Mi Patria Es La Gente. El Testimonio Del General De Podemos — Julio Rodríguez / My Homeland Is The People. The General’s Evidence of Podemos (Spanish Political Party) by Julio Rodríguez (spanish book edition)

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Interesante libro sobre la política nacional, escrito también si me permite el autor como exorcismo personal y, es que cualquiera que siga la política patria recordará el impacto que supuso su adhesión a Podemos.
. La obra en si aporta tintes biográficos del autor en los cuales muestra su evolución y la autenticidad de su ideario, también y como es lógico expone las malas pasadas y mezquindades sufridas por su persona, por parte de aquellos que vieron en su candidatura la imagen viva de Judas, por cierto, parte de la misma política desde el principio de los tiempos, no entiendo que se sorprenda tanto siendo un hombre leído.
. Y es para mí la mejor parte del libro, cómo vive el autor su ideología, su nobleza le pese a quien le pese y su valentía por defenderlas.
. Algo que no me ha gustado es la prosa, en ocasiones repetitiva, por ejemplo al hacer mención a la hoja de servicio de manera constante y el coste familiar que les causó la unión a Podemos, sin olvidar la constante explicación de su unión al partido, creo que con dos o tres veces hubiera bastado, da la impresión de querer auto justificarse y de paso exponer parte del ideario del Podemos.
. Por lo demás un libro que más corto se dejaría leer más, al que aplaudo por valiente, donde la impresión que me aporta del autor es de ingenuidad y por cierto el prólogo de Irene Montero no aporta nada.

Los militares sabemos por experiencia que afrontar situaciones imprevistas y resolverlas con decisión, firmeza y eficacia forma parte de las atribuciones propias de nuestro oficio. En el campo de operaciones, igual que en el frente de batalla, a veces tu plan de acción, aunque viene definido por una hoja de ruta muy clara, de repente ha de enfrentarse a esa emboscada que no esperabas, esa avería que con la que no contabas, ese contratiempo que ni a ti ni a tus superiores se os había pasado por la cabeza. Y ahí hay que ser tan valientes como prudentes y tan rápidos como certeros. En cuestión de segundos has de analizar el escenario, barajar las posibles soluciones, evaluar los riesgos y, sobre todo, tomar decisiones. No vale mirar hacia otro lado ni escurrir el bulto.
Creo firmemente en las instituciones públicas y pensaba, y sigo pensando, que la experiencia profesional de aquellos que han servido al país en puestos de alta responsabilidad constituye un capital que hay que proteger y atender en beneficio de todos, igual que considero útil que los presidentes del Gobierno formen parte del Consejo de Estado cuando abandonan su cargo.

Cuando se hizo pública mi incorporación al proyecto de Podemos, muchos se llevaron las manos a la cabeza con asombro, y algunos también con susto, al descubrir de repente a un militar con ideas políticas. Y no a cualquier militar, sino al mismísimo general de cuatro estrellas que había ocupado el cargo de máxima responsabilidad de las Fuerzas Armadas españolas durante tres años y medio, ni tampoco cualquier idea, sino las que defiende el partido cuya irrupción en el escenario político había puesto patas arriba el país en apenas unos meses. Ahí están las hemerotecas para dar fe del impacto mediático que causó aquel anuncio. Ríos de tinta se vertieron en medios de todo tipo durante esos días poniendo el acento en lo extraño que era ver al reciente jefe del Estado Mayor para la Defensa tomando la palabra para hablar de justicia social, igualdad y derechos ciudadanos.
Comprendo ese asombro porque responde a la particular concepción que en este país tenemos de la democracia.
En los últimos tiempos se ha criticado la Transición con mucho ahínco. A menudo, esos reproches no expresan otra cosa que el disgusto y la indignación que muchos sienten —me incluyo entre ellos— ante el panorama político, económico y social que presenta nuestro país en la actualidad en términos de desigualdad, pobreza, paro y desarraigo territorial. Esas quejas denuncian que estos lodos vienen de aquellos polvos y que fue entonces, en los meses en los que España pasó de la dictadura a la democracia y se instauró en el país otra forma de gestionar los asuntos públicos, cuando se aquilató el régimen político que ahora se ha demostrado incapaz de atender a las necesidades de la mayoría de la población.
No les falta razón a esas voces, pero me gustaría hacer una matización: desde mi punto de vista, el problema no fue la Transición, sino lo que vino después.
Es cierto que en aquel pliegue de nuestra historia se pusieron los pilares del país que hoy conocemos. Con sus luces y sus sombras, la España actual es heredera de lo que entonces acordaron los actores políticos del momento, desde la Constitución que rige nuestras vidas hasta el sistema político parlamentario que ha dado gobernabilidad al Estado en estas cuatro décadas. No fue fácil aquella tarea, dadas las circunstancias que confluían sobre el país. Se trataba de dejar atrás el criminal régimen dictatorial que había mantenido sometido al país durante cuarenta años bajo el yugo franquista y pasar a una democracia que pudiera homologarse con las del resto de Europa. Y no todo el mundo tenía claro cómo debía ser esa democracia ni hasta dónde debían llegar los cambios.

El 15-M me pilló siendo jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD) del Gobierno que había sido incapaz de ver venir la crisis económica y que ahora se despertaba arrollado por las riadas de ciudadanos que se lanzaban a las calles reclamando una «democracia real» y denunciando que «no hay pan para tanto chorizo». A veces me han preguntado cómo podía sentirme identificado con una movilización popular que ponía en cuestión nuestro régimen político mientras yo ocupaba uno de los puestos clave sobre los que se asienta dicho sistema. Mi compromiso con mis obligaciones de JEMAD fue igual de fiel e intachable en esos días que durante el resto de mi mandato, como prueba mi hoja de servicios. Pero dirigir las Fuerzas Armadas no me obligaba a vivir con anteojeras ni a permanecer ciego ante todo lo que estaba sucediendo.
Escuché con atención a la gente que se manifestaba indignada, me acerqué como un civil más a ver lo que se contaba en las plazas y escudriñé las proclamas y manifiestos que en esos días corrieron de boca en boca y de mano en mano. Y todo lo que leía, veía y oía me llevaba a la misma conclusión: tenían razón aquellos jóvenes, toda la razón del mundo, cuando gritaban: ¡No somos antisistema, el sistema es anti-nosotros!.
Ser patriota es negarme a que la soberanía nacional se malvenda a poderes que no han sido elegidos por los ciudadanos. El patriotismo del que hablo no se conmueve ante escudos ni colores, sino que se mueve para reclamar servicios públicos de calidad y ejemplaridad en sus gestores.
Denuncio públicamente esa apropiación indebida, ese robo, y reivindico el patriotismo como la aspiración más noble y decidida de alcanzar la justicia social para los españoles. El patriotismo no se declama, como sostienen los patrioteros del discurso inflamado; el patriotismo se practica, como proponemos los que nos preocupamos por las condiciones de vida de la gente. Se ejercita reclamando servicios públicos dignos y de calidad para todos y no solo para unos pocos. Se hace realidad exigiendo que las instituciones se dediquen a atender las necesidades de la población, no a consolidar en sus puestos a una casta de privilegiados que lleva cuarenta años fagocitando al país. El patriotismo se lleva a la práctica reivindicando la política como la forma más noble, honrada y razonable de mejorar la sociedad frente al vil manoseo al que unos cuantos la han sometido en los últimos tiempos.

La percepción que tuve en esos días fue que mi fichaje por Podemos había causado un importante impacto entre el resto de formaciones políticas. Tanto que necesitaron utilizar artillería pesada en mi contra para anular todo lo que mi incorporación había podido aportar en términos de credibilidad y prestigio al partido de Iglesias. Una semana antes de anunciar que me unía a su proyecto, yo era considerado una figura respetable. De la noche a la mañana, en cabeceras muy dignas y serias aparecían reportajes que me tildaban de extremista furibundo e izquierdista talibán, capaz de ordenar que se destruyera el patrimonio artístico del Ejército Español cuando ocupé el puesto de JEMAD con tal de borrar de los cuarteles la huella del franquismo en aplicación de la Ley de la Memoria Histórica. Una mentira más.

El golpe de Tejero pilló a España entera con el pie cambiado, en las Fuerzas Armadas causó menos perplejidad. Todos los españoles conservamos indeleble nuestra imagen personal del instante en que nos enteramos de la entrada del golpista del tricornio y sus secuaces en el Congreso de los Diputados. Yo también. En ese momento era capitán destinado en la Base Aérea de Manises y aquel día estaba de servicio en el Barracón de Alarma. Nuestras «guardias» específicas las hacíamos en un barracón situado cerca de la cabecera de pista, a pie de avión. Debíamos estar dispuestos para despegar en menos de cinco minutos y poder interceptar así cualquier avión no identificado que se acercara o auxiliar a cualquier vuelo que se encontrara en situación de emergencia.
El mensaje del rey marcó un antes y un después en aquella vertiginosa noche. Tras sus palabras quedó claro que la intentona golpista no había triunfado, al menos de momento. En su discurso, el monarca hizo referencia a la necesidad de «mantener el orden constitucional», pero algunos lo interpretaron como un mandato referido a mantener el orden ante el «vacío de poder» que se había producido, al cual aludía Milans del Bosch en su bando. Solo querían oír lo que les interesaba y tuve que insistirles en que el rey había hecho mención al orden constitucional, algo muy distinto de lo que estaban persiguiendo los golpistas.
Al día siguiente tocó digerir lo que había ocurrido en aquellas dramáticas horas. Sobre todo, había que interpretar qué nos había pasado a nosotros, a los militares, y cómo habíamos vivido una noche cuyo desenlace, durante un tiempo, pudo haber sido cualquiera. Y en la base donde yo me encontraba hubo reacciones de todo tipo.

No era fácil gestionar la presencia de un grupo de militares foráneos en un escenario lejano tan inseguro como aquel, en el que cualquier día podía estallar una bomba al paso de uno de nuestros vehículos o podíamos recibir los disparos de un francotirador al torcer cualquier esquina. Debíamos extremar las medidas de seguridad al máximo, sin bajar nunca la guardia, pero en todo momento tuve claro que, si ocurría alguna desgracia, debía evitar los errores que se cometieron en el pasado. El Ministerio de Defensa había aprendido bien la lección de la dolorosa experiencia del Yak-42 y sabíamos que, si se producían bajas, nuestro sitio debía estar, sin la menor vacilación, al lado de los familiares de las víctimas.
No era un problema de celo profesional, sino de tener perfectamente clara cuál era la responsabilidad de cada uno y, en mi caso, hacerme cargo de ella, para lo bueno y para lo malo. La traumática experiencia del Yak-42 había dejado una huella muy profunda en la cúpula militar, de la que yo era máximo representante.

Letizia ha ejercido mucha más influencia en el rey Felipe de la que sospecha la mayoría de la población. Él siempre me ha parecido una persona muy conservadora, muy parecido a su madre, con quien siempre se sintió muy identificado, y ha sido la actual reina la que lo ha abierto al mundo, aunque este mérito nunca se le ha reconocido. Intuyo que ella está también detrás de la mejora en comunicación de nuestro actual rey, si la comparamos con la de hace quince años.
En cuanto al pronóstico que la mujer de Felipe VI me hizo en aquella lejana Pascua Militar, ya no recuerdo si finalmente el rey Juan Carlos trató de sonsacarme sobre qué había estado hablando con ella, pero Letizia no exageraba cuando hacía hincapié en la costumbre que tenía el rey emérito de ganarse complicidades ajenas mediante el juego de las confidencias. A Juan Carlos le acompañaba una fama de persona campechana que se había ganado a pulso, porque es cierto que sabía apañárselas para caer bien en las reuniones, pero se hablaba menos de su afición a aprovechar su simpatía natural para tramar entre bambalinas, recabar informaciones discretamente y ejercer oscuras influencias.
Estoy convencido de que Juan Carlos habría querido morir en la cama siendo rey. Muy mal debió ver la situación para abdicar. El desprestigio que sufrió la Corona en los últimos meses de su reinado tuvo mucho que ver con el excesivo oscurantismo que marcó su trayectoria anteriormente. Él no se volvió un mujeriego ni un cazador de elefantes de la noche a la mañana, solo que de esto no se hablaba antes. Cuando perdió la protección de la que gozaba, todo salió a la luz de repente y entonces se produjo la profunda decepción entre la población que acabó obligándole a abdicar.
Con Felipe VI han cambiado algunas costumbres en la Casa del Rey que eran claramente mejorables, pero desde mi punto de vista el nuevo monarca no ha hecho todos los retoques que esa institución necesitaba para adaptarla a los tiempos que corren. Es más, creo que desaprovechó una ocasión de oro para haber acercado la Corona a la vida civil quitándole boato, reduciendo el séquito y modernizando sus estructuras. Más allá de rejuvenecer su imagen, que claramente ganó en lozanía teniendo a un nuevo rostro al frente, se trataba de reformar la institución monárquica y eliminar figuras como el Cuarto Militar del Rey, que es un vestigio de tiempos del franquismo cuya utilidad no se comprende en los tiempos que corren.
Tan pronto como el nuevo rey meta la pata, este dilema volverá a estar encima de la mesa. Y seguro que ocasiones no faltarán, como no han faltado en los últimos tiempos. Un ejemplo fue el discurso que dio a cuento del conflicto de Cataluña en octubre de 2017. Desde mi punto de vista, su pronunciamiento fue un desastre sin paliativos, tanto por la forma que utilizó, incluido el lenguaje corporal tan agresivo del que se sirvió, como por el contenido de sus palabras.
Tengo claro que aquel discurso no debió haberse producido nunca. En las circunstancias tan difíciles que atravesaba el país en ese momento, no se justificaba que un monarca sin legitimación democrática, como es su caso, hiciera una declaración tan partidista como la que pronunció. Si fue alguien ajeno a la Corona quien decidió que actuara así, creo que él debió haberse negado a reproducir la posición que mantenían determinados partidos en este conflicto. Sus palabras habrían tenido mejor sentido y efecto si hubieran estado orientadas a reducir la tensión y a buscar fórmulas de convivencia entre la ciudadanía, con los independentistas incluidos.

Una de mis declaraciones más polémicas, quizá la que más polvareda ha levantado en ciertos sectores de las Fuerzas Armadas caracterizados por su mentalidad cerrada, es la definición que a veces he dado de mí como «un militar antimilitarista». De manera instintiva, algunas voces se han alzado señalando la, según ellos, «flagrante contradicción» que contienen mis palabras y el ataque que llevan implícito contra las esencias del espíritu militar.
Estos respingos de extrañeza responden a una confusión conceptual consistente en igualar los términos militar y militarismo. Una confusión que dice mucho de los nocivos tics mentales del pasado que aún llevamos incorporados en la mirada sin apenas darnos cuenta. Solo entendiendo qué es el antimilitarismo se puede comprender por qué me defino así con tanta firmeza a pesar de haber vestido el uniforme del Ejército del Aire durante toda mi vida. No, no existe ninguna contradicción entre haber sido jefe del Estado Mayor de la Defensa y declararme hoy antimilitarista convencido.
Las Fuerzas Armadas son una institución sometida al poder civil, como marca la ley. Por eso, que un militar democrático y progresista como yo se declare antimilitarista y pacifista no solo no supone una contradicción sino que es más bien una obviedad cercana a la tautología. Precisamente porque conozco la guerra como pocos, amo la paz como nadie.
La crisis económica introdujo un factor de pesimismo generalizado en nuestras sociedades. Tanto es así que a menudo tenemos la sensación de vivir en un mundo en el que las amenazas a nuestra seguridad se multiplican y resultan cada vez más complejas y preocupantes. Pensamos que nuestra forma de vida nunca ha estado más en riesgo.

La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) española de 2012 planteaba una «visión integral de la seguridad nacional» identificando doce riesgos y amenazas:

Conflictos armados
Terrorismo
Ciberamenaza
Crimen organizado
Inestabilidad económica y financiera
Vulnerabilidad energética
Flujos migratorios irregulares
Proliferación de armas de destrucción masiva
Espionaje
Emergencias y catástrofes naturales
Vulnerabilidad del espacio marítimo
Vulnerabilidad de las estructuras críticas y servicios esenciales

El primer problema que se nos presenta tiene que ver con la propia enumeración de las amenazas.

En pleno siglo XXI y en tiempos de paz, es difícil defender que siga existiendo una justicia militar separada de la ordinaria con base en argumentos de carácter organizativo o de la propia singularidad castrense. La justicia debe ser absolutamente igual para todos y no debe ponerse en juego algo tan esencial para los ciudadanos —sean estos militares o civiles— como es el derecho fundamental a la tutela judicial efectiva. Estamos ante una falla antidemocrática de nuestro sistema jurídico que debería corregirse más pronto que tarde.
La sensación de anomalía se prolonga por otros campos de la vida castrense y del ecosistema militar que también precisan una actualización urgente. Es el caso de la prohibición, aún vigente, de que los uniformados puedan ejercer el derecho ciudadano a manifestarse, asociarse y sindicarse.

La OTAN aglutina hoy a un grupo de países muy variado con intereses muy diferentes dependiendo de la región en la que se ubiquen. Sin embargo, las necesidades de seguridad de los Estados europeos sí que tienen mucho en común. Por eso, creo que el horizonte hacia el que deberíamos avanzar en términos de alianzas militares internacionales necesitaría estar condicionado por este factor regional y estar orientado hacia la creación de un sistema europeo de defensa que funcionara de forma autónoma y al margen de la OTAN. En un mundo multipolar como el actual, que ya no se rige por el influjo de ningún Telón de Acero como el que antes partía el planeta en dos, Europa está llamada a tener su voz propia en el ámbito de la defensa y la seguridad internacional. Máxime cuando el principal aliado del Viejo Continente, Estados Unidos, elige como presidente a una persona como Donald Trump, que accedió a la Casa Blanca pidiendo un rearme militar y la vuelta a la amenaza nuclear como herramienta de coacción.
Nada se nos ha perdido a los europeos en esa estrategia. Muchos de los intereses manifestados por Trump no coinciden con los europeos. Más bien lo contrario.

El debate entre seguridad y libertad es falso. Si cedemos en lo que tanto tiempo nos ha llevado conquistar y admitimos el creciente recorte en libertades y derechos al que asistimos, estaremos cediendo terreno a los terroristas. Y es que, como decía el juez Falcone, «lo importante no es si tenemos o no tenemos miedo, lo importante es que el miedo no te haga tomar decisiones equivocadas». Y no tomar decisiones, que es un recurso frecuente, es también una decisión equivocada.

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Interesting book on national politics, also written if the author allows me as a personal exorcism, and it is that anyone who follows the national policy will remember the impact of their adherence to Podemos.
. The work itself contributes biographical hints of the author in which he shows his evolution and the authenticity of his ideas, also, and of course, he exposes the bad times and meannesses suffered by his person, on the part of those who saw in his candidacy the living image Judas, by the way, part of the same policy since the beginning of time, I do not understand that he is so surprised being a read man.
. And it is for me the best part of the book, how the author lives his ideology, his nobility despite whoever weighs him and his courage to defend them.
. Something that I did not like is the prose, sometimes repetitive, for example by constantly mentioning the service record and the family cost that the union with Podemos caused them, without forgetting the constant explanation of their union with the party, I think that two or three times would have been enough, it gives the impression of wanting to justify oneself and incidentally expose part of the ideology of Podemos.
. For the rest, a book that would be shorter to read more, to which I applaud for being brave, where the impression that the author gives me is naive and certainly Irene Montero’s prologue does not contribute anything.

The military know from experience that facing unforeseen situations and resolving them decisively, firmly and effectively is part of the powers of our profession. In the field of operations, just like on the battlefront, sometimes your action plan, although it is defined by a very clear road map, suddenly has to face that ambush you did not expect, that breakdown that You did not count, that setback that neither you nor your superiors had crossed your mind. And there you have to be as brave as prudent and as fast as accurate. In a matter of seconds you have to analyze the scenario, consider possible solutions, assess the risks and, above all, make decisions. It is not worth looking the other way or draining the bundle.
I firmly believe in public institutions and thought, and continue to think, that the professional experience of those who have served the country in positions of high responsibility constitutes capital that must be protected and cared for in the benefit of all, just as I consider it useful for presidents Government members are part of the Council of State when they leave office.

When my incorporation into the Podemos project was made public, many raised their hands to their heads in amazement, and some also with fright, when they suddenly discovered a military man with political ideas. And not to any military man, but to the four-star general himself who had held the highest responsibility position of the Spanish Armed Forces for three and a half years, nor any idea, but those defended by the party whose emergence on the political stage had turned the country upside down in just a few months. There are the newspaper archives to attest to the media impact caused by that announcement. Rivers of ink were poured into media of all kinds during those days, emphasizing how strange it was to see the recent chief of the Defense General Staff taking the floor to speak of social justice, equality and citizen rights.
I understand that astonishment because it responds to the particular conception that we have of democracy in this country.
In recent times the Transition has been criticized very hard. Often, these reproaches do not express anything other than the disgust and indignation that many feel – I include myself among them – in the face of the political, economic and social panorama that our country presents today in terms of inequality, poverty, unemployment and territorial uprooting . Those complaints denounce that these muds come from those powders and that it was then, in the months in which Spain went from dictatorship to democracy and another way of managing public affairs was established in the country, when the political regime that now it has proved incapable of meeting the needs of the majority of the population.
Those voices are not without reason, but I would like to make a qualification: from my point of view, the problem was not the Transition, but what came next.
It is true that the pillars of the country we know today were placed in that fold of our history. With its lights and shadows, today’s Spain is heir to what the political actors of the moment agreed on, from the Constitution that governs our lives to the parliamentary political system that has given governability to the State in these four decades. That task was not easy, given the circumstances that converged on the country. It was about leaving behind the criminal dictatorial regime that had kept the country under forty years under Franco’s yoke and moving towards a democracy that could be homologated with those of the rest of Europe. And not everyone was clear about how that democracy should be or how far the changes should go.

On May 15, he caught me as head of the Defense General Staff (JEMAD) of the government that had been unable to see the economic crisis coming and was now waking up overwhelmed by the floods of citizens who threw themselves into the streets demanding a “democracy real ”and denouncing that“ there is no bread for so much sausage ”. Sometimes I have been asked how I could feel identified with a popular mobilization that questioned our political regime while I occupied one of the key positions on which said system is based. My commitment to my JEMAD obligations was just as faithful and faultless in those days as during the rest of my term, as evidenced by my service record. But directing the Armed Forces did not compel me to live with blinders or to remain blind to everything that was happening.
I listened carefully to the people who were indignant, I approached like a civilian to see what was being told in the squares and scrutinized the proclamations and manifestos that in those days ran from mouth to mouth and from hand to hand. And everything I read, saw and heard led me to the same conclusion: those young people were right, all the reason in the world, when they shouted: We are not anti-system, the system is anti-us!
To be a patriot is to refuse to let national sovereignty be sold to powers that have not been chosen by the citizens. The patriotism of which I speak is not moved by shields or colors, but moves to demand quality and exemplary public services from its managers.
I publicly denounce this misappropriation, theft, and I claim patriotism as the noblest and most determined aspiration to achieve social justice for the Spanish. Patriotism is not declaimed, as the patriots of the inflamed speech maintain; Patriotism is practiced, as those of us who care about people’s living conditions propose. It exercises itself by demanding decent and quality public services for all and not just for a few. It becomes a reality by demanding that the institutions dedicate themselves to meeting the needs of the population, not to consolidating in their positions a caste of privileged people who have been engulfing the country for forty years. Patriotism is put into practice by vindicating politics as the noblest, most honest and reasonable way to improve society against the vile handling to which a few have subjected it in recent times.

The perception I had in those days was that my signing for Podemos had caused a significant impact among the rest of the political groups. So much so that they needed to use heavy artillery against me to annul everything that my incorporation had been able to contribute in terms of credibility and prestige to the Iglesias party. A week before announcing that I was joining his project, I was considered a respectable figure. Overnight, reports appeared in very dignified and serious headlines that labeled me as a furious extremist and a Taliban leftist, capable of ordering that the artistic heritage of the Spanish Army be destroyed when I occupied the post of JEMAD in order to erase the barracks. the imprint of Francoism in application of the Law of Historical Memory. One more lie.

Tejero’s coup caught Spain with the changed foot, in the Armed Forces caused less perplexity. All of us Spaniards retain our personal image indelibly from the moment we learn of the entry of the tricorn coup leader and his henchmen into the Congress of Deputies. I also. At that time, he was an assigned captain at Manises Air Base and that day he was on duty at the Alarm Barracks. We made our specific “guards” in a barrack near the runway head, at the foot of the plane. We had to be ready to take off in less than five minutes and thus be able to intercept any unidentified aircraft approaching or assisting any flight that was in an emergency situation.
The king’s message marked a before and after on that dizzying night. After his words it was clear that the coup attempt had not succeeded, at least for the moment. In his speech, the monarch made reference to the need to “maintain constitutional order”, but some interpreted it as a mandate referring to maintaining order in the face of the “power vacuum” that had occurred, to which Milans del Bosch alluded in your side. They only wanted to hear what interested them and I had to insist that the king had made mention of the constitutional order, something very different from what the coup plotters were pursuing.
The next day he had to digest what had happened in those dramatic hours. Above all, it was necessary to interpret what had happened to us, to the military, and how we had lived a night whose outcome, for a time, could have been anyone. And at the base where I was, there were reactions of all kinds.

It was not easy to manage the presence of a group of foreign soldiers in a distant scene as insecure as that, where any day a bomb could explode when one of our vehicles passed or we could be shot by a sniper when turning any corner. We had to take security measures to the maximum, without ever letting our guard down, but at all times it was clear to me that if any misfortune happened, I should avoid the mistakes that were made in the past. The Ministry of Defense had learned the lesson from the painful experience of the Yak-42 well and we knew that, if casualties occurred, our site should be, without the slightest hesitation, next to the families of the victims.
It was not a problem of professional zeal, but of being perfectly clear about the responsibility of each one and, in my case, taking charge of it, for good and bad. The traumatic experience of the Yak-42 had left a very deep mark on the military leadership, of which I was the highest representative.

Letizia has exerted much more influence on King Felipe than most of the population suspects. He has always seemed to me a very conservative person, very similar to his mother, with whom he always felt very identified, and it has been the current queen who has opened him to the world, although this merit has never been recognized. I sense that she is also behind the improvement in communication of our current king, if we compare it with that of fifteen years ago.
As for the forecast that the wife of Felipe VI gave me on that distant Military Easter, I no longer remember if King Juan Carlos finally tried to get me out of what he had been talking to her about, but Letizia did not exaggerate when she emphasized the custom she had the king emeritus of gaining complicity from others through the game of confidences. Juan Carlos was accompanied by a fame as a hearty person who had earned himself, because it is true that he knew how to manage to get along in meetings, but less was said about his liking to take advantage of his natural sympathy to plot behind the scenes, to collect information discreetly. and exert dark influences.
I am convinced that Juan Carlos (Emeritus king) would have wanted to die in bed as king. Too bad he must have seen the situation to abdicate. The loss of prestige suffered by the Crown in the last months of his reign had a lot to do with the excessive obscurantism that marked his career previously. He did not become a womanizer or an elephant hunter overnight, only this was never discussed before. When he lost the protection he enjoyed, everything suddenly came to light and then there was deep disappointment among the population that ended up forcing him to abdicate.
With Felipe VI some customs at the Casa del Rey have changed, which were clearly improvable, but from my point of view, the new monarch has not made all the adjustments that institution needed to adapt it to the times. What’s more, I think he missed a golden opportunity to have brought the Crown closer to civilian life by taking away pageantry, reducing the entourage and modernizing its structures. Beyond rejuvenating its image, which clearly gained in freshness by having a new face in front, it was about reforming the monarchical institution and eliminating figures such as the King’s Military Room, which is a vestige of Franco’s times whose usefulness is not understood in these times.
As soon as the new king messes up, this dilemma will be on the table again. And surely that occasions will not be lacking, as they have not been lacking in recent times. An example was the speech he gave on the Catalan conflict in October 2017. From his point of view, his pronouncement was an unmitigated disaster, both for the way he used, including the aggressive body language he used, as for the content of his words.
I am clear that this speech should never have occurred. In the difficult circumstances that the country was going through at that time, it was not justified that a monarch without democratic legitimacy, as is his case, would make a statement as partisan as the one he delivered. If it was someone outside the Crown who decided to do so, I think he should have refused to reproduce the position that certain parties held in this conflict. His words would have had better sense and effect if they had been aimed at reducing tension and looking for ways of coexistence among citizens, with the independentists included.

One of my most controversial statements, perhaps the one that has garnered the most dust in certain sectors of the Armed Forces characterized by their closed mentality, is the definition that I have sometimes given of myself as “an anti-militarist military man.” Instinctively, some voices have been raised, pointing out the, according to them, “blatant contradiction” contained in my words and the attack they carry implicitly against the essences of the military spirit.
These surprises of strangeness respond to a conceptual confusion consisting of equating the terms military and militarism. A confusion that says a lot about the harmful mental tics of the past that we still carry in our eyes without hardly realizing it. Only by understanding what antimilitarism is can you understand why I define myself so firmly despite having worn the Air Force uniform throughout my life. No, there is no contradiction between having been head of the Defense General Staff and declaring myself a convinced antimilitarist today.
The Armed Forces are an institution subject to civil power, as established by law. For this reason, that a democratic and progressive military man like me declare himself anti-militarist and pacifist is not only not a contradiction, but rather a truism close to tautology. Precisely because I know war like few others, I love peace like no one else.
The economic crisis introduced a factor of general pessimism in our societies. So much so that we often have the feeling of living in a world in which the threats to our security multiply and become increasingly complex and worrying. We think that our way of life has never been more at risk.

The Spanish National Security Strategy (ESN) of 2012 proposed a «comprehensive vision of national security» identifying twelve risks and threats:

Armed conflicts
Terrorism
Cyber threat
Organized crime
Economic and financial instability
Energy vulnerability
Irregular migratory flows
Proliferation of weapons of mass destruction
Espionage
Emergencies and natural disasters
Vulnerability of the maritime space
Vulnerability of critical structures and essential services

The first problem that is presented to us has to do with the enumeration of threats.

In the 21st century and in times of peace, it is difficult to defend that a separate military justice from the ordinary continues to exist based on arguments of an organizational nature or of the military singularity itself. Justice must be absolutely equal for all and something so essential for citizens – be they military or civilians – must not be at stake, such as the fundamental right to effective judicial protection. We are facing an undemocratic failure of our legal system that should be corrected sooner rather than later.
The sensation of anomaly is prolonged by other fields of military life and the military ecosystem that also need an urgent update. This is the case of the prohibition, still in force, that the uniformed may exercise the citizen right to demonstrate, associate and unionize.

NATO today brings together a very diverse group of countries with very different interests depending on the region in which they are located. However, the security needs of European states do have a lot in common. For this reason, I believe that the horizon towards which we should advance in terms of international military alliances would need to be conditioned by this regional factor and be oriented towards the creation of a European defense system that would function autonomously and on the fringes of NATO. In a multipolar world like the current one, which is no longer governed by the influence of any Iron Curtain like the one that previously split the planet in two, Europe is called to have its own voice in the field of international defense and security. Especially when the main ally of the Old Continent, the United States, elects as president a person like Donald Trump, who agreed to the White House asking for a military rearmament and the return to the nuclear threat as a coercion tool.
We Europeans have lost nothing in this strategy. Many of Trump’s expressed interests do not coincide with Europeans. Rather the opposite.

The debate between security and freedom is false. If we give in to what it has taken us so long to conquer and admit the growing cut in freedoms and rights we are witnessing, we will be giving ground to terrorists. And, as Judge Falcone said, “the important thing is not whether or not we are afraid, the important thing is that fear does not make you make wrong decisions.” And not making decisions, which is a frequent resource, is also a wrong decision.

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