Hijos De Caín. Una Historia De Los Asesinos En Serie — Peter Vronsky / Sons of Cain: A History of Serial Killers from the Stone Age to the Present by Peter Vronsky

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El libro explora nuestro instinto de supervivencia natural y su contribución al instinto asesino de aquellos que han confesado múltiples asesinatos. También se discuten las eras de los supuestos asesinatos de hombres lobo / vampiros y cazas de brujas. La ocurrencia de asesinatos en serie en tiempos históricos es quizás la parte más interesante y espantosa de este libro.
Bien investigado y meticulosamente anotado y estudiado, el libro todavía parece descuidar a las delincuentes femeninas en esta categoría, aunque es muy inclusivo de delincuentes masculinos poco conocidos que a menudo no se incluyen en las discusiones de asesinos en serie.
Hijos de Caín fue a veces cautivador (especialmente el encuentro personal de Vronsky con un conocido asesino en serie) y, a veces, espantoso y desalentador. Hay descripciones gráficas de crímenes individuales y estadísticas desalentadoras sobre la gran cantidad de asesinos y las infinitas y variadas razones por las que se convierten en lo que son.
Recomendado para lectores que, como yo, están obsesionados con saber por qué estos asesinos psicópatas cometen sus crímenes horribles, pero no esperan respuestas fáciles.

Este es un libro interesante, aunque tiene algunos problemas. El título indica que tenemos un historial de asesinos en serie, lo que hacemos, más o menos, si a uno no le importan las incursiones en campos que parecen estar poco relacionados. El señor Vronsky sugiere que los asesinos en serie no están hechos tanto como nacidos; que todos nacemos con el instinto de matar personas y atornillar sus cadáveres, pero que la mayoría de nosotros estamos esencialmente desprogramados a través de «una educación familiar saludable y normas sociales positivas». Da algunos estudios de casos interesantes de algunos de los asesinos más notorios e incluye muchas estadísticas. Comencé a ser escéptico sobre las estadísticas cuando leí estas palabras en la página 281:

«En septiembre de 1911, con un hacha, Moore mató a 6 víctimas en Colorado Springs: un hombre, dos mujeres y cuatro niños».

¿Alguien más ve el problema allí?
Hubo otros problemas. Él hace comentarios que bordean la inflamación, como este en la página 310:
Los enemigos nazis alemanes e japoneses imperiales que los G.I. estadounidenses – nuestros padres y abuelos – fueron enviados a combatir fueron sin exageración mucho más salvajes, sádicos y asesinos que cualquier cosa que vemos hoy en forma de los talibanes, Al-Qaida o ISIS «.

Tuve problemas con eso. Parece que no solo olvida que las tropas francesas y de la Commonwealth habían estado luchando contra estos enemigos durante dos años antes de que Estados Unidos entrara en la refriega, sino, lo que es más importante, ¿cómo te imaginas? ¿Puede ignorar el alcance del salvajismo de los talibanes e ISIS, o es porque los nazis están todos muertos ahora y son más fáciles de entender? ¿Cuánto más salvaje puedes ser que quemar vivos a los combatientes enemigos capturados? Si hubiera querido presentar un caso sobre números absolutos, podría haber estado de acuerdo con él, pero es bastante difícil vencer a un imbécil que está arrojando a un tipo desde lo alto de un edificio o apedreando a una mujer porque la violaron. Sheesh!
Mientras estamos en el tema del salvajismo, aquí hay algo para reflexionar sobre la página 312:

«Nuestro enemigo en la Segunda Guerra Mundial fue tan malvado y poderoso que fuimos llamados no solo a aniquilar por completo a sus ejércitos sino a bombardear y quemar sus ciudades junto con su gente, incluidas las mujeres y los niños, hasta que sus gobiernos colapsaron o se rindieron».

Lo dejaré ahí.

Todo en consideración, no es un mal libro. Algunas inconsistencias, pero creo que intenta ser justo en todo momento. La escritura es decente y parece haber investigado mucho y escrito varios libros, a los que hace referencia … bastante.
Terminaré esto con una palabra de advertencia. Vronsky observa que muchos asesinos en serie fueron hechos para vestirse de niñas cuando eran jóvenes. Él nombra, entre otros, a Henry Lee Lucas, Otis Toole, Eddie Cole y Charles Manson. Probablemente sea mejor mantener a sus hijos fuera del armario de su hija, solo para estar seguros.

Cuando en 1979 me topé con mi primer asesino en serie, yo no sabía que existiera tal cosa. El término asesino en serie no se conocía salvo en el mundo cerrado de los conductistas e investigadores de homicidios del FBI, que en la década de 1970 se enfrentaban, en diferentes jurisdicciones, a un repentino aumento de asesinatos sin resolver que parecían estar ligados a responsables únicos y desconocidos. Ted Bundy, que asesinó por lo menos a 36 jóvenes estudiantes universitarias en seis estados, emergió de aquella época como el prototipo de asesino en serie posmoderno. Pero en las películas, en la realidad y en la literatura de ficción, en los medios de comunicación, en la cultura popular e incluso en la psiquiatría forense, no existía un término consensuado para definir a Ted Bundy, ni para aquello con lo que yo me encontré, tal como lo tenemos ahora: el nombre asesino en serie.
En un mundo en el que los asesinos en serie aún no se habían nombrado, clasificado y descrito definitivamente, me quedó la sensación de haber conocido a un monstruo, en el antiguo sentido de la palabra latina original monstrum, o sea, «un presagio o una advertencia de la voluntad de los dioses».

Si bien Cottingham nunca alcanzó la fama a la que llegaron otros asesinos en serie, fascinó a muchas personas que están inmersas en el campo del homicidio en serie. El célebre perfilador y doctor Robert Keppel, que trató con asesinos en serie muy famosos como Ted Bundy y Gary Ridgway, el asesino de Green River, considera a Cottingham el monte Everest de los asesinos sádicos. Escribe Keppel: «Años después de que hubieran encerrado a Cottingham, al tratar de descubrir qué es lo que impulsa al subtipo de los asesinos en serie sexuales, seguía preguntándome qué me intrigaba, en última instancia, de los casos de Cottingham. En parte era el alcance de la tortura sádica a la que Cottingham sometía a sus víctimas. No las mataba y después profanaba sus cuerpos: las forzaba a experimentar dolor y humillación antes de matarlas. Después sí profanaba sus cuerpos».

Acorde al FBI con su clasificación de los asesinos en serie como organizados, desorganizados y mixtos:
• Los asesinos organizados planifican meticulosamente sus crímenes, acechan pacientemente a sus víctimas, muchas veces utilizan su encanto y su astucia para atraerlas y ejercer control sobre ellas, van equipados con armas y medios de sujeción e intentan limpiar la escena del crimen para destruir las pruebas forenses. Tienden a encontrar a sus víctimas en un sitio, llevárselas y matarlas en otro y deshacerse de los cuerpos en un tercero, lo que dificulta a los investigadores el trazado correcto de una línea temporal. Son inteligentes, sociales, físicamente atractivos, casados o en una relación, con buenos empleos, se visten bien, sus pisos son limpios y están bien arreglados, conducen coches limpios y bien mantenidos, etc.
• Los asesinos en serie desorganizados no planifican los asesinatos sino que actúan según un arrebato del momento, razón por la cual emplean espontáneamente la fuerza bruta (un ataque repentino) para secuestrar y someter a sus víctimas. Carecen de las habilidades sociales necesarias para seducirlas y muy a menudo son personas solitarias o vagabundos, y no tienen empleo. Para matar a sus víctimas utilizan armas improvisadas que encuentran en el escenario; a menudo dejan los cuerpos en el mismo sitio en que encontraron a la víctima y suelen dejar escenas sucias con gran cantidad de pruebas. Sus viviendas también son sucias y desordenadas y en persona suelen ser físicamente repulsivos, conducen coches viejos y mal mantenidos, etc.
Lamentablemente para el sistema del FBI, muy pocos de los asesinos en serie caen limpiamente en una de estas dos categorías. La mayoría de ellos exhiben una mezcla de características de ambas, y por eso el FBI introdujo una tercera clasificación, la de mixtos, una combinación de las dos anteriores que tiene poco sentido.

Los perfiles de violadores que clasifica a los asesinos en serie dentro de los siguientes cuatro motivos:
• reafirmación de su poder (asesino en serie «caballeroso» con baja autoestima): el delincuente busca que la víctima le confirme su propia virilidad y su potencia como amante, y en su fantasía él le está dando placer. La violación está planificada, no así el asesinato, que tiene lugar cuando la reacción real de la víctima hace trizas la fantasía del delincuente de haberla hecho disfrutar de la violación; entonces el criminal o bien la mata fríamente por vergüenza, o lo hace en un repentino ataque de rabia y desilusión;
• seguro de su poder (asesino en serie que se cree con derechos): la confirmación del poder masculino sobre una víctima, mujer u hombre, en que la violación está planificada, no así el asesinato, que tiene lugar cuando el delincuente pierde el control sobre la cantidad de violencia y de fuerza que necesita para controlar a la víctima;
• ira vengativa (asesino en serie que desplaza su ira hacia la venganza): tanto la violación como el asesinato están planificados. Muchas veces el asesinato incluye «matar demasiado», es decir, que el perpetrador ejerce una violencia mayor que la necesaria para matar a la víctima, que suele ser mujer. El motivo principal del asesino es su necesidad de vengarse o desquitarse de una mujer que de alguna manera lo ha ofendido, o de su sustituta. A menudo la rabia la inspira una mujer que ha tenido poder sobre él en el pasado o lo tiene en el presente: su madre, su esposa, su novia, una profesora o una jefa;
• excitación sexual por ira (asesino en serie sádico): tanto la violación como el asesinato han sido planificados. El motivo principal es la necesidad sádica de infligir dolor e inspirar terror sobre la víctima, hombre o mujer, con lo que el perpetrador logra gratificación sexual. El crimen se caracteriza por una tortura prolongada con mutilación de la víctima, por lo general antes de la muerte pero a veces después. El asesinato en sí es de baja prioridad para el criminal, que se centra en el proceso que conduce hasta él.

Algunos expertos han recuperado un término arcaico —«asesinato por lujuria» o «asesinato hedonista por lujuria», que en lenguaje académico es erotofonofilia— para distinguir a estos asesinos de todos los tipos de asesinos en serie no sexuales.

Estoy convencido de que la obsesión actual de nuestra cultura popular con los zombis se inspira en el surgimiento de los asesinos en serie a lo largo del último medio siglo, del mismo modo que antiguamente nuestros mitos comunes sobre monstruos, vampiros, licántropos, necrófagos y ogros en realidad se referían a depredadores humanos que tomaban la forma de asesinos por lujuria, asesinos caníbales y necrófilos que siempre han formado parte del tejido de la humanidad. En realidad, dos de los monstruos más duraderos en la imaginación humana —el vampiro, conservador, calculador, casi necrófilo, y el hombre lobo, destructor, frenético y caníbal— se corresponden, a grandes rasgos, con la tipología del FBI del asesino en serie calculador, frío y organizado (Drácula) y el asesino en serie sucio, impulsivo y desorganizado (el licántropo).
Después de haberse colado lentamente entre nosotros durante las décadas de 1950 y 1960, los asesinos en serie acabaron infestándonos, en los años 70 y 80 del siglo XX, en lo que parecían hordas de zombis. Y algunos de esos asesinos en serie se parecían a los zombis sexualizados de los cómics de terror.
Las actuales teorías sobre cómo se origina la psicopatología de un asesino en serie en la primera infancia abarca causas tales como la falta de afectos o el abandono en la niñez, o su opuesto, es decir, una sobreprotección materna que resulta sofocante; un trauma de formación; maltratos físicos o sexuales; rechazo; abandono; soledad; falta de estabilidad familiar; trastornos de la personalidad como una psicopatía, una sociopatía, un trastorno límite de la personalidad, un trastorno antisocial o un trastorno disociativo de identidad, amnesia disociativa o estados de fuga disociativa; heridas físicas en la cabeza; exposición a medios de comunicación violentos o a revistas de crímenes reales o a pornografía o a pasajes bíblicos; éxtasis religiosos; consumo de drogas; propensión genética; el síndrome de Asperger o trastornos del espectro autista; un trastorno orgánico del cerebro o una anomalía cromosómica; contenido anormal de sustancias químicas en la sangre o en la orina, alergias o una combinación de todo ello. En resumen, que sabemos muy poco —casi nada— sobre por qué existen asesinos en serie.

Podría ser que todos nazcamos como asesinos en serie, pero a la mayoría nos han criado y convertido en seres sociales y así nos han apartado de aquel destino. Los asesinos en serie no se hacen: se deshacen. Después de todo, nacemos incivilizados —nos orinamos encima, nos lo metemos todo en la boca, gritamos cuando queremos atención, pegamos caprichosamente a otros niños y les arrebatamos sus juguetes— pero la mayoría aprendemos muy rápido a cambiar de actitudes. En realidad, hay quienes argumentan que los asesinos en serie son, precisamente, infantiles en cuanto a su temperamento y sus compulsiones sexuales, «emocionalmente inmaduros» y narcisistas, de un modo infantil, hasta un nivel extremado. Los niños que permanecen infrasocializados por los diversos motivos clínicos expuestos por los psicólogos, desde traumas y maltrato hasta psicopatías y factores bioquímicos, esencialmente se quedan en el estado «natural» de crisis evolutiva-supervivencialista en el que han nacido, y cuando maduran se vuelven personas que matan en serie, como la naturaleza incivilizada quiere que sean.
En términos simples, los asesinos en serie son hoy lo que fuimos todos hace 40.000 años.

Así pues, ¿todos nosotros nacemos asesinos en potencia, pero nos crían y nos socializan para que inhibamos nuestra capacidad natural de matar, o nacemos como criaturas pacíficas de entre las cuales algunas se de-socializan o sufren traumas y trastornos mentales que los llevan a convertirse en asesinos en serie?.
El asesinato en serie podría ser resultado de una cantidad de trastornos diferentes procedentes de la parestesia o la hiperestesia. A estos trastornos los llamamos hoy parafilias (literalmente «amores inusuales»), o más habitualmente perversiones o desviaciones sexuales. Una de las más conocidas es el placer sexual que causa infligir dolor, que KrafftEbing denominó sadismo, inspirándose en el libertino y escritor francés marqués de Sade (1740-1814), autor de la novela Los 120 días de Sodoma, una narración violentamente sexual.
Existente casi exclusivamente en hombres, la parafilia es la obsesión por un tipo muy especial y estadísticamente inusual de sexo, única forma en que la persona es capaz de excitarse. Las parafilias comprenden escenarios fantásticos muy específicos, la fijación erótica en una parte concreta y no genital de la anatomía (parcialismo), la sexualización de ciertos objetos inanimados, como por ejemplo zapatos (fetiches), y la sustitución del acto sexual por otro tipo de acto.
A pesar de todo, el asesino en serie nunca logra una realidad que sea tan perfecta como su fantasía (¡por eso se llama «fantasía», estúpido!). Ahora el perpetrador está a la perpetua caza de la cola del dragón de su fantasía sexual, que jamás podrá alcanzar. El asesinato en serie es una adicción.
Algunos asesinos que ya no tienen un mundo de fantasía al cual retirarse, ni imaginación para crearse uno nuevo, se vuelven descuidados y enloquecen demasiado y la policía los detiene; como a Ted Bundy en sus últimos y frenéticos asesinatos en Florida, o a Richard Cottingham, como ya se ha descrito antes, o a Kenneth Bianchi, uno de los estranguladores de Hillside. Algunos asesinos en serie sencillamente dejan de matar y se retiran a una nueva matriz paralela de fantasías que podrían no incluir el asesinato (Albert DeSalvo, el estrangulador de Boston, por ejemplo), mientras que otros desaparecen en la cárcel en la que han ingresado por otro tipo de delitos disfuncionales, o se suicidan, o se entregan a la policía, como hizo Ed Kemper después de matar a su madre.
Algunos de ellos se vuelven inactivos y, si ni el ADN ni alguna otra tecnología innovadora.

Es verdad que la tasa de asesinatos en serie ha descendido drásticamente desde finales de la década de 1990, pero yo no sería tan optimista. Entre la pérdida de empleo y el estrés económico con que la recesión global de 2008 castigó a las familias, y el horror y la muerte que no cesan de la guerra contra el terrorismo a la que nuestros hijos e hijas son llamados a librar antes de volver a casa para fundar una familia, no tendríamos que anticipar ninguna disminución a largo plazo de los asesinatos en serie a medida que esta generación actual vaya madurando y llegue a esa edad promedio de 28 años, que es cuando un asesino en serie mata por primera vez.

Antes del Malleus maleficarum los asesinos en serie no habrían sido juzgados formalmente como hombres lobo, ya que creer en estos constituía herejía. Hasta que comenzó la caza de brujas, en Europa no existió un mecanismo policial proactivo y sistemático. No había departamentos de policía ni agencias fiscalizadoras que manejasen una maquinaria inquisidora organizada y sistemática de caza de brujas que investigase a los sospechosos de herejía, recogiera pruebas y llevara a los acusados ante los tribunales eclesiásticos. En el mundo premoderno, la justicia y la aplicación obligatoria de la ley se ocupaban más que nada de delitos contra el rey y contra la aristocracia terrateniente, alteraciones del orden público, intrusiones que afectaran a los derechos y las propiedades de dicha aristocracia terrateniente y evasión de impuestos.
No todas las élites ilustradas y los científicos que testificaban ante los tribunales en los casos de hombres lobo y brujas creían en la existencia de este tipo de fenómenos sobrenaturales. Al llegar a los tribunales que juzgaban a Grenier, las discusiones forenses acerca de los hombres lobo se centraban en dos preguntas:
• En primer lugar: ¿se transforman algunos seres humanos literalmente en hombres lobo? Estas personas ¿están poseídas por el diablo?
• En segundo lugar: estas personas ¿son engañadas (quizá por el diablo) para creer que se han convertido en hombres lobo?
En otras palabras, se volvía a plantear la antigua pregunta: ¿existían los hombres lobo (y las brujas) o estas personas deliraban en lo que actualmente describiríamos como una psicopatología, una enfermedad mental o un trastorno de conducta?
En aquellas épocas, eran preguntas acuciantes. El debate sobre hombres lobo que tuvo lugar entre demonólogos, cazadores de brujas y médicos durante el Renacimiento eclipsaría las argumentaciones entre teólogos y psiquiatras forenses (alienistas) del siglo XIX.
Así como los asesinos en serie licántropos asesinaban y mutilaban patológicamente a mujeres y niños en privado, la Iglesia y el Estado autorizaban la violación, la tortura y el asesinato en masa judiciales de mujeres en nombre de la supresión de la brujería.

Un asesino que nunca se pudo identificar mató a siete mujeres (cinco de raza negra y dos de raza blanca) y a un varón negro en Austin, Texas, entre 1884 y 1885. Todas las víctimas fueron atacadas mientras dormían en sus camas. A cinco de las mujeres el asesino las arrastró hasta fuera de la casa mientras estaban inconscientes y las mató allí, mutilando seriamente a tres de ellas. Algunas de las víctimas fueron atacadas sexualmente y se les abrió la cabeza con un hacha. A seis de las víctimas se las expuso con un objeto punzante atravesándoles el cerebro y sobresaliendo por las orejas. Aunque se llamó a estos homicidios «asesinatos de las criadas», dos de las víctimas eran amas de casa, otra fue un hombre y otra un niño. Es probable que la prensa se decidiera por la expresión debido a la frecuencia con que se había asesinado a criadas durante ese siglo. Los asesinatos aterrorizaron a Austin durante todo un año, y después, inexplicablemente, acabaron.
Si nos dejamos llevar por la definición de tres o más víctimas, entonces el primer asesino en serie sexual de Estados Unidos fue Piper; si aceptamos la más reciente definición de dos o más víctimas, lo fue Jesse Pomeroy. Tanto H. H. Holmes como el aniquilador de criadas llegaron demasiado tarde como para ser «el primero de Estados Unidos».

Aunque no es cierto lo que aún dicen muchos: que fue «el primer asesino en serie del mundo», Jack el Destripador sigue siendo el monte Everest de esos asesinos. Se trata de un asesino en serie paradigmático que ha tenido muchos imitadores que se forjaron teniendo como modelo lo que ellos pensaban que era Jack el Destripador. No creo errar si digo que se han escrito cientos de libros sobre los crímenes de Whitechapel o que incluyan un Jack de ficción.
Lo más probable es que Jack el Destripador fuese un ciudadano anónimo de Whitechapel, de la misma clase social que sus víctimas, un Gary Ridgway vulgar y tímido, la otra cara de la moneda de un Ted Bundy carismático y extrovertido. Desde 1888, investigadores aficionados, periodistas, destripólogos, criminólogos e historiadores tanto aficionados como profesionales han adjudicado la personalidad de Jack el Destripador a unas 500 personas. La página web de la Policía Metropolitana de Londres identifica solo cuatro sospechosos «oficiales» que la investigación original tomó en serio, todos ellos nombres conocidos por los destripólogos:
• Kosminski, un judío polaco pobre que residía en Whitechapel, hoy identificado como Aaron Kosminski, de 23 o 24 años, de oficio peluquero, con un historial de enfermedad mental.
• Montague John Druitt, abogado y maestro de 31 años que se suicidó en diciembre de 1888.
• Michael Ostrog, nacido en Rusia, ladrón y embaucador con muchos alias, que en 1888 se creía que tenía 55 años y que estuvo ingresado en hospicios en varias ocasiones.
• Doctor Francis J. Tumblety, de 56 años, curandero estadounidense detenido en noviembre de 1888 por delitos de indecencia grave, que después de salir bajo fianza huyó del país ese mismo mes.
Por cierto que el sospechoso Aaron Kosminski encaja en el perfil generado por John E. Douglas del FBI en 1988.

Los geoperfiladores han identificado una matriz de cinco pautas de encuentro geográfico entre delincuente y víctima bien diferenciadas y mutuamente excluyentes:
1. Interna: víctima y delincuente comparten el mismo territorio.
2. Depredadora: el delincuente invade el territorio de la víctima.
3. Intrusión: la víctima entra en el territorio del delincuente.
4. Movilidad del delito: la víctima y el delincuente comparten el mismo territorio pero el delito tiene lugar en otro sitio.
5. Movilidad total: la víctima y el delincuente viven en territorios diferentes y el delito tiene lugar en un único tercer territorio.
Los delincuentes pueden ser merodeadores, que cometen sus crímenes en zonas que frecuentan en el curso de su vida diaria, o bien pueden ser transeúntes, que viajan desde la base de su casa hasta una zona específica que no suelen visitar durante sus actividades diarias.

El 31 de diciembre de 1898, Vacher fue guillotinado. Se llevó su cabeza al Instituto de Medicina Forense de Lyon, y se la puso junto a la de Dumollard. No se encontró ninguna anomalía física en su cerebro.
Vacher fue nuestro primer asesino en serie en actuar como una celebridad. Concedió entrevistas a la prensa y sus fotos, tocado con el sombrero de piel de conejo, se imprimieron en periódicos, panfletos y libros, y hasta en tarjetas postales. Antes del caso de Vacher, la investigación de los asesinos en serie solía ser improvisada y los investigadores se sentían escandalizados y sorprendidos al descubrir la cantidad de asesinatos que habían cometido sus sujetos. El caso de Vacher fue diferente. Su detención y su acusación representaron un esfuerzo conjunto de investigación basado desde un comienzo en la premisa de que Vacher estaba matando a una serie de víctimas y que su tipo constituía una categoría única de asesino, aunque aún no se lo llamara «asesino en serie». De muchas maneras, Vacher fue lo que siempre se creyó que era Jack el Destripador: nuestro primer asesino en serie moderno, salvo que, a diferencia del Destripador, fue identificado y atrapado. Quizá sea por eso por lo que hoy está casi olvidado, mientras que Jack el Destripador sigue dominando nuestra imaginación.

Cuando se trató de explicar el misterioso auge de los asesinos en serie desde la década de 1970 a la de 1990 se jugó bastante con la idea de que, de alguna manera, debió de tener algo que ver la radical transformación de la sociedad en la década de 1960. Seguimos buscando algún fenómeno sociohistórico directo que desatara y disparara el aumento viral de ese tipo de asesinos. Es difícil no suponer que el aumento de los asesinatos en serie ya anidaba en el surgimiento de la violencia, el caos, las rebeliones, los disturbios, el sexo, las drogas y el rock ‘n’ roll durante aquella década en que la sociedad estadounidense pareció reiniciarse como un ordenador.
Hay una abundancia de asesinos en serie que crecieron bien durante la Segunda Guerra Mundial o en los primeros 15 años del baby boom que la sucedieron. La lista está densamente poblada por nombres de infames asesinos nacidos y criados en los años de la posguerra y que, cada vez más, comenzaron a matar por primera vez entre las décadas de 1970 y 1990, es decir, en el apogeo de la «edad de oro», cuando se acercaban a la edad promedio de 28 años.
Todos ellos vivieron en la estela que dejó la tremenda onda sísmica que fue la guerra más mortífera, más cruelmente primitiva, y la de mayor extensión que ha vivido la humanidad, así como la más letal jamás librada.
La primera pista de algo malo que se había traído de la guerra al diabolus in cultura de Estados Unidos de posguerra aparece en las páginas de las populares revistas para hombres dirigidas a los veteranos que regresaban y a sus hijos, jóvenes que crecieron en los años posteriores a la contienda. Si alguna vez existió una «compulsión mimética», un fenómeno de la cultura popular que enaltecía la caza, la violación, la tortura, la mutilación, el canibalismo y el asesinato de mujeres, era eso lo que celebraban con estridencia las páginas de las revistas de detectives y de aventuras para hombres, con circulaciones mensuales de millones de ejemplares y que se vendieron abiertamente en los quioscos de prensa y en los supermercados de todo el país desde el final de la década de 1940 hasta el final de la de 1970. Y era algo feo de contemplar. ¿De dónde vino, de qué oscura y fea parte de la mente masculina estadounidense?
Las pinturas rupestres, los mitos, el folclore popular y los cuentos de hadas, las fábulas y la literatura con frecuencia reflejan las ansias ocultas y no verbalizadas, los miedos y los odios profundos y oscuros de una sociedad…
No fueron solo violaciones lo que los soldados presenciaron o cometieron. También hubo una cosecha de trofeos primitivos, como cabezas humanas y otras partes de cuerpos, con la que habérselas en otro escenario de guerra, el del Pacífico, donde luchábamos contra un enemigo diferente: los japoneses. La persona que actualmente es la más alta autoridad mundial en necrofilia, el doctor Anil Aggrawal, clasifica esa recogida de trofeos como «necrofilia fetichista en estadio 5» en su escala de 10 fases de la necrofilia.
La ruina económica de la década de 1930 y la guerra total librada en los años 40 dejó inutilizada a toda una generación de padres mientras, juntas, sembraban las semillas de la cultura de la violación en unas populares revistas de detectives que preconizaban una agresión patológica, revanchista y extraordinariamente misógina que llegó a infectar a nuestra sociedad de maneras muy reales: el diabolus in cultura detrás de la epidemia de asesinos en serie.
Como lo resumió el asesino en serie necrófilo Edmund Kemper: «Soy estadounidense y maté a estadounidenses. Soy un ser humano y maté a seres humanos; y lo hice dentro de mi sociedad».
O parafraseando la famosa cita del payaso Pogo: hemos conocido al asesino en serie y es nosotros.

Ese factor X que se nos escapa y que está entre nosotros y los asesinos en serie del futuro está enseñando a los niños y ayudándoles a ponerse de pie. Esa es la verdad.
Debemos cuidar de los niños hoy, antes de que mañana se nos acerquen con cuchillos.
Porque los monstruos somos nosotros y tenemos que detenernos, o que nos detengan.

Ahora sabemos que Cottingham mataba al azar a mujeres que recogía, mientras al mismo tiempo mantenía relaciones con dos amantes en Nueva York pese a tener a su esposa en Nueva Jersey. También tenía una serie de amigas más casuales, «amigas con beneficios» y acompañantes habituales que prefería. La mayoría de ellas sobrevivieron a sus arranques de sexo sádico y a sus torturas; sin embargo, algunas veces mataba a las mujeres, incluyendo a las que conocía, indudablemente «pasándose de la raya», como decía él. Antes de matar a dos de sus víctimas, Nancy Schiava Vogel y Maryann Carr, varios años atrás, Cottingham había sido amigo de ellas.
El hombre no salía necesariamente a matar: su fantasía no era matar sino torturar. En realidad le importaba un pimiento que sus víctimas muriesen o no. Se encontró a varias de ellas abandonadas en cunetas, o en sitios de aparcamiento, magulladas, rajadas, golpeadas y drogadas hasta la inconsciencia, pero vivas. Otras, a las que se encontró en condiciones similares, estaban muertas. Las violaba y las torturaba hasta que se sentía satisfecho, y si la víctima sobrevivía, bien; y si no sobrevivía, también. Es probable que Cottingham no sirva de mucho a la policía a la hora de cerrar casos no resueltos porque él mismo no sabe a cuántas de sus víctimas dejó muertas y cuántas dejó vivas. Nunca le importaron lo suficiente como para enterarse.
Cuando Cottingham andaba suelto y ejercía de asesino en serie, tuvo una larga historia de relaciones ilícitas con mujeres, entre ellas varias prostitutas. Hablaba de «instruirlas» en el negocio y de asociarse con algunas de ellas para realizar estafas. Había algo que atraía a Cottingham hacia mujeres con problemas y poco convencionales, pero si lo hacían enfadar o de alguna manera «traicionaban» su amistad mintiéndole, las torturaba y las mataba. Una vez contó cómo algo tan sencillo como una mujer que le mintió al decirle que era vegetariana mereció que la torturase y la matase. Lo que fuera que atraía a Cottingham a hacerse amigo de esas mujeres con problemas es sin duda lo que lo atrae hacia Jennifer, un alma torturada ella también. Sin embargo, Cottingham le advierte que si la pilla mintiéndole cortará todo contacto con ella, que es lo más cercano a «matarla» que puede hacer, porque considerará que lo ha traicionado.
Jennifer contactó con las fuerzas de la ley que habían juzgado a Cottingham, pero no respondieron a sus informaciones con demasiado entusiasmo. A Cottingham ya se lo había sentenciado por los asesinatos, y las autoridades no ven el beneficio de gastar dinero para la recuperación de cabezas enterradas en un caso cerrado varias décadas atrás.
Ahora Jennifer está empeñada en recuperar los restos de su madre y reunirlos, como sea, con el cuerpo que descansa en la isla de Hart.

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Sons of Cain explores our natural survival instinct and its contribution to the killer instinct of those who have confessed to multiple murders. The eras of supposed werewolf/vampire slayings and witch huntings are also discussed. Occurrences of serial murder in historic times is perhaps the most interesting and gruesome part of this book.
Well-researched and meticulously footnoted and annotated, the book still seems to neglect female offenders in this category, although it is very inclusive of little-known male offenders that aren’t often included in serial killer discussions.
Sons of Cain was at times captivating (especially Vronsky’s personal encounter with a noted serial killer) and at times gruesome and disheartening. There are graphic descriptions of individual crimes and discouraging statistics about the vast numbers of killers and the infinitely varied reasons that they become what they are.
Recommended for readers who, like me, are obsessed with learning about why these psychopathic killers commit their horrific crimes, but don’t expect any easy answers.

This is an interesting book, albeit a book that has some issues. The title indicates that we have a history of serial killers, which we do, sort of, if one doesn’t mind forays into fields that seem hardly to be related. Mr Vronsky suggests that serial killers are not so much made as born; that we are all born with the instinct to kill people and screw their corpses but that most of us are essentially deprogrammed through «healthy familial upbringing and positive societal norms». He gives some interesting case studies of some of the more notorious killers, and includes lots of stats. I started to be skeptical of the stats when I read these words on page 281:

«In September 1911, using an ax, Moore killed 6 victims in Colorado Springs – a man, two women, and four children.»

Anyone else see the problem there?
There were other issues. He makes comments that border on the inflammatory, like this on page 310:
The Nazi German and Imperial Japanese enemies that American G.I.s – our fathers and grandfathers – were dispatched to fight were without exaggeration far more savage, sadistic and murderous than anything we see today in the form of the Taliban, Al-Qaida or ISIS.»

I had issues with that. He seems not only to forget that French and Commonwealth troops had been battling these foes for a good two years before the USA entered the fray, but, more importantly, how do you figure? Can he be ignorant of the extent of Taliban and ISIS savagery, or is it because the Nazis are all dead now and easier to pick on? How much more savage can you be than burning captured enemy fighters alive? If he had wanted to make a case on sheer numbers, I might have agreed with him but it’s pretty hard to out-savage some jerk who is throwing a guy off the top of a building or stoning a woman to death because she was raped. Sheesh!
While we’re on the topic of savagery, here’s something to ponder from page 312:

«our enemy in World War II was so evil and powerful that we were called upon not just to utterly annihilate its armies but to bomb and burn its cities along with its people, including the women and children, until their governments collapsed or surrendered.»

I’ll just leave that there.

All considered, not a bad book. A few inconsistencies but I think he tries to be fair throughout. The writing is decent and he seems to have done a lot of research and written several books, which he references…a lot.
I’ll finish this with a word of warning. Mr Vronsky observes that many serial killers were made to dress as girls when young. He names, among others, Henry Lee Lucas, Otis Toole, Eddie Cole and Charles Manson. It’s probably best to keep your sons out of your daughter’s closets, just to be on the safe side.

When I ran into my first serial killer in 1979, I didn’t know such a thing existed. The term serial killer was unknown except in the closed world of FBI homicide behaviorists and investigators, who in the 1970s were facing, in different jurisdictions, a sudden increase in unsolved murders that appeared to be linked to those responsible unique and unknown. Ted Bundy, who murdered at least 36 young college students in six states, emerged from that time as the prototype of a postmodern serial killer. But in the movies, in reality and in fiction literature, in the media, in popular culture and even in forensic psychiatry, there was no agreed term to define Ted Bundy, nor for what I I came across, as we have it now: the serial killer name.
In a world in which serial killers had not yet been named, classified and definitively described, I was left with the feeling of having met a monster, in the old sense of the original Latin word monstrum, that is, “an omen or a warning from the will of the gods.

While Cottingham never achieved the fame other serial killers came to, he fascinated many people who are immersed in the field of serial murder. Renowned profiler and doctor Robert Keppel, who dealt with very famous serial killers such as Ted Bundy and Gary Ridgway, the Green River killer, regards Cottingham as Mount Everest of sadistic killers. Keppel writes: “Years after Cottingham had been locked up, in trying to figure out what drives the subtype of serial sex killers, I kept wondering what ultimately intrigued me about the Cottingham cases. In part it was the extent of the sadistic torture to which Cottingham subjected his victims. He did not kill them and then desecrated their bodies: he forced them to experience pain and humiliation before killing them. Later it did desecrate their bodies ».

According to the FBI with its classification of serial killers as organized, disorganized, and mixed:
• Organized murderers meticulously plan their crimes, patiently stalk their victims, often use their charm and cunning to lure and exercise control over them, are equipped with weapons and restraints, and attempt to clean up the crime scene to destroy evidence forensic. They tend to find their victims in one place, take and kill them in another, and dispose of their bodies in a third, making it difficult for investigators to correctly draw a timeline. They are smart, social, physically attractive, married or in a relationship, with good jobs, they dress well, their floors are clean and well groomed, they drive clean and well-maintained cars, etc.
• The disorganized serial killers do not plan the murders but act according to an outburst of the moment, which is why they spontaneously use brute force (a sudden attack) to kidnap and subdue their victims. They lack the social skills necessary to seduce them, and very often they are loners or homeless people and are unemployed. To kill their victims they use makeshift weapons they find on stage; they often leave the bodies where they found the victim, and often leave dirty scenes with lots of evidence. Their homes are also dirty and messy and in person they are often physically repulsive, they drive old and poorly maintained cars, etc.
Unfortunately for the FBI system, very few of the serial killers fall neatly into one of these two categories. Most of them exhibit a mixture of characteristics of both, and that is why the FBI introduced a third classification, that of mixed, a combination of the two previous ones that makes little sense.

The rapist profiles that classify serial killers within the following four motives:
• reaffirmation of his power (a «chivalrous» serial killer with low self-esteem): the criminal seeks to confirm the victim’s own virility and power as a lover, and in his fantasy he is giving her pleasure. Rape is planned, but not murder, which occurs when the real reaction of the victim shatters the offender’s fantasy of having made him enjoy the rape; then the criminal either coldly kills her out of shame, or does so in a sudden fit of rage and disappointment;
• sure of his power (serial killer believed to have rights): the confirmation of male power over a victim, woman or man, in which rape is planned, but not murder, which occurs when the offender loses control about the amount of violence and force you need to control the victim;
• Vengeful Anger (serial killer who shifts his anger towards revenge): both rape and murder are planned. Many times murder includes «killing too much,» that is, the perpetrator exercises more violence than is necessary to kill the victim, who is usually a woman. The killer’s main motive is his need to take revenge or take revenge on a woman who has somehow offended him, or his replacement. Anger is often inspired by a woman who has had power over him in the past or has it in the present: his mother, his wife, his girlfriend, a teacher or a boss;
• sexual arousal from anger (sadistic serial killer): both rape and murder have been planned. The main reason is the sadistic need to inflict pain and inspire terror on the victim, male or female, thereby achieving sexual gratification for the perpetrator. The crime is characterized by prolonged torture with mutilation of the victim, usually before death but sometimes afterwards. Murder itself is a low priority for the criminal, who focuses on the process leading up to him.

Some experts have retrieved an archaic term – «murder by lust» or «hedonistic murder by lust,» which is erotophonic in academic parlance – to distinguish these killers from all types of non-sexual serial killers.

I am convinced that our popular culture’s current obsession with zombies is inspired by the rise of serial killers throughout the last half century, just as in the past our common myths about monsters, vampires, lycans, ghouls, and ogres. in reality they were referring to human predators taking the form of lust killers, cannibalistic assassins and necrophiles who have always been part of the fabric of humanity. In reality, two of the most enduring monsters in the human imagination – the vampire, conservative, calculating, almost necrophilous, and the werewolf, destroyer, frenzy, and cannibal – roughly correspond to the FBI typology of the killer in calculating, cold and organized series (Dracula) and the dirty, impulsive and disorganized serial killer (the lycanthrope).
After slowly sneaking into us during the 1950s and 1960s, serial killers ended up infesting us, in the 1970s and ’80s, with what looked like hordes of zombies. And some of those serial killers looked like sexualized zombies from horror comics.
Current theories about how the psychopathology of a serial killer originates in early childhood encompasses causes such as lack of affection or abandonment in childhood, or its opposite, that is, a suffocating maternal overprotection; formative trauma; physical or sexual abuse; rejection; abandonment; loneliness; lack of family stability; personality disorders such as psychopathy, sociopathy, borderline personality disorder, antisocial disorder or dissociative identity disorder, dissociative amnesia, or dissociative fugue states; physical head injuries; exposure to violent media or real crime magazines or pornography or biblical passages; religious ecstasy; consumption of drugs; genetic propensity; Asperger’s syndrome or autism spectrum disorders; an organic brain disorder or a chromosomal abnormality; abnormal content of chemicals in the blood or urine, allergies or a combination of all of these. In short, we know very little — almost nothing — about why serial killers exist.

It could be that we are all born as serial killers, but most of us have been raised and turned into social beings and thus have separated us from that destiny. Serial killers are not made: they are undone. After all, we are born uncivilized — we piss on each other, we put everything in our mouths, we scream when we want attention, we whip other children and snatch their toys — but most of us learn very quickly to change our attitudes. In fact, there are those who argue that serial killers are precisely childish in their temperament and sexual compulsions, «emotionally immature» and narcissistic, childishly, to an extreme level. Children who remain infrasocialized for the various clinical reasons expounded by psychologists, from trauma and maltreatment to psychopathies and biochemical factors, essentially remain in the «natural» state of evolutionary-survival crisis in which they are born, and when they mature they become people who kill in series, as the uncivilized nature wants them to be.
In simple terms, serial killers are what we all were 40,000 years ago today.

So we are all born potential killers, but are raised and socialized to inhibit our natural ability to kill, or are we born as peaceful creatures, some of whom become de-socialized or suffer trauma and mental disorders that lead to become serial killers ?.
Serial murder could result from a number of different disorders stemming from paresthesia or hyperesthesia. We call these disorders paraphilia (literally «unusual love») today, or more commonly sexual perversions or deviations. One of the best known is the sexual pleasure caused by inflicting pain, which KrafftEbing called sadism, inspired by the libertine and French writer Marquis de Sade (1740-1814), author of the novel The 120 Days of Sodom, a violently sexual narrative.
Existing almost exclusively in men, paraphilia is the obsession with a very special and statistically unusual type of sex, the only way the person is able to become aroused. Paraphiles include very specific fantastic settings, erotic fixation on a specific, nongenital part of the anatomy (partialism), sexualization of certain inanimate objects, such as shoes (fetishes), and substitution of the sexual act for other types of act.
Despite everything, the serial killer never achieves a reality that is as perfect as his fantasy (that’s why it’s called «fantasy,» stupid!). Now the perpetrator is on the hunt for the dragon tail of his sexual fantasy, which he will never be able to achieve. Serial murder is an addiction.
Some murderers who no longer have a fantasy world to retreat to, or imagination to create a new one, become careless and crazy enough, and the police arrest them; like Ted Bundy in his latest frenzied Florida killings, or Richard Cottingham, as described above, or Kenneth Bianchi, one of the Hillside Stranglers. Some serial killers simply stop killing and retreat to a new parallel array of fantasies that might not include murder (Albert DeSalvo, the Boston Strangler, for example), while others disappear into the jail they’ve entered for Other types of dysfunctional crimes either commit suicide or turn themselves in to the police, as Ed Kemper did after killing his mother.
Some of them become inactive and if not DNA or some other innovative technology.

It is true that the serial murder rate has dropped dramatically since the late 1990s, but I would not be so optimistic. Between the loss of employment and the economic stress with which the global recession of 2008 punished families, and the horror and death that does not stop from the war on terrorism to which our sons and daughters are called to wage before returning going home to start a family, we wouldn’t have to anticipate any long-term decline in serial killings as this current generation matures and reaches that average age of 28, which is when a serial killer kills for the first time.

Before Malleus maleficarum, serial killers would not have been formally tried as werewolves, since believing in these was heresy. Until the witch hunt began, there was no systematic and proactive police mechanism in Europe. There were no police departments or prosecution agencies to operate an organized and systematic witch-hunting inquisition machinery that investigated suspected heresy, collected evidence and brought defendants to church court. In the premodern world, justice and compulsory law enforcement dealt mostly with crimes against the king and against the landowning aristocracy, disturbances of public order, intrusions affecting the rights and property of said landowning aristocracy, and evasion of taxes.
Not all enlightened elites and scientists who testified in court in werewolf and witch cases believed in the existence of such supernatural phenomena. Upon arriving at the courts that were judging Grenier, forensic discussions about werewolves focused on two questions:
• First: Are some human beings literally transformed into werewolves? Are these people possessed by the devil?
• Second: Are these people tricked (perhaps by the devil) into believing they have become werewolves?
In other words, the old question was being asked again: Werewolves (and witches) existed, or were these people delusional in what we would now describe as psychopathology, mental illness, or conduct disorder?
In those days, they were pressing questions. The debate over werewolves that took place between demonologists, witch hunters, and doctors during the Renaissance would overshadow the arguments between 19th century theologians and forensic (alienist) psychiatrists.
Just as lycanthrope serial killers pathologically murdered and mutilated women and children in private, the Church and State authorized the rape, torture, and mass murder of women in the name of suppressing witchcraft.

An assassin who could never be identified killed seven women (five black and two white) and a black male in Austin, Texas, between 1884 and 1885. All the victims were attacked while sleeping in their beds. Five of the women the killer dragged out of the house while they were unconscious and killed them there, seriously mutilating three of them. Some of the victims were sexually assaulted and their heads were cut open with an ax. Six of the victims were exposed with a sharp object piercing their brains and protruding through their ears. Although these killings were called «maid murders,» two of the victims were housewives, one was a man, and the other was a boy. The press was likely to go for the expression because of the frequency with which maids had been murdered during that century. The murders terrorized Austin for an entire year, and then inexplicably ended.
If we get carried away by the definition of three or more victims, then the first serial killer in the United States was Piper; if we accept the most recent de fi nition of two or more victims, it was Jesse Pomeroy. Both H. H. Holmes and the maid annihilator were too late to be «America’s first.»

Although what many still say is untrue: that he was «the world’s first serial killer,» Jack the Ripper remains the Mount Everest of those killers. This is a paradigmatic serial killer who has had many copycats who forged themselves based on what they thought was Jack the Ripper. I don’t think I’m wrong if I say that hundreds of books have been written about the Whitechapel crimes or that they include a Jack of fiction.
Chances are Jack the Ripper was an anonymous Whitechapel citizen, from the same social class as his victims, a vulgar and shy Gary Ridgway, the flip side of a charismatic and outgoing Ted Bundy. Since 1888, amateur and professional researchers, journalists, destripologists, criminologists, and historians have attributed the personality of Jack the Ripper to some 500 people. The London Metropolitan Police website identifies only four ‘of fi cial’ suspects that the original investigation took seriously, all names known to destripologists:
• Kosminski, a poor Polish Jew who resided in Whitechapel, today identi fi ed as Aaron Kosminski, 23 or 24 years old, as a barber, with a history of mental illness.
• Montague John Druitt, a 31-year-old lawyer and teacher who committed suicide in December 1888.
• Russia-born Michael Ostrog, a thief and trickster with many aliases, believed in 1888 to be 55 years old and to have been admitted to hospices on several occasions.
• Doctor Francis J. Tumblety, 56, an American medicine man, arrested in November 1888 for crimes of serious indecency, who fled the country after leaving on trust that same month.
Incidentally, suspect Aaron Kosminski fits the profile of the FBI’s John E. Douglas in 1988.

Geoprofilers have identified a matrix of five well-differentiated and mutually exclusive patterns of geographic encounter between offender and victim:
1. Internal: victim and criminal share the same territory.
2. Predator: the criminal invades the territory of the victim.
3. Intrusion: the victim enters the territory of the offender.
4. Mobility of the crime: the victim and the offender share the same territory but the crime takes place elsewhere.
5. Total mobility: the victim and the offender live in different territories and the crime takes place in a single third territory.
Criminals may be marauders, committing their crimes in areas they frequent in the course of their daily lives, or they may be passers-by, traveling from the base of their home to a specific area that they do not usually visit during their daily activities.

On December 31, 1898, Vacher was guillotined. He took his head to the Lyons Institute of Forensic Medicine, and placed it next to Dumollard’s. No physical abnormality was found in his brain.
Vacher was our first serial killer to act like a celebrity. He gave interviews to the press and his photos, wearing the rabbit fur hat, were printed in newspapers, pamphlets and books, and even on postcards. Before the Vacher case, the investigation of serial killers used to be impromptu, and investigators were shocked and surprised to discover how many murders their subjects had committed. Vacher’s case was different. His arrest and indictment represented a joint investigative effort based on the premise that Vacher was killing a number of victims and that his type constituted a unique category of murderer, even if he was not yet called a «serial killer» . In many ways, Vacher was what Jack the Ripper was always believed to be: our first modern serial killer, except that, unlike the Ripper, he was identified and caught. Perhaps that is why it is almost forgotten today, while Jack the Ripper continues to dominate our imaginations.

When it came to explaining the mysterious rise of serial killers from the 1970s to the 1990s, there was quite a bit at stake with the notion that somehow the radical transformation of society in the decade must have had something to do with it. 1960. We are still looking for some direct sociohistorical phenomenon that unleashed and triggered the viral increase of these types of murderers. It is hard not to suppose that the increase in serial killings was already nested in the rise of violence, chaos, rebellions, riots, sex, drugs and rock ‘n’ roll during that decade in which American society It seemed to reboot like a computer.
There is an abundance of serial killers who grew up well during World War II or the first 15 years of the baby boom that followed. The list is densely populated by names of infamous assassins born and raised in the post-war years and increasingly beginning to kill for the first time between the 1970s and 1990s, that is, at the height of the «age of gold ”, when they approached the average age of 28 years.
All of them lived in the wake left by the tremendous seismic wave that was the deadliest, most cruelly primitive war, and the longest that humanity has lived, as well as the most lethal ever fought.
The first clue to something bad that had been brought from the war to the diabolus in postwar United States culture appears in the pages of popular men’s magazines targeting returning veterans and their children, young men who grew up in the years after the contest. If there ever was a «mimetic compulsion,» a popular culture phenomenon that extolled hunting, rape, torture, mutilation, cannibalism, and the murder of women, it was this that the pages of the magazines shouted. of detective and adventure for men, with monthly circulations of millions of copies and which were sold openly at newsstands and supermarkets across the country from the end of the 1940s to the end of the 1970s. And it was an ugly thing to behold. Where did it come from, what dark and ugly part of the American male mind?
Cave paintings, myths, folklore, and fairy tales, fables, and literature often reflect the hidden and unspoken yearnings, deep, dark fears and hatreds of a society …
It was not just rapes that the soldiers witnessed or committed. There was also a harvest of primitive trophies, such as human heads and other body parts, to be dealt with in another scene of war, that of the Pacific, where we fought against a different enemy: the Japanese. The person who is currently the world’s highest authority on necrophilia, Dr. Anil Aggrawal, classifies this collection of trophies as «stage 5 fetish necrophilia» on his 10-stage necrophilia scale.
The economic ruin of the 1930s and the total war waged in the 1940s rendered an entire generation of parents useless as, together, they sowed the seeds of the rape culture in popular detective magazines advocating pathological assault, Revanchist and extraordinarily misogynist who came to infect our society in very real ways: the diabolus in cultura behind the epidemic of serial killers.
As necrophilic serial killer Edmund Kemper summed it up: “I am an American and I killed Americans. I am a human being and I killed human beings; and I did it within my society ».
Or to paraphrase the famous quote from the clown Pogo: we have met the serial killer and it is us.

That X factor that escapes us and that is between us and the serial killers of the future is teaching children and helping them to stand up. That’s the truth.
We must take care of the children today, before they approach us with knives tomorrow.
Because the monsters are us and we have to stop, or to stop us.

We now know that Cottingham randomly killed women he picked up, while at the same time having relationships with two lovers in New York despite having his wife in New Jersey. She also had a number of more casual friends, «friends with bene fi ts,» and regular companions that she preferred. Most of them survived their sadistic outbursts and torture; however, he sometimes killed women, including those he knew, undoubtedly «going overboard,» as he put it. Before killing two of his victims, Nancy Schiava Vogel and Maryann Carr, several years ago, Cottingham had been friends with them.
Man did not necessarily go out to kill: his fantasy was not to kill but to torture. He didn’t really give a damn if his victims died or not. Several of them were found abandoned in gutters, or in parking places, bruised, cracked, beaten and drugged to unconsciousness, but alive. Others, found in similar conditions, were dead. He raped and tortured them until he was satisfied, and if the victim survived, fine; and if he didn’t survive, too. Cottingham is unlikely to be of much use to the police in closing unsolved cases because he himself does not know how many of his victims he left dead and how many he left alive. They never cared enough to find out.
When Cottingham was on the loose and a serial killer, he had a long history of illicit relationships with women, including various prostitutes. He talked about «training» them in the business and partnering with some of them to scam them. There was something that attracted Cottingham to troubled and unconventional women, but if they made him angry or somehow «betrayed» their friendship by lying to him, he tortured and killed them. He once recounted how something as simple as a woman who lied to him by telling him she was a vegetarian deserved to be tortured and killed. Whatever it was that drew Cottingham to befriend these troubled women is surely what draws him to Jennifer, a tortured soul herself. However, Cottingham warns him that if he catches her by lying to her, he will cut off all contact with her, which is the closest thing to «killing her» he can do, because she will consider that he has betrayed him.
Jennifer contacted law enforcement officials who had tried Cottingham, but did not respond too enthusiastically to their information. Cottingham had already been sentenced for the murders, and the authorities do not see the benefit of spending money to recover buried heads in a case closed several decades ago.
Jennifer is now hell-bent on recovering her mother’s remains and reuniting them, however, with the body that rests on the island of Hart.

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