El Jardín Del Prado — Eduardo Barba Gómez / The Prado Garden by Eduardo Barba Gómez (spanish book edition)

Un magnífico libro para poder apreciar con más detalles las sublimes obras del museo del Prado de Madrid.
El propósito de este libro es dar un paseo por el jardín del Prado, porque en él las flores y las plantas aparecen por todos lados. Esta es una narración en la que la botánica impregna cada página, con palabras y dibujos, y está regada constantemente por el tiempo, una magnitud unida de manera muy fuerte al cuidado de las plantas. Pero en estos relatos también hay mucho de recuerdo y de memoria, de la misma manera que la encina centenaria no olvida el brinzal que una vez fue. En estas páginas, como en las flores, hay un lado femenino, puesto que antes eran sobre todo ellas, madres y abuelas, las que cuidaban de las plantas. Y como en las flores, de nuevo, hay muchos aromas, ya que el olfato es el sentido más evocador y que con más fuerza nos liga a nuestras raíces. En estas palabras también crecen la luz y el color, que es lo que nos regalan las especies de las que se habla, igual que lo hacen las obras de arte.
A veces esas plantas pueden ser tan inusuales de criar como la cimbalaria, el diente de león o el trébol blanco. Pero realmente es algo único poder admirar de cerca sus procesos vitales si hacemos germinar sus semillas, que nosotros mismos podemos recolectar. Es muy hermoso cuidar las violetas que observamos en La bacanal de los andrios, o el clavel rojo que cambia de manos en una pintura de Goya, o esa extraña flor azul del Jardín de las delicias.

El término plant blindness fue creado en Estados Unidos a finales de los años 90 para indicar cómo las personas somos capaces de no prestar la más mínima atención a la botánica que nos rodea de manera incesante, incluso estando en mitad de un bosque. Pues bien, esa ceguera es también trasladable al mundo del arte. En estos últimos años he hablado con mucha gente sobre la botánica en las pinturas. A veces me decían que El Descendimiento de Van der Weyden se contaba como una de sus obras favoritas de todo el arte occidental. Hasta ahí, nada sorprendente. Pero lo que en realidad les sorprendía era la pregunta que les hacía a continuación: «¿y te gustan las plantas que están dibujadas en El Descendimiento?». La respuesta era invariable: «no había ninguna planta». Pues bien, más de una docena de especies vegetales están ahí, esperando a que les prestemos atención.
Nosotros solo nos vamos a detener en una, justo debajo de san Juan Evangelista, que está vestido de rojo. Es la primera planta que hallamos a la izquierda, con unas hojas tan finamente divididas que casi parecen plumas: la milenrama. Tiene además unas preciosas flores, que son las que le dan el nombre popular. Más allá de su indudable belleza, se trata de una especie que se ha utilizado ancestralmente para curar las heridas; a ello se debe muy probablemente su presencia en esta pintura. Era tal su efectividad vulneraria que los guerreros solían portar consigo las hojas de esta planta.

Si lo miramos desde el lado botánico, el Jardín de las delicias es asimismo una sorpresa continua. Parece que todo se queda en la gran cantidad de frutos de colores rojizos, azulados y negruzcos, pero hay mucho más, tan rico y extraño como correspondería a la imaginación del Bosco, que también en la parte vegetal es capaz de traer la singularidad a la colección del Museo del Prado. Este pintor disfruta creando quimeras vegetales, y mezcla para ello trozos de distintas plantas para crear una sola. Por eso nos vamos a fijar en la parte baja de la tabla central, a la izquierda, donde una pareja parece estar en actitud de besarse dentro de un fruto gigante de color rosado, mientras la mujer sujeta delicadamente al hombre por la barbilla. Justo encima del fruto, vemos a un hombre cargar con una fresa enorme a las espaldas. De ella nace una cola, casi animalesca, y en la punta encontramos la extrañeza de una flor del intenso color azul del cielo. Es la flor de la borraja, una planta que decían Dioscórides y Plinio que, echando sus hojas en vino, era capaz de alegrar a hombres y mujeres y alejar toda tristeza. Sea por el efecto del vino o de la borraja, incluso se conservan referencias antiguas a cómo daba bravura a aquellas personas que la consumían.
Un par de características curiosas de esta planta nos pueden llevar a elegirla para su cultivo en maceta. La primera es que se trata de una planta que atrae a muchos insectos polinizadores. Es todo un espectáculo quedarse un rato contemplando el ir y venir incesante de muchos de estos trabajadores impenitentes. La segunda característica es que se trata de una planta enteramente comestible, si bien con moderación, ya que puede no ser del todo beneficiosa para nuestro hígado. Pero la parte comestible más interesante y segura son sus flores, consumidas crudas, ideales para decorar platos como las ensaladas. Tienen un ligero gusto a pepino.

La rosa es la flor que mayor número de veces aparece en el Museo del Prado. Resplandece en multitud de situaciones distintas, en floreros, guirnaldas, festones y encarpas, en coronas y en el pecho de los personajes, o creciendo en jardines, patios de conventos y en paisajes. O en emplazamientos tan privilegiados como el de este cuadro, con una de las personas que tenían más poder en la época: María Tudor. En su mano derecha sostiene la rosa nobiliaria perteneciente a su estirpe, la rosa roja de Lancaster, como hicieron otros antepasados suyos cuando fueron retratados, como su abuelo Enrique VII en una obra de la National Portrait Gallery de Londres. Se supone que se trata de la rosa roja de boticarios, una variedad que estaba presente habitualmente en los jardines y huertos de castillos y monasterios, al atribuírsele muchas propiedades medicinales, desde analgésica hasta antiséptica, desde cardiotónica hasta hipnótica. Por debajo de los pétalos de la flor aparecen también un par de foliolos de una de sus hojas.

Si hay un artista en el Museo del Prado al que le tengamos que colgar la medalla por ostentar la mayor variedad botánica ilustrada, ese es Jan Brueghel el Viejo. De las más de quinientas especies y variedades vegetales que tenemos en la colección, prácticamente doscientas de ellas las ha ilustrado también Jan, algunas de manera exclusiva. En la serie de la alegoría de los cinco sentidos clásicos pintada junto a Rubens, encargado de realizar las figuras, es claramente en El olfato donde ha dibujado una mayor cantidad de plantas, más de sesenta. Entre toda la variedad de esta tabla aparece el lilo, que corona la composición en la parte alta de la derecha. Aquí lo ha representado de un color más bien azulado, y reconocemos sus pequeñas flores de cuatro pétalos, o tetrámeras, como se diría botánicamente. Esta especie, ha sido siempre una planta predilecta en los jardines, por su flor perfumada. Es de la familia del olivo, y es tan dura como aquel árbol, resistiendo las podas y los suelos muy pobres.
Otra de las plantas que Brueghel ha dibujado en este cuadro con una floración especialmente aromática es la celinda, justo en el lado opuesto al lilo y por detrás de una malva real de color rojizo. Al comienzo del verano se llena de flores blancas de cuatro pétalos muy fragantes que guardan además una peculiaridad para jardineros avezados: si retiramos cuidadosamente esos pétalos y los estambres, dejarán visible un disco lleno de néctar muy brillante, perfecto para pasar nuestra lengua por él. Es tan dulce que, si se prueba una vez, se querrá repetir. Una curiosidad de esta planta de origen desconocido es que sus ramas, desprovistas de la médula harinosa que presentan en el centro, se utilizaban para hacer flautas. Exactamente igual que con las ramas del lilo.

Uno de los bodegones favoritos del museo, porque tiene una composición muy atractiva, con tantísima variedad de objetos y texturas. Es también mi preferido dentro de la producción de Clara Peeters. Observo ese ímpetu de colores de la parte izquierda en contraposición con la sobriedad de tonos de la derecha. En la composición floral aparecen otras plantas de las que se habla en estas páginas: tulipanes, rosas, aguileñas, borraja, caléndula o un narciso de los poetas. En el jarrón también topamos con un par de ramitas de romero, una planta con multitud de significados simbólicos unidos al amor, a la vida, a la muerte y a la sexualidad.

Al mirarlos siento que estoy delante de algunos de los limones más sobresalientes de la historia del arte. Me hipnotizan tanto como los de Juan de Zurbarán, aunque tengan un estilo diferente. Sánchez Cotán ha captado admirablemente la personalidad de esta especie: sus hojas un poco serradas, un poco carnosas, esa espina, las nervaduras. Me encanta ver las sombras que proyectan las hojas sobre los limones, y la sombra de un limón sobre una hoja. Y el brillo de la cáscara de los frutos. Para llegar a este bodegón, los limones recorrieron un largo camino, iniciado hace miles de años en el subcontinente indio, donde se habrían originado gracias al cruce de un cidro y de una naranja amarga, según nos cuentan los expertos.

(Brueghel) Hay pocos cultivos tan estéticos como el de los girasoles. En esta obra lujuriosa aparece uno en la parte izquierda, al lado de un tronco de roble por el que trepa, una vez más, una hiedra. Es una flor, o mejor dicho, inflorescencia, enorme. Sus pétalos parecen llamaradas que se mueven con la brisa de verano.

Con el Jardín de las delicias siento que la obra actúa como un motor de la expresividad. Los niños gozan con los animales y se maravillan de las posturas de mujeres y hombres, pero no tanto de su desnudez. Las personas más creyentes ven los frutos del pecado, mientras que las menos fervorosas ven una gran fiesta sin final. Lo que une a todas las opiniones es la sorpresa ante tanta imaginación por parte del artista.
Hay una planta que parece una consecuencia de esa misma imaginación y que se llama aguileña. Aun cuando la conoces es increíble que pueda amalgamar tal cantidad de formas en una sola estructura floral. Eso mismo le pudo llamar la atención al Bosco, que la pinta en el primer término de la tabla central, casi en la mitad. Allí hay dos personas haciendo el pino, sus cabezas están embebidas dentro de sendos frutos muy extraños. Por delante del cuerpo de la de la derecha es donde nos encontramos varias flores azules de la aguileña, también llamada popularmente palomilla, por su parecido a estas aves en vuelo.

En el Museo del Prado solo hay una obra en la que podemos identificar claramente esta especie (cimbalaria). No es un cuadro, ya que se trata del Bufete de piedras duras del Nuncio Massimo, realizado en Florencia. Por debajo de la cola roja del ave, en el borde de la mesa, vemos una cimbalaria con cuatro flores sobre la que está posada una mariposa de colores marrones rojizos. Tiene algunas licencias artísticas, debidas también a la rigidez del medio, pero aun así vemos rasgos que definen a esta planta. Es una obra perfecta en la que quedar atrapado observando las tonalidades de las distintas piedras que conforman las hojas, pétalos y tallos de muy distintas especies vegetales: alhelíes, granado, lirio de los valles, aguileña, tulipanes…

(El Rapto de Proserpina) Ese momento del rapto es lo que vemos en el cuadro que Rubens diseñó para el gran ciclo de pinturas encargadas por Felipe IV con destino a su pabellón de caza, la llamada Torre de la Parada. En esta escena, debajo del carro, hay un cesto de mimbre volcado con las flores que Proserpina estaba recogiendo hacía un instante. Entre ellas están dos de colores blanquirrosa y rojigualdo. Son tulipanes, la flor que levantó tantas pasiones y ansias coleccionistas en los Países Bajos en el siglo XVII.
Los tulipanes son probablemente una de las plantas bulbosas más reconocibles en todo el mundo. Que una planta tenga un órgano en forma de bulbo significa que será capaz de pasar un periodo desfavorable para ella, como la sequía y el calor, o el frío intenso, «escondida» dentro de ese bulbo. En la península ibérica, muchas de estas plantas empiezan a generar una raíz bajo la tierra con el periodo de lluvias que comienza en el otoño, para que al final del invierno y el inicio de primavera puedan vegetar con hojas aprovechando la bonanza climatológica. Este proceso culminará con la formación de una flor, muchas veces espectacular.

Hay artistas que me ponen contento en cuanto los veo. Uno de ellos es Adriaen Coorte, un pintor del barroco holandés que me atrae por su sencillez y su estilo personal muy reconocible. Dibuja un simple puñado de fresas o tres melocotones sobre un plinto de piedra contra un fondo oscuro y me transmite una belleza tan etérea que me paro siempre a saborearla sin prisa ninguna, solo observando y sintiendo, respirando suavemente. Enfrentarse a una de sus obras es realizar un ejercicio del tan popular mindfulness, la atención plena, y esa es otra razón más para disfrutar con los buenos bodegones.

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A magnificent book to appreciate in more detail the sublime works of the Prado Museum in Madrid.
The purpose of this book is to take a walk in the Prado garden, because in it the flowers and plants appear everywhere. This is a narrative in which botany permeates each page, with words and drawings, and is constantly watered by time, a magnitude strongly linked to the care of plants. But in these stories there is also a lot of remembrance and memory, in the same way that the centennial oak does not forget the jump that it once was. In these pages, as in the flowers, there is a feminine side, since before it was above all them, mothers and grandmothers, who took care of the plants. And as in the flowers, again, there are many aromas, since the sense of smell is the most evocative and that more strongly links us to our roots. In these words, light and color also grow, which is what the species we speak about give us, just like works of art do.
Sometimes those plants can be as unusual to breed as cimbalaria, dandelion, or white clover. But it really is something unique to be able to closely admire their vital processes if we germinate their seeds, which we can collect ourselves. It is very beautiful to take care of the violets that we observe in The Bacchanal of the Andrians, or the red carnation that changes hands in a painting by Goya, or that strange blue flower from the Garden of Earthly Delights.

The term plant blindness was created in the United States at the end of the 90s to indicate how people are capable of not paying the slightest attention to the botany that surrounds us incessantly, even being in the middle of a forest. Well, this blindness is also transferable to the art world. In recent years I have spoken to many people about botany in paintings. Sometimes they told me that Van der Weyden’s Descent was counted as one of his favorite works of all Western art. So far, nothing surprising. But what really surprised them was the question he asked them next: “And do you like the plants that are drawn in The Descent?” The answer was invariable: “There was no plant.” Well, more than a dozen plant species are there, waiting for us to pay attention to them.
We are only going to stop at one, just below Saint John the Evangelist, who is dressed in red. It is the first plant that we find on the left, with leaves so finely divided that they almost look like feathers: the yarrow. It also has some beautiful flowers, which are what give it the popular name. Beyond its undoubted beauty, it is a species that has been used ancestral to heal wounds; this is most likely due to his presence in this painting. Its vulnerability was such that warriors used to carry the leaves of this plant with them.

If we look at it from the botanical side, the Garden of Earthly Delights is also a continuous surprise. It seems that everything remains in the large number of fruits of reddish, bluish and blackish colors, but there is much more, as rich and strange as would correspond to the imagination of Bosco, who also in the vegetal part is capable of bringing the singularity to the Prado Museum collection. This painter enjoys creating vegetable chimeras, and mixes pieces of different plants to create one. That is why we are going to look at the bottom of the central table, on the left, where a couple seems to be in an attitude of kissing inside a giant pink fruit, while the woman delicately holds the man by the chin. Just above the fruit, we see a man carry a huge strawberry on his back. From it grows a tail, almost animalish, and at the tip we find the strangeness of a flower of the intense blue color of the sky. It is the flower of the borage, a plant that Dioscorides and Pliny said that, throwing its leaves in wine, was able to please men and women and remove all sadness. Whether due to the effect of wine or borage, even ancient references to how it gave bravery to those who consumed it remain.
A couple of curious characteristics of this plant can lead us to choose it for its cultivation in a pot. The first is that it is a plant that attracts many pollinating insects. It is quite a spectacle to spend a while contemplating the incessant coming and going of many of these unrepentant workers. The second characteristic is that it is an entirely edible plant, although in moderation, as it may not be entirely beneficial for our liver. But the most interesting and safe edible part is its flowers, consumed raw, ideal for decorating dishes such as salads. They have a slight cucumber taste.

The rose is the flower that appears the most number of times in the Prado Museum. It shines in a multitude of different situations, in vases, garlands, festoons, and marquees, in crowns and on the characters’ chests, or growing in gardens, monasteries and landscapes. Or in locations as privileged as the one in this painting, with one of the people who had the most power at the time: María Tudor. In his right hand he holds the noble rose belonging to his lineage, the red rose of Lancaster, as other ancestors of his did when they were portrayed, such as his grandfather Henry VII in a work by the National Portrait Gallery in London. It is supposed to be the apothecary’s red rose, a variety that was commonly present in the gardens and orchards of castles and monasteries, as it was attributed many medicinal properties, from analgesic to antiseptic, from cardiotonic to hypnotic. Beneath the flower petals are also a pair of leaflets on one of its leaves.

If there is an artist in the Prado Museum to whom we have to hang the medal for showing the greatest illustrated botanical variety, that is Jan Brueghel the Elder. Of the more than five hundred plant species and varieties that we have in the collection, practically two hundred of them have also been illustrated by Jan, some exclusively. In the series of the allegory of the five classic senses painted with Rubens, in charge of making the figures, it is clearly in El olfato where he has drawn the largest number of plants, more than sixty. Among all the variety in this table, lilo appears, which crowns the composition at the top on the right. Here it has been represented in a rather bluish color, and we recognize its small four-petalled flowers, or tetramers, as one would say botanically. This species has always been a favorite plant in gardens for its scented flower. It is from the olive family, and it is as hard as that tree, resisting pruning and very poor soils.
Another plant that Brueghel has drawn in this painting with a particularly aromatic bloom is the celinda, just on the side opposite the lilo and behind a reddish royal mallow. At the beginning of the summer it is filled with white flowers with four very fragrant petals that also keep a peculiarity for seasoned gardeners: if we carefully remove those petals and the stamens, they will leave visible a disk full of very bright nectar, perfect for passing our tongue over it. It is so sweet that, if you try it once, you will want to repeat it. A curiosity of this plant of unknown origin is that its branches, devoid of the mealy marrow in the center, were used to make flutes. Exactly the same as with the branches of the lilo.

One of the museum’s favorite still lifes, because it has a very attractive composition, with a huge variety of objects and textures. It is also my favorite in the production of Clara Peeters. I see that momentum of colors on the left as opposed to the sober tones on the right. Other plants mentioned in these pages appear in the floral composition: tulips, roses, columbines, borage, marigold or a narcissus from the poets. In the vase we also come across a couple of rosemary sprigs, a plant with a multitude of symbolic meanings linked to love, life, death and sexuality.

Looking at them I feel that I am in front of some of the most outstanding lemons in the history of art. They hypnotize me as much as those of Juan de Zurbarán, although they have a different style. Sánchez Cotán has admirably captured the personality of this species: its leaves are a little serrated, a little fleshy, that thorn, the ribs. I love to see the shadows cast by the leaves on the lemons, and the shadow of a lemon on a leaf. And the shine of the shell of the fruits. To get to this still life, lemons went a long way, started thousands of years ago in the Indian subcontinent, where they would have originated thanks to the crossing of a citron and a bitter orange, according to experts.

(Brueghel) There are few crops as aesthetic as that of sunflowers. In this lustful work one appears on the left side, next to an oak trunk through which, once again, an ivy climbs. It is a flower, or rather, an inflorescence, enormous. Its petals look like flares that move in the summer breeze.

With the Garden of Earthly Delights I feel that the work acts as an engine of expressiveness. Children enjoy animals and marvel at the positions of women and men, but not so much about their nakedness. The most believing people see the fruits of sin, while the least fervent see a great party without end. What unites all opinions is the surprise at so much imagination on the part of the artist.
There is a plant that seems to be a consequence of that same imagination and that is called columbine. Even when you know her, it’s amazing that she can amalgamate so many shapes into a single floral structure. That same thing could call attention to Bosco, who paints it in the first term of the central table, almost in the middle. There are two people doing the handstand, their heads are embedded in two very strange fruits. In front of the body of the one on the right is where we find several blue columbine flowers, also popularly called moth, for their resemblance to these birds in flight.

In the Prado Museum there is only one work in which we can clearly identify this species (cimbalaria). It is not a painting, since it is the Nuncio Massimo Hard Stone Office, made in Florence. Below the red tail of the bird, on the edge of the table, we see a cimbalaria with four flowers on which a reddish brown butterfly is perched. It has some artistic licenses, also due to the rigidity of the environment, but even so we see features that define this plant. It is a perfect work in which to be trapped observing the hues of the different stones that make up the leaves, petals and stems of very different plant species: wallflowers, pomegranates, lily of the valley, columbine, tulips …

(The Rape of Proserpina) That moment of the rapture is what we see in the painting that Rubens designed for the great cycle of paintings commissioned by Felipe IV for his hunting lodge, the so-called Stop Tower. In this scene, under the car, there is an overturned wicker basket with the flowers that Proserpina was picking up an instant ago. Among them are two of whitish and reddish colors. They are tulips, the flower that raised so many passions and cravings collectors in the Netherlands in the seventeenth century.
Tulips are probably one of the most recognizable bulbous plants in the world. The fact that a plant has a bulb-shaped organ means that it will be able to pass a period unfavorable to it, such as drought and heat, or intense cold, “hidden” inside that bulb. In the Iberian peninsula, many of these plants begin to generate a root underground with the rainy season that begins in the fall, so that at the end of winter and the beginning of spring they can vegetate with leaves taking advantage of the climatic boom. This process will culminate in the formation of a flower, often spectacular.

There are artists who make me happy as soon as I see them. One of them is Adriaen Coorte, a Dutch Baroque painter who appeals to me for his simplicity and his highly recognizable personal style. He draws a simple handful of strawberries or three peaches on a stone plinth against a dark background and conveys a beauty so ethereal that I always stop to savor it without any rush, just observing and feeling, breathing softly. To face one of his works is to carry out an exercise in the popular mindfulness, mindfulness, and that is another reason to enjoy good still lifes.

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