Mi Padre, El Pornógrafo — Chris Offutt / My Father, the Pornographer by Chris Offutt

El híbrido de memorias / biografía de Offutt despertó mi interés después de captar unos minutos de su conversación en Fresh Air, donde discutieron el hábito poco ortodoxo y bastante ingenioso que su padre desarrolló como una especie de ayuda para su prodigioso horario de escritura (que finalmente resultó en casi 400 libros publicados bajo una variedad de seudónimos):
Entrevistador: “Después de que tu padre murió y revisaste sus libros, descubriste que tenía un sistema de catalogación para escribir pornografía, que tenía secciones enteras listas para entrar, como cortar y pegar en el libro apropiado. Entonces tenía páginas con, como, 150 sinónimos de dolor. Había secciones para descripciones de la boca, para descripciones de la lengua, la cara, las piernas, para besos, azotes, angustia. Así que parece que catalogó todo esto y lo tuvo todo listo para pegar en el libro apropiado, y luego lo puso en una “X” fuera del catálogo para que no lo usara por segunda vez “.

Autor: “[…] Vería la televisión por la noche con un gran portapapeles y escribiría a mano, y todos estaríamos allí sentados viendo la televisión … No estaba escribiendo una novela o una historia corta, pero solo estaba inventando descripciones mientras veía televisión. Le gustaba mirar televisión y escribir “.

Como alguien completamente fascinado por el proceso creativo, inmediatamente leíel libro, con curiosidad de saber si había otros cositas similares.
Para mi decepción, no terminó siendo mucho, lo que supongo que no es tan sorprendente teniendo en cuenta lo reservado que era el anciano Offutt (que a su vez hizo que las secciones, en su mayoría contenidas cerca del final del libro, de descubrimientos inesperados realizados en el archivo particularmente emocionante).
A pesar del título, terminó siendo más sobre Offutt mismo, una memoria personal sobre la lucha con el legado de un padre que parece imposible de vivir e interactuar pero cuyos logros profesionales tampoco pueden evitar provocar admiración. Offutt hijo tiene una forma irresistible y agradable de expresar situaciones complicadas y emociones complicadas, y una habilidad para capturar los ritmos no convencionales de la infancia rural. Entonces, incluso si terminé no obteniendo lo que esperaba de esta lectura, y me interesaría una biografía de buena fe sobre Andrew Offutt, si alguna vez se escribiera, sin embargo, me encontré generalmente absorto en este complejo retrato dual , cautivado hasta el final.

A lo largo de sus cincuenta y cinco años de carrera como escritor, mi padre exploró toda permutación sexual salvo la homosexualidad entre hombres. Al final de su vida, buscando todavía una frontera, escribió un intrincado retrato del canibalismo. Su única incursión en el bestialismo la combinó con el clonado de cabras con fines terapéuticos. En 2011, Turk Winter completó sus últimas dos series. El mundo de Barbie tenía más de mil páginas. Apiladas junto a su silla había hojas de papel que contenían sus últimos escritos: una lista de nombres reales e inventados y un resumen sucinto para un nuevo relato corto. Mi padre fue una mula de carga en el mundo de la pornografía escrita.

El proceso de escritura de mi padre era sencillo: tenía una idea, tomaba un aluvión de notas y después escribía el primer capítulo. Luego elaboraba un resumen de entre una y diez páginas de extensión. Seguía el resumen a pies juntillas, confiándole el dictado de la narración. Los primeros borradores los componía a mano, con unos dedales de goma en el índice y en el pulgar. Escribiendo con rotuladores de punta de fieltro, producía entre veinte y cuarenta páginas de una sentada. Tras completar todo un borrador, pasaba a máquina el material, que revisaba sobre la marcha. La mayoría de los escritores incluyen más palabras por página cuando pasan a máquina el manuscrito, pero papá no. Él tenía la letra pequeña y usaba abreviaturas. Sus borradores iniciales tenían con frecuencia la misma extensión que los definitivos.
Los manuscritos de ciencia ficción y fantasía épica soportaban múltiples revisiones, pero con el porno tenía que trabajar mucho más rápido. Tras un primer capítulo a mano, el resto lo mecanografiaba deprisa, hacía cambios de edición y le pasaba el borrador a mi madre. Ella volvía a mecanografiar el comienzo del libro mientras papá escribía el final.
La producción industrial en masa se basa en la eficiencia y la rapidez. Uno de los principios esenciales es hacerse con el control de la materia prima eliminando al proveedor. Al encarar una demanda creciente, papá inventó un método que le hizo posible mantener el suministro con el mínimo esfuerzo. Generaba remesas de materia prima por adelantado: frases, enunciados, descripciones y escenas enteras en centenares de páginas organizadas en carpetas.

A lo largo de la historia, la gente ha puesto mala cara ante la pornografía, despachándola como asquerosa e inmoral. He intentado con todas mis fuerzas resistirme a reaccionar así. Aquellos cómics eran el trabajo más personal de papá y, por lo tanto, merecían un examen cuidadoso. Mirarlos me producía dolor de estómago. Era capaz de leerlos con atención solo durante cortos periodos de tiempo antes de apartar la vista. A pesar de mi repulsión, sentía una compasión horrorizada por cualquiera que viviera con semejante imaginería como actividad diaria. Que se tratara de mi propio padre solo lo empeoraba. No coleccionaba aquellos libros: los hacía. Ahí estaba el mundo que llevaba dentro a todas horas, lleno de dolor y sufrimiento. Yo no tenía ni idea de lo desgraciado que había sido en realidad.
La idea de que el porno evitaba que matara mujeres era un autoengaño que justificaba su impulso de dibujar mujeres atormentadas. Creer que habría sido un asesino en serie de no haber sido por la pornografía que creaba era otra de sus fantasías, una que le permitió entregarse por entero a sus obsesiones. Necesitaba creer en una causa mayor a fin de continuar su obra. Admitir que le gustaba suponía demasiada carga.

En el verano de 2015, dos años después de que papá muriera, llevé sus más de ochocientos kilos de archivo a un almacén en las afueras del pueblo.

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Offutt’s memoir/biography hybrid first piqued my interest after catching a few minutes of his conversation on Fresh Air, where they discussed the unorthodox—and rather ingenious—habit his father developed as a kind of aid to his prodigious writing schedule (which eventually resulted in nearly 400 books published under a variety of pseudonyms):
Interviewer: “After your father died and you went through his books, you found that he had a cataloging system for writing pornography – that he had whole sections ready to go into, like, kind of cut-and-paste in the appropriate book. So it had pages with, like, 150 synonyms for pain. There were sections for descriptions of the mouth, for descriptions of the tongue, the face, the legs, for kisses, spanking, distress. So it sounds like he cataloged all of this and had it all ready to paste into the appropriate book, and then he’d kind of “X” it out of the catalog so he wouldn’t use it a second time”.

Author:“[…] He would watch television at night with a big clipboard and write longhand, and we would all be sitting there watching television… He wasn’t writing a novel or a short story, but he was just inventing descriptions while watching television. He liked to watch TV and write”.

As someone utterly fascinated by creative process, I immediately made a request for reading the book, curious if there were any other such tidbits to be found.
To my disappointment there ended up not being a whole lot, which I suppose isn’t all that surprising considering how secretive the elder Offutt was (which in turn made the sections, mostly contained near the end of the book, of unexpected discoveries made in the archive particularly exciting).
Despite the title, My Father, the Pornographer ended up being more about Offutt himself, a personal memoir about wrestling with the legacy of a father who sounds both impossible to live and interact with but whose professional accomplishments also can’t help but elicit admiration. Offutt fils has an agreeably spare, wry way of rendering knotty situations and complicated emotions, and a knack for capturing the unconventional rhythms of rural childhoods. So even if I ended up not quite getting what I was hoping for from from this read—and I would be interested in a bona fide biography about Andrew Offutt, if one was ever written—I nonetheless found myself generally engrossed by this complex dual portrait, captivated right up to the end.

Throughout his fifty-five years as a writer, my father explored every sexual permutation except homosexuality between men. At the end of his life, still searching for a border, he wrote an intricate portrait of cannibalism. Her only foray into bestiality was combined with cloning goats for therapeutic purposes. In 2011 Turk Winter completed his last two series. Barbie’s world had over a thousand pages. Piled next to his chair were sheets of paper containing his latest writings: a list of real and made-up names and a succinct summary for a new short story. My father was a pack mule in the world of written pornography.

My father’s writing process was simple: he had an idea, took a barrage of notes, and then wrote the first chapter. Then he produced a summary of between one and ten pages in length. He followed the summary closely, entrusting him with the dictation of the narrative. The first erasers were made by hand, with rubber thimbles on the index and thumb. Writing with felt-tip pens, he produced between twenty and forty pages in one sitting. After completing an entire draft, I typed the material, which I reviewed on the go. Most writers include more words per page when they type the manuscript, but Dad doesn’t. He had the fine print and used abbreviations. His initial drafts were often the same length as his final ones.
The epic science fiction and fantasy manuscripts could withstand multiple revisions, but with porn I had to work much faster. After a first handwritten chapter, the rest typed quickly, made editing changes, and passed the draft to my mother. She retyped the beginning of the book while Dad wrote the ending.
Industrial mass production is based on efficiency and speed. One of the essential principles is to gain control of the raw material by eliminating the supplier. Facing growing demand, Dad invented a method that made it possible for him to maintain supply with minimal effort. It generated shipments of raw material in advance: phrases, sentences, descriptions and entire scenes on hundreds of pages organized in folders.

Throughout history, people have pouted pornography, dismissing it as disgusting and immoral. I have tried with all my might to resist reacting like this. Those comics were Dad’s most personal work, and therefore deserved careful consideration. Looking at them made me sick to my stomach. He was able to read them carefully only for short periods of time before looking away. Despite my revulsion, I felt a horrified compassion for anyone who lived with such imagery as a daily activity. That it was my own father only made it worse. He did not collect those books: he did. There was the world he carried inside at all hours, full of pain and suffering. I had no idea how miserable he had really been.
The idea that porn prevented him from killing women was a self-deception that justified his urge to draw tormented women. Believing that he would have been a serial killer had it not been for the pornography he created was another of his fantasies, one that allowed him to give himself entirely to his obsessions. He needed to believe in a greater cause in order to continue his work. Admitting he liked it was too much of a burden.

In the summer of 2015, two years after Daddy died, I took his 8,500-pound file to a warehouse on the outskirts of town.

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