Los Viajes Más Increíbles. Maravillas De La Navegación Animal — David Barrie / Incredible Journeys: Exploring The Wonders Of Animal Navigation by David Barrie

Un buen libro. Para responder a esto, Barrie analiza diferentes especies de animales, como mariposas, abejas, peces, pájaros, hormigas y escarabajos, y analiza en detalle las complejas formas en que cada uno aborda los desafíos de navegación. Ya sea una migración de largo alcance, o el ataque de una hormiga roja contra un agujero negro de hormigas a pocos metros de distancia, la observación y la memoria parecen ser tan importantes en el mundo animal como lo es para los humanos.
La estructura para supernavegadores se configura en navegación basada en mapas y no en mapas, y Barrie aborda cómo los humanos que cambian la relación con el mundo debido a los rápidos avances tecnológicos están afectando nuestras habilidades de navegación innatas. Afirma que la “visión artificial” todavía está en su infancia, y aunque el GPS es una herramienta conveniente, todavía no puede competir con el mapa mental y la memoria visual de un humano que ha evolucionado durante miles de años.
No estaba seguro de qué esperar con este texto, definitivamente es un poco seco en algunos lugares y no es un libro que alentaría a muchas familias a usar para leer en voz alta, pero hay muy información interesante que puede destacarse y usarse en lecciones para una variedad de temas y temas.
Una adición más notable que me gustaría señalar es que Barrie usa su conclusión para referirse al tema del herbicida glifosato y cómo debilita las habilidades de navegación en animales y elimina poblaciones enteras de nuestros polinizadores más esenciales. La pérdida de hábitat y el cambio climático son las mayores amenazas actuales para los animales (y los humanos) y tenemos la responsabilidad de hacer lo correcto por ellos, ya que hemos creado estos problemas. Al tomarse el tiempo para aprender más acerca de estos animales y ver cuán conectados estamos todos entre nosotros, hacemos de la tarea de proteger nuestro planeta y todo lo que prospera aquí una prioridad esencial e inmediata.

El texto principal se divide en tres partes que se subdividen en capítulos. Cada capítulo es bastante corto y, en términos generales, tiene un aspecto, o uno o dos animales para discutir. Los capítulos terminan con un párrafo en cursiva sobre un aspecto desconcertante de la navegación animal que aún no se ha resuelto. El lenguaje utilizado es accesible con poca jerga, también tiene una calidad encantadora y fascinante, lo que hace que las historias sean bastante convincentes. Está escrito para una audiencia general, por lo que no se necesitan conocimientos especializados, solo un entusiasmo por el mundo natural. Cuando se introduce un concepto científico, se explica de manera clara y breve, a veces con el uso de un diagrama simple. Leo el libro de principio a fin y hay una progresión lógica en la narración; pero es completamente posible entrar y salir al azar, un capítulo a la vez. Encontré las historias asombrosas y fascinantes en igual medida, la ciencia está bien investigada proporcionando una historia o contexto para el conocimiento de cada aspecto. También están bien referenciados (en una sección separada en la parte posterior) para aquellos a quienes les gustaría leer más sobre un aspecto en particular.
Disfruté muchísimo del libro, especialmente la amplia gama de animales explorados. Barrie describe los métodos de navegación de pequeñas criaturas como el moho, las babosas, las hormigas y las avispas excavadoras, a través de mariposas, ratas y pájaros, hasta las tortugas marinas y las ballenas. Es difícil elegir ejemplos favoritos, ya que cada uno fue fascinante a su manera. Uno que me llamó la atención es el Cascanueces (en la familia de los cuervos) que puede esconder 730,000 semillas en 6,000 lugares separados y recordar y volver a casi todas ellas. ¡El insulto “cerebro de pájaro” de repente parece un nombre inapropiado! Barrie ofrece una conclusión aleccionadora que toca las amenazas a la capacidad de navegación de los animales, incluidos los herbicidas, la pérdida de hábitat y la contaminación lumínica; y sus efectos dañinos más amplios en el planeta. Destaca la neurociencia de vanguardia que está allanando el camino (literalmente) para ayudar a la navegación de las personas con Alzheimer, y equilibra esto con las amenazas a la existencia de la humanidad a través del Antropocentrismo.

Debemos respetar a todos los animales y que, en consecuencia, debemos evitar a toda costa poner nuestras necesidades por delante de las suyas. Exactamente de qué modo decidimos qué experimentos con animales están justificados no es una cuestión sencilla, pero como mínimo deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de no infligir dolor. Para ser franco, no estoy para nada seguro de que sepamos lo bastante sobre animales como los crustáceos y los insectos como para confiar en nuestro juicio sobre estas cuestiones.

Las alas de esta mariposa pueden alcanzar diez centímetros de envergadura y tienen el aspecto de una vidriera modernista policromada. Unas delicadas venas negras se abren en abanico sobre un lienzo de color naranja brillante que relumbra como si el sol lo atravesara. Las líneas negras se unen en los márgenes con una franja negra más ancha que, como la cabeza del animal, está salpicada de lunares blancos como la nieve. Su aspecto se nos puede antojar chillón, pero su llamativo esquema de colores avisa a los depredadores que piensen en zampársela de que podrían cometer un grave error, pues podría estar repleta de venenos absorbidos del algodoncillo, la planta de la que se alimenta su oruga. Esta mariposa, que conoce bien cualquier norteamericano, es la monarca.
La pupa, de poco más de dos centímetros, era una obra primorosa del arte de la joyería. Con su armadura de jade, reposaba sobre un lecho de algodón cual emperador chino en miniatura a la espera de su renacimiento. Apenas podía discernir la forma de las alas y los segmentos de lo que algún día podría ser el cuerpo del insecto adulto. Una línea de puntitos metálicos dorados brillaba formando medio círculo alrededor de la parte más gruesa de la crisálida, salpicada aquí y allá por otros toques dorados. Era hermosa, a mis ojos más incluso que el espléndido adulto, pero también perturbadora, casi alienígena.
Las cubomedusas o avispas de mar, unos animales pequeños y transparentes que en la Australia tropical son tristemente famosos por su dolorosa picadura, no tienen cerebro, pero sí ojos, y no se limitan a dejarse llevar por la corriente, sino que nadan de forma activa y decidida en pos de sus presas. Curiosamente, poseen no menos de veinticuatro ojos de cuatro tipos distintos.
Aún más sorprendente es que algunos de ellos se orientan por medio de puntos de referencia por encima de la superficie del agua. Una especie concreta, común en los manglares del Caribe, posee un grupo de ojos que siempre apuntan hacia arriba, con independencia de la orientación del cuerpo del animal. Lo que que mantiene esta orientación son unos pesados cristales de yeso en el tejido que rodea cada uno de estos ojos especializados.

Todavía quedan unos pocos pueblos indígenas que no han abandonado sus habilidades tradicionales de orientación. Mientras que los pueblos marineros de las islas del Pacífico hacen un gran uso del Sol y las estrellas, los inuit de las regiones árticas se fían sobre todo de puntos de referencia terrestres para guiarse, por la sencilla razón de que no pueden contar con cielos despejados. En algunas áreas, como la costa de Groenlandia, no faltan imponentes elementos del paisaje que pueden apreciarse desde lejos: montañas, acantilados, glaciares y fiordos. En cambio, en regiones donde el paisaje es más uniforme, los inuit construyen sus propios puntos de referencia, a los que llaman inukshuks. Estos recuerdan figuras humanas y suelen colocarse en puntos altos con los brazos extendidos en dirección al refugio más cercano.
Lo mismo puede decirse de los aborígenes de las tierras que hoy llamamos Australia. Llegaron allí por mar hace unos 50.000 años y, al igual que los inuit, han desarrollado sofisticadas habilidades de orientación que se basan sobre todo en el uso de puntos de referencia en el paisaje, y pueden seguir largas rutas por tierras salvajes con la ayuda de largas y complejas canciones.
Estas canciones les permiten reconocer los elementos del paisaje que van encontrando a lo largo del camino al evocar imágenes míticas del «tiempo del Sueño».

Las abejas del sudor son nativas de América tropical y su poco atractivo nombre se debe a que les gusta lamer la transpiración humana. Mientras que las familiares abejas melíferas vuelan durante el día, las abejas del sudor solo salen al anochecer y al amanecer. Las hembras viven en la selva tropical lluviosa y hacen sus nidos en pequeños palos huecos escondidos entre la maleza. Cuando salen en expedición de caza, tienen que buscar el camino entre la densa vegetación (es posible que también puedan volar sobre el dosel arbóreo, pero nadie lo sabe con seguridad) y, a juzgar por el polen que recogen, pueden viajar al menos 300 metros.
La extraordinaria sensibilidad de los ojos compuestos de las abejas del sudor no basta para explicar cómo se las arreglan para orientarse y moverse tan bien en la más absoluta oscuridad. Hace falta algo más. La respuesta se encuentra en unas células especializadas de su cerebro que «suman» las señales que les llegan de los ojos. Estas señales les ayudan a sacar todo el partido del muy limitado flujo de información que les llega de su entorno. El vuelo de las abejas del sudor, lento en comparación con las abejas que son activas durante el día, también les da más tiempo para realizar este proceso de «adición». Warrant cree que las abejas del sudor podrían utilizar los tenuísimos patrones que crea el contraste entre el dosel arbóreo y el cielo nocturno como puntos de referencia que las guían de vuelta a su nido (como sabemos que hacen algunas hormigas de la selva lluviosa), aunque eso es algo que aún está por demostrar.
La gente tiende a menospreciar a los peces, y no solo porque vivamos en el aire por encima de ellos. Ante nuestra superficial mirada, parecen fríos, viscosos y francamente lerdos.
Los peces cuentan con varios sentidos, algunos de ellos extraños a nuestra experiencia. Su órgano sensorial de la línea lateral, una serie de poros sensibles a la presión situados a lo largo de sus costados, es muy sensible a los más leves movimientos del agua que los rodea. Es este sentido el que dota a los cardúmenes de peces de su extraordinaria habilidad para moverse al unísono.
La sardinita ciega mexicana aprovecha las ondas de presión generadas por su propio movimiento en el agua para detectar la presencia y localización de objetos en su entorno. Mientras nada en la oscuridad, percibe a través de su línea lateral el reflejo característico de esos objetos y aprende de este modo a seguir rutas con la ayuda de esos «puntos de referencia» líquidos.
En contra de lo que suele creerse, los murciélagos no son ciegos y muchos de ellos gozan de buena vista. Algunas especies migratorias viajan miles de kilómetros y, como es obvio, la capacidad de identificar puntos de referencia lejanos es de vital importancia para ellos.
Hace algunos años, unos científicos israelíes sacaron de su cueva a unos murciélagos frugívoros, los equiparon con dispositivos de seguimiento por GPS y los soltaron en un cráter del desierto a unos ochenta y cuatro kilómetros de distancia. A algunos de los murciélagos los soltaron en el fondo del cráter, y a otros a mayor altitud, en el borde del cráter. Aunque la localización del cráter no les era familiar, la mayoría de los murciélagos lograron encontrar el camino de vuelta a su cueva.

El descubrimiento de que las abejas podían detectar patrones de polarización en el cielo y que podían guiarse por ellos cuando el propio Sol no era visible supuso un gran avance, pero conocer el acimut solar no basta para que un animal mantenga un rumbo, al menos no durante mucho tiempo. De una manera u otra, tendrá que compensar el constante movimiento del Sol por el cielo, y eso implica contar el paso del tiempo. ¿Era posible que, encima de todos sus otros talentos extraordinarios, las abejas tuvieran también un reloj interno?
La primera pista llegó en 1929, pero su significado no se supo valorar entonces. Uno de los estudiantes de Von Frisch, Inge Beling, había descubierto que si alimentaba unas abejas durante varios días a la misma hora, en días posteriores comenzaban a aparecer en el lugar preciso a la hora precisa para ser alimentadas.

La hormiga del desierto vive en un ambiente extraordinariamente riguroso y a menudo tiene que soportar temperaturas tan altas que solo puede estar en el exterior durante breves periodos de tiempo. Esa es la razón de que tenga patas largas que mantienen su cuerpo alejado del suelo ardiente, además de permitirle correr muy deprisa; Wehner la ha descrito apropiadamente como «el caballo de carreras del mundo de los insectos». Hay una especie que incluso tiene el cuerpo recubierto de pelos de una forma especial que le permiten controlar su temperatura corporal. Su habilidad para encontrar la ruta más corta de vuelta al refugio de su nido es más que una cuestión de eficiencia: su propia vida depende de ello.
El cerebro de insectos tan variados como las hormigas del desierto, las moscas del vinagre, las mariposas, las abejas, las langostas y las cucarachas contiene dos estructuras que parecen ser de enorme importancia para la navegación. La conocida como «cuerpo pedunculado» almacena recuerdos a largo plazo basados en el olfato y la vista, en tanto que el «complejo central» controla el rumbo que sigue el animal, para lo cual en muchos casos utiliza los patrones de polarización de la luz del cielo. Como estas estructuras están tan ampliamente compartidas, se cree que deben de haber aparecido en un estadio muy temprano de la evolución. Exactamente de qué modo elige el animal adónde ir y cómo inicia los movimientos para conseguirlo es algo que todavía está envuelto en el misterio, pero las interacciones entre el cuerpo pedunculado y el complejo central parecen desempeñar un papel crucial en este proceso.

Los escarabajos peloteros no son los únicos artrópodos que se pueden guiar por la luz de la Luna. También lo hacen, al parecer, el noctuido de la acedera, una mariposa nocturna con alas posteriores de color amarillo intenso, y las pulgas de mar, unos pequeños crustáceos que viven a la orilla. Estos animales, emparentados con las cochinillas de humedad, están bien bautizados, puesto que su reacción natural para escapar consiste en saltar por el aire flexionando su caparazón. Quien alguna vez haya construido un castillo de arena, es posible que los haya conocido, aunque su abundancia se encuentra en descenso en muchos lugares.
No resulta evidente por qué razón un organismo tan pequeño y aparentemente primitivo como la pulga de mar habría de preocuparse por la posición de la Luna. La respuesta es que son muy quisquillosos con la humedad. Si se secan, mueren, pero si se sumergen en agua salada, se ahogan, así que constantemente tienen que moverse arriba y abajo de la orilla al compás de las mareas, y además tienen que poder encontrar el camino de vuelta a un buen rincón de arena húmeda después de pasar la noche moviéndose en busca de alimento.

La mariposa bogong nos ofrece un modelo ideal para explorar muchas de las preguntas que conciernen a lo más esencial de la navegación animal. La hipótesis inicial de Warrant era que la mariposa, igual que el escarabajo pelotero, realiza algún tipo de navegación astronómica. Sin embargo, a diferencia del escarabajo, que apenas se desplaza unos metros, la mariposa vuela toda la noche y puede tardar varios días, incluso semanas, en alcanzar su destino, dependiendo de los vientos. Por consiguiente, los puntos de referencia que utilice tienen que ser razonablemente estables. La estrella polar cumple con los requisitos, pero es invisible al sur del ecuador, y como la Luna, la Vía Láctea y las estrellas están en constante movimiento.

Solían oírse historias de mascotas de cría de aligátor que, tiradas por los váteres de Nueva York, sobrevivían y formaban colonias en el cálido inframundo del alcantarillado de la ciudad. Eso no parece muy plausible, pero en el sur de Florida sí hay mascotas exóticas escapadas que se han convertido en verdaderas plagas. En años recientes, las pitones de Birmania, que se cuentan entre las serpientes más grandes del mundo, han hecho su hogar en los pantanos subtropicales de los Everglades, donde tienen un impacto sobre la fauna silvestre autóctona. También han ampliado su área de distribución hasta los cayos de Florida.
Una de las maneras de controlar la expansión de animales invasores como estos consiste en moverlos lejos de los lugares donde causan problemas, pero primero hay que asegurarse de que se quedarán allí donde los llevemos…
Los científicos llevan mucho tiempo intentando averiguar qué papel desempeñan los mapas en la navegación animal, si es que desempeñan alguno, pues hasta hace poco tiempo la cuestión era muy confusa. El problema es realmente peliagudo, aunque la dificultad de generar resultados sólidos podría reflejar también el hecho de que se hayan estudiado tantas especies; al fin y al cabo, un estornino no se parece demasiado a una pardela. Pero la situación está cambiando. Durante los últimos diez años, más o menos, diversos experimentos han producido resultados convincentes (aunque aún no decisivos) que nos llevan a pensar que algunas aves pueden usar algún tipo de navegación con mapa y brújula.

¿Cómo logran los salmones, después de engordar con el abundante alimento del mar abierto, localizar los estuarios de los ríos donde nacieron, sobre todo cuando estos pueden hallarse a miles de kilómetros de distancia?
Una de las virtudes del campo geomagnético es su omnipresencia: no importa dónde se esté, si en tierra, en el aire o incluso bajo la superficie del mar, siempre puede detectarse si se dispone de los sensores adecuados. Como el salmón puede orientarse en campos magnéticos de la intensidad del de la Tierra,8 la idea de que el sistema de orientación transoceánica para regresar al río natal depende del geomagnetismo resulta atractiva. Pero, como es obvio, no resulta fácil realizar experimentos con peces que nadan en mar abierto.
Uno de los animales migratorios más misteriosos es la anguila europea. Estos extraordinarios peces tienen un ciclo de vida muy complejo que incluye no una, sino dos migraciones transoceánicas. Pero sus poblaciones han descendido drásticamente en tiempos recientes, y para conservarlas necesitamos entender mejor su comportamiento migratorio.
Las anguilas comienzan su vida en el mar de los Sargazos, una gran área oceánica en el sudoeste del Atlántico norte. El primer desafío al que se enfrentan las anguilas recién nacidas (los leptocéfalos) es el de entrar en la corriente del Golfo, que las llevará (igual que a las crías de tortuga boba) alrededor del giro del Atlántico Norte. Cuando alcanzan la plataforma continental europea, donde el agua es menos profunda y menos salada, se convierten en angula y buscan la manera de entrar en ríos y corrientes.
Se transforman entonces en anguilas amarillas, la forma adulta con la que pueden vivir hasta veinte años antes de que maduren sus órganos sexuales, lo cual desencadena su retorno a las áreas de reproducción en el mar de los Sargazos, que se encuentran a unos 5.000 kilómetros de distancia.

“Los elefantes nunca olvidan», o eso dicen, y el adagio popular podría tener cierta base.
Los elefantes de la sabana africana viajan a veces más de 100 kilómetros para encontrar agua o alimento, y tienen una gran habilidad para averiguar dónde se encuentran otros elefantes, aunque no estén a la vista. Con la ayuda de dispositivos de seguimiento, los investigadores han demostrado que poseen una «notable agudeza espacial». Cuando buscaban el camino a las charcas, partían en la dirección precisa, en una ocasión desde una distancia de casi 50 kilómetros. Más aún, casi siempre parecían elegir la charca más cercana. Los investigadores están convencidos de que los elefantes siempre saben exactamente dónde se encuentran en relación con todos los recursos que necesitan, y que por eso pueden tomar atajos además de las rutas más habituales.
Aunque todavía no sabemos de qué señales se sirven los elefantes para navegar a largas distancias, es posible que el olor desempeñe un papel.
Los elefantes son muy selectivos con la comida, pero hasta hace poco se sabía poco sobre cómo la elegían. Una posibilidad era que simplemente usasen la vista y probasen las plantas que encontraban, pero eso probablemente ocasionase una gran pérdida de tiempo y energía, entre otras cosas porque su vista no es demasiado buena.
Las sustancias volátiles que producen las plantas pueden ser acarreadas a largas distancias y son muy características: cada planta o árbol tiene su propia firma de olor. Además, permiten la detección aunque no sean visibles. Estudios recientes indican que los olores desempeñan un papel crucial como guía para llevar a los elefantes, y posiblemente otros herbívoros, hasta los mejores recursos alimenticios.

La mariposa monarca se encuentra en declive y los científicos que estudian su comportamiento migratorio nos ayudan a saber por qué. Entre las razones se encuentra la destrucción de los bosques de montaña en los que pasan el invierno y el uso generalizado de herbicidas de glifosato (como «Roundup») en las Grandes Llanuras de Estados Unidos, que matan las plantas de las que se alimentan las orugas. Si no se adoptan medidas para frenar estas amenazas, un acontecimiento anual que debe incluirse entre los fenómenos naturales más impresionantes quedará solamente en el recuerdo.
Sabemos que el glifosato debilita las capacidades de navegación de las abejas1 y que podría estar implicado también en su declive, un problema que supone una grave amenaza para la producción agrícola debido al papel esencial que desempeñan estos insectos como polinizadores. Los peligros asociados al uso de herbicidas deben extenderse casi con seguridad a muchas otras especies de insectos.
La pérdida de hábitat pone en peligro a innumerables animales, un riesgo especialmente agudo en el caso de las aves migratorias. La heroica aguja colipinta, por ejemplo, en su viaje de retorno desde Nueva Zelanda a Alaska, tiene que parar a recobrar fuerzas en las zonas húmedas de la costa de China, y como estas están desapareciendo a pasos agigantados, su supervivencia no está asegurada.
Sabemos que la contaminación lumínica supone una amenaza grave para muchos animales. Las luces artificiales atraen a las crías de tortuga y las desvían del camino al mar, y también confunden peligrosamente a muchas especies de aves e insectos. Tienen efectos desastrosos sobre los relojes internos que gobiernan el comportamiento de navegación de muchos animales.
Los humanos no pertenecemos a un orden distinto del ser: también somos animales, y somos el resultado de los mismos procesos evolutivos que han dado origen a bacterias, medusas, ciempiés, langostas, aves y elefantes. Lo que nos distingue es que nos encontramos en una posición desde la que podemos influir sobre el destino de cualquier otra especie del planeta, y que podemos elegir cómo hacerlo.
El antropocentrismo no solo debilita nuestra capacidad para responder de manera inteligente a los peligros a los que nos enfrentamos, sino que además nos da una excusa para tratar con desdén el mundo natural. El antropocentrismo es una fuerza destructiva y peligrosa que debemos superar si realmente queremos dar los pasos necesarios para limitar los daños que estamos causando al mundo en el que vivimos. Eso no será una tarea fácil, en no poca medida porque los seres humanos estamos lejos de ser animales completamente racionales. Todos estamos sujetos a poderosas presiones sociales y preferimos amoldarnos a aquellas cuyas opiniones nos importan. Tendemos a ignorar cualquier indicio que amenace nuestras creencias y nos aferramos a cualquiera que las refuerce, y a menudo saltamos a conclusiones antes de examinar a fondo toda la evidencia.

En conclusión. El sentido de sobrecogimiento que sentimos en presencia de la naturaleza es una fuerza misteriosa. En otro tiempo se tuvo por una señal segura de una presencia divina. Quizá ya no creamos en dioses, pero para florecer tendremos que aprender a respetar y cuidar el mundo en que vivimos y las extraordinarias criaturas con las cuales lo compartimos. Tenemos que fijar un nuevo rumbo.

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A good book. To answer this, Barrie looks at different animal species such as butterflies, bees, fish, birds, ants, and beetles, and discusses in detail the complex ways each approach navigational challenges. Be it long-range migration, or a red ant’s attack on a black ant hole a few yards away, observation and memory appear to be just as important in the animal world as it is to humans.
The structure for Supernavigators is set up in non-map vs map-based navigation and Barrie addresses how humans changing relationship with the world due to rapid technological advancements is affecting our innate navigational skills. He states that “machine vision” is still in its infancy, and while GPS is a convenient tool, it still cannot compete with a human’s mental map and visual memory that has evolved over thousands of years.
I was not sure what to expect with this text, it is definitely a bit dry in places and not a book that I would encourage many families to use for read-aloud time, but there is very interesting information that can be highlighted and used in lessons for a variety of subjects and themes.
A most noteworthy addition I would like to point out is that Barrie uses his conclusion to touch on the issue of the herbicide glyphosate and how it weakens navigational abilities in animals and wipes out entire populations of our most essential pollinators. Habitat loss and climate change are the current biggest threats to animals (and humans) and we have a responsibility to do what is right by them since we have created these problems. By taking the time to learn more about these animals and see how connected we all are to each other, we make the task of protecting our planet and all which thrives here an essential and immediate priority.

The main text is divided into three parts which are subdivided into chapters. Each chapter is quite short and broadly takes one aspect, or one or two animals to discuss. The chapters end with a paragraph in italics about a puzzling aspect of animal navigation which remains to be solved. The language used is accessible with little jargon, it also has an enchanting and fascinating quality to it, which makes the stories quite compelling. It’s written for a general audience, so no specialist knowledge is needed, just an enthusiasm for the natural world. Where a scientific concept is introduced, it is clearly and briefly explained, sometimes with the use of a simple diagram. I read the book from start to finish and there is a logical progression to the narrative; but it’s entirely possible to dip in and out at random, one chapter at a time. I found the stories amazing and fascinating in equal measure, the science is well researched providing a history of, or context for, the knowledge of each aspect. They are also well referenced (in a separate section at the back) for those who’d like to read more on a particular aspect.
I thoroughly enjoyed Incredible Journeys, especially the wide range of animals explored. Barrie describes the navigational methods of tiny creatures such as slime mould, sea slugs, ants, and burrowing wasps, through butterflies, rats and birds, to sea turtles and whales. It’s difficult to pick out favourite examples as each was fascinating in its own way. One which struck me is the Nutcracker (in the crow family) which can hide 730,000 seeds in 6,000 separate places and remember and return to almost all of them. The insult ‘bird brain’ suddenly seems a misnomer! Barrie provides a sobering conclusion which touches upon the threats to animals’ navigational ability, including herbicides, habitat loss and light pollution; and their wider damaging effects on the planet. He highlights cutting edge neuroscience which is paving the way (quite literally) in aiding navigation for those with Alzheimer’s, and balances this against threats to humanity’s existence though Anthropocentrism.

We must respect all animals and, consequently, we must avoid at all costs putting our needs ahead of theirs. Exactly how we decide which animal experiments are warranted is not a simple matter, but at the very least we should do everything in our power to make sure we don’t inflict pain. To be frank, I’m not at all sure that we know enough about animals like crustaceans and insects to trust our judgment on these issues.

The wings of this butterfly can reach ten centimeters in wingspan and have the appearance of a polychrome modernist stained glass window. Delicate black veins fan out on a bright orange canvas that glows as if the sun is streaming through it. The black lines are joined at the margins by a wider black stripe that, like the animal’s head, is dotted with snow-white spots. Its appearance may seem garish to us, but its striking color scheme warns predators to think about getting rid of it that they could make a serious mistake, because it could be full of poisons absorbed from milkweed, the plant that their caterpillar feeds on. This butterfly, which any North American knows well, is the monarch.
The pupa, little more than two centimeters, was an exquisite work of the art of jewelry. In his jade armor, he rested on a bed of cotton like a miniature Chinese emperor awaiting his rebirth. He could barely discern the shape of the wings and segments of what might one day be the body of the adult insect. A line of gold metallic dots glittered in a half circle around the thickest part of the chrysalis, dotted here and there with other touches of gold. She was beautiful, in my eyes even more than the splendid adult, but also disturbing, almost alien.
Cubomedusas or sea wasps, small and transparent animals that in tropical Australia are sadly famous for their painful sting, do not have a brain, but eyes, and they do not just get carried away by the current, but actively swim and determined in pursuit of its prey. Interestingly, they possess no less than twenty-four eyes of four different types.
Even more surprising is that some of them are oriented by way of reference points above the surface of the water. A specific species, common in the mangroves of the Caribbean, has a group of eyes that always point upwards, regardless of the orientation of the animal’s body. What maintains this orientation are heavy gypsum crystals in the tissue surrounding each of these specialized eyes.

There are still a few indigenous peoples who have not abandoned their traditional guidance skills. While the seafaring people of the Pacific islands make great use of the Sun and stars, the Inuit of the Arctic regions rely heavily on landmarks for guidance, for the simple reason that they cannot count on clear skies. . In some areas, such as the Greenland coast, there are no lack of impressive landscape elements that can be seen from afar: mountains, cliffs, glaciers and fjords. Instead, in regions where the landscape is more uniform, the Inuit build their own landmarks, which they call inukshuks. These are reminiscent of human figures and are usually placed on high points with their arms extended towards the nearest shelter.
The same can be said of the aborigines of the lands we now call Australia. They arrived there by sea some 50,000 years ago and, like the Inuit, have developed sophisticated orientation skills that are based primarily on the use of landmarks in the landscape, and can follow long routes through wild lands with the help of long and complex songs.
These songs allow them to recognize the elements of the landscape that they encounter along the way by evoking mythical images of the “dream time”.

Sweat bees are native to tropical America and their unattractive name comes from the fact that they like to lick human perspiration. While familiar honey bees fly during the day, sweat bees only come out at dusk and dawn. Females live in the rain forest and nest in small hollow sticks hidden in the undergrowth. When they go on a hunting expedition, they have to find their way through the dense vegetation (they may also be able to fly over the tree canopy, but nobody knows for sure) and, judging by the pollen they collect, they can travel at least 300 meters.
The extraordinary sensitivity of sweat bees’ compound eyes is not enough to explain how they manage to orient themselves and move so well in complete darkness. Something more is needed. The answer lies in specialized cells in your brain that “add up” to signals coming from your eyes. These signals help them take full advantage of the very limited flow of information reaching them from their environment. The flight of sweat bees, slow compared to bees that are active during the day, also gives them more time to complete this “addition” process. Warrant believes sweat bees could use the faint patterns created by the contrast between the tree canopy and the night sky as landmarks that guide them back to their nest (as we know some rainforest ants do), though That is something that has yet to be demonstrated.
People tend to belittle fish, and not just because we live in the air above them. To our superficial gaze, they seem cold, slimy and downright dull.
Fish have several senses, some of them strange to our experience. Its lateral line sensory organ, a series of pressure-sensitive pores along its sides, is highly sensitive to the slightest movements of the surrounding water. It is this sense that endows schools of fish with their extraordinary ability to move in unison.
The Mexican blind sardine takes advantage of the pressure waves generated by its own movement in the water to detect the presence and location of objects in its environment. While swimming in the dark, he perceives through his lateral line the characteristic reflection of these objects and thus learns to follow routes with the help of those liquid “reference points”.
Contrary to popular belief, bats are not blind and many of them have good eyesight. Some migratory species travel thousands of kilometers and, obviously, the ability to identify distant landmarks is of vital importance to them.
A few years ago, Israeli scientists removed frugivorous bats from their cave, equipped them with GPS tracking devices and released them into a desert crater some eighty-four kilometers away. Some of the bats were released at the bottom of the crater, and others at higher altitudes, at the edge of the crater. Although the location of the crater was unfamiliar to them, most of the bats managed to find their way back to their cave.

The discovery that bees could detect polarization patterns in the sky and that they could be guided by them when the Sun itself was not visible was a major advance, but knowing the solar azimuth is not enough for an animal to stay on course, at least not for a long time. In one way or another, it will have to compensate for the constant movement of the Sun across the sky, and that implies counting the passage of time. Was it possible that on top of all his other extraordinary talents, bees also had an internal clock?
The first clue came in 1929, but its meaning was not known at the time. One of Von Frisch’s students, Inge Beling, had discovered that if he fed bees for several days at the same time, in later days they began to appear in the right place at the right time to be fed.

The desert ant lives in an extraordinarily harsh environment and often has to withstand temperatures so high that it can only be outdoors for short periods of time. That is the reason that it has long legs that keep its body away from the burning ground, in addition to allowing it to run very fast; Wehner has appropriately described her as “the race horse of the insect world.” There is a species that even has its body covered with hairs in a special way that allows it to control its body temperature. Her ability to find the shortest route back to her nest shelter is more than a matter of efficiency: her own life depends on it.
The brain of insects as varied as desert ants, vinegar flies, butterflies, bees, locusts, and cockroaches contains two structures that appear to be of enormous importance to navigation. The so-called “pedunculated body” stores long-term memories based on smell and sight, while the “central complex” controls the course the animal follows, for which in many cases it uses light polarization patterns from the sky. Because these structures are so widely shared, they are believed to have appeared very early in evolution. Exactly how the animal chooses where to go and how it initiates movements to achieve it is still a mystery, but the interactions between the pedunculated body and the central complex seem to play a crucial role in this process.

Dung beetles are not the only arthropods that can be guided by moonlight. So, apparently, is the sorrel noctuid, a nocturnal butterfly with deep yellow back wings, and sea fleas, small crustaceans that live on the shore. These animals, related to the mealybugs, are well baptized, since their natural reaction to escape is to jump through the air flexing their shells. Anyone who has ever built a sandcastle may have known them, although their abundance is declining in many places.
It is not clear why an organism as small and seemingly primitive as the sea flea should be concerned with the position of the Moon. The answer is that they are very picky about humidity. If they dry up, they die, but if they are submerged in salt water, they drown, so they constantly have to move up and down the shore to the tides, and they also have to be able to find their way back to a good corner of wet sand after spending the night moving in search of food.

The bogong butterfly offers us an ideal model to explore many of the questions that concern the most essential of animal navigation. Warrant’s initial hypothesis was that the butterfly, like the dung beetle, performs some kind of astronomical navigation. However, unlike the beetle, which barely travels a few meters, the butterfly flies all night and can take several days, even weeks, to reach its destination, depending on the winds. Therefore, the benchmarks you use have to be reasonably stable. The polar star meets the requirements, but is invisible south of the equator, and like the Moon, the Milky Way, and the stars are in constant motion.

Stories used to be heard of alligator breeding pets, dumped by New York toilets, surviving and forming colonies in the city’s warm underworld of the sewer. That doesn’t seem very plausible, but in South Florida there are escaped exotic pets that have become true pests. In recent years, Burmese pythons, among the largest snakes in the world, have made their home in the subtropical swamps of the Everglades, where they have an impact on native wildlife. They have also expanded their range to the Florida Keys.
One of the ways to control the spread of invasive animals like these is to move them away from the places where they cause problems, but first you have to make sure they will stay where we take them …
Scientists have been trying for a long time to find out what role, if any, maps play in animal navigation, because until recently the issue was very confusing. The problem is really tricky, although the difficulty of generating solid results could also reflect the fact that so many species have been studied; After all, a starling doesn’t look too much like a shearwater. But the situation is changing. Over the past ten years or so, various experiments have produced compelling (although not yet decisive) results that lead us to believe that some birds may use some form of map and compass navigation.

How do salmon, after gaining weight with the abundant food from the open sea, manage to locate the estuaries of the rivers where they originated, especially when they can be thousands of kilometers away?
One of the virtues of the geomagnetic field is its omnipresence: no matter where you are, whether on land, in the air, or even under the surface of the sea, it can always be detected if you have the right sensors. Since salmon can be oriented in magnetic fields of the intensity of Earth, 8 the idea that the transoceanic orientation system to return to the native river depends on geomagnetism is attractive. But, obviously, experiments with fish swimming in the open sea are not easy.
One of the most mysterious migratory animals is the European eel. These extraordinary fish have a very complex life cycle that includes not one, but two transoceanic migrations. But their populations have declined dramatically in recent times, and to conserve them we need to better understand their migratory behavior.
Eels begin their lives in the Sargasso Sea, a large ocean area in the southwestern North Atlantic. The first challenge that newborn eels (leptocephalos) face is to enter the Gulf Stream, which will carry them (just like loggerhead turtles) around the North Atlantic turn. When they reach the European continental shelf, where the water is shallower and less salty, they become eels and look for ways to enter rivers and streams.
They then transform into yellow eels, the adult form with which they can live for up to twenty years before their sexual organs mature, which triggers their return to the breeding areas in the Sargasso Sea, which are located about 5,000 kilometers away.

“Elephants never forget,” or so they say, and the popular adage may have some basis.
Elephants in the African savannah sometimes travel more than 100 kilometers to find water or food, and they have a great ability to find out where other elephants are, even if they are not in sight. With the help of tracking devices, the researchers have shown that they have “remarkable spatial acuity.” When they looked for the way to the ponds, they started off in the right direction, sometimes from a distance of almost 50 kilometers. Furthermore, they almost always seemed to choose the closest pond. Researchers are convinced that elephants always know exactly where they are in relation to all the resources they need, and that is why they can take shortcuts in addition to the more common routes.
Although we still don’t know what signals elephants use to navigate long distances, smell may play a role.
Elephants are very selective about food, but until recently little was known about how they chose it. One possibility was that they simply used their eyesight and tested the plants they found, but that would probably cause a great waste of time and energy, among other things because their eyesight is not too good.
The volatile substances that plants produce can be carried over long distances and are very characteristic: each plant or tree has its own odor signature. Furthermore, they allow detection even if they are not visible. Recent studies indicate that odors play a crucial role in guiding elephants, and possibly other herbivores, to the best food resources.

The monarch butterfly is in decline, and scientists studying its migratory behavior help us know why. Reasons include the destruction of winter mountain forests and the widespread use of glyphosate herbicides (such as “Roundup”) in the Great Plains of the United States, which kill the plants that feed on caterpillars. If no steps are taken to curb these threats, an annual event that must be included among the most impressive natural phenomena will remain only in memory.
We know that glyphosate weakens the bees’ navigation abilities1 and that it could also be involved in their decline, a problem that poses a serious threat to agricultural production due to the essential role that these insects play as pollinators. The dangers associated with the use of herbicides must almost certainly extend to many other species of insects.
Habitat loss puts countless animals at risk, an especially acute risk for migratory birds. The heroic Colipint needle, for example, on its return trip from New Zealand to Alaska, has to stop to regain strength in the humid areas of the coast of China, and as these are disappearing by leaps and bounds, its survival is not assured.
We know that light pollution poses a serious threat to many animals. Artificial lights attract turtle hatchlings and divert them from the path to the sea, and also dangerously confuse many species of birds and insects. They have disastrous effects on the internal clocks that govern the navigation behavior of many animals.
Humans do not belong to a different order of being: we are also animals, and we are the result of the same evolutionary processes that have given rise to bacteria, jellyfish, centipedes, lobsters, birds and elephants. What distinguishes us is that we are in a position from which we can influence the fate of any other species on the planet, and that we can choose how to do it.
Anthropocentrism not only weakens our ability to respond intelligently to the dangers we face, it also gives us an excuse to treat the natural world with disdain. Anthropocentrism is a destructive and dangerous force that we must overcome if we really want to take the necessary steps to limit the damage we are causing to the world in which we live. That will not be an easy task, in no small measure because human beings are far from being completely rational animals. We are all subject to powerful social pressures and prefer to conform to those whose opinions matter to us. We tend to ignore any clues that threaten our beliefs and cling to any that reinforce them, and we often jump to conclusions before thoroughly examining all the evidence.

In conclusion. The sense of awe that we feel in the presence of nature is a mysterious force. It was once held as a sure sign of a divine presence. We may no longer believe in gods, but to flourish we will have to learn to respect and care for the world we live in and the extraordinary creatures with whom we share it. We have to set a new course.

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