Un Ciudadano Libre — Albert Rivera / A Free Citizen by Albert Rivera (spanish book edition)

Este es el nuevo libro de quien fuese líder del partido ciudadanos y el que fue designado como el presidente más joven para España, pero el 11 de noviembre de 2019 se rompió el hechizo, es interesante leer sus reflexiones.

El caso de los ERE es el mayor caso de corrupción política de España y cuando se hizo pública la sentencia, supimos que hicimos lo correcto manteniendo aquel pulso y obligando a dimitir a aquellas dos «vacas sagradas» del PSOE. Decisiones como esta eran necesarias para que la sociedad española volviera a confiar en sus políticos. Porque la corrupción erosiona uno de los pilares básicos de la democracia: la confianza. Si los ciudadanos no confían en los políticos, que son los que gestionan su dinero, toman decisiones y legislan por ellos, el sistema democrático se quiebra.
Aunque no pudimos cambiar todas las leyes que pretendíamos —la ley electoral, la supresión de los aforamientos a nivel nacional o la independencia de la Fiscalía General del Estado—, introducir el asunto de la corrupción en la agenda política fue un logro del que me siento orgulloso.

En numerosos sentidos, Ciudadanos ha sido una rara avis que ha roto con muchos mitos de la cultura política de este país. El partido nació de una plataforma civil en Barcelona y no en las oficinas de un notario en Madrid.
La renovación constante es una característica de nuestro tiempo. La economía global nos obliga a reinventarnos, a dejar paso, a regenerarnos con talento e imaginación. ¿Por qué la política ha quedado fuera de esta tendencia? Quizá porque hasta hace unos años no era necesario, porque mientras el bipartidismo funcionó y copó el escenario público, prácticamente nadie se planteó innovar. Había ciertos temas que era mejor no tocar, como la corrupción o la separación de poderes, pero se esquivaban y listo. Sin embargo, esa dinámica se rompió con la globalización y con la influencia creciente de Internet y las redes, y con ello surgieron nuevas demandas y nuevas respuestas sociales.

No hay duda de que el dinero amasado por el clan Pujol no es una herencia sin declarar, sino el resultado de la red de corrupción que la familia tejió y afianzó durante los veintitrés años que Pujol padre estuvo al frente del Gobierno catalán.
Enfrentarse al nacionalismo hegemónico tuvo sus costes, sobre todo sociales y personales. Fueron muchos los conocidos que dejaron de hablarme desde que decidí involucrarme en el proyecto de Ciudadanos y, sobre todo, desde que llegamos al Parlament. Los bulos sobre el partido y sobre mí comenzaron a correr en algunos medios de comunicación catalanes y en Internet, colocándome el disfraz de «enemigo» de Cataluña. Ser crítico con el nacionalismo y con la corrupción me convertía en una especie de apestado, un hereje que atentaba contra la Verdad —así, en mayúsculas— establecida.
En cierta ocasión, Albert Boadella me reconoció que su agenda se había reducido a la mitad desde que se declaró públicamente contrario al nacionalismo.
Soy consciente de que las expectativas de millones de españoles se frustraron la noche del 10 de noviembre de 2019, y también las mías. Siempre tendré una espina clavada por ello. Yo quería liderar un nuevo Gobierno para España, esa era mi vocación. Me habría gustado que la legislatura anterior se hubiera puesto en marcha y haber construido una alternativa con los cincuenta y siete diputados que conseguimos, liderando y pactando desde la oposición las grandes reformas de Estado que el país necesita. Pero no pudo ser.

Julio de 2016. Estoy en una encrucijada que me impide conciliar el sueño. Como tantas veces ocurre en política, se trata de elegir entre una opción mala y otra peor. Los resultados de las elecciones del 26 de junio han permitido que el Partido Popular refuerce su posición con ciento treinta y siete escaños. El PSOE, aunque ha vuelto a perder apoyos, se mantiene como segunda fuerza política con ochenta y cinco diputados, y nosotros hemos conseguido treinta y dos. Con estos datos, el PP no puede formar Gobierno. La situación es muy compleja y no dejo de preguntarme qué decisión debe adoptar Ciudadanos: firmar con los populares un acuerdo de investidura y permitir que gobierne Mariano Rajoy, o provocar con nuestra negativa unas terceras elecciones en menos de un año.
El líder político debe convencer, no imponer. Para ello es imprescindible que él mismo esté convencido al cien por cien de lo que quiere conseguir. Solo así podrá hacerlo con los demás. En mi caso, solo cuando estoy verdaderamente seguro —y tras varios días de reflexión—, soy capaz de transmitir esa seguridad y esa certeza a los demás. Si tengo dudas, prefiero enfriar mi decisión y no tomarla.
El Gobierno de Obama tuvo sus luces y sus sombras, y seguramente no pasará a la historia como uno de los mejores de Estados Unidos. Sin embargo, sí lo harán su liderazgo y su carisma, que hicieron que millones de norteamericanos y ciudadanos de otras partes del mundo volviéramos a creer en esos valores comunes.

Sobre Bilderberg. Es falso que allí se resuelva poner o quitar Gobiernos, o que se decida cuál debe ser el rumbo del mundo en los próximos años. Son solo reuniones de trabajo, coloquios, cenas, charlas y, sobre todo, un gran networking internacional, una gran red de contactos formada por personas influyentes dispuestas a debatir y a reflexionar sobre el mundo global en el que vivimos.
El compromiso de confidencialidad que los participantes adquirimos nos permite hablar y debatir en libertad. Ese es el gran logro del Club Bilderberg: los invitados son personas relevantes, pero acuden a esas reuniones despojados de su cargo y de su staff. No hay ni asistentes ni equipos de comunicación, y las conversaciones se caracterizan por la espontaneidad y el dinamismo. Se trata de que nadie se sienta condicionado a la hora de opinar o discrepar. Me han preguntado en alguna ocasión por mi participación en el Club Bilderberg, e incluso algunos rivales políticos intentaron criticarme por ello. Yo siempre contesté con normalidad, porque en realidad es un honor y una gran oportunidad estar en una reunión con primeros ministros, empresarios y editores influyentes de todo el mundo. Mejor que te inviten y participar que no quedarte fuera y criticar.

La dicotomía público-privado ya no es válida. El sector público necesita un sector privado fuerte que cree empleo y financie mediante impuestos los servicios a los ciudadanos. Y el sector privado necesita un sector público eficiente que garantice la cohesión social y apoye la existencia de una gran clase media trabajadora y la creación de riqueza y empleo. La co­­laboración es imprescindible.
La estrategia que ha seguido Pedro Sánchez para llegar a la Presidencia del Gobierno ha dado alas al populismo de ambos extremos. Por un lado, ha permitido que Podemos entre en el Ejecutivo —con el apoyo de los nacionalistas separatistas—, y por otro, ha fomentado estratégicamente el protagonismo de Vox para movilizar, mediante el miedo, a su electorado de izquierdas más escéptico. Lo vimos con la polémica del mal llamado «pin parental» en la educación o con el show televisado de los huesos de Franco en plena campaña electoral. Me temo que esta dinámica va a contagiar a las demás fuerzas políticas, que entrarán al trapo de las provocaciones victimistas de los populistas, y así seguiremos años instalados en la batalla estéril entre izquierda y derecha en lugar de ir hacia adelante.

Rajoy gana en la distancia corta y, pese a nuestras diferencias más obvias, poco a poco hemos ido cogiendo confianza. Sin embargo, en las cuestiones relacionadas con la lucha contra la corrupción y con la regeneración política coincidimos poco o nada.
Pedro Sánchez había repetido en infinidad de ocasiones que nunca pactaría con los separatistas, pero sabía que si no lo hacía difícilmente llegaría al poder. Su forma de convertirse en presidente del Gobierno define muy bien qué clase de político es. Ha demostrado una gran habilidad, incluso en­­fren­­tándose a los sectores más moderados del PSOE. Después de obtener los peores resultados de su partido en las elecciones del 26 de junio de 2016, Sánchez llegó a la Presidencia del Gobierno dos años más tarde y logró mantenerse en el poder tras las elecciones del 28 de abril de 2019. Tanto él como su equipo más cercano han desarrollado una estrategia ganadora, eso es innegable, pero ¿a qué precio? Han metido en el Gobierno a los populistas de Podemos y han entregado las llaves de la gobernabilidad a los partidos que han intentado liquidar nuestra democracia y que sigan amenazando con volver a hacerlo. Creo que Sánchez es capaz de cualquier cosa para lograr sus fines, pero me parece una grave irresponsabilidad lo que ha hecho para gobernar.
Iglesias ha sido víctima de sus propias trampas populistas. El único responsable de la polémica a cuenta de su chalé en Galapagar fue él. Si no hubiera dicho tantas barbaridades sobre todos los políticos que tienen casas en propiedad, si no hubiera aplaudido escraches contra compañeros de otros partidos, si no hubiera criminalizado a todos los españoles que se ganan bien la vida, que piden una hipoteca o que aspiran legítimamente a vivir en casas como la suya, no habría sido el protagonista de un asunto que dañó su imagen y su credibilidad. Nunca le he criticado, ni a él ni a su pareja, por querer ser dueños de una casa y firmar una hipoteca con un banco, pero siempre le reprocharé que intentara criminalizar a todos los que defendemos la propiedad privada, el capitalismo, la libertad de empresa y el esfuerzo.
Carles Puigdemont es lo opuesto de lo que debe ser un presidente. Un presidente autonómico debe ser responsable y hacer pedagogía de la convivencia y el respeto; debe representar a todos los ciudadanos y aunar a la sociedad, y debe cumplir y hacer cumplir las leyes. Puigdemont se ha caracterizado precisamente por hacer todo lo contrario: ni cumplía las leyes, ni respetaba a la mayoría constitucionalista catalana, ni unía a la sociedad. Y, por si fuera poco, ha demostrado una cobardía difícil de superar. Después de declarar ilegalmente la secesión de Cataluña y de llevar al conjunto de España a una situación de incertidumbre y preocupación nunca vista en nuestra democracia, se escapa —reconociendo así implícitamente la gravedad de sus acciones delictivas—, huye de la justicia y utiliza de manera grotesca.

Si de algo me arrepiento en estos años que he estado en política es de no haber hablado más con mis adversarios. A pesar de la presión que todos hemos soportado, creo que deberíamos haber sido más valientes y fomentar más puntos de encuentro, dijeran lo que dijeran en las redes sociales, en los medios de comunicación o en nuestros propios partidos. Estoy convencido de que el país necesita grandes acuerdos, pero para ello es preciso sentarse a hablar, aunque solo sea para saber en qué consisten las discrepancias.
La política española está demasiado inmersa en esa dinámica del enfrentamiento.
Después de las elecciones del 10 de noviembre de 2019 se ha formado el primer Gobierno central de coalición entre dos partidos nacionales, PSOE y Podemos. El acuerdo al que las dos formaciones han llegado no me gusta, especialmente en materia económica y fiscal, donde se asumen las propuestas populistas de Podemos, y en materia territorial, donde se asumen las tesis de los socios externos, los separatistas. España no está en una situación que permita una subida de impuestos a las clases medias y a las empresas, y estoy en total ­desacuerdo con la mesa paralela de negociación que se ha formado fuera del marco institucional con los partidos independentistas. Además, la posición de Podemos en materia territorial es más que preocupante, porque todos sabemos que algunos de los miembros del actual Gobierno son partidarios de la autodeterminación.
Analizando con distancia lo que sucedió, cometimos dos errores evidentes. El primero, no darnos cuenta de que Sánchez y su entorno habían trazado una estrategia desde principios del verano para ir a segundas elecciones. Ante esa estrategia de los socialistas, deberíamos haber dejado en evidencia con anterioridad, ante la opinión pública, que el presidente en funciones no quería ningún acuerdo con nosotros. Y el segundo error fue abrir la mano públicamente a negociar las reformas de Estado no solo con el PP, sino también con el PSOE, a cambio de desbloquear la situación después del 10-N. En un contexto de polarización y sectarismo en aumento y con el populismo de Vox creciendo a la derecha, hablar abiertamente de acuerdos con Sánchez en campaña generó muchas dudas y recelo en buena parte del electorado de Ciudadanos. La mayoría de nuestros votantes de abril nos apoyaron para ganar a Sánchez, no para hacerle presidente.
Creo que, mientras Pedro Sánchez siga al frente del PSOE, el acuerdo entre constitucionalistas nunca se producirá y la escalada frentista paralizará y enterrará cualquiera de las grandes reformas que la sociedad y la economía española necesitan.
Decir «portavozas» en lugar de portavoces o mover los huesos de Franco de un sitio a otro no son actos de valentía. En cambio, sí lo sería que el presidente del Gobierno diera un giro de ciento ochenta grados y liderara un pacto de estabilidad para España con el PP y Ciudadanos. Los líderes de los tres partidos tendrían que sentarse a la misma mesa para negociar, ceder y ganar. Sin embargo, hoy en día llegar a un acuerdo con el rival entraña más riesgo que insultarlo. Pactar es solo para valientes, porque es más difícil poner por delante lo que une a todos los españoles que lo que nos separa.

Las guerras del siglo XXI en realidad son guerras virtuales donde la información y la desinformación se utilizan para desestabilizar a una nación intentando dirigir la vo­­luntad democrática de los ciudadanos. ¿Cómo podemos defendernos? Me temo que no lo tenemos fácil. Buscar información veraz y huir de todo aquello que nos suene a exageración o a exaltación son las únicas armas que tenemos para protegernos de ese bombardeo de fake news cuyo objetivo es dañar e incluso acabar con la convivencia. Creo que las grandes plataformas globales y las empresas digitales deberían dejar de mirar para otro lado y colaborar con los Estados democráticos para frenar estas guerras de manipulación informativa que ponen en jaque los fundamentos de nuestras democracias.
En el mundo de Internet casi todo se decide con algoritmos, y es el resultado de esos algoritmos matemáticos lo que posiciona las entradas en los buscadores. Puesto que no se produce ningún tipo de evaluación o de contraste de las noticias que aparecen en la Red, a menudo nos encontramos con fake news verdaderamente peligrosas.

Nos hemos empachado de nacionalismo. La mayoría de la sociedad española está saturada de consignas, eslóganes y símbolos destinados a dividir en lugar de sumar y construir. En pleno siglo XXI hemos visto cómo la convivencia de una sociedad próspera se quebraba, y ha sucedido en mi tierra, en Cataluña. Anteriormente ocurrió en el País Vasco.
Aunque muchos no quieran creerlo y prefieran mirar para otro lado, e incluso seguir cediendo, la amenaza nacionalista está tan viva como en el siglo pasado y bajar la guardia es una irresponsabilidad que no nos podemos permitir.
Además de mucho respeto y mucha verdad, hace falta un plan estratégico para recuperar la presencia del Estado en Cataluña y la normalidad y la lealtad entre las instituciones democráticas. Nunca habrá reconciliación si el Estado sigue desaparecido en mi tierra.

La XIV Legislatura, en plena pandemia, resultó un caos. El Gobierno de coalición PSOE-Podemos hizo aguas debido a las continuas discrepancias y contradicciones entre Sánchez e Iglesias. La mala gestión de la crisis sanitaria y económica puso en evidencia numerosos desajustes, falta de transparencia y el afán, tanto del presidente como del vicepresidente, de sacar rédito político a los terribles sucesos que España vivió durante su mandato. Y, por si fuera poco, los separatistas catalanes y vascos se encargaron de dar la puntilla con su permanente chantaje al Gobierno y al Estado. La situación política y económica se volvió insostenible, y el enfrentamiento constante y la crispación que se instalaron en las broncas sesiones parlamentarias terminaron trasladándose al conjunto de la sociedad. El ambiente se volvió irrespirable y no hubo más remedio que convocar elecciones anticipadas.
La crisis de la COVID-19 ha puesto de manifiesto la obsolescencia de la manera de hacer política de los últimos cuarenta años (sobre todo, de las últimas décadas). La política española se ha encontrado acorralada por sus propias grietas y contrasentidos, y los políticos se han topado con la cruda realidad; su habitual forma de actuar ha quedado desfasada y, más que nunca, los ciudadanos les han pedido un giro de ciento ochenta grados.
Los desafíos son numerosos, pero se ha puesto de manifiesto que España no puede seguir avanzando si no transforma de manera radical la manera de entender y de hacer política. Se ha producido un cambio de paradigma que nos ha llevado a replantearnos nuestra idea de quiénes somos como sociedad y como país, y nuestros representantes públicos deberían aprender de sus errores y cambiar su actitud.

El mundo post-COVID lleva la marca de la digitalización y, pese a los terribles estragos causados por la pandemia, esta ha producido un «acelerador digital» que va a transformar nuestra economía y nuestra forma de relacionarnos y de entender el mundo. Las oportunidades que se derivan de esta transformación son inmensas. Gracias al uso generalizado de la digitalización, personas con pocos recursos van a poder crear empresas competitivas, y del mismo modo que muchos negocios han desaparecido o van a desaparecer, otros nuevos surgirán. Reinventarse e innovar han dejado de ser meros conceptos teóricos y se han convertido en la prioridad para millones de familias y empresas españolas. El mundo que viene será más incierto, pero estará lleno de nuevas oportunidades, y la actitud a la hora de afrontar retos o dificultades será más importante que la aptitud, la trayectoria profesional o el currículum de una persona.

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This is the new book of the person who was the leader of the Ciudadanos party and the one who was appointed as the youngest president to Spain, but on November 11, 2019 the spell was broken, it is interesting to read his reflections.

The case of the ERE is the largest case of political corruption in Spain and when the sentence was made public, we knew that we did the right thing by maintaining that pulse and forcing those two “sacred cows” of the PSOE to resign. Decisions like this were necessary for Spanish society to trust its politicians again. Because corruption erodes one of the basic pillars of democracy: trust. If citizens do not trust politicians, who are the ones who manage their money, make decisions and legislate for them, the democratic system will break down.
Although we were not able to change all the laws that we wanted – the electoral law, the suppression of surveys at the national level, or the independence of the State Attorney General’s Office – putting the issue of corruption on the political agenda was an achievement that I feel proud.

In many ways, Ciudadanos has been a rare bird that has broken with many myths of the political culture of this country. The party was born from a civil platform in Barcelona and not in the offices of a notary in Madrid.
Constant renewal is a characteristic of our time. The global economy forces us to reinvent ourselves, to make way, to regenerate with talent and imagination. Why has politics been left out of this trend? Perhaps because until a few years ago it was not necessary, because while the bipartisanship worked and took over the public stage, practically no one considered innovating. There were certain topics that were better not to touch, such as corruption or the separation of powers, but they were avoided and voila. However, this dynamic was broken by globalization and the growing influence of the Internet and networks, and with it new demands and new social responses emerged.

There is no doubt that the money amassed by the Pujol clan is not an undeclared inheritance, but the result of the network of corruption that the family wove and consolidated during the twenty-three years that Pujol Sr. was in charge of the Catalan Government.
Facing hegemonic nationalism had its costs, especially social and personal. There were many acquaintances who stopped talking to me since I decided to get involved in the Ciudadanos project and, above all, since we arrived at the Parliament. The hoaxes about the party and about me began to run in some Catalan media and on the Internet, putting on the disguise of the «enemy» of Catalonia. Being critical of nationalism and corruption made me a kind of plague, a heretic who violated the established Truth — thus, in capital letters.
Albert Boadella once acknowledged to me that his agenda had been cut in half since he publicly declared himself against nationalism.
I am aware that the expectations of millions of Spaniards were frustrated on the night of November 10, 2019, and also mine. I will always have a thorn stuck for it. I wanted to lead a new Government for Spain, that was my vocation. I would have liked the previous legislature to have been launched and to have built an alternative with the fifty-seven deputies that we obtained, leading and agreeing from the opposition on the major State reforms that the country needs. But it could not be.

July 2016. I am at a crossroads that prevents me from falling asleep. As so often happens in politics, it is about choosing between a bad option and a worse one. The results of the June 26 elections have allowed the Popular Party to strengthen its position with one hundred and thirty-seven seats. The PSOE, although it has lost support again, remains the second political force with eighty-five deputies, and we have achieved thirty-two. With these data, the PP cannot form a government. The situation is very complex and I keep asking myself what decision Ciudadanos should make: sign an investiture agreement with the popular and allow Mariano Rajoy to govern, or provoke a third election in less than a year with our refusal.
The political leader must convince, not impose. For this, it is essential that he himself is one hundred percent convinced of what he wants to achieve. Only then can you do it with others. In my case, only when I am truly sure —and after several days of reflection—, am I able to transmit that security and that certainty to others. If I have doubts, I prefer to cool my decision and not take it.
The Obama Administration had its lights and shadows, and it will surely not go down in history as one of the best in the United States. However, his leadership and charisma will, which made millions of Americans and citizens of other parts of the world believe again in those common values.

In reference to Bilderberg. It is false that there it is resolved to put or remove governments, or to decide what the course of the world should be in the coming years. They are only work meetings, colloquia, dinners, talks and, above all, a great international networking, a great network of contacts made up of influential people willing to debate and reflect on the global world in which we live.
The confidentiality commitment that the participants acquire allows us to speak and debate freely. That is the great achievement of the Bilderberg Club: the guests are relevant people, but they go to these meetings stripped of their position and their staff. There are neither assistants nor communication teams, and the conversations are characterized by spontaneity and dynamism. It is about nobody feeling conditioned when it comes to expressing their opinion or disagreeing. I have been asked on occasion about my participation in the Bilderberg Club, and even some political rivals tried to criticize me for it. I always answered normally, because it is actually an honor and a great opportunity to be in a meeting with prime ministers, business people and influential publishers from around the world. Better to be invited and participate than not to stay out and criticize.

The public-private dichotomy is no longer valid. The public sector needs a strong private sector that creates jobs and finances services to citizens through taxes. And the private sector needs an efficient public sector that guarantees social cohesion and supports the existence of a large working middle class and the creation of wealth and employment. Collaboration is essential.
The strategy that Pedro Sánchez has followed to reach the Presidency of the Government has given wings to populism on both sides. On the one hand, it has allowed Podemos to enter the Executive – with the support of the separatist nationalists – and, on the other, it has strategically promoted the role of Vox to mobilize, through fear, its most skeptical left-wing electorate. We saw it with the controversy of the misnamed “parental pin” in education or with the televised show of Franco’s bones in the middle of the electoral campaign. I fear that this dynamic will infect the other political forces, which will enter the cloth of the victimizing provocations of the populists, and so we will continue for years installed in the sterile battle between left and right instead of going forward.

Rajoy wins in the short distance and, despite our most obvious differences, little by little we have been gaining confidence. However, on issues related to the fight against corruption and political regeneration we agree little or nothing.
Pedro Sánchez had repeated on countless occasions that he would never agree with the separatists, but he knew that if he did not do so, it would be difficult for him to come to power. His way of becoming prime minister defines very well what kind of politician he is. He has shown great ability, even facing the most moderate sectors of the PSOE. After obtaining the worst results of his party in the elections of June 26, 2016, Sánchez became President of the Government two years later and managed to remain in power after the elections of April 28, 2019. Both he and his closest team have developed a winning strategy, that’s undeniable, but at what cost? They have brought the Podemos populists into government and handed over the keys to governance to the parties that have tried to liquidate our democracy and that continue to threaten to do so again. I believe that Sánchez is capable of anything to achieve his goals, but what he has done to govern seems to me to be a serious irresponsibility.
Iglesias has been the victim of his own populist traps. The only person responsible for the controversy on account of his chalet in Galapagar was he. If he had not said so many atrocities about all the politicians who own houses, if he had not applauded escraches against colleagues from other parties, if he had not criminalized all Spaniards who earn a good living, who ask for a mortgage or who legitimately aspire to live in houses like yours, he would not have been the protagonist of an issue that damaged his image and credibility. I have never criticized him, nor his partner, for wanting to own a house and sign a mortgage with a bank, but I will always reproach him for trying to criminalize all of us who defend private property, capitalism, freedom of company and effort.
Carles Puigdemont is the opposite of what a president should be. An autonomous president must be responsible and teach coexistence and respect; it must represent all citizens and bring society together, and it must comply with and enforce the laws. Puigdemont has been characterized precisely by doing the opposite: neither did he comply with the laws, nor did he respect the Catalan constitutional majority, nor did he unite society. And, as if that were not enough, he has shown cowardice that is difficult to overcome. After illegally declaring the secession of Catalonia and leading the whole of Spain into a situation of uncertainty and concern never seen before in our democracy, he escapes – thus implicitly acknowledging the seriousness of his criminal actions -, he flees from justice and uses grotesque.

If I have regretted something in these years that I have been in politics, it is for not having spoken more with my adversaries. Despite the pressure we have all endured, I think we should have been more courageous and encouraged more meeting points, whatever they said on social media, in the media or in our own matches. I am convinced that the country needs major agreements, but for this it is necessary to sit down and talk, if only to find out what the discrepancies consist of.
Spanish politics is too immersed in this dynamic of confrontation.
After the elections of November 10, 2019, the first central coalition government between two national parties, PSOE and Podemos, has been formed. I do not like the agreement that the two formations have reached, especially in economic and fiscal matters, where the populist proposals of Podemos are assumed, and in territorial matters, where the theses of external partners, the separatists, are assumed. Spain is not in a situation that allows a tax increase for the middle classes and companies, and I totally disagree with the parallel negotiating table that has been formed outside the institutional framework with the pro-independence parties. In addition, Podemos’ position on territorial matters is more than worrying, because we all know that some of the members of the current government are in favor of self-determination.
Analyzing what happened from a distance, we made two obvious mistakes. The first, not realizing that Sánchez and his environment had drawn up a strategy since the beginning of the summer to go to second elections. Faced with this strategy of the Socialists, we should have made it clear beforehand, before public opinion, that the acting president did not want any agreement with us. And the second mistake was to open the hand publicly to negotiate state reforms not only with the PP, but also with the PSOE, in exchange for unblocking the situation after 10-N. In a context of increasing polarization and sectarianism and with the populism of Vox growing to the right, openly talking about agreements with Sánchez in the campaign generated many doubts and suspicions in a large part of the Ciudadanos electorate. Most of our April voters supported us to win Sánchez, not to make him president.
I believe that, as long as Pedro Sánchez continues to lead the PSOE, the agreement between constitutionalists will never take place and the escalation of the front will paralyze and bury any of the great reforms that society and the Spanish economy need.
Saying “spokespersons” instead of spokespersons or moving Franco’s bones from one place to another are not acts of bravery. On the other hand, it would be true if the Prime Minister gave a 180 degree turn and led a stability pact for Spain with the PP and Ciudadanos. The leaders of the three parties would have to sit at the same table to negotiate, concede and win. However, nowadays reaching an agreement with the rival involves more risk than insulting him. Pact is only for the brave, because it is more difficult to put forward what unites all Spaniards than what separates us.

The wars of the 21st century are actually virtual wars where information and misinformation are used to destabilize a nation by trying to direct the democratic will of citizens. How can we defend ourselves? I’m afraid we don’t have it easy. Searching for truthful information and fleeing from everything that sounds like exaggeration or exaltation are the only weapons we have to protect ourselves from that bombardment of fake news whose objective is to damage and even end coexistence. I believe that the large global platforms and digital companies should stop looking the other way and collaborate with democratic states to stop these wars of information manipulation that put the foundations of our democracies in check.
In the Internet world, almost everything is decided with algorithms, and it is the result of these mathematical algorithms that positions the entries in search engines. Since there is no type of evaluation or contrast of the news that appears on the Internet, we often find truly dangerous fake news.

We have had enough of nationalism. Most of Spanish society is saturated with slogans, slogans and symbols intended to divide rather than add and build. In the XXI century we have seen how the coexistence of a prosperous society was broken, and it has happened in my land, in Catalonia. Previously it happened in the Basque Country.
Although many do not want to believe it and prefer to look the other way, and even continue to give in, the nationalist threat is as alive as in the last century and lowering our guard is an irresponsibility that we cannot allow ourselves.
Besides a lot of respect and a lot of truth, a strategic plan is needed to regain the presence of the State in Catalonia and normality and loyalty among democratic institutions. There will never be reconciliation if the State continues to disappear in my land.

The XIV Legislature, in the midst of a pandemic, was in chaos. The PSOE-Podemos coalition government made waters due to the continuous discrepancies and contradictions between Sánchez and Iglesias. The mismanagement of the health and economic crisis revealed numerous imbalances, a lack of transparency and the desire, both of the president and the vice president, to obtain political profit from the terrible events that Spain experienced during their mandate. And, as if that were not enough, the Catalan and Basque separatists were in charge of giving the last straw with their permanent blackmail to the Government and the State. The political and economic situation became unsustainable, and the constant confrontation and tension that took place in the fierce parliamentary sessions ended up being transferred to the whole of society. The atmosphere became unbreathable and there was no choice but to call early elections.
The COVID-19 crisis has revealed the obsolescence of the way of doing politics in the last forty years (especially in the last decades). Spanish politics has found itself cornered by its own cracks and contradictions, and politicians have run into harsh reality; their usual way of acting has become out of date and, more than ever, citizens have asked them for a 180 degree turnaround.
The challenges are numerous, but it has become clear that Spain cannot continue to advance if it does not radically transform the way of understanding and doing politics. There has been a paradigm shift that has led us to rethink our idea of who we are as a society and as a country, and our public representatives should learn from their mistakes and change their attitude.

The post-COVID world bears the mark of digitization and, despite the terrible ravages caused by the pandemic, it has produced a “digital accelerator” that will transform our economy and our way of relating to and understanding the world. The opportunities arising from this transformation are immense. Thanks to the widespread use of digitization, people with few resources will be able to create competitive companies, and in the same way that many businesses have disappeared or are going to disappear, new ones will emerge. Reinventing themselves and innovating are no longer mere theoretical concepts and have become the priority for millions of Spanish families and companies. The world to come will be more uncertain, but it will be full of new opportunities, and the attitude when facing challenges or difficulties will be more important than the aptitude, the professional trajectory or the curriculum of a person.

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