La Hoguera De Los Inocentes. Linchamientos, Cazas De Brujas y Ordalías — Eugenio Fuentes / The Bonfire Of The Innocents. Lynchings, Witch Hunts and Ordeals by Eugenio Fuentes (spanish book edition)

Magnífico ensayo. El autor nos explica, de manera amena, las ordalías a través de una amplia y magnífica selección literaria. Absolutamente recomendable.

La historia de la humanidad es una sucesión de ordalías. Así una ordalía arrastra a otra, en una lista interminable de condenados de antemano —sin un juicio— por sus creencias, por su sexo o por no haber nacido en el lado idóneo de la frontera, y obligados por tanto a demostrar su inocencia. Pero para ser más precisos, hay que añadir que también es la historia de quienes resistieron y se opusieron a ellas, pocas veces con éxito.

Las ordalías eran pruebas jurídicas de origen germánico, ejecutadas bajo la invocación divina y destinadas a determinar la inocencia o la culpabilidad de un sospechoso. En el mejor de los casos, eran un intento erróneo de alcanzar la verdad ante la confusión y las carencias de los inarticulados procedimientos judiciales del Medievo, un camino equivocado que conducía al predominio de la superstición y a resultados monstruosos. Como en ellas no se apelaba ni a testigos ni a documentos, Francisco Tomás y Valiente, en su tratado La tortura en España, las califica como pruebas «de carácter mágico e irracional».
Su práctica se desarrolla fundamentalmente en la Alta Edad Media, cuando la violencia era todavía una de las fuentes fundadoras del derecho. Con la disolución en el siglo V de la fuerza centrípeta de Roma y al disolverse sus poderosas estructuras estatales, el imperio se disgrega sin que nadie pueda —ni quiera— tomar las riendas del poder propias de un Estado, establecer unas leyes comunes y vigilar su acatamiento.
En la ordalía del hierro candente, el inculpado debía sostener durante un tiempo en las manos un hierro al rojo y sólo era declarado inocente si al cabo de tres días no había sufrido ampollas que generaran sangre o pus, sin atender a que fuera una mano callosa o una delicada mano, de pelotari o de doncella, de labriego o de juglar. En la ordalía caldaria, el ordalizado introducía el brazo en un caldero de agua hirviendo y sólo era declarado inocente si salía indemne de quemaduras. En la del veneno, el inculpado debía ingerir un tóxico y sólo era declarado inocente si su cuerpo no sufría sus efectos nocivos. En la ordalía del agua, se arrojaba al sospechoso a un estanque con una mano atada a la pierna contraria y sólo era declarado inocente si el agua no lo rechazaba y se hundía hasta el fondo (y no se ahogaba).
Los resultados eran tan injustos y cruentos que la ordalía fue prohibida por la Iglesia en el Concilio de Letrán de 1215, coincidiendo con una mayor difusión y aceptación del derecho romano por los estados europeos.
La ordalía es la negación del habeas corpus sobre el que se sostiene la justicia actual, garantía imprescindible sin la cual un particular difícilmente podría defenderse ante la poderosa maquinaria judicial.
Puede ocurrir que, al establecerse el habeas corpus como suprema institución jurídica, como las partículas elementales que forman el mediastino, el núcleo sagrado e inviolable del derecho, como el bosón de la justicia desde el cual redactar cualquier ley, algún culpable escape a la condena que hubiera merecido, pero siempre será preferible ese riesgo a condenar a un inocente.

El proceso no es un texto de denuncia contra un estado totalitario concreto contra el que se puede oponer resistencia, sino contra un vago estado de acusación que nos declara culpables sin explicar qué leyes hemos infringido. Kafka describe las pesadillas que origina el Poder absoluto, que de una u otra manera termina afectando a todos, puesto que «corrompe a quien lo sustenta, humilla a quien lo padece»
Quizá es por la utilización de este recurso del deus ex machina por lo que Goethe afirmaba que el escritor escocés (Walter Scott) lo divertía, pero que de él no podía aprender nada. Los lectores actuales vemos, además, otras carencias en su escritura: Walter Scott se limitó a narrar hechos históricos, pero echamos de menos que también hubiera profundizado en las razones por las que sucedieron y en el carácter de los personajes implicados.
Esto es lo que aquí nos interesa y hace que coloquemos Ivanhoe en este ensayo: el recuerdo de que, durante muchos siglos, la ordalía fue aceptada como ley.

Aunque la caza de brujas podría incluirse como un episodio más de la ordalía religiosa, ya que jueces e inquisidores quemaron a decenas de miles de personas acusadas de formar parte de una conspiración contra Dios comandada por Satán, la magnitud de un crimen tan absurdo es a destacar. Miles de inocentes, mayoritariamente mujeres, fueron repudiadas con oprobio y arrojadas a los derrumbaderos de la historia, condenadas por un delito que no sólo no habían cometido, sino que no podían cometer. Ningún testigo las había visto volar camino del Sabbat montadas en una escoba, ni fornicar con el diablo, ni cocinar en negras cazuelas a niños recién nacidos antes de ser bautizados. Sin embargo, fueron obligadas a demostrar su inocencia en un crimen ¡que no existía! Como su supuesto delito no se podía demostrar con ninguna prueba ni se manifestaba con ninguna marca corporal, el único recurso posible contra ellas era su confesión, y como nadie confiesa un delito imaginario que conduce a la hoguera, fueron sometidas a torturas más terribles que el fuego. Sin el potro, las brujas no habrían existido.
Obligadas a demostrar su inocencia, pues, brujas y brujos fueron torturados y quemados por lo que el poder eclesiástico y civil creía que eran, no por lo que hicieron, ya que nadie puede volar montado en una escoba o en un cerdo, ni puede timonear un rayo, ni puede hacer que otro muera sólo con mirarlo, ni que una nube descargue granizo sobre el campo de un vecino, ni que arda su granero o enferme su cabaña ganadera por murmurar unas palabras, ni que a alguien se le pare el corazón porque se pinche un alfiler sobre un muñeco de cera que lo imita.
Durante la Edad Media, en toda Europa, pero sobre todo en los ámbitos germano y galo, magos y hechiceras son objeto de persecución y rechazo social. Los obispos recomiendan a Luis el Piadoso, el hijo de Carlomagno, la aplicación del versículo del Éxodo.
Sin embargo, a partir del siglo XIV se produce un cambio trágico y radical en la consideración de la brujería desde que la Iglesia toma cartas en el asunto: en las mentes más instruidas del clero y de la judicatura, la Sibila se asocia con Satán y el mago se transforma en brujo. Un pecado venial se convierte en mortal y la brujería es vinculada con la herejía. El concepto de brujería se contamina de una interpretación religiosa y pasa a ser un delito terrible para los cristianos, lo más opuesto a su doctrina, pues mientras Dios renunció a su poder y a sus atributos divinos al encarnarse en Cristo para salvar al hombre, la bruja hace lo contrario y mediante su pacto con el diablo adquiere poder y atributos divinos para condenarlo y modifica y violenta las leyes de la naturaleza para corregir la obra celestial. Si hasta entonces Dios había sido el único protagonista, ahora era Satanás el que bajaba a la Tierra, como el ambicioso actor secundario que, cansado de actuar de antagonista o en papeles de relleno, avanza hasta la primera fila y forma su propia troupe de acólitos.
Los supuestos actos de brujería se tipifican como delitos de herejía y culminan en las cazas de brujas paneuropeas.
Desde el siglo anterior, las brujas han pasado a ser hadas, como en Mary Poppins, y un brujo como Harry Potter se ha convertido en un icono universal admirado por niños y adultos. Hoy, el Malleus nos parece un libro absolutamente antiguo, relegado a la arqueología, que únicamente interesa a estudiosos del tema, con ejemplares sólo disponibles en las bibliotecas y pocas probabilidades de que un editor se decida a reimprimirlo. Hoy, el miedo a las brujas ha quedado reducido a la tradición de los cuentos infantiles, como en Hansel y Gretel, manifestación del arraigo y pervivencia de esos miedos atávicos y del triunfo de la justicia poética: los niños escapan y la bruja muere quemada entre las llamas del horno.
Miller actualiza el tema, lo adapta a su época y, al hablar de Salem en 1692 está hablando también de los Estados Unidos de 1950, de la obsesión anticomunista que inundó el país, cuyos habitantes eran hijos «de una historia que todavía mama de las ubres del diablo». Las brujas de Salem refleja que el paso del tiempo ha cambiado la intolerancia religiosa por la intolerancia ideológica, pero que en esencia sigue siendo la misma intolerancia.

“En busca de Bisco” (1965), de Erskine Caldwell, es un apasionado alegato contra la preculpa étnica, contra la ordalía racista, ambientado en los mismos escenarios que los de Faulkner y Harper Lee. Como ellos, es un escritor sureño quien habla con conocimiento de causa, no es un tronante predicador de Chicago que llega al Profundo Sur para denunciar el racismo.
La interpretación de Caldwell sobre un racismo que mantiene una ilusoria, aberrante y tiránica supremacía blanca es desoladora y no ve una salida fácil a la marginación real, a la clasificación en categorías rígidamente definidas por la proporción de sangre —blancos, mulatos, cuarterones y ochavones—, pues quienes lucharon contra la esclavitud no tenían tan claro que también debían luchar contra la discriminación. Tan sólo en el último capítulo, al llegar a Nueva Orleans, encuentra una razón para el optimismo. La ciudad más importante de Luisiana, que sería ferozmente golpeada por el huracán Katrina en el año 2005, ha superado el racismo con un mestizaje plural en el que se mezclan cien nacionalidades y mil sangres.

Desde las novelas de Fiódor Dostoievski a Intemperie, de Jesús Carrasco, pasando por toda la narrativa naturalista, la infancia es la víctima del abandono, la pobreza, el alcoholismo de los padres, la explotación laboral, el maltrato o el abuso sexual. Y si antiguamente había una tendencia a desdeñar su dolor, afortunadamente ahora sus miedos, su angustia, su aflicción y los motivos de sus sufrimientos no son considerados con menor atención que los de los adultos y desde todos los foros se exige su más rigurosa protección.
Sin embargo, en ocasiones se ha pasado al extremo contrario y a una sobreprotección de la que la literatura ha dado cuenta en algunas notables novelas.

Han pasado algunos siglos desde que desaparecieron las antiguas ordalías, basadas en las supersticiones del oscuro mundo medieval. Las viejas costumbres han quedado atrás y cualquier intento de resucitarlas nos parecería hoy no sólo un intolerable ataque a la libertad del individuo, sino también un insulto al sentido común.
Sin embargo, en el siglo XX vuelve a aparecer una extraña actualización de aquellas prácticas, una variante infinitamente más trágica, que tritura a millones de víctimas atrapadas por mecanismos estatales todopoderosos. La ordalía, imbuida de religión en el Medievo, se tiñe en el siglo XX de racismo y de ideología política. Las pruebas del hierro candente, del agua o del veneno son sustituidas por las pruebas del horno crematorio y del gulag, de la limpieza de sangre de la raza aria o de la limpieza de sangre proletaria. Me refiero, claro está, a los regímenes totalitarios vigentes en Alemania desde 1933 hasta la muerte de Hitler en 1945 y en la Unión Soviética, sobre todo durante los veinte años que van desde el XVII Congreso del Partido Comunista en 1934 hasta la muerte en 1953 de Iósif Stalin.
Hay que distinguir entre totalitarismos y regímenes autoritarios, en los que un dictador —a menudo un militar de derechas y casi siempre corrupto— toma el poder con afán de codicia, de egoísmo, de vanagloria o de intereses ideológicos poco definidos y despliega un tosco patriotismo grandilocuente, unos gangosos discursos teñidos de una vaga ideología con la que justificar sus abusos y exigir la sumisión del ciudadano.
El totalitarismo, en cambio, va más allá y aspira no únicamente a la obediencia, también a la convicción personal y a la colaboración para construir la utopía milenarista y un sistema integral de vida que cambie la historia y modifique su esencia para siempre. En el totalitarismo, el yo es abducido por el Poder y despojado de criterios morales, por lo que a partir de su instauración es posible matar a niños o exterminar a una raza entera.

El problema surge cuando esa discriminación positiva se extiende y amplía a otros ámbitos e incluye también una discriminación familiar, económica, social o penal, con el riesgo de generar una nueva desigualdad al intentar corregir la primera. En la búsqueda irrenunciable de una justicia completa, las leyes son dinámicas y tienen que mejorarse sin caer en el doble baremo y sin romper esa «reciprocidad simétrica [que es] la regla de oro de la justicia», como advierte Agnes Heller en Más allá de la justicia.
Si hombres y mujeres, cada cual por su lado, no han sabido resolver los conflictos de género antes del siglo XX, tampoco sabrán resolverlos cada cual desde sus trincheras a partir del siglo XXI. Sólo en colaboración y de consuno se podrá llegar a aquella sociedad libre de falocracias o gimnocracias a la que aspiraban Wollstonecraft, De Beauvoir o Atwood.

La ordalía virtual no siempre tiene un emisor definido, por ser de autoría escurridiza, coloidal, múltiple, cuando no anónima, lo que aumenta su peligrosidad. El creciente desarrollo de los TOR —The Onion Router, que encripta los mensajes y las IP, como bajo las capas de la cebolla— potencia el anonimato y, por lo tanto, la impunidad. No son infrecuentes los episodios de un condenado socialmente por rumores orquestados dentro de una comunidad digital que lo convierte en chivo expiatorio, en el saco de boxeo de youtubers, facebookarios y tuiteros. Son muchas las voces de todos los ámbitos e ideologías que han alertado sobre este peligro, desde Peter Sloterdijk a Mario Vargas Llosa, desde Umberto Eco a Rüdiger Safranski.
La invasión de la privacidad desde el cotilleo y el amarillismo, que prejuzgan las vidas ajenas, se ha convertido en una plaga de la posmodernidad. Si se ojean las ediciones digitales de algunos periódicos, con demasiada frecuencia las noticias sobre chismorreos son las más visitadas. Si se observa la programación de algunas cadenas de televisión, en las horas de mayor audiencia abundan los espacios del impudor y de las habladurías.
La vida de los grandes personajes siempre ha interesado al pueblo llano.

Los personajes de ficción nos ilustran sobre la ordalía con más claridad y precisión que los personajes reales, pues un expediente judicial se limita a las pruebas y dictamina cómo sucedieron los hechos, pero la literatura, además, analiza el contexto y las creencias e indaga en la laceración y el sufrimiento de las víctimas con mayor profundidad y detalle. La literatura formula las preguntas que no hace el fiscal, aporta lo que queda al margen de los tribunales, inaccesible al lenguaje jurídico.
Del mismo modo que un retrato refleja tanto al modelo como el talento o la torpeza del pintor, así una ordalía refleja a la víctima, pero también a la comunidad que la ejecuta o la consiente, que será tanto más justa y democrática cuanto más limpia esté de prácticas ordálicas, tengan su origen en los oscuros tiempos medievales o aparezcan bajo las máscaras de la modernidad.

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Magnificent essay. The author explains to us, in a pleasant reading, the ordeals through a wide and magnificent literary selection. Absolutely recommended.

The history of humanity is a succession of ordeals. Thus one ordeal drags another, in an endless list of those convicted beforehand – without a trial – for their beliefs, for their sex or for not having been born on the ideal side of the border, and therefore forced to prove their innocence. But to be more precise, it must be added that it is also the story of those who resisted and opposed them, rarely with success.

The ordeals were legal tests of Germanic origin, executed under divine invocation and intended to determine the innocence or guilt of a suspect. At best, they were a misguided attempt to reach the truth in the face of the confusion and shortcomings of the inarticulate medieval court proceedings, a wrong path leading to the prevalence of superstition and to monstrous results. As witnesses and documents were not appealed to, Francisco Tomás y Valiente, in his treatise Torture in Spain, calls them evidence “of a magical and irrational nature.”
Its practice was developed fundamentally in the High Middle Ages, when violence was still one of the founding sources of law. With the dissolution in the fifth century of the centripetal force of Rome and with the dissolution of its powerful state structures, the empire disintegrates without anyone being able – not even wanting – to take the reins of power proper to a State, establish common laws and monitor its compliance.
In the ordeal of red-hot iron, the accused had to hold a red iron in his hands for a time and was only declared innocent if after three days he had not suffered blisters that generated blood or pus, regardless of whether it was a calloused hand or a delicate hand, of a pelotari or a maiden, a peasant or a minstrel. In the caldaria ordeal, the ordalised put his arm into a cauldron of boiling water and was only declared innocent if he emerged unscathed from burns. In the case of poison, the accused had to ingest a poison and was only declared innocent if his body did not suffer its harmful effects. In the water ordeal, the suspect was thrown into a pond with one hand tied to the opposite leg and was only found not guilty if the water did not reject him and sank to the bottom (and did not drown).
The results were so unfair and bloody that the ordeal was banned by the Church at the Lateran Council of 1215, coinciding with a greater diffusion and acceptance of Roman law by European states.
The ordeal is the denial of the habeas corpus on which current justice is sustained, an essential guarantee without which an individual could hardly defend himself against the powerful judicial machinery.
It may happen that, when habeas corpus is established as the supreme legal institution, as the elementary particles that make up the mediastinum, the sacred and inviolable nucleus of law, as the boson of justice from which to write any law, some guilty escape the sentence he would have deserved, but that risk will always be preferable to condemning an innocent.

The process is not a text of denunciation against a concrete totalitarian state against which resistance can be opposed, but against a vague state of accusation that declares us guilty without explaining what laws we have violated. Kafka describes the nightmares that absolute power originates, which in one way or another ends up affecting everyone, since “it corrupts those who support it, humiliates those who suffer from it”
Perhaps it is because of the use of this deus ex machina resource that Goethe claimed that the Scottish writer (Walter Scott) amused him, but that he could learn nothing from him. Today’s readers also see other shortcomings in his writing: Walter Scott limited himself to narrating historical events, but we miss that he had also delved into the reasons why they happened and the character of the characters involved.
This is what interests us here and makes us place Ivanhoe in this essay: the memory that, for many centuries, ordeal was accepted as law.

Although the witch hunt could be included as another episode in the religious ordeal, as judges and inquisitors burned tens of thousands of people accused of being part of a conspiracy against God commanded by Satan, the magnitude of such an absurd crime is a highlight. Thousands of innocents, mainly women, were repudiated with shame and thrown into the rockfalls of history, convicted of a crime that not only they had not committed, but could not commit. No witnesses had seen them fly on their way to the Sabbat riding a broom, fornicate with the devil, or cook newborn babies in black pots before they were baptized. However, they were forced to prove their innocence in a crime that did not exist! As their alleged crime could not be proven by any evidence or manifested with any body mark, the only possible recourse against them was their confession, and since no one confesses to an imaginary crime leading to the stake, they were subjected to torture more terrible than the fire. Without the foal, witches would not have existed.
Forced to prove their innocence, then, witches and witches were tortured and burned for what the ecclesiastical and civil power believed they were, not for what they did, since no one can fly riding a broom or a pig, nor can they steer a lightning bolt, nor can it make another die just by looking at it, nor that a cloud unloads hail on a neighbor’s field, nor that his barn burns or his cattle herd becomes ill for murmuring a few words, nor that someone’s heart stops because a pin is stuck on a wax doll that imitates it.
During the Middle Ages, throughout Europe, but especially in the Germanic and Gallic spheres, magicians and sorceresses were subject to persecution and social rejection. The bishops recommend to Louis the Pious, the son of Charlemagne, the application of the Exodus verse.
However, from the fourteenth century on, a tragic and radical change in the consideration of witchcraft has taken place since the Church took action on the matter: in the most educated minds of the clergy and the judiciary, the Sibyl is associated with Satan and the magician becomes a witch. A venial sin becomes mortal and witchcraft is linked with heresy. The concept of witchcraft is contaminated by a religious interpretation and becomes a terrible crime for Christians, the opposite of its doctrine, because while God renounced his power and divine attributes by incarnating in Christ to save man, the witch he does the opposite and through his pact with the devil he acquires divine power and attributes to condemn him and modifies and violates the laws of nature to correct the heavenly work. If until then God had been the only protagonist, now it was Satan who came down to Earth, as the ambitious secondary actor who, tired of acting as an antagonist or in filler roles, advances to the front row and forms his own troupe of acolytes .
The alleged acts of witchcraft are criminalized as heresy and culminate in pan-European witch hunts.
Since the previous century, witches have become fairies, as in Mary Poppins, and a sorcerer like Harry Potter has become a universal icon admired by children and adults. Today, Malleus seems to us to be an absolutely ancient book, relegated to archeology, which is only of interest to scholars of the subject, with copies only available in libraries and little chance that a publisher will decide to reprint it. Today, the fear of witches has been reduced to the tradition of children’s stories, as in Hansel and Gretel, a manifestation of the roots and survival of those atavistic fears and the triumph of poetic justice: the children escape and the witch dies burned among oven flames.
Miller updates the subject, adapts it to his time and, when talking about Salem in 1692, he is also talking about the United States of 1950, about the anti-communist obsession that flooded the country, whose inhabitants were children “of a story that still sucks from the devil’s udders ». The Salem Witches reflects that the passage of time has changed religious intolerance for ideological intolerance, but that in essence it is still the same intolerance.

“In Search of Bisco” (1965), by Erskine Caldwell, is a passionate plea against the ethnic blame, against the racist ordeal, set in the same settings as those of Faulkner and Harper Lee. Like them, it is a southern writer who speaks knowingly, not a thunderous Chicago preacher who comes to the Deep South to denounce racism.
Caldwell’s interpretation of racism that maintains an illusory, aberrant, and tyrannical white supremacy is bleak and he sees no easy way out of actual marginalization, classification into categories rigidly defined by the proportion of blood — whites, mulattos, paddocks, and ochavones. -, because those who fought against slavery were not so clear that they also had to fight against discrimination. Only in the last chapter, when he arrived in New Orleans, did he find a reason for optimism. The most important city in Louisiana, which would be fiercely hit by Hurricane Katrina in 2005, has overcome racism with a plural miscegenation in which one hundred nationalities and a thousand bloods are mixed.

From Fiódor Dostoievski’s novels “out in the open”, by Jesús Carrasco, through the entire naturalistic narrative, childhood is the victim of abandonment, poverty, alcoholism by parents, labor exploitation, mistreatment or sexual abuse. And if in the past there was a tendency to disdain their pain, fortunately now their fears, their anguish, their affliction and the reasons for their sufferings are not considered with less attention than those of adults and their rigorous protection is required from all forums.
However, on occasions it has gone to the opposite extreme and to an overprotection that literature has reported in some notable novels.

A few centuries have passed since the ancient ordeals disappeared, based on the superstitions of the dark medieval world. The old ways are behind us and any attempt to revive them would seem to us today not only an intolerable attack on the freedom of the individual, but also an insult to common sense.
However, in the 20th century, a strange update of those practices reappears, an infinitely more tragic variant, which crushes millions of victims trapped by almighty state mechanisms. The ordeal, imbued with religion in the Middle Ages, was colored in the 20th century by racism and political ideology. The tests for red-hot iron, water or poison are replaced by tests for the crematorium and gulag, for the cleaning of blood of the Aryan race or for the cleaning of proletarian blood. I am referring, of course, to the totalitarian regimes in force in Germany from 1933 until Hitler’s death in 1945 and in the Soviet Union, especially during the twenty years from the 17th Communist Party Congress in 1934 to death in 1953. by Iósif Stalin.
A distinction must be made between totalitarianism and authoritarian regimes, in which a dictator – often a right-wing military man and almost always corrupt – seizes power with a desire for greed, selfishness, vainglory, or undefined ideological interests and displays crude patriotism bombastic, a specious speeches tinged with a vague ideology with which to justify their abuses and demand the submission of the citizen.
Totalitarianism, on the other hand, goes further and aspires not only to obedience, but also to personal conviction and collaboration to build the millennial utopia and an integral system of life that changes history and modifies its essence forever. In totalitarianism, the self is abducted by Power and stripped of moral criteria, so that from its establishment it is possible to kill children or exterminate an entire race.

The problem arises when this positive discrimination extends and extends to other areas and also includes family, economic, social or criminal discrimination, with the risk of generating a new inequality when trying to correct the first one. In the unwavering search for complete justice, the laws are dynamic and must be improved without falling into double standards and without breaking that “symmetrical reciprocity [which is] the golden rule of justice”, as Agnes Heller warns in Beyond of justice.
If men and women, each on their own, have not known how to resolve gender conflicts before the 20th century, neither will they be able to resolve them each from their trenches from the 21st century. Only in collaboration and in concert will it be possible to reach that society free of falocracies or gymnocracies to which Wollstonecraft, De Beauvoir or Atwood aspired.

The virtual ordeal does not always have a defined emitter, as it is slippery, colloidal, multiple, if not anonymous, which increases its danger. The increasing development of TOR — The Onion Router, which encrypts messages and IPs, as under the layers of the onion — increases anonymity and, therefore, impunity. Episodes of a socially condemned man by rumors orchestrated within a digital community that makes him a scapegoat are not uncommon, in the boxing bag of youtubers, facebookarians and tweeters. Many voices from all spheres and ideologies have alerted to this danger, from Peter Sloterdijk to Mario Vargas Llosa, from Umberto Eco to Rüdiger Safranski.
The invasion of privacy from gossip and yellowing, which prejudge the lives of others, has become a plague of postmodernity. If you scan the digital editions of some newspapers, gossip news is too often the most visited. If you look at the programming of some television channels, in the hours of greatest audience there are many spaces for shamelessness and gossip.
The life of the great characters has always interested the common people.

Fictional characters illustrate us about the ordeal more clearly and precisely than real characters, since a judicial file is limited to the evidence and dictates how the events happened, but the literature also analyzes the context and beliefs and investigates the laceration and suffering of the victims in greater depth and detail. The literature asks the questions that the prosecutor does not ask, provides what remains outside the courts, inaccessible to legal language.
In the same way that a portrait reflects both the model and the painter’s talent or clumsiness, so an ordeal reflects the victim, but also the community that executes or consents to it, which will be more just and democratic the cleaner it is of ordalic practices, have their origin in the dark medieval times or appear under the masks of modernity.

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