Ava En La Noche — Manuel Vicent / Ava At Night by Manuel Vicent (spanish book edition)

Esta nueva obra del autor me ha parecido interesante en un collage donde mezcla la realidad con la ficción y donde siempre destaco los detalles del autor cuando escribe. Sin duda una buena lectura y más para los amantes del Madrid y la España de la época. A través de nuestro protagonista David y es que los sueños se cumplen…

La pasión por el cine tal vez arraigó como una semilla del diablo en el fondo de su inconsciente en los días desolados de la posguerra, cuando David jugaba con su inseparable compañero Manuel en las ruinas de un balneario aplastado por las bombas de la guerra civil. Sobre sus escombros comenzaron a vivir los dos niños una realidad poblada de fantasmas y a construir la imaginación como su verdadera casa; de hecho, el uso de razón les sirvió para saber que mentir era la forma más segura y excitante de eludir la autoridad del padre.
Con los años, perdido por las calles de Madrid, David recordaría siempre con detalle aquella ensoñación, porque esa gélida tarde de enero, en el preciso momento en que contemplaban con las manos en los bolsillos los fotocromos de La loba en la plaza del pueblo, sucedió un hecho insólito. Comenzó a nevar. Era la primera vez que David y Manuel veían la nieve, tan pura, tan blanda, tan silenciosa. Los copos cayeron sobre las imágenes de Bette Davis, resbalaron por sus mejillas, se deslizaron por los hombros…
El hotel Voramar en Benicassim y pensando en una actriz con pensamientos obscenos y masturbación…

Aquel Madrid de finales de los años cincuenta soñado de lejos por un joven provinciano parecía fascinante, y sobre todo más asequible que irse a París. En Madrid no había ningún Sartre, pero estaba Ava Gardner, que salía siempre en el No-Do bajando del avión, sentada en la barrera de Las Ventas, entrando y saliendo del hotel Castellana Hilton, bebiendo en compañía de Luis Miguel Dominguín. Allí estaban Hemingway y Orson Welles, Lana Turner…
—¿Cómo es Ava Gardner? —le preguntó David.
—Tiene los pies muy grandes. De niña, allá en Carolina del Norte, siempre iba descalza por las plantaciones de tabaco. Le cuesta mucho meter los pies en los zapatos. Cuando anda con tacones muy borracha, a veces se da un costalazo —contestó el soldado.
Desde su llegada a Madrid, no había dejado de pensar en Manuel, su compañero de infancia con el que había compartido la obsesión de encontrar a aquella mujer bellísima bajo las ruinas del balneario. Solo que esta vez las ruinas eran un Madrid desolado por la dictadura y la diosa de la mitología que nadaba en un mar azul entre delfines se había transformado en Ava Gardner, cuya figura evanescente brillaba en las noches acuáticas de aquellos años. La persecución de aquella corza ebria comenzó a convertirse en una singladura que David iba anotando en un cuaderno de bitácora de tapas negras.
David supo de oídas que Ava Gardner solía caer a medianoche por un bar de copas, el Cock, en la manzana trasera de Chicote, adonde iban a abrevar periodistas, cómicos, pintores y otros golfos del montón propietarios de la noche.
El crimen de Jarabo había creado un poso oscuro lleno de larvas del mal en el inconsciente colectivo de aquel Madrid en el que se movían los fascinantes héroes de la pantalla. De hecho, recién llegado a la ciudad, este joven que tantos sueños había traído en la maleta no hubiera sido capaz de imaginar que un día se sentaría en un taburete muy desvencijado que, según juraba un chamarilero del Rastro, era el mismo en el que había asentado sus posaderas aquel asesino en el momento de recibir garrote.
—¡Siéntense, siéntense en este catre del asesino más famoso del mundo!.
Siguiendo el rastro de la estrella Ava Gardner y del asesino José María Jarabo, una tarde David entró en el bar Chicote, donde fue recibido por un olor a humo de habano y a perfume femenino. Cada mesa de la sala principal estaba ocupada por una prostituta muy discreta que invitaba con la mirada risueña a que te sentaras junto a ella. Desde la barra, algunos clientes analizaban a aquellas señoritas una a una, como si fueran piezas de ganado, e intercambiaban con ellas sonrisas y guiños lascivos. En un rincón del amplio vestíbulo, a la derecha, bajo un gran espejo biselado, había una tertulia de señores provectos. A simple vista se notaba que eran parroquianos asiduos y que estaban a lo suyo entre risotadas, ajenos al comercio carnal del establecimiento.

Cuando David llegó a Madrid, corría el rumor de que José María Jarabo no había sido ejecutado. De hecho algunos periodistas exigieron que se abriera el féretro en el cementerio de la Almudena para comprobar si dentro estaba el cadáver del asesino o era el de un mendigo que habían cazado al vuelo por ahí. La autoridad mortuoria se negó en redondo a atender sus exigencias en medio de un altercado al pie del panteón familiar. El solemne funeral con un obispo y varios canónigos que la familia había encargado en la iglesia de los Jerónimos pudo haber sido tal vez una simple tapadera, de modo que mientras los curas fingían un responso sobre un túmulo cubierto con gualdrapas negras y grecas de plata, había quien decía que el asesino acababa de llegar a Miami Beach, donde se había hospedado en el hotel Fontainebleau, se paseaba tranquilamente por Coral Sea y bailaba en las discotecas de moda.
Al cabo de un tiempo, otros juraban haberlo visto tomando el aperitivo en Balmoral con un abrigo verde y un sombrero tirolés adornado con una pluma de faisán, o en otros lugares de la vida nocturna de Madrid: en Villa Rosa, en Alazán, en Pasapoga, con el rostro desfigurado por la cirugía.
Para David la noche madrileña estaba habitada por dos fantasmas: el de Ava Gardner y el de Jarabo. La actriz representaba la luz, y el asesino, las tinieblas del franquismo.
Toda la ciudad estaba en silencio, dentro del cual se oía el bullicio de una fiesta flamenca en los altos de Arturo Soria. Sobre la extensión de un millón de cadáveres sonaban las palmas de unos gitanos excitando el baile sobre una mesa en el jardín de Villa Rosa, donde Ava Gardner taconeaba sobre una mesa, tan ahíta de alcohol que le salía por las orejas. Al cabo de un rato, desde el parque del Retiro se oyó la explosión. Se había producido en los retretes de la Villa Rosa y había reventado tabiques, mesas, sillas, botellas, tazas, vasos y había generado muertos que minutos antes aplaudían a Ava Gardner al ver que meaba de pie en la mesa. David vio pasar por el cielo de Madrid sus dos ojos verdes y parte de su carne.

Madrid estaba bajo su doble sombra. Un héroe obrero de la clandestinidad y un señorito asesino de derechas, los dos a disposición del verdugo, los dos formando pareja ante la misma muerte. La putrefacción de la oligarquía franquista con cuatro asesinatos en la conciencia y la batalla romántica por la libertad de un luchador de izquierdas.
Una de aquellas noches de mayo las Cuevas de Sésamo estaban repletas de escritores, de periodistas, de aspirantes a literatos, todos supervivientes de futuros sueños de gloria. El jurado se había reunido para fallar el premio de guiones. En las abarrotadas escaleras y rellanos que conducían al profundo pozo con las paredes llenas de aforismos de los grandes pensadores, todos los asistentes esperaban con un vino en una mano y el cigarrillo en la otra que alguien desde el fondo del abismo pronunciara en voz alta el nombre del premiado. Se mandó callar, y cuando el silencio ya se había consolidado al filo de la medianoche, se expandió el fallo de abajo arriba.
David se presentó al concurso de guiones de los alumnos de la escuela, que se iba a fallar de nuevo esa primavera en las Cuevas de Sésamo, con la historia de un joven llamado Manuel que perseguía dos sombras por el Madrid nocturno: la de Ava Gardner y la de José María Jarabo, la búsqueda de la belleza inasequible abrazada a la maldad. Lo tituló Ava en la noche. Lo de siempre, o sea, nada del otro mundo.
No fue solo al recordar aquel lejano día de su adolescencia en el Voramar, cuando luchó contra todo el Mediterráneo por recuperar el sombrero de Berlanga. Sus lágrimas le llegaban también de varios estratos de la memoria. De aquel amigo de la niñez que le enseñó a buscar la belleza bajo la destrucción, del olor a jazmín del cine de verano, de la niña del bikini rojo con la que compartió un jugo de tomate en el Voramar, del pitido desgarrado de aquel tren que debía de haberlo llevado a París, de sus días dorados con Alicia en la Malvarrosa, de Ava Gardner bajo la gabardina blanca, de los calabozos de la Brigada Político-Social. Sus lágrimas las habían arrancado todos los sueños que esperaba en el futuro y que tal vez nunca podría realizar.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2013/07/29/el-azar-de-la-mujer-rubia-manuel-vicent/

https://weedjee.wordpress.com/2015/09/16/desfile-de-ciervos-manuel-vicent/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/18/ava-en-la-noche-manuel-vicent-ava-at-night-by-manuel-vicent-spanish-book-edition/

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This new book by the author seemed interesting to me in a collage where he mixes reality with fiction and where I always highlight the details of the author when he writes. Undoubtedly a good read and more for lovers of Madrid and Spain of the time. Through our protagonist David and dreams are fulfilled …

The passion for cinema perhaps took root like a devil’s seed in the depths of his unconscious in the desolate post-war days, when David played with his inseparable companion Manuel in the ruins of a spa crushed by the bombs of the civil war. On their rubble the two children began to live a reality populated by ghosts and to build their imaginations as their true home; in fact, the use of reason helped them to know that lying was the safest and most exciting way to avoid the father’s authority.
Over the years, lost in the streets of Madrid, David would always remember that dream in detail, because that frigid January afternoon, at the precise moment when they were looking with their hands in their pockets at the photochromes of La loba in the town square, an unusual event happened. It began to snow. It was the first time that David and Manuel had seen the snow, so pure, so soft, so silent. The flakes fell on the images of Bette Davis, slid down her cheeks, slid down her shoulders …
The Voramar hotel in Benicassim and thinking of an actress with obscene thoughts and masturbation …

That Madrid of the late fifties, dreamed of from afar by a young provincial seemed fascinating, and above all more affordable than going to Paris. In Madrid there was no Sartre, but there was Ava Gardner, who always left at No-Do getting off the plane, sitting on the Las Ventas barrier, entering and leaving the Castellana Hilton hotel, drinking in the company of Luis Miguel Dominguín. There were Hemingway and Orson Welles, Lana Turner …
“What is Ava Gardner like?” David asked him.
“He has very large feet.” As a child back in North Carolina, I was always barefoot on tobacco plantations. He has a hard time putting his feet in his shoes. When she is in heels very drunk, she sometimes gets a slap in the arm, ”said the soldier.
Since his arrival in Madrid, he had not stopped thinking about Manuel, his childhood companion with whom he had shared the obsession to find that beautiful woman under the ruins of the spa. Only this time the ruins were a Madrid devastated by the dictatorship and the goddess of mythology who swam in a blue sea among dolphins had transformed into Ava Gardner, whose evanescent figure shone in the aquatic nights of those years. The chase of that drunken roe began to become a journey that David wrote down in a black-capped logbook.
David knew from hearsay that Ava Gardner used to fall at midnight by a cocktail bar, the Cock, in the back block of Chicote, where journalists, comedians, painters and other gulfs were going to drink from the many owners of the night.
Jarabo’s crime had created a dark ground full of larvae of evil in the collective unconscious of that Madrid in which the fascinating heroes of the screen moved. In fact, recently arrived in the city, this young man who had brought so many dreams in his suitcase would not have been able to imagine that one day he would sit on a very rickety stool that, according to a flea market of the Rastro, was the same one in which the assassin had settled his buttocks at the moment of receiving a club.
“Sit down, sit down on this cot of the world’s most famous assassin!”
Following the trail of the star Ava Gardner and the murderer José María Jarabo, one afternoon David entered the Chicote bar, where he was greeted by the smell of cigar smoke and feminine perfume. Each table in the main room was occupied by a very discreet prostitute who invited with a smiling gaze to sit next to her. From the bar, some customers analyzed these ladies one by one, as if they were cattle, and exchanged smiles and lewd winks with them. In a corner of the wide hall, to the right, under a large beveled mirror, there was a gathering of gentlemen proctos. At first glance it was evident that they were assiduous parishioners and that they were on their own between laughs, oblivious to the carnal commerce of the establishment.

When David arrived in Madrid, there was a rumor that José María Jarabo had not been executed. In fact, some journalists demanded that the coffin be opened in the Almudena cemetery to check whether the body of the murderer was inside or that of a beggar who had been hunted on the fly. The mortuary authority flatly refused to meet his demands amid an altercation at the foot of the family pantheon. The solemn funeral with a bishop and several canons that the family had commissioned in the church of Jerónimos could have been perhaps a simple cover, so that while the priests feigned a response on a burial mound covered with black and silver fretwork gualdrapas, Others said that the murderer had just arrived in Miami Beach, where he had stayed at the Fontainebleau hotel, strolled leisurely through Coral Sea and danced in the fashionable nightclubs.
After a time, others swore to have seen him having an aperitif in Balmoral with a green coat and a Tyrolean hat adorned with a pheasant feather, or in other places of Madrid’s nightlife: in Villa Rosa, in Alazán, in Pasapoga , face disfigured by surgery.
For David, Madrid’s night was inhabited by two ghosts: Ava Gardner’s and Jarabo’s. The actress represented the light, and the murderer, the darkness of Franco.
The entire city was silent, within which the bustle of a flamenco party could be heard on the heights of Arturo Soria. On the extension of a million corpses the palms of gypsies sounded, exciting the dance on a table in the garden of Villa Rosa, where Ava Gardner tapped on a table, so full of alcohol that it came out of his ears. After a while, the explosion was heard from the Retiro park. It had occurred in the toilets of the Villa Rosa and had burst partitions, tables, chairs, bottles, cups, glasses, and had caused deaths that minutes before had applauded Ava Gardner when she saw him peeing standing at the table. David saw his two green eyes and part of his flesh go through the sky in Madrid.

Madrid was under its double shadow. A clandestine worker hero and a right-wing murderous young man, both at the disposal of the executioner, both forming a couple before the same death. The putrefaction of the Francoist oligarchy with four murders in the conscience and the romantic battle for the freedom of a left-wing fighter.
One of those May nights the Sesame Caves were full of writers, journalists, aspiring writers, all survivors of future dreams of glory. The jury had assembled to rule the screenplay award. In the crowded stairs and landings that led to the deep well with the walls full of aphorisms of the great thinkers, all the attendees waited with a wine in one hand and a cigarette in the other for someone from the bottom of the abyss to pronounce aloud the name of the winner. He was silenced, and when the silence had already consolidated at the stroke of midnight, the failure expanded from bottom to top.
David appeared at the script contest of the students of the school, which was going to fail again that spring in the Sesame Caves, with the story of a young man named Manuel who was chasing two shadows through Madrid at night: that of Ava Gardner and that of José María Jarabo, the search for inaccessible beauty embraced by evil. He titled it Ava in the night. The usual, that is, nothing from the other world.
It was not only when he remembered that distant day of his adolescence in the Voramar hotel, when he fought against the entire Mediterranean to recover the Berlanga hat. His tears also came from various layers of memory. Of that childhood friend who taught him to seek beauty under destruction, of the jasmine smell of summer cinema, of the girl in the red bikini with whom he shared tomato juice in the Voramar, of the torn whistle of that train that he must have taken him to Paris, from his golden days with Alice in Malvarrosa, by Ava Gardner in a white raincoat, from the dungeons of the Political-Social Brigade. Her tears had snatched away all the dreams she hoped for in the future that she might never be able to realize.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2013/07/29/el-azar-de-la-mujer-rubia-manuel-vicent/

https://weedjee.wordpress.com/2015/09/16/desfile-de-ciervos-manuel-vicent/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/18/ava-en-la-noche-manuel-vicent-ava-at-night-by-manuel-vicent-spanish-book-edition/

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