Contra Los Zombis: Economía, Política Y La Lucha Por Un Futuro Mejor — Paul Krugman / Arguing With Zombies: Economics, Politics, And The Fight For A Better Future by Paul Krugman

Esta es una muy buena colección de ensayos, publicaciones de blog y artículos que cubren esencialmente dos décadas de temas, aunque también se incluyen un par de obras fundamentales de principios de los 90. El economista ganador del premio Nobel Paul Krugman muestra una amplitud y profundidad de trabajo que incluye investigación económica y polémicas de políticas públicas. El objetivo de este volumen es tratar con un elemento de discurso posterior a la verdad en el que las ideas y nociones que han sido sistemáticamente desacreditadas, o más claramente, nunca han tenido ni una pizca de verdad o hecho para apoyarlas, sin embargo, siguen apareciendo la misma forma o shabbily reeditada. Por lo tanto, se convierten en “ideas de zombis” que se infectan y terminan comiendo los cerebros de sus anfitriones.
Ahora, si ha sido seguidor de su trabajo en el New York Times por un tiempo, muchos de estos artículos le serán familiares, aunque debo decir que fue refrescante ver qué tan bien habían envejecido. También aprecio que él no sea alguien que participe en la retrospectiva de 2020, un término que este año suena especialmente cierto, y es honesto con respecto a dónde faltaban predicciones o previsiones. A pesar de que fue uno de los tantos que Cassandras advirtió sobre la burbuja inmobiliaria, como la mayoría de los demás, también estaba ciego ante la fragilidad de la economía ante la explosión de la burbuja en 2007-08.
Aunque los artículos en sí no son nuevos, él incluye algunas páginas de ensayos al comienzo de cada sección que son nuevas y reflejan cómo cambió su pensamiento o cómo se desarrollaron los eventos en relación con sus obras desde su publicación. Estas secciones son: Ahorro de la Seguridad Social, El camino hacia Obamacare, El ataque contra Obamacare, Bubble and Bust, Gestión de crisis, La crisis en economía, Austeridad, El euro, Falsificaciones fiscales, Recortes de impuestos, Guerras comerciales, Desigualdad, Conservadores, ¡Socialismo!, clima, Trump, en los medios y filosofía de conclusión en forma de pensamientos económicos.
Escrito en una prosa muy clara y agradable mientras que al mismo tiempo maneja un bisturí fino para diseccionar temas complicados, Krugman es un columnista, polemista y economista singular y estoy seguro de que incluso los lectores casuales de él disfrutarán de esta colección.

Krugman, un liberal sangrante que es, no puede soportar ver. Entonces él le quita el ganado a Cheney. Cheney, sorprendido, saca la escopeta que siempre guarda cerca. Desaparecido, el disparo de Cheney rebota en un mamparo, golpea un charco de petróleo cercano y se prende fuego. Cuando Cheney se arroja del barco al mar, Krugman mira al hombre responsable del diluvio de noticias falsas en el mundo de hoy.
En un sorprendente giro de los acontecimientos. Descubrimos que este hombre es Roger Ailes, encerrado desde que Murdoch fingió su muerte en 2017. Krugman, con el tema Misión Imposible, rescata a Ailes. Desafortunadamente, Ailes ha estado retenido durante tanto tiempo, en condiciones tan depravadas, que apenas llega a la orilla. Cuando el yate explota detrás de ellos, Ailes susurra un código para cerrar Fox News para siempre al oído de Krugman. Sabiendo que ha hecho todo lo posible para equilibrar su karma, Ailes fallece, iluminado por el resplandor de un barco en llamas.
Lamentablemente, este libro no es fan-fic post apocalíptico como ese. O de otro tipo donde Sarah Palin y su prole son los últimos sobrevivientes que quedan después de una purga inspirada en la fiesta del té. Encerrado en una fortaleza de Alaska con un puñado de expertos políticos, a salvo de la masa de zombis de Coronavirus porque no tienen una corteza prefrontal deliciosa o procesos cognitivos superiores, solo cerebelos fibrosos resistentes. Pueden estar muertos, pero incluso los zombis odian comer fibra.
No, irónicamente, este libro es una colección de artículos e ideas renovados ya escritos por el Sr. Krugman para el New York Times. Seguí esperando a los zombis, pero lamentablemente parece que fue solo un eslogan concisa. Principalmente me gusta Krugman, y soy respetuoso con su conocimiento económico, pero me siento frustrado por el hecho de que pagué por algo que podría haber buscado en Google.
Si, como yo, te inclinas liberalmente, probablemente te gustará este libro. Se lee como una buena dosis de sesgo de confirmación mezclado con la suficiente superioridad intelectual para ayudarlo a sentirse satisfecho de sus puntos de vista. Sin embargo, el problema más profundo (además de la decepcionante falta de zombis) es que este libro parece mostrar cuán inteligente es Krugman, con sus frases ingeniosas y el rechazo de otros puntos de vista, en lugar de tratar de educar al lector. Me encontré asintiendo, pero después de leer, no me siento mucho más educado.

Krugman hace un recorrido por hitos importantes de la macroeconomia, principalmente, pero no únicamente, de los Estados Unidos. Aporta su punto de vista, critico y fundamentado, sobre las soluciones de las distintas administraciones americanas (sean demócratas o republicanas) a problemas como el sistema sanitario o el sistema impositivo. El compromiso de Krugman con las propuestas keynesianas de los demócratas es palmario. Las críticas a las soluciones republicanas, y en particular a la administración de Trump, son apabullantes.

La más persistente de estas ideas zombis es la insistencia en que gravar a los ricos es sumamente destructivo para la economía en su conjunto y que las rebajas fiscales a las rentas altas producirá un crecimiento económico milagroso. Esta doctrina sigue fracasando en la práctica, pero se ha ido afianzando cada vez más en el Partido Republicano.
Hay otras ideas zombis. Si se quiere un estado con una fiscalidad baja y pocas prestaciones, se debe afirmar que los programas de protección social son perjudiciales e inviables, de modo que han de dedicarse muchos esfuerzos a insistir en que es imposible proporcionar una cobertura sanitaria universal, aun cuando todos los países avanzados menos Estados Unidos lo han conseguido de una u otra manera.
Esa es la idea. Sin embargo, aunque es fácil entender la politización del análisis de la tributación y el gasto, ¿por qué se extiende a ámbitos que no coinciden tan obviamente con los intereses de clase? Si los multimillonarios también necesitan que el planeta sea habitable, ¿por qué se ha convertido la urgencia climática en un asunto de izquierda-derecha? Si las recesiones afectan negativamente a todo el mundo, ¿por qué se oponen los conservadores a la impresión de moneda para combatir las crisis? ¿Y por qué están las actitudes raciales tan estrechamente relacionadas con las posiciones sobre la tributación y el gasto?
Buena parte de la respuesta es que los actores políticos creen, con razón en mi opinión, que existe una especie de efecto de halo que vincula todas las formas de activismo gubernamental. Si los ciudadanos se convencen de que necesitamos una política pública para reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero, se vuelven más receptivos a la idea de que necesitamos políticas públicas para reducir la desigualdad. Si se convencen de que la política monetaria puede combatir las recesiones, es más probable que apoyen políticas que amplíen el acceso a la asistencia sanitaria.
Sí, se habla mucho de Donald Trump, pero yo veo en Trump no tanto una ruptura respecto al pasado, como la culminación de adónde nos ha estado llevando el movimiento conservador durante décadas.

La imagen de George W. Bush ha mejorado a posteriori; la gente lo considera, acertadamente, mejor que Donald Trump y olvida las atrocidades cometidas durante su mandato. Ante todo, llevó a la guerra a Estados Unidos con pretextos falsos y centenares de miles de personas murieron como consecuencia. Ver cómo los votantes recompensaban esta vileza no fue algo agradable.
Además, había muchos comentaristas que no veían las elecciones únicamente como un acontecimiento aislado, sino como el presagio de un liderazgo conservador permanente.
Bush y compañía no solo no comprendieron lo apreciada que es la Seguridad Social entre los votantes en general. También confiaron demasiado en el consenso de las élites.
El informe anual del Consejo de Administración de la Seguridad Social revela un sistema que goza de bastante buena salud financiera. De hecho, bastaría con pequeñas inyecciones de fondos para mantener el nivel actual de beneficios durante al menos los próximos setenta y cinco años. Otros informes, sin embargo, parecen describir un sistema con graves problemas financieros. Por ejemplo, un estudio del Tesoro de 2002, citado el martes en The New York Times, afirma que la Seguridad Social y Medicare tienen un descubierto de 44 billones de dólares. ¿Cuál es la verdad?
He aquí una pista: aunque incluso políticos de derechas insisten en público en que quieren salvar la Seguridad Social, los ideólogos que influyen en sus opiniones están deseando tener una excusa para desmantelar el sistema.
Aunque se suele relacionar a Medicare con la Seguridad Social, es un programa diferente que afronta problemas diferentes. El aumento previsto de los gastos de Medicare está impulsado principalmente no por la demografía, sino por el coste creciente de la atención médica, lo que, a su vez, refleja los avances médicos que permite tratar una mayor variedad de enfermedades.
El mayor riesgo al que se enfrenta ahora la Seguridad Social es político. ¿Utilizarán quienes odian el sistema tácticas para asustar y cálculos confusos para derribarlo?
Después de que Alan Greenspan pidiera recortes de las prestaciones de la Seguridad Social, miembros republicanos del Congreso declararon que la respuesta era crear cuentas de jubilación privadas. Es asombroso que sigan pregonando este elixir milagroso; y más increíble aún que los periodistas continúen dejando que se salgan con la suya.
En Gran Bretaña, que tiene un sistema privatizado desde los tiempos de Margaret Thatcher, la alarma por las elevadas comisiones que cobran algunas sociedades de inversión llevó a los organismos reguladores del gobierno a imponer un «tope». Aun así, las comisiones continúan llevándose una buena parte de los ahorros para la jubilación de los británicos.
Lo que ocurrió en el período transcurrido entre 2005 y 2008 fue que los expertos en políticas progresistas y los políticos coincidieron en una segunda mejor solución: mantener la cobertura sufragada por el empleador, pero confiar en una combinación de normas y subsidios para extender la cobertura a los no asegurados.
De ahí surgió la Ley de Atención Sanitaria Asequible, también conocida como el Obamacare. Las columnas de esta sección documentan cómo evolucionó el debate, cómo fue el plan y lo que sucedió cuando el Obamacare entró en vigor.

Un intento de socavar el Obamacare atacando sus disposiciones, de forma que no se retirara el seguro médico a las personas de manera demasiado obvia, pero conseguir uno fuera más difícil, más caro o ambas cosas. Esto fue posible gracias a la serie de compromisos alcanzados por los demócratas para lograr que se aprobara la reforma sanitaria: como la Ley de Atención Sanitaria Asequible es un sistema híbrido público-privado, en lugar de un simple programa de seguro gubernamental, tiene varias piezas móviles y no resulta demasiado difícil arrojar arena a los engranajes.
Lo que ocurrió con esta campaña de sabotaje fue que no benefició directamente a nadie: los ricos siguieron teniendo que pagar los mismos impuestos. Por tanto, como en el caso del rechazo a la ampliación de Medicaid, se trataba simplemente de perjudicar a los beneficiarios de la ley y, en algunos casos, costó más dinero que dejar la ley intacta.
La buena noticia era que los arquitectos del Obamacare eran mejores constructores de lo que muchos habíamos pensado, entre los que me incluyo. La ley no era inmune al sabotaje, pero demostró ser más sólida de lo que muchos habían temido.

Entre 1985 y 2007 se estableció una falsa paz en el campo de la macroeconomía. No ha habido ninguna convergencia real de puntos de vista entre las facciones de agua salada y agua dulce. Pero estos fueron los años de la Gran Moderación, un período prolongado durante el cual la inflación estuvo controlada y las recesiones eran relativamente suaves. Los economistas de agua salada creían que la Reserva Federal tenía todo bajo control. Los economistas de agua dulce no creían que las acciones de la Reserva Federal fueran realmente beneficiosas, pero estaban dispuestos a dejar las cosas como estaban.
La crisis puso término a esta falsa paz. De repente, las políticas estrechas y tecnocráticas que ambas partes estaban dispuestas a aceptar ya no eran suficientes, y la necesidad de una respuesta política más amplia dejó al descubierto los viejos conflictos de modo más agudos que nunca.
La economía, como disciplina, se ha visto en dificultades debido a que los economistas fueron seducidos por la visión de un sistema de mercado perfecto y sin fricciones. Si la profesión ha de redimirse a sí misma tendrá que reconciliarse con una visión menos seductora, la de una economía de mercado que tiene unas cuantas virtudes pero que está también saturada de defectos y de tensiones.
La buena noticia es que no tenemos que empezar de cero. Incluso durante el período de apogeo de la economía de los mercados perfectos se llevaron a cabo muchos trabajos sobre las formas en que la economía real se desviaba del ideal teórico. Lo que probablemente va a suceder ahora, y de hecho ya está sucediendo, es que la economía de los defectos y fricciones se trasladará de la periferia del análisis económico a su centro.

España es el plato principal.
Lo sorprendente de España, desde una perspectiva estadounidense, es cuánto su historia económica nos recuerda a la nuestra. Como Estados Unidos, España experimentó una gran burbuja inmobiliaria, acompañada de un enorme aumento en la deuda del sector privado. Como Estados Unidos, España cayó en recesión cuando estalló la burbuja, y ha experimentado un aumento del desempleo. Y como Estados Unidos, España ha visto su déficit presupuestario inflarse gracias al desplome de los ingresos y los gastos relacionados con la recesión.
Pero a diferencia de EE.UU., España está al borde de una crisis de deuda. El gobierno de EE.UU. no está teniendo problemas para financiar su déficit, con tipos de interés sobre la deuda federal a largo plazo de menos del 3%. España, por el contrario, ha visto dispararse el coste de sus préstamos las últimas semanas, debido a los crecientes temores de un impago futuro.
¿Por qué tiene España tantos problemas? En una palabra, por el euro.
España fue uno de los países que con más entusiasmo adoptó el euro allá en 1999, cuando la moneda fue introducida. Y por un tiempo, las cosas parecían ir viento en popa: los fondos europeos llegaron a España, potenciando el gasto del sector privado, y la economía española experimentó un rápido crecimiento.
A lo largo de los años buenos, por cierto, el gobierno español aparecía como un modelo tanto de la responsabilidad fiscal como de la financiera: a diferencia de Grecia, logró superávits presupuestarios; y a diferencia de Irlanda, se esforzó (aunque con solo un éxito parcial) en regular sus bancos. A finales de 2007 la deuda pública de España, en porcentaje a su economía, era aproximadamente la mitad que la de Alemania, e incluso ahora los bancos españoles no están ni de lejos en el mal estado de los irlandeses.
Pero los problemas se estaban desarrollando bajo la superficie. Durante el boom, los precios y los salarios crecieron más rápidamente en España que en el resto de Europa, ayudando a alimentar a un gran déficit comercial. Y cuando estalló la burbuja, la industria española se quedó con unos costes que la hicieron poco competitiva frente a otras naciones.
Lo que significa todo esto para España son perspectivas económicas muy pobres para los próximos años. La recuperación de Estados Unidos ha sido decepcionante, especialmente en términos de empleo, pero al menos hemos visto un cierto crecimiento, con el PIB real recuperando más o menos su punto más alto antes de la crisis, y podemos esperar razonablemente que el crecimiento futuro ayude a poner nuestro déficit bajo control. España, por el contrario, no se ha recuperado en absoluto. Y la falta de recuperación se traduce en temores sobre el futuro financiero de España.
¿Debe España tratar de salir de esta trampa dejando el euro y restableciendo su propia moneda? ¿Lo hará? La respuesta a ambas preguntas es: probablemente no. España estaría mejor ahora si nunca hubiera adoptado el euro, pero tratar de dejarlo crearía una enorme crisis bancaria, ya que los depositantes se apresurarían a trasladar su dinero a otra parte.

La cuestión sobre la distribución de la renta es un tema sin duda importante. Nadie sabe realmente todas las razones por las que los ingresos en la parte superior se han disparado, mientras que los ingresos en la parte baja se han hundido. Aún menos existe un consenso sobre qué tipos de políticas podrían limitar o revertir estas tendencias. Sin embargo, parece que muchos conservadores no solo no quieren hablar sobre el tema, sino que simplemente prefieren no afrontar la realidad y vivir en un mundo de fantasía en el que la década de 1980 resultó ser como se suponía que debía ser, no como realmente fue.
De modo que deberíamos rechazar el intento de desviar la conversación desde la desigualdad cada vez más acusada hasta los defectos morales de los estadounidenses que se están quedando rezagados. Los valores tradicionales no son tan esenciales como a los conservadores sociales les gustaría hacernos creer y, en cualquier caso, los cambios sociales que se están produciendo en la clase trabajadora de EE.UU. son en su mayoría la consecuencia, no la causa, del drástico auge de la desigualdad.

El negacionismo climático nunca ha tenido mucho que ver ni con la lógica ni con las pruebas; como dije, los que niegan el cambio climático claramente debaten de mala fe. En realidad, no creen en lo que están diciendo. Solo buscan excusas que permitan a gente como los hermanos Koch seguir haciendo dinero. Además, los liberales quieren reducir las emisiones y el conservadurismo moderno intenta principalmente burlarse de los liberales.
Una forma de abordar lo que está ocurriendo aquí es pensar que estamos ante el mejor ejemplo de la corrupción trumpiana: tenemos buenas razones para creer que Trump y sus compinches están vendiendo a Estados Unidos para obtener beneficios personales. Sin embargo, tratándose del clima, no solo están vendiendo a Estados Unidos, están vendiendo al mundo entero.
No hace falta decir que el gobierno de Donald Trump está profundamente en contra de la ciencia. De hecho, está en contra de la realidad objetiva. Sin embargo, su control del gobierno sigue siendo limitado: no se extendió lo suficiente para evitar que se diera a conocer la más reciente Evaluación Nacional del Clima, que detalla los impactos actuales y futuros esperados del calentamiento global en Estados Unidos.
Digámoslo con claridad: aunque Donald Trump sea un excelente ejemplo de la inmoralidad del negacionismo climático, este es un tema en el que todo su partido se fue al lado oscuro hace años. Los republicanos no solo tienen ideas malas; a estas alturas, son, necesariamente, malas personas.
Trump claramente tiene los mismos instintos que los dictadores extranjeros a los que tan abiertamente admira. Exige que los funcionarios públicos sean leales a su persona, no al pueblo estadounidense. Amenaza a los opositores políticos con venganzas —dos años después de la última elección, todavía lidera el coro que pide «Enciérrenla»—, ataca a los medios de comunicación por ser los enemigos del pueblo.
A eso hay que añadir que las investigaciones sobre los diversos escándalos de Trump se ciernen sobre él con mayor fuerza, desde el fraude fiscal hasta su aprovechamiento del cargo para hacer negocios, así como su probable connivencia con Rusia, lo que en conjunto le da todos los incentivos para restringir la libertad de prensa y la independencia del poder judicial. ¿Alguien duda de que a Trump le gustaría ser plenamente autoritario si pudiera?
¿Quién lo va a detener? ¿Los senadores que repiten las teorías conspirativas sobre los manifestantes pagados por Soros? ¿La recién amañada Corte Suprema? Si algo hemos aprendido en las semanas pasadas es que no hay ninguna brecha entre Trump y su partido; nadie pedirá que se detenga en nombre de los valores estadounidenses.
Padecemos de la misma enfermedad —el nacionalismo blanco descontrolado— que ya ha matado de manera eficaz a la democracia en otras naciones occidentales. Además, estamos cerca, muy cerca del punto de no retorno.

Después de las elecciones de 2016, cuando la gente se preguntaba cómo había podido suceder algo semejante, se habló mucho del papel de las «noticias falsas», teorías de la conspiración y afirmaciones sin fundamento divulgadas a través de las redes sociales. Por ejemplo, el Pizzagate —la acusación, basada en nada, de que altos cargos demócratas estaban conectados a una red pedófila en la que estaba implicada una pizzería de Washington—, se difundió ampliamente por internet, lo que derivó, entre otras cosas, en amenazas de muerte a los propietarios del restaurante.
Este tipo de afirmaciones falsas han favorecido abrumadoramente a Donald Trump. Sin embargo, con los tiempos que corren, Trump y sus seguidores no tardaron en apropiarse de la expresión «noticias falsas» para referirse a cualquier información, por muy fidedigna que fuera, que transmitiera una mala imagen de la administración Trump. Y mucha gente lo ha creído: el número de personas que se fía de los principales medios de comunicación ha disminuido considerablemente, debido sobre todo al hundimiento de la confianza entre los republicanos.

Ocho años después del lanzamiento de bitcoin, las criptomonedas han tenido muy pocas incursiones en el comercio real. Algunas firmas las aceptan como pago, pero mi sensación es que esto se trata más de un «postureo.
Y lo mismo se puede decir, en gran medida, del dinero en efectivo. Si bien las transacciones en efectivo son comunes, representan solo una fracción pequeña y decreciente del valor de las compras. Sin embargo, las tenencias de efectivo en dólares han aumentado como parte del Producto Interior Bruto desde la década de 1980, un crecimiento que se explica en su totalidad por billetes de 50 y 100 dólares.
Ahora, los billetes de alta denominación no se usan regularmente para pagos. De hecho, muchas tiendas no los aceptan. Entonces, ¿para qué es todo ese efectivo? Todos conocemos la respuesta: evasión de impuestos, actividades ilícitas, etc.
Claramente, las criptomonedas están, en efecto, compitiendo por algunos de los mismos negocios: muy pocas personas están usando bitcoin para pagar sus cuentas, pero algunas lo están usando para comprar drogas, subvertir las elecciones, etc. Y los ejemplos tanto de billetes de oro como de billetes de grandes denominaciones sugieren que este tipo de demanda podría respaldar un gran valor de estos activos. Entonces, ¿esto significa que las criptomonedas, incluso si no es la tecnología transformadora que sus partidarios afirman, puede no ser una burbuja?
Bueno, aquí es donde entra en juego el anclaje o, más precisamente, su ausencia en la criptomonedas.
Las criptomonedas, por el contrario, no tienen protección ni se conectan con la economía real. Su valor depende por completo de las expectativas autocumplidas, lo que significa que el colapso total es una posibilidad real. Si los especuladores tuvieran un momento colectivo de duda, de repente, temiendo que los bitcoins no valieran nada, bueno, los bitcoins directamente perderían su valor.
¿Eso sucederá? Creo que es más probable que sí a que no, en parte debido a la brecha entre la retórica mesiánica de la criptografía y las posibilidades reales mucho más mundanas. Es decir, podría haber un equilibrio potencial en el cual el bitcoin (aunque probablemente no otras criptomonedas) siga siendo utilizado principalmente para las transacciones del mercado negro y la evasión de impuestos, pero ese equilibrio, si existe, no será muy estable. Una vez que el sueño de un futuro de blockchain monetario muera, la desilusión probablemente derribará todo.
Y por eso soy un criptoescéptico. ¿Podría estar equivocado? Por supuesto. Pero si quiere argumentar que estoy equivocado, responda esta pregunta: ¿qué problema resuelve la criptomoneda?…

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/29/acabad-ya-con-esta-crisis-paul-robin-krugman/

https://weedjee.wordpress.com/2018/06/11/vendiendo-prosperidad-sensatez-e-insensatez-economica-en-una-era-de-expectativas-limitadas-paul-krugman-peddling-prosperity-economic-sense-and-nonsense-in-an-age-of-diminished-expectatio/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/21/contra-los-zombis-economia-politica-y-la-lucha-por-un-futuro-mejor-paul-krugman-arguing-with-zombies-economics-politics-and-the-fight-for-a-better-future-by-paul-krugman/

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This is a very fine collection of essays, blog posts, and articles covering essentially two decades worth of issues, though there are also a couple of foundational works from the early 90’s included as well. Nobel prize winning economist Paul Krugman displays a breadth and depth of work that includes economic research and public policy polemics. The focus of this volume is dealing with an element of post-truth speak in which ideas and notions that have been consistently and thoroughly debunked, or more plainly, have never had an ounce of truth or fact to support them, nevertheless keep reappearing in either the same or shabbily re-edited form. Thus, they become, “zombie ideas,” that fester and end up eating the brains of their host(s).
Now, if you have been a follower of his work in the New York Times for a while, many of these articles will be familiar to you, though I must say it was refreshing to see how well many of them had aged. I also appreciate that he isn’t one to engage in 2020-hindsightery, a term that this year especially rings true, and is honest with where prediction or foresight was lacking. Even though he was one of many Cassandras warning of the housing bubble, like most others he was also blind to just how fragile the economy was to that bubble bursting in 2007-08.
Though the articles themselves are not new, he does include a few pages of essay at the start of each section that are new and reflect on how his thinking changed or how events unfolded in relation to his works since their publication. These sections are: Saving Social Security, The Road to Obamacare, The Attack on Obamacare, Bubble and Bust, Crisis Management, The Crisis in Economics, Austerity, The Euro, Fiscal Phonies, Tax Cuts, Trade Wars, Inequality, Conservatives, Eek! Socialism!, Climate, Trump, On the Media, and concluding philosophy in the form of Economic Thoughts.
Written in very clear and enjoyable prose while at the same time wielding a fine scalpel for dissecting complicated issues, Krugman is a singular columnist, polemicist, and economist and I’m certain even casual readers of his will enjoy this collection.

Krugman, bleeding heart liberal he is, can’t stand to watch. So he wrestles the cattle prod from Cheney. Cheney, surprised, pulls out the shotgun he always keeps nearby. Missing wildly, Cheney’s shot ricochets off a bulkhead, strikes a puddle of nearby oil and sets himself aflame. As Cheney throws himself from the ship into the sea, Krugman looks back at the man who is responsible for the deluge of fake news in today’s world.
In a stunning twist of events. We find out that this man is Roger Ailes, locked away since Murdoch faked his death in 2017. Krugman, with the Mission Impossible theme playing, rescues Ailes. Unfortunately, Ailes has been held for so long, in such depraved conditions, that he barely makes it to shore. As the yacht explodes behind them, Ailes whispers a code to shut down Fox News forever into Krugman’s ear. Knowing he has done all he can to balance his karma, Ailes passes away, illuminated by the glow of a burning ship.
Sadly, this book is not post apocalyptic fan-fic like that. Or of another sort where Sarah Palin and her brood are the last remaining survivors after a tea party inspired purge. Holed up in an Alaskan fortress with a handful of political pundits, safe from the shambling mass of Coronavirus zombies because they have no delicious pre-frontal cortex, or higher cognitive processes, only tough fibrous cerebellums. They may be dead, but even zombies hate eating fiber.
No, ironically, this book is a collection of rehashed articles and ideas already written by Mr. Krugman for the New York Times. I kept waiting for the zombies, but sadly it seems like that was just a pithy tagline. I mostly like Krugman, and am deferential to his economic knowledge, but I feel frustrated by the fact that I paid for something I could have googled.
If, like me, you lean liberal, you will probably like this book. It reads like a hearty dose of confirmation bias mixed with just enough intellectual superiority to help you feel smug about your viewpoints. However the deeper problem (besides the disappointing lack of zombies) is that this book a lot of it seems to show how smart Krugman is, with his clever phrases and hand waving dismissal of other viewpoints, instead of trying to educate the reader. I found myself nodding along, but after reading, I don’t feel that much more educated.

Krugman takes a tour of important milestones in macroeconomics, primarily, but not only, in the United States. He contributes his point of view, critical and well-founded, on the solutions of the different American administrations (be they Democratic or Republican) to problems such as the health system or the tax system. Krugman’s commitment to the Keynesian proposals of the Democrats is clear. The criticism of the Republican solutions, and in particular of the Trump administration, are overwhelming.

The most persistent of these zombie ideas is the insistence that taxing the wealthy is highly destructive to the economy as a whole and that tax breaks on high incomes will produce miraculous economic growth. This doctrine continues to fail in practice, but has become increasingly entrenched in the Republican Party.
There are other zombie ideas. If you want a state with low taxation and few benefits, it must be affirmed that social protection programs are harmful and unfeasible, so much effort must be devoted to insisting that it is impossible to provide universal health coverage, even when all advanced countries except the United States have succeeded in one way or another.
That’s the idea. However, although it is easy to understand the politicization of the analysis of taxation and spending, why does it extend to areas that do not coincide so obviously with class interests? If billionaires also need the planet to be habitable, why has climate urgency become a left-right issue? If recessions negatively affect everyone, why are conservatives opposed to currency printing to combat crises? And why are racial attitudes so closely related to positions on taxation and spending?
Much of the answer is that political actors believe, rightly in my opinion, that there is a kind of halo effect that links all forms of government activism. If citizens are convinced that we need public policy to reduce greenhouse gas emissions, they become more receptive to the idea that we need public policy to reduce inequality. If they are convinced that monetary policy can combat recessions, they are more likely to support policies that expand access to healthcare.
Yes, there is a lot of talk about Donald Trump, but I see Trump not so much a break from the past, as the culmination of where the conservative movement has been leading us for decades.

The image of George W. Bush has improved afterwards; People rightly consider him better than Donald Trump and forget the atrocities committed during his tenure. Above all, it led the United States to war on false pretenses, and hundreds of thousands of people died as a result. Seeing how voters rewarded this vileness was not a pleasant thing.
Furthermore, there were many commentators who viewed the election not only as an isolated event, but as the harbinger of permanent conservative leadership.
Bush and company not only failed to understand how appreciated Social Security is among voters in general. They also relied too much on the consensus of the elites.
The annual report of the Social Security Administration Council reveals a system that is in fairly good financial health. In fact, small injections of funds would suffice to maintain the current level of benefits for at least the next seventy-five years. Other reports, however, seem to describe a system with serious financial problems. For example, a 2002 Treasury study, cited Tuesday in The New York Times, claims that Social Security and Medicare are overdrawn at $ 44 trillion. What is the truth?
Here’s a hint: Although even right-wing politicians publicly insist they want to save Social Security, the ideologues who influence their opinions are wishing they had an excuse to dismantle the system.
Although Medicare is often linked to Social Security, it is a different program that faces different problems. The projected increase in Medicare spending is driven primarily not by demographics, but by the rising cost of health care, which, in turn, reflects medical advances in treating a greater variety of diseases.
The greatest risk Social Security now faces is political. Will those who hate the system use scare tactics and confusing calculations to bring it down?
After Alan Greenspan called for cuts in Social Security benefits, Republican members of Congress stated that the answer was to create private retirement accounts. It is amazing that they continue to proclaim this miraculous elixir; and even more incredible that journalists continue to let them get away with it.
In Britain, which has had a system privatized since the days of Margaret Thatcher, the alarm at the high fees charged by some investment companies led government regulators to impose a “cap”. Still, the commissions continue to take away a good chunk of British retirement savings.
What happened in the period between 2005 and 2008 was that progressive policy experts and politicians agreed on a second best solution: keep employer-paid coverage, but rely on a combination of rules and subsidies to extend coverage to the uninsured.
Hence, the Affordable Healthcare Act, also known as Obamacare, arose. The columns in this section document how the debate evolved, what the plan was like, and what happened when Obamacare went into effect.

An attempt to undermine Obamacare by attacking its provisions so that health insurance would not be taken away from people too obviously, but getting one would be more difficult, more expensive, or both. This was possible thanks to the series of commitments reached by the Democrats to get the health reform approved: as the Affordable Health Care Act is a public-private hybrid system, instead of a simple government insurance program, it has several pieces mobile and it is not too difficult to throw sand on the gears.
What happened with this sabotage campaign was that it did not directly benefit anyone: the wealthy continued to have to pay the same taxes. Therefore, as in the case of the rejection of Medicaid expansion, it was simply a matter of harming the beneficiaries of the law and, in some cases, it cost more money than leaving the law intact.
The good news was that Obamacare architects were better builders than many of us had thought, including myself. The law was not immune to sabotage, but it proved to be stronger than many had feared.

Between 1985 and 2007 a false peace was established in the field of macroeconomics. There has been no real convergence of views between the saltwater and freshwater factions. But these were the years of the Great Moderation, a prolonged period during which inflation was controlled and recessions were relatively mild. Saltwater economists believed that the Federal Reserve had everything under control. Freshwater economists did not believe that the actions of the Federal Reserve were really beneficial, but they were willing to leave things as they were.
The crisis put an end to this false peace. Suddenly, the narrow and technocratic policies that both sides were willing to accept were no longer enough, and the need for a broader political response exposed the old conflicts more acutely than ever.
The economy as a discipline has been struggling because economists were seduced by the vision of a perfect, frictionless market system. If the profession is to redeem itself it will have to be reconciled with a less seductive vision, that of a market economy that has a few virtues but is also saturated with flaws and tensions.
The good news is that we don’t have to start from scratch. Even during the heyday of the perfect-market economy, much work was done on the ways in which the real economy deviated from the theoretical ideal. What is likely to happen now, and is in fact already happening, is that the economy of flaws and frictions will shift from the periphery of economic analysis to its center.

Spain is the main dish.
The surprising thing about Spain, from an American perspective, is how much its economic history reminds us of ours. Like the United States, Spain experienced a large housing bubble, accompanied by a huge increase in private sector debt. Like the United States, Spain fell into recession when the bubble burst, and has seen rising unemployment. And like the United States, Spain has seen its budget deficit inflate thanks to the slump in recession-related income and spending.
But unlike the US, Spain is on the brink of a debt crisis. The US government it is not having trouble financing its deficit, with interest rates on long-term federal debt of less than 3%. Spain, by contrast, has seen the cost of its loans soar in recent weeks, due to growing fears of a future default.
Why is Spain having so many problems? In a word, for the euro.
Spain was one of the countries that most enthusiastically adopted the euro back in 1999, when the currency was introduced. And for a time, things seemed to be going from strength to strength: European funds came to Spain, boosting private sector spending, and the Spanish economy experienced rapid growth.
Throughout the good years, by the way, the Spanish government appeared as a model of both fiscal and financial responsibility: unlike Greece, it achieved budget surpluses; and unlike Ireland, it strove (albeit with only partial success) to regulate its banks. At the end of 2007, Spain’s public debt, as a percentage of its economy, was approximately half that of Germany, and even now Spanish banks are not anywhere near in the bad state of the Irish.
But the problems were developing below the surface. During the boom, prices and wages grew faster in Spain than in the rest of Europe, helping to fuel a large trade deficit. And when the bubble burst, Spanish industry was left with costs that made it uncompetitive against other nations.
What all this means for Spain are very poor economic prospects for the coming years. The US recovery has been disappointing, especially in terms of employment, but at least we have seen some growth, with real GDP recovering more or less from its pre-crisis peak, and we can reasonably expect future growth to help. to put our deficit under control. Spain, by contrast, has not recovered at all. And the lack of recovery translates into fears about the financial future of Spain.
Should Spain try to get out of this trap by leaving the euro and reestablishing its own currency? It will? The answer to both questions is: probably not. Spain would be better off now if it had never adopted the euro, but trying to leave it would create a huge banking crisis, as depositors would be quick to move their money elsewhere.

The question of income distribution is undoubtedly an important topic. No one really knows all the reasons why earnings at the top have skyrocketed, while revenue at the bottom has plunged. Still less is there a consensus on what types of policies could limit or reverse these trends. However, it seems that many conservatives not only don’t want to talk about it, they just prefer not to face reality and live in a fantasy world where the 1980s turned out to be as it was supposed to be, not as it really was. was.
So we should reject the attempt to divert the conversation from the ever-increasing inequality to the moral shortcomings of Americans who are lagging behind. Traditional values are not as essential as social conservatives would like us to believe and, in any case, the social changes taking place in the US working class. they are mostly the consequence, not the cause, of the dramatic rise in inequality.

Climate denialism has never had much to do with either logic or evidence; As I said, those who deny climate change clearly debate in bad faith. They don’t really believe what they are saying. They are just looking for excuses that allow people like the Koch brothers to keep making money. Also, the liberals want to cut emissions, and modern conservatism mainly tries to make fun of the liberals.
One way to approach what is happening here is to think that we are facing the best example of Trump corruption: we have good reason to believe that Trump and his cronies are selling to the United States for personal benefits. However, when it comes to the weather, they are not only selling to the United States, they are selling to the entire world.
It goes without saying that the Donald Trump government is profoundly against science. In fact, it is against objective reality. However, its government control remains limited: it was not extended enough to prevent the latest National Climate Assessment, which details the current and expected future impacts of global warming in the United States, from being released.
Let’s be clear: Although Donald Trump is an excellent example of the immorality of climate denialism, this is an issue where his entire party went to the dark side years ago. Republicans don’t just have bad ideas; by now they are necessarily bad people.
Trump clearly has the same instincts as the foreign dictators he so openly admires. It requires that public officials be loyal to themselves, not to the American people. He threatens political opponents with revenge – two years after the last election, he still leads the choir that calls for ‘Lock her up’ – he attacks the media for being the enemies of the people.
To this we must add that the investigations into the various Trump scandals are looming over him, from tax fraud to taking advantage of the position to do business, as well as his probable collusion with Russia, which together gives him all incentives to restrict press freedom and the independence of the judiciary. Does anyone doubt that Trump would like to be fully authoritarian if he could?
Who is going to stop him? Senators who repeat conspiracy theories about protesters paid by Soros? The newly rigged Supreme Court? If we have learned anything in the past weeks it is that there is no gap between Trump and his party; No one will ask to stop in the name of American values.
We suffer from the same disease – uncontrolled white nationalism – that has already effectively killed democracy in other Western nations. Also, we are close, very close to the point of no return.

After the 2016 election, when people wondered how such a thing could have happened, there was a lot of talk about the role of ‘fake news’, conspiracy theories, and unsubstantiated claims spread through social media. For example, the Pizzagate – the allegation, based on nothing, that senior Democratic officials were connected to a pedophile network involving a Washington pizzeria – spread widely over the internet, leading, among other things, to death threats to restaurant owners.
These kinds of false claims have overwhelmingly favored Donald Trump. However, with the current times, Trump and his followers did not take long to appropriate the expression “false news” to refer to any information, however trustworthy, that conveyed a bad image of the Trump administration. And many people have believed it: the number of people who trust the mainstream media has decreased considerably, mainly due to the collapse of confidence among Republicans.

Eight years after the launch of bitcoin, cryptocurrencies have had very few forays into real trading. Some firms accept them as payment, but my feeling is that this is more of a ‘bid.
And the same is true, to a large extent, of cash. While cash transactions are common, they represent only a small, decreasing fraction of the value of purchases. However, dollar cash holdings have increased as part of Gross Domestic Product since the 1980s, a growth that is explained entirely by $ 50 and $ 100 bills.
Now, high-denomination banknotes are not regularly used for payments. In fact, many stores do not accept them. So what’s all that cash for? We all know the answer: tax evasion, illegal activities, etc.
Clearly, cryptocurrencies are, in effect, competing for some of the same businesses: very few people are using bitcoin to pay their bills, but some are using it to buy drugs, subvert elections, etc. And the examples of both gold notes and large denomination notes suggest that this type of demand could support a high value of these assets. So does this mean that cryptocurrencies, even if it’s not the transformative technology its supporters claim, may not be a bubble?
Well, this is where the anchor comes into play or, more precisely, its absence in cryptocurrencies.
Cryptocurrencies, by contrast, have no protection nor are they connected to the real economy. Its value depends entirely on self-fulfilling expectations, which means that total collapse is a real possibility. If speculators had a collective moment of doubt, suddenly, fearing that bitcoins were worth nothing, well, bitcoins would directly lose their value.
Will that happen? I think it is more likely that yes than no, in part because of the gap between the messianic rhetoric of crypto and the much more mundane real possibilities. That is, there could be a potential balance in which bitcoin (although probably not other cryptocurrencies) continues to be used primarily for black market transactions and tax evasion, but that balance, if it exists, will not be very stable. Once the dream of a monetary blockchain future dies, disappointment will likely bring everything down.
And that’s why I’m a cryptoskeptic. I could be wrong? Of course. But if you want to argue that I’m wrong, answer this question: what problem does the cryptocurrency solve? …

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/29/acabad-ya-con-esta-crisis-paul-robin-krugman/

https://weedjee.wordpress.com/2018/06/11/vendiendo-prosperidad-sensatez-e-insensatez-economica-en-una-era-de-expectativas-limitadas-paul-krugman-peddling-prosperity-economic-sense-and-nonsense-in-an-age-of-diminished-expectatio/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/21/contra-los-zombis-economia-politica-y-la-lucha-por-un-futuro-mejor-paul-krugman-arguing-with-zombies-economics-politics-and-the-fight-for-a-better-future-by-paul-krugman/

7 pensamientos en “Contra Los Zombis: Economía, Política Y La Lucha Por Un Futuro Mejor — Paul Krugman / Arguing With Zombies: Economics, Politics, And The Fight For A Better Future by Paul Krugman

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