El Peregrino. Los Años Perdidos De Jesús — Thor Jurodovich Kostich / The Pilgrim. The Lost Years of Jesus by Thor Jurodovich Kostich (spanish book edition)

Si estás cansado de escuchar los tradicionalismos históricos entorno a la figura de Jesús, es el libro que necesitas. Un minucioso detalle de datos históricos para replantearte lo que has escuchado hasta el día de hoy y que te proporciona una visión fresca y nueva de la figura más importante de la historia. Todo ello con un ritmo de lectura fácil evitando caer en tediosos párrafos de datos y más datos que ayudan a embarcarse en el viaje que propone el autor.
La religión y toda esa maraña de secretos que la rodea…el grial, Da Vinci, la simbología, mitología, cada cultura, cada creencia, ritual….lo real y lo sobrenatural….
Lo que me gusta de él es que le busca el porqué a las cosas, no se cierra a nada y en la búsqueda de esa respuesta no se para ante nada, es decir que a veces la respuesta no es lo que la gente quiere oír sobre todo en este tema pero las evidencias están ahí cada uno puede elegir creerlas o no. Pero no se basa en simple palabrería o en el yo creo… sino en años de investigación y de búsqueda de respuestas. Me recuerda al libro de “los hijos del cielo” de Cristina Martín Jiménez

Thor Jurodovich, fotógrafo y escritor especializado en antropología de las religiones y colaborador en diversos medios de comunicación, conferenciante y guía cultural, lleva más de tres décadas recorriendo el planeta en busca de las huellas del misticismo y la espiritualidad. Es por ello que no hay nadie mejor que él para recopilar textos e investigar sobre esos años de la vida de Jesús que la Biblia no menciona.
La obra realiza un recorrido por la vida de Jesús desde su nacimiento, hasta su muerte, deteniéndose con más deleite en los años en los que estuvo peregrinado por diferentes partes del mundo, como Inglaterra o India. Para exponer estos datos, el autor, ha realizado múltiples estudios sobre textos antiguos de origen tibetano, así como se ha apoyado en los estudios de otros investigadores, exploradores e historiadores como Nicolás Notovich, Swami Abhedananda o Nikolái Roerich, muy conocidos en el campo por escribir libros de semejante índole, por lo que ninguno de sus razonamientos se encuentra infundado.
La información es presentada de forma amena, ligera, sencilla y concisa. Eso hace que la lectura se haga fluida e interesante. Además, se intercalan diferentes formatos de textos combinando la narración expositiva con una versión de corte novelesco y fragmentos de los textos estudiados como ejemplificación de lo aportado. Todo ello va ilustrado con numerosas fotografías, mapas e ilustraciones que exponen de forma gráfica el contenido y lo hacen más accesible aumentando el conocimiento artístico del lector.
En ocasiones, la narración se desvía ligeramente del motivo principal del capítulo, sin embargo, es de agradecer dado que muchas de esas explicaciones sirven de contextualización y comprensión absoluta de la idea que se desea transmitir.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención es la amplísima bibliografía de la obra, pues el autor ha realizado un amplio proceso de documentación sobre textos históricos romanos, budistas, hindúes, bíblicos o griegos, entre otros, realizando, de este modo, un recorrido amplio por las distintas civilizaciones y sacando una idea común sobre la figura de Jesús.
Sin embargo, Thor no puede evitar inclinarse hacia su ideología dejando al margen la mayoría de sus bases científicas y apoyándose en unos textos bíblicos que pueden ser interpretados de numerosas formas. Este final me ha decepcionado un poco ya que la obra en sí tiene en su generalidad un carácter científico e histórico.
En conclusión, “El Peregrino. Los años perdidos de Jesús” es un libro dinámico e interesante que recomiendo abiertamente dado que ayuda al lector a enriquecerse, no solo en la religión, sino en la cultura y la tradición.
La realidad es que existen dos Jesucristo. El Mesías de la fe, la mística y legendaria creación, un ser capaz de realizar milagros, de caminar sobre las aguas y de resucitar para demostrar que era el hijo de Dios, y el Jesús histórico, del que casi nada sabemos. Esa es la figura que nos interesa, el que debemos descubrir, conocer quién era, dónde pasó la mayor parte de su vida, qué aprendió durante su niñez, adolescencia y madurez. Por ello, las siguientes páginas se sumergen en un rompecabezas repleto de incógnitas y de enigmas sin resolver que guardan la llave de un mensaje trascendental.
Desde el mismo instante en que aparece su madre María en la escena, embarazada milagrosamente por el Espíritu Santo, las piezas no encajan.
¿Quién fue el padre? ¿Fue José, un carpintero de Nazareth, un hombre de avanzada edad que se desposó con una adolescente en un matrimonio concertado y que podría haber repudiado a María al quedarse encinta antes de la ceremonia, pero a la que perdonó evitando así que fuera lapidada por adúltera, tal y como establecían las leyes judías?.
O, como escribió el filósofo griego Celso dos siglos después de la crucifixión, el padre de Jesús podría haber sido un soldado romano llamado Pantero, un relato que pasó a formar parte del texto judío Toledot Yeshu, o también, como escribió el escritor Robert Graves, el padre del Mesías podría haber sido Herodes Antipater, por lo que Jesús sería nieto del rey Herodes el Grande.

Jesucristo no vino al mundo en una fría madrugada invernal y la aldea de Belén tampoco tiene visos de ser el pueblo que realmente lo vio nacer.
La elección del día, lugar y año es solo una de las piezas de la más importante conspiración de la historia de la humanidad, la creación de la vida conocida de Jesucristo que oculta su otra vida.
Ningún teólogo, historiador, arqueólogo o erudito, laico o cristiano, puede confirmar la fecha exacta en la que Jesucristo vino al mundo. Se barajan días, meses y años diferentes. En la Biblia no aparece ninguna fecha que indique un momento tan importante y emblemático. Solo en dos de los cuatro evangelios canónicos se habla del nacimiento de Jesús: en el de Lucas y en el de Mateo. Si se estudian con detenimiento, proporcionan pistas para descubrir la verdad. En el de Lucas aparecen los pastores, dato que revela que el alumbramiento no pudo ser en el frío y húmedo mes de diciembre porque las bajas temperaturas en esa región de Palestina impiden el pastoreo.
Era costumbre entre los pastores en tiempos de Cristo iniciar la temporada de pastoreo cuando se acercaban los días de Pascua, a principios de la primavera, hasta que las primeras lluvias de octubre los ponían sobre aviso de la llegada del invierno, y era entonces cuando llevaban los rebaños de regreso a los establos, al abrigo de las inclemencias meteorológicas.

¿Por qué no está escrito el día de su nacimiento en la Biblia? La respuesta hay que buscarla en las tradiciones del pueblo hebreo. Jesús era judío, sus primeros seguidores también, por lo que en gran medida las costumbres de los primeros cristianos eran adaptaciones de las leyes hebreas. Una de esas normas era no celebrar los nacimientos y, por ende, tampoco los aniversarios.

Las Saturnales eran fiestas muy diferentes a las actuales Navidades; no tenían nada que ver con días de amor fraternal y paz. Eran celebraciones orgiásticas donde todo estaba permitido, por lo que erradicar una celebración que permitía todo tipo de placeres sensoriales y carnales no fue tarea fácil para los padres de la Iglesia católica.
El principio del fin de la festividad lo sellaron el papa y el emperador, un pacto que fue una hábil maniobra civil, religiosa y política orquestada con la clara vocación de desterrar no solo las Saturnales, sino también las celebraciones de carácter esotérico que se realizaban en honor a los dioses solares, a los señores de la luz, que cada temporada vencían a la oscuridad en las postrimerías del mes de diciembre, durante el solsticio. Así se borraban de un plumazo las Saturnales y, a su vez, la adoración a Mitra, Attis, Baco, Dionisio o Apolo.
Es fácil comprender de dónde proviene el origen de la elección del 25 de diciembre como la fecha que desde niños nos inculcan como la del nacimiento de Cristo. Hemos visto que fueron el papa Julio I y el emperador Constantino quienes decidieron, sin que les temblara el pulso, en el año 337 d.C., que el 25 de diciembre sería el día del nacimiento de Jesucristo.
Entonces ¿qué día nació Jesús? Muchas son las teorías vertidas a lo largo de los siglos; estudios de todo tipo han arrojado diferentes fechas: 6 de enero, 25 de marzo, 19 de abril, 17 de agosto y hasta ciento treinta y tres fechas más, pero la realidad es que lo único que sabemos con total certeza es que María no dio a luz en una gélida noche a principios del invierno del año 1.

Pero ¿realmente nació en Belén? La respuesta una vez más parece sencilla: sí. Pero lo cierto es que tiene visos de ser otro gran embuste para crear una dramática historia, un bello cuento y una divina leyenda con la que certificar que Jesús era el Mesías profetizado.
La población de Belén era una elección obvia, la más adecuada para otorgarle carácter divino al nacimiento. El pueblo hebreo llevaba cientos de años esperando la llegada del Mesías descendiente de la estirpe del rey David, que mil años antes de Cristo había sido ungido como rey de Israel por el profeta Samuel en esta misma localidad.
He aquí el punto de inflexión para que Belén adquiera tan relevante puesto en la historia, y para que los evangelistas ubicaran el nacimiento en esta localidad vinculando a Jesús con la profecía que aparecía en el libro de Miqueas que preconizaba quinientos años antes del nacimiento de Jesús que el Mesías nacería en Belén.
Los primeros cristianos decidieron que el nacimiento de Jesús había sucedido en Belén. Falseaban la realidad, porque lo único que deseaban era confirmar la profética llegada del Mesías. Por lo tanto, cuando Mateo y Lucas afirman que Jesús nació en Belén, lo que transmiten es que Jesús es realmente el Mesías que todos esperaban. A pesar de eso, a lo largo de sus evangelios, al igual que Marcos y Juan, le llaman Jesús de Nazareth.
Como vemos, las pruebas evangélicas sobre el nacimiento de Jesús en Belén son débiles, pero resultan abrumadores los datos en contra. La mayoría de los biblistas sostienen hoy que la ciudad natal de Jesús no habría sido Belén, sino Nazareth. Las pruebas históricas confirman las tergiversaciones y manipulaciones de los evangelistas, seguramente influenciados por las tradiciones orales.

Solo desde el siglo III d.C. se indica de forma clara que eran tres, a partir de que el teólogo Adamantius considerara que, si tres fueron los regalos, ese sería el número de sabios que visitaron a José y a María. Además, lo eligió para otorgarle relevancia simbólica; el tres es una cifra presente en diversas religiones y la cristiandad la asimiló enraizándola con el concepto de la Santísima Trinidad.
Otro de los temas más controvertidos es que hasta el siglo XV los magos eran tres hombres de raza blanca, pero en ninguna representación se describía a un personaje de piel oscura. Fue en el Renacimiento cuando se sumó al cortejo un mago que proviene de África, uno de los tres continentes conocidos en aquella época, dotando así a la historia de mayor relevancia, porque además dejaban de ser solo magos y ahora también eran reyes.
La simbología que guardan los tres regalos. Cada uno habla de una de las cualidades del recién nacido y de su vida futura. El oro representa que es rey y que reinará sobre todos los hombres, es el rey de reyes. El incienso usado en la Antigüedad como ofrenda a los dioses simboliza su carácter divino, que su reino también está más allá de este mundo. Y la mirra, tal vez el elemento más importante, se empleaba en tiempos de Jesucristo para ungir a los muertos profetizando su muerte en la cruz.
Y, sobre todo, la decisión de que fueran tres está claramente ligada al simbolismo sagrado de este número, pues revela las tres funciones de Jesucristo: rey, sacerdote y profeta.

La clave del enigma sobre José de Arimatea y su relación con Jesús se encuentra, no en su parentesco, sino en su profesión, que le permitía viajar por todo el imperio al ser el de decurión un título que otorgaba el Imperio romano a los comerciantes e inspectores de minería. Y, precisamente, uno de los centros mineros más importantes del imperio se encontraba en el sur de las islas británicas, en la actual región de Cornualles. Por lo que José de Arimatea viajaría con asiduidad para comerciar con los habitantes de aquellas brumosas tierras.
La idea que hemos asimilado es que, de niño, Jesús aprendió el oficio de su padre y se hizo carpintero. Algo que, si ocurrió, tampoco sería del todo cierto, ya que las equivocaciones, tergiversaciones y manipulaciones en los evangelios son la norma. La palabra usada para designar su ocupación fue teckton, un término griego que procedía de la familia lingüística de arquitecto. Un apelativo que se utilizaba en aquella época para designar a alguien que se ganaba la vida construyendo algo con las manos; un artesano, un orfebre, un herrero, carpintero o, incluso, según el contexto, un agricultor, pero que no definía explícitamente a alguien que trabajase únicamente con la madera. Así que, cuando se quería especificar el material con el que se trabajaba, se agregaba una palabra más que indicaba el oficio, pero, si no aparecía esa palabra definitoria, podía usar cualquier material. Sin embargo, fue san Justino, con una visión reduccionista, quien en el siglo II y tergiversando la realidad estableció que la palabra teckton significaba carpintero, y ese sería desde entonces el oficio de Jesús.
Pero, aunque hubiera sido carpintero, no pasó su adolescencia y su juventud en la pequeña aldea de Nazareth trabajando junto a su padre.

Entre los celtas, los druidas eran la casta superior. Con un estatus similar a la casta de los brahmanes de la cultura hindú, incluía a todo aquel oficio que exigía un nivel elevado de conocimientos como profesores, jueces, músicos, médicos, astrónomos, poetas y, por supuesto, filósofos y sacerdotes. Algo que los convertía, no solo en los guías espirituales, sino también en asesores políticos. Sus consejos eran siempre aceptados por los reyes, que no tomaban ninguna decisión trascendental sin su consentimiento. Por tanto, los druidas eran los que realmente gobernaban. Siempre hablaban antes que el rey, reglamentaban la elección de los sucesores al trono y elegían a los candidatos. Solo ellos en la Europa occidental formaban una clase sacerdotal organizada y jerarquizada, eran el reflejo de sus dioses en la tierra, que les habían otorgado sus dones y cuyo papel consistía en establecer las relaciones de los hombres con el mundo de las divinidades. Muchos druidas se acabaron convirtiendo en sacerdotes cristianos.

Los primeros padres de la Iglesia detestaban la costumbre de llevar amuletos, consideraban que con ellos se conjuraba a Satanás. Crisóstomo, uno de los líderes de la Iglesia, al ver esta idolatría se enervaba; lo que más le irritaba era un tipo de medallón que estuvo de moda durante los siglos IV y V d.C., en el que se veía a Alejandro junto al nombre de Jesucristo. Era un rival demasiado poderoso para los padres de la Iglesia y, aunque intentaron por todos los medios erradicar su idolatría, no lo lograron.

India es un mundo vasto y complicado, de muy difícil comprensión para el occidental, paradójico y contradictorio. Aún hoy, sus rituales sagrados nos sorprenden y hacen agitar nuestros pensamientos. Sus costumbres son extrañas y sus exóticas ceremonias están lejos de ser comprendidas por la gran mayoría, que ignora que la cultura occidental y oriental están intrínsecamente unidas. Forman una urdimbre en la que se unen el acervo científico, antropológico y teológico de las civilizaciones.
La diversidad geográfica de sus territorios es apabullante, desde los hielos perpetuos de las cumbres del Himalaya hasta las selvas tropicales más densas donde los rayos del sol jamás logran tocar el suelo. La diversidad de sus pobladores incluye arios, drávidas, mongoles, etc. Todos ellos divididos en numerosas ramas y pueblos, y esto ya era así en tiempos de Jesucristo. Aunque hace dos mil años el rompecabezas tribal era mucho mayor.
El joven Jesús, en su irrefrenable afán por aprender y poseedor de un espíritu incansable, llegaría a la India dos años después de embarcar en Cesarea.
José de Arimatea seguiría viajando de Palestina a Britania y su madre, sentada en el alféizar de la puerta, esperaría su regreso. Su pueblo aguardaría la llegada del Mesías.
¿Existen documentos que confirmen que Jesucristo atravesó la cordillera del Hindukush y que pasó varios años en la India, Nepal y Tíbet? La respuesta vuelve a parecer obvia: no.
Pero, como hemos visto, la vida conocida de Jesucristo es una amalgama de mentiras, tergiversaciones, manipulaciones, errores y conspiraciones que han querido ocultar la parte más importante de su vida, la que le dio la formación como hombre para transformarlo en el hijo de Dios.
Entre los secretos mejor guardados, con una férrea prohibición de ser consultados, están los que tienen que ver con la enigmática relación entre el papa Pío XII y Hitler. Pero los archivos más peligrosos son los evangelios y las cartas de los primeros cristianos, entre ellos los textos que confirmarían el peregrinaje de Jesucristo a la India. Documentos que podrían hacer caer, como un castillo de naipes, a la Iglesia católica.
El primero en documentar la existencia de estos documentos fue Nicolás Notovitch, periodista y explorador que se aventuró, a finales del siglo XIX, a recorrer las regiones del norte de la India.
A su regreso publicó La vida secreta de Jesús; allí desvelaba que en su viaje descubrió, en el monasterio de Hemis, la copia de un antiguo manuscrito budista cuyo original se encontraba en Lhasa, la capital del Tíbet, que afirmaba que Jesús vivió en la India durante varios años. Pero no solo él tuvo el privilegio de leer los citados textos. Varias décadas después otros corroboraron su historia.
El yogui Swami Abhedananda publicó una traducción de los manuscritos en 1929, que coincidía con los de Notovitch.
Jesús descubrió en el jainismo la religión más ascética de todas las doctrinas de la India, una religión que busca obtener la perfección por medio del abandono gradual del mundo material.
Los sacerdotes le intentaron hacer comprender que en el alma del jainista reside la creencia de una forma extrema de no violencia, la ahimsa, que pide que ningún ser deber ser lastimado:

“Quien daña a un ser vivo no ha entendido o renunciado a la ley del pecado. Aquellos cuyas mentes están en paz y son libres de pasiones no desean vivir a expensas de otros”.
Achanranga Sutra

Jesús conoció las hazañas de su fundador, el noble Mahavira, que seis siglos antes de su llegada abandonó sus riquezas en busca del camino de la perfección.
El concepto hindú de casta proviene de la palabra Varna, que literalmente quiere decir color. Cómo surgieron las castas es uno de los temas más confusos del hinduismo. Se cree que los arios llegaron desde el norte dos milenios antes de Cristo y que poseían un idioma diferente, eran altos, rubios de ojos claros y piel blanca. Estas diferencias físicas y étnicas podrían haber sido en gran medida la base de un sistema que aún hoy sigue las mismas reglas.
Hace más de tres mil años se estableció que los brahmanes, que habían surgido de la boca de Brahma, y eran altos y de piel clara, serían los profetas y sacerdotes, así que su trabajo sería predicar. También se decretó que los kastriyas, que tenían figuras esbeltas y piel clara surgieron de los brazos de Brahma, por lo que serían los administradores y protectores de la sociedad.
Los brahmanes se enemistaron con Jesús porque predicaba y enseñaba a las castas inferiores las sagradas escrituras. Los brahmanes encolerizados le indicaron que dejara de hacerlo o sería duramente castigado, pero Jesús, con poco más de veinte años, se enfrentó con firmeza a la casta sacerdotal.
Muchas de las pinturas de Roerich reflejan esta búsqueda, entre ellas sobresale una en especial, Burning of Darkness, una obra de aterciopelados tonos azules en la que surgen de una cueva un grupo de maestros espirituales. Quien encabeza la fila es un hombre de cabello largo y barba recortada —tal vez Jesucristo— que lleva entre las manos un cofre resplandeciente. En su interior está depositado el Regalo de Orión, una piedra con increíbles poderes llamada en Asia Central la Piedra de Chintamani. Según la tradición, esta piedra está relacionada con la Kaaba, la piedra negra venerada en La Meca. Se habla también de que una parte de esta piedra habría estado ubicada en el templo de Cibeles, en Roma, y estaría relacionada con el Santo Grial.
¿Estuvo entonces Jesucristo en Shambhala?.

Tras su peregrinaje, Jesús llegó a Palestina. Dieciocho años después nada había cambiado, las tres provincias Samaria, Galilea y Judea seguían bajo el yugo del Imperio romano gobernadas por un rey títere, Herodes Antipas, que intentaba mantener el orden mientras el pueblo judío seguía esperando al Mesías, al libertador que les devolvería la gloria de los tiempos de Salomón.
Sus viajes le habían aportado los conocimientos y la sabiduría de la que otros predicadores, rabinos y sacerdotes carecían. Había cruzado el mundo en un viaje de más de treinta mil kilómetros en los que había conocido todo tipo de pueblos, ritos, creencias y símbolos.
En Britania aprendió a curar usando las plantas, la farmacopea de los druidas tuvo que ser en gran medida la responsable de muchas de las sanaciones que realizó y que fueron consideradas milagrosas. De la mano de los ascetas hindúes y de los monjes budistas, se transformó en un yogui experimentado, lo que le permitió realizar actos sobrehumanos que sorprendieron a los habitantes de Galilea, aprendió a realizar exorcismos y a liberar a los hombres de las enfermedades mentales. Se había transformado en un filósofo capaz de rebatir, profundizar y analizar cualquier tema desde una profunda visión metafísica.
La palabra mesías en hebreo, cristo en griego y ungir en latín significan lo mismo, elegir a alguien para un puesto o un cargo muy notable.
En la Palestina de Jesucristo, los hebreos concedían un significado muy importante a la acción de ungir a una persona, consideraban que al hacerlo le otorgaban cualidades extraordinarias, incluso sobrenaturales concediéndole la potestad de ejercer un cargo importante. Por ello los reyes eran ungidos y pasaban a ser la representación de Yahvé en la tierra. Ese carácter teocrático era especialmente importante, pues se convertían en los mediadores entre Dios y el hombre, siempre y cuando la unción la realizara un ser dotado de cualidades divinas, es decir, un sacerdote o un rabino.

Los símbolos de Artemisa son una torre que corona su cabeza, abejas, y lo que durante décadas se creyó que eran pechos, que parecen ser realmente las celdas que las abejas obreras crean para albergar a la abeja reina, a la madre de todas ellas. Por tanto, la aparición de Ashenath en la torre y las abejas es una analogía entre esta y Artemisa.
Si Ashenath y Josué representan a María Magdalena y a Jesús, y a su vez a Helios, el dios solar, y a Artemisa, la diosa lunar, comprobamos que el mensaje de Jesucristo no es totalmente original, por lo que, como en la gran mayoría de las religiones, el sincretismo y la asimilación de doctrinas son lo que dio forma al cristianismo.
Parece ser que el texto gnóstico demuestra que, para los primeros cristianos, Jesús y María Magdalena eran divinos y su matrimonio sagrado, juntos representaban al sol y la luna. Algunos documentos acreditan que, para algunos de los primeros cristianos, la comunión consistía en comer pan y vino y participar en el ritual secreto de la cámara nupcial. Un rito real en el que la unión sexual era la finalización de un camino espiritual que se iniciaba con el bautismo, la eucaristía y la consagración con aceite.
El manuscrito de la British Library no es el único que aporta datos sobre la posibilidad de que Jesús se casara. En Egipto, en 1896, se descubrió el Evangelio de María Magdalena, donde aparece referenciada como el discípulo preferido de Jesús; es por ello que Pedro se enfada y Mateo le reprende. También en sus líneas impresas con cálamo se dice que el salvador la amaba más que a cualquier otra mujer.
En el año 2012 salieron a la luz los restos de otro evangelio gnóstico, un pequeño pedazo de papiro datado en el siglo IV que parecía la traducción de un evangelio del siglo II, originalmente escrito en griego y posteriormente traducido al copto. El papiro tiene detractores que aseguran que es una falsificación, pero a su vez también tiene importantes investigadores que avalan su autenticidad. En él aparece una frase trascendental:
Jesús les dijo, mi esposa…
Evangelio de la esposa de Jesús.

La resurrección de Jesucristo es el pilar fundamental de la fe cristiana, el acontecimiento a partir del cual nació la religión que ha marcado los últimos veinte siglos de la historia de la humanidad, el credo por el que se han forjado imperios, por el que se ha vertido la sangre de millones de personas y aniquilado civilizaciones. Una doctrina que, como una brújula, ha guiado el rumbo de los hombres manipulados por el miedo a pasar la eternidad en el fuego del infierno, por lo que dudar de que Jesucristo volvió de entre los muertos es poner el dogma más importante en la picota.
Pero la realidad que rodeó a la Pasión de Cristo pudo ser muy diferente. Existen antiguos manuscritos, tradiciones orales, obras de arte y libros prohibidos que atesoran otra verdad. Una verdad más real, más creíble, más reveladora.
Tal vez la pregunta más importante al leer la Biblia sea esta: ¿Jesucristo realmente resucitó? La respuesta fluctuará entre la incredulidad y la confirmación de que fue así. Para descubrir la evidencia no solo hay que leer los evangelios canónicos, sino que hay que tirar de la madeja, se han de analizar miles de páginas, consultar manuscritos olvidados, analizar todas las pruebas que existen a nuestro alcance y finalmente dar un veredicto.
Jesucristo no murió en la cruz.
La crucifixión en el Imperio romano estaba reservada para esclavos, desertores, traidores, piratas, cristianos, rebeldes y sediciosos, pero rara vez se usaba en el cuerpo de un romano, pues estaba prohibido por la ley crucificar a un ciudadano del imperio.
Era el martirio elegido para los delitos más ruines y su cometido no solo era asesinar al condenado, sino que debía ser ejemplarizante. La muerte llegaba tras días de padecimiento debido principalmente a dos factores: un shock hipovolémico producido por la pérdida de sangre que no permitía al corazón bombear suficiente oxígeno a los órganos vitales y la asfixia progresiva, causada por el deterioro del movimiento respiratorio debido a la posición de los brazos, que impedía la correcta respiración del condenado.
Así que, al quedar colgado de los brazos, la caja torácica del reo quedaba expandida, y el diafragma, que es el principal músculo que permite respirar, quedaba bloqueado en una posición de inspiración continua.
Se producía una anoxemia, una falta de oxígeno en sangre, que acrecentaba el shock hipovolémico. Además, a todo ello había que sumarle que el reo había sido probablemente flagelado, y tenía dolorosas heridas en el torso y la espalda que le provocarían un dolor insoportable cada vez que intentara respirar. Buscaría apoyo en la cruz o en el sedile, el pequeño travesaño de madera que a modo de escalón era colocado a sus pies, donde se apoyaría buscando relajar la tensión de los brazos, pero nada le haría disminuir el terrible sufrimiento. Por este motivo, era habitual que se formara un edema pulmonar o un hidroneumotórax, un encharcamiento en los pulmones ocasionado por la falta de sangre que llegaba al corazón, algo que dificultaba aún más la respiración y ocasionaba una insuficiencia cardíaca y un probable infarto de miocardio que lo llevaría a la muerte.
Los soldados encargados del martirio debían permanecer a los pies de la cruz hasta la muerte del condenado, pero, en algunas ocasiones en las que el ajusticiado llevaba días crucificado, terminaban con su vida de manera expeditiva fracturándole las piernas con un mazo. Así ya no podía volver a apoyarse en la cruz, y el lacerante dolor y la falta de oxígeno le hacían perder la conciencia, convulsionar y morir.

Pero ¿pudo Jesucristo sobrevivir?
Tres etapas en el proceso de su martirio están intrínsicamente unidas.
Jesús era un hombre de unos treinta años y en buena forma física que había recorrido miles de kilómetros trabajando como caravanero. Probablemente poseería un cuerpo atlético con una buena capacidad aeróbica, ya que desde su regreso de Palestina no había dejado de caminar y trabajar junto a sus discípulos.
Pero el secreto de su supervivencia a la crucifixión residió en los años que había pasado en la India y el Tíbet. Se había convertido en un experto yogui, había aprendido de los budistas y los jainistas a entrar en profunda meditación, a bajar las pulsaciones de su corazón y de esa forma consumir menos oxígeno.
De los ascetas, los sadhus, aprendió a soportar y a canalizar el dolor. Descubrió que llevaban la vida ascética hasta límites insospechados llegando a meditar durante años en cuevas donde la luz del día no entraba jamás, renunciando en muchas ocasiones al alimento o imponiéndose sacrificios extremos como permanecer en la misma posición durante semanas sin moverse y sobrevivir a ser enterrados vivos.
El yoga le permitió no solo superar el dolor sino también ralentizar la pérdida de sangre y la deshidratación. Además, las diversas sustancias con las que lo anestesiaron lo ayudaron a fingir su muerte.
Mientras permanecía colgado en la cruz, le dieron de beber con una esponja vinagre mezclado con vino, escopolamina, mandrágora y opio.
El uso de Spongia somnifera era común. Hipócrates, el padre de la medicina, ya hacía uso de ella cuatro siglos antes de la crucifixión de Jesús. Se trataba de una esponja natural que se impregnaba con sustancias anestésicas y analgésicas que, al ser sumergidas en vino, se activaban.
Así que, al beber Jesús de la esponja, entró en un estado de inconsciencia que llevó a los legionarios a creer que había muerto.
Aquella jornada ningún crucificado podía permanecer más tiempo en la cruz; se acercaba el Sabbath, así que los legionarios decidieron acelerar su muerte y acabar con su sufrimiento. Pero no solo la de Jesús sino también la de Dimas y Gestas, los dos ladrones que fueron crucificados a su lado.
Primero, se acercaron a ellos y les partieron las piernas. A Jesús, creyéndolo muerto, le clavaron una lanza en el costado derecho del pecho. Un romano, un soldado, Longinos, le acababa de salvar la vida al realizarle una descompresión torácica. El orificio de la lanza liberó sus pulmones de la presión producida por el líquido que se había acumulado, que lo habría llevado inexorablemente a la muerte.
El día anterior a su apresamiento, Jesús habría preparado con la ayuda de María Magdalena el ungüento que le permitiría sanar sus heridas. La base de la receta la había aprendido de manos de los sacerdotes druidas de Britania durante su primer viaje. Una receta que posteriormente había perfeccionado al entrar en contacto con diversos curanderos y chamanes durante sus viajes.
El remedio preparado por Jesús aparece referenciado en más de un centenar de ocasiones en diversos tratados médicos orientales. Uno de ellos es el Canon de Avicena, uno de los libros de medicina más importantes de la historia, un compendio de sabiduría médica escrito en el siglo XI d.C. por Ibn Sina, un erudito persa, médico y científico, que agrupó todos los conocimientos médicos existentes de su época.
En todos los tratados recibe el mismo nombre, Marham-i-Isa, el ungüento de Jesús, un preparado medicinal que detenía hemorragias, cicatrizaba y curaba lesiones lacerantes como latigazos, abrasiones y quemaduras que poseía además propiedades antisépticas, lo que permitiría mantener libre de infecciones sus heridas, entre ellas, la lanzada de su costado derecho.
Tras las primeras curas, lo trasladarían a un lugar seguro y oculto hasta que estuviera totalmente recuperado porque a pesar de su buena forma física y a la práctica del yoga, tras la crucifixión su cuerpo estaba cubierto de profundas lesiones. Sus muñecas y sus pies habían sido atravesados por clavos, había sufrido una fuerte deshidratación, y sus pulmones y su corazón necesitarían varias semanas para volver a funcionar con normalidad. Así que era imposible que volviera a aparecer al cabo de tres días, como había profetizado.

La última cena, pintada por el maestro entre 1495 y 1498 es, tal vez, la que más secretos parece guardar.
Los trece personajes que comparten mesa ocultan códigos que relacionan el cristianismo primitivo con el ancestral culto a la feminidad. Detalles como los nudos en los extremos del mantel, que durante años los historiadores descifraron como su firma, podrían ser realmente el nudo del cinturón de la diosa Isis, un milenario símbolo egipcio. También los suaves rasgos de uno de los apóstoles evocan un rostro femenino, tal vez a María Magdalena, la diosa, su esposa.
La extraña disposición de los apóstoles agrupados entre la luz y la oscuridad mostrarían su desacuerdo con la Iglesia de Pedro, y, a su derecha, tal vez, un apóstol con rasgos muy parecidos al Mesías sería su hermano gemelo.
Da Vinci tardó más de veinte años en producir una segunda tabla, pero no sería su hábil mano la que la pintaría, sino uno de sus discípulos, Ambrogio de Predis, que bajo la dirección de Da Vinci pintó la nueva obra entre 1495 y 1508.
Esta segunda versión es la que está expuesta en la National Gallery y es muy diferente de la primera. En ella se destaca la identidad de los dos niños, se añade un aura sobre la cabeza de Jesús y una cruz entre las manos de san Juan Bautista, el símbolo que lo definía. También desaparece la mano del arcángel que apuntaba a san Juan Bautista. Esta obra fue la que finalmente ocupó el centro de la capilla de la iglesia de San Francisco el Grande en Milán.
Leonardo no quiso pintar la segunda versión, no estaba de acuerdo con las imposiciones de la cofradía. Para él su primera obra era la única que contenía la verdad.
Cuando se visionan las dos pinturas una frente a la otra, las diferencias son claras y muy importantes. El primer cuadro muestra a dos niños muy parecidos, casi iguales, como si fueran hermanos gemelos, bajo la mirada del arcángel Uriel, que nos hace cómplices de la escena…

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If you are tired of listening to the historical traditionalisms around the figure of Jesus, this is the book for you. A meticulous detail of historical data to rethink what you have heard until today and that gives you a fresh and new vision of the most important figure in history. All this with an easy reading rhythm avoiding falling into tedious paragraphs of data and more data that help you embark on the journey proposed by the author.
Religion and all that tangle of secrets that surrounds it … the grail, Da Vinci, the symbolism, mythology, each culture, each belief, ritual … the real and the supernatural …
What I like about him is that he looks for the why of things, he does not close to anything and in the search for that answer he does not stop at anything, that is to say that sometimes the answer is not what people want to hear about everything on this topic but the evidence is there everyone can choose to believe it or not. But it is not based on simple verbiage or I believe … but on years of research and search for answers. This book remeberin to me a book by Cristina Martín Jiménez “Heaven son’s”.

Thor Jurodovich, photographer and writer specialized in the anthropology of religions and collaborator in various media, lecturer and cultural guide, has been touring the planet for more than three decades in search of the traces of mysticism and spirituality. That is why there is no one better than him to collect texts and investigate about those years of the life of Jesus that the Bible does not mention.
The work takes a journey through the life of Jesus from his birth to his death, stopping with more delight in the years in which he was on a pilgrimage to different parts of the world, such as England or India. To expose these data, the author has carried out multiple studies on ancient texts of Tibetan origin, as well as has relied on the studies of other researchers, explorers and historians such as Nicolás Notovich, Swami Abhedananda or Nikolái Roerich, well known in the field for write books of such a nature, so that none of his reasoning is unfounded.
The information is presented in a pleasant, light, simple and concise way. That makes reading fluid and interesting. In addition, different text formats are interspersed, combining expository narration with a fictionalized version and fragments of the texts studied as an example of what has been contributed. All this is illustrated with numerous photographs, maps and illustrations that graphically expose the content and make it more accessible, increasing the artistic knowledge of the reader.
Sometimes, the narration deviates slightly from the main reason for the chapter, however, it is appreciated since many of these explanations serve as contextualization and absolute understanding of the idea that you want to convey.
One of the things that has caught my attention the most is the extensive bibliography of the work, since the author has carried out an extensive documentation process on Roman, Buddhist, Hindu, Biblical or Greek historical texts, among others, thus carrying out , an extensive tour of the different civilizations and drawing a common idea about the figure of Jesus.
However, Thor cannot help but incline towards his ideology leaving aside most of his scientific bases and relying on some biblical texts that can be interpreted in numerous ways. This ending has disappointed me a little since the work itself has a scientific and historical character in its generality.
In conclusion, “The Pilgrim. The Lost Years of Jesus ”is a dynamic and interesting book that I openly recommend since it helps the reader to enrich himself, not only in religion, but in culture and tradition.
The reality is that there are two Jesus Christ. The Messiah of faith, the mystical and legendary creation, a being capable of performing miracles, of walking on water and of rising to prove that he was the son of God, and the historical Jesus, of whom we know next to nothing. That is the figure that interests us, the one that we must discover, know who he was, where he spent most of his life, what he learned during his childhood, adolescence and maturity. Therefore, the following pages are immersed in a puzzle full of unknowns and unsolved puzzles that hold the key to a momentous message.
From the moment her mother Maria appears on the scene, miraculously pregnant by the Holy Spirit, the pieces do not fit.
Who was the father Was Joseph, a carpenter from Nazareth, an elderly man who married an adolescent in an arranged marriage and who could have disowned Mary by becoming pregnant before the ceremony, but whom he forgave, preventing her from being stoned by adulteress, as established by Jewish laws?.
Or, as the Greek philosopher Celso wrote two centuries after the crucifixion, the father of Jesus could have been a Roman soldier named Panther, an account that became part of the Jewish text Toledot Yeshu, or also, as the writer Robert Graves wrote , the father of the Messiah could have been Herod Antipater, making Jesus the grandson of King Herod the Great.

Jesus Christ did not come into the world on a cold winter dawn, and the village of Bethlehem does not have the appearance of being the people who really saw him born.
The choice of day, place, and year is just one of the pieces of the most important conspiracy in human history, the creation of the known life of Jesus Christ that hides his other life.
No theologian, historian, archaeologist, or scholar, layman or Christian, can confirm the exact date that Jesus Christ came into the world. Different days, months and years are considered. There is no date in the Bible that indicates such an important and emblematic moment. Only in two of the four canonical gospels is the birth of Jesus spoken of: the birth of Luke and the birth of Matthew. If carefully studied, they provide clues to discovering the truth. In that of Lucas the shepherds appear, data that reveals that the birth could not be in the cold and humid month of December because the low temperatures in that region of Palestine prevent grazing.
It was customary among the shepherds in Christ’s time to start the grazing season when the Easter days approached, in the early spring, until the first rains of October put them on notice of the arrival of winter, and that was when they brought herds back to the stables, sheltered from inclement weather.

Why is the day of his birth not written in the Bible? The answer must be found in the traditions of the Hebrew people. Jesus was a Jew, his early followers too, so the customs of the early Christians were largely adaptations of Hebrew law. One of those rules was not to celebrate births and therefore not anniversaries.

Saturnalia was a very different holiday than Christmas today; they had nothing to do with days of brotherly love and peace. They were orgiastic celebrations where everything was allowed, so eradicating a celebration that allowed all kinds of sensory and carnal pleasures was not an easy task for the parents of the Catholic Church.
The beginning of the end of the festival was sealed by the pope and the emperor, a pact that was a skillful civil, religious and political maneuver orchestrated with the clear vocation of banishing not only the Saturnalia, but also the esoteric celebrations that were held in honor to the solar gods, to the lords of light, who beat the darkness every season at the end of December, during the solstice. Thus the Saturnalia and, in turn, the adoration of Mithras, Attis, Bacchus, Dionysius or Apollo were erased at a stroke.
It is easy to understand where the origin of the December 25 election comes from as the date that we are instilled in us as the birth of Christ. We have seen that it was Pope Julius I and Emperor Constantine who decided, without shaking their pulse, in A.D. 337, that December 25 would be the day of the birth of Jesus Christ.
So what day was Jesus born? Many are the theories spread throughout the centuries; Studies of all kinds have yielded different dates: January 6, March 25, April 19, August 17 and up to one hundred and thirty-three other dates, but the reality is that the only thing we know for sure is that Maria did not give in a freezing night in the early winter of year 1.

But was he really born in Bethlehem? The answer once again seems simple: yes. But the truth is that it has the appearance of being another great lie to create a dramatic story, a beautiful tale and a divine legend with which to certify that Jesus was the prophesied Messiah.
The population of Bethlehem was an obvious choice, the most appropriate to give divine character at birth. The Hebrew people had been waiting hundreds of years for the arrival of the Messiah descended from the lineage of King David, who a thousand years before Christ had been anointed as king of Israel by the prophet Samuel in this same locality.
Here is the turning point for Bethlehem to acquire such a relevant place in history, and for evangelists to locate the birth in this locality, linking Jesus with the prophecy that appeared in the book of Micah that he advocated five hundred years before the birth of Jesus. that the Messiah would be born in Bethlehem.
The early Christians decided that the birth of Jesus had happened in Bethlehem. They were falsifying reality, because all they wanted was to confirm the prophetic arrival of the Messiah. Therefore, when Matthew and Luke affirm that Jesus was born in Bethlehem, what they transmit is that Jesus is really the Messiah that everyone expected. Despite that, throughout his Gospels, like Mark and John, they call him Jesus of Nazareth.
As we can see, the evangelical evidence of the birth of Jesus in Bethlehem is weak, but the data against it is overwhelming. Most biblical scholars today argue that Jesus’ hometown would not have been Bethlehem, but Nazareth. Historical evidence confirms the misrepresentations and manipulations of the evangelists, surely influenced by oral traditions.

Only from the 3rd century AD. it is clearly indicated that there were three, since the theologian Adamantius considered that, if there were three gifts, that would be the number of wise men who visited Joseph and Mary. Furthermore, he chose it to give it symbolic relevance; the three is a figure present in various religions and Christianity assimilated it by rooting it with the concept of the Holy Trinity.
Another of the most controversial issues is that until the 15th century magicians were three white men, but in no representation was a dark-skinned character described. It was in the Renaissance when a magician from Africa, one of the three known continents at that time, joined the procession, thus giving history more relevance, because they also ceased to be only magicians and were now also kings.
The symbols that keep the three gifts. Each one talks about one of the qualities of the newborn and his future life. Gold represents that he is king and that he will reign over all men, he is the king of kings. The incense used in antiquity as an offering to the gods symbolizes his divine character, that his kingdom is also beyond this world. And myrrh, perhaps the most important element, was used in the time of Jesus Christ to anoint the dead by prophesying their death on the cross.
And, above all, the decision that there were three is clearly linked to the sacred symbolism of this number, since it reveals the three functions of Jesus Christ: king, priest and prophet.

The key to the enigma about José de Arimatea and his relationship with Jesus is found, not in his kinship, but in his profession, which allowed him to travel throughout the empire, being that of decurion a title that gave the Roman Empire to merchants and mining inspectors. And, precisely, one of the most important mining centers of the empire was located in the south of the British Isles, in the present Cornwall region. So José de Arimatea would travel regularly to trade with the inhabitants of those misty lands.
The idea that we have assimilated is that, as a child, Jesus learned the trade from his father and became a carpenter. Something that, if it happened, would not be entirely true either, since mistakes, misrepresentations and manipulations in the gospels are the norm. The word used to designate his occupation was teckton, a Greek term that came from the architect’s linguistic family. A nickname that was used at that time to designate someone who made a living building something with his hands; an artisan, a goldsmith, a blacksmith, a carpenter, or even, depending on the context, a farmer, but who did not explicitly define someone who only worked with wood. So, when you wanted to specify the material you were working with, one more word was added to indicate the trade, but if that defining word did not appear, you could use any material. However, it was Saint Justin, with a reductionist vision, who in the 2nd century and distorting reality established that the word teckton meant carpenter, and that would be the office of Jesus ever since.
But, even if he had been a carpenter, he did not spend his adolescence and youth in the small village of Nazareth working alongside his father.

Among the Celts, the Druids were the highest caste. With a status similar to the caste of the Brahmins of Hindu culture, it included all those trades that demanded a high level of knowledge such as teachers, judges, musicians, doctors, astronomers, poets and, of course, philosophers and priests. Something that made them not only spiritual guides, but also political advisers. His advice was always accepted by the kings, who made no momentous decision without their consent. Therefore, the druids were the ones who really ruled. They always spoke before the king, they regulated the election of the successors to the throne and they chose the candidates. Only they in western Europe formed an organized and hierarchical priestly class, they were the reflection of their gods on earth, who had given them their gifts and whose role was to establish the relationships of men with the world of divinities. Many druids ended up becoming Christian priests.

The early Church fathers detested the custom of wearing amulets, they considered that Satan was conjured with them. Chrysostom, one of the leaders of the Church, when seeing this idolatry was enervated; What irritated him the most was a type of medallion that was in fashion during the 4th and 5th centuries AD, in which Alexander was seen next to the name of Jesus Christ. He was too powerful a rival for the fathers of the Church and, although they tried by all means to eradicate their idolatry, they did not succeed.

India is a vast and complicated world, very difficult for the Westerner to understand, paradoxical and contradictory. Even today, its sacred rituals surprise us and stir our thoughts. Their customs are strange and their exotic ceremonies are far from being understood by the vast majority, who are unaware that western and eastern culture are intrinsically linked. They form a warp in which the scientific, anthropological and theological heritage of civilizations unite.
The geographical diversity of its territories is overwhelming, from the perpetual ice of the Himalayan peaks to the densest rainforests where the sun’s rays never touch the ground. The diversity of its inhabitants includes Aryans, Dravids, Mongols, etc. All of them divided into numerous branches and towns, and this was already so in the time of Jesus Christ. Although two thousand years ago the tribal puzzle was much greater.
Young Jesus, in his unstoppable eagerness to learn and possessed of a tireless spirit, would arrive in India two years after embarking in Caesarea.
Joseph of Arimathea would continue to travel from Palestine to Britain, and his mother, sitting on the windowsill, would await his return. His people would await the arrival of the Messiah.
Are there documents that confirm that Jesus Christ crossed the Hindukush mountain range and that he spent several years in India, Nepal and Tibet? The answer seems obvious again: no.
But, as we have seen, the known life of Jesus Christ is an amalgam of lies, misrepresentations, manipulations, errors and conspiracies that have wanted to hide the most important part of his life, the one that gave him training as a man to transform him into the son of God.
Among the best-kept secrets, with an iron ban on being consulted, are those that have to do with the enigmatic relationship between Pope Pius XII and Hitler. But the most dangerous files are the Gospels and the letters of the first Christians, among them the texts that would confirm the pilgrimage of Jesus Christ to India. Documents that could bring down, like a house of cards, the Catholic Church.
The first to document the existence of these documents was Nicolás Notovitch, a journalist and explorer who ventured, in the late nineteenth century, to tour the northern regions of India.
On his return he published The Secret Life of Jesus; There he revealed that on his trip he discovered, in the Hemis monastery, a copy of an ancient Buddhist manuscript whose original was in Lhasa, the capital of Tibet, which claimed that Jesus lived in India for several years. But not only he had the privilege of reading the mentioned texts. Several decades later others corroborated his story.
Yogi Swami Abhedananda published a translation of the manuscripts in 1929, which coincided with those of Notovitch.
Jesus discovered in Jainism the most ascetic religion of all the doctrines of India, a religion that seeks to achieve perfection by gradually abandoning the material world.
The priests tried to make him understand that the soul of the Jainist resides the belief in an extreme form of non-violence, the ahimsa, which asks that no being should be hurt:

“He who harms a living being has not understood or renounced the law of sin. Those whose minds are at peace and free from passions do not wish to live at the expense of others.”
Achanranga Sutra

Jesus learned of the exploits of its founder, the noble Mahavira, who six centuries before his arrival abandoned his wealth in search of the path of perfection.
The Hindu concept of caste comes from the word Varna, which literally means color. How the castes arose is one of the most confusing themes of Hinduism. The Aryans are believed to have come from the north two millennia BC and to have a different language, they were tall, blond with light eyes and white skin. These physical and ethnic differences could have been largely the basis of a system that still follows the same rules today.
More than three thousand years ago it was established that the Brahmans, who had arisen from the mouth of Brahma, and were tall and fair-skinned, would be the prophets and priests, so their job would be to preach. The kastriyas, who had slender figures and fair skin, were also decreed to have emerged from the arms of Brahma, making them the administrators and protectors of society.
The Brahmins fell out with Jesus because he preached and taught the lower castes the sacred scriptures. The angry Brahmins instructed him to stop or he would be severely punished, but Jesus, in his early twenties, stood firm against the priestly caste.
Many of Roerich’s paintings reflect this search, including one in particular, Burning of Darkness, a work in velvety blue tones in which a group of spiritual masters emerge from a cave. Leading the line is a long-haired man with a trimmed beard — perhaps Jesus Christ — holding a glowing chest in his hands. Inside it is deposited the Gift of Orion, a stone with incredible powers called in Central Asia the Stone of Chintamani. According to tradition, this stone is related to the Kaaba, the black stone venerated in Mecca. It is also said that a part of this stone would have been located in the temple of Cybele, in Rome, and would be related to the Holy Grail.
Was Jesus Christ then in Shambhala?

After his pilgrimage, Jesus arrived in Palestine. Eighteen years later nothing had changed, the three provinces Samaria, Galilee and Judea were still under the yoke of the Roman Empire ruled by a puppet king, Herod Antipas, who tried to maintain order while the Jewish people kept waiting for the Messiah, the liberator who would return them the glory of Solomon’s time.
His travels had brought him the knowledge and wisdom that other preachers, rabbis, and priests lacked. He had crossed the world on a journey of more than thirty thousand kilometers in which he had known all kinds of towns, rites, beliefs and symbols.
In Britain he learned to heal using plants, the druid pharmacopoeia had to be largely responsible for many of the healings he performed and which were considered miraculous. From the hand of Hindu ascetics and Buddhist monks, he transformed into an experienced yogi, allowing him to perform superhuman acts that surprised the inhabitants of Galilee, he learned to perform exorcisms and free men from mental illness. He had become a philosopher capable of refuting, deepening and analyzing any topic from a deep metaphysical vision.
The word messiah in Hebrew, christ in Greek and anoint in Latin mean the same thing, choosing someone for a very notable position or office.
In the Palestine of Jesus Christ, the Hebrews gave a very important meaning to the action of anointing a person, they considered that in doing so they gave him extraordinary qualities, even supernatural, granting him the power to exercise an important position. Therefore the kings were anointed and became the representation of Yahweh on earth. That theocratic character was especially important, since they became the mediators between God and man, as long as the anointing was performed by a being endowed with divine qualities, that is, a priest or a rabbi.

The symbols of Artemis are a tower that crowns its head, bees, and what for decades was believed to be breasts, which really seem to be the cells that worker bees create to house the queen bee, the mother of all of them. Therefore, the appearance of Ashenath in the tower and the bees is an analogy between it and Artemis.
If Ashenath and Joshua represent Mary Magdalene and Jesus, and in turn Helios, the sun god, and Artemis, the moon goddess, we verify that the message of Jesus Christ is not totally original, so, as in the vast majority of Religions, syncretism, and the assimilation of doctrines are what shaped Christianity.
It seems that the Gnostic text shows that, for the first Christians, Jesus and Mary Magdalene were divine and their sacred marriage, together they represented the sun and the moon. Some documents prove that, for some of the early Christians, communion consisted of eating bread and wine and participating in the secret ritual of the bridal chamber. A royal rite in which sexual union was the completion of a spiritual journey that began with baptism, the Eucharist and consecration with oil.
The British Library manuscript is not the only one that provides data on the possibility of Jesus getting married. In Egypt, in 1896, the Gospel of Mary Magdalene was discovered, where she appears referenced as the preferred disciple of Jesus; that is why Pedro is angry and Mateo rebukes him. Also in her lines printed with calamus it is said that the savior loved her more than any other woman.
In 2012 the remains of another gnostic gospel came to light, a small piece of papyrus dated to the 4th century that looked like a translation of a 2nd century gospel, originally written in Greek and later translated into Coptic. The papyrus has detractors that assure that it is a forgery, but at the same time it also has important researchers who guarantee its authenticity. In it a transcendental phrase appears:
Jesus told them, my wife …
Gospel of Jesus’ wife.

The resurrection of Jesus Christ is the fundamental pillar of the Christian faith, the event from which the religion that has marked the last twenty centuries of human history was born, the creed by which empires have been forged, by which it has shed the blood of millions of people and annihilated civilizations. A doctrine that, like a compass, has guided the course of men manipulated by fear of spending eternity in the fire of hell, so to doubt that Jesus Christ returned from the dead is to put the most important dogma in the pillory .
But the reality that surrounded the Passion of Christ could have been very different. There are ancient manuscripts, oral traditions, works of art, and forbidden books that treasure another truth. A truer, more credible, more revealing truth.
Perhaps the most important question when reading the Bible is this: Did Jesus Christ really rise again? The answer will fluctuate between disbelief and confirmation that it was so. To discover the evidence, not only do you have to read the canonical gospels, but you have to pull the skein, you have to analyze thousands of pages, consult forgotten manuscripts, analyze all the evidence that exists within our reach and finally give a verdict.
Jesus Christ did not die on the cross.
Crucifixion in the Roman Empire was reserved for slaves, deserters, traitors, pirates, Christians, rebels, and seditious, but was rarely used on the body of a Roman, as it was prohibited by law to crucify a citizen of the empire.
It was the martyrdom chosen for the meanest crimes and its mission was not only to murder the condemned, but it had to be exemplary. Death came after days of illness mainly due to two factors: hypovolemic shock caused by blood loss that did not allow the heart to pump enough oxygen to the vital organs and progressive suffocation, caused by impaired respiratory movement due to the position of the arms, which prevented the correct breathing of the condemned.
So, by hanging from the arms, the inmate’s rib cage was expanded, and the diaphragm, which is the main muscle that allows breathing, was blocked in a position of continuous inspiration.
An anoxemia, a lack of oxygen in the blood, was produced, which increased hypovolemic shock. In addition, to all this it had to be added that the inmate had probably been flogged, and had painful wounds to his torso and back that would cause excruciating pain every time he tried to breathe. He would look for support on the cross or the sedile, the small wooden crossbar that was placed as a step at his feet, where he would lean looking to relax the tension in his arms, but nothing would lessen his terrible suffering. For this reason, it was common for pulmonary edema or hydropneumothorax to form, a puddle in the lungs caused by the lack of blood reaching the heart, something that made it even more difficult to breathe and caused heart failure and a probable myocardial infarction that would lead to death.
The soldiers in charge of martyrdom had to remain at the foot of the cross until the death of the condemned, but, on some occasions when the executed man had been crucified for days, they ended their life in an expeditious way, fracturing his legs with a mallet. Thus he could no longer lean on the cross, and the excruciating pain and lack of oxygen made him lose consciousness, convulse and die.

But could Jesus Christ survive?
Three stages in the process of his martyrdom are intrinsically linked.
Jesus was a man in his thirties and in good physical shape who had traveled thousands of kilometers working as a caravanner. He would probably possess an athletic body with good aerobic capacity, since since his return from Palestine he had not stopped walking and working alongside his disciples.
But the secret of his survival from the crucifixion lay in the years he had spent in India and Tibet. He had become an expert yogi, he had learned from Buddhists and Jains to go into deep meditation, to lower the pulsations of his heart and thus consume less oxygen.
From the ascetics, the sadhus, he learned to endure and channel pain. He discovered that they carried ascetic life to unsuspected limits, meditating for years in caves where the light of day never entered, renouncing food on many occasions or imposing extreme sacrifices such as staying in the same position for weeks without moving and surviving being buried. alive.
Yoga allowed her not only to overcome pain but also to slow down blood loss and dehydration. Furthermore, the various substances with which he was anesthetized helped him to fake his death.
While hanging on the cross, he was given a vinegar to drink with a sponge mixed with wine, scopolamine, mandrake and opium.
The use of Spongia somnifera was common. Hippocrates, the father of medicine, already used it four centuries before the crucifixion of Jesus. It was a natural sponge that was impregnated with anesthetic and analgesic substances that, when immersed in wine, were activated.
So, as Jesus drank from the sponge, he entered a state of unconsciousness that led the legionaries to believe that he had died.
That day no crucified could remain longer on the cross; The Sabbath was approaching, so the legionaries decided to hasten his death and end his suffering. But not only that of Jesus but also that of Dimas and Gestas, the two thieves who were crucified at his side.
First, they approached them and broke their legs. Jesus, believing him dead, had a spear stabbed into the right side of his chest. A Roman, a soldier, Longinos, had just saved his life by performing a chest decompression. The lance hole freed his lungs from the pressure produced by the fluid that had accumulated, which would have inexorably led to his death.
The day before his arrest, Jesus would have prepared with the help of Mary Magdalene the ointment that would allow him to heal his wounds. He had learned the basis of the recipe from the Druid priests of Britain during his first journey. A recipe that he had subsequently perfected by coming into contact with various healers and shamans during his travels.
The remedy prepared by Jesus appears referenced on more than a hundred occasions in various Eastern medical treatises. One of them is the Avicenna Canon, one of the most important medical books in history, a compendium of medical wisdom written in the 11th century AD. by Ibn Sina, a Persian scholar, doctor and scientist, who brought together all the existing medical knowledge of his time.
In all the treatises it receives the same name, Marham-i-Isa, the ointment of Jesus, a medicinal preparation that stopped bleeding, healed and healed lacerating injuries such as lashes, abrasions and burns that also had antiseptic properties, which would allow it to be kept free of infections his wounds, including the one thrown from his right side.
After the first cures, he would be transferred to a safe and hidden place until he was fully recovered because, despite his good physical shape and practicing yoga, after the crucifixion his body was covered with deep injuries. Nails had pierced his wrists and feet, he had suffered from severe dehydration, and it would take several weeks for his lungs and heart to function normally again. So it was impossible for him to reappear after three days, as he had prophesied.

The Last Supper, painted by the master between 1495 and 1498, is perhaps the one that seems to keep the most secrets.
The thirteen characters who share a table hide codes that relate early Christianity to the ancient cult of femininity. Details like the knots at the ends of the tablecloth, which for years historians deciphered as his signature, could really be the knot in the belt of the goddess Isis, a millennial Egyptian symbol. Also the smooth features of one of the apostles evoke a female face, perhaps Mary Magdalene, the goddess, his wife.
The strange disposition of the apostles grouped between light and darkness would show their disagreement with the Church of Peter, and, on their right, perhaps, an apostle with features very similar to the Messiah would be their twin brother.
Da Vinci took more than twenty years to produce a second panel, but it would not be his skillful hand that would paint it, but one of his disciples, Ambrogio de Predis, who under the direction of Da Vinci painted the new work between 1495 and 1508.
This second version is the one exhibited at the National Gallery and is very different from the first. In her the identity of the two children stands out, an aura is added over the head of Jesus and a cross between the hands of Saint John the Baptist, the symbol that defined him. The hand of the archangel pointing at Saint John the Baptist also disappears. It was this work that finally occupied the center of the chapel of the church of San Francisco el Grande in Milan.
Leonardo did not want to paint the second version, he did not agree with the impositions of the brotherhood. For him his first work was the only one that contained the truth.
When the two paintings are viewed facing each other, the differences are clear and very important. The first painting shows two very similar children, almost the same, as if they were twin brothers, under the gaze of the archangel Uriel, who makes us accomplices of the scene…

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