Las Grietas De América. Bajo La Piel De Un País Dividido — Mikel Reparaz / The Cracks Of America. Under The Skin Of A Divided Country by Mikel Reparaz (spanish book edition)

Ha sido una grata sorpresa como agradable lectura este libro al traernos una foto panorámica de la situación de algunas minorías en los EEUU. Es entristecedor leer cómo los de la cima abusan, esperanzador que mucha gente supere el miedo y luche, y desolador que los límites del respeto se superen continuamente.
La lectura se hace interesante y me ha gustado la forma de redactar del autor ante las cercanas elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Es cierto que hay muchos matices y las realidades a ambos lados de la línea Mason-Dixon han variado con el paso de los años. Sin embargo, la historia ha hecho de Estados Unidos un territorio de dos países zurcidos por la costura que tejieron dos astrónomos ingleses en el siglo XVIII . A Charles Mason y a Jeremiah Dixon les precedía su fama de aventureros indomables. Volvían de un largo viaje para observar por primera vez el tránsito de Venus desde ambos hemisferios cuando los contrataron los propietarios de las colonias de Maryland y Pensilvania. El barón Baltimore y la familia Penn querían delimitar las lindes de sus territorios y, con ese objetivo, los dos astrónomos se adentraron hasta tierras incógnitas del Nuevo Mundo, más allá de los Apalaches. El trabajo de Dixon debió de dejar huella. Al lado sur de la Línea lo llaman, desde entonces, Dixie.
Antes del estallido social de 2020 por la muerte de George Floyd, la guerra de Black Lives Matter contra la violencia policial y el racismo tomó impulso al final de la presidencia de Obama y durante las elecciones de 2016, pero después languideció durante los primeros años de Trump. No porque haya disminuido el número de ataques impunes contra las minorías, sino porque el foco mediático se ha desplazado junto al péndulo político y, consecuentemente, los frentes del activismo a favor de los derechos civiles se han multiplicado. La lucha feminista contra los abusos sexuales o la situación de los migrantes centroamericanos en la frontera con México han pasado a primer plano. Con todo, el conflicto racial sigue siendo la constante, la gran rémora que sigue lastrando el progreso social en Estados Unidos.

La mayor parte de la población del continente americano está actualmente gobernada por presidentes nacionalpopulistas (solo Estados Unidos y Brasil suman más de la mitad de la población de América). Las posturas racistas, homófobas y machistas se han normalizado en la vida pública. Sus dirigentes saben que destripar el lenguaje políticamente correcto da votos. Trump en Twitter y Bolsonaro en YouTube. Culpar a las minorías y a los inmigrantes de todos los males es la estrategia electoral con mejor relación calidad-precio del mercado. La pesca es abundante en el caladero del miedo y la inseguridad. La historia está llena de ejemplos. También la ficción, que en estos tiempos nos ayuda como nunca antes a afrontar la incertidumbre del futuro.

Desde el primer censo bajo la presidencia de George Washington, siempre se ha dividido a la población entre blancos y negros. Son las dos categorías que han perdurado hasta hoy. Al principio se distinguía entre hombres libres y esclavos. Después ya no hizo falta. Pero el epígrafe «negro» o «afroamericano» —llamado así desde el año 2000— ha acompañado siempre a la fotografía de la población norteamericana: «Negro, persona con orígenes en los grupos raciales negros de África». Como si no necesitara explicaciones por lo obvio. El pigmento es fundamental. Por si hubiera alguna duda sobre lo que significa ser negro, la guía del Gobierno redunda: «Grupos raciales NEGROS».
Siguiendo con la división de razas por continentes, para los «asiáticos», «hawaianos, samoanos, chamorros u otros isleños del Pacífico» e «indios americanos o nativos de Alaska» el criterio vuelve a ser el de «pueblos originales» y no el color de la piel.
Los defensores de las clasificaciones raciales aseguran que las preguntas sobre la raza son una especie de declaración de autodeterminación de cada habitante de Estados Unidos. Puedo declarar el nombre de mi pueblo indígena o el grupo étnico con el que mejor me identifico sin que nadie lo certifique oficialmente, como se hacía antes de la conquista de los derechos civiles. Hasta 1960 los funcionarios del Gobierno, en una inspección ocular, decidían tu raza: «Por el tamaño del cráneo y la forma de la boca, vas a ser negra». Después, cada uno pudo elegir su raza, y a partir del censo de 2000 está permitido marcar más de una casilla a la vez.
En Estados Unidos, ser blanco significa participar de una clase históricamente privilegiada. La metáfora del poder de Baldwin. Blanco no es un color. Es la ausencia de cualquier otro color. O la suma de todos. El color de la invisibilidad.

El Bronx durante los años treinta del siglo pasado. De sus calles salieron muchos jóvenes idealistas que acabarían alistándose en la Brigada Abraham Lincoln para viajar a España a combatir el fascismo. Les esperaba el valle del Jarama. El desastre, la muerte. Pero también la épica, la aventura. Un espíritu romántico que acompañará a la tradición progresista de Estados Unidos, desde aquellos voluntarios internacionalistas hasta la resistencia anti-Trump. Una tradición que en Europa resuena inevitablemente con los nombres de Hemingway, Dos Passos o Steinbeck. En un momento crucial para la historia de la humanidad en el que olía a guerra mundial, otros muchos jóvenes comprometidos como Meeropol decidieron quedarse en Estados Unidos para hacer la revolución en su propia casa.
La literatura y el cine estadounidense están plagados de referencias a los linchamientos como parte de la herencia europea del país. Campesinos blancos cristianos blandiendo hoces, horcas y antorchas en nombre de la justicia divina. Ojo por ojo. El mismo año del linchamiento de Marion, el cineasta James Whale dirigía en los estudios Universal de Hollywood el rodaje de la escena de Frankenstein en la que una turba de campesinos germánicos se echa al monte en plena noche, antorchas en mano, para acabar con el monstruo.
Si Donald Trump es la consecuencia de Barack Obama, Richard Nixon fue la de Lyndon Johnson y sus concesiones a líderes afroamericanos como Martin Luther King, asesinado en plena campaña electoral. Una campaña sangrienta, llena de violencia, en la que poco después sería abatido por las balas el que iba a ser sucesor de Johnson. Robert Kennedy, hermano del también asesinado presidente Kennedy, fue tiroteado en Los Ángeles poco después de ser elegido candidato presidencial por la Convención Demócrata. En medio de aquel baño de sangre, en lo más profundo de la democracia estadounidense, los vellos del viejo Gran Arácnido se volvían a erizar, sus ocho patas comenzaban a desentumecerse, sus ocho ojos se abrían lentamente. La criatura centenaria que anidaba como un parásito en el corazón de la vieja Columbia despertó en 1968 para reconstruir su tela de araña. ¿Ocurriría ahora, de nuevo?…
En realidad, el Gran Arácnido había comenzado ya a despertar de su letargo. Todavía encorvado en su escondite oscuro, sus cuatro pares de ojos entrecerrados y sus patas largas y vellosas encogidas en un ovillo, emitía señales imperceptibles para la mayoría en el exterior. Señales en una frecuencia que solo algunos podían detectar. Únicamente los más furiosos, quienes más bilis acumulaban en su buche. Seguidores del Klan, nacionalistas blancos, neonazis y demás ultras racistas comenzaban a movilizarse bajo el Gobierno del primer presidente negro de Estados Unidos. Veían peligrar el privilegio blanco, mientras la diversidad étnica y racial se les presentaba imparable. Estados Unidos dejaría de ser un país mayoritariamente blanco para la década de 2040, como pronosticaban los sociólogos, si no tomaban medidas.
Conforme el mandato de Obama consumía su recta final hacia las elecciones de 2016, subía el volumen de las críticas de todos los flancos a su gestión de la violencia excesiva ejercida por la policía. Los republicanos, y algunos demócratas que intentaban alejarse del presidente, denunciaban su tibieza ante el crimen y el desamparo institucional de las fuerzas del orden. Los grupos a favor de los derechos civiles criticaban lo contrario, la pasividad del presidente ante un fenómeno que iba dejando un reguero de muerte y dolor en la comunidad negra. «Obama ha fallado a las víctimas del racismo y de la brutalidad policial —dijo el conocido intelectual antirracista Cornel West, seguidor de Bernie Sanders, en plena campaña electoral—. El presidente y sus acólitos han renunciado a hacer frente a los profundos problemas sistémicos que sufre nuestro país; como ha venido ocurriendo históricamente, la supremacía blanca ha vuelto a detener el desarrollo pleno de la democracia.

La guerra de los matters moviliza a miles de conservadores. Los más abiertamente racistas utilizan el lema White Lives Matter (Las vidas blancas importan), mientras los más bienintencionados abrazan el más inclusivo All Lives Matter (Todas las vidas importan). Sin embargo, los activistas antirracistas ven la idea de reivindicar la importancia de «todas las vidas» como el típico ejemplo de «daltonismo racial» presente en el discurso de muchos blancos, conservadores y liberales por igual. La fundadora de BLM Alicia Garza explica que el respeto a las vidas de los negros en Estados Unidos es una condición previa a la importancia de «todas las vidas». Se dirige así a quienes se niegan a anteponer las vidas de los negros: «Black Lives Matter no significa que tu vida sea menos importante; al contrario, significa que las vidas de los negros, vistas por la supremacía blanca como menos importantes, son fundamentales para tu propia liberación». Garza sintetiza en esas declaraciones el legado de James Baldwin —«la solución es que los blancos estadounidenses se conviertan en negros»— y el de las reparaciones de Ta-Nehisi Coates: «Hasta que no saldemos nuestras deudas morales, Estados Unidos no será un país completo».
Woody Guthrie, el redneck comunista, nunca ocultó que su padre fue miembro activo del Ku Klux Klan en Oklahoma. Quizá por eso, una de las grandes batallas del hijo fue precisamente la lucha contra el racismo. Esa lucha le llevará a enfrentarse directamente a Fred Trump, padre del futuro presidente Donald, a quien Guthrie llamaba Old Man Trump. Un personaje oscuro, una especie de supervillano de cómic llamado Roy Cohn, está en el centro de la siniestra conexión entre los antifascistas Woody Guthrie y Abel Meeropol con el clan Trump. Pero aún no hemos llegado a ese momento.

El gerrymandering —la manipulación de las circunscripciones electorales para influir en los resultados— ha sido una práctica habitual de demócratas y republicanos por igual. Se trata de agrupar (packing ) o dispersar (cracking ) grupos de votantes para reducir o ampliar su representación electoral. En los años previos a la cita electoral de 2016, las asambleas legislativas de estados como Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Florida, Carolina del Norte o Virginia —todas con mayoría republicana— se lanzaron a aprobar leyes que modificaban los límites de las circunscripciones electorales para favorecer a su partido. Un año después de las elecciones, un informe de Associated Press constataría que el gerrymandering benefició principalmente a los conservadores. «El resultado estaba en gran medida cocinado previamente por la forma en que los distritos electorales estaban diseñados», denunciaría el profesor de políticas públicas John McGlennon, de la Universidad William & Mary de Virginia. La manipulación de distritos por motivos raciales es inconstitucional en Estados Unidos, y casos como el de Wisconsin llegarán a la Corte Suprema.
La cruzada MAGA (siglas de Make America Great Again) se consolida en Cleveland como la corriente hegemónica en el nuevo Partido Republicano. Los nativistas y los populistas de la extrema derecha lo han conseguido. En este contexto de celebración de la América más blanca, resulta admirable encontrar a unos pocos afroamericanos y latinos sosteniendo carteles de Trump.

Es muy significativo que durante los meses posteriores a la toma de posesión de Donald Trump uno de los libros más vendidos en Estados Unidos fuera una biografía de Nixon (Richard Nixon: The Life , de Jack Farrell, 2017). Las comparaciones entre ambos presidentes son ineludibles: los dos son de un temperamento muy similar, vengativo, fácilmente irritable, explosivo, de piel muy fina. Trump tuitea pura nitroglicerina; Nixon hacía llamadas telefónicas igualmente explosivas. Pero la analogía no termina ahí, porque también comparten estrategia, como la utilización de la mentira y la desinformación como arma política, la guerra abierta contra la prensa, la defensa de la ley y el orden o el populismo que dice representar a la «mayoría silenciosa» frente a la agitación de la «minoría subversiva». Los puntos en común son incontables.
Los estrategas de campaña de «Trump 2016» se inspiraron en la exitosa experiencia de «Nixon 1968»: otro año que transformaría el mundo. Al igual que otros lugares de Occidente, Estados Unidos era un país en ebullición.
El Watergate se llevó a Nixon por delante, como si todo hubiera sido un mal sueño. Pero su legado quedó ahí, pegado a la conciencia colectiva. Muchos desean que antes de las elecciones de 2020 se repita la historia, que Russiagate o el caso de las presiones al presidente de Ucrania sean el nuevo Watergate y que Trump se convierta en Nixon, como si todo hubiera sido un mal sueño. Pero la historia nunca se repite, solo rima, como apunta la frase apócrifa de Mark Twain.

Los grupos antifascistas militantes han sido parte activa de la resistencia anti-Trump desde los primeros días de su presidencia. Sus banderas rojas y negras se han dejado ver en todas las manifestaciones desde el mismo día de la inauguración del nuevo presidente en Washington. Después de los acontecimientos de Charlottesville, los Antifa tomarán un protagonismo que no han tenido hasta ahora en Estados Unidos. Junto al ascenso de la ultraderecha racista, los descendientes ideológicos de Woody Guthrie y las Brigadas Internacionales se han organizado para apoyar a los colectivos «en guerra» contra las políticas del Gobierno de Washington: feministas, antirracistas, pacifistas, ecologistas, gais, lesbianas y transexuales, ciudadanos solidarios con refugiados y migrantes, y hasta organizaciones no gubernamentales que trabajan con discapacitados. Millones de ciudadanos se sienten agredidos o amenazados por un presidente al que ven como aliado de la extrema derecha. El caldo de cultivo ideal para quienes se arrogan la responsabilidad histórica de defender a la sociedad del fascismo en su concepción más amplia, no solo de los fascistas en sentido literal.
El choque entre fascistas y antifascistas en Charlottesville dejará en evidencia una falla que distorsiona las coordenadas de la democracia estadounidense.

La islamofobia brotó con fuerza en los días posteriores a los ataques del 11-S, abonada por las teorías de la conspiración. Los bulos fueron incontables; las leyendas urbanas, insondables. Bin Laden empezó a aparecerse, de incógnito, en los rincones más inauditos del país. Por ejemplo, sentado en un McDonald’s de Utah, Big Mac en mano. Los rumores sobre judíos que no fueron a trabajar al World Trade Center aquel martes de septiembre, las falsas banderas o los maléficos planes para construir «la mezquita de la victoria» en plena «zona cero» de los atentados no daban tregua. ¿Una mezquita en lugar de las torres gemelas? La provocadora imagen —una vez más, falsa— hizo explotar unas cuantas cabezas. Entre otras la del nuevo showman de la televisión Donald Trump, por aquel entonces presentador estrella del concurso The Apprentice , en la cadena NBC.
Desde su nueva peana mediática, Trump encabezó la campaña contra la «mezquita de la zona cero», que en realidad era el proyecto de un centro cultural islámico a dos manzanas del World Trade Center. Decidido a evitar su construcción, llegó a ofrecerse al promotor egipcio Hisham Elzanaty para comprar el edificio, una construcción del siglo XIX dañada por un trozo de fuselaje de uno de los aviones utilizados en los atentados. La Casa Córdoba, que es como se iba a llamar el centro cultural en homenaje a la debatida coexistencia pacífica de religiones bajo el califato andalusí, nunca llegó a abrir sus puertas.
Según estadísticas del FBI, los crímenes de odio por motivos religiosos crecieron en 2001. Los ataques antisemitas siguieron siendo, con diferencia, los más frecuentes en Estados Unidos (más de mil durante ese año), pero las agresiones islamófobas se dispararon como nunca antes, pasando de apenas una treintena de incidentes al año a casi quinientos solo en los cuatro meses posteriores al 11 de septiembre de 2001.

En Misisipi, la reserva espiritual de la supremacía blanca, el gobernador aceptará al fin eliminar la bandera confederada de la enseña oficial del estado. Como ocurrió en 2015, después de los disturbios de Ferguson y Baltimore, en 2020 asistiremos al espejismo de que algunas cosas empiezan a cambiar en Estados Unidos y se comienza a destruir la trampa del Gran Arácnido. La constante revolución inacabada, otra vez.

La violencia es también el motor de la propia evolución de Estados Unidos, de su eterna revolución en marcha. La industria tecnológica se desarrolla construyendo muros en la frontera, implantando sistemas multimillonarios de vigilancia, diseñando drones cada vez más mortíferos o convirtiendo escuelas y parques infantiles en cárceles de alta seguridad donde sería impensable, aseguran, otra masacre como la de Columbine o Sandy Hook o Parkland. Internet, la cámara digital, el GPS, el horno microondas… hasta la cinta adhesiva y el superpegamento son inventos militares estadounidenses. Benditos frutos de la violencia. Porque el conflicto, sí, ha contribuido decisivamente a la supremacía económica y cultural de Estados Unidos en el mundo. Tanto el conflicto externo como el interno; las guerras remotas y el inherente pecado original.
Y, a pesar de todo, sigue siendo el país de las oportunidades. La tierra prometida donde los descendientes de inmigrantes y revolucionarios —como los llamaba Franklin Delano Roosevelt— persiguen el sueño americano. En el fondo, puede que todo sea una tragicomedia, al fin y al cabo. Una tragicomedia sin final.

—————-

This book has been a pleasant surprise to read as it brings us a panoramic photo of the situation of some minorities in the United States. It is saddening to read how those at the top abuse, hopeful that many people overcome fear and fight, and heartbreaking that the limits of respect are continually being pushed.
The reading becomes interesting and I liked the way the author wrote before the upcoming presidential elections in the United States.

It’s true that there are many nuances and the realities on both sides of the Mason-Dixon line have varied over the years. However, history has made the United States a territory of two countries darned by the needlework that two English astronomers wove in the 18th century. Charles Mason and Jeremiah Dixon were preceded by their reputation as indomitable adventurers. They were returning from a long journey to observe the transit of Venus from both hemispheres for the first time when they were hired by the owners of the Maryland and Pennsylvania colonies. Baron Baltimore and the Penn family wanted to delimit the boundaries of their territories and, with that objective, the two astronomers entered the unknown lands of the New World, beyond the Appalachians. Dixon’s work must have left its mark. The south side of the Line has been called Dixie ever since.
Before the 2020 social outbreak over George Floyd’s death, Black Lives Matter’s war on police violence and racism gained momentum at the end of the Obama presidency and during the 2016 elections, but then languished during the early years of Trump. Not because the number of unpunished attacks against minorities has decreased, but because the media focus has shifted along with the political pendulum and, consequently, the fronts of activism in favor of civil rights have multiplied. The feminist fight against sexual abuse or the situation of Central American migrants on the border with Mexico have come to the fore. However, racial conflict continues to be the constant, the great obstacle that continues to weigh on social progress in the United States.

Most of the population of the American continent is currently governed by national-populist presidents (only the United States and Brazil account for more than half of the population of America). Racist, homophobic and sexist positions have become normalized in public life. Its leaders know that gutting politically correct language pays off. Trump on Twitter and Bolsonaro on YouTube. Blaming minorities and immigrants for all ills is the best value for money electoral strategy on the market. Fishing is abundant in the fishing ground of fear and insecurity. History is full of examples. Also fiction, which in these times helps us as never before to face the uncertainty of the future.

Since the first census under the presidency of George Washington, the population has always been divided between whites and blacks. They are the two categories that have lasted until today. At first a distinction was made between free men and slaves. Then it was no longer necessary. But the epigraph “black” or “Afro-American” – so called since 2000 – has always accompanied the photograph of the North American population: “Black, person with origins in the black racial groups of Africa.” As if he didn’t need explanations for the obvious. Pigment is essential. In case there is any doubt about what it means to be black, the Government guide reads: “BLACK racial groups.”
Continuing with the division of races by continents, for “Asians”, “Hawaiians, Samoans, Chamorros or other Pacific Islanders” and “American Indians or Alaska Natives” the criterion is once again that of “original peoples” and not the skin color.
Proponents of racial classifications claim that questions about race are a kind of declaration of self-determination for every person in the United States. I can declare the name of my indigenous people or the ethnic group with which I best identify myself without anyone officially certifying it, as was done before the conquest of civil rights. Until 1960, government officials, on visual inspection, decided your race: “By the size of the skull and the shape of the mouth, you are going to be black.” Afterwards, everyone was able to choose their race, and as of the 2000 census it is allowed to check more than one box at a time.
In the United States, being white means participating in a historically privileged class. Baldwin’s Power Metaphor. White is not a color. It is the absence of any other color. Or the sum of all. The color of invisibility.

The Bronx during the 1930s. Many idealistic young people came out of its streets who would end up enlisting in the Abraham Lincoln Brigade to travel to Spain to fight fascism. The Jarama Valley awaited them. The disaster, the death. But also the epic, the adventure. A romantic spirit that will accompany America’s progressive tradition, from those internationalist volunteers to the anti-Trump resistance. A tradition that in Europe inevitably resonates with the names of Hemingway, Dos Passos or Steinbeck. At a crucial moment in human history in which it smelled of world war, many other committed young people like Meeropol decided to stay in the United States to make the revolution in their own home.
American literature and cinema are rife with references to lynchings as part of the country’s European heritage. Christian white peasants brandishing sickles, pitchforks and torches in the name of divine justice. Eye for an eye. The same year that Marion was lynched, filmmaker James Whale directed the filming of the Frankenstein scene at Universal Studios in Hollywood in which a mob of Germanic peasants took to the mountains in the middle of the night, torches in hand, to destroy the monster.
If Donald Trump is the consequence of Barack Obama, Richard Nixon was that of Lyndon Johnson and his concessions to African-American leaders like Martin Luther King, assassinated in the middle of the electoral campaign. A bloody campaign, full of violence, in which, shortly after, the one who was to be Johnson’s successor would be killed by bullets. Robert Kennedy, brother of the also assassinated President Kennedy, was shot in Los Angeles shortly after being elected presidential candidate by the Democratic Convention. In the middle of that bloodbath, in the depths of American democracy, the hairs of the old Great Arachnid stood up again, his eight legs began to loosen, his eight eyes slowly opened. The centuries-old creature that nested like a parasite in the heart of old Columbia woke up in 1968 to rebuild its spider web. Would it happen now, again? …
In fact, the Great Arachnid had already begun to awaken from its slumber. Still hunched in his dark hiding place, his four pairs of narrowed eyes and his long hairy legs curled into a ball, he was emitting signals imperceptible to most outside. Signals on a frequency that only some could detect. Only the most furious, those who accumulated the most bile in their crop. Followers of the Klan, white nationalists, neo-Nazis and other racist ultras began to mobilize under the government of the first black president of the United States. They saw white privilege in jeopardy, while ethnic and racial diversity appeared unstoppable. The United States would cease to be a majority white country by the 2040s, as sociologists predicted, if they did not take action.
As Obama’s term consumed its final stretch toward the 2016 elections, the volume of criticism from all sides of his handling of excessive police violence increased. Republicans, and some Democrats who tried to get away from the president, denounced his lukewarmness in the face of crime and the institutional helplessness of the forces of order. Groups in favor of civil rights criticized the opposite, the president’s passivity in the face of a phenomenon that was leaving a trail of death and pain in the black community. “Obama has failed the victims of racism and police brutality,” said the well-known anti-racist intellectual Cornel West, a follower of Bernie Sanders, during the election campaign. The president and his acolytes have given up facing the deep systemic problems that our country suffers; as has been happening historically, white supremacy has once again stopped the full development of democracy.

The war of matters mobilizes thousands of conservatives. The most openly racist use the slogan White Lives Matter, while the more well-meaning embrace the more inclusive All Lives Matter. Yet anti-racist activists see the idea of asserting the importance of “all lives” as the typical example of “racial color blindness” present in the discourse of many whites, conservatives and liberals alike. BLM founder Alicia Garza explains that respecting the lives of blacks in America is a precondition for the importance of “all lives.” He addresses those who refuse to put the lives of blacks first: “Black Lives Matter does not mean that your life is less important; rather, it means that the lives of blacks, viewed by white supremacy as less important, are critical to your own liberation. Garza synthesizes in these statements the legacy of James Baldwin – “the solution is for American whites to become black” – and that of the reparations of Ta-Nehisi Coates: “Until we pay off our moral debts, the United States will not be a whole country ».
Woody Guthrie, the communist redneck, never hid that his father was an active member of the Ku Klux Klan in Oklahoma. Perhaps that is why one of the son’s great battles was precisely the fight against racism. That fight will lead him to face directly Fred Trump, father of future President Donald, whom Guthrie called Old Man Trump. A dark character, a kind of comic book supervillain named Roy Cohn, is at the center of the sinister connection between anti-fascists Woody Guthrie and Abel Meeropol with the Trump clan. But we are not there yet.

Gerrymandering – the manipulation of constituencies to influence outcomes – has been a common practice for Democrats and Republicans alike. It is about grouping (packing) or dispersing (cracking) groups of voters to reduce or expand their electoral representation. In the years leading up to the 2016 election date, the legislative assemblies of states such as Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Florida, North Carolina or Virginia – all with a Republican majority – began to pass laws that modified the boundaries of electoral districts to favor your party. A year after the elections, an Associated Press report found that gerrymandering benefited mainly conservatives. “The result was largely cooked in advance by the way the electoral districts were designed,” would denounce public policy professor John McGlennon, from William & amp; Mary from Virginia. Racially-motivated district manipulation is unconstitutional in the United States, and cases like Wisconsin will go to the Supreme Court.
The crusade MAGA (acronym for Make America Great Again) is consolidated in Cleveland as the hegemonic current in the new Republican Party. Nativists and populists on the far right have done it. In this context of celebration of the whitest America, it is admirable to find a few African Americans and Latinos holding up Trump posters.

It’s very significant that during the months after Donald Trump took office one of the best-selling books in the United States was a biography of Nixon (Richard Nixon: The Life, by Jack Farrell, 2017). The comparisons between the two presidents are inescapable: the two are of a very similar temperament, vindictive, easily irritable, explosive, with very fine skin. Trump Tweets Pure Nitroglycerin; Nixon made equally explosive phone calls. But the analogy does not end there, because they also share strategies, such as the use of lies and disinformation as a political weapon, the open war against the press, the defense of law and order or the populism that claims to represent the “majority silent “in the face of the agitation of the” subversive minority. ” The commonalities are countless.
The “Trump 2016” campaign strategists were inspired by the successful experience of “Nixon 1968” – another year that would transform the world. Like other parts of the West, the United States was a boiling country.
Watergate washed away Nixon, as if it had all been a bad dream. But his legacy remained there, attached to the collective conscience. Many wish that before the 2020 elections, history would repeat itself, that Russiagate or the case of the pressure on the president of Ukraine would be the new Watergate and that Trump would become Nixon, as if it had all been a bad dream. But history never repeats itself, it just rhymes, as Mark Twain’s apocryphal phrase points out.

Militant anti-fascist groups have been an active part of the anti-Trump resistance since the early days of his presidency. Their red and black flags have been seen in all demonstrations since the day of the inauguration of the new president in Washington. After the events in Charlottesville, the Antifa will take a leading role that they have not had until now in the United States. Along with the rise of the racist far-right, the ideological descendants of Woody Guthrie and the International Brigades have organized to support the groups “at war” against the policies of the Washington Government: feminists, anti-racists, pacifists, environmentalists, gays, lesbians and transsexuals, citizens in solidarity with refugees and migrants, and even non-governmental organizations that work with the disabled. Millions of citizens feel attacked or threatened by a president whom they see as an ally of the extreme right. The ideal breeding ground for those who assume the historical responsibility of defending society from fascism in its broadest conception, not only from the fascists in the literal sense.
The clash between fascists and antifascists in Charlottesville will expose a flaw that distorts the coordinates of American democracy.

Islamophobia erupted in force in the days after the 9/11 attacks, fueled by conspiracy theories. The hoaxes were countless; urban legends, unfathomable. Bin Laden began to appear, incognito, in the most unheard of corners of the country. For example, sitting in a McDonald’s in Utah, Big Mac in hand. The rumors about Jews who did not go to work at the World Trade Center that Tuesday in September, the false flags or the evil plans to build “the mosque of victory” in the middle of “ground zero” of the attacks did not give truce. A mosque instead of the twin towers? The provocative image — once again false — made a few heads explode. Among others, that of the new television showman Donald Trump, at that time the star presenter of The Apprentice contest, on the NBC network.
From his new media base, Trump spearheaded the campaign against the “ground zero mosque,” which was actually a project for an Islamic cultural center two blocks from the World Trade Center. Determined to avoid its construction, he even offered himself to the Egyptian developer Hisham Elzanaty to buy the building, a 19th-century construction damaged by a piece of fuselage from one of the planes used in the attacks. The Casa Córdoba, which is how the cultural center was to be called in homage to the debated peaceful coexistence of religions under the Andalusian caliphate, never opened its doors.
According to FBI statistics, religiously motivated hate crimes rose in 2001. Anti-Semitic attacks remained by far the most frequent in the United States (more than a thousand during that year), but Islamophobic attacks soared like never before. going from barely thirty incidents a year to almost five hundred in the four months after September 11, 2001 alone.

In Mississippi, the spiritual preserve of white supremacy, the governor will finally agree to remove the Confederate flag from the official state ensign. As happened in 2015, after the Ferguson and Baltimore riots, in 2020 we will witness the mirage that some things are beginning to change in the United States and the Great Arachnid trap is beginning to be destroyed. The constant unfinished revolution, again.

Violence is also the engine of the evolution of the United States itself, of its eternal revolution in progress. The technology industry develops by building walls on the border, implementing multimillion-dollar surveillance systems, designing increasingly deadly drones or converting schools and playgrounds into high-security prisons where, they say, another massacre such as the Columbine or Sandy Hook or Parkland. Internet, digital camera, GPS, microwave oven … even duct tape and super glue are American military inventions. Blessed fruits of violence. Because the conflict, yes, has contributed decisively to the economic and cultural supremacy of the United States in the world. Both external and internal conflict; remote wars and inherent original sin.
And, despite everything, it continues to be the country of opportunities. The promised land where the descendants of immigrants and revolutionaries — as Franklin Delano Roosevelt called them — pursue the American dream. Deep down, it may all be a tragicomedy, after all. A tragicomedy without end.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .