En La Mitad De La Vida — Kieran Setiya / Midlife: A Philosophical Guide by Kieran Setiya

La vida está envuelta en una paradoja. Kierkegaard obtiene lo mejor de todo. No creo que el autor mencione a Kierkegaard, pero sí menciona a muchos otros filósofos y los usa para proporcionar un contexto para su narración de una reevaluación de la mediana edad que no necesariamente se caracteriza como una crisis. Citará a Kant en el sentido de que la filosofía está más interesada en tres preguntas: 1) ¿qué podemos saber, 2) qué debemos hacer y 3) ¿qué merece nuestras esperanzas? El autor siempre tiene esas preguntas en un segundo plano mientras cuenta su historia.
Existe la ‘paradoja del ego’: el hecho de que si solo nos consideramos a nosotros mismos, nos damos cuenta menos que si consideramos a otros también, un concepto de JS Mill del que habla el autor, o la paradoja de nuestra propia insatisfacción inevitable por la que Schopenhauer nuestra filosofía se resume y se describe en este libro. En el centro de nuestro ser y en la lucha por nuestro significado a través de la respuesta a esas tres preguntas, existen paradojas inherentes a lograr nuestro bienestar (eudemonia) o felicidad o satisfacción o lo que uno quiera llamar nuestro verdadero propósito (telos).
Para resumir el mensaje en este libro, el autor tiende hacia un existencialismo con su “sin remordimientos” y convirtiéndose en triunfos, y que somos absolutamente dueños de nuestras propias elecciones mientras el autor minimiza la “ansiedad por nada” del existencialista que tenemos del absurdo inherente a la vida que lleva a una paradoja del Ser mismo. El autor también se inclina hacia el pensamiento budista, excepto por la negación del yo porque le gusta el “poder del ahora”: la atención plena de Eckhart Tolle. Cambiará la prioridad de la Ética a Nicómaco de Aristóteles para favorecer lo práctico (dirá existencial) sobre la contemplación de lo divino.
El autor es mucho más inteligente en filosofía de lo que nunca lo seré, pero nunca me cautiva en su narración de historias y nunca tuve que luchar para mantenerme al tanto de contar una historia algo familiar. Como dijo Kierkegaard, un autor siempre debe asumir que el lector ha leído otros libros similares sobre el tema y necesita decirle algo que ya no sabe para que el libro valga la pena. Este es un libro muy corto con algunas cosas de “autoayuda” y, a pesar de las cosas de autoayuda que siempre me desperdician, el autor logra conectar a diferentes filósofos de manera coherente en su narración.

La crisis de la mediana edad llega a la cincuentena, con la salud recuperada pero unas perspectivas confusas. La novedad del logro se ha desvanecido: la primera publicación, la primera conferencia, el primer día de clase. El futuro es un túnel de cristal: el resto de la vida, y su diversidad, sucede en otra parte. Mi cuerpo cruje y se debilita; el dolor de espalda es un compañero habitual, no un visitante ocasional: escribo de pie. Mis padres se hacen mayores, su salud es cada vez más precaria. Siento la finitud de la vida: los años están contados; el tiempo pasa rápido.
Podría ser peor. Podría odiar mi trabajo… Aunque no sea generalizada, la crisis de la mediana edad afecta a rasgos temporales de la vida humana que sí son generales: la progresiva reducción de las posibilidades, la finalización o el fracaso de los proyectos.
Las crisis características de la mediana edad no surgen de un escepticismo generalizado sobre razones o valores, o de dudas filosóficas tan fundamentales que no tienen en cuenta la forma de vida humana. No invocan un nihilismo integral sino concepciones más vagas de uno mismo y el mundo. Esa es la razón por la que son interesantes filosóficamente. Qué distingue a la vacuidad de la crisis de la mediana edad de la vacuidad absoluta en la que uno no ve razón para hacer nada, ni razón para preferir un resultado a otro, es una pregunta para la filosofía. ¿Qué falta en la mediana edad, si el valor final permanece? Las respuestas a esa pregunta exigen hacer distinciones en el valor, como la diferencia entre medios y fines, aunque más sutiles, desconcertantes y conmovedoras.

El verdadero reto no es aceptar que nunca seré poeta o médico cuando estoy seguro de que la filosofía no era una decisión equivocada. Es aceptar que nunca podré dar marcha atrás en cosas que no debería haber dicho o hecho, que no puedo cambiar acontecimientos del pasado que han perjudicado mi vida, que es imposible una segunda oportunidad. La filosofía puede ofrecer consuelo para las quejas ociosas de los más afortunados. ¿Qué puede hacer por el resto de nosotros? ¿Han desarrollado o identificado los filósofos técnicas para gestionar el arrepentimiento en sus formas más amargas?.
Incluso cuando cometemos errores, soportamos adversidades, vemos cómo nuestros esfuerzos fracasan, podemos aspirar al espacio que queda entre la honestidad y el arrepentimiento, entre reconocer el pasado tal como fue y querer rebobinar hasta el momento en que las cosas se torcieron. En principio no necesitamos una máquina del tiempo para silenciar los arrepentimientos que ocupan la mediana edad, lo que necesitamos es una manera racional de cambiar nuestra perspectiva sobre ciertos acontecimientos del pasado en vista de su relación con el presente. A continuación, exploraremos las posibilidades de hacerlo, empezando con modos más directos, aceptando sus limitaciones, antes de intentar reivindicar tácticas que son al mismo tiempo más poderosas y desconcertantes.
Estamos progresando. Una manera de proteger del arrepentimiento a los errores, las desgracias y los fracasos es que las cosas salgan mejor de lo esperado. Pero incluso cuando no es así, el arrepentimiento no es obligatorio.
Para evitar el arrepentimiento, debes preservar cierto olvido. Existe una amenaza equivalente. Cuanto más sabes qué te estás perdiendo, descubres en mayor medida cuáles habrían sido las alternativas y lo que habrían implicado, más difícil resulta dejarlo ir. De ahí una palabra de despedida a la retrospección: cuidado con lo que examinas, dónde decides educar la mirada. Un poco de conocimiento es inofensivo; demasiado puede costarle un precio a tu tranquilidad mental. No te obsesiones con lo que podría haber sido: «Ahí donde la ignorancia es felicidad/ es una insensatez ser sabio».

El amor tiene al menos dos caras: la preocupación por el bienestar de los demás, que desea lo mejor para ellos; y la percepción de un valor que merece la pena preservar, una respuesta apasionada a la dignidad de la vida humana. Cuando quieres a alguien, consideras que su existencia importa, que no puede ser sustituida. Estas dimensiones pueden entrar en conflicto.
El amor no es un proyecto. Pero otras cosas sí lo son; y algunas de ellas sin duda son importantes. Sería insensible negar el valor meliorativo de curar una enfermedad o acabar con una guerra. Sería superficial negar el valor existencial del arte: de leer una novela, pintar un cuadro, cantar una canción. Todas estas son actividades télicas; y todas son valiosas. No deberíamos simular lo contrario. Ni deberíamos dudar de que tienen un valor final: no solo son medios para fines posteriores.

Meditar sobre tu respiración, tu cuerpo, los sonidos en el ambiente, es una manera de entrenar tu apreciación de las actividades atélicas simples: respirar, estar sentado, escuchar. Hay valor en estas actividades, aunque no el suficiente para que una vida tenga sentido. Prestar atención a su presencia no es un fin en sí mismo. Es una manera de desarrollar tu capacidad para estar en el momento, así como para apreciar las contrapartidas atélicas de las actividades télicas que son importantes para ti. Para hacerlo, debes superar la atracción magnética de la orientación télica. Debes impedir que los proyectos acaparen tu atención. Necesitas el dominio de la concentración mental, de tus propios pensamientos y sentimientos, alimentado por la meditación de la conciencia plena. Si esto te ayudará a hacer frente a la muerte, a abandonar el vínculo contigo mismo. Vivir conscientemente es percibir el valor de las actividades atélicas, un valor que la implicación en la actividad no agota y que no se difiere al futuro, sino que se produce aquí y ahora. Trata de resolver tu crisis de la mediana edad, tu sensación de repetición y futilidad, de perturbación y autoderrota, viviendo en el halo del presente.

La mediana edad implica perderse cosas. Reconoces los caminos que ya nunca recorrerás, las vidas que nunca tendrás, y miras atrás, a la libertad de la juventud, con nostalgia. En segundo lugar, no exageres el valor de tener alternativas. Las alternativas son importantes, pero no lo suficiente para compensar unos resultados que, en sí mismos, no preferirías. No te dejes engañar por el atractivo de la elección. En tercer lugar, aunque tiene sentido envidiar a tu yo más joven, que aún está libre del dolor de la pérdida de sus alternativas, no olvides el coste. No saber lo que no harás supone no saber qué harás, una vertiginosa pérdida de identidad.
El reto más esquivo de la mediana edad no es lidiar con el pasado o el futuro, sino con el vacío del presente, la sensación de que la satisfacción se aplaza o se queda atrás, de que esforzarse incesantemente es autodestructivo.

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Life is engulfed within a paradox. Kierkegaard gets this best of all. I don’t think the author mentions Kierkegaard but he does mention many other philosophers and uses them to provide context for his telling of a midlife reassessment that is not necessarily characterized as a crisis. He’ll quote Kant to the effect that philosophy is most interested in three questions: 1) what can we know, 2) what should we do, and 3) what is deserving of our hopes? The author always has those questions in the background while he’s telling his story.
There is the ‘paradox of the ego’ – the fact that if we only consider ourselves we actualize ourselves less than if we consider others too, a J. S. Mill concept that the author speaks about, or the paradox of our own inevitable dissatisfaction for which Schopenhauer’s dour philosophy outlines and is outlined within this book. At the core of our being and the striving for our meaning through answering of those three questions there are paradoxes inherent in achieving our well being (eudemonia) or happiness or satisfaction or whatever one wants to call our true purpose (telos).
To summarize the message in this book, the author tends towards an existentialism with his ‘no regrets’ and becoming trumps being, and that we absolutely own our own choices while the author down plays the existentialist’s ‘anxiety about nothing’ that we have from the-being-unto-death absurdity inherent in life leading to a paradox of Being itself. The author also leans toward Buddhist thought except for the denial of the self because he likes the ‘power of the now’ – the mindfulness of Eckhart Tolle. He’ll switch the priority of Aristotle’s Nicomachean Ethics to favor the practical (he’ll say existential) over the contemplation of the divine.
The author is way more intelligent in philosophy then I’ll ever be, but he never wows me in his story telling and I never really had to struggle to keep up with a somewhat familiar telling of a story. As Kierkegaard said, an author must always assume the reader has read other similar books on the topic and needs to tell the reader something they don’t already know in order to make the book worthwhile. This is a very short book with some ‘self help’ stuff and in-spite of the self help stuff that always goes wasted on me the author manages to connect different philosophers coherently in his story telling.

The midlife crisis is in its fifties, with recovered health but unclear prospects. The novelty of achievement has faded: the first post, the first lecture, the first day of class. The future is a glass tunnel: the rest of life, and its diversity, happens elsewhere. My body creaks and weakens; Back pain is a regular companion, not an occasional visitor: I write standing up. My parents are getting older, their health is increasingly poor. I feel the finitude of life: the years are numbered; time goes fast.
It could be worse. I could hate my job … Although it is not generalized, the midlife crisis affects temporary features of human life that are general: the progressive reduction of possibilities, the completion or failure of projects.
The characteristic midlife crises do not stem from widespread skepticism about reasons or values, or from philosophical doubts so fundamental that they disregard the human way of life. They do not invoke an integral nihilism but vaguer conceptions of oneself and the world. That is why they are interesting philosophically. What distinguishes emptiness from the midlife crisis from absolute emptiness in which one sees no reason to do anything, or reason to prefer one outcome to another, is a question for philosophy. What is missing in middle age, if the final value remains? Answers to that question call for distinctions in value, such as the difference between means and ends, though more subtle, puzzling, and moving.

The real challenge is not accepting that I will never be a poet or doctor when I am sure that philosophy was not a wrong decision. It is accepting that I can never back down on things that I should not have said or done, that I cannot change past events that have hurt my life, that a second chance is impossible. Philosophy can offer solace to the idle complaints of the luckiest. What can it do for the rest of us? Have philosophers developed or identified techniques for managing repentance in its most bitter forms?
Even when we make mistakes, we endure adversity, we see how our efforts fail, we can aspire to the space that remains between honesty and repentance, between acknowledging the past as it was and wanting to rewind until the moment things went wrong. In principle we do not need a time machine to silence the regrets that occupy the middle age, what we need is a rational way to change our perspective on certain events of the past in view of their relationship with the present. Next, we’ll explore the possibilities of doing so, starting with more direct ways, accepting their limitations, before trying to claim tactics that are both more powerful and puzzling.
We are making progress. One way to protect mistakes, misfortunes, and failures from regret is for things to go better than expected. But even when it is not, repentance is not mandatory.
To avoid repentance, you must preserve a certain forgetfulness. There is an equivalent threat. The more you know what you’re missing, the more you discover what the alternatives would have been and what they would have entailed, the harder it is to let it go. Hence a farewell word to hindsight: be careful what you examine, where you decide to educate the gaze. A little knowledge is harmless; Too much can cost your peace of mind. Don’t be obsessed with what could have been: “Where ignorance is happiness / it is foolishness to be wise.”

Love has at least two faces: concern for the well-being of others, who wishes the best for them; and the perception of a value worth preserving, a passionate response to the dignity of human life. When you love someone, you consider that their existence matters, that it cannot be replaced. These dimensions may conflict.
Love is not a project. But other things are; and some of them are certainly important. It would be callous to deny the meliorative value of curing an illness or ending a war. It would be superficial to deny the existential value of art: to read a novel, paint a painting, sing a song. These are all telic activities; and they are all valuable. We should not pretend otherwise. Nor should we doubt that they have a final value: they are not only means for later purposes.

Meditating on your breathing, your body, the sounds in the environment, is a way to train your appreciation of simple athelic activities: breathing, sitting, listening. There is value in these activities, though not enough for a life to make sense. Paying attention to your presence is not an end in itself. It is a way to develop your capacity to be in the moment, as well as to appreciate the athelic counterparts of the telic activities that are important to you. To do this, you must overcome the magnetic attraction of telic orientation. You must prevent projects from grabbing your attention. You need mastery of mental concentration, of your own thoughts and feelings, fueled by mindfulness meditation. If this will help you cope with death, let go of the bond with yourself. To live consciously is to perceive the value of the athelic activities, a value that the involvement in the activity does not exhaust and that does not differ to the future, but occurs here and now. Try to resolve your midlife crisis, your feeling of repetition and futility, of disturbance and self-defeat, living in the halo of the present.

Middle age involves missing things. You recognize the paths that you will never walk, the lives that you will never have, and you look back to the freedom of youth, with nostalgia. Second, don’t exaggerate the value of having alternatives. The alternatives are important, but not enough to compensate for results that, in themselves, you would not prefer. Don’t be fooled by the appeal of the choice. Third, although it makes sense to envy your younger self, which is still free from the pain of losing its alternatives, don’t forget the cost. Not knowing what you will not do means not knowing what you will do, a dizzying loss of identity.
The most elusive challenge in middle age is not dealing with the past or the future, but with the emptiness of the present, the feeling that satisfaction is postponed or left behind, that striving incessantly is self-destructive.

19 pensamientos en “En La Mitad De La Vida — Kieran Setiya / Midlife: A Philosophical Guide by Kieran Setiya

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