La Mujer Que Disparó A Mussolini — Frances Stonor Saunders / The Woman Who Shot Mussolini by Frances Stonor Saunders

Buen relato de un bache en la historia del que nunca había oído nada. En 1926, Violet Gibson se acerca lo suficiente como para dispararle a Mussolini y obtener una parte de su nariz. Si su arma no se hubiera atascado, la historia habría cambiado notablemente. Buen esfuerzo para poner al lector en el contexto de los tiempos. Se incluye una cantidad de personas famosas, nuevamente como un esfuerzo para brindarle al lector la sensación de los tiempos. Pensé que era un poco largo. Cubre los antecedentes de ambos personajes principales (ella es una dama de clase alta irlandesa y él un joven de origen pobre). Muestra que la falta de compromiso real de Mussolini con cualquier visión política real simplemente quería poder. Y nunca se sabe si Violet Gibson, en medio del fervor religioso, intenta asesinar a Il Duce o si fue parte de una conspiración. De cualquier manera, pasó el resto de su larga vida en un asilo.
¿Sabías que una mujer de 50 años con un revólver se acercó a 8 pulgadas de Mussolini y le disparó en la cara? ¿No una mujer cualquiera de 50 años, sino una aristócrata angloirlandesa titulada? Fue fascinante, y trágico, saber cómo la historia del Excmo. Violet Gibson se cruzó con la historia más amplia del fascismo italiano, y para ver cómo languidecía sola en un manicomio mucho después de que Mussolini y el totalitarismo europeo implosionaran.
Gran investigación, interpretaciones un poco menos grandiosas de esa investigación. Supongo que los periodistas y los académicos necesitan formar un equipo. Definitivamente vale la pena leerlo.

La honorable Violet Gibson intentó asesinar a Mussolini el miércole 7 de abril de 1926. No hay duda de ello. Los hechos, hasta el mínimo detalle, se pueden recuperar de los informes: de los archivos policiales, los relatos de testigos, las notas médicas, los despachos diplomáticos, la correspondencia privada, artículos de periódicos. El periodismo de la década de 1920 era sorprendentemente grandilocuente: sensacionalista e hiperbólico, en ocasiones rayaba en la histeria. Abundan los errores tipográficos. Pero en general el contenido objetivo es fiable y está corroborado por otras evidencias externas.
En el expediente consta que Violet Gibson hizo historia. Fue la única mujer que intentó eliminar al dictador italiano, y de los muchos aspirantes a asesinos, la única que le hirió. Los sucesos de Campidoglio probaron ser un punto decisivo en la forma en que el fascismo —el primer régimen del siglo XX en definirse como «totalitario»— se conformó a sí mismo. Con pocas excepciones, la opinión mundial se unió para denunciar a Gibson y apoyar a Il Duce en su audaz empresa. Las intrincadas negociaciones entre Gran Bretaña e Italia para resolver la crisis desatada por el asunto fortalecieron una alianza diplomática que concedió certificados de mérito inestimables a un dictador tan ridículo como peligroso. En la más cruel de las paradojas, cuando Gibson hizo sangrar a Mussolini, puso en movimiento una cadena de sucesos que en última instancia le fortalecerían.
Con todo esto, la historia no ha hecho mucho por Violet Gibson.

La huida de Violet del culto de Mary Baker Eddy la llevó hasta otra líder espiritual, Helena Blavatski, la carismática fundadora de la teosofía. Blavatski era una confundidora compulsiva de la realidad con la ficción, y en el imaginario resumen de su vida incluía el afirmar que había cabalgado a pelo en el circo, hecho una gira como pianista de concierto por Serbia, abierto una fábrica de tintas en Odessa, trabajado como interiorista para la emperatriz Eugenia y luchado con el ejército de Garibaldi en la batalla de Mentana. Pero el suceso central de su Wanderjahre fue un encuentro con un tibetano desmaterializado llamado Master Morya. Fue este encuentro lo que puso sobre aviso a Blavatski de la existencia de la «Doctrina Secreta» —la clave hacia la verdad de la vida misma. ¿Quién mejor que la misma Blavatski para mediar esta sabiduría hacia el mundo? Al sintetizar apresuradamente la religión oriental, la reencarnación, la magia de occidente, los escritos asiáticos, los rosacruces, la masonería y la mitología de los templarios, se inventó, en 1875, la teosofía, una amalgama de basura envuelta como en una oscuridad atractiva. A sus seguidores les encomendó con ambición el deber de recaudar y difundir el conocimiento de las leyes que gobiernan el universo». Nació así la historia del ocultismo organizado en occidente.
La Teosofía, más que el culto de autoasimilación de la Ciencia cristiana, apeló a los anhelos de Violet, a su conciencia filosófica y política la cual, en gran parte debido a la influencia de Willie, estaba tomando forma como una especie de socialismo ético. Todavía atada, aunque solo por un hilo de obediencia filial, tanto al protestantismo como a la Ciencia cristiana, en el momento en que cumplió los veintiún años, se embarcó en una serie de viajes a las «logias» de la Sociedad Teosófica en Suiza, Alemania, y Francia. Helena Blavatski había esbozado los fundamentos de una Nueva Jerusalén, y Violet quería formar parte de ello.

La religión puede actuar como apoyo psicológico, una compensación al desarraigo y al desorden emocional —y realmente Violet tenía experiencia en esto. Sus intentos, a veces melodramáticos (las rabietas de cuando niña) para atraer el amor de su padre, puede que hubieran desplazado la relación paternal a algo diferente— en lugar de la filiación, la afiliación a Dios como padre. Pero había también un ansia intelectual por una verdad fundamental, que superponía a las intensas ansias personales un conjunto de obligaciones innegociables.

El veintidós de febrero de 1917, el cabo Benito Mussolini, un recluta bersagliere (literalmente, tirador certero), estaba instruyendo a un grupo de soldados en el uso del mortero mientras disparaba proyectiles sobre las líneas austríacas en lo alto del frente alpino. Mussolini introdujo la última bomba en el caliente tubo rojo. Explotó inmediatamente, dispersando metralla mortal en todas las direcciones. Cinco soldados murieron instantáneamente, otros muchos cayeron heridos, incluyendo a Mussolini. Hospitalizado durante varios meses (tenía cuarenta esquirlas de metal en el cuerpo), tuvo tiempo de pensar sobre el futuro, del retorno a la paz cuando no hubiera más «convulsiones», sino más bien «una distensión del alma y el cuerpo».
Después de los dos años de exilio autoimpuesto en Suiza, en 1904 Mussolini había vuelto a Italia, en donde, a pesar de su antimilitarismo agresivo, se aprovechó de una amnistía para los desertores y se alistó tardíamente al servicio militar.
El seudónimo periodístico de Mussolini en ese tiempo era L’Homme qui Cherche, y su itinerario imaginado por la vida permanecía apropiadamente ecléctico —«Necesito orientar mejor mis ideas y hacerlas más precisas». En realidad, no era una cuestión de precisión sino de adaptar la ideología a la acción. La única causa que él nunca reconoció, dijo un contemporáneo, «era la suya», y «para lo único que utilizaba las ideas era para permitirle prescindir de las ideas… Sólo contaba la acción».

Bajo la influencia de su amante judía, Margherita Sarfatti, Mussolini fue aumentando la categoría de sus patrones de comportamiento. Empezó a cultivar una imagen lozana, afeitándose el bigote, vistiendo camisas de cuello, en general con el propósito de una nueva elegancia. En esto, le influyó mucho Gabrielle d’Annunzio, el soldado-poeta y dandi quien por un tiempo se consideró un serio rival de Mussolini como la figura tras la que los díscolos italianos podrían unirse.
Entre la muerte de Verdi en 1901 y la Marcha de Mussolini sobre Roma en 1922, d’Annunzio se convirtió en el italiano más famoso del mundo. Tomándose asimismo como un modelo de supertipo nietzscheano, era combativo, cruel, prematuramente calvo y orgulloso de ello (el pelo, afirmaba, no tenía ninguna función útil en la civilización moderna; por tanto su carencia era signo de un desarrollo evolutivo superior).
Ciertamente, desarrolló un estilo histriónico de oratoria que fue a la vez pantomímico y litúrgico, con poses muy exageradas, movimientos melodramáticos de las manos, modulaciones sorprendentes en el tono y la altura musical. En esto, poco hay que le separe de los pacientes de Charcot. Posteriormente, Adolf Hitler dio un paso más allá y, al igual que a Augustine, le fotografiaron ensayando las poses de sus «peroratas interminables, o el comportamiento epiléptico mediante salvajes gesticulaciones, espuma en la boca y con los ojos alternando una mirada furtiva o una fija». Si uno se cruzara con ellos por la calle, intentaría evitar pedir ni siquiera fuego a hombres de esa clase. Y aun así ellos arrastraron a decenas, a cientos de miles de personas.

La decisión de Violet de llevar una vida apartada, su independencia, era una oportunidad, dándole la libertad de crear un yo que estaba absolutamente alejado del yo que deducía el mundo.
En la mañana del 7 de abril de 1926, Violet se disponía a disparar a Benito Mussolini en el Palazzo Littorio, la sede del Partido Fascista, donde debía aparecer por la tarde. Tenía este detalle marcado en un periódico y anotado en un pedacito de papel de un sobre. Al no esperar volver de su misión, no llevaba consigo más que el trocito de papel, el revólver Lebel y la piedra que había escondido en el guante de piel negro. Poco más de una semana después del discurso de Mussolini ensalzando las virtudes de morir por la causa fascista, Violet le disparó a bocajarro en Campidoglio. De no ser por una fracción de centímetro y por un arma poco fiable, habría tenido su muerte «bella».
Poco después de la una, Violet se encontraba en la enfermería de la prisión de Mantellate, en donde la policía y los jueces de primera instancia luchaban por aclarar su identidad y los motivos que tenía para intentar matar a Il Duce. Mientras la interrogaban, Luigi Federzoni, el ministro del interior (y el hombre que probablemente hubiese tomado el mando si el revólver de Violet no se hubiera encasquillado), llegó al apartamento de Mussolini, y juntos hablaron de cómo mantener el orden.
De vuelta a la prisión de Mantellate, llevan a Violet a una celda, consistente en una cama de hierro, un perchero, un orinal, una mesa, un plato y una taza de aluminio, cubiertos de madera, una jarra de agua potable y un lavabo. «Es mejor no almacenar posesiones», ha escrito en su cuaderno, y su única petición es un crucifijo, ante el cual reza de rodillas durante varias horas. Después ingiere algo de comer y cae en un profundo sueño, según manifiestan las monjas a las que se les ha encargado vigilarla durante toda la noche.
Dos vidas, dos parábolas, en órbitas degradantes. Mussolini también está bajo vigilancia.

Desde el momento del disparo, el comisario jefe de la policía Epifanio Pennetta supo que sólo disponía de unas cuantas horas para reunir pruebas. Pennetta era un buen trabajador perseverante, a la antigua usanza, con veinte años de experiencia y una sólida reputación resolviendo casos y manteniéndose al margen de la política. Competente, tenaz, escéptico, fue su investigación la que llevó a la detención de Dumini y a la brigada Ceka que había asesinado a Giacomo Matteotti, y hacía justo un mes, en marzo de 1926, había testificado durante el juicio.
En opinión de Pennetta, estaba hecha a medida para una conspiración— éste era el lugar más probable en donde verse con ellos. ¿Le proporcionaron ellos el revólver? Investigaciones más a fondo no dieron fruto. Como es lógico, dado que la Lebel se había comprado sin licencia y se había usado contra Mussolini, ninguno de los tratantes de armas interrogados por los agentes de Pennetta fue capaz de identificar ni el arma ni las balas.
Pennetta tenía otro motivo para interesarse por el Trastevere: era el lugar de reunión de un grupo de católicos disidentes y seguidores del padre Ernesto Buonaiuti, una figura clave del movimiento modernista italiano y un opositor al fascismo, y Pennetta sospechaba de una asociación de Violet con ellos. Buonaiuti estaba estrechamente vinculado a George Tyrrell, mentor y amigo de Willie Gibson, y como Tyrrell, Buonaiuti era un dolor de cabeza para los jesuitas y para la curia romana.
Con el tiempo, Epifanio Pennetta admitiría que Violet estaba loca; pero sólo parcialmente —el «nornoroeste de Hamlet»— y no hasta el punto de perder la razón mientras disparaba a Mussolini. No podía estar tan loca como parecía vistos esa premeditación y ese cálculo. El misterio de por qué quería matarle, y bajo la influencia de quién operaba, aún permanecía.
La confesión de Violet comenzó en una sala de la Regina Coeli el sábado 12 de junio de 1926, bajo el fuerte calor del verano romano. Estaban presentes el fiscal jefe de la corona Marinangeli, el juez de instrucción Marciano, el abogado defensor de Violet, Enrico Ferri, y su adlátere, Bruno Cassinelli y Andrea Serrao, el asesor jurídico de la Embajada Británica, que actuaba de intérprete. Escuchaban en un silencio sobrecogedor cuando Violet comenzó a revelar la historia de por qué había disparado a Il Duce.
Lo había hecho, dijo, por amor.

Violet estaba ya en el manicomio que tanto temía antes de que ni ella ni la prensa tuvieran tiempo para ponerse al día de los acontecimientos. El 23 de mayo de 1927, la revista Time informó de su partida de Italia pero parecía no conocer cuál era su paradero una vez en Inglaterra —el «destino se ha mantenido en absoluto secreto». A pesar de la amplia cobertura del asunto Gibson, otros periódicos o bien ignoraban, o bien no les interesaba, el final de la historia.
Violet lo había perdido todo, salvo unas cuantas posesiones y su «secreto», el secreto que todos esos médicos, policías y jueces habían intentado descifrar en vano.
Un manicomio es un mundo, o un no-mundo, en donde cada mañana es lo mismo que cada ayer. Un lugar para volverse uno loco.
Durante varios meses, a principios de 1930, Violet fue reuniendo en secreto tiras de paño que «reforzándolas con cintas cosidas», iba convirtiendo despacio y cuidadosamente en una cuerda. Pero la cuerda no era para escapar, era una ligadura para suicidarse. A las 9:18 p.m. del 2 de abril de 1930 la encontraron en su habitación con un lazo apretado alrededor del cuello. La enfermera aflojó inmediatamente la cuerda y llamó a un médico. Violet se mantuvo consciente todo el tiempo. En su historial médico, con fecha 7 de abril, aparece la siguiente anotación: «marca roja alrededor del cuello pero sin mayores daños. ¿Intento decidido u organizado cuidadosamente para causar distracción y dar lástima?».
La opinión de Mussolini era que Violet Gibson, al estar loca, encontraría agradable compañía entre sus compatriotas irlandeses. Hugh Kenner, comentando la «degeneración melancólica» de los irlandeses, menciona una estadística alarmante: la incidencia de locura en Irlanda, medida por las admisiones en los hospitales mentales, era de un 27 por mil en la primera década del siglo XX, «el valor más alto del mundo.» Era como si «todo el mundo [estuviera] llevando a sus amigos al manicomio o sacándolos de él».

Violet, tras dos décadas de manicomio, y ya con setenta años, no estaba resignada de ninguna manera a su situación. Insistía en que «no era demasiado tarde para recomponer los errores del mundo mediante su liberación», y que su supervivencia entre gente decidida a ignorar su salud era «un milagro». En Marzo de 1947, anunció que las actuales condiciones atmosféricas severas eran «el resultado del tratamiento que ha[bía] recibido de sus semejantes y pronostica[ba] que lo peor estaba por llegar». En julio de 1948, contó al director médico que accedió a que la trasladaran desde su habitación a una sala común sólo con una condición: que «hubiera siempre una enfermera allí capaz de comprender mi extraño y difícil pulso —una buena católica que se diera cuenta de cuándo me llegará la hora para enviar a por los últimos Sacramentos.» No habiendo cumplido esta promesa, «[quiero que usted] devuelva algo del dinero que ha estado cobrando por mis “cuidados”…

A últimos de 1954, Violet, entonces de setenta y ocho años, estaba alarmantemente débil. Sin embargo, su ingenio mordaz todavía estaba vivo. «Estoy a la vez viva y no viva —un estado único», le dijo a un médico en diciembre. Éste se dio cuenta de que ella pensaba que no tenía pulso y que por tanto era un cadáver viviente. «se veía a sí misma como una curiosidad médica y le gustaría ir a un centro internacional de investigación cardiológica.»
El 11 de septiembre de 1955, se avisó a Ashbourne, antes de una de sus visitas, que iba a encontrar que «se había debilitado mucho en los últimos meses y estaba también más confusa mentalmente. Durante el fin de semana estuvo muy perturbada y durante un tiempo, al menos, creía que estaba a bordo de un barco y en el mar. Hoy, no obstante, está más lúcida pero en general se está deteriorando tanto mental como físicamente.» Unos meses después, sufrió «una pequeña trombosis cerebral durante la noche», y a la mañana siguiente estaba «somnolienta y confusa. Difícil de despertar».
El viernes 2 de mayo de 1956 a las 12.45 a.m., Violet Gibson, la mujer que disparó a Mussolini, falleció.
En cuanto a la petición de lord Ashbourne, no hubo ningún anuncio público acerca de la muerte de Violet. No hubo ni amigos ni miembros de la familia presentes en el entierro, ni siquiera Constance, que estaba demasiado débil para hacer el último viaje a Northampton. (Ella moriría tres años después.) El mismo Ashbourne declinó asistir, solucionando la cuestión de los restos de su tía y el cierre de sus asuntos por correspondencia.
Sobre su tumba, número de parcela 12411, hay una cruz de piedra de cantera gris blanda y barata. La inscripción —«Violet Gibson, 1876-1956.»— es igualmente parsimoniosa: la puntuación es bastante inusual, el resultado del cantero que siguió al texto de Ashbourne, y que se comunicó mediante un telegrama.

La honorable Violet Gibson mereció mucho más.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/21/la-cia-y-la-guerra-fria-cultural-frances-stonor-saunders/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/30/la-mujer-que-disparo-a-mussolini-frances-stonor-saunders-the-woman-who-shot-mussolini-by-frances-stonor-saunders/

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Good account of a blip in history I had never heard anything about. In 1926 Violet Gibson gets close enough to take a shot at Mussolini and got a part of his nose. If her gun had not jammed history would have been markedly changed. Good effort to put the reader in the context of the times. A number of famous people are included – again as an effort to give the reader that feel for the times. I thought it was a little long. Covers the backgrounds of both major characters (she a lady of Irish upper class and he a youth from poor background). Shows Mussolini’s lack of real commitment to any real political view simply wanted power. And it is never known whether Violet Gibson – in the throes of religious fervor – tries to assassinate Il Duce or was she part of a conspiracy. Either way she spent the rest of her long life in an asylum.
Did you know a 50 year-old woman with a revolver got within 8 inches of Mussolini and shot him in the face? Not just any 50 year-old woman, but a titled Anglo-Irish aristocrat? It was fascinating – and tragic – to learn how the history of the Hon. Violet Gibson intersected with the larger history of Italian Fascism, and to see how she languished alone in an asylum long after Mussolini and European Totalitarianism imploded.
Great research, slightly less great interpretations of that research – I contest that journalists and scholars need to team up. Definitely worth the read.

The honorable Violet Gibson attempted to assassinate Mussolini on Wednesday April 7, 1926. There is no doubt about it. Facts, down to the smallest detail, can be recovered from reports: from police files, eyewitness accounts, medical notes, diplomatic dispatches, private correspondence, newspaper articles. Journalism in the 1920s was surprisingly bombastic: tabloid and hyperbolic, at times bordering on hysteria. Typographical errors abound. But in general the objective content is reliable and is corroborated by other external evidence.
The record shows that Violet Gibson made history. She was the only woman who tried to eliminate the Italian dictator, and of the many would-be assassins, the only one who hurt him. The events of Campidoglio proved to be a turning point in the way in which fascism – the first regime in the 20th century to define itself as ‘totalitarian’ – shaped itself. With few exceptions, world opinion came together to denounce Gibson and support Il Duce in his bold undertaking. Intricate negotiations between Britain and Italy to resolve the crisis unleashed by the matter strengthened a diplomatic alliance that awarded invaluable certificates of merit to a dictator as ridiculous as it was dangerous. In the cruelest of paradoxes, when Gibson made Mussolini bleed, he set in motion a chain of events that would ultimately strengthen him.
With all this, history has not done much for Violet Gibson.

Violet’s flight from the cult of Mary Baker Eddy led her to another spiritual leader, Helena Blavatski, the charismatic founder of theosophy. Blavatski was a compulsive confounder of reality with fiction, and in the imaginary summary of her life included stating that she had ridden bareback in the circus, toured as a concert pianist in Serbia, opened an ink factory in Odessa, worked as an interior designer for Empress Eugenia and fought with Garibaldi’s army at the Battle of Mentana. But the central event of his Wanderjahre was an encounter with a dematerialized Tibetan named Master Morya. It was this encounter that alerted Blavatski to the existence of the “Secret Doctrine” – the key to the truth of life itself. Who better than Blavatski herself to mediate this wisdom to the world? Hastily synthesizing Eastern religion, reincarnation, Western magic, Asian writings, the Rosicrucians, Freemasonry, and the mythology of the Templars, theosophy was invented in 1875, an amalgam of garbage shrouded as in attractive darkness . He ambitiously entrusted his followers with the duty of collecting and disseminating knowledge of the laws that govern the universe. Thus was born the history of organized occultism in the West.
Theosophy, rather than the self-assimilation cult of Christian Science, appealed to Violet’s longings, to her philosophical and political consciousness which, largely due to Willie’s influence, was taking shape as a kind of ethical socialism. Still tied, though only by a thread of filial obedience, to both Protestantism and Christian Science, by the time he was twenty-one, he embarked on a series of trips to the “lodges” of the Theosophical Society in Switzerland, Germany, and France. Helena Blavatski had outlined the foundations of a New Jerusalem, and Violet wanted to be part of it.

Religion can act as psychological support, compensation for uprooting and emotional disorder — and Violet really had experience with this. Her sometimes melodramatic attempts (childish tantrums) to attract her father’s love may have displaced the parental relationship into something else — rather than filiation, affiliation with God as a father. But there was also an intellectual craving for a fundamental truth, which superimposed on intense personal cravings a set of non-negotiable obligations.

On February 22, 1917, Corporal Benito Mussolini, a bersagliere recruit (literally, accurate marksman), was instructing a group of soldiers in the use of mortar while firing projectiles at Austrian lines high up in the Alpine front. Mussolini put the last pump into the hot red tube. It exploded immediately, scattering deadly shrapnel in all directions. Five soldiers died instantly, many others were wounded, including Mussolini. Hospitalized for several months (he had forty pieces of metal in his body), he had time to think about the future, of the return to peace when there were no more “convulsions”, but rather “a distension of the soul and body”.
After two years of self-imposed exile in Switzerland, in 1904 Mussolini had returned to Italy, where, despite his aggressive antimilitarism, he took advantage of an amnesty for deserters and belatedly enlisted in military service.
Mussolini’s journalistic pseudonym at the time was L’Homme qui Cherche, and his imagined journey through life remained appropriately eclectic – “I need to better target my ideas and make them more precise.” In reality, it was not a question of precision but of adapting ideology to action. The only cause he never recognized, said a contemporary, “was his,” and “the only thing he used ideas for was to allow him to dispense with ideas … Only action counted.”

Under the influence of his Jewish lover, Margherita Sarfatti, Mussolini was increasing the category of his behavior patterns. He began to cultivate a fresh image, shaving off his mustache, wearing collared shirts, generally for the purpose of new elegance. In this, he was greatly influenced by Gabrielle d’Annunzio, the soldier-poet and dandy who for a time considered himself a serious rival to Mussolini as the figure behind which the wayward Italians could unite.
Between Verdi’s death in 1901 and Mussolini’s March on Rome in 1922, d’Annunzio became the most famous Italian in the world. Taking himself also as a model of the Nietzschean supertype, he was combative, cruel, prematurely bald, and proud of it (hair, he claimed, had no useful function in modern civilization; therefore its lack was a sign of superior evolutionary development).
Certainly, he developed a histrionic style of oratory that was both pantomimic and liturgical, with highly exaggerated poses, melodramatic hand movements, striking modulations in tone and musical height. In this, there is little to separate him from Charcot’s patients. Subsequently, Adolf Hitler went a step further and, like Augustine, he was photographed rehearsing the poses of his “endless spiel, or epileptic behavior through wild gestures, foam in the mouth and with the eyes alternating a furtive glance or a fixed ». If one were to cross them on the street, one would try to avoid asking even such men for fire. And yet they dragged tens, hundreds of thousands of people.

Violet’s decision to lead a secluded life, her independence, was an opportunity, giving her the freedom to create a self that was absolutely removed from the self that the world deduced.
On the morning of April 7, 1926, Violet was preparing to shoot Benito Mussolini at the Palazzo Littorio, the headquarters of the Fascist Party, where he was to appear in the afternoon. I had this detail marked in a newspaper and written on a piece of paper in an envelope. Not expecting to return from his mission, he carried nothing but the piece of paper, the Lebel revolver, and the stone he had hidden in the black leather glove. Just over a week after Mussolini’s speech extolling the virtues of dying for the fascist cause, Violet shot him at point-blank range in Campidoglio. If not for a fraction of an inch and an unreliable weapon, he would have had his death “beautiful.”
Shortly after one, Violet was in the Mantellate prison infirmary, where police and lower court judges were struggling to clarify her identity and the motives she had for trying to kill Il Duce. As they interrogated her, Luigi Federzoni, the interior minister (and the man who probably would have taken command if Violet’s revolver had not been jammed), arrived at Mussolini’s apartment, and together they discussed how to maintain order.
Back at Mantellate prison, Violet is taken to a cell, consisting of an iron bed, a coat rack, a chamber pot, a table, a plate and an aluminum mug, covered in wood, a jug of drinking water and a sink. “It is better not to store possessions,” he has written in his notebook, and his only request is for a crucifix, before which he prays on his knees for several hours. Afterwards she eats something to eat and falls into a deep sleep, according to the nuns who have been in charge of watching over her throughout the night.
Two lives, two parables, in degrading orbits. Mussolini is also under surveillance.

From the time of the shooting, Chief Police Commissioner Epifanio Pennetta knew that he only had a few hours to gather evidence. Pennetta was a good persevering worker, old-fashioned, with twenty years of experience and a solid reputation for solving cases and staying out of politics. Competent, stubborn, skeptical, it was his investigation that led to the arrest of Dumini and the Ceka brigade that had murdered Giacomo Matteotti, and just a month ago, in March 1926, had testified during the trial.
In Pennetta’s opinion, it was tailor-made for a conspiracy — this was the most likely place to see them. Did they provide you with the revolver? Further investigations did not bear fruit. Not surprisingly, since the Lebel had been purchased without a license and used against Mussolini, none of the gun dealers questioned by Pennetta’s agents were able to identify either the gun or the bullets.
Pennetta had another reason to be interested in Trastevere: it was the meeting place for a group of dissident Catholics and followers of Father Ernesto Buonaiuti, a key figure in the Italian modernist movement and an opponent of fascism, and Pennetta suspected of Violet’s association with they. Buonaiuti was closely linked to George Tyrrell, Willie Gibson’s mentor and friend, and like Tyrrell, Buonaiuti was a headache for the Jesuits and for the Roman Curia.
In time, Epifanio Pennetta would admit that Violet was crazy; but only partially — the “north-northwest of Hamlet” —and not to the point of losing his mind while shooting Mussolini. She couldn’t be as crazy as that premeditation and calculation seemed. The mystery of why he wanted to kill him, and under the influence of who operated, still remained.
Violet’s confession began in a room in Regina Coeli on Saturday, June 12, 1926, in the strong heat of the Roman summer. Present were the chief prosecutor of the crown Marinangeli, the investigating judge Marciano, Violet’s defense lawyer, Enrico Ferri, and his partner, Bruno Cassinelli and Andrea Serrao, the legal adviser to the British Embassy, who acted as interpreter. They listened in breathtaking silence when Violet began to reveal the story of why she had shot Il Duce.
He had, he said, out of love.

Violet was already in the madhouse she feared so much before she or the press had time to catch up on events. On May 23, 1927, Time magazine reported his departure from Italy but did not seem to know his whereabouts once in England – the “fate has been kept absolutely secret.” Despite extensive coverage of the Gibson affair, other newspapers either ignored, or were not interested in, the end of the story.
Violet had lost everything except a few possessions and her “secret,” the secret that all those doctors, police, and judges had tried to figure out to no avail.
A madhouse is a world, or a non-world, where every morning is the same as every yesterday. A place to go crazy.
For several months, in the early 1930s, Violet secretly gathered strips of cloth that “reinforcing them with sewn tapes”, she slowly and carefully turned into a rope. But the rope was not to escape, it was a ligature to commit suicide. At 9:18 p.m. from April 2, 1930 they found her in her room with a tight tie around her neck. The nurse immediately loosened the rope and called a doctor. Violet remained conscious the entire time. In his medical history, dated April 7, the following annotation appears: «red mark around the neck but without major damage. Am I trying carefully or carefully organized to cause distraction and pity?
Mussolini’s opinion was that Violet Gibson, being crazy, would find pleasant company among her Irish compatriots. Hugh Kenner, commenting on the “melancholic degeneration” of the Irish, mentions an alarming statistic: the incidence of insanity in Ireland, measured by admissions to mental hospitals, was 27 per thousand in the first decade of the 20th century, “the highest value in the world. » It was as if “everyone [was] taking their friends to the asylum or taking them out of it”.

Violet, after two decades of madhouse, and now seventy years old, was in no way resigned to her situation. He insisted that “it was not too late to make up the world’s mistakes by liberation,” and that his survival among people determined to ignore his health was “a miracle.” In March 1947, he announced that the current severe weather conditions were “the result of the treatment he [had] received from his peers and predicted [ba] that the worst was yet to come.” In July 1948, she told the medical director that she agreed to be transferred from her room to a common room only on one condition: that “there was always a nurse there capable of understanding my strange and difficult pulse – a good Catholic who would notice of when the time will come for me to send for the last Sacraments. » Not having fulfilled this promise, «[I want you] to return some of the money that you have been charging for my“ care ”…

In late 1954, Violet, then seventy-eight, was alarmingly weak. However, his scathing wit was still alive. “I am both alive and not alive – a unique state,” he told a doctor in December. He realized that she thought he had no pulse and was therefore a living corpse. “She saw herself as a medical curiosity and would like to go to an international center for cardiology research.”
On September 11, 1955, Ashbourne was advised, prior to one of his visits, that he was to find that “he had become very weak in recent months and was also more mentally confused. During the weekend she was very disturbed and for a time, at least, she believed that she was on board a ship and at sea. Today, however, she is more lucid but in general she is deteriorating both mentally and physically. ” A few months later, she had “a small cerebral thrombosis at night,” and the next morning she was “drowsy and confused. Hard to wake up.
On Friday, May 2, 1956 at 12:45 a.m., Violet Gibson, the woman who shot Mussolini, died.
As for Lord Ashbourne’s request, there was no public announcement about Violet’s death. No friends or family members were present at the funeral, not even Constance, who was too weak to make the last trip to Northampton. (She would die three years later.) Ashbourne himself declined to attend, settling the question of his aunt’s remains and closing his affairs by correspondence.
Above his grave, plot number 12411, is a cheap, soft gray stone quarry cross. The inscription – “Violet Gibson, 1876-1956.” – is equally parsimonious: the punctuation is quite unusual, the result of the stonemason who followed the Ashbourne text, and which was communicated by telegram.

The honorable Violet Gibson deserved much more.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/21/la-cia-y-la-guerra-fria-cultural-frances-stonor-saunders/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/30/la-mujer-que-disparo-a-mussolini-frances-stonor-saunders-the-woman-who-shot-mussolini-by-frances-stonor-saunders/

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