Fake. La Invasión De Lo Falso — Miguel Albero / Fake. The Invasion Of The False by Miguel Albero (spanish book edition)

Me ha parecido un ensayo muy didáctico que en los tiempos que corren es un buena lectura para generar debate. Recomendado.
El autor llama fake a la invasión de la falsedad y la impostura en la cultura y la sociedad contemporáneas.
El fake es todo cuanto se produce bajo el orden de la falsedad, la mentira o la desproporción. La expresión más usada es fake news, porque en efecto vivimos en un mundo en donde casi resulta imposible distinguir las noticias falsas de las verdaderas. Incluso a veces nos da igual. Hemos llegado a la indiferencia, hemos alcanzado una especie de nirvana en donde la verdad y la mentira solo son accidentes sin importancia del presente delirante en que vivimos. Hemos llegado a no distinguir lo falso de la verdadero y esa indistinción se ha adueñado de nuestra sensibilidad, no sin pervertirla.

«Falso» es, según la primera acepción recogida tradicionalmente en nuestro DRAE (Diccionario Real Academia Española), hoy DLE (Diccionario Lengua Española), «Aquello que es contrario a la verdad por error o malicia». La segunda acepción ofrecida por el diccionario es más neutra, pues afirma que es «Aquello que aparenta ser real o no es lo que parece». En las dos acepciones lo falso se opone a la verdad, o a lo verdadero, también a lo auténtico, a lo original, y así se emparenta con lo apócrifo, pero hay entre ellas un matiz que resulta clave.
Y, por analizar sus orígenes y entrar de paso en el matiz, digamos que «falso» proviene del latín falsus, participio del verbo fallere, que quiere decir ‘engañar o burlar’. Luego, en su etimología, el concepto está más cerca de la primera acepción del diccionario, aunque solo cuando lo contrario a la verdad lo es por malicia, no por error. Así, según la acepción etimológica, para que algo sea falso, no basta con que tenga apariencia de real y no lo sea, debe mediar un engaño, sin trampa no hay falsedad, sin engaño no existe falsificación.
Sin duda, uno de los campos de la contemporaneidad donde el mundo del fake ha hecho su agosto es el mundo virtual, ese campo minado de internet y de las muy minadas y animadas redes sociales. Porque lo virtual se opone a lo real y, por tanto, hablamos de un territorio pantanoso, donde la falsificación resulta más fácil, donde esa liquidez de nuestra sociedad no es ya mercurio, sino agua pura. Cristalina. O mejor turbia, muy turbia. Y es que la falsificación de los hechos no es cosa de hoy, pero el mundo de las redes sociales, donde cualquiera se convierte en generador de noticias y de opiniones, sin jerarquía ni criterio, sin auctoritas ni rigor, es el gran hábitat natural de las fake news, el lugar donde florecen.

«Suplantador» es la denominación que más nos gusta, aunque «impostor» se haya llevado el gato al agua. Y nos gusta porque «impostor», así como «farsante», presenta ya el sesgo inequívoco de lo negativo, «farsante» además añade ese sesgo ya aguado y gaseoso, porque cuando digo de alguien que es un farsante, hay algo de insulto menor; «impostor» suena al menos más serio.
Otra modalidad de impostores que no lo son es la del intruso, aquel que se cuela en los lugares por medio de distintas estratagemas, pero sin dejar de ser quien es, sin cambiar su identidad, solo provocando el equívoco de que ese que es él está invitado, pero no lo está. Y aquí veremos dos casos contemporáneos que han trascendido, uno el de alguien que se colaba en todas las ceremonias oficiales, aunque no estuviera invitado; otro, el del falso intérprete de signos, que ni era falso ni intérprete de signos.

To counterfeit is death (Falsificar es la muerte), es una frase que aparecía admonitoria en los billetes emitidos en las colonias del imperio británico, un poco como esos mensajes ominosos escritos en mayúscula y negrita y arteramente ubicados en los paquetes de cigarrillos, así aprendes que puedes morirte mañana si te los fumas. Pero a diferencia del tabaco, que mata y cuánto, pero no necesariamente por fumarte esa cajetilla en concreto, aquí las autoridades querían advertirte como a los niños pequeños: si falsificabas ese billete, podrías en efecto terminar muerto, y muchas veces por la vía más dolorosa. Y la verdad es que esa amenaza se ha cumplido a lo largo de la historia, y la razón es simple: quien falsifica un Picasso engaña a Picasso o a sus herederos, o en última instancia al comprador ingenuo y millonario, pero, quien falsifica moneda, engaña al mismísimo Estado, y este, no lo olvidemos, es quien tiene el monopolio de la represión institucional.
El primer falsificador de moneda famoso de la historia lleva por nombre Alejandro el Barbero y su fama se debe no tanto a su labor falsificadora como al hecho de que el emperador Justiniano lo contratara para combatir el fraude, algo que ha sucedido luego después con otros colegas de profesión.

La falsificación comercial en sentido estricto se produce cuando hay un uso fraudulento de la marca: yo fabrico algo a bajo coste, le pongo descarado tu marca y luego lo vendo, ahí ya convertido en delincuente. Este tipo de falsificación afecta a todos los ámbitos del mundo comercial, pero es en el sector de los productos de lujo donde hace su agosto. Para entenderlo habría que empezar por asumir resignados que la sociedad actual se ha convertido en una sociedad de marcas, porque en ella las marcas juegan un papel determinante en la identificación de las personas.
Pero además de la falsificación pura y dura, hay otras formas parecidas, ubicadas en el límite entre falsificar e imitar y, si no suponen falsificación en sentido estricto, sí son en todo caso fraude. Aquí va un ejemplo. Rido Busse es un diseñador industrial alemán que en 1977 creó el premio Plagiarius, y lo hizo por una experiencia personal no demasiado agradable. Busse había diseñado una báscula para una empresa alemana de prestigio y, tras asistir entusiasmado a la salida del producto al mercado, asistió —menos entusiasmado, en todo caso perplejo, cabreado incluso— a la aparición en Hong Kong de otro casi igual; claramente una copia con materiales mucho peores que, además, afectaban a la función del producto, esto es, al peso ofrecido por la balanza. Hablamos del caso donde la copia resulta más dañina, ya que incide directamente sobre la razón de ser del producto mismo y perjudica mucho más la imagen y la marca del real, no solo porque te quitan una cuota de mercado, sino también porque, cuando alguien vea el bueno, puede pensar que es igual de inservible que el que compró. Tras litigar, ver cómo la copia finalmente se retiraba (tarde, ya habían vendido más de cien mil unidades) y cómo volvía a aparecer con otros fabricantes y otros nombres, Busse decidió hacer algo para llamar la atención sobre este fenómeno y, de paso y sobre todo, convencer a las autoridades para endurecer la legislación al respecto. Desde entonces se concede en Fráncfort este premio que empezó como una iniciativa individual, fue acogida después por la Asociación de Diseñadores Industriales y hoy es una compañía llamada Aktion Plagiaruis.
Un fenómeno de grandes dimensiones, situado a caballo entre la falsificación y la copia, es el shanzhai, y es —casi está de más decirlo— un fenómeno chino, de ahí las grandes dimensiones, pues todo cuanto allí sucede lo hace a una escala muy diferente a la nuestra. El término empieza a emplearse en ese país hacia el año 2005 y hoy es toda una revolución silenciosa que abarca no solo lo comercial, sino también lo cultural y lo social. Y si ese, 2005, es el ámbito temporal del origen de la cosa, el geográfico es Shenzen, la enorme —de nuevo el adjetivo casi sobra— ciudad vecina a Hong Kong, donde se produce una gran parte de los productos tecnológicos que tú consumes.
El término shanzhai literalmente quiere decir ‘pueblo de montaña o fortaleza de montaña’ y alude al lugar donde se escondían los bandidos, emparentándose así con nuestro pirata, pues si decimos que un producto es pirata, es debido a que los piratas no comerciaban habitualmente por los conductos formales, no porque ese producto lleve un loro en el hombro y un parche en el ojo. El nombre shanzhai ya era empleado en Hong Kong en los años cuarenta del siglo pasado para designar los burdeles clandestinos. Luego debemos convenir que ellos mismos, los chinos, son plenamente conscientes de estar ante algo trucho, alegal cuando no ilegal, si ese es el nombre que le dan al fenómeno.
Las razones del nacimiento y auge de este movimiento en China son varias y, como siempre, cada cual aporta su opinión al respecto para que alguno termine por acertar, aunque sea sin querer. Hay incluso quien se remonta a Hegel para justificarlo, pues el filósofo alemán advertía que «los chinos son conocidos por mentir más que nadie».
De todos los tipos de falsificaciones, el más abyecto, el que menos gracia nos hace, es sin duda la falsificación de medicamentos. No deja de ser una falsificación comercial y por eso la incluimos en este apartado, pues el medicamento es, al cabo, un producto, un producto con marca, pero un producto que cura. Y la abyección reside en tratarse de una falsificación que afecta negativamente a quien la compra, una falsificación que mata, no solo hace daño al producto original o a su marca, sino al consumidor.

En definitiva, falsificas la historia porque, de no hacerlo, ese pasado puede hacerse presente para pedirte cuentas, porque siempre es mejor no dejar huellas o cambiar las que te incriminan por otras que incriminen a tus enemigos. Así, por el mismo precio, tú, que la mereces, no vas a la cárcel y ellos sí. Y la realidad y la propia historia no falsificada nos constatan terribles que, si puedes, si tienes capacidad de hacerlo, lo haces. Nadie es tan magnánimo o tan ingenuo o tan sincero para abstenerse de semejante tentación, quién no haría lo mismo, si pudiera, con su propia e insignificante vida. Es verdad que ahí las cosas han cambiado mucho, ahora ya no es tan fácil, por eso conviene hacer un poco de historia de la falsificación de la historia.
Pero concluyamos antes afirmando que, en definitiva, la historia se falsifica por los mismos motivos por los que se falsifica cualquier cosa, para obtener un beneficio. Es verdad que no es como en la mayoría de los casos un mero beneficio económico, pero beneficio al cabo. Así de simple.
La manera de falsificar la historia se reduciría a cumplir la expresión que dice no contar la verdad, con todo lo que eso implica, y en esta frase cabrían las cuatro formas que a continuación analizaremos, que representan distintos modos de falsificar la historia del más leve al más sofisticado. El más leve sería el de mirar a otro lado, donde aquello que contamos es verdad, pero no contamos toda la verdad. El segundo sería directamente contar mentiras, recurrir a la ficción y glosar hechos que no sucedieron. El tercero implicaría la falsificación de objetos y, a través de ello, la creación de hechos que en verdad no acontecieron; y el cuarto consistiría en su contrario, esto es, en eliminar toda huella de lo que sí sucedió para que nadie después pueda contarlo.

Tomemos el caso de Beltracchi. Aquí se plantea una circunstancia interesante, y es el hecho de que, si a Beltracchi no le hubieran pillado, realmente esta sería una estafa sin ningún perjudicado, el crimen perfecto de verdad, tan perfecto que ni siquiera hay víctima. Lo normal es que en las estafas haya siempre una víctima —el estafado—, cuando no dos —el artista y el estafado—, mientras que, en este caso, hasta que el castillo de naipes se desmorona nadie sale perjudicado. Claro que nos ponemos un poco cínicos, pero supongamos que no nos ponemos cínicos. Los Beltracchi desde luego ganan. Los compradores ganan, porque poseen cuadros de artistas de su gusto; al fin y al cabo, hay muchos millonarios y los pintores muertos ya no pueden ampliar su obra; no hay, por tanto, suficientes para todos, para tanto nuevo rico. Los expertos también ganan, porque han cobrado su dinero por afirmar la autenticidad de esas obras; los críticos, desde luego, pues ahora tienen más obras de sus artistas para llegar a sesudas conclusiones sobre la evolución de sus estilos. Podríamos pensar —ya desde luego, muy estupendos— que aquí solo sufre la obra del artista, pero, si atendemos a cuanto afirman los críticos, a lo escrito y hecho público, estas obras han servido para entender mejor el conjunto de su creación, en muchos casos para mejorarla.
En definitiva, nadie pierde y, sin embargo, todos lo hacen cuando se destapa el fraude. Casi hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban, las obras habrían pasado a formar parte del catálogo de los artistas, los dueños tendrían un patrimonio listo para revender en Sotheby’s, y los críticos, más madera para seguir escribiendo.
Y sí, puede que nos hayamos puesto cínicos, pero sin duda el caso Beltracchi sirve muy bien para ilustrar este elemento clave del Sistema del Fake, el motor que lo impulsa, la gasolina que lo alimenta.

————–

I have found it to be a very didactic essay that in these times is a good read to generate debate. Recommended.
The author calls the invasion of falsehood and imposture in contemporary culture and society fake.
Fake is everything that is produced under the order of falsehood, lies or disproportion. The most used expression is fake news, because in fact we live in a world where it is almost impossible to distinguish false news from true news. Sometimes we don’t even care. We have reached indifference, we have reached a kind of nirvana where truth and lies are only minor accidents of the delusional present in which we live. We have come not to distinguish the false from the true and that indistinction has taken over our sensitivity, not without perverting it.

“False” is, according to the first meaning traditionally collected in our DRAE (Spanish Royal Academy Dictionary), today DLE (Spanish Language Dictionary), “That which is contrary to the truth by error or malice.” The second meaning offered by the dictionary is more neutral, since it affirms that it is “That which appears to be real or is not what it appears to be.” In both meanings the false is opposed to the truth, or the true, also the authentic, the original, and thus is related to the apocryphal, but there is a nuance between them that is key.
And, to analyze its origins and enter the nuance in passing, let’s say that “false” comes from the Latin falsus, a participle of the verb fallere, which means “deceive or deceive.” Then, in its etymology, the concept is closer to the first meaning of the dictionary, although only when the opposite of the truth is due to malice, not by mistake. Thus, according to the etymological meaning, for something to be false, it is not enough that it appears to be real and it is not, there must be a deception, without cheating there is no falsehood, without deception there is no falsification.
Undoubtedly, one of the contemporary fields where the world of fake has made its August is the virtual world, that minefield of the internet and the highly mined and lively social networks. Because the virtual is opposed to the real and, therefore, we are talking about a swampy territory, where counterfeiting is easier, where that liquidity in our society is no longer mercury, but pure water. Crystalline. Or better cloudy, very cloudy. And it is that the falsification of the facts is not a thing of today, but the world of social networks, where anyone becomes a generator of news and opinions, without hierarchy or criteria, without auctors or rigor, is the great natural habitat of fake news, the place where they flourish.

“Supplanter” is the name we like the most, even though “impostor” has taken the cat into the water. And we like it because “impostor”, as well as “fraud”, already presents the unequivocal bias of the negative, “fraud” also adds that bias already watered down and gaseous, because when I say of someone who is a fraud, there is some minor insult ; “Impostor” sounds at least more serious.
Another modality of impostors that are not is that of the intruder, the one who sneaks into places through different stratagems, but without ceasing to be who he is, without changing his identity, only causing the mistake that he who is he is invited, but he is not. And here we will see two contemporary cases that have transpired, one of someone who sneaked into all official ceremonies, even if he was not invited; another, that of the false sign interpreter, who was neither a false nor a sign interpreter.

To counterfeit is death, is a phrase that appeared admonitory on the bills issued in the colonies of the British Empire, a bit like those ominous messages written in capital letters and bold and artfully located on cigarette packages, so you learn that you can die tomorrow if you smoke them. But unlike tobacco, which kills and how much, but not necessarily because of smoking that particular packet, here the authorities wanted to warn you like young children: if you falsified that ticket, you could indeed end up dead, and many times by more painful. And the truth is that this threat has been carried out throughout history, and the reason is simple: whoever falsifies a Picasso deceives Picasso or his heirs, or ultimately the naive buyer and millionaire, but, who falsifies currency, It deceives the State itself, and this, let us not forget, is the one who has a monopoly on institutional repression.
The first famous coin counterfeiter in history is named Alexander the Barber and his fame is due not so much to his counterfeiting work but to the fact that the Emperor Justinian hired him to fight fraud, something that has happened later with other colleagues. professional.

Commercial counterfeiting in the strict sense occurs when there is a fraudulent use of the brand: I manufacture something at low cost, I shamelessly brand your brand and then sell it, there already become a criminal. This type of counterfeiting affects all areas of the commercial world, but it is in the luxury products sector that it makes its August. To understand it, one would have to start by assuming that the current society has become a brand society, because in it, brands play a determining role in the identification of people.
But in addition to pure and simple counterfeiting, there are other similar forms, located on the border between counterfeiting and imitating and, if they do not imply counterfeiting in the strict sense, they are in any case fraud. Here is an example. Rido Busse is a German industrial designer who in 1977 created the Plagiarius Prize, and he did it for a not too pleasant personal experience. Busse had designed a scale for a prestigious German company and, after enthusiastically attending the release of the product to the market, he attended – less enthusiastic, in any case perplexed, even pissed off – the appearance in Hong Kong of another almost equal; clearly a copy with much worse materials that, in addition, affected the function of the product, that is, the weight offered by the balance. We are talking about the case where copying is more harmful, since it directly affects the raison d’être of the product itself and damages the image and brand of the real much more, not only because they take away a market share, but also because, when someone see the good one, you may think it is just as useless as the one you bought. After litigating, seeing how the copy was finally withdrawn (later, they had already sold more than one hundred thousand units) and how it reappeared with other manufacturers and other names, Busse decided to do something to draw attention to this phenomenon and, incidentally, and above all, convincing the authorities to tighten the legislation in this regard. Since then this prize has been awarded in Frankfurt, which started as an individual initiative, was later received by the Association of Industrial Designers and today is a company called Aktion Plagiaruis.
A phenomenon of great dimensions, located halfway between forgery and copying, is the shanzhai, and it is – almost needless to say – a Chinese phenomenon, hence the great dimensions, since everything that happens there does it on a very large scale. different from ours. The term began to be used in that country around 2005 and today is a silent revolution that encompasses not only the commercial, but also the cultural and the social. And if that, 2005, is the temporal scope of the origin of the thing, the geographical one is Shenzen, the huge —again the adjective almost left over— neighboring city to Hong Kong, where a large part of the technological products that you consume is produced. .
The term shanzhai literally means ‘mountain town or mountain fortress’ and refers to the place where the bandits hid, thus becoming related to our pirate, because if we say that a product is pirate, it is because pirates did not usually trade for formal ducts, not because that product has a parrot on the shoulder and an eye patch. The name shanzhai was already used in Hong Kong in the 1940s to designate clandestine brothels. Then we must agree that they, the Chinese, are fully aware that they are dealing with something tricky, if not illegal, if that is the name they give to the phenomenon.
The reasons for the birth and rise of this movement in China are several and, as always, each one contributes his opinion on the matter so that someone ends up getting it right, even if it is accidentally. There are even those who go back to Hegel to justify it, because the German philosopher warned that “the Chinese are known to lie more than anyone else.”
Of all the types of counterfeits, the most abject, the least graceful to us, is undoubtedly the counterfeiting of medicines. It is still a commercial counterfeit and that is why we include it in this section, because the drug is, after all, a product, a branded product, but a product that cures. And the abjection resides in being a counterfeit that negatively affects the person who buys it, a counterfeit that kills, not only does harm to the original product or its brand, but to the consumer.

In short, you falsify history because, if you do not, that past can be present to hold you accountable, because it is always better not to leave footprints or change the ones that incriminate you for others that incriminate your enemies. So, for the same price, you, who deserve it, don’t go to jail and they do. And the reality and the own history not falsified we find terrible that, if you can, if you have the capacity to do it, you do it. No one is so magnanimous or so naive or so sincere to refrain from such a temptation, who would not do the same, if they could, with their own insignificant life. It is true that things have changed a lot there, now it is not so easy, that is why it is convenient to make a little history of the falsification of history.
But let us conclude earlier by stating that, ultimately, history is falsified for the same reasons that anything is falsified, in order to make a profit. It is true that it is not like in most cases a mere economic benefit, but a benefit in the end. It’s that simple.
The way to falsify history would be reduced to fulfilling the expression that says not to tell the truth, with all that that implies, and in this sentence the four forms that we will analyze below would fit, which represent different ways of falsifying history of the slightest to the most sophisticated. The slightest would be to look the other way, where what we tell is true, but we don’t tell the whole truth. The second would be directly telling lies, resorting to fiction and glossing facts that did not happen. The third would involve the falsification of objects and, through it, the creation of events that did not really happen; and the fourth would consist of its opposite, that is, of eliminating all traces of what did happen so that no one later can tell it.

Take the Beltracchi case. Here an interesting circumstance arises, and it is the fact that, if Beltracchi had not been caught, this would really be a scam without any victim, the perfect crime really, so perfect that there is not even a victim. The normal thing is that in scams there is always one victim – the swindled -, if not two – the artist and the swindled – while, in this case, until the house of cards falls apart, no one is harmed. Sure we get a little cynical, but suppose we don’t get cynical. The Beltracchi certainly win. Buyers win because they have paintings by artists of their choice; after all, there are many millionaires and the dead painters can no longer expand their work; there is, therefore, not enough for everyone, for so much new rich. The experts also win, because they have collected their money to affirm the authenticity of those works; the critics, of course, because now they have more works by their artists to reach wise conclusions about the evolution of their styles. We could think – and of course, very great – that only the artist’s work suffers here, but, if we pay attention to what the critics affirm, to what is written and made public, these works have served to better understand the whole of his creation, in many cases to improve it.
Ultimately, no one loses, and yet everyone does when fraud is uncovered. It would almost have been better to leave things as they were, the works would have become part of the artists’ catalog, the owners would have a heritage ready to resell at Sotheby’s, and the critics, more wood to continue writing.
And yes, we may have become cynical, but without a doubt the Beltracchi case serves very well to illustrate this key element of the Fake System, the engine that drives it, the gasoline that powers it.

2 pensamientos en “Fake. La Invasión De Lo Falso — Miguel Albero / Fake. The Invasion Of The False by Miguel Albero (spanish book edition)

  1. About the Beltracchi forgeries. The experts did not “win.” When the forgery was revealed, their expertise was revealed to be shoddy with the result being falling revenues. Additionally, some buyers brought legal suite for damages resulting in high lawyer fees for the experts and financial penalties. Beltracchi made out quite well.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .