Frankenstein. Edición Anotada Para Científicos Creadores Y Curiosos En General — Mary Shelley / Frankenstein: Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds by Mary Shelley

El clásico de Shelley acaba de comenzar sus trescientos años en la impresión. Comenzó como una diversión grupal cuando se resistió un día de vacaciones, pero se ha convertido en uno de los íconos culturales más duraderos y evocadores. Esta versión fuertemente anotada ayuda a explicar la riqueza mítica de esa obra maestra.
Al parecer, docenas de diferentes académicos agregaron sus pensamientos a este volumen, en notas al pie o apéndices. Muchos añadieron un contexto histórico que no habría entendido de otra manera, muchos exploraron más profundamente los temas de responsabilidad y compasión. Algunos pocos, sin embargo, encontré unidimensional (como el epílogo feminista) o simplemente me equivoqué. Una nota al pie, por ejemplo, establece que “… los científicos buscan egoístamente [en cursiva] el conocimiento por sí mismos …” y que, sin una aplicación directa al bien humano, “… la ciencia se convertiría en nada más que afición”.
Según el químico Isaac Asimov, “La frase más emocionante para escuchar en la ciencia, la que anuncia nuevos descubrimientos, no es ‘Eureka!’ pero ‘Eso es gracioso …’ “. El descubrimiento de la penicilina por parte de Fleming surgió de un momento “gracioso” sobre un experimento estropeado. Roentgen descubrió los rayos X debido a otro feliz accidente, lo que lo llevó a profundizar en lo que acaba de suceder. La relatividad general no se desarrolló para mantener la hora exacta en los satélites GPS surgió más como una búsqueda “egoísta” algo similar al arte abstracto. Einstein también describió la emisión estimulada de radiación, una rareza teórica que luego generó láseres, que el comentarista sostuvo como un brillante ejemplo (perdón por la frase) de la ciencia aplicada. Podría continuar, pero espero que los lectores piensen más en la investigación pura que este comentarista.
Aunque a veces estaba emocionalmente sobrecargado (La Criatura estudió a Young Werther desde el principio y salió con lo peor que el libro tiene para ofrecer), Shelley mostró una presciencia sorprendente de muchas maneras. Los marcapasos, EEG, muchas otras características de la medicina lo dan por sentado. Del mismo modo, la decisión de Frankenstein de no crear una pareja reproductora refleja las preocupaciones actuales sobre los peligros biológicos.
En general, encontré (nuevamente) el trabajo de Shelley magnífico y recientemente gratificante para una nueva lectura. Sin embargo, el comentario, aunque a menudo útil, no alcanzó el nivel del original.

Frankenstein fue comparado con mayor frecuencia con Oppenheimer y la bomba atómica. Pero la bomba es bastante sencilla. Creo que los creadores de eso sabían lo que tenían, simplemente no tenían claro cuán poderoso era, pero sabían que iba a hacer explotar las cosas. Fue maravillosamente simple en su aplicación.
Las invenciones más interesantes no son tan sencillas. El ordenador. ¿Quien sabe? Radio y television. El iphone. Facebook. Buscadores de Google. ¿Hubo alguna forma de que quienes contribuyeron a estos inventos supieran cómo serían utilizados y el impacto que tendrían en nuestra sociedad? Y como Frankenstein, ¿tendremos alguna idea de las aplicaciones y las implicaciones de la biología del diseñador? Por ahora parece que solo nos importa que esa tecnología valga mucho dinero.
Luché por el libro. Tanto la historia como las anotaciones. Uno no era lo suficientemente interesante como para compensar al otro. Supongo que también debería ser leído por todos porque es un clásico, aunque esta versión anotada realmente no ofrece ninguna observación realmente interesante sobre el libro o, incluso, sorprendentemente, sobre la ciencia.
El otro aspecto de Frankenstein es la evidente posibilidad de que haya sido escrito intencionalmente como homosexual. Ciertamente, no tenía interés en su prometido de larga espera y un amor mucho mayor por la compañía de Henry Clerval, sin embargo, esto no fue observado por nuestros anotadores y nunca se mencionó como una posible motivación para la constante huída de Frankenstein de la convención. El director James Whale había puesto insinuaciones homosexuales a lo largo de la versión clásica del libro de 1931 y me pregunto si no había elegido intencionalmente a Frankenstein como su tema debido a esto, para él, hecho obvio pero difícilmente abordado.

Frankenstein dista de ser un credo anticientífico, y los científicos e ingenieros no deberían temerla. El blanco al que apunta la idea literaria de Mary no es tanto el contenido de la ciencia de Victor cuanto su manera de llevarla a la práctica. Ese blanco es el mismo en gran parte de la ciencia ficción —un género que ciertamente Mary ayudó a inventar—, especialmente en el subgénero que adopta un giro distópico. Podemos optar por centrarnos en la naturaleza admonitoria del relato o por fijarnos en la parte que sigue inspirando a los estudiantes que creen que pueden hacerlo mejor como pensadores, creadores, investigadores y ciudadanos creativos y responsables.
Desde la época de Mary, la ciencia y la tecnología se han vuelto más dominantes en la sociedad.
¿Quién dice cuáles son los problemas o grandes retos que debemos abordar? ¿Quién dice cómo los solucionamos (o si los resolvemos para siempre o nos contentamos con un apaño)? ¿Quiénes van a participar en esos beneficios?, ¿la misma gente a la que ponemos en peligro con nuestras tentativas de resolver los problemas en cuestión?
Esas y muchas otras preguntas forman parte del perenne legado del Frankenstein de Mary Shelley.

Frankenstein nos presenta un mundo lleno de sombras, tinieblas y terror: con frecuencia leemos estas tres palabras y sus variantes en el texto de Frankenstein; encontramos la versión visual de las tres palabras en las centenares de adaptaciones de la novela a la pantalla y al escenario, a menudo con la figura del monstruo de cuello atornillado de Boris Karloff, y sentimos en carne propia las sombras, las tinieblas y el terror cuando leemos las numerosas informaciones sobre clonación, ingeniería genética, frankenfoods, y el recientemente exhumado frankenvirus.
Una vez Victor destruye a la criatura femenina, es inevitable que la criatura destruya a su vez a Elizabeth y Clerval; de hecho, la novela «acaba» la noche que Victor construye su criatura, y el resto de la trama simplemente da tono literario y exterioriza los actos autodestructivos de Victor cuando excluye el amor de su corazón y, en la forma de su yo monstruoso, mata a Elizabeth y Clerval en lo que podría interpretarse como un suicidio.
El argumento principal del cual depende el interés de esta historia está exento de las deficiencias de un simple cuento de fantasmas y encantamientos. El atractivo reside en las situaciones que se desarrollan en él; y, aunque sea imposible como hecho físico, ofrece un punto de vista a la imaginación para perfilar las pasiones humanas de un modo más comprensivo y fundamentado que cualquier otro que presente un relato habitual de acontecimientos reales.

Uno de los temas complejos que recorre el Frankenstein de Mary Shelley es la responsabilidad. De una forma directa —incluso didáctica—, la novela narra las devastadoras consecuencias para un inventor y para aquellos que ama de su absoluta incapacidad para prever el daño que puede conllevar una curiosidad científica desbocada y sin control. La novela no solo explora la responsabilidad de Victor Frankenstein por la destrucción causada por su creación, sino que también examina su responsabilidad para con ella. La criatura es un nuevo ser, con emociones, deseos y sueños que, como no tarda en comprender, no pueden ser satisfechos por los humanos, a quienes repugna su aspecto y aterroriza su fuerza bruta. Así que acude a Victor, rogando primero y exigiendo después, que cree una compañera femenina con la que pueda conocer la paz y el amor. Mientras Victor se enfrenta intelectual y prácticamente a las implicaciones de ser responsable por la criatura y hacia ella, también experimenta la responsabilidad como un estado emocional y físico devastador. De este modo, Mary Shelley plantea un tercer aspecto de la responsabilidad: sus consecuencias en el yo.
La palabra responsabilidad es un nombre definido bien como un deber de cuidar de algo o de alguien o bien como la situación de ser la causa de un efecto determinado. La palabra es conocida por todos. De hecho, organizamos nuestras vidas diarias basándonos en nuestras nociones sobre la responsabilidad, tanto si nos referimos a los deberes que tenemos de cuidar de otros —por ejemplo, los hijos—.
De una manera directa, Victor es la causa de la existencia del monstruo. Él lo construye, libremente y con la esperanza —es más, con la intención— de que cobre vida. Esta creación no es un accidente. Aunque muchos factores pueden argumentarse en contra de una atribución de la responsabilidad —incluidos la compulsión y el engaño—.
A medida que la historia avanza, las reacciones emocionales de Victor al cobrar vida a la criatura —asco y horror— se ven corroboradas por los actos de esta. Victor se entera de que su creación ha asesinado a su hermano menor William, cuya muerte es entonces atribuida a una amiga de la familia, Justine. Pero Victor sabe la verdad. Y también sabe que estaría implicado en la ejecución de la acusada si es condenada, como ya lo está en el asesinato de su hermano: «El resultado de mi curiosidad y mis experimentos ilegales eran la causa de la muerte de dos de mis seres queridos».
Cuando el libro se acerca a su conclusión, Victor yace agonizando en el barco de Walton. Al explorador y al lector no le quedan dudas sobre qué lo ha matado. Cuando la criatura aborda el barco y ve a Victor, que acaba de morir, se declara responsable de su muerte: «Esta es también mi víctima —exclama—. Yo, que os maté porque maté a aquellos que vos más queríais…» (ver «Entré en el camarote…»). Pero no es solo la pérdida de su familia y amigos lo que destruye a Victor, sino también la culpa y los remordimientos derivados de ser quien creó tan ingenuamente a la criatura y le dio la vida.

En Frankenstein, Mary Shelley explora al menos tres aspectos de la responsabilidad: la de Victor por los actos criminales cometidos por su creación y la amenaza que supone la existencia de la criatura para su familia, amigos y, teme Victor, el mundo entero; la responsabilidad de este para con su creación, su bienestar y felicidad; y las consecuencias de esta gravosa responsabilidad para Victor tanto física como emocionalmente.
La obra es una novela de terror gótico: la trama es fantástica; el paisaje, dramático, y el héroe, condenado. Pero también es un relato admonitorio, con un mensaje serio sobre la responsabilidad social de científicos e ingenieros. Mary transmite la inquietud de que el entusiasmo científico sin control puede provocar un daño imprevisto. Para Victor, la curiosidad científica amenaza la integridad de su familia y afecta su capacidad para interactuar con la naturaleza y establecer relaciones.
El lector tiene que preguntarse si la historia podría haberse desarrollado de otra forma si Victor se hubiera comportado con más responsabilidad. ¿Y si hubiera previsto la fuerza bruta de su creación y decidido no crearla, o hubiera cambiado sus planes de manera que la criatura fuera menos poderosa y aterradora? En lugar de abandonar a la criatura, ¿no podría haber recuperado su papel paternal esforzándose para asegurar una feliz existencia a la criatura? Mary no nos cuenta qué debería haber hecho Victor; ese es el trabajo de reflexión que nos corresponde a nosotros, los lectores.

Mary Shelley comprendió el exilio social. Se alejó de la red social de Inglaterra —en realidad, se fugó— a los dieciséis años con un hombre casado, Percy Bysshe Shelley, y tuvo dos hijos con él antes de que finalmente se casaran. La vida de Shelley es un relato acerca de lo adyacente posible de la pertenencia, y Frankenstein es un relato sobre lo adyacente posible de las catástrofes encantadoramente creíbles en una era de traumáticas sacudidas tecnológicas y desajustes masivos.
Alistando a los espiados para que se encarguen del espionaje. Tu dispositivo móvil, tus cuentas en redes sociales, tus búsquedas y tus posts en Facebook —esos jugosos, detallados y reveladores posts— contienen posiblemente cuanto la NSA quiere saber acerca de poblaciones enteras, y esas poblaciones pagan la cuenta de esa recolección de información.
Frankenstein nos avisa sobre un mundo en el que la tecnología controla a la gente en lugar de a la inversa. Victor tiene opciones que puede tomar sobre lo que hace con la tecnología, y toma las decisiones equivocadas una y otra vez. Pero la tecnología no controla a las personas: las personas usan la tecnología para controlar a otras personas.
Lo adyacente posible hizo que Facebook fuera inevitable, pero las opciones individuales de tecnólogos y emprendedores convirtieron Facebook en una fuerza para la vigilancia masiva. Dejar de lado a Facebook no es una opción personal sino social, una decisión que afrontas solo al coste de tu vida social y tu capacidad para mantenerte en contacto con la gente que quieres.
Los adyacentes posibles del mundo te permitirán soñar con muchas tecnologías a lo largo de tu vida. Pero lo que hagas con ellas puede limitar limitar las posibilidades de otra gente. La decisión de usar una tecnología ampliamente adoptada nunca está por completo en tus manos, pero ¿y la decisión de crearla y de cómo hacerlo?
Eso sí depende de ti.

Frankenstein es un poco como el elefante de la parábola india, al que todos los ciegos que lo tocan ven como algo diferente según palpen el tronco, la cola o la piel. Quienes leen la novela de Mary Shelley, ven muchas cosas radicalmente distintas. Los casi cincuenta millones de menciones en Google de la palabra Frankenstein superan las de Macbeth, lo que da una idea de la popularidad y la perdurabilidad de este texto. Aquí nos preguntamos qué nos explica el relato sobre las concepciones de la naturaleza humana y cómo esas concepciones han cambiado en el transcurso del tiempo.
Como otros intelectuales a principios del siglo XIX, Mary Wollstonecraft Shelley vivió a la sombra de Aristóteles. El período que posteriormente se denominaría revolución científica (que abarcó aproximadamente los siglos XVI y XVIII) intentó sustituir partes de la filosofía natural aristotélica con el materialismo, el empirismo y la experimentación. El materialismo subrayaba la importancia de pensar en términos de lo material y de las funciones de la materia en movimiento como causa de lo que sucede en el mundo, incluida la vida. Los materialistas rechazaban, por ejemplo, la idea de que hubiera una fuerza vital especial y mantenían que los organismos vivos están hechos de materia que cambia con el paso del tiempo. Por el contrario, los vitalistas sostenían que existe una especie de fuerza vital que hace que las cosas cobren vida, que se necesita esa fuerza vital para que algo se convierta en un organismo vivo y no sea un trozo de barro o de otro material. Mediante estos nuevos marcos explicativos, la gente empezó a explorar el mundo viviente y a preguntarse qué hace que exista la vida en primer lugar y luego posibilita que esta perdure en lugar de morir.
Sin embargo, tal vez nos corresponde a nosotros ahondar un poco más en la naturaleza de la presunta monstruosidad de esta criatura. Aunque físicamente aberrante, está formada con partes humanas y, por tanto, dotada de cierto carácter humano, al menos en el sentido material. Y aunque la gente con la que se encuentra retrocede ante su apariencia física, su figura es reconocible como la de un hombre antes que como otra cosa. En este sentido, tiene la esencia o «naturaleza» de un humano.
¿Y qué puede decirse del «alma» racional o las facultades intelectuales de la criatura, que también incluyen las emociones y sensaciones? ¿Son sus defectos en este sentido los que la convierten en monstruo? Hay otra posibilidad evidente. Muestra comportamientos que desafían la sensibilidad moral de sus contemporáneos: violencia, venganza y asesinato. Pero esos actos también los comete mucha gente a quienes no se aplicaría la etiqueta de monstruo.
Para indagar un poco más profundamente en la naturaleza monstruosa de la creación de Victor, volvamos por un momento a Aristóteles. Recordad que a medida que se despliega la generación, las cuatro causas interactúan para dar lugar a un organismo plenamente consumado de un tipo particular. Es decir una persona es una persona y tiene la naturaleza de ser humano en concreto solo debido al proceso de desarrollo.
En la época de Mary se creía que la desviación del proceso de desarrollo normal creaba monstruos. Por ejemplo, a principios del siglo XIX, Johann Friedrich Meckel (1781-1833) se pasó la mayor parte de su carrera buscando y describiendo aberraciones embriológicas. Para Meckel, estas monstruosidades podían explicarse a partir del desarrollo interrumpido. Se reconocían por sus desviaciones de las normas del desarrollo (es decir, su no sujeción a las normas del tipo humano). Más aún, estos monstruos, según Meckel, desvelaban frenos del desarrollo en los que el embrión o feto se quedaba atascado en una fase que representaba a un organismo inferior en el reino animal (Meckel era un defensor de la idea de que el desarrollo es una manifestación de la historia evolutiva mucho antes de que Ernst Haeckel [1834-1919] planteara su famosa teoría de la recapitulación).
Las teorías de la desviación del tipo normal y de los procesos de desarrollo alterados fueron asumidas avanzado el siglo XIX por científicos que buscaban explicar tanto el desarrollo como la evolución. Por ejemplo, Edward Drinker Cope (1840-1897) y Henry Fairfield Osborn (1857-1935) comprendieron que había tipos de dientes que los organismos podían cambiar a lo largo de la evolución. Este cambio, según Cope y Osborn, se debía a cambios en la trayectoria de desarrollo del organismo (Barnes 2014). En este último contexto, los tipos y el cambio entre ellos se relacionaron no tanto con los monstruos como con la evolución.

Lo potencial no es lo mismo que lo existente. Es lo existente lo que cuenta. La criatura no es un humano dado que no se ha desarrollado plenamente. Incluso dos siglos después, Victor y su criatura no-humana nos ayudan a hacernos una idea y comprender la naturaleza humana.
Como la criatura tiene aspecto de monstruo, es tratada como tal, pese a su benevolencia inicial, y así acaba convertida en uno. Como Victor tiene aspecto de ángel, es tratado como tal pese a ser un monstruo, y no llega a crecer ni a cambiar. La gran tragedia de su vida es que si simplemente se hubiera planteado las implicaciones morales de su trabajo y hubiera optado por un curso diferente, o si hubiera aceptado su propia obligación de cuidar a su creación desde el principio y la hubiera criado —si, dicho de otro modo, se hubiera comportado como un científico responsable—, todas las tragedias de las que se considera culpable se habrían evitado (y él habría recibido los elogios que tanto deseaba).
Como Frankenstein demuestra al final, un hijo sin cuidados maternales, como un experimento científico que se realiza sin consideración de sus resultados probables o incluso involuntarios y que cambia radicalmente el orden natural, puede convertirse en un monstruo, alguien capaz de destruir a su creador. La novela defiende, implícitamente, una ciencia que busca comprender más que cambiar el funcionamiento de la madre naturaleza. De ahí que la novela de Mary todavía despierte ecos con fuerza en los problemas éticos inherentes a los avances más recientes en genética: la introducción de ingeniería de la línea germinal mediante técnicas CRISPR-Cas9 de alteración del ADN y la actual posibilidad científica de producir aquello con lo que soñaba Victor Frankenstein, un «bebé de diseñador», un superhombre. Al mismo tiempo, la novela ilustra vívidamente las aterradoras ramificaciones y las consecuencias involuntarias de este tipo de tentativas de «mejorar» la especie humana.

Technical sweetness. Los científicos e ingenieros utilizan esta expresión cuando una solución a un rompecabezas se da por sí sola, cuando todas las piezas encajan perfecta y funcionalmente, cuando el éxito en la iniciativa concreta se presenta en un todo bien ordenado. La dulzura técnica es tentadora, absorbente y, como podemos ver en la historia de Victor Frankenstein, potencialmente cegadora a lo que puede seguirse de la solución buscada. Puede que los científicos movidos por la dulzura técnica no vean lo que sería obvio para quienes mantienen un poco más las distancias: que, pese al atractivo de algunos proyectos, no siempre es deseable llevarlos hasta el final.
Cuando Victor descubre el secreto de la vida, está tan abrumado por su éxito que no lo comparte con sus colegas y, en cambio, acelera su investigación para hacer una prueba completa de su idea: ¿puede animar un cuerpo desprovisto de vida?.

Libros sobre la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/12/cervantes-y-lope-vidas-paralelas-mary-shelley-cervantes-lope-literary-lives-by-mary-shelley-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/30/mary-shelley-su-vida-su-ficcion-sus-monstruos-anne-k-mellor-mary-shelley-her-life-her-fiction-her-monsters-by-anne-k-mellor/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/07/fantasmagoriana-percy-bysshe-shelley-mary-wollstonecraft-shelley-lord-byron-fantasmagoriana-by-percy-bysshe-shelley-mary-wollstonecraft-shelley-lord-byron/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/22/frankenstein-edicion-anotada-para-cientificos-creadores-y-curiosos-en-general-mary-shelley-frankenstein-annotated-for-scientists-engineers-and-creators-of-all-kinds-by-mary-shelley/

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Shelley’s classic just started its third hundred years in print. It started as a group amusement when a vacation day was weathered out, but has become one of the most enduring and evocative of our cultural icons. This heavily annotated version helps to explain the mythic richness of that master-work.
Seemingly dozens of different scholars added their thoughts to this volume, in footnotes or appendices. Many added historical context I would not have understood otherwise, many explored more deeply the themes of responsibility and compassion. Some few, however, I found one-dimensional (like the feminist afterword) or simply misguided. A footnote pp176-177, for example, states that .”… scientists selfishly [italicized] pursue knowledge for its own sake …” and that, without direct application to human good, “… science would become nothing but hobbyism.”
According to chemist Isaac Asimov, “The most exciting phrase to hear in science, the one that heralds new discoveries, is not ‘Eureka!’ but ‘That’s funny…’ “. Fleming’s discovery of penicillin came from a “That’s funny’ moment about a spoiled experiment. Roentgen discovered X-rays because of another happy accident, leading him to dig deeper into what just happened. General relativity was not developed to keep accurate time in GPS satellites; it arose more as a ‘selfish’ pursuit somewhat akin to abstract art. Einstein also described stimulated emission of radiation, a theoretical oddity that later spawned lasers – which the commentator held up as a shining example (pardon the phrase) of applied science. I could go on, but I hope readers think harder about pure research than this commentator did.
Although emotionally over-wrought at times (The Creature studied Young Werther early on, and came away with the worst that book has to offer), Shelley showed startling prescience in many ways. Pacemakers, EEG, many other features of medicine take it for granted. Likewise, Frankenstein’s decision not to create a breeding pair reflects today’s concerns about biological hazards.
On the whole, I found (again) Shelley’s work magnificent, and freshly rewarding to a new reading. The commentary, though often helpful, didn’t rise to the original’s level, though.

Frankenstein was most often compared with Oppenheimer and the atomic bomb. But the bomb is rather straightforward. I think the creators of that knew what they had, they just were not clear how powerful it was but they knew it’d blow things up. It was marvelously simple in its application.
More interesting inventions are not as straightforward. The computer. Who knew? Radio and television. The iPhone. Facebook. Google search engines. Was there any way those who contributed to these inventions would know how they would be used and the impact they would have on our society? And like Frankenstein, will we have any idea of the applications and implications of designer biology? For now we seem only to care that such technology is worth a lot of money.
I struggled through the book. Both the story and the annotations. One was not interesting enough to offset the other. I suppose too it should be read by everyone because it is such a classic, though this annotated version really fails to bring forth any really interesting observations about the book or even quite surprisingly, science.
The other aspect of Frankenstein is the glaring possibility that he was intentionally written as a homosexual. Certainly he had no interest in his long-waiting fiance and a much greater love for the company of Henry Clerval, yet this seemed unobserved by our annotators and never brought up as a possible motivation for Frankenstein’s constant running from convention. Director James Whale had placed homosexual innuendo throughout the classic 1931 movie version of the book and I wonder if he had not intentionally picked Frankenstein as his subject because of this, to him, obvious but hardly addressed fact.

Frankenstein is far from being an unscientific creed, and scientists and engineers should not fear it. The target of Mary’s literary idea is not so much the content of Victor’s science as his way of putting it into practice. That target is the same in much of science fiction — a genre that Mary certainly helped invent — especially in the subgenre that takes a dystopian turn. We can choose to focus on the warning nature of the story or look at the part that continues to inspire students who believe they can do better as creative and responsible thinkers, creators, researchers, and citizens.
Since Mary’s time, science and technology have become more dominant in society.
Who says what are the problems or great challenges that we must tackle? Who says how we solve them (or if we solve them forever or are satisfied with a fix)? Who is going to participate in those benefits? The same people that we endanger with our attempts to solve the problems in question?
Those and many other questions are part of Mary Shelley’s perennial legacy of Frankenstein.

Frankenstein presents us with a world full of shadows, darkness and terror: we often read these three words and their variants in Frankenstein’s text; we find the visual version of the three words in the hundreds of adaptations of the novel to the screen and the stage, often with the figure of the screwed neck monster by Boris Karloff, and we feel firsthand the shadows, the darkness and the terror when we read the numerous information on cloning, genetic engineering, frankenfoods, and the recently exhumed frankenvirus.
Once Victor destroys the female creature, it is inevitable that the creature will in turn destroy Elizabeth and Clerval; in fact, the novel “ends” the night Victor builds his creature, and the rest of the plot simply sets the literary tone and externalizes Victor’s self-destructive acts when he excludes the love of his heart and, in the form of his monstrous self, Kills Elizabeth and Clerval in what could be construed as suicide.
The main plot on which the interest of this story depends is exempt from the shortcomings of a simple tale of ghosts and enchantments. The appeal lies in the situations that unfold in it; and, although it is impossible as a physical fact, it offers a point of view to the imagination to outline human passions in a more comprehensive and informed way than any other that presents a habitual account of real events.

One of the complex issues running through Mary Shelley’s Frankenstein is responsibility. In a direct way —even didactic—, the novel narrates the devastating consequences for an inventor and for those who love his absolute inability to foresee the damage that can be caused by runaway and uncontrolled scientific curiosity. The novel not only explores Victor Frankenstein’s responsibility for the destruction caused by his creation, but also examines his responsibility to her. The creature is a new being, with emotions, desires and dreams that, as it does not take long to understand, cannot be satisfied by humans, who disgust its appearance and terrify its brute force. So she goes to Victor, praying first and demanding later, that he create a female companion with whom he can know peace and love. As Victor intellectually and practically faces the implications of being responsible for and toward the creature, he also experiences responsibility as a devastating emotional and physical state. In this way, Mary Shelley poses a third aspect of responsibility: its consequences on the self.
The word responsibility is a name defined either as a duty to care for something or someone or as the situation of being the cause of a certain effect. The word is known to everyone. In fact, we organize our daily lives based on our notions of responsibility, whether we refer to the duties we have to take care of others – for example, children.
In a direct way, Victor is the cause of the monster’s existence. He builds it, freely and with the hope – indeed, with the intention – that it come to life. This creation is not an accident. Although many factors can be argued against an attribution of responsibility – including compulsion and deception.
As the story progresses, Victor’s emotional reactions to bringing the creature to life — disgust and horror — are corroborated by his actions. Victor learns that his creation has murdered his younger brother William, whose death is then attributed to a family friend, Justine. But Victor knows the truth. And he also knows that he would be involved in the execution of the accused if she is convicted, as she is already in the murder of her brother: “The result of my curiosity and my illegal experiments were the cause of the death of two of my loved ones” .
As the book nears its conclusion, Victor lies dying on Walton’s ship. The explorer and the reader have no doubts about what has killed him. When the creature boards the ship and sees Victor, who has just died, he declares himself responsible for his death: “This is also my victim,” he exclaims. I, who killed you because I killed those you loved most … “(see” I entered the cabin … “). But it is not only the loss of his family and friends that destroys Victor, but also the guilt and remorse derived from being the one who so naively created the creature and gave him life.

In Frankenstein, Mary Shelley explores at least three aspects of responsibility: that of Victor for the criminal acts committed by his creation and the threat that the creature’s existence poses to his family, friends and, Victor fears, the entire world; his responsibility for his creation, his well-being and happiness; and the consequences of this burdensome responsibility for Victor both physically and emotionally.
The play is a gothic horror novel: the plot is fantastic; the landscape, dramatic, and the hero, condemned. But it is also a cautionary tale, with a serious message about the social responsibility of scientists and engineers. Mary conveys the concern that uncontrolled scientific enthusiasm can cause unforeseen harm. For Victor, scientific curiosity threatens the integrity of his family and affects his ability to interact with nature and establish relationships.
The reader has to wonder if the story could have been developed differently if Victor had behaved more responsibly. What if he had foreseen the brute force of his creation and decided not to create it, or had he changed his plans so that the creature was less powerful and terrifying? Instead of abandoning the creature, could he not have regained his parental role by striving to secure the creature’s happy existence? Mary does not tell us what Victor should have done; that is the work of reflection that corresponds to us, the readers.

Mary Shelley understood social exile. She was estranged from England’s social network – she actually eloped – at sixteen with a married man, Percy Bysshe Shelley, and had two children with him before they were finally married. Shelley’s life is a tale of the adjacency possible of belonging, and Frankenstein is a tale of the adjacency possible of charmingly credible catastrophes in an era of traumatic technological upheavals and massive misalignments.
Enlisting spies to take over the espionage. Your mobile device, your social media accounts, your searches and your Facebook posts — those juicy, detailed and revealing posts — possibly contain what the NSA wants to know about entire populations, and those populations pay the bill for that information collection.
Frankenstein warns us about a world where technology controls people rather than vice versa. Victor has choices he can make about what he does with technology, and he makes the wrong decisions over and over again. But technology does not control people: people use technology to control other people.
The adjacent possible made Facebook inevitable, but the individual choices of technologists and entrepreneurs made Facebook a force for mass surveillance. Leaving Facebook aside is not a personal but a social option, a decision that you face only at the cost of your social life and your ability to keep in touch with the people you love.
The possible neighbors of the world will allow you to dream of many technologies throughout your life. But what you do with them may limit limiting other people’s possibilities. The decision to use a widely adopted technology is never entirely in your hands, but what about the decision to create it and how to do it?
That does depend on you.

Frankenstein is a bit like the elephant in the Indian parable, whom all blind people who touch him see as something different depending on whether they feel the trunk, the tail or the skin. Those who read the Mary Shelley novel see many radically different things. The almost fifty million mentions in Google of the word Frankenstein surpass those of Macbeth, which gives an idea of the popularity and the durability of this text. Here we ask ourselves what the account tells us about the conceptions of human nature and how those conceptions have changed over time.
Like other intellectuals in the early 1800s, Mary Wollstonecraft Shelley lived in the shadow of Aristotle. The period that would later be called the scientific revolution (which spanned roughly the 16th and 18th centuries) attempted to replace parts of Aristotelian natural philosophy with materialism, empiricism, and experimentation. Materialism stressed the importance of thinking in terms of the material and the functions of matter in motion as the cause of what happens in the world, including life. Materialists rejected, for example, the idea that there was a special life force, and maintained that living organisms are made of matter that changes over time. Rather, the vitalists argued that there is a kind of life force that makes things come alive, that life force is needed for something to become a living organism and not to be a lump of mud or other material. Through these new explanatory frameworks, people began to explore the living world and wonder what makes life exist in the first place and then enable it to endure rather than die.
However, perhaps it behooves us to delve a little deeper into the nature of this creature’s alleged monstrosity. Although physically aberrant, it is made up of human parts and, therefore, endowed with a certain human character, at least in the material sense. And although the people he meets recoils from his physical appearance, his figure is recognizable as that of a man rather than anything else. In this sense, it has the essence or “nature” of a human.
And what about the rational “soul” or the creature’s intellectual faculties, which also include emotions and sensations? Is it her flaws in this sense that make her a monster? There is another obvious possibility. He exhibits behaviors that challenge the moral sensibilities of his contemporaries: violence, revenge, and murder. But those acts are also committed by many people to whom the monster label would not apply.
To delve a little deeper into the monstrous nature of Victor’s creation, let us return for a moment to Aristotle. Remember that as generation unfolds, the four causes interact to give rise to a fully consummate organism of a particular type. In other words, a person is a person and has the nature of being a human being specifically only due to the development process.
In Mary’s time it was believed that deviating from the normal development process created monsters. For example, in the early 1800s, Johann Friedrich Meckel (1781-1833) spent most of his career searching for and describing embryological aberrations. For Meckel, these monstrosities could be explained from interrupted development. They were recognized for their deviations from the norms of development (that is, their non-subjection to human-type norms). Furthermore, these monsters, according to Meckel, revealed developmental brakes in which the embryo or fetus got stuck in a phase representing an inferior organism in the animal kingdom (Meckel was an advocate of the idea that development is a manifestation of evolutionary history long before Ernst Haeckel [1834-1919] raised his famous theory of recapitulation).
Theories of deviation from the normal type and of altered developmental processes were assumed late in the 19th century by scientists seeking to explain both development and evolution. For example, Edward Drinker Cope (1840-1897) and Henry Fairfield Osborn (1857-1935) understood that there were types of teeth that organisms could change throughout evolution. This change, according to Cope and Osborn, was due to changes in the organism’s development trajectory (Barnes 2014). In this latter context, types and the change between them related not so much to monsters as to evolution.

The potential is not the same as the existent. It is what exists that counts. The creature is not a human since it has not fully developed. Even two centuries later, Victor and his non-human creature help us get an idea and understand human nature.
As the creature looks like a monster, it is treated as such, despite its initial benevolence, and thus ends up becoming one. As Victor has the appearance of an angel, he is treated as such despite being a monster, and does not grow or change. The great tragedy of his life is that if he had simply considered the moral implications of his work and opted for a different course, or if he had accepted his own obligation to care for his creation from the beginning and raised it — yes, said otherwise, he would have behaved like a responsible scientist – all the tragedies he is guilty of would have been avoided (and he would have received the accolades he so desired).
As Frankenstein shows in the end, a child without maternal care, like a scientific experiment that is carried out without regard to its probable or even involuntary results and that radically changes the natural order, can become a monster, someone capable of destroying its creator. The novel implicitly defends a science that seeks to understand rather than change the way Mother Nature works. Hence Mary’s novel still strongly echoes the ethical problems inherent in the latest advances in genetics: the introduction of germline engineering using CRISPR-Cas9 DNA alteration techniques and the current scientific possibility of producing that. what Victor Frankenstein dreamed of, a “designer baby,” a superman. At the same time, the novel vividly illustrates the terrifying ramifications and unintended consequences of such attempts to “improve” the human species.

Technical sweetness. Scientists and engineers use this expression when a solution to a puzzle occurs on its own, when all the pieces fit together perfectly and functionally, when the success of the concrete initiative is presented in a well-ordered whole. Technical sweetness is tantalizing, engrossing, and, as we can see from the Victor Frankenstein story, potentially blinding to what can follow from the desired solution. Scientists driven by technical gentleness may not see what would be obvious to those who keep their distance a little longer: that, despite the attractiveness of some projects, it is not always desirable to carry them to the end.
When Victor discovers the secret of life, he is so overwhelmed by its success that he does not share it with his colleagues and, instead, accelerates his research to make a complete test of his idea: can he encourage a body devoid of life?.

Books about author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/12/cervantes-y-lope-vidas-paralelas-mary-shelley-cervantes-lope-literary-lives-by-mary-shelley-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/30/mary-shelley-su-vida-su-ficcion-sus-monstruos-anne-k-mellor-mary-shelley-her-life-her-fiction-her-monsters-by-anne-k-mellor/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/07/fantasmagoriana-percy-bysshe-shelley-mary-wollstonecraft-shelley-lord-byron-fantasmagoriana-by-percy-bysshe-shelley-mary-wollstonecraft-shelley-lord-byron/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/22/frankenstein-edicion-anotada-para-cientificos-creadores-y-curiosos-en-general-mary-shelley-frankenstein-annotated-for-scientists-engineers-and-creators-of-all-kinds-by-mary-shelley/

10 pensamientos en “Frankenstein. Edición Anotada Para Científicos Creadores Y Curiosos En General — Mary Shelley / Frankenstein: Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds by Mary Shelley

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