Audacias Femeninas. Mujeres Del Mundo Antiguo — Carlos García Gual / by Carlos García Gual (spanish book edition)

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Todos los libros de este autor que he comentado me parecen interesantes, este no el que más pero otro libro destacado. El papel de las mujeres en el mundo helénico era el pasivo y doméstico propio de una sociedad patriarcal: obediencia al padre y luego al marido, y crianza de los hijos, todo ello limitado al ámbito privado. Pero no todas las mujeres de las que tenemos certeza histórica o que protagonizaron obras de ficción se ajustan a este rol. Tanto los grandes dramas clásicos como la primeras novelas románticas de aventuras o novelas bizantinas (donde las heroínas tienen tanta importancia como el héroe) presentan a mujeres independientes de fuerte personalidad. Incluso en obras de argumentos ya estereotipados suele aparecer un personaje femenino de psicología más compleja e interesante que su partenaire masculino. García Gual selecciona ocho mujeres —cinco en la primera edición del libro—, dos de probable existencia histórica (Ismenodora y Tecla) y seis personajes de ficción (Leucipa, Melita, Talestris, Ifigenia, Calírroe y Tarsia).
Cuando García Gual toma de una novela o drama antiguo más o menos ignoto una heroína y nos la presenta en una narración a modo de “vida imaginaria”, los que hace es resucitar la parte más valiosa de una obra que, seguramente, nunca estará al alcance del gran público.
Narra las historias de Ismenodora, Leucipa, Tecla, Talestris, Ifigenia y Cariclea, entre otras. Nos acerca a sus vidas, desconocidas para gente como yo, para transmitirnos los valores de la época, las expectativas sociales y las virtudes de estas mujeres que incluso hoy resultan inspiradoras.

En el mundo griego clásico está muy bien definido el papel asignado a la mujer en la sociedad. En la reclusión del hogar debe servir a la familia: obedecer al padre y luego al marido, tener hijos y criarlos y no alborotar. El silencio es el mejor adorno de la mujer, según afirman Tucídides y Sófocles, dos ilustrados portavoces del pensamiento tradicional. En esa servidumbre familiar pasa la vida oscura y resignada de las mujeres, a quienes están negadas las luces de la política y de la historia, que son asunto de hombres en la democrática Atenas. No son ciudadanas de pleno derecho; la ciudadanía es solo de los hombres. Están ausentes de la asamblea como del campo de batalla; ellas militan en el lecho matrimonial y en la casa. La marginación del ámbito público, de las decisiones colectivas y de las acciones brillantes está fundada en la propia naturaleza de las mujeres. Con razón andan primero sometidas a sus padres y, una vez que ellos las casan, a sus maridos. El amor no interviene en los matrimonios, claro está.
En esta sociedad helénica los hombres han impuesto el orden y lo mantienen y lo explican. Las mujeres deben callarse y buscar la felicidad en ese horizonte tan limitado y enclaustrado. Sin duda conocen sus alegrías, tienen sus fiestas y chismorrean por lo bajo. Pero acatan su sumisión en la sombra hogareña.

En esa larga historia de oscuridad y silencio que ha envuelto a la mujer durante siglos, unas cuantas anécdotas de jóvenes intrépidas que daban que hablar y elegían su destino frente a las imposiciones sociales no es gran cosa: unos conatos de rebeldía personal, unos gestos, unos chispazos en la tiniebla. Pero ahí están.

El tema de la edad está ligado a un punto importante en la consideración del trato amoroso: el paso del tiempo sobre la pasión, el desgaste del eros en el transcurso de los años y el mudar de la belleza física. También aquí advierte Plutarco la superioridad del amor conyugal sobre el homosexual, tal como era practicado en Grecia, entre un amante maduro y un adolescente que, con los años, cambiaba notablemente. “Son graciosas las palabras que dijo Eurípides mientras abrazaba y besaba al bello Agatón, al que ya le florecía la barba.
Plutarco es, en muchos aspectos de su obra, un conservador que recoge y transmite, con unos comentarios sensatos y curiosos, la sabiduría de la época clásica. Como moralista e historiador reflexiona sobre los temas tradicionales, desde su óptica de pensador ecléctico y mitigadamente platónico. Pero deja también en sus reflexiones una nota personal crítica, que procede no solo de su talante sino también de su tiempo. Así resulta en cuanto a sus opiniones sobre la mujer y el matrimonio, fundadas no solo en su propia devoción a tal institución y en los afectos basados en su experiencia, sino también en un sentir de la época, mucho más sensible a la condición femenina que otras.
Si bien en las Vidas paralelas las figuras femeninas están siempre vistas como subordinadas a los protagonistas masculinos, no carecen de una cierta personalidad, y en su obrilla titulada muy significativamente Virtudes de mujeres, que comienza por expresar su disentimiento respecto de la sentencia de Tucídides sobre el silencio como adorno femenino, nos ofrece una lista larga de ejemplos de valor, inteligencia, fidelidad y magnanimidad femeninas.
El tema de la edad está ligado a un punto importante en la consideración del trato amoroso: el paso del tiempo sobre la pasión, el desgaste del eros en el transcurso de los años y el mudar de la belleza física. También aquí advierte Plutarco la superioridad del amor conyugal sobre el homosexual, tal como era practicado en Grecia, entre un amante maduro y un adolescente que, con los años, cambiaba notablemente. “Son graciosas las palabras que dijo Eurípides mientras abrazaba y besaba al bello Agatón, al que ya le florecía la barba: ‘Incluso el otoño de quien es hermoso, es hermoso’. Sin embargo, el amor a una mujer honesta no solo no conoce el otoño, sino que florece incluso entre las blancas canas y las arrugas, prolongándose hasta la muerte y la tumba. Son muy pocos los ejemplos de una relación duradera entre quienes aman a los muchachos; en cambio, son infinitos los casos de amor a una mujer que han transcurrido de principio a fin con una absoluta fidelidad e intenso ardor”.

En los relatos novelescos de amor y aventuras que son la aurora del género romántico, la mujer ocupa siempre un lugar de primera fila: siempre hay al lado del protagonista masculino una coprotagonista, joven, bella, intrépida y leal, que representa un modelo de feminidad. No solo por su seductora y fatal belleza, sino también por otras cualidades como su valentía en los más apurados lances y su castidad a toda prueba; esas heroínas novelescas atraen la admiración de los lectores, o los oyentes, de estos folletines helénicos. La época de florecimiento del género es el siglo ii, pero su patrón romántico viene de un siglo o dos antes, y se prolonga uno o dos más.
El esquema de esas primeras novelas, visto un tanto en bloque, adolece de cierta monotonía. Siempre una pareja de jóvenes y bellos amantes se ven enredados en una serie de aventuras, generalmente por vastos escenarios de una geografía oriental o mediterránea, y resisten a múltiples amenazas y asechanzas hasta reencontrarse en el final feliz, que parece de rigor en estas tramas aventureras y sentimentales. Aunque la valoración de las virtudes femeninas sigue siendo la tradicional, con los mismos lemas que en tiempos anteriores, aquí se esboza un nuevo ideal femenino, mucho más audaz y personal, de mujeres que se resisten a las presiones externas y deciden por sí mismas su destino y encuentran, a través de su firmeza en el amor, su felicidad.
El amor recíproco de los jóvenes y castos amantes, puesto a prueba en diversos y tremendos lances y apuros, es la garantía de la virtud y la felicidad conyugal con que los dioses premian su constancia. La fidelidad al amor es, como señaló Altheim, la religión de la novela. Las peripecias de la joven pareja constituyen los ritos de paso de su iniciación sentimental.
No deja de ser pintoresco que estos enredos románticos que muchos siglos después influirán en las novelas de aventuras y amoríos de nuestro Siglo de Oro sean contemplados a la luz de una ejemplaridad moral. Desde esa perspectiva era, desde luego, Leucipa la figura que podía presentarse en primer plano. A pesar de que, como ya hemos subrayado, sea Clitofonte el narrador y el protagonista a quien tenemos en escena desde un comienzo. Una heroína menos idealizada que las de otras novelas, pero igualmente decidida a mantener su propia libertad de elección.

El sacrificio de Ifigenia está narrado, de modo inolvidable, al comienzo de la tragedia Agamenón de Esquilo. El coro de ancianos en el palacio de Micenas evoca las dudas del rey, caudillo del gran ejército aqueo, antes de sacrificar a su hija en el altar de la diosa Ártemis en la costa de Áulide, así como la escena del famoso y sangriento sacrificio. Después de diez años de ausencia, ahora Agamenón regresa a Micenas, victorioso destructor de Troya. Pero en el palacio le aguarda la reina Clitemnestra, que no ha olvidado la muerte de su hija y va a vengarla. Tras asesinar a su esposo, Clitemnestra se jactará, en la misma tragedia de Esquilo, de haber ajustado su demorada venganza. A su vez, Eurípides recreó en una nueva versión dramática la mítica escena del sacrificio en Áulide, pero lo renovó dando la palabra a la joven Ifigenia. Los mitos se prestan en el teatro ateniense al juego escénico con variantes.

La primera mención de nuestro Apolonio la encontramos en un hermoso verso latino del gran poeta Venancio Fortunato, en el siglo vi: “Tristis erro nimis, patriis uagus exul ab oris quam sit Apollonius naufragus hospes aquis” [“Voy errante en extremo, vagabundo exiliado de las riberas patrias cual el náufrago Apolonio, huésped de las aguas del mar”].
Luego aparecen menciones sueltas, como la del abad que, en pleno siglo ix, lega su Historia Apollonnii regis Tyri in codice uno, o la existencia de un Apollonii volumen en el catálogo de la abadía de Reichenau en el 821. Más tarde son muchas decenas los manuscritos de nuestro texto latino desde el siglo ix, y del x al xii, en varios lugares de Europa. Solo apunto como noticia curiosa que un noble de refinada cultura, el duque Evrard, ya a mediados del siglo ix, es decir, en la Alta Edad Media, en su testamento lega a su hija un Libro de Apolonio. A partir del siglo xiii aparecen traducciones y recreaciones en diversas lenguas europeas. Fue, como se ha dicho, un “libro popular” en el Medievo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/30/la-secta-del-perro-vidas-de-los-filosofos-cinicos-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/30/historia-del-rey-arturo-y-de-los-nobles-y-errantes-caballeros-de-la-tabla-redonda-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/28/los-siete-sabios-y-tres-mas-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/10/grecia-para-todos-carlos-garcia-gual-greece-for-all-readers-by-carlos-garcia-gual-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/08/audacias-femeninas-mujeres-del-mundo-antiguo-carlos-garcia-gual-by-carlos-garcia-gual-spanish-book-edition/

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All the books of this author that I have commented are interesting to me, this one not the most but another outstanding book. The role of women in the Hellenic world was the passive and domestic role of a patriarchal society: obedience to the father and then to the husband, and raising children, all limited to the private sphere. But not all the women of whom we have historical certainty or who starred in works of fiction fit this role. Both the great classic dramas and the first adventure romance novels or Byzantine novels (where heroines are as important as the hero) feature independent women with strong personalities. Even in works of already stereotyped arguments, a female character of psychology usually appears more complex and interesting than her male partner. García Gual selects eight women —five in the first edition of the book—, two of probable historical existence (Ismenodora and Tecla) and six fictional characters (Leucipa, Melita, Talestris, Ifigenia, Calírroe and Tarsia).
When García Gual takes from a novel or old drama more or less ignored a heroine and presents it to us in a narrative as an “imaginary life”, what he does is revive the most valuable part of a work that, surely, will never be at the reach of the general public.
It tells the stories of Ismenodora, Leucipa, Tecla, Talestris, Ifigenia and Cariclea, among others. It brings us closer to their lives, unknown to people like me, to transmit to us the values of the time, the social expectations and the virtues of these women who are inspiring even today.

In the classical Greek world the role assigned to women in society is very well defined. In the seclusion of the home, he must serve the family: obey the father and then the husband, have children and raise them, and not disturb. Silence is the best ornament for women, according to Thucydides and Sophocles, two enlightened spokesmen of traditional thought. In this family servitude passes the dark and resigned life of women, who are denied the lights of politics and history, which are the business of men in democratic Athens. They are not full citizens; citizenship is only of men. They are absent from the assembly as from the battlefield; they militate in the marriage bed and in the house. The marginalization of the public sphere, of collective decisions and brilliant actions is founded on the very nature of women. No wonder they are first submissive to their parents and, once they marry them, to their husbands. Love does not intervene in marriages, of course.
In this Hellenic society men have imposed order and maintain and explain it. Women must shut up and seek happiness in that limited and cloistered horizon. Without a doubt they know their joys, they have their parties and they gossip under their breath. But they abide by their submission in the home shade.

In that long history of darkness and silence that has enveloped women for centuries, a few anecdotes of intrepid young people who made people speak and chose their destiny in the face of social impositions is not a big deal: attempts at personal rebellion, gestures, a few sparks in the dark. But there they are.

The issue of age is linked to an important point in the consideration of love treatment: the passage of time on passion, the erosion of eros over the years and the change of physical beauty. Here, too, Plutarch warns of the superiority of conjugal love over homosexual love, as practiced in Greece, between a mature lover and a teenager who, over the years, changed markedly. “The words Euripides said while hugging and kissing the beautiful Agathon, whose beard was already blooming, are funny.
Plutarch is, in many aspects of his work, a conservative who collects and transmits, with sensible and curious comments, the wisdom of the classical era. As a moralist and historian, he reflects on traditional themes, from his point of view as an eclectic and mitigatedly platonic thinker. But he also leaves in his reflections a personal critical note, which comes not only from his mood but also from his time. This is the case with regard to his opinions on women and marriage, founded not only on his own devotion to such an institution and on the affections based on his experience, but also on a feeling of the time, much more sensitive to the feminine condition than others.
Although female figures are always seen as subordinate to male protagonists in Parallel Lives, they are not lacking in a certain personality, and in their work entitled Very Virtues of Women, which begins by expressing dissent regarding Thucydides’ sentence on Silence as feminine adornment offers us a long list of examples of feminine courage, intelligence, fidelity and magnanimity.
The issue of age is linked to an important point in the consideration of love treatment: the passage of time on passion, the erosion of eros over the years and the change of physical beauty. Here, too, Plutarch warns of the superiority of conjugal love over homosexual love, as practiced in Greece, between a mature lover and a teenager who, over the years, changed markedly. “The words that Euripides said while hugging and kissing the beautiful Agathon, who already had a beard, were funny: ‘Even the autumn of who is beautiful is beautiful.’ However, the love for an honest woman not only does not know the autumn, but it flourishes even between the white gray hair and the wrinkles, extending to death and the grave. There are very few examples of a lasting relationship between those who love boys; on the other hand, there are infinite cases of love for a woman that have passed from beginning to end with absolute fidelity and intense ardor ”.

In the romantic stories of love and adventure that are the dawn of the romantic genre, the woman always occupies a front row: there is always a young, beautiful, intrepid and loyal co-star next to the male protagonist, who represents a model of femininity . Not only for its seductive and fatal beauty, but also for other qualities such as its bravery in the most hurried sets and its foolproof chastity; These fictional heroines attract the admiration of the readers, or the listeners, of these Hellenic brochures. The genre’s time of blossoming is the 2nd century, but its romantic pattern comes from a century or two earlier, and continues one or two more.
The outline of those first novels, seen somewhat in block, suffers from a certain monotony. Always a couple of young and beautiful lovers are entangled in a series of adventures, generally through vast settings of an eastern or Mediterranean geography, and resist multiple threats and ambushes until they meet again in the happy ending, which seems de rigueur in these adventurous plots and sentimental. Although the valuation of feminine virtues continues to be the traditional one, with the same slogans as in previous times, here we outline a new feminine ideal, much bolder and personal, of women who resist external pressures and decide for themselves their destiny and find, through their firmness in love, their happiness.
The reciprocal love of young and chaste lovers, put to the test in various and tremendous sets and troubles, is the guarantee of virtue and marital happiness with which the gods reward their constancy. Fidelity to love is, as Altheim pointed out, the religion of the novel. The adventures of the young couple constitute the rites of passage of their sentimental initiation.
It is still picturesque that these romantic entanglements that many centuries later will influence the novels of adventure and love affairs of our Golden Age are viewed in the light of moral exemplarity. From this perspective, Leucipa was, of course, the figure that could appear in the foreground. Despite the fact that, as we have already underlined, Clitophon is the narrator and the protagonist whom we have on the scene from the beginning. A less idealized heroine than those in other novels, but equally determined to maintain her own freedom of choice.

The sacrifice of Iphigenia is narrated, in an unforgettable way, at the beginning of the tragedy Agamemnon of Aeschylus. The elders’ choir at the Mycenaean palace evokes the doubts of the king, leader of the great Achaean army, before sacrificing his daughter at the altar of the goddess Artemis on the Aulide coast, as well as the scene of the famous and bloody sacrifice. After ten years of absence, Agamemnon now returns to Mycenae, the victorious destroyer of Troy. But in the palace Queen Clytemnestra awaits her, who has not forgotten the death of her daughter and is going to avenge her. After assassinating her husband, Clytemnestra will boast, in the same tragedy of Aeschylus, of having adjusted his delayed revenge. In turn, Euripides recreated in a new dramatic version the mythical scene of the sacrifice in Áulide, but renewed it by giving the floor to the young Iphigenia. Myths lend themselves to stage play with variations in Athenian theater.

The first mention of our Apollonius is found in a beautiful Latin verse by the great poet Venancio Fortunato, in the sixth century: “Tristis erro nimis, patriis uagus exul ab oris quam sit Apollonius naufragus hospes aquis” [“I am wandering in the extreme, vagrant exile from the native banks like the shipwrecked Apollonius, guest of the waters of the sea ”].
Then there are separate mentions, such as that of the abbot who, in the ninth century, bequeathed his Historia Apollonnii regis Tyri in codice uno, or the existence of a volume Apollonii in the catalog of Reichenau abbey in 821. Later there are many dozens the manuscripts of our Latin text from the 9th century, and from the 10th to the 12th, in various parts of Europe. I only point out as curious news that a nobleman of refined culture, Duke Evrard, already in the middle of the 9th century, that is, in the High Middle Ages, in his testament bequeathed to his daughter a Book of Apollonius. From the thirteenth century translations and recreations appear in various European languages. It was, as has been said, a “popular book” in the Middle Ages.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/30/la-secta-del-perro-vidas-de-los-filosofos-cinicos-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/30/historia-del-rey-arturo-y-de-los-nobles-y-errantes-caballeros-de-la-tabla-redonda-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/28/los-siete-sabios-y-tres-mas-carlos-garcia-gual/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/10/grecia-para-todos-carlos-garcia-gual-greece-for-all-readers-by-carlos-garcia-gual-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/08/audacias-femeninas-mujeres-del-mundo-antiguo-carlos-garcia-gual-by-carlos-garcia-gual-spanish-book-edition/

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