¿Ya Es Mañana?. Cómo La Pandemia Cambiará El Mundo — Ivan Krastev / Is It Tomorrow Yet? Paradoxes of the Pandemic. How It Changes Europe by Ivan Krastev

Una profunda reflexión de las implicaciones de los cambios. que provocará la pandemia. Llena de ideas inquietantes y certeras sobre esta nueva realidad tan próxima.
Pensamientos interesantes del científico político de fama mundial. Pero hay más conmemoraciones que argumentos elaborados. Espero un análisis más sofisticado de la nueva situación mundial por parte de Krastev tan pronto como Coronavirus termine y se puede decir más al respecto que solo unos pocos pensamientos.
Los enfoques siguen siendo realmente interesantes y definitivamente vale la pena leerlos.

Supongo que nos ha pasado a todos en algún momento. De pronto, nos ha parecido estar viviendo una de esas distopías tan arraigadas en el imaginario popular. Nos hemos sentido, tal vez, como si nos vigilara una especie de Gran Hermano o nos rodeara una suerte de Matrix.
Lo único que no podemos dejar de hacer es hablar del virus que amenaza con cambiar nuestro mundo para siempre. Estamos presos en nuestros hogares, acorralados por el miedo, el aburrimiento y la paranoia. Algunos gobiernos benévolos (y otros no tanto) vigilan de cerca a dónde vamos y con quién nos reunimos, decididos a protegernos tanto de nuestra imprudencia como de la de nuestros conciudadanos. Los paseos por el parque sin autorización pueden acabar en multas y hasta penas de cárcel, y el contacto con otras personas se convierte en una amenaza para la propia existencia. El roce accidental con los demás equivale a una traición.

La pandemia de COVID-19 ha resultado ser un clásico «suceso cisne gris», es decir, un acontecimiento altamente probable y con capacidad para poner el mundo patas arriba, que, sin embargo, ha generado una gran sorpresa cuando se ha producido.
En 2004, el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos vaticinaba que «es simple cuestión de tiempo que aparezca una nueva pandemia parecida al virus de la gripe de 1918-1919 que acabó con la vida de veinte millones de personas en todo el mundo», y avisaba también de que un episodio de esas magnitudes podía «acabar con los viajes y el comercio mundial durante un tiempo prolongado, obligando a los gobiernos a invertir una gran cantidad de recursos en evitar el colapso de sus sistemas sanitarios». En una charla de TED de 2015, Bill Gates no solo predijo una epidemia mundial causada por un virus altamente infeccioso, sino que advirtió de que no estábamos preparados para enfrentarnos a ella.
La lucha mundial contra la COVID-19 no es una batalla a vida o muerte. En palabras del científico italiano Carlo Rovelli: «La muerte siempre gana al final, porque somos mortales. De lo que se trata en este enorme esfuerzo conjunto no es más que de darnos un poco más tiempo porque esta vida tan corta, a pesar de todo el sufrimiento y las dificultades que acarrea, nos parece ahora más hermosa que nunca».
Pero no es solo que la COVID-19 provoque una muerte sin sentido. También provoca una muerte indigna. En todos los testimonios que tenemos de los cronistas de la época, en los años de la peste el hecho de que la gente muriera sin recibir un funeral digno era lo que más agudizaba la tragedia. En esta ocasión no es diferente. El miedo a la infección ha provocado que muchos miembros de las familias se muestren reacios a asistir a los funerales de sus parientes y en muchas ocasiones, que ni siquiera se hayan celebrado funerales.

Todos los países que han combatido con eficacia la COVID-19 tienen altos niveles de confianza social en sus instituciones. El éxito del control de la sociedad por parte de un Gobierno depende más del cumplimiento voluntario de las leyes que de su aplicación. Si bien China, Singapur y Corea del Sur tienen sistemas políticos bastante diferentes, los tres están entre los diez primeros países del mundo en cuanto a confianza de la sociedad en su Gobierno. Y solo los gobiernos que cuentan con la confianza de sus ciudadanos pueden mantener con eficacia un costoso confinamiento.
Por el contrario, en el autoritario Irán y la democrática Italia, la escasa confianza de la población en las instituciones ha provocado que la introducción del distanciamiento social sea más problemática. La polarización política y la baja confianza en las instituciones también explican, al menos en parte, según Kleinfeld, las dificultades en Estados Unidos para afrontar la crisis.
Como bien ha dicho Astra Taylor, la cineasta y activista canadiense-estadounidense: «La respuesta a la pandemia del coronavirus nos ha mostrado una realidad muy sencilla, la de que todas esas medidas políticas que nuestros gobernantes llevaban años diciéndonos que eran imposibles e impracticables, al final son perfectamente posibles y practicables… Ahora sabemos que ciertas “normas” con las que nos hemos manejado no eran necesarias… Estamos ante una oportunidad sin precedentes, no solo para pulsar el botón de pausa y aliviar temporalmente el daño, sino también para cambiar las normas de una vez y para siempre».
Una oportunidad, es cierto, pero también un gran riesgo. El debate europeo sobre los «coronabonos» hace pensar que asistimos a una crisis financiera semejante a la de la Gran Recesión. Pero, si bien las consecuencias económicas de la COVID-19 recuerdan en muchos aspectos a aquella, los economistas coinciden en que la actual crisis no solo es más profunda, sino además esencialmente distinta. La COVID-19 ha trastocado las cadenas de suministro de todo el mundo y ha generado una crisis simultánea tanto de oferta como de demanda que provocará un enorme desempleo.

Las primeras fases de la crisis del coronavirus se caracterizaron no tanto por la crítica de los «nativos» a los extranjeros como por la indignación de la población rural ante la invasión de los propietarios de segundas residencias. Los medios de comunicación daban cuenta a diario de cómo los prósperos residentes de la ciudad huían del epicentro de la crisis.
Aunque el coronavirus no trate a todos por igual, sí refuerza la idea —la realidad, más bien— de que todos vivimos en el mismo mundo. A diferencia de la pasada recesión, esta vez los ricos y poderosos no pueden coger su dinero y largarse sin más. El coronavirus nos ha unido a todos en un espacio común, y esta vez «la gente de ninguna parte» parece estar buscando desesperadamente un lugar. Pero vivir en el mismo mundo no es lo mismo que vivir en uno compartido o en uno justo. En tiempos normales, las élites tienen la capacidad de viajar. En tiempos de COVID-19, tienen la capacidad de quedarse en casa.
Pero aunque es cierto que una infección de la COVID-19 es mucho más peligrosa para las personas mayores, es la generación joven la que sufrirá más las consecuencias económicas de la pandemia.

El hecho de que la mayoría de gobiernos decidiera imponer el confinamiento y establecer leyes de emergencia explica que todas las personas del mundo estuvieran dispuestas a aceptar que se violara el derecho a la privacidad en la lucha contra la COVID-19. Pero la hegemonía de esa medida implica también que cuando algunos gobiernos decidan suspender las restricciones, los que opten por prolongarlas se quedaran solos. La paradoja de la crisis de la COVID-19 es que ha fortalecido a los gobiernos al darles poderes extraordinarios, al tiempo que ha empoderado también a los ciudadanos al permitirles juzgar si su Gobierno hace las cosas mejor o peor que los demás.
Durante la pandemia, el éxito de las medidas de un gobierno depende del apoyo activo de sus ciudadanos.

La primera paradoja de la COVID-19 es que ha mostrado el lado oscuro de la globalización, pero también ha actuado como su agente. El virus ha sido más agresivo en lugares, por emplear las palabras del historiador británico Frank Snowden: «Densamente poblados y vinculados por vía aérea con un gran movimiento de turistas, refugiados, todo tipo de ejecutivos y redes».
La segunda paradoja de la COVID-19 es que ha acelerado la tendencia a la desglobalización que se había desencadenado con la Gran Recesión de 2008-2009, sin dejar de mostrar al mismo tiempo los límites de la renacionalización.
La tercera paradoja de la COVID-19 es que el miedo al virus durante las primeras etapas de la pandemia impulsó un estado de unidad nacional que muchas sociedades no habían experimentado desde hacía años, pero que a largo plazo provocará un aumento de las divisiones sociales y políticas preexistentes. Con el paso del tiempo, la pandemia no intensificará las divisiones políticas, económicas y sociales que ya se podían ver en todas las sociedades, sino que se instaurará ella misma como baremo. Cuanto más retroceda el miedo a la COVID-19, menos podremos reconocer si la amenaza alguna vez fue real. La paradoja es que, en los países que han sido más eficaces en la contención del virus o que han tenido la suerte de que no los asediara, la opinión pública será más propensa a criticar al Gobierno por las políticas de confinamiento.
La cuarta paradoja de la COVID-19 es que ha puesto en suspenso a la democracia, al menos en Europa, instaurando en muchos países el estado de emergencia. Pero al hacerlo, el deseo de la gente de tener un Gobierno más autoritario ha llegado a un límite.
La quinta paradoja de la COVID-19 es que, si bien la Unión Europea ha estado notablemente ausente durante las primeras etapas de la crisis, la pandemia puede llegar a ser más decisiva para el futuro de la comunidad que cualquier otro suceso en su historia.
La sexta paradoja de la COVID-19 es que, aunque el virus ha revivido los fantasmas de las tres últimas crisis que han sacudido a Europa en la última década —la guerra contra el terrorismo, la crisis de los refugiados y la crisis financiera mundial— también ha obligado a revisar los resultados de las medidas adoptadas durante aquellas.
La última paradoja es que mientras la Unión Europea se considera a sí misma el último mohicano en la defensa de la apertura y la interdependencia, la presión de la globalización podría llevar a los europeos a adoptar más políticas comunes y a delegar en Bruselas algunos poderes de emergencia.
En la Unión Europea, la salud pública ha sido siempre competencia de los gobiernos nacionales. Cuando los italianos y los españoles morían diariamente a millares, Bruselas no dijo una palabra. La Unión Europea ha demostrado tener una estructura inadecuada para paliar la catástrofe que se está produciendo, su actuación ha sido irrelevante justo en el momento en que había más gente buscando su protección. Encarcelados en su casa, los europeos han dejado de pensar en la Unión Europea. Los italianos y los españoles se han sentido traicionados, pero esa sensación se ha dirigido más hacia los conciudadanos europeos y sus gobiernos que hacia la burocracia de Europa.

El coronavirus ha enseñado a los europeos que si quieren mantenerse a salvo, no pueden aceptar un mundo en el que la mayoría de los medicamentos o mascarillas se produzcan fuera de Europa. Tampoco pueden confiar en que sean las empresas chinas quienes den vida a una red 5G europea. Si el mundo se vuelve más proteccionista, en Europa ese proteccionismo solo sería efectivo a nivel continental.
Durante la fase más crítica de la crisis actual hemos visto cómo la autosuficiencia nacional se imponía sobre el interés común. Cuando Italia pidió a sus aliados suministros médicos con urgencia, ningún país de la Unión Europea respondió. Al principio, Alemania prohibió la exportación de mascarillas médicas y otros equipos de protección, y Francia requisó todas las que producía. La Comisión Europea se vio obligada a intervenir y regular la exportación de material médico.

La COVID-19 ha infectado al mundo de cosmopolitismo, al tiempo que ha enemistado a los estados con la globalización.

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A deep reflection on the implications of the changes. that will cause the pandemic. Full of disturbing and accurate ideas about this new reality so close.
Interesting thoughts from the world famous political scientist. But there are more commemorations than elaborate arguments. I look forward to a more sophisticated analysis of the new world situation by Krastev as soon as Coronavirus ends and more can be said about it than just a few thoughts.
The approaches are still really interesting and definitely worth reading.

I guess it happened to all of us at some point. Suddenly, we have seemed to be living one of those dystopias so deeply rooted in the popular imagination. We have felt, perhaps, as if we were watched by a kind of Big Brother or a kind of Matrix surrounded us.
The only thing we can’t stop doing is talking about the virus that threatens to change our world forever. We are imprisoned in our homes, cornered by fear, boredom, and paranoia. Some benevolent governments (and others less so) keep a close eye on where we go and whom we meet, determined to protect us from both our recklessness and that of our fellow citizens. Unauthorized walks in the park can lead to fines and even jail time, and contact with other people becomes a threat to one’s existence. Accidental brushing with others amounts to betrayal.

The COVID-19 pandemic has turned out to be a classic “gray swan event”, that is, a highly probable event with the capacity to turn the world upside down, which, however, has generated a great surprise when it occurred.
In 2004, the National Intelligence Council of the United States predicted that “it is simply a matter of time before a new pandemic appears similar to the influenza virus of 1918-1919 that killed twenty million people around the world.” and it also warned that an episode of these magnitudes could “end world travel and trade for a long time, forcing governments to invest a large amount of resources in avoiding the collapse of their health systems.” In a 2015 TED talk, Bill Gates not only predicted a global epidemic caused by a highly infectious virus, but warned that we were not prepared to deal with it.
The global fight against COVID-19 is not a life and death battle. In the words of the Italian scientist Carlo Rovelli: «Death always wins in the end, because we are mortal. What this enormous joint effort is about is nothing more than giving ourselves a little more time because this short life, despite all the suffering and difficulties that it entails, now seems more beautiful than ever.
But it’s not just that COVID-19 causes a senseless death. It also causes an unworthy death. In all the testimonies we have from the chroniclers of the time, in the years of the plague, the fact that people died without receiving a dignified funeral was what exacerbated the tragedy the most. This time it is no different. Fear of infection has caused many family members to be reluctant to attend the funerals of their relatives and, on many occasions, that funerals have not even been held.

All countries that have effectively fought COVID-19 have high levels of social trust in their institutions. The success of a government’s control of society depends more on voluntary compliance with the laws than on their application. Although China, Singapore and South Korea have quite different political systems, all three are among the top ten countries in the world in terms of societal trust in their government. And only governments that have the trust of their citizens can effectively maintain costly confinement.
By contrast, in authoritarian Iran and democratic Italy, the low trust of the population in institutions has made the introduction of social distancing more problematic. Political polarization and low trust in institutions also explain, at least in part, according to Kleinfeld, the difficulties in the United States to cope with the crisis.
As Astra Taylor, the Canadian-American filmmaker and activist, has said: “The response to the coronavirus pandemic has shown us a very simple reality, that of all those political measures that our rulers had been telling us for years were impossible and impractical, in the end they are perfectly possible and practicable … Now we know that certain “rules” with which we have dealt with were not necessary … We are facing an unprecedented opportunity, not only to press the pause button and temporarily alleviate the damage, but also to change the rules once and for all.
An opportunity, it is true, but also a great risk. The European debate on “corona bonds” suggests that we are witnessing a financial crisis similar to that of the Great Recession. But while the economic consequences of COVID-19 are reminiscent of that in many respects, economists agree that the current crisis is not only deeper, but also essentially different. COVID-19 has disrupted supply chains around the world, creating a simultaneous supply and demand crisis that will cause massive unemployment.

The early phases of the coronavirus crisis were characterized not so much by “native” criticism of foreigners as by rural population outrage at the invasion of second home owners. The media reported daily how the city’s affluent residents were fleeing the epicenter of the crisis.
Although the coronavirus does not treat everyone the same, it does reinforce the idea – the reality, rather – that we all live in the same world. Unlike in the past recession, this time the rich and powerful can’t just take their money and just walk away. The coronavirus has brought us all together in a common space, and this time “the people from nowhere” seem to be desperately searching for a place. But living in the same world is not the same as living in a shared or just one. In normal times, elites have the ability to travel. In times of COVID-19, they have the ability to stay home.
But while it is true that a COVID-19 infection is much more dangerous for older people, it is the young generation that will suffer the most from the economic consequences of the pandemic.

The fact that most governments decided to impose confinement and establish emergency laws explains why everyone in the world was willing to accept that the right to privacy was violated in the fight against COVID-19. But the hegemony of this measure also implies that when some governments decide to suspend the restrictions, those who choose to extend them will be left alone. The paradox of the COVID-19 crisis is that it has empowered governments by giving them extraordinary powers, while also empowering citizens by allowing them to judge whether their government does things better or worse than others.
During the pandemic, the success of a government’s actions depends on the active support of its citizens.

The first paradox of COVID-19 is that it has shown the dark side of globalization, but has also acted as its agent. The virus has been more aggressive in places, to use the words of British historian Frank Snowden: “Densely populated and linked by air with a large movement of tourists, refugees, all kinds of executives and networks.”
The second paradox of COVID-19 is that it has accelerated the deglobalization trend that had been unleashed by the Great Recession of 2008-2009, while at the same time showing the limits of renationalization.
The third paradox of COVID-19 is that fear of the virus during the early stages of the pandemic prompted a state of national unity that many societies had not experienced for years, but which in the long term will lead to increased social divisions and pre-existing policies. Over time, the pandemic will not intensify the political, economic and social divisions that can already be seen in all societies, but will establish itself as a benchmark. The more the fear of COVID-19 recedes, the less we can recognize if the threat was ever real. The paradox is that, in countries that have been most effective in containing the virus or that have been fortunate enough not to be besieged, public opinion will be more likely to criticize the government for its policies of confinement.
The fourth paradox of COVID-19 is that it has put democracy on hold, at least in Europe, establishing a state of emergency in many countries. But in doing so, the people’s desire for a more authoritarian government has reached a limit.
The fifth paradox of COVID-19 is that, while the European Union has been conspicuously absent during the early stages of the crisis, the pandemic may prove to be more decisive for the future of the community than any other event in its history.
The sixth paradox of COVID-19 is that, although the virus has revived the ghosts of the last three crises that have rocked Europe in the last decade – the war on terrorism, the refugee crisis and the global financial crisis. It has also forced to review the results of the measures adopted during those.
The last paradox is that while the European Union considers itself the last of the Mohicans in the defense of openness and interdependence, the pressure of globalization could lead Europeans to adopt more common policies and to delegate some emergency powers to Brussels.
In the European Union, public health has always been the responsibility of national governments. When Italians and Spaniards died by the thousands daily, Brussels did not say a word. The European Union has shown to have an inadequate structure to alleviate the catastrophe that is taking place, its performance has been irrelevant just at the moment when more people were seeking its protection. Imprisoned at home, Europeans have stopped thinking about the European Union. Italians and Spaniards have felt betrayed, but that feeling has been directed more toward fellow European citizens and their governments than toward Europe’s bureaucracy.

The coronavirus has taught Europeans that if they want to stay safe, they cannot accept a world in which most drugs or masks are produced outside of Europe. Nor can they trust Chinese companies to bring a European 5G network to life. If the world becomes more protectionist, in Europe that protectionism would only be effective at the continental level.
During the most critical phase of the current crisis, we have seen national self-sufficiency prevail over the common interest. When Italy urgently asked its allies for medical supplies, no country in the European Union responded. Germany initially banned the export of medical masks and other protective equipment, and France requisitioned all it produced. The European Commission was forced to intervene and regulate the export of medical supplies.

COVID-19 has infected the world with cosmopolitanism, while making states alienate with globalization.

15 pensamientos en “¿Ya Es Mañana?. Cómo La Pandemia Cambiará El Mundo — Ivan Krastev / Is It Tomorrow Yet? Paradoxes of the Pandemic. How It Changes Europe by Ivan Krastev

  1. Da perspectiva. Me gustaron los primeros capítulos. Los puntos que da ayudan a comprender mejor estos tiempos de pandemia. Los capítulos finales carecen de la fuerza y ​​relevancia de los primeros, pero el resultado general es bueno.

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