Respirando Fuego. En Las Entrañas De La Lucha Kurda Por La Supervivencia — Karlos Zurutuza & David Meseguer / Breathing Fire. In the Bowels of the Kurdish Struggle for Survival by Karlos Zurutuza & David Meseguer (spanish book edition)

Muy recomendable. Los autores explican el conflicto kurdo dando voz a la población local de las cuatro partes. Es una compilación de reportajes y crónicas donde los periodistas explican cómo llegan a los sitios y su relación con los protagonistas.
* Gran crónica sobre un pueblo, el Kurdo, el cual llegó tarde a la historia y desea crear un estado independiente u autónomo. Estando el mismo en minoría y desperdigado entre varios países formados tras la descolonización del área, han recurrido a casi todas las formas para lograrlo, terrorismo, referendums, votaciones, e incluso en el texto puede apreciarse como algunos aceptan su doble identidad Kurda y el país al que corresponda su lugar geográfico.
* Ante lo anterior y como es lógico, los estado formados han recurrido a defender su integridad territorial de manera contundente, represora, traicionera en muchas ocasiones y, al fin y al cabo, bajo las reglas de la guerra, siendo todo ello descrito de manera magnífica por lo autores, utilizando una prosa fácil con datos bien /dosificados a la par que muestra y nombra a los sufridores de la historia. Si a esto le añadimos un orden cronológico y mapas como los que aporta la obra facilitando aún más la compresión lectora, no queda más que rendirse a la evidencia de tener un mis manos una obra harto recomendable con la carencia en ocasiones de la versión de los países afectados.
* A modo de conclusión, no puedo sino recomendar la obra a los interesados en el tema y en la región, dado que gracias a la lectura tendrá una idea clara de los hechos pasados, presentes y futuros, tales hechos quedan bien comprendidos tras la lectura que nos ocupa). Es de justicia significar el conocimiento que aportan los autores sobre otras minoría como la yazidí.
* Algunos pasajes los veía paternalistas mientras que otros eran descuidados con las manos en las que puede caer este libro (por ejemplo, al dar algunos nombres reales o lugares de paso ilegales que espero que para este momento no fuera peligroso revelarlos). Por otro lado, este mismo elemento es en parte necesario para la toma de conciencia del público occidental al que va dirigido este libro.

Entre los años 2014 y 2015, Estado Islámico de Irak y el Levante (EI) había conseguido hacerse con el control de grandes ciudades como Mosul, en Irak, o como Al Raqa y Deir ez-Zor, en Siria, y también de buena parte de la frontera de Siria con Irak y Turquía, pues se encontraba a las puertas de Alepo, Damasco y Bagdad y, por lo tanto, dispuesto a hacerse con ambos países, con la idea de lanzarse después sobre el Líbano e Israel. Además, sus ramificaciones se extendían por el norte de África, otras zonas del continente negro y la península arábiga. Con una fuerza que parecía imparable y una escenificación del horror sin precedentes, EI se había convertido en una amenaza planetaria que, como la misma organización terrorista solía repetir, terminaría izando el crespón negro sobre la torre Eiffel tras su reconquista de Al Ándalus.
Para muchas personas, todo aquello era más que una terrible pesadilla: era la lógica consecuencia del maltrato infligido a las sociedades musulmanas por Occidente, especialmente debido a la tragedia palestina y la invasión angloamericana de Irak.

Los kurdos y Estado Islámico representan dos concepciones del islam y de Oriente Medio incompatibles entre sí. Para el pueblo kurdo, es fundamental el mantenimiento de la ancestral diversidad religiosa y cultural en esta parte del mundo, mientras que para Estado Islámico, la ortodoxia wahabí, de escasa tradición en la zona, debe imperar en
cualquier ámbito de la sociedad, quedando supeditada a la fe de Mahoma cualquier otra manifestación cultural o religiosa.
Los kurdos son un factor fundamental en Oriente Medio. Kurdistán es un territorio de configuración montañosa tan extenso como toda la península ibérica y con casi cuarenta millones de habitantes, de los cuales la mitad vivirían en las regiones kurdas de Turquía, otros diez en el noroeste de Irán, cinco al norte de Irak y otros tres en la parte septentrional de Siria, a lo largo de la frontera turca. Se trata, por lo tanto, del mayor pueblo sin Estado del mundo, para el que, por lo general, la identidad nacional está por encima de los valores religiosos, lo que posibilita que entre los kurdos haya musulmanes de distintas corrientes —suníes, chiíes, alevíes, sufíes—, así como cristianos, yazidíes, chabaquíes, kakáis e incluso judíos, reflejo de la tradicional diversidad religiosa de toda la región.
El Estado kurdo ha sido siempre un sueño en el imaginario colectivo, pero con difícil encaje en el actual contexto internacional. Su existencia supondría el surgimiento de una nueva entidad política en el corazón de Oriente Medio que controlaría buena parte de los recursos petrolíferos, gasísticos y acuíferos de los cuatro países que dividen Kurdistán desde la desintegración del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial.
En Siria, pero también en Irak, Irán y Turquía, los kurdos tienden de nuevo la mano al mundo para que este comprenda y respalde su concepción de Oriente Medio, que es la que, en definitiva, se ha mantenido durante dos milenios.

El movimiento kurdo afín ideológicamente al PKK había conseguido un aumento notable de diputados, y ahora traspasaba la presión a Ankara. El reelegido primer ministro, Recep Tayyip Erdoğan, debía pronunciarse en relación con la demanda autonómica, y los tribunales, por su parte, debían decidir si habilitaban a los ya políticos electos que continuaban presos. Öcalan había dado tres días de ultimátum: cualquier escenario era posible.
La presión ejercida por las diferentes organizaciones políticas y civiles afines ideológicamente al PKK no consiguió su objetivo: el Gobierno turco del primer ministro, Recep Tayyip Erdoğan, se mantuvo impasible, sin hacer ninguna concesión. La postura de Ankara provocó que la guerrilla realizara algunos ataques y el BDP organizara toda una serie de actos en la calle para presionar a la Junta Electoral Suprema, que en breve iba a fallar sobre los políticos encarcelados.
Finalmente, y pese a gozar de inmunidad parlamentaria, el tribunal turco competente en la materia decidió inhabilitar a los seis políticos a tres días de la sesión de investidura parlamentaria que iba a celebrarse el 28 de junio de 2011 en Ankara. La corte se acogía al artículo 76 de la Constitución, por el que «las personas que han sido condenadas por delitos deshonrosos como la participación en actos de terrorismo o la incitación y el fomento de tales actividades no serán elegidas como diputados». Tras conocerse la decisión judicial, el partido prokurdo convocó una marcha por las calles del distrito de Bağlar, en Diyarbakir.

Los kurdos en Armenia era la historia de unos pocos, pero con demasiados claroscuros. El colapso en 1991 de la URSS, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hizo estallar una gran cantidad de conflictos: desde Moldavia hasta Tayikistán. Uno de ellos fue el del enclave de Nagorno-Karabaj (1988-1994), donde yazidíes acabarían luchando en las filas armenias en aquella guerra contra Azerbaiyán. De una caja de cartón junto a la pila de sábanas, el jeque Artsanian sacó un esquelario «a la memoria de los jóvenes yazidíes que dieron su vida por la madre Armenia en Karabaj». Muchos de ellos habían muerto luchando en Laçin, una lengua de tierra que incluía veinticinco aldeas kurdas, pero que se interponía entre Armenia y el enclave en disputa. Aquel episodio resultaba aún más descorazonador sabiendo que Laçin había sido un distrito autónomo también conocido por el sobrenombre de Kurdistan-e Sorkh (Kurdistán Rojo). Durante sus siete años de vida, de 1923 a 1930, Kurdistan-e Sorkh se convirtió en el único lugar del mundo donde se abrían escuelas y se publicaban libros en lengua kurda. Ya en el ocaso del siglo XX, sería otro escenario más en el que kurdos combatirían contra kurdos.
No veía otra solución para Mosul que su división del territorio entre Arbil y Bagdad. Nunca ocurrió. Obama retiró sus tropas de Irak a finales de 2011, algo que, unido al estallido de la llamada Primavera Árabe por todo el norte de África y Oriente Medio, acabó relegando a Irak al olvido más absoluto. De hecho, me encontraba en Bagdad cuando se originaron las revueltas en Túnez y Egipto, pero decidí abandonar la plaza cuando comprendí que montaba un caballo perdedor que, además, resultaba demasiado caro. Volví en la primavera de 2013, justo cuando se cumplían diez años de la invasión del país. Otra vez a Mosul; en esta ocasión, con los árabes suníes. Para mi sorpresa, fue la propia policía local de Mosul la que me vino a buscar hasta el checkpoint de entrada de Arbil. Eran árabes suníes, a diferencia de los chiíes que acordonaban la ciudad.
Si la imagen de vehículos blindados y miles de soldados embozados en pasamontañas negros a la entrada a Mosul fue recurrente en el Irak pos-Sadam, en 2013 no eran tropas americanas, sino iraquíes, las que gestionaban el acceso. Mosul había pasado una década atrapada en el fuego cruzado…

—Si perdemos el idioma, perdemos nuestra identidad y nuestra manera de ver el mundo —remarcaba Roj. Él y los diferentes maestros de la escuela coincidían en que «su objetivo a largo plazo no es solo enseñar el kurdo, sino enseñar en kurdo».
El principal obstáculo que se encontraron las escuelas fue la falta de formación entre los profesores, que siempre habían ejercido la docencia en árabe. Para hacer frente a esta situación, el Comité de Educación del Kurdistán sirio estaba preparando a voluntarios, quienes, tras un curso intensivo, se integrarían en el sistema educativo del próximo septiembre, cuando comenzara el nuevo año escolar. Lo que hicieron las escuelas de la región fue aprovechar el periodo estival para ofrecer clases intensivas de lengua, historia, geografía y cultura kurda a sus alumnos.
—La captación de docentes se ha hecho puerta por puerta, con anuncios en carteles e incluso con reclamos sonoros en las plazas de los pueblos —.
La revolución silenciosa que estaba teniendo lugar en las zonas de mayoría kurda del norte de Siria era observada por Ankara con preocupación. Tras la toma de control de los territorios de mayoría kurda por parte del PYD, el entonces primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoğan, se apresuró a decir que observaban «con inquietud la cooperación entre la organización terrorista del PKK y el PYD» y apeló al «derecho a intervenir en el interior de Siria para proteger las fronteras turcas». No sería la primera vez que Ankara realizaba una operación transfronteriza. Desde que el PKK estableció su cuartel general en Kandil, el ejército turco había llevado a cabo diferentes incursiones militares. Como medida disuasoria, Turquía decidió enviar un convoy compuesto por una veintena de vehículos militares a la región fronteriza de Kilis y reforzó la presencia armada a lo largo de los novecientos once kilómetros de frontera con Siria.
—Los kurdos no le tenemos miedo a Erdoğan. Si el Gobierno turco nos ataca, nos defenderemos —dijo el máximo responsable del parlamento del pueblo kurdo en Afrín poco antes de despedirnos.
Se trataba de todo un presagio de lo que sucedería, casi seis años más tarde, con la operación militar Rama de Olivo y la posterior ocupación turca.

La nakba («desastre», en árabe) de Afrín podría no ser el último capítulo fatídico en la historia reciente de este pueblo. En las postrimerías de 2018 Ankara continuaba bombardeando algunas aldeas del norte de Siria e Irak y amenazaba con lanzar una operación militar a gran escala en la zona del Éufrates. Teherán también había intensificado sus acciones transfronterizas y acabado con la vida de decenas de peshmerga en el vecino Kurdistán iraquí, un territorio autónomo que, tras el referéndum, había vuelto al sometimiento impuesto por Bagdad. Sin ningún atisbo de cambio, los kurdos parecían condenados a seguir respirando fuego.
—Los americanos vinieron por su propio interés: nadie los llamó, y, en realidad, nosotros ya estábamos defendiéndonos mucho antes de que ellos llegaran —esgrimía el kurdo, subrayando que lo sorprendente no era la retirada en sí misma, sino lo prematuro de la decisión.
Decía que Washington se había marcado tres condiciones antes de retirarse: la derrota de EI, detener el avance de Irán en la región y la estabilidad en Siria. Ninguna de las tres se había cumplido. Las tropas norteamericanas en la zona nunca superaron los dos mil hombres y, de hecho, ni yo ni ningún otro colega los vimos combatir sobre el terreno en Al Raqa. Muslim insistía en que lo importante había sido siempre la cobertura aérea: la retirada de Washington los dejaría peligrosamente expuestos ante la aviación de uno de los mayores ejércitos de la OTAN. ¿Las negociaciones con Damasco? Según el kurdo, no dependía de Al Asad.
—Cualquier decisión la tiene que consensuar con Teherán y Moscú.

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Highly recommended. The authors explain the Kurdish conflict by giving voice to the local population on all four sides. It is a compilation of reports and chronicles where journalists explain how they get to the sites and their relationship with the protagonists.
* Great chronicle about a people, the Kurd, who came late in history and wants to create an independent or autonomous state. Being the same in the minority and scattered among several countries formed after the decolonization of the area, they have resorted to almost all ways to achieve it, terrorism, referendums, voting, and even in the text it can be seen how some accept their double identity Kurdish and the country to which corresponds its geographical location.
* Given the foregoing and as is logical, the formed states have resorted to defending their territorial integrity in a forceful, repressive, treacherous manner on many occasions and, after all, under the rules of war, all of which are described in a Superb by the authors, using easy prose with well / dosed data as well as showing and naming the sufferers of the story. If we add to this a chronological order and maps such as those provided by the work, further facilitating reading comprehension, all that remains is to surrender to the evidence of having a very recommendable work in my hands, sometimes lacking the version of the affected countries.
* By way of conclusion, I can only recommend the book to those interested in the subject and in the region, since thanks to the reading you will have a clear idea of the past, present and future events, such facts are well understood after reading that concerns us). It is fair to signify the knowledge that the authors provide about other minorities such as the Yazidí.
* Some passages were paternalistic while others were careless with the hands into which this book may fall (for example, by giving some real names or illegal places of passage that I hope that at this time it would not be dangerous to reveal them). On the other hand, this same element is partly necessary for the awareness of the western public to whom this book is addressed.

Between 2014 and 2015, the Islamic State of Iraq and the Levant (IS) had managed to gain control of large cities such as Mosul, in Iraq, or Al Raqa and Deir ez-Zor, in Syria, and also a good part from the Syrian border with Iraq and Turkey, since he was at the gates of Aleppo, Damascus and Baghdad and, therefore, ready to seize both countries, with the idea of launching himself later on Lebanon and Israel. In addition, its ramifications extended through North Africa, other areas of the black continent and the Arabian peninsula. With seemingly unstoppable force and an unprecedented staging of horror, IS had become a planetary threat that, as the same terrorist organization used to repeat, would end up hoisting the black crepe over the Eiffel Tower after its reconquest of Al Andalus.
For many people, all this was more than a terrible nightmare: it was the logical consequence of the mistreatment inflicted on Muslim societies by the West, especially due to the Palestinian tragedy and the Anglo-American invasion of Iraq.

The Kurds and the Islamic State represent two mutually incompatible conceptions of Islam and the Middle East. For the Kurdish people, the maintenance of the ancient religious and cultural diversity in this part of the world is essential, while for the Islamic State, the Wahhabi orthodoxy, with little tradition in the area, must prevail in
any area of society, any other cultural or religious manifestation being subject to the faith of Muhammad.
Kurds are a fundamental factor in the Middle East. Kurdistan is a territory of mountainous configuration as extensive as the entire Iberian Peninsula and with almost forty million inhabitants, of whom half would live in the Kurdish regions of Turkey, another ten in northwestern Iran, five in northern Iraq and others. three in the northern part of Syria, along the Turkish border. It is, therefore, the largest stateless people in the world, for which, in general, national identity is above religious values, which makes it possible for the Kurds to have Muslims of different currents – Sunnis, Shiites , Alevis, Sufis—, as well as Christians, Yazidis, Chabakis, Kakis and even Jews, reflecting the traditional religious diversity of the entire region.
The Kurdish State has always been a dream in the collective imagination, but with difficult fit in the current international context. Its existence would mean the emergence of a new political entity in the heart of the Middle East that would control a large part of the oil, gas and water resources of the four countries that divide Kurdistan since the disintegration of the Ottoman Empire after the WWI.
In Syria, but also in Iraq, Iran and Turkey, the Kurds again reach out to the world so that it understands and supports their conception of the Middle East, which is the one that, in short, has been maintained for two millennia.

The Kurdish movement ideologically related to the PKK had achieved a notable increase in MPs, and now shifted the pressure to Ankara. The re-elected prime minister, Recep Tayyip Erdoğan, had to rule on the regional demand, and the courts, for their part, had to decide whether to empower the already elected politicians who were still imprisoned. Öcalan had given three days of ultimatum: any scenario was possible.
The pressure exerted by the different political and civil organizations ideologically related to the PKK did not achieve its objective: the Turkish government of Prime Minister Recep Tayyip Erdoğan remained unmoved, without making any concessions. Ankara’s stance prompted the guerrillas to carry out some attacks and the BDP to organize a series of acts on the street to put pressure on the Supreme Electoral Board, which was soon to rule on the imprisoned politicians.
Finally, and despite enjoying parliamentary immunity, the Turkish court competent in the matter decided to disqualify the six politicians within three days of the parliamentary investiture session that was to be held on June 28, 2011 in Ankara. The court availed itself of article 76 of the Constitution, whereby “persons who have been convicted of dishonorable crimes such as participation in acts of terrorism or incitement and promotion of such activities shall not be elected as deputies.” After learning of the court decision, the pro-Kurdish party called a march through the streets of the Bağlar district in Diyarbakir.

Kurds in Armenia was the story of a few, but with too many chiaroscuro. The 1991 collapse of the USSR, the Union of Soviet Socialist Republics, sparked a host of conflicts: from Moldova to Tajikistan. One of them was the one in the Nagorno-Karabakh enclave (1988-1994), where Yazidis would end up fighting in the Armenian ranks in that war against Azerbaijan. From a cardboard box next to the pile of sheets, Sheikh Artsanian produced a skeleton “in memory of the young Yazidis who gave their lives for Mother Armenia in Karabakh.” Many of them had died fighting in Laçin, a land language that included twenty-five Kurdish villages, but stood between Armenia and the disputed enclave. That episode was even more disheartening knowing that Laçin had been an autonomous district also known by the nickname Kurdistan-e Sorkh (Red Kurdistan). During its seven years of life, from 1923 to 1930, Kurdistan-e Sorkh became the only place in the world where schools were opened and books were published in the Kurdish language. Already in the twilight of the 20th century, it would be another scenario in which Kurds would fight against Kurds.
He saw no other solution for Mosul than his division of the territory between Arbil and Baghdad. It never happened. Obama withdrew his troops from Iraq at the end of 2011, something that, together with the outbreak of the so-called Arab Spring throughout North Africa and the Middle East, ended up relegating Iraq to absolute oblivion. In fact, I was in Baghdad when the revolts in Tunisia and Egypt started, but I decided to leave the square when I realized that I was riding a losing horse that, in addition, was too expensive. I returned in the spring of 2013, just as it was ten years since the invasion of the country. Again to Mosul; this time with Sunni Arabs. To my surprise, it was the local Mosul police themselves who came looking for me at the Arbil entrance checkpoint. They were Sunni Arabs, unlike the Shiites who cordoned off the city.
If the image of armored vehicles and thousands of soldiers cloaked in black balaclavas at the entrance to Mosul was recurring in post-Saddam Iraq, in 2013 it was not American troops, but Iraqis, who were managing the access. Mosul had spent a decade caught in the crossfire …

“If we lose the language, we lose our identity and our way of seeing the world,” said Roj. He and the different teachers at the school agreed that “their long-term goal is not only to teach Kurdish, but to teach in Kurdish.”
The main obstacle the schools encountered was the lack of training among teachers, who had always taught in Arabic. To cope with this situation, the Syrian Kurdistan Education Committee was preparing volunteers, who, after an intensive course, would be integrated into the educational system next September, when the new school year began. What the schools in the region did was take advantage of the summer period to offer intensive classes in Kurdish language, history, geography and culture to their students.
—The recruitment of teachers has been done door to door, with advertisements on posters and even with sound demands in the town squares.
The silent revolution that was taking place in the mostly Kurdish areas of northern Syria was watched by Ankara with concern. After the PYD’s takeover of the Kurdish-majority territories, then-Turkish Prime Minister Recep Tayyip Erdoğan was quick to say that they were “concerned about the cooperation between the terrorist organization of the PKK and the PYD” and appealed to the “Right to intervene inside Syria to protect Turkish borders”. It would not be the first time that Ankara carried out a cross-border operation. Since the PKK established its headquarters in Kandil, the Turkish army had carried out different military incursions. As a deterrent, Turkey decided to send a convoy of about twenty military vehicles to the border region of Kilis and reinforced the armed presence along the nine hundred and eleven kilometers of border with Syria.
—Kurds are not afraid of Erdoğan. If the Turkish government attacks us, we will defend ourselves, ”said the head of the Kurdish people’s parliament in Afrin shortly before saying goodbye.
It was an omen of what would happen, almost six years later, with the military operation Rama de Olivo and the subsequent Turkish occupation.

Afrin’s nakba (“disaster” in Arabic) may not be the last fateful chapter in the recent history of this people. In late 2018, Ankara continued to bombard some villages in northern Syria and Iraq and threatened to launch a large-scale military operation in the Euphrates area. Tehran had also stepped up its cross-border actions and killed dozens of peshmerga in neighboring Iraqi Kurdistan, an autonomous territory that, after the referendum, had returned to the subjection imposed by Baghdad. Without any hint of change, the Kurds seemed doomed to continue breathing fire.
“The Americans came for their own interest: no one called them, and in fact, we were already defending ourselves long before they arrived,” the Kurd argued, stressing that what was surprising was not the withdrawal itself, but the prematureness of the decision.
He said that Washington had set itself three conditions before withdrawing: IS’s defeat, stopping Iran’s advance in the region and stability in Syria. None of the three had been fulfilled. The American troops in the area never exceeded two thousand men and, in fact, neither I nor any other colleague saw them fight on the ground in Al Raqa. Muslim insisted that air cover had always been important: the withdrawal from Washington would leave them dangerously exposed to the aviation of one of NATO’s largest armies. Negotiations with Damascus? According to the Kurd, he was not dependent on Al Asad.
—Any decision has to be agreed with Tehran and Moscow.

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