. Me inspiró a hacerlo, e incluso me hizo creer que valdría la pena ver Uluru (roca Ayers), y no solo el artefacto geológico más inútil del mundo.

Por supuesto, son las historias de Bryson contadas en el camino, que contienen una dosis exuberante de buen humor, lo que lleva el libro. Entre estas historias se incluyen la “misteriosa perturbación sísmica” en el remoto interior de Australia que algunos atribuyeron al culto de Aum Shinrikyo, el ahogamiento de un primer ministro australiano, Harold Holt, la masacre de aborígenes en Myall Creek , la muerte de un par de buzos yanquis en la Gran Barrera de Coral, la devastación del ciclón Tracy de Darwin y la existencia continua del Gran Papá de todos nosotros, los estromatolitos, descendientes de los primeros organismos vivos de la Tierra hace 3.500 millones de años, ahora viviendo sus vidas en la jubilación frente a la costa occidental de Australia. Eso es solo una pizca de las historias; También están los relatos de la flora y la fauna, gigantes y (con respecto a los estromatolitos) diminutos, benignos y mortales (presencia la caja de medusas que produce una muerte insoportablemente dolorosa).
Bryson está en su mejor momento cuando viaja con alguien. Esto es especialmente cierto en la sección sobre Queensland, cuando su compañero de viaje es el productor de televisión británico Allan Sherwin. Las bromas siempre son divertidas; es como si realmente estuviera en su juego Bryson necesita un florete. En general. Es cierto que no sufre tontos con gusto, ya sean periodistas ignorantes o simples empleados de hotel estúpidos. Es el tipo de persona con el que quieres viajar porque dirá lo que estás pensando. Además, le encanta un buen pub.

El libro celebra la majestad de Australia y la maravillosa amabilidad de su gente.
Es el hogar del ser vivo más grande de la Tierra, la Gran Barrera Australiana, y del monolito más famoso e impresionante, Ayers Rock (o Uluru, si utilizamos un nombre aborigen más respetuoso, y ahora oficial). Tiene más cosas que pueden matarte que ningún otro lugar. Las diez serpientes más venenosas del mundo son australianas. Estos cinco animales: la araña de tela de embudo, la medusa cofre, el pulpo de anillos azules, la garrapata paralizadora y el pez piedra son los más letales de su especie en el mundo. Es un país en que el gusano más peludo puede dejarte seco con su venenoso pinchazo, donde los moluscos no sólo pican sino que a veces te persiguen. Si recoges una inocua caracola de la playa de Queensland, como suelen hacer los incautos turistas, descubrirás que el animalito que hay dentro no es sólo sorprendentemente veloz e irritable, sino muy venenoso. Si no te pican ni muerden mortalmente de forma inesperada, se te puede zampar un tiburón o un cocodrilo, unas irresistibles corrientes te arrastrarán mar adentro o morirás implacablemente abrasado en el asfixiante outback. Es un lugar duro.

Australia es un país de clubes —clubes de deportes, clubes de trabajadores, clubes de militares retirados, clubes afiliados a distintos partidos políticos—, todos teóricamente, y a veces sin duda activamente, dedicados al bienestar de un sector concreto de la población. No obstante, para lo que realmente están es para generar mucho dinero con las bebidas y el juego.
Circular Quay, en Sydney. Para empezar, presenta una de las vistas más impresionantes del mundo. A la derecha, dolorosamente brillando bajo el sol, se alza el famoso Opera House, con su techo airoso y lleno de ángulos. A la izquierda, el estupendo y noble Harbour Bridge. En el agua, resplandeciente y atrayente, está Luna Park, un parque de atracciones al estilo de Coney Island, con una cabeza que sonríe como una maníaca a modo de puerta.
Es el Opera House lo que más atrae la atención, y es fácil entender por qué. Resulta tan asombrosamente familiar —eso de «vaya, ya estoy en Sydney»—, que no puedes dejar de mirarlo. Clive James equiparó una vez el Opera House con una «máquina de escribir portátil llena de conchas de ostras», lo que quizás es un pelo duro. En todo caso, el Opera House no tiene nada que ver con la estética. Es algo así como un icono.
Las Blue Mountains, las pintorescas colinas hasta hace poco intransitables que hay al oeste de Sydney. Cuando te acercas, las Blue Mountains no parecen tan terribles; no tienen gran altura y por todas partes están revestidas de una suave vegetación. Pero en realidad están llenas de traicioneros desfiladeros y cañones de cantos rodados, algunos con paredes escarpadas que miden centenares de metros, y su vegetación demuestra ser, en una inspección cercana, una desconcertante maraña de origen incierto. Durante el primer cuarto de siglo de ocupación europea, las Blue Mountains fueron como una impenetrable barrera para la expansión. Las expediciones intentaron repetidas veces sin éxito encontrar un camino que las cruzara. Aunque consiguieran pasar a través de la cortante maleza, era imposible mantener el tipo en los erráticos desfiladeros.
Canberra es ahora una de las ciudades más grandes de la nación y una de las poblaciones más importantes de la Tierra, sigue siendo la parte más recóndita de Australia. Teniendo en cuenta que es la capital, no es nada fácil llegar a ella. Para ello hay que desviarse 65 km de la carretera principal de Sydney a Melbourne, la Hume Highway, y está igualmente abandonada por la principal línea de ferrocarril. Su carretera más importante hacia el sur no va a ninguna parte y no se puede llegar a la ciudad por el oeste como no sea por una pista que parte del pueblecito de Tumut.
En 1996, el primer ministro, John Howard, armó un escándalo después de su elección al negarse a vivir en Canberra. Dijo que seguiría residiendo en Sydney y viajaría a Canberra cuando hiciera falta. Como podéis imaginaros, esto armó un revuelo entre los ciudadanos de la capital, probablemente porque no se les había ocurrido a ellos antes.

Hay tantas especies introducidas que el canguro rojo, antaño el animal más grande del continente, está ahora en el decimotercer lugar en lo que a tamaño se refiere.
Las consecuencias para las especies nativas han sido desastrosas. Unos ciento treinta mamíferos australianos están en peligro de extinción. Dieciséis se han extinguido, más que en ningún otro continente. ¿Y adivináis cuál es el mayor depredador? Según los Parques Nacionales y el Servicio de Flora y Fauna es el gato común. Los gatos se lo pasan en grande en el campo australiano. Hay 12 millones sueltos por allí, viviendo en todos los paisajes posibles, desde los desiertos más secos a las montañas más altas. Junto al zorro, han contribuido a que los animales autóctonos más pequeños, bonitos y vulnerables de Australia estén al borde de la extinción: numbats, betongs, gatos marsupiales, ratas canguro, bandicuts, ualabís rupestres, ornitorrincos…

La Gran Barrera de Arrecifes tiene 280.000, 340.000 km2 o una cifra intermedia; mide 1.930 km de arriba abajo, o bien 2.570; es mayor que Kansas, Italia o el Reino Unido. Nadie se pone de acuerdo en dónde empieza y acaba, pero todos reconocen que es muy grande. Incluso con las medidas más modestas, tiene el equivalente en longitud a la costa oeste de Estados Unidos. Y, evidentemente, es un hábitat inmensamente vital: el equivalente oceánico de la selva amazónica. La Gran Barrera de Arrecifes contiene unas mil quinientas especies de peces, cuatrocientos tipos de coral y cuatro mil variedades de moluscos, pero se trata de cifras calculadas a ojo. Nadie se ha dedicado a hacer un inventario exhaustivo. Es demasiado trabajo.
Como consiste en unos tres mil arrecifes separados y más de seiscientas islas, algunos insisten en que no es una unidad y que no se la debería concebir como el espécimen más largo de la Tierra. Esto es como decir que Los Ángeles no es una ciudad porque consiste en muchos edificios separados. Qué más da. Es fabuloso. Y todo gracias a trillones de pequeños pólipos de coral que han trabajado con dedicación y microscópica diligencia durante más de dieciocho millones de años, añadiendo cada uno su grano o dos de grosor al expirar y formando una tumba de silicato. Es impresionante.

Uluru y Alice Springs se hallan tan inextricablemente unidos en la imaginación popular que casi todo el mundo cree que están relativamente cerca. Pero hay que recorrer 480 km por una pista desolada para ir del uno al otro. La gloria de Uluru es que está solo y en una vacuidad ilimitada, pero eso significa que tiene que apetecerte mucho verlo; no es un sitio por donde se pase camino de la playa.

Lo más curioso para un forastero es que los aborígenes no aparecen en ninguna parte. No salen en la televisión ni despachan en las tiendas. En el Parlamento sólo ha habido dos aborígenes; ninguno ha sido ministro. Los indígenas constituyen sólo el 1,5 % de la población australiana y viven mayoritariamente en zonas rurales. Por lo tanto, no cabe esperar verlos en grandes cantidades, pero sí de vez en cuando: trabajando en un banco, repartiendo el correo, poniendo multas, arreglando una línea de teléfonos, participando en el funcionamiento del mundo de forma productiva. Eso yo no lo he visto nunca. Sin duda hay alguna desconexión.
Si me contratara la Commonwealth de Australia para asesorar sobre temas aborígenes sólo podría decir: «Hagan algo más. Inténtenlo con más ganas. Empiecen inmediatamente».

El ornitorrinco. En un país lleno de animales inverosímiles, es el que se lleva la palma. Pertenece a un mundo anatómico inferior a medio camino entre los mamíferos y los reptiles. Cincuenta millones de años de aislamiento dio tiempo a los animales australianos para evolucionar en direcciones insólitas, y en ocasiones para no evolucionar. El ornitorrinco hizo las dos cosas.
En 1799, cuando se enteraron en Inglaterra de que en Australia existía un animal sin dientes, venenoso, cubierto de pelo, ovíparo y semiacuático con pico de pato, cola de castor, patas palmeadas y con garras, y un extraño orificio denominado cloaca que servía tanto para la reproducción como para excretar (una característica que, como observó delicadamente un taxonomista, era «extremadamente curiosa pero no muy bien adaptada a las funciones primordiales»), no es de extrañar que se lo tomaran como una broma. Incluso después de un examen cuidadoso de un espécimen que se les mandó, el anatomista del Museo Británico George Shaw manifestó que «le costaba no albergar algunas dudas sobre la autenticidad del animal, y suponer que podría haberse practicado alguna falsificación en su estructura».
Perth es un lugar alegre y acogedor. De entrada ya es una delicia llegar allí, porque Perth es la metrópoli más aislada y remota de la Tierra; aunque más próxima a Singapur que a Sydney, no está demasiado cerca de ninguna de las dos. Tras de ti hay 2.700 km de inmóvil y rojiza desolación hasta Adelaida; ante ti no hay nada más que 5.000 millas de un mar azul y uniforme hasta África. La razón de que 1,3 millones de miembros de una sociedad libre elijan vivir en un lugar tan solitario y fronterizo es algo que vale la pena considerar, pero el clima ya lo explica en parte. Perth tiene un clima estupendo, agradable. Es una ciudad grande, limpia y moderna: la Minneapolis de las antípodas— pero su luz nítida y radiante la embellece. No veréis cielos más azules en una ciudad ni una luz solar más pura rebotando en los rascacielos como en Perth.
Pero lo que caracteriza a Perth es contar con uno de los parques más grandes y hermosos del mundo, Kings Park. Ocupa unas cuatrocientas cinco hectáreas en un risco sobre la amplia cuenca del río Swan, y es todo lo que debería ser un parque urbano: lugar de recreo, santuario, paseo, jardín botánico, mirador, monumento. Es tan grande que nunca estás seguro de haberlo visto todo. En gran parte está dispuesto de forma convencional —prados ondulantes, senderos, parterres—, pero un rincón sustancial, que representa una cuarta parte del total, se ha conservado como bush natural.

La pregunta que se plantea es por qué Australia, tan a menudo hostil a la vida, ha producido tanto y en tanta abundancia. Paradójicamente, la mitad de la respuesta radica en la pobreza del suelo. En el mundo templado, las plantas que conocemos prosperan en cualquier lugar —un roble crece tan productivamente en Oregón como en Pennsylvania— y tienden a predominar unas cuantas especies genéricas. En los suelos pobres, en cambio, suelen especializarse.
El segundo factor, más evidente en la variedad australiana, es el aislamiento. Evidentemente, cincuenta millones de años como isla protegieron las formas de vida autóctonas de mucha competencia y permitieron que algunas de ellas —los eucaliptos en el mundo de las plantas, los marsupiales en el mundo animal— prosperaran de forma insólita. Así que no es menos importante para la diversidad de especies el aislamiento que ha existido en Australia. En general, Australia comprende bolsas de vida diseminadas y separadas por grandes zonas áridas. Y esto es palpable como en ningún otro lugar en el sudoeste de Australia. Según David Attenborough (en La vida privada de las plantas), ese rincón de Australia «contiene no menos de 12.000 especies diferentes de plantas y el 87 % de ellas no se encuentra en ningún otro lugar del mundo».
En consecuencia, es lamentable informar que muchas de estas singulares plantas están amenazadas por una enfermedad terrible llamada «dieback». Esta enfermedad procede de una familia de hongos denominada Phytophthora, relacionada con el hongo que causó la plaga de la patata en Irlanda. Hace un siglo que está en Australia y ha afectado a plantas de todo el país.

Australia está casi vacía y además muy lejos. Su población es pequeña y su papel en el mundo resulta, por consiguiente, marginal. No tiene golpes de estado, ni abusa de la pesca, no hay simpáticos déspotas, ni cultiva coca en cantidades industriales ni avasalla a nadie. Es estable, pacífica y buena. No necesita que la vigilen, así que nadie lo hace. Pero nosotros nos lo perdemos.
En fin, que Australia es un lugar interesante de verdad.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/26/el-cuerpo-humano-guia-para-ocupantes-bill-bryson-the-body-a-guide-for-occupants-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/27/1927-el-verano-que-cambio-el-mundo-bill-bryson-one-summer-america-1927-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/28/shakespeare-bill-bryson-shakespeare-the-world-as-stage-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/29/en-las-antipodas-bill-bryson-down-under-in-a-sunburned-country-by-bill-bryson/

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The book is hilarious and full of anecdotes, history, science, and adventure. It cannot be called a travel guide because it was written in 1994 and does not offer that format. The author travels the continent discovering for us inhospitable places that attract you like a magnet, scorching deserts, paradisiacal beaches where you could die in 5 different ways, infamous stories about colonization and aborigines, customs and character of Australians, ways of life that does not exist anywhere else in the world …
To follow the book and try to structure the trip in my head, I have always had the Maps application open to locate cities, roads, beaches, etc. It is something that I recommend to really capture the vastness of the country, remember the locations and also not to be left with just the descriptions being able to see real images of the sites that are mentioned.
He keeps you enthralled on his trip to the corners of this continent. I found myself just as interested in what he meets and in his detailed descriptions and background information.
Put in varied and colourful language. It prompted me to look up the meaning of some words.
The humour is not lacking of course. As when he puts the fear in his accompanying friend when he subtly relates the dangers of animals of the Gold coast, like the stingray and the red snapper, not of the Taz variety, mind you!.
He does not shy away from detailing the neglect and social problems of the Aborigines.
But what is there not to like about a country rich in beautiful nature and resources, not yet chartered, where the folk are gentle and laid back? It has planted the idea of making an antipodean trip myself and having a look around.

I read this book after having just finished visiting Australia for months time ago. I heard about the book from one of our tour guides and only wish that I had know about it in advance. It is a mixture of history text, travelogue, and the author’s personal adventures. All of these are held together by his dry humor which abounds throughout. During the course of his travels he manages to find a variety of out of the way and interesting things which he describes in such a way as to make me wish that I had seen them with him. Obviously, he visited a multitude of locations for which I lacked the time but where our paths “crossed” I can only say that his descriptions and impressions mirrored mine so I can safely assume that the locations which we did not duplicate are equally accurately presented. Whether you have visited Australia, are planning to in the near future, or never expect to make it ‘Down Under” this book is an easy read that is, truly, difficult to put down.

Firstly, it is clear throughout the entire length of the book that Bryson genuinely loves this nation. My appreciation of his affection may be somewhat heightened by the fact that I also listened to the audio book (read by the author), and his tone betrays his endearing lack of subjectivity. His love of the people does not keep him from making some sharp comments about particular subjects however. He observes that Australians tend to engage in the art of argumentation without actually wishing for change, as with the topic of them becoming a full-fledged independent republic. Also, he doesn’t pull punches when relating how some of the inhabitants of this great nation were anything but hospitable.
The historical narrative he weaves into the tale would undoubtedly be more interesting when traveling through the towns and countryside. Brief historical sketches of the small communities he passes through tend to be boring but his more generalized Australian history about the founding is fascinating and well told. The countless failed explorations into the interior were mostly forgettable, but they successfully conveyed the brutality and ruthlessness of the natural Australian environment. Also, the migration of peoples 45,000 years ago onto the continent was right on the nail.
When discussing the plight of the aboriginals he makes some cutting observations about the Aussies and himself. After mulling over the `problem’, and considering ways that the position of the aboriginals in Australian society might be bettered, he finds that he has no genuine answers to the problem. “So without an original or helpful thought… I did what most white Australians do. I read my paper… and didn’t see them [the aborigines] anymore.”
His humorous obsession with deadly animals continues in this work as well, as he documents fish, reptiles, mammals, and amphibians that are particularly adept at maiming and killing unsuspecting or careless travelers. Also, he makes note of the introduction of wild rabbits onto the continent by Thomas Austin, a resident of Victoria in 1859. The 24 rabbits originally released for sport soon grew to a population in the millions. Temporarily curtailed by the governments’ introduction of a rabbit-killing disease, the hardy survivors eventually began breeding again until the figures reached a staggering 300 million (at time of publication.
Lastly, the most personally impactful aspect of the book is Bryson’s narrative style. As an avid traveler, I log my own journeys and document where I’ve been, as well as interesting tales, brushes with death, etc. His descriptive ability is superb and he draws the reader into the scenes with a comic and conversational style. His lonely encounters in bars, awkward picture taking with other solo travelers (as they stare at an enormous fabricated lobster) and drunken nights with his traveling companions are hilarious and genuine. I hope to bring his vividness to my next trip, when writing about it later.

Overall, I recommend this book to anyone who likes travel, has gone to Australia, or wishes to go in the future. He inspired me to do so, and even made me believe that Uluru (Ayers rock) might be worth seeing, and not just the world’s most useless geological artifact.

Of course, it’s Bryson’s stories told on the way, containing a luxuriant dose of good humor, that carries the book. Among these stories include the “mysterious seismic disturbance” in the remote Australian outback that some attributed to the Aum Shinrikyo cult, the drowning of an Aussie Prime Minister, Harold Holt, the massacre of Aborigines at Myall Creek, the deaths of a pair of Yankee scuba divers at the Great Barrier Reef, Cyclone Tracy’s devastation of Darwin, and the continued existence of the Great Daddy of us all, the stromatolites, descendants of the first living Earth organisms 3.5 billion years ago now living their lives in retirement off the western coast of Australia. That’s just a sprinkling of the stories; there are also the accounts of the flora and fauna, giant and (re the stromatolites) tiny, benign and deadly (witness the box jellyfish that delivers an excruciatingly painful death).
Bryson is at his best when he is traveling with someone. This is especially true in the section on Queensland, when his traveling companion is UK television producer Allan Sherwin. The banter is always funny; it’s as if to be really on his game Bryson needs a foil. Overall. It’s true that he doesn’t suffer fools gladly, whether they be benighted journalists or just plain stupid hotel clerks. He’s the kind of guy you want to travel with because he’ll say what you’re thinking. Besides, he loves a good pub.

IN A SUNBURNED COUNTRY celebrates the majesty of Australia and the wonderful friendliness of its people.
It’s home to the largest living being on Earth, the Great Australian Barrier, and the most famous and impressive monolith, Ayers Rock (or Uluru, if we use a more respectful, and now official, Aboriginal name). It has more things that can kill you than anywhere else. The ten most venomous snakes in the world are Australian. These five animals: the funnel-web spider, the box jellyfish, the blue-ringed octopus, the paralyzing tick, and the stonefish are the deadliest of their kind in the world. It is a country where the hairiest worm can leave you dry with its poisonous prick, where mollusks not only bite but sometimes chase you. If you pick up a safe seashell from Queensland beach, as unsuspecting tourists often do, you will discover that the little animal inside is not only surprisingly fast and irritable, but very poisonous. If you are not stung or bite to death unexpectedly, a shark or a crocodile may suck you, irresistible currents will drag you out to sea or you will die relentlessly scorched in the suffocating outback. It is a tough place.

Australia is a country of clubs – sports clubs, workers’ clubs, retired military clubs, clubs affiliated with different political parties – all theoretically, and sometimes certainly actively, dedicated to the well-being of a particular sector of the population. However, what they really are for is to make a lot of money with drinks and gambling.
Circular Quay, Sydney. For starters, it features one of the most impressive views in the world. To the right, painfully gleaming in the sun, stands the famous Opera House, with its graceful, angled ceiling. On the left, the stupendous and noble Harbor Bridge. Glowing and inviting in the water is Luna Park, a Coney Island-style amusement park with a head that smiles like a maniac as a gate.
It is the Opera House that attracts the most attention, and it is easy to understand why. It is so astonishingly familiar – that ‘man, I’m in Sydney’ thing – that you can’t stop looking at it. Clive James once equated the Opera House with a “portable typewriter full of oyster shells,” which is perhaps hard hair. In any case, the Opera House has nothing to do with aesthetics. It is something like an icon.
The Blue Mountains, the picturesque hills until recently impassable west of Sydney. When you get closer, the Blue Mountains don’t seem so terrible; they are not very high and everywhere they are covered in soft vegetation. But in reality they are full of treacherous gorges and boulder canyons, some with steep walls measuring hundreds of meters, and their vegetation proves to be, on close inspection, a bewildering tangle of uncertain origin. During the first quarter century of European occupation, the Blue Mountains were like an impenetrable barrier to expansion. The expeditions tried repeatedly without success to find a way to cross them. Even if they managed to get through the cutting brush, it was impossible to keep the type in the erratic gorges.
Canberra is now one of the nation’s largest cities and one of the largest populations on Earth, it remains the most remote part of Australia. Considering that it is the capital, it is not easy to get there. To do this you have to detour 65 km from the main road from Sydney to Melbourne, the Hume Highway, and it is also abandoned by the main railway line. Its most important road to the south goes nowhere and the city cannot be reached from the west, except by a track that leaves from the small town of Tumut.
In 1996 Prime Minister John Howard created a scandal after his election by refusing to live in Canberra. He said he would continue to reside in Sydney and travel to Canberra when necessary. As you can imagine, this created a stir among the citizens of the capital, probably because it had not occurred to them before.

There are so many introduced species that the red kangaroo, once the largest animal on the continent, is now 13th in terms of size.
The consequences for native species have been disastrous. About one hundred and thirty Australian mammals are endangered. Sixteen are extinct, more than on any other continent. And guess what the biggest predator is? According to the National Parks and the Flora and Fauna Service it is the common cat. Cats have a great time in the Australian countryside. There are 12 million on the loose, living in every possible landscape, from the driest deserts to the highest mountains. Along with the fox, they have contributed to making Australia’s smallest, most beautiful and vulnerable native animals on the brink of extinction: numbats, betongs, marsupial cats, kangaroo rats, bandicuts, rock wallabies, platypus …

The Great Barrier Reef has 280,000, 340,000 km2 or an intermediate figure; it measures 1,930 km from top to bottom, or 2,570; it is greater than Kansas, Italy or the United Kingdom. Nobody agrees where it starts and ends, but everyone recognizes that it is very big. Even with the most modest measures, it has the equivalent in length to the west coast of the United States. And, evidently, it is an immensely vital habitat: the oceanic equivalent of the Amazon rainforest. The Great Barrier Reef contains about fifteen hundred species of fish, four hundred types of coral and four thousand varieties of mollusks, but these are figures calculated by eye. No one has dedicated themselves to making an exhaustive inventory. It is too much work.
As it consists of some 3,000 separate reefs and more than 600 islands, some insist that it is not a unit and should not be thought of as the longest specimen on Earth. This is like saying that Los Angeles is not a city because it consists of many separate buildings. What difference does it make. It’s fabulous. And all thanks to trillions of small coral polyps that have worked with dedication and microscopic diligence for more than eighteen million years, each adding its grain or two of thickness when expiring and forming a silicate tomb. Is awesome.

Uluru and Alice Springs are so inextricably linked in the popular imagination that almost everyone believes they are relatively close. But you have to travel 480 km on a desolate track to go from one to the other. The glory of Uluru is that he is alone and in an unlimited emptiness, but that means that he has to really want to see it; It is not a place where you pass on the way to the beach.

The most curious thing for a stranger is that the aborigines do not appear anywhere. They do not appear on television or dispatch in stores. There have only been two Aborigines in Parliament; none has been a minister. Indigenous people make up only 1.5% of the Australian population and live mostly in rural areas. Therefore, you cannot expect to see them in large numbers, but from time to time: working in a bank, delivering mail, imposing fines, arranging a telephone line, participating productively in the operation of the world. I have never seen that. There is certainly some disconnection.
If I were hired by the Commonwealth of Australia to advise on Aboriginal issues I could only say, ‘Do something else. Try it more eagerly. Start immediately».

The platypus. In a country full of implausible animals, it’s the one that takes the cake. It belongs to a lower anatomical world halfway between mammals and reptiles. Fifty million years of isolation gave Australian animals time to evolve in unusual directions, and sometimes not to evolve. The platypus did both.
In 1799, when they found out in England that there was a poisonous, furry, oviparous and semi-aquatic animal in Australia with a duck bill, beaver tail, webbed and clawed feet, and a strange hole called a cloaca that served both for reproduction and for excretion (a characteristic that, as one taxonomist delicately observed, was “extremely curious but not well adapted to primary functions”), it is not surprising that they took it as a joke. Even after a careful examination of a specimen that was sent to them, the British Museum anatomist George Shaw stated that “it was difficult for him not to have any doubts about the authenticity of the animal, and to suppose that some falsification could have been practiced in its structure”.
Perth is a cheerful and welcoming place. From the outset it is a delight to get there, because Perth is the most isolated and remote metropolis on Earth; Although closer to Singapore than Sydney, it is not too close to either. Behind you there are 2,700 km of motionless and reddish desolation to Adelaide; Before you there is nothing more than 5,000 miles from a blue and uniform sea to Africa. The reason why 1.3 million members of a free society choose to live in such a lonely and bordering place is something worth considering, but the climate already explains this in part. Perth has a great, pleasant climate. It’s a big, clean, modern city: the Minneapolis of the Antipodes — but its crisp, radiant light beautifies it. You won’t see bluer skies in a city or purer sunlight bouncing off skyscrapers like in Perth.
But what characterizes Perth is having one of the largest and most beautiful parks in the world, Kings Park. It occupies about four hundred and five hectares on a cliff above the wide basin of the Swan River, and is everything that an urban park should be: a place of recreation, sanctuary, promenade, botanical garden, gazebo, monument. It is so big that you are never sure you have seen it all. It is largely conventionally arranged – undulating meadows, trails, flower beds – but a substantial corner, representing a quarter of the total, has been preserved as a natural bush.

The question that arises is why Australia, so often hostile to life, has produced so much and in such abundance. Paradoxically, half of the answer lies in soil poverty. In the temperate world, plants we know thrive anywhere — an oak grows as productively in Oregon as it does in Pennsylvania — and a few generic species tend to predominate. In poor soils, however, they tend to specialize.
The second factor, most evident in the Australian variety, is isolation. Evidently, fifty million years as an island protected indigenous forms of life from much competition and allowed some of them – eucalyptus in the plant world, marsupials in the animal world – to prosper in an unusual way. So the isolation that has existed in Australia is no less important for species diversity. In general, Australia comprises pockets of life scattered and separated by large arid zones. And this is palpable like nowhere else in Southwest Australia. According to David Attenborough (in The Private Life of Plants), that corner of Australia “contains no less than 12,000 different species of plants and 87% of them are found nowhere else in the world.”
Consequently, it is regrettable to report that many of these unique plants are threatened by a terrible disease called dieback. This disease comes from a family of fungi called Phytophthora, related to the fungus that caused the potato plague in Ireland. It has been in Australia for a century and has affected plants across the country.

Oz land is almost empty and also very far. Its population is small and its role in the world is therefore marginal. He does not have coups d’etat, he does not abuse fishing, there are no friendly despots, he does not grow coca in industrial quantities, nor does he abuse anyone. It is stable, peaceful and good. He doesn’t need to be watched, so nobody does. But we miss it.
Anyway, Australia is a really interesting place.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/26/el-cuerpo-humano-guia-para-ocupantes-bill-bryson-the-body-a-guide-for-occupants-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/27/1927-el-verano-que-cambio-el-mundo-bill-bryson-one-summer-america-1927-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/28/shakespeare-bill-bryson-shakespeare-the-world-as-stage-by-bill-bryson/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/29/en-las-antipodas-bill-bryson-down-under-in-a-sunburned-country-by-bill-bryson/

4 pensamientos en “En Las Antípodas — Bill Bryson / Down Under In a Sunburned Country by Bill Bryson

  1. Leí un par de libros de Bill Bryson (en inglés) hace bastantes años y me encantaron. Su sentido del humor es muy ingenioso y sus historias están llenas de anécdotas divertidísimas.

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