3096 Días. El Libro Que Ha Sacudido Europa — Natascha Kampusch / 3,096 Days by Natascha Kampusch

Todo el mundo conoce la historia de Natascha Kampusch. Fue en todo el mundo cuando esta niña de 18 años apareció repentinamente de la nada, después de haber estado desaparecida durante 8 años, 3096 días para ser precisos.
Kampusch fue secuestrada cuando tenía 10 años y caminaba hacia la escuela. Su secuestrador, Wolfgang Priklopil, la secuestró y le dijo que lo estaba haciendo por otras personas. Cuando estos nunca aparecieron, Priklopil la llevó a su casa, la puso en un sótano diminuto y la encerró. Pasó 6 meses aquí antes de que le permitieran entrar a su casa por primera vez.
Lentamente, a Kampusch se le permitió salir del sótano cada vez con más frecuencia, pero siempre con Priklopil mirándola. Al principio, él fue bastante amable con ella, le dio todo lo que ella pidió y, como pensó que la estaba manteniendo a salvo de un grupo de abusadores de niños, se acercó un poco a él. Pero a medida que ella creció, él comenzó a cambiar y se volvió cada vez más abusivo con ella. La usaba para limpiar su casa, cocinarle la cena, ayudarlo con varios proyectos de construcción y cuando ella no estaba a la altura de sus expectativas o hacía exactamente lo que él le decía, la golpeaban o pateaban o ambas cosas. metido en el sótano, negado la comida, negado la luz, negado todo.
Con el paso del tiempo, su prisión se volvió cada vez más en su mente. Ella creía que él había conectado explosivos a todas las ventanas y puertas, ella creía que mataría a cualquier persona con la que entrara en contacto si intentaba escapar. Incluso cuando la empujó fuera de la puerta y le dijo que corriera, ella estaba más asustada de que alguien viera su cuerpo desnudo y golpeado que si se quedaba con Priklopil. Incluso cuando la llevaba fuera de la casa en viajes de compras, ella estaba demasiado asustada, para golpearla, para atreverse a intentar escapar. Y la única vez que se atrevió a intentar hablar con alguien, la mujer era holandesa y no entendía una palabra.
Kampusch es muy franca y abierta sobre la mayor parte de su cautiverio. Sin embargo, no quiere entrar en el abuso sexual que sufrió. No estoy seguro de cómo me siento acerca de esto; de alguna manera, puedo entender que ella quiera guardar algunas cosas para sí misma. Por otro lado, cuando lees un libro como este, quieres saber qué pasó, todo. Quieres cada detalle. Y lo proporciona hasta cierto punto, por ejemplo, al incluir una semana de su diario en la que detalla todos los abusos que sufrió en solo una semana, lo que es absolutamente desgarrador. Pensar en una niña tan joven que sufre tanto. Sin embargo, la parte más aterradora es que tiene muchos moretones y heridas que ni siquiera puede recordar cómo se puso.
Pero esto me lleva a preguntarme por qué leemos libros como este. Como me entristece, lo haces porque quieres saber qué pasó, quieres todos los detalles sangrientos. Y por lo tanto, te decepcionas cuando ella no se sincera sobre el abuso sexual. ¿Pero por qué? ¿Por qué quiere o necesita saber más de lo que informaron los medios?
Según Natascha Kampusch, queremos ver cómo es el verdadero mal, y probablemente nos reconforte el hecho de que el verdadero mal puede ser conquistado. Pero como ella señala a lo largo del libro, Priklopil no fue del todo malo. Ella dice que trató de concentrarse en las partes buenas para sobrevivir, sin dejar de tener en cuenta que él no le estaba haciendo un favor cuando la secuestró, ya que trató de convencerla de que sí. Dice que casi la han ridiculizado por no verlo como el epítome del mal y por no aceptar que sufría del síndrome de Estocolmo, una etiqueta que odia. No creo que sus argumentos en contra de la etiqueta sean lo suficientemente persuasivos, pero acepto que tuvo que encontrar algo bueno a lo que aferrarse y alguna forma de existir con este hombre, ya que él era el único ser humano con el que tuvo contacto durante 7 años.
Me fascina el hecho de que a personas como Natascha Kampusch, que ha estado en cautiverio durante tanto tiempo, sus captores les lavan el cerebro, y luego, cuando son libres, hay que lavarles el cerebro para poder existir en el resto. de nosotros percibimos como el mundo normal. Pero solo porque seamos más que ella, no significa que nuestra forma de ver el mundo sea la correcta. Es posible que pueda ver algunas cosas con mayor claridad que nosotros, porque ha estado alejada de ellas durante tanto tiempo.
Dicho esto, por supuesto que necesitaba ayuda para curarse a sí misma. Poder vivir en el mundo fuera de la propiedad de Priklopil. Pero, lamentablemente, la ayuda que ha recibido hace que este libro se lea en partes como un psicoanálisis de por qué hizo lo que hizo o por qué se comportó de cierta manera. No hay duda de que ha pasado por mucha terapia, y eso se refleja muy claramente en el libro. Demasiado claro, en mi opinión. Preferiría un enfoque más crudo, sin listas de síntomas que sufren las personas después de haber sido mantenidas en aislamiento y sin una explicación psicológica a veces distanciada.

En realidad la familia en la que nací estaba a punto de descomponerse. Yo lo alboroté todo: hubo que volver a sacar todas las cosas infantiles y adaptarse a los horarios de un bebé. Aunque fui recibida con alegría y todos me mimaban como a una pequeña princesa, durante mi infancia a veces me sentía como si estuviera de más. Tuve que ganarme mi puesto en un mundo en el que los papeles ya estaban repartidos.
En el momento de mi nacimiento mis padres llevaban tres años como pareja. Se habían conocido a través de una clienta de mi madre.
Todavía recuerdo con toda claridad cuando, siendo muy pequeña, decidía una y otra vez bajar al patio a jugar. Pasaba horas preparándome, pensando lo que les iba a decir a los demás niños, cambiándome constantemente de ropa. Elegía los juguetes para jugar en la arena y los volvía a dejar; pasaba un buen rato pensando qué muñeca debía llevarme para establecer contacto con otras niñas. Pero cuando por fin bajaba al patio sólo duraba allí unos pocos minutos: no podía superar la sensación de no formar parte de aquello. Había interiorizado la actitud de rechazo de mis padres hasta tal punto que mi propia urbanización era para mí un mundo extraño. Prefería sumergirme en mi mundo de ensoñación tumbada en la cama de mi habitación.

Su forma de ser enérgica y resuelta le hacía muy difícil mostrar sus sentimientos. No era una mujer de las que tiene al niño siempre en brazos haciéndole mimos. Tanto las lágrimas como las muestras de cariño exageradas le resultaban incómodas. Mi madre, que debido a sus tempranos embarazos tuvo que madurar muy deprisa, se había ido envolviendo en una dura piel con el paso del tiempo.
Mi padre era justo lo contrario en este sentido. Me recibía con los brazos abiertos cuando yo quería que me achuchara, y siempre jugaba muy animado conmigo… cuando estaba despierto. Pues en esa época, cuando todavía vivía con nosotras, casi siempre le veía dormido. A mi padre le gustaba salir por las noches y beber con sus amigos. Así que no estaba en muy buenas condiciones para ejercer su trabajo.
Mi abuela fue uno de mis principales puntos de referencia en esa época. Regentaba la panadería junto a mi padre, y con ella yo me sentía como en casa y en buenas manos.
La alternancia de atención y abandono se trasladó poco después a mi entorno más próximo. El mundo de mi primera infancia se iba resquebrajando. Al principio las grietas eran tan pequeñas e inapreciables que podía ignorarlas y culparme a mí misma del mal ambiente. Pero luego las grietas se hicieron más grandes, hasta que todo el edificio familiar se derrumbó. Mi padre tardó en darse cuenta de que había tensado demasiado el arco y de que hacía tiempo que mi madre tenía intención de separarse. Siguió viviendo su grandiosa vida como rey del extrarradio, recorriendo los bares y comprándose coches cada vez más imponentes.
Empecé a comer demasiado. Me tomaba un paquete de bollos entero, acompañado de una botella grande de cola, a lo que luego se sumaba el chocolate, hasta que tenía la tripa a punto de estallar. En cuanto estaba de nuevo en condiciones de meterme algo en la boca, seguía comiendo. En el año anterior a mi secuestro engordé tanto que dejé de ser una niña gordita para convertirme en una auténtica gorda. Hacía aún menos deporte que antes, los niños se burlaban todavía más de mí, y yo combatía la soledad con más y más comida. Al cumplir los diez años pesaba 45 kilos.
Mi madre contribuía a aumentar mi frustración.

En el momento en que pasaba con la mirada puesta en el suelo por delante de ese hombre, él me cogió por la cintura, me levantó por los aires y me metió por la puerta abierta de su furgoneta. Todo ocurrió en un solo movimiento, como si fuera la escena de una coreografía que hubiéramos ensayado los dos juntos. Una coreografía del horror.
¿Grité? Creo que no. Aunque todo en mí era un único grito. Pugnaba por salir, pero se quedaba en lo más profundo de mi garganta: un grito mudo, como si se hubiera hecho realidad una de esas pesadillas en las que se quiere gritar, pero no se oye un solo tono; en las que se quiere correr, pero las piernas se mueven como si se hundieran en arenas movedizas.
¿Opuse resistencia? ¿Intenté arruinar su perfecta puesta en escena? Debí resistirme, pues al día siguiente tenía un ojo morado. No puedo recordar el dolor de un golpe, pero sí la sensación de una impotencia paralizante. El secuestrador lo tenía fácil conmigo. Él media 1,72 metros aproximadamente, yo sólo 1,50. Estaba gorda y no era demasiado ágil, y además la mochila limitaba mi libertad de movimiento. Todo había durado tan sólo unos segundos.
En el momento en que se cerró la puerta de la furgoneta a mis espaldas fui consciente de que había sido secuestrada y podía morir.

Ya había oído al secuestrador mucho antes de que al día siguiente entrara en el escondrijo. En aquel momento no sabía lo bien controlado que tenía el acceso, pero basándome en lo despacio que se acercaban los ruidos deduje que necesitaba mucho tiempo para abrir el zulo.
Me encontraba en un rincón, con la mirada clavada en la puerta, cuando entró en la estancia de apenas cinco metros cuadrados. Me pareció más joven que el día del secuestro: un hombre delgado, de rasgos suaves y juveniles, con el pelo castaño peinado con raya, como si fuera el alumno modelo de un instituto del extrarradio. Su rostro era delicado y a primera vista no reflejaba ninguna maldad. Sólo si se le observaba durante un rato se notaba el atisbo de locura que se escondía tras esa fachada provinciana.
En los días posteriores a mi secuestro el zulo empezó a llenarse con todo tipo de objetos. Lo primero que me trajo el secuestrador fue algo de ropa: yo sólo tenía lo que llevaba puesto. La ropa interior, mis leotardos de Palmers, mi vestido, mi anorak. Los zapatos los había quemado para eliminar posibles huellas. Eran unos zapatos con una gruesa suela de plataforma que mi madre me había regalado el día que cumplí diez años. Ese día, cuando entré en la cocina, había sobre la mesa una tarta con diez velas y una caja envuelta en un brillante papel de colores. Cogí aire con fuerza y apagué las velas. Luego retiré el papel celo y desenvolví la caja. Llevaba meses convenciendo a mi madre de que, por favor, me comprara esos zapatos, que los llevaban todas las niñas. Ella se había negado de forma categórica…
Después de unos meses en el zulo le pedí por primera vez que me abrazara. Necesitaba el consuelo de un contacto, sentir calor humano. Resultó difícil. Él tenía graves problemas con la proximidad, con el roce. Y a mí me entraba el pánico en cuanto me apretaba demasiado fuerte. Pero después de algunos intentos encontramos la medida exacta: el abrazo tenía que ser no muy fuerte, para que yo pudiera aguantarlo, pero lo suficientemente estrecho para que pudiera sentir algo parecido a un contacto afectuoso. Fue el primer contacto corporal que tuve con una persona en muchos meses. Un tiempo demasiado largo para una niña de diez años.

Fui lentamente hasta la placa de cocina y la encendí. Cuando se calentó, puse encima unos papeles y los cartones de unos rollos de papel higiénico vacíos. Pasó un rato hasta que empezó a salir humo, pero funcionó. Subí por la escalerilla hasta mi cama y me tumbé. El zulo se llenaría de humo y yo me iría desvaneciendo poco a poco, por decisión propia, abandonando una vida que hacía tiempo que no era mía.
No sé cuánto tiempo estuve echada esperando la muerte. Me pareció como la eternidad hacia la que me dirigía, aunque todo debió de suceder muy deprisa. Al principio, cuando el humo llegó a mis pulmones, seguí respirando con normalidad. Pero luego surgió con toda su fuerza el instinto de supervivencia que creía apagado. Cada fibra de mi cuerpo se preparó para escapar. Empecé a toser, me puse la almohada delante de la boca y bajé la escalerilla. Abrí el grifo, puse unos trapos debajo del agua y los lancé sobre los tubos de cartón que rodaban por la placa. El agua borboteó, el humo se hizo más denso. Tosiendo y con los ojos llenos de lágrimas, moví una toalla en el aire para dispersar el humo. Pensé con pavor cómo podría ocultarle al secuestrador mi intento de asfixiarme con fuego. Suicidio, la mayor desobediencia, la peor conducta imaginable.
A la mañana siguiente el zulo olía como una cámara de ahumado. Cuando bajó, Priklopil inspiró el aire, irritado. Me sacó de la cama, me zarandeó y me gritó. ¡Cómo podía haber intentado escapar de él! ¡Cómo me había atrevido a abusar así de su confianza! En su rostro se reflejaba una mezcla de rabia infinita y miedo. Miedo a que yo pudiera echar todo a perder.

Diez años más tarde, dos años después de mi autoliberación y en medio de un escándalo policial por el error cometido en la investigación y su posterior encubrimiento, tuve conocimiento de que en esos días de Pascua estuve por segunda vez muy cerca de ser liberada. El martes de la semana de Pascua, 14 de abril, la policía dio a conocer otra pista. Había testigos que aseguraban haber visto en la mañana de mi secuestro una furgoneta con cristales tintados en las proximidades de mi urbanización. La matrícula era de Gänserdorf.
Pero en cambio no se hizo pública una segunda pista.

Los primeros días de mi nueva vida en libertad los pasé en el Hospital General de Viena, en la sección de psiquiatría infantil y juvenil. Fue una entrada lenta, cautelosa, en la vida normal, y también un preludio de lo que me esperaba. Estaba muy bien cuidada, pero internada en una sección cerrada que no podía abandonar. Aislada del mundo exterior, al que yo había escapado para salvarme, me relacionaba en la sala de descanso con jóvenes anoréxicas y niños que se autolesionaban. Fuera, tras los muros protectores, me aguardaba una avalancha de medios. Los fotógrafos trepaban a los árboles para hacerme la primera foto. Los reporteros intentaban colarse en el hospital vestidos de enfermeros. Mis padres fueron abrumados con miles de propuestas de entrevistas. Mi caso era el primero, según los expertos en medios de comunicación, en el que los medios austríacos y alemanes, siempre tan comedidos, habían traspasado todos los límites.
El interés que se muestra por una víctima es engañoso. Despierta el afecto de los demás sólo cuando éstos pueden sentirse por encima de ella. Ya en la primera marea de cartas me llegaron docenas de escritos que provocaron en mí un sentimiento amargo. Había muchos acosadores, cartas de amor, proposiciones de matrimonio y perversas cartas anónimas. Pero también los ofrecimientos de ayuda mostraban lo que a muchos en realidad les importaba. Se trata de un mecanismo humano por el que uno se siente mejor cuando puede ayudar a alguien más débil, a una víctima. Esto funciona mientras los roles están claramente repartidos.
Las nuevas investigaciones no han dado resultado. En el año 2010 ha quedado cerrado el caso. Conclusión de las autoridades: no hubo cómplices. Wolfgang Priklopil había actuado en solitario. Me sentí aliviada al conocer la resolución.
Ahora, cuatro años después de mi autoliberación, puedo tomar aliento y dedicarme al capítulo más difícil: romper con el pasado y mirar hacia delante. Sigue habiendo algunas personas, generalmente anónimas, que reaccionan de forma agresiva ante mí. Pero la mayoría de la gente que me encuentro me apoya en mi camino. Despacio y con cautela voy dando un paso tras otro, aprendiendo de nuevo a confiar.
En estos cuatro años he conocido de nuevo a mi familia y he establecido una nueva relación afectiva con mi madre.

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Everyone knows the story of Natascha Kampusch. It was all over the world when this 18 years old girl suddenly appeared out of thin air, after having been disappeared for 8 years – 3096 days to be precise.
Kampusch was abducted when she was 10 years old and walking to school. Her kidnapper, Wolfgang Priklopil, kidnapped her and told her that he was doing it for some other people. When these never showed up, Priklopil took her home and put her in a tiny cellar and shut her in. She spent 6 months here before she was allowed up into his house the first time.
Slowly, Kampusch was allowed out of the cellar more and more often but always with Priklopil watching her. In the beginning, he was rather kind to her – gave her whatever she asked for and since she thought that he was keeping her safe from a group of child molesters, she grew somewhat close to him. But as she grew up, he started changing and got more and more abusive to her. He used her to clean his home, to cook dinner for him, to help him with various building projects and whenever she didn’t live up to his expectations or did exactly what he told him to do, she was beaten or kicked or both, put in the cellar, denied food, denied light, denied everything.
As time went by, her prison became more and more in her mind. She believed that he had wired explosives to all windows and doors, she believed that he would kill anyone she came in contact with if she tried to escape. Even when he pushed her outside the door and told her to run, she was more scared that anyone would see her naked beaten body than she was staying with Priklopil. Even when he took her outside the house on shopping trips, she was too scared, to beaten down, to dare try to run away. And the one time she dared to try to speak someone, the woman was Dutch and didn’t understand a word.
Kampusch is very frank and open about most of her captivity. However, she doesn’t want to go into the sexual abuse she suffered. I’m not sure how I feel about this – in some ways, I can understand that she wants to keep a few things to herself. On the other hand, when you read a book like this, you want to know what happened, all of it. You want every detail. And she does provide that to a certain extent – for instance by including a week from her diary where she details all the abuse she suffered in just one week< which is absolutely heart breaking. To think about such a young girl suffering so much. The most frightening part of it however is that she has lots of bruises and injuries that she can’t even remember how she got.
But this leads me to wonder why we read books like this. As I sad, you do it because you want to know what happened, you want all the gory details. And therefore, you get disappointed when she doesn’t come clean about the sexual abuse. But why? Why do you want or need to know more than what the media reported?
According to Natascha Kampusch, we want to see what true evil is like – and probably be comforted by the fact that true evil can be conquered. But as she points out throughout the book, Priklopil wasn’t all bad. She says she tried to focus on the good parts in order to survive while still keeping in mind that he wasn’t doing her a favor when he kidnapped her, as he tried to convince her he was. She says she has been almost ridiculed for not seeing him as the epitome of evil and for not accepting that she was suffering from Stockholm syndrome – a label, she hates. I don’t think her arguments against the label is persuasive enough but I do accept that she had to find something good to cling to and some way to exist with this man as he was the only human being she had any contact with for 7 years.
I’m fascinated by the fact that people like Natascha Kampusch who has been held in captivity for so long, are brainwashed by their captors – and afterwards, when they are free, they have to be brainwashed to be able to exist in what the rest of us perceive as the normal world. But just because there are more of us than of her, it doesn’t mean that our way of looking at the world is the right one. She might be able to see some things more clearly than we can, because she has been away from it for so long.
That being said, of course she needed help to heal herself. To be able to live in the world outside of Priklopil’s property. But unfortunately, the help she has received makes this book read in parts as a psychoanalysis of why she did what she did or why she behaved in certain ways. There’s no doubt that she has been through a lot of therapy – and that shines very clearly through in the book. Too clearly, in my opinion. I would prefer a more raw approach, without lists of symptoms people suffer after having been kept in isolation and without a sometimes detached, psychological explanation.

Actually the family I was born into was about to break down. I upset everything: we had to take out all the childish things again and adapt to the schedules of a baby. Although I was greeted with joy and was spoiled by everyone like a little princess, during my childhood I sometimes felt like I was too much. I had to earn my place in a world in which the roles were already distributed.
At the time of my birth my parents had been together for three years. They had met through a client of my mother.
I still remember clearly when, being very young, I decided again and again to go down to the patio to play. I spent hours preparing myself, thinking about what I was going to say to the other children, constantly changing my clothes. She chose the toys to play in the sand and put them back; I was having a good time thinking about which doll I should take to make contact with other girls. But when she finally went down to the patio, it was only there for a few minutes: she couldn’t get over the feeling of not being part of it. I had internalized my parents’ attitude of rejection to such an extent that my own urbanization was a strange world to me. I preferred to immerse myself in my dream world lying on the bed in my room.

Her energetic and determined way of being made it very difficult for her to show her feelings. She was not a woman who always holds the child in her arms, pampering him. Both the tears and the exaggerated displays of affection were uncomfortable. My mother, who had to mature very quickly due to her early pregnancies, had grown into tough skin over time.
My father was just the opposite in this regard. He welcomed me with open arms when I wanted him to cuddle me, and he always played very lively with me… when I was awake. Well, at that time, when he was still living with us, I almost always saw him asleep. My father liked to go out at night and drink with his friends. So he was not in very good condition to do his job.
My grandmother was one of my main points of reference at that time. She ran the bakery with my father, and with her I felt at home and in good hands.
The alternation of attention and abandonment soon after moved to my closest environment. The world of my early childhood was breaking apart. At first the cracks were so small and priceless that I could ignore them and blame myself for the bad environment. But then the cracks got bigger, until the entire family building collapsed. My father was slow to realize that he had drawn his bow too far and that my mother had long intended to part. He continued to live his great life as the king of the suburbs, touring the bars and buying increasingly imposing cars.
I started eating too much. I drank a whole packet of buns, accompanied by a large bottle of cola, to which the chocolate was added, until my belly was about to burst. As soon as I was able to put something in my mouth again, I continued eating. In the year before my kidnapping, I got so fat that I stopped being a chubby girl to become a real fat one. I did even less sport than before, the children made fun of me even more, and I fought loneliness with more and more food. When he was ten years old, he weighed 45 kilos.
My mother contributed to my frustration.

The moment I was walking by with my gaze on the ground in front of that man, she grabbed me by the waist, lifted me up into the air and shoved me through the open door of her van. Everything happened in a single movement, as if it were the scene of a choreography that the two of us had rehearsed together. A choreography of horror.
Did I yell? I think not. Although everything in me was a single cry. I struggled to get out, but it stayed deep in my throat: a mute scream, as if one of those nightmares in which you want to scream but not hear a single tone had come true; in which you want to run, but the legs move as if they were sinking in quicksand.
Did I resist? Did I try to ruin your perfect staging? I had to resist, because the next day I had a black eye. I can’t remember the pain of a blow, but I can remember the sensation of crippling helplessness. The kidnapper had it easy on me. He measured approximately 1.72 meters, I only 1.50. I was fat and not very agile, and also the backpack limited my freedom of movement. Everything had lasted only a few seconds.
The moment the door of the van closed behind me I was aware that I had been kidnapped and could die.

He had already heard the kidnapper long before he entered the hiding place the next day. At the time I didn’t know how well the access was controlled, but based on how slowly the noises approached, I deduced that it took a long time to open the zulo.
I was in a corner, staring at the door, when she entered the barely five-square-meter room. He seemed younger than the day of the abduction: a thin man, with soft, youthful features, with parted brown hair, as if he were a model student from a suburban high school. His face was delicate and at first glance did not reflect any evil. Only if you watched him for a while did you notice the hint of madness that lurked behind that provincial facade.
In the days after my abduction, the den began to fill with all kinds of objects. The first thing the kidnapper brought me was some clothes: I only had what I was wearing. The underwear, my Palmers tights, my dress, my anorak. The shoes had been burned to remove possible footprints. They were shoes with a thick platform sole that my mother had given me on my tenth birthday. That day, when I entered the kitchen, there was a cake with ten candles on the table and a box wrapped in bright colored paper. I took a deep breath and blew out the candles. Then I removed the tape and unwrapped the box. I had been convincing my mother for months to please buy me those shoes, which all the girls wore. She had categorically refused …
After a few months in the den, I asked him for the first time to hug me. She needed the comfort of a touch, to feel human warmth. It was difficult. He had serious problems with proximity, with friction. And I panicked when he squeezed me too hard. But after a few tries we found the exact measure: the hug had to be not very strong, so that I could hold it, but close enough so that I could feel something like affectionate contact. It was the first body contact I had with a person in many months. Too long a time for a ten year old girl.

I went slowly to the cooktop and turned it on. When it warmed up, I put some papers on it and the cartons of some empty toilet paper rolls. It took a while for smoke to come out, but it worked. I climbed the ladder to my bed and lay down. The den would fill with smoke and I would gradually fade away, by my own decision, abandoning a life that had not been mine for a long time.
I don’t know how long I was lying waiting for death. It seemed to me like the eternity I was heading towards, although it must have happened very quickly. At first, when the smoke reached my lungs, I continued to breathe normally. But then the survival instinct that she thought was off came out in full force. Every fiber in my body prepared to escape. I started coughing, put the pillow in front of my mouth and went down the ladder. I turned on the tap, put some rags under the water and threw them on the cardboard tubes that rolled across the plate. The water gurgled, the smoke thickened. Coughing and with tears in my eyes, I waved a towel in the air to disperse the smoke. I thought with dread how I could hide my attempt to suffocate myself with fire from the kidnapper. Suicide, the greatest disobedience, the worst behavior imaginable.
The next morning the zulo smelled like a smoking chamber. When he got down, Priklopil inhaled irritably. He pulled me out of bed, shook me, and yelled at me. How could she have tried to escape him! How dare I abuse his trust like that! There was a mixture of infinite anger and fear on his face. Fear that I might spoil everything.

Ten years later, two years after my self-release and in the midst of a police scandal over the error made in the investigation and its subsequent cover-up, I learned that on those Easter days I was very close to being released for the second time. On Tuesday of Easter week, April 14, the police released another lead. There were witnesses who claimed to have seen a van with tinted windows on the morning of my abduction in the vicinity of my urbanization. The license plate was from Gänserdorf.
But instead a second clue was not released.

The first days of my new life in freedom were spent in the Vienna General Hospital, in the section of child and juvenile psychiatry. It was a slow, cautious entry into normal life, and also a prelude to what awaited me. She was very well cared for, but interned in a closed section that she could not leave. Cut off from the outside world, to which I had escaped to save myself, I socialized in the break room with young anorexics and children who were self-injuring. Outside, behind the protective walls, an avalanche of media awaited me. Photographers would climb trees to take my first photo. Reporters tried to sneak into the hospital dressed as nurses. My parents were overwhelmed with thousands of interview proposals. My case was the first, according to media experts, in which the Austrian and German media, always so restrained, had crossed all limits.
The interest shown in a victim is deceptive. She awakens the affection of others only when they can feel above her. Already in the first wave of letters, dozens of writings reached me that provoked in me a bitter feeling. There were plenty of stalkers, love letters, marriage proposals, and wicked anonymous letters. But also the offers of help showed what many really cared about. It is a human mechanism by which you feel better when you can help someone weaker, a victim. This works as long as the roles are clearly divided.
New investigations have been unsuccessful. In 2010 the case was closed. Conclusion of the authorities: there were no accomplices. Wolfgang Priklopil had acted alone. I was relieved to learn of the resolution.
Now, four years after my self-liberation, I can take a breath and dedicate myself to the most difficult chapter: breaking with the past and looking forward. There are still some people, usually anonymous, who react aggressively to me. But most of the people I meet support me on my way. Slowly and cautiously I take one step after another, learning to trust again.
In these four years I have met my family again and I have established a new emotional relationship with my mother.

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