Infiltrado En El KKKlan — Ron Stallworth / Black Klansman: Race, Hate, and the Undercover Investigation of a Lifetime by Ron Stallworth

Una historia fascinante que hizo una experiencia de narración medicore (mediocridad). Stallworth podría haberse beneficiado de un escritor fantasma y un editor de mano dura. Las quejas menores de cuarenta años contra los compañeros de trabajo no pertenecen a una biografía, y tampoco la repetición tras repetición (…) Sus comentarios y comentarios son planos con poco o ningún matiz y descripción.
Donde este libro brilla (¿entretiene?) Es al exponer qué truco son muchos de estos grupos de odio en la década de 1970. ¿Anunciando sus reuniones en el periódico? ¿David Duke contestando la línea telefónica de la sede nacional?.

Esta fue una historia interesante. Por supuesto, fue porque el Detective Stallworth, como hombre negro, se infiltró en el KKK. Pero también me pareció interesante escuchar sus experiencias como el primer oficial negro en el Departamento de Policía de Colorado Springs en un momento de transición en Estados Unidos, donde los estadounidenses negros estaban rompiendo cada vez más las barreras anteriores y se mudaron a trabajos que históricamente no estaban disponibles para ellos.
La infiltración de Stallworth fue audaz e inteligente. Los miembros del KKK, además de David Duke, no se muestran particularmente inteligentes: su malevolencia parece anulada por su propia bufonada e ineptitud. David Duke sale como un pomposo aspirante a Fuhrer. Es una historia fascinante y divertida en todo momento.
Dada la historia de intimidación y terrorismo del KKK, este era un grupo que garantizaba la vigilancia. Además, Stallworth descubrió que varios miembros de las fuerzas armadas, incluidos aquellos con acceso a la información secreta de armas nucleares en NORAD en la montaña Cheyenne, formaban parte del KKK de Colorado, lo que claramente era una violación de seguridad importante, dado el subversivo del KKK. opiniones y doctrinas antigubernamentales. La investigación de Stallworth eliminó esta vulnerabilidad potencial. Además, infiltrarse en el Klan ayudó a mantener la paz pública porque, al mismo tiempo, la Policía también estaba haciendo lo mismo con el PLP, los predecesores de los años 70 del Antifa de hoy. Al mantenerse informada de las actividades e intenciones de ambos grupos radicales, la Policía pudo ser más proactiva para evitar conflictos entre los grupos, mantener la paz pública y, particularmente irónicamente con respecto al KKK, proteger sus derechos de la Primera Enmienda.
Dicho todo esto, el libro parece divagar un poco, y Stallworth permite que su propio partido demócrata manche a los republicanos con torpeza.

Todo empezó en octubre de 1978. Como detective de la Unidad de Inteligencia del Departamento de Policía de Colorado Springs (el primer detective negro en toda la historia del departamento), una de mis tareas era revisar los dos periódicos locales en busca de información relativa a cualquier indicio de actividad subversiva que pudiera afectar al bienestar y la seguridad de Colorado Springs.
La ciudad de Security era un área de expansión urbana situada al sureste de Colorado Springs, en las proximidades de dos importantes bases militares: Fort Carson y Norad (Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial). La comunidad era predominantemente militar y, hasta el momento, no existía actividad conocida del Klan en esa zona.
Colorado Springs era una ciudad de unos 250.000 habitantes y el departamento de policía para el que yo trabajaba contaba con unos 250 agentes. Era una típica ciudad militar, y además albergaba la Academia de la Fuerza Aérea y la Base Aérea de Peterson. Tenía los problemas que uno podría esperar de una ciudad militar: prostitución, drogas, jóvenes, peleas y ese tipo de cosas. Eso sí, no teníamos demasiados problemas relacionados con conflictos políticos o grupos racistas. Una excepción notable era Fred Wilkens, de Lakewood (Colorado), un suburbio al suroeste de Denver. Fred Wilkens era un bombero de Lakewood que también ostentaba el cargo de responsable estatal (Gran Dragón) del Ku Klux Klan de Colorado. Era un fastidio constante para las autoridades de Lakewood, debido a sus convicciones racistas, que frecuentemente compartía en los medios de comunicación. Todo lo que hacía estaba dentro del límite de la legalidad, a veces rozándolo.

Nos referimos al Klan como La Organización o La Causa. —A continuación, habló de la frustración que le provocaba el tener que reprimir su deseo de comportarse violentamente con los negratas para cumplir con la política no violenta de La Organización—. A veces cuesta aguantarse las ganas, ¿sabes a lo que me refiero? Pero La Causa es más importante. Nuestros planes cambiarán el mundo de verdad.
—Bien, estoy verdaderamente interesado en unirme a La Organización.
La intensidad colectiva de las protestas públicas contra la presencia del KKK creció rápidamente incorporando a otra serie de organizaciones, lo que dio lugar a una verdadera sopa de letras: Lamecha (del Colorado College), BSU (Unión de Estudiantes Negros, del Colorado College), La Raza (Colorado Springs), CWUC (Consejo de Trabajadores Unidos de Colorado, Denver), PBP (Gente para el Progreso del Pueblo, Colorado Springs) y ARC (Coalición Anti-Racista, Colorado Springs).
Aunque era evidente que las facciones de izquierdas que se movilizaban contra el Klan estaban mal organizadas y eran, en su mayoría, no violentas, yo sentía cómo las aguas comenzaban a hervir en Colorado Springs, haciendo crecer el miedo y la rabia. El KKK planeaba quemas, desfiles y reclutamientos.

CÓDIGO PERSONAL
1. Trabajar sin descanso en pos de la preservación, protección y progreso de la raza blanca.
2. Ser siempre fiel a los Caballeros del Ku Klux Klan, el único Klan verdadero.
3. Obedecer todas las órdenes de los oficiales del Imperio.
4. Mantener en secreto la identidad de mis compañeros y los rituales del Klan.
5. Nunca comentar asuntos del Klan con oficiales de paisano a nivel estatal, local o nacional.
6. Con este fin, cumplir mis obligaciones sociales, fraternales y financieras mientras viva.

¿Mentí en algún momento sobre lo que hice? No, porque nunca nadie me preguntó si había destruido las evidencias, como el jefe había ordenado, por lo que nunca me encontré en la tesitura de tener que decidir cómo responder a esa pregunta.
Era consciente de que esta investigación era singular. Entendía que este tipo de investigación, con este peculiar elenco de personajes, nunca antes se había producido, al menos que yo supiera, y nadie en su sano juicio me creería si le contara la historia.

Después del cierre oficial de la investigación en abril de 1979, seguí recibiendo informes de inteligencia relativos a las actividades del KKK. Algunos eran veraces, y yo los investigaba hasta donde podía, siempre con la preocupación de que apareciera mi nombre como «hombre del Klan» y con la consciencia de que mi jefe me había ordenado «desaparecer».
Chuck, mi alter ego blanco, tuvo una trayectoria profesional brillante en el Departamento de Policía de Colorado Springs y se retiró como sargento.
En cuanto a Chuck Howarth, el líder del Posse Comitatus, su trayectoria posterior al final de mi investigación y a mi salida del departamento de policía fue bastante pintoresca. En mayo de 1982, dos años después de mi marcha del departamento, tuve noticia de una investigación interagencias en la que estuvo implicado el Departamento de Policía de Colorado Springs y que culminó con el arresto de diez personas por, presuntamente, vender dinamita, detonadores, temporizadores, mechas detonantes y armas automáticas. Entre los arrestados se encontraba Chuck Howarth. Cuando se ejecutó una orden de búsqueda en su negocio, los investigadores encontraron uniformes y propaganda del KKK. Un portavoz de la Policía de Denver le contó a un reportero de prensa que Howarth era, aparentemente, el líder de los Klanes Unidos de América y, según admitió, ostentaba el título de «Cíclope Elevado».
Las políticas nacionalistas blancas y nativistas que vemos hoy fueron imaginadas y puestas en práctica primero por David Duke, durante el auge de su mandato como Gran Mago, en la época de mi investigación encubierta del Klan. Aquel odio no ha desaparecido, sino que se ha visto reforzado en los más oscuros rincones de internet, en los trolls de Twitter, en las publicaciones de la derecha alternativa y en nuestro presidente nativista, Trump.
A pesar de que el Partido Republicano del siglo XIX, siendo el partido de Lincoln, se opuso al ascenso del Ku Klux Klan y al dominio de los supremacistas blancos en lo relativo a los recién liberados esclavos negros de los Estados Unidos, opino que el Partido Republicano del siglo XXI tiene una conexión simbiótica con grupos nacionalistas blancos como el Klan, los neonazis, los skinheads, las milicias y el pensamiento supremacista blanco de la derecha alternativa. Pudimos ver los primeros signos de ello durante la presidencia de Lyndon Johnson, con la salida de los Demócratas del Sur (Dixiecrats) hacia el Partido Republicano en protesta por su agenda sobre los derechos civiles. Los republicanos iniciaron una espiral descendiente hacia la extrema derecha, abrazando todo aquello que es aborrecible para los no blancos.

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A fascinating story that made for a medicore storytelling experience. Stallworth could have benefitted from a ghostwriter and a heavy-handed editor. Forty year old petty grievaces against co-workers don’t belong in a biography, and neither does repetition after repetition (…) His sidebars and commentary are flat with little to no nuance and description.
Where this book shines (entertains?) is in exposing what a hack many of these hate groups are/were in the 1970s. Advertising their meetings in the newspaper? David Duke answering the national headquarters phone line?.

This was an interesting story. Of course, it was because of Detective Stallworth, as a black man, infiltrating the KKK. But I also found it interesting in hearing his experiences as the first black officer on the Colorado Springs PD at a transitional time in America where black Americans were increasingly breaking previous barriers and moving into jobs historically unavailable to them.
Stallworth’s infiltration was both audacious and clever. The KKK members, other than David Duke , don’t come off as particularly intelligent — their malevolence seemingly cancelled out by their own buffoonery and ineptitude. David Duke comes off as a pompous Fuhrer-wannabe. It’s a fascinating and amusing story throughout.
Given the KKK’s history of intimidation and terrorism, this was a group warranting surveillance. In addition, Stallworth found several members of the military, including those with access to the Top Secret nuclear weapons information in NORAD in Cheyenne Mountain, were found to be part of the Colorado KKK — which clearly was a major security breach, given the KKK’s subversive anti-government views and doctrines. Stallworth’s investigation eliminated this potential vulnerability. In addition, infiltrating the Klan helped keep the public peace because, at the same time , the Police were also doing the same to the PLP, the 70s predecessors to today’s Antifa. By staying apprised of the activities and intentions of both radical groups, the Police were better able to be proactive at heading off conflicts between the groups, keeping the public peace, and, particularly ironically with respect to the KKK, protecting their First Amendment rights.
Having said all this, the book seems to ramble at times a bit, and Stallworth allows his own Democratic partisanship to clumsily smear Republicans.

It all began in October 1978. As a detective with the Colorado Springs Police Department Intelligence Unit (the first black detective in the department’s entire history), one of my tasks was to check the two local newspapers for information regarding any indication of subversive activity that could affect the well-being and safety of Colorado Springs.
The city of Security was an urban sprawl area southeast of Colorado Springs, in close proximity to two major military bases: Fort Carson and Norad (North American Aerospace Defense Command). The community was predominantly military and, as yet, there was no known Klan activity in that area.
Colorado Springs was a city of about 250,000 residents, and the police department I worked for had about 250 officers. It was a typical military city, and also housed the Peterson Air Force Academy and Air Force Base. He had the problems one might expect from a military city: prostitution, drugs, youth, fighting, and that sort of thing. Of course, we did not have too many problems related to political conflicts or racist groups. A notable exception was Fred Wilkens of Lakewood, Colorado, a southwest suburb of Denver. Fred Wilkens was a Lakewood firefighter who also held the position of state official (Great Dragon) for the Colorado Ku Klux Klan. It was a constant nuisance to Lakewood authorities, due to his racist convictions, which he frequently shared in the media. Everything he did was within the limits of legality, sometimes bordering on it.

We refer to the Klan as The Organization or The Cause. He then spoke of the frustration caused by having to suppress his desire to behave violently towards Negroes to comply with the Organization’s non-violent policy. Sometimes it costs to hold the desire, you know what I mean? But La Causa is more important. Our plans will truly change the world.
“Well, I am truly interested in joining The Organization.”
The collective intensity of public protests against the presence of the KKK grew rapidly by incorporating a number of other organizations, leading to a veritable alphabet soup: Lamecha (from Colorado College), BSU (Union of Black Students, from Colorado College) , La Raza (Colorado Springs), CWUC (United Workers Council of Colorado, Denver), PBP (People for the Progress of the People, Colorado Springs) and ARC (Anti-Racist Coalition, Colorado Springs).
Although it was clear that the left-wing factions mobilizing against the Klan were poorly organized and mostly non-violent, I felt the waters begin to boil in Colorado Springs, growing fear and anger. The KKK planned burns, parades, and recruits.

PERSONAL CODE
1. To work tirelessly towards the preservation, protection and progress of the white race.
2. Always be faithful to the Knights of the Ku Klux Klan, the only true Klan.
3. Obey all orders of the officers of the Empire.
4. Keep the identity of my companions and the rituals of the Klan a secret.
5. Never discuss Klan matters with plainclothes officers at the state, local, or national level.
6. To this end, fulfill my social, fraternal, and financial obligations as long as I live.

Did I ever lie about what I did? No, because nobody ever asked me if I had destroyed the evidence, as the boss had ordered, so I never found myself in the position of having to decide how to answer that question.
He was aware that this investigation was unique. He understood that this type of investigation, with this peculiar cast of characters, had never occurred before, at least as far as I knew, and no one in his right mind would believe me if I told him the story.

After the official closure of the investigation in April 1979, I continued to receive intelligence reports regarding the activities of the KKK. Some of them were truthful, and I investigated them as much as I could, always with the concern that my name would appear as “man of the Klan” and with the awareness that my boss had ordered me to “disappear”.
Chuck, my white alter ego, had a brilliant career with the Colorado Springs Police Department and retired as a sergeant.
As for Chuck Howarth, the leader of the Posse Comitatus, his trajectory after the end of my investigation and on my departure from the police department was quite picturesque. In May 1982, two years after I left the department, I became aware of an interagency investigation involving the Colorado Springs Police Department and culminating in the arrest of ten people for allegedly selling dynamite, detonators, timers, detonating fuses and automatic weapons. Among those arrested was Chuck Howarth. When a search warrant was executed at his business, investigators found KKK uniforms and propaganda. A Denver Police spokesperson told a press reporter that Howarth was apparently the leader of the United Klanes of America and, he admitted, held the title “High Cyclops.”
The white and nativist nationalist policies we see today were first imagined and implemented by David Duke, during the height of his tenure as Great Wizard, at the time of my covert investigation of the Klan. That hatred has not disappeared, but has been reinforced in the darkest corners of the internet, in Twitter trolls, in the publications of the alternative right and in our nativist president, Trump.
Despite the fact that the 19th century Republican Party, being Lincoln’s party, opposed the rise of the Ku Klux Klan and the dominance of white supremacists over the newly liberated black slaves of the United States, I believe that the Party Twenty-first century Republican has a symbiotic connection with white nationalist groups like the Klan, neo-Nazis, skinheads, militias, and white supremacist thinking of the alternative right. We were able to see the first signs of this during Lyndon Johnson’s presidency, with the departure of the Southern Democrats (Dixiecrats) to the Republican Party protesting his civil rights agenda. Republicans began a downward spiral toward the far right, embracing everything that is abhorrent to non-whites.

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