El Libro De Pussy Riot. De La Alegría Subversiva A La Acción Directa — Nadya Tolokonnikova / Read & Riot: A Pussy Riot Guide to Activism by Nadya Tolokonnikova

Escrito como una corriente de conciencia, Nadya comparte sus experiencias y pensamientos sobre el estado de las cosas y cómo nosotros, como individuos, aún podemos opinar y tratar de hacer una diferencia en el mundo.
Es una lectura rápida y fácil de digerir, con cada capítulo (también conocido como Reglas) dividido en tres segmentos: palabras, hechos y héroes. Palabras cubre varios temas como Cuestionar el status quo, el complejo industrial de la prisión y qué tiene que ver Putin con Trump.
Hechos abarca cosas que todos podemos hacer: Dadaismo, Si los jóvenes están unidos, Arte en acción y Pussy Riot en la Iglesia (una iglesia rusa que era más como un mini-mart o un salón de actos).
Heroes explora las figuras que han influido en la vida y la perspectiva de Nadya: King, Berrigan Brothers, Bell Hooks, Emmeline Pankhurst y Aleksandra Kollontai.
Igualmente interesante es la lista de lecturas recomendadas al final del libro, que ofrece algunas cosas bastante buenas para alimentar tu cabeza y liberar tu mente. Por lo menos, terminarás con un curso intensivo sobre ideas activistas y una vista desde el frente entregada por una persona que todavía está allí.

Me dio algunos puntos sorprendentes en los que pensar, sin embargo, lo encontré un poco irregular por todos los frentes: aunque me encantó el tema (el activismo ruso es fuerte), necesitaba un poco más de estructura para apreciarlo más. En general, fue una experiencia agradable (especialmente las partes sobre la experiencia de Nadya en la cárcel y sus puntos de vista feministas), lo recomiendo y probablemente volveré a leer fragmentos aquí y allá para motivarme a hacer mis revoluciones. Fue bastante fácil de leer, pero no fue la escritura más hermosa que encontré: se nota que ella misma escribió la versión en inglés, y está bien (podemos ver sus verdaderos sentimientos), pero aún así no me gustaba especialmente El estilo de escritura. Pero, de nuevo, no era el punto, todavía lo disfrutaba.

Cuando Trump ganó las elecciones a la presidencia, hubo mucha gente que se quedó de piedra. En realidad, ese 8 de noviembre de 2016 fue el día en que se vino abajo el concepto del contrato social, la idea de que podíamos vivir en paz sin ensuciarnos las manos con la política, de que bastaba con votar una vez cada cuatro años para proteger nuestras libertades (o no votar en absoluto: estar por encima de la política). Esa creencia —la de que las instituciones estaban ahí para protegernos y velar por nosotros, y de que no teníamos que preocuparnos por protegerlas de la corrupción, los grupos de presión, los monopolios, ni por el control de empresas y gobiernos sobre nuestros datos personales— se rompió en mil pedazos. Delegábamos la lucha política igual que delegábamos los trabajos peor remunerados y las guerras.
Los sistemas actuales no han logrado responder a las preguntas de la ciudadanía, de modo que la gente ha empezado a buscar respuestas fuera del espectro político predominante.
Si la agresión nacionalista, el cierre de fronteras y el excepcionalismo de todo pelaje fueran prácticas beneficiosas para la sociedad, Corea del Norte sería el país más próspero del planeta. Pero aunque no hayan funcionado nunca, la gente sigue creyéndolo. Así es como se explica el éxito de Trump, el Brexit, Le Pen, Orbán y demás. En Rusia, el presidente Putin tira de los mismos hilos: explota el complejo de furia, el sufrimiento y el empobrecimiento del pueblo ruso provocados por la crisis económica, la privatización maquiavélica y la liberalización salvaje que tuvo lugar en los años noventa.
Putin sigue en el poder, pero no porque todo el mundo esté contento con su forma de gobernar. Nos damos cuenta de que somos cada vez más pobres mientras que él y sus compinches se enriquecen día a día. Pero (y siempre hay un pero) ¿qué podemos hacer? No tenemos el poder para cambiar las cosas, o eso nos dicen.
Si tuviera que señalar a nuestro peor enemigo, diría que es la apatía. Si no viviéramos atrapados en la idea de que nada puede cambiar, podríamos conseguir resultados fantásticos.
Lo que nos hace falta es confiar en que las instituciones puedan funcionar mejor, y en que seamos nosotros quienes lo logremos. El pueblo ignora el enorme poder que tiene y que por algún motivo no usa.

Desconfío de todas las limitaciones que se me impongan, ya sean en cuanto a sexo, nacionalidad, color de pelo, el timbre de mi voz, mi manera de follar o de cepillarme los dientes.
Si hay algo que puedo ofrecer es la perspectiva de un ser humano que no es especialmente ruso, chino ni estadounidense, sino que trata de vivir y respirar a su manera: la perspectiva de un pirata.
Como pirata, soy marinera y aventurera, pero también conozco el valor de la comunidad, la gente en quien confías, los que se unirían contigo a la guerrilla si fuera necesario. Mi hogar reside en mi corazón y en los corazones de mi tribu.
La cultura basura nos ha convencido de que la mierda que nos mata tiene algo de gracioso y divertido. La Coca-Cola, que se produce a partir de un polvo gris muy ácido y venenoso, y Trump, compuesto de intolerancia barata y odio puro, actúan siguiendo la misma lógica. De acuerdo con esa lógica, millones de obreros empobrecidos de Estados Unidos siguen votando a la organización criminal más peligrosa de la historia: el Partido Republicano.
Para mí, reducir la basura al mínimo y aumentar la alegría y el entendimiento al máximo es una cuestión de honor.
En Rusia no hay política real. Mi país es un territorio gobernado por matones que hacen lo que les da la gana. No les interesan los debates ni la opinión pública; saben que pueden fabricar una opinión pública conveniente siempre que quieran. En Rusia es muy fácil hacer encuestas de opinión: el gobierno escoge las cifras que quiere y las anuncia a través de los medios controlados por el Estado. Por eso no se puede esperar que haya debates de calidad. No se puede esperar, pero eso no quita para que no tratemos de reformar el discurso político por nuestros medios.

A las élites no les gusta la resistencia y responden ante ella con furia y venganza. Al no aceptar sus normas, les causamos un daño mayor del que nos causa su venganza, ya que todo el mundo empieza a ver que el emperador no lleva traje alguno.
Debemos reclamar el lenguaje y los ideales que nos robaron los gobiernos. Estos afirman ser los «auténticos patriotas», pero mienten, engañan y roban. Afirman ser religiosos, pero infringen todos los mandamientos. Dicen representar al pueblo, pero solo les importa su propia riqueza. Juzgan, condenan y matan. Como apunta Timothy Snyder, historiador y catedrático en la Universidad de Yale: «Es importante que la gente sepa que el autoritarismo, pese a apropiarse de los símbolos nacionales, no es patriota».
Primero creas desigualdad y violencia estructural. Luego conviertes a los «otros» en chivos expiatorios para explicarlo. Después ofreces un patriotismo extremo y más privilegios a los privilegiados como solución. Y así obtenemos a Trump, el Brexit, Le Pen, Orbán, etcétera. Putin juega a lo mismo, explotando el complejo de rabia, dolor y empobrecimiento del pueblo ruso provocado por la maquiavélica privatización y desregulación de los años noventa. «¿Queréis volver a los años noventa?»; ese es su mejor truco. La misma historia de siempre: usar el miedo para obtener poder y dinero.
Todos somos víctimas de ese extraño malentendido por el que se considera que la política y nuestra vida cotidiana no están relacionadas. Allá por donde voy conozco a gente de distintos países que dice no estar interesada en la política porque no es algo que les toque en sus vidas. Interesante respuesta.
La profesionalización y el elitismo de la política han llegado demasiado lejos. La escisión del pueblo ha llegado demasiado lejos. Son las dos caras de una misma moneda, y puedes estar seguro de que esa moneda no es nuestra.

Las calles son nuestras venas. Las paredes, la piel. Los tejados y las ventanas, los ojos. Los árboles son los pulmones. Los bancos son nuestros traseros. El tráfico es un eructo. Nos convertimos en las ciudades que habitamos. Y sin embargo, no participamos en ninguna de las decisiones que se toman acerca del aspecto que tendrán, una contradicción que clama al cielo. ¿Por qué va a decidir alguien el aspecto de mi ciudad solo porque sea rico y yo no?
Cuando vives en la ciudad, tu bienestar depende más de la calidad de los espacios públicos que de tus propios muebles.
China es un buen ejemplo de lo que puede suceder bajo un gobierno secretista. Existen muy pocos datos sobre las encarcelaciones del país. Nadie conoce las cifras reales de las ejecuciones, aunque es probable que se produzcan al menos millares de ellas. Las cárceles están llenas de disidentes y reformistas democráticos contrarios al presidente Xi Jinping. El gigante chino libra su propia guerra contra las drogas y fusila a los contrabandistas.
Sus prisiones son infernales. La tortura es una práctica habitual antes de los juicios. Los reclusos están hacinados en las celdas, donde muchas veces no hay ni camastros. Además, los prisioneros deben trabajar largas jornadas. Aunque en las cárceles normales también se trabaja, las condiciones pueden llegar a ser mejores que en los centros de detención.

Debemos aprender a ser niños otra vez, a usar nuestra imaginación y empezar a pensar en alternativas que podamos crear con nuestras propias manos, en futuros posibles en los que nos podamos establecer reestructurando nuestras propias vidas, comportamientos, pensamientos, hábitos de consumo, ideas, conceptos políticos, noticias y redes sociales.
Muchas veces creemos que no es posible otro mundo, lo que podría llamarse la enfermedad del «no hay alternativa» (TINA, del inglés There is no alternative), cuando en el fondo no es más que una cuestión de falta de imaginación.

Nadya encarna el verdadero espíritu de la rebelión con cada fibra de su ser. La revolución no es un acto, sino una actitud. Como profetizó Orwell, si renunciamos a ejercer el control sobre nuestra conciencia, aceptamos convertirnos en nuestros propios opresores.
Es posible que el acto más poderoso de los que tenemos a nuestro alcance sea el de existir, sin permitir que nos derroten y nos despersonalicen entregándonos a la apatía o la tristeza.

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Written as a stream of consciousness, Nadya shares her experiences and thoughts on the state of things and how we as individuals can still have our say and try to make a difference in the world.
It’s a fast read and easy to digest, with each chapter (aka Rules) broken into three segments: Words, Deeds & Heroes. Words covers various topics like Questioning the Status Quo, the Prison Industrial Complex and What Putin Has to Do with Trump.
Deeds encompasses things we can all do- Dadaism, If the Kids are United, Art in Action and Pussy Riot Church (a Russian church that was more like a mini-mart or a venue hall).
Heroes explores the figures who’ve influenced Nadya’s life and outlook- King, the Berrigan Brothers, Bell Hooks, Emmeline Pankhurst and Aleksandra Kollontai.
Equally intriguing is the recommended reading list at the end of the book, which offers up some pretty good stuff to feed your head and free your mind. If nothing else, you’ll end up with a crash course on activist ideas and a view from the front lines delivered by a person who’s still there.

It gave me some amazing points to think about, however i did find it a bit all over the places: though i loved the topic (russian activism is strong af), i needed a little more structure to appreciate it more. Overall, it was an enjoyable experience (especially the parts about nadya’s experience in jail and her feminist views), i recommend it and i will probably re-read bits here and there to give me motivation to make my revolutions. It was pretty easy to read but it wasn’t the most beautiful writing i encountered: you can tell she wrote the english version herself, and that’s okay (we get to see her true feelings), but still i wasn’t particularily fond on the writing style. but then again, it wasn’t the point, i still enjoyed it.

When Trump won the presidential election, there were many people who were stunned. Actually, that November 8, 2016 was the day that the concept of the social contract fell apart, the idea that we could live in peace without getting our hands dirty with politics, that it was enough to vote once every four years to protect our freedoms (or not vote at all: be above politics). That belief – that the institutions were there to protect and watch over us, and that we didn’t have to worry about protecting them from corruption, lobbyists, monopolies, or the control of companies and governments over our personal data – It broke into thousands of pieces. We delegated political struggle just as we delegated lower-paying jobs and wars.
Current systems have failed to answer citizens’ questions, so people have begun to search for answers outside the prevailing political spectrum.
If nationalist aggression, border closures and exceptionalism of all kinds were beneficial to society, North Korea would be the most prosperous country on the planet. But even if they have never worked, people still believe it. This is how the success of Trump, Brexit, Le Pen, Orbán and others are explained. In Russia, President Putin is pulling the same strings: He exploits the complex of fury, suffering, and impoverishment of the Russian people caused by the economic crisis, Machiavellian privatization, and savage liberalization that took place in the 1990s.
Putin is still in power, but not because everyone is happy with his way of governing. We realize that we are getting poorer as he and his cronies get richer day by day. But (and there is always a but) what can we do? We don’t have the power to change things, or so they tell us.
If I were to point out our worst enemy, I would say it is apathy. If we did not live trapped in the idea that nothing can change, we could achieve fantastic results.
What we need is to trust that the institutions can function better, and that we will be the ones to do it. The people ignore the enormous power that it has and that for some reason it does not use.

I am suspicious of all the limitations that are imposed on me, whether in terms of sex, nationality, hair color, the timbre of my voice, my way of fucking or brushing my teeth.
If there is anything I can offer it is the perspective of a human being who is not especially Russian, Chinese or American, but tries to live and breathe in his own way: the perspective of a pirate.
As a pirate, I am a sailor and adventurer, but I also know the value of the community, the people you trust, those who would join you in the guerrillas if necessary. My home resides in my heart and in the hearts of my tribe.
Junk culture has convinced us that the shit that kills us has something funny and funny about it. Coca-Cola, which is produced from a highly acidic and poisonous gray powder, and Trump, made up of cheap intolerance and pure hatred, act according to the same logic. According to this logic, millions of impoverished workers in the United States continue to vote for the most dangerous criminal organization in history: the Republican Party.
For me, reducing litter to a minimum and increasing joy and understanding to the maximum is a matter of honor.
In Russia there is no real politics. My country is a territory ruled by thugs who do whatever they want. They are not interested in debates or public opinion; they know that they can manufacture a convenient public opinion whenever they want. In Russia, it is very easy to conduct opinion polls: the government chooses the figures it wants and announces them through the state-controlled media. So you cannot expect quality discussions. It cannot wait, but that does not mean that we do not try to reform the political discourse by our means.

Elites do not like resistance and respond to it with fury and revenge. By not accepting their rules, we cause them greater harm than their revenge does, since everyone begins to see that the emperor is not wearing any suit.
We must reclaim the language and ideals that governments stole from us. These claim to be the “true patriots,” but they lie, cheat, and steal. They claim to be religious, but they break all the commandments. They claim to represent the people, but they only care about their own wealth. They judge, condemn and kill. As Timothy Snyder, a historian and professor at Yale University, points out: “It is important for people to know that authoritarianism, despite appropriating national symbols, is not patriotic”.
First you create inequality and structural violence. Then you make “others” scapegoats to explain it. Then you offer extreme patriotism and more privileges to the privileged as a solution. And so we get Trump, Brexit, Le Pen, Orbán, etc. Putin plays the same game, exploiting the complex of rage, pain and impoverishment of the Russian people caused by the Machiavellian privatization and deregulation of the 1990s. “Do you want to go back to the nineties?”; that’s his best trick. The same old story: using fear for power and money.
We are all victims of that strange misunderstanding for which politics and our daily lives are considered unrelated. Everywhere I go I meet people from different countries who say they are not interested in politics because it is not something that touches them in their lives. Interesting answer.
The professionalization and elitism of politics have gone too far. The split of the people has gone too far. They are two sides of the same coin, and you can be sure that this coin is not ours.

The streets are our veins. The walls, the skin. Roofs and windows, eyes. Trees are the lungs. Banks are our behinds. Traffic is a burp. We become the cities we inhabit. And yet, we do not participate in any of the decisions that are made about what they will look like, a contradiction that cries out to heaven. Why is someone going to decide how my city will look just because I am rich and I am not?
When you live in the city, your well-being depends more on the quality of public spaces than on your own furniture.
China is a good example of what can happen under a secretive government. There is very little data on the country’s incarceration. No one knows the actual numbers of the executions, although it is likely that there will be at least thousands of them. Prisons are full of dissidents and democratic reformers opposed to President Xi Jinping. The Chinese giant is waging its own drug war and shooting smugglers.
Their prisons are hellish. Torture is standard practice before trials. Inmates are crowded into cells, where there are often no beds. In addition, prisoners must work long hours. Although work is also done in normal prisons, conditions can be better than in detention centers.

We must learn to be children again, to use our imagination and start thinking about alternatives that we can create with our own hands, in possible futures in which we can establish ourselves by restructuring our own lives, behaviors, thoughts, consumption habits, ideas, political concepts, news and social networks.
Many times we believe that another world is not possible, what could be called the disease of “there is no alternative” (TINA, from English There is no alternative), when at bottom it is nothing more than a matter of lack of imagination.

Nadya embodies the true spirit of rebellion with every fiber of her being. The revolution is not an act, but an attitude. As Orwell prophesied, if we give up exercising control over our conscience, we agree to become our own oppressors.
It is possible that the most powerful act that we have within our reach is that of existing, without allowing ourselves to be defeated and depersonalized, giving ourselves up to apathy or sadness.

2 pensamientos en “El Libro De Pussy Riot. De La Alegría Subversiva A La Acción Directa — Nadya Tolokonnikova / Read & Riot: A Pussy Riot Guide to Activism by Nadya Tolokonnikova

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