El Mito Del Votante Racional: Por qué Las Democracias Eligen Malas Políticas — Bryan Caplan / The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies by Bryan Caplan

Primero, no estoy resumiendo el argumento (¡interesante!), Así que si no has leído una sinopsis del libro, es posible que nada de esto tenga sentido. Segundo, no estoy escribiendo esto con la idea de que “refuta” a Caplan. Son solo un par de cosas las que me estaban molestando.
La primera réplica es que cuando caracteriza la adhesión a los puntos de vista políticos como algo similar a la adhesión a la religión, confunde la religión como (1) una explicación para los fenómenos empíricos y la religión como (2) una fuente de moralidad. Tenga en cuenta que no hay una conexión necesaria entre los dos; No hay nada acerca de creer que el mundo tiene 6000 años de antigüedad que requiere creer que Jesucristo es el hijo de Dios, por ejemplo.
El argumento de Caplan depende crucialmente de la noción de que se produce un sesgo sistemático debido a la falta de incentivos de los no economistas para tomar en serio los costos de nuestra ideología, dado que sabemos que nuestro voto no será decisivo. Si supiéramos que nuestro voto * fue * decisivo, prestaríamos atención. Pero parece ignorar la posibilidad de que el compromiso de las personas con ciertos valores sea tal que estén dispuestas a recibir el golpe en términos de beneficio material, incluso si supieran que su voto fue decisivo.
Esto lleva a la segunda réplica: no hay ninguna preocupación con la justicia distributiva en este libro. No digo que Caplan deba defender un modelo, digo que ignora la posibilidad de que los laicos estén motivados por tales preocupaciones. Pero si mantiene la posibilidad de que * estén * tan motivados en mente, algunas de sus inferencias simplemente parecen extrañas. Por poner un ejemplo: los laicos piensan que los salarios de los ejecutivos son demasiado altos. Caplan piensa que es porque piensan que más dinero para el CEO significa menos dinero para los de rango. Pero seguramente muchas personas se oponen a los salarios de los CEO porque señalan una disparidad económica que la gente encuentra moralmente repugnante. La gente puede ser consciente de que las restricciones adicionales “reducen el pastel”, pero tal vez estén dispuestos a renunciar a un pastel mayor si eso significa que hay más igualdad.
Tal vez sea un artefacto de la economía, pero las funciones de preferencia propuestas por Caplan no parecen tomar en serio la posibilidad de que la posición de otros pueda tener un impacto fundamental en * mi * función de preferencia. Tal vez eres tan rico que se convierte en una afrenta a mi sentido de dignidad. Tal vez tengo una creencia comunitaria de que una buena política se parece a una “familia”, y que la gran desigualdad trastorna esa creencia. Llámelo religión si lo desea, pero incluso si un economista convenciera a una comunidad de los hechos en bruto, la comunidad aún puede elegir una mayor democracia y una disminución de los mercados.
Por último, es bastante extraño que Caplan no parezca lidiar con estas preguntas, dado que en condiciones de laboratorio, la mayoría de las personas que juegan juegos económicos simples como “Divide the dólar” parecen exhibir rasgos que indican que la autoestima y el estado relativo son importante para ellos En cualquier caso, un libro divertido.

Este libro desde un punto de vista económico y mayoritario nos da muchas de las mismas advertencias que han estado ahí desde el principio. Estas advertencias se han olvidado en gran medida si no están enterradas por cómplices dispuestos, por lo que Estados Unidos se dirige alegremente hacia el colapso y el ocaso.
Busque ironía … todavía no será evidente por un tiempo (o con suerte, si escucha lo suficiente), pero si las cosas continúan sin cambios, lo hará.

En las dictaduras, la política de los gobiernos tiende a ser atroz, pero raras veces resulta desconcertante. No es de extrañar que la democracia sea una panacea política tan popular. La historia de las dictaduras provoca la impresión de que las malas políticas se producen porque los intereses de gobernantes y gobernados divergen. Una solución sencilla consistiría en identificar totalmente a gobernantes y gobernados otorgando «todo el poder para el pueblo». ¿Que en ese caso el pueblo decide delegar las decisiones en políticos a tiempo completo?, pues vale, ¿y qué? Quienes pagan la fiesta (o votan para pagarla) eligen la orquesta.
Sin embargo, a menudo sucede que este relato tan optimista no concuerda con la realidad. Las democracias frecuentemente adoptan y sostienen políticas que perjudican a la mayoría. Un ejemplo clásico es el proteccionismo.
Cuando se vota bajo la influencia de convicciones erróneas que hacen sentirse bien, la democracia produce sistemáticamente políticas perniciosas.

Tres ideas. La primera: las dudas acerca de la racionalidad del votante están ratificadas empíricamente. La segunda: la irracionalidad del votante es exactamente lo que nos permite deducir la teoría económica una vez asumimos una serie de supuestos relativos a la motivación en las personas que sean consistentes con la propia psique humana. La tercera: la irracionalidad del votante es fundamental si se desea dibujar un cuadro realista de la democracia.

El eslogan «Los problemas de la democracia se arreglan con más democracia» suena vacío tras asimilar el concepto de ignorancia racional. La ignorancia del votante es producto del egoísmo humano natural, no una aberración cultural transitoria.
Los efectos negativos de la incultura del electorado no son lineales. La democracia con un 99 % de ignorantes se parece mucho más a la democracia que la democracia con ignorancia absoluta.
El Milagro de la Agregación demuestra que la democracia puede funcionar incluso con un electorado de ignorancia morbosa. La democracia otorga la misma voz a los juiciosos y a quienes no lo son tanto, pero sólo los primeros deciden las políticas a seguir.

Los sesgos antimercado, antiextranjero, de la creación de empleo y pesimista son los ejemplares más destacados. De hecho, tan destacados son que resulta difícil dedicarse a la enseñanza de la economía sin darse de bruces contra ellos. Los estudiantes de economía no llegan como folios en blanco cuyos profesores hayan de llenar, sino que arrastran prejuicios ya muy enraizados. Subestiman las ventajas del mercado, de comerciar con extranjeros, de ahorrar trabajo y el rendimiento general de la economía; a la vez que sobrestiman sus dificultades.
Pero esa relación de amor-odio de los economistas hacia los prejuicios sistemáticos hace que afloren algunas dudas.

A diferencia de lo que ocurre con la ignorancia, la irracionalidad abre paso a una amplia variedad de posibles resultados.
De la irracionalidad racional no se deduce que las opiniones políticas sean absurdas por sistema: digamos que, si no le gusta la comida italiana, no se atiborrará de pizza en un bufet libre. Pero sí levanta sospechas sobre las opiniones políticas de la gente. Y sí, eso incluye las mías.
La democracia demanda a los votantes que elijan, pero otorga a cada uno una influencia que no va más allá de lo infinitesimal. Desde el punto de vista del votante individual, lo que ocurre es independiente de su elección. Prácticamente todos los economistas están de acuerdo en esto; pero, tras admitirlo, minimizan las repercusiones generales que eso tiene.
El comportamiento político resulta extraño porque los incentivos a los que se enfrentan los votantes son extraños. Los economistas han cosechado muchas críticas por pasar por alto las diferencias que existen entre el comportamiento en el mercado y en la política, pero eso es más un defecto de los economistas que de la economía. Para empezar, los economistas no debían haber supuesto nunca que la conducta en lo político presentara paralelismos con la conducta en lo económico. La irracionalidad en política no es algo que deba provocar perplejidad, sino que es precisamente lo que una teoría económica de la irracionalidad pronostica.

En el mundo real, la unanimidad constituye un indicio inequívoco de la existencia de una dictadura, no de una democracia. Una modelización de la democracia que sea significativa desde el punto de vista experimental debe tener en cuenta la discrepancia.
Culpar a los medios por las ideas sesgadas tiene un atractivo visceral. Los periodistas abrazan disparates económicos de forma rutinaria: los medios de comunicación presentan las importaciones como un coste, las noticias económicas equiparan los puestos de trabajo con prosperidad y el ánimo de lucro con fraude e incremento de precios. Culpar a los medios por el sesgo pesimista resulta lo más sencillo del mundo.
El exceso de confianza en los medios puede servir para arrojar algo de luz sobre las acusaciones de prejuicio ideológico. Si el público tiene fe en los periodistas y la mayoría de los periodistas son progresistas entregados, esto ofrece una oportunidad para arrastrar a la audiencia hacia sus posiciones. Sin embargo, y en especial si estamos hablando de un sector de la información competitivo, el planteamiento más astuto consiste en avanzar por los márgenes de la indiferencia del público.
Los expertos no son ningún antídoto frente a la irracionalidad del votante, pero debilitan la conexión, para bien y para mal, entre opinión pública y medidas políticas adoptadas. Los puntos ciegos en la visión del electorado dejan resquicios que los políticos, burócratas y los medios de comunicación pueden aprovechar. Pero si, de entrada, la opinión pública actúa en contra de sus propios intereses, el efecto sobre el bienestar de ese aprovechamiento es ambiguo.
La fe en los líderes ofrece el ejemplo más manifiesto; sus peligros saltan a la vista: imaginemos a un sociópata carismático, o cómo el acto de «envolverse en la bandera» puede terminar en la reelección de un titular incompetente. Pero también, a la inversa, la fe en política abre la vía para que los líderes, si ésa fuese su voluntad, puedan sortear los errores de sus partidarios.
Los efectos que produce la burocracia también son contradictorios. Si la sociedad se lo permite, los políticos le endilgan el muerto a otros, culpando a sus subordinados de errores e irregularidades. Sin embargo, antes de condenar tal hecho, hemos de recordar cuántas buenas ideas y acciones socialmente beneficiosas son clasificadas por la opinión pública como errores e irregularidades.

Además de fundamentalismo del mercado, a los economistas se les suele imputar la acusación de arrogancia. En cierto modo, estamos haciendo el juego a los críticos. Yo no abogo por el fundamentalismo ni por la soberbia, pero deberíamos dejar de esforzarnos tanto por no parecer que pecamos de ninguna de las dos cosas. No hay razón para estar a la defensiva: los economistas han descubierto y popularizado muchas de las ideas más socialmente beneficiosas para la humanidad; y han combatido contra muchas de las más perniciosas. Si fueran conscientes del papel que juegan en el mundo, podrían hacer mucho más.
Las ciencias sociales se han metido en muchos callejones sin salida —y han pasado por alto muchas otras vías que parecían prometedoras— animadas por la errónea insistencia de que cada modelo es un «relato sin personajes tontos», incluso en asuntos como la política, en el que la majadería ocupa un papel protagonista. Un refrán afirma que el sabio aprende más del necio que el necio del sabio. Al renunciar a reconocer la existencia de los necios y la necedad, los sabios en ciencias sociales han obstaculizado artificialmente el progreso de su propio aprendizaje.

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First, I’m not summarizing the (interesting!) argument, so if you haven’t read a synopsis of the book, it’s possible that none of this will make sense. Second, I’m not writing this with the thought that it “disproves” Caplan. It’s just a couple of things that were bugging me.
The first retort is that when he characterizes adherence to political points of view as similar in kind to adherence to religion, he confounds religion as (1) an explanation for empirical phenomena and religion as (2) a source of morality. Note that there isn’t a necessary connection between the two; there is nothing about believing that the world is 6000 years old that necessitates believing that Jesus Christ is the son of God, for instance.
Caplan’s argument crucially depends on the notion that systematic bias occurs due us non-economists’ lack of incentives to take the costs of our ideology seriously, given our knowledge that our vote will not be decisive. If we knew that our vote *were* decisive, we’d pay attention. But he just seems to ignore the possibility that people’s commitment to certain values are such that they’re willing to take the hit in terms of material benefit, even if they knew that their vote were decisive.
This leads into the second retort: there is no concern whatsoever with distributive justice in this book. I’m not saying that Caplan should defend a model – I’m saying that he ignores the possibility that laypeople are motivated by such concerns. But if you keep the possibility that they *are* so motivated in mind, some of his inferences just seem odd. To take one example: laypeople think that executives’ salaries are too high. Caplan thinks that it’s because they think that more money to the CEO means less money to the rank-and-file. But surely many people object to CEO salaries because they signal an economic disparity which people find morally repugnant. People may be aware that additional restrictions “shrink the pie”, but maybe they’re willing to forgo an increased pie if it means that there is more equality.
Maybe it’s an artifact of economics, but Caplan’s proposed preference functions don’t seem to take seriously the possibility that the position of others may have a fundamental impact on *my* preference function. Maybe you are so rich that it becomes an affront to my sense of dignity. Maybe I have a communitarian belief that a good polity resembles a “family”, and that gross inequality upsets that belief. Call it a religion if you want, but even if an economist convinced such a communitarian of the raw facts, the communitarian may still choose increased democracy and decreased markets.
Lastly, it’s pretty bizarre that Caplan doesn’t seem to deal with these questions, given that in laboratory conditions, most people who play simple economics games like “Divide the dollar” seem to exhibit traits that indicate that self-respect and relative status are important to them. In any event, a fun book.

This book from mostly and economic point of view gives us many of the same warnings that have been out there from the first. These warnings have been largely forgotten if not buried by willing accomplices so America heads merrily on it’s way toward crash and collapse.
Look up irony…it won’t be apparent for a while yet (or hopefully ever if enough listen) but if things go on unchanged it will.

In dictatorships, government policy tends to be egregious, but it is rarely puzzling. No wonder democracy is such a popular political panacea. The history of dictatorships gives the impression that bad policies occur because the interests of the ruled and the governed diverge. A simple solution would be to fully identify rulers and ruled by giving “all power to the people.” That in that case the people decide to delegate decisions to full-time politicians? Well, what of it? Those who pay for the party (or vote to pay for it) choose the orchestra.
However, it often happens that this optimistic account does not agree with reality. Democracies frequently adopt and sustain policies that harm the majority. A classic example is protectionism.
When voting under the influence of wrong convictions that make you feel good, democracy systematically produces pernicious policies.

Three ideas. The first: doubts about the rationality of the voter are empirically confirmed. The second: voter irrationality is exactly what allows us to deduce economic theory once we assume a series of assumptions regarding motivation in people that are consistent with the human psyche itself. The third: voter irrationality is essential if you want to draw a realistic picture of democracy.

The slogan “The problems of democracy are solved with more democracy” sounds empty after assimilating the concept of rational ignorance. Voter ignorance is the product of natural human selfishness, not a transitory cultural aberration.
The negative effects of lack of education on the electorate are not linear. Democracy with 99% ignorant people is much more like democracy than democracy with absolute ignorance.
The Miracle of Aggregation demonstrates that democracy can function even with an electorate of morbid ignorance. Democracy gives the same voice to the judicious and to those who are not so judicious, but only the first decide the policies to follow.

The anti-market, anti-foreign, job creation and pessimistic biases are the most outstanding examples. In fact, they are so outstanding that it is difficult to dedicate themselves to teaching economics without hitting them face down. Students of economics do not arrive as blank sheets of paper whose teachers have to fill in, but rather carry deep-rooted prejudices. They underestimate the advantages of the market, of trading with foreigners, of saving work and the general performance of the economy; while overestimating their difficulties.
But that economists love-hate relationship towards systematic biases raises some doubts.

Unlike what happens with ignorance, irrationality makes way for a wide variety of possible outcomes.
It does not follow from rational irrationality that political views are systemically absurd: Let’s say that if you don’t like Italian food, you won’t stuff yourself with pizza in a free buffet. But it does raise suspicions about people’s political views. And yes, that includes mine.
Democracy demands voters to choose, but gives each one an influence that does not go beyond the infinitesimal. From the point of view of the individual voter, what happens is independent of their choice. Virtually all economists agree on this; but, after admitting it, they minimize the general repercussions that this has.
Political behavior is strange because the incentives voters face are strange. Economists have garnered much criticism for overlooking the differences between market and policy behavior, but that is more a fault of economists than of economics. To begin with, economists should never have supposed that behavior in the political parallels with behavior in the economic. Irrationality in politics is not something that should cause perplexity, but is precisely what an economic theory of irrationality predicts.

In the real world, unanimity is an unequivocal indication of the existence of a dictatorship, not of a democracy. A modeling of democracy that is experimentally meaningful must take discrepancy into account.
Blaming the media for biased ideas has visceral appeal. Journalists routinely embrace economic nonsense: the media portrays imports as a cost, economic news equates jobs with prosperity, and profit with fraud and price increases. Blaming the media for pessimistic bias is the easiest thing in the world.
Overconfidence in the media can serve to shed some light on accusations of ideological bias. If the public has faith in journalists and most journalists are committed progressives, this offers an opportunity to drag the audience into their positions. However, and especially if we are talking about a competitive information sector, the most astute approach is to advance on the margins of public indifference.
Experts are no antidote to voter irrationality, but they weaken the connection, for better and for worse, between public opinion and political action taken. The blind spots in the electorate’s vision leave loopholes that politicians, bureaucrats, and the media can take advantage of. But if, from the outset, public opinion acts against their own interests, the effect on the welfare of this use is ambiguous.
Faith in leaders offers the most obvious example; its dangers are obvious: imagine a charismatic sociopath, or how the act of “wrapping the flag” can end in the reelection of an incompetent incumbent. But also, conversely, faith in politics opens the way for leaders, if that is their will, to overcome the errors of their supporters.
The effects of bureaucracy are also contradictory. If society allows it, politicians saddle the dead with others, blaming their subordinates for errors and irregularities. However, before condemning such a fact, we must remember how many good ideas and socially beneficial actions are classified by public opinion as errors and irregularities.

In addition to market fundamentalism, economists are often accused of arrogance. In a way, we are playing the game to critics. I do not advocate fundamentalism or pride, but we should stop trying so hard not to appear to be sinning on either side. There is no reason to be on the defensive: economists have discovered and popularized many of the most socially beneficial ideas for humanity; and they have fought against many of the most pernicious. If they were aware of the role they play in the world, they could do much more.
The social sciences have gotten into many dead ends – and have overlooked many other avenues that seemed promising – buoyed by the erroneous insistence that each model is a ‘story without dumb characters’, even on issues like politics, in the one that nonsense plays a leading role. A saying goes that the wise learn more from the fool than the fool from the wise. By refusing to acknowledge the existence of fools and foolishness, scholars in the social sciences have artificially hindered the progress of their own learning.

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