El Pescador De Esponjas — Panait Istrati / Le Pêcheur D’Éponges by Panait Istrati

Se dice el mejor de los libros de este autor rumano, autobiográfico vagabundo y sin duda amante del mundo.
Ignoro cómo se hace la pesca de la esponja en el día de hoy; pero, hace veinte años, cada esponja que se arrancaba al mar le costaba una gota de sangre al pescador. La mañana del día en que apareció ante nuestros ojos la cadena de montes del Líbano, y cuando todavía no sabíamos lo que se nos deparaba, saludamos con gritos de alegría al cielo, a la tierra y a las gaviotas que nos escoltaban. El saludo de nuestros amos fue para el demonio que se escondía en sus almas, y en silencio prepararon los cables y los cuchillos.
Existen en aquellos parajes del Mediterráneo porciones extensas de mar en las que el fondo no se encuentra más profundo de quince y hasta de diez metros de la superficie de las aguas. Es aquel uno de los sitios donde más abundan las esponjas, un rincón de vastas y solitarias bahías que apenas si son surcadas por los caiques de los pescadores.
En aquellos parajes del Mediterráneo hay grandes extensiones de mar cuyo fondo no dista más de quince o diez metros de la superficie de las aguas. Es aquel uno de los sitios más abundantes en esponjas, en un rincón de vastas bahías solitarias, apenas surcadas por los caiques de los pescadores.
Allí, cada metro cuadrado de superficie acuática ha visto surgir una burbuja que, al romperse, deja escapar un mudo gemido contra la inclemencia humana salido del pecho de un hombre que, en el fondo del agua, se esfuerza por arrancar una esponja. Meses después, esta misma esponja se esfuerza a su vez por limpiar una ínfima parte de la porquería de este mundo. Hombre y esponja luchan en vano.
Nos habíamos enrolado por tres meses, pero nos tuvieron cuatro por el mismo dinero. Entrado septiembre, nos condujeron al Pireo y nos dejaron tirados en tierra, como objetos que ya no sirven para nada.

La primavera de 1909 fue una de las épocas más duras de mi vida. Estaba en El Cairo. Acababa abril, y se abrían los postigos de las casas. En la calle, en los sitios públicos, cada vez se veían menos europeos, y faltando ellos faltaba el trabajo.
No tenía medios para llegar hasta Alejandría, y, desde allí, huir en barco. Desde hacía más de un mes vivía trampeando; me llenaba de deudas, languidecía, me desesperaba.
En la vida del vagabundo no todo es ensueño engañoso. Hay también agradables sorpresas que, desgraciadamente, el vagabundo se empeña en transformar en terribles delirios. Por extraño que parezca, y a pesar de su inverosimilitud, no había por qué pensar que lo de mi tío, el millonario de Alejandría, fuera un invento. Existía. Y no nos sorprendió comprobarlo. El vagabundo no se extraña de nada.
Naturalmente, nadie nos veía cuando salíamos con las baratijas a cuestas para recorrer los alrededores de la ciudad.

En el Arcadia conocí a cierto peruano, un tipo mulato con aspecto de deportista. Lo admitían entre los viajeros de primera y segunda clase, a quienes distraía con toda suerte de ejercicios gimnásticos, aunque siempre los terminaba haciendo una pequeña colecta con pretensiones de escena cómica. Me confesó que, en realidad, vivía en una miseria dorada, pues no tenía un cuarto y viajaba sin camarote, en el puente, como yo.
Hablábamos en italiano. Se llamaba Domenico. Construido sólidamente, cara musculosa, ojos de demonio, se sabía despreciado por los turistas, a los que sableaba, y era demasiado orgulloso.

¡Tristeza, desolación! Los suicidios de los melancólicos son más frecuentes en el mes de mayo que en octubre, porque la resurrección de la naturaleza no rima con el cielo gris de sus sombríos pensamientos.
»El encanto se halla dentro de nosotros mismos, sostenido por el Amor. Fuera de nosotros, la gran Indiferencia…

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It is said to be the best of the books by this romanian writer, a tramp autobiographical and undoubtedly a lover of the world.
I don’t know how the sponge fishing is done today; But twenty years ago, each sponge that was plucked from the sea cost the fisherman a drop of blood. The morning of the day when the mountain chain of Lebanon appeared before our eyes, and when we still did not know what was in store for us, we greeted with shouts of joy to heaven, to the earth and to the gulls that were escorting us. The greeting of our masters was for the demon that was hiding in their souls, and they silently prepared the cables and knives.
In those places of the Mediterranean there are extensive portions of the sea in which the bottom is not deeper than fifteen and up to ten meters from the surface of the waters. It is one of the places where sponges are most abundant, a corner of vast and solitary bays that are barely crossed by fishermen’s caiques.
In those places of the Mediterranean there are great extensions of sea whose bottom is not more than fifteen or ten meters from the surface of the waters. It is one of the most abundant sponge sites, in a corner of vast solitary bays, barely furrowed by the caiques of the fishermen.
There, every square meter of aquatic surface has seen a bubble arise that, when it breaks, lets out a mute moan against human inclemency from the chest of a man who, at the bottom of the water, struggles to pluck a sponge. Months later, this same sponge strives in turn to clean a tiny part of the filth of this world. Man and sponge fight in vain.
We had been enrolled for three months, but we had four for the same money. In September, they took us to Piraeus and left us lying on the ground, like objects that are no longer useful for anything.

The spring of 1909 was one of the hardest times of my life. I was in Cairo. April was ending, and the shutters of the houses were opening. On the street, in public places, they looked less and less European, and missing them, they were missing work.
He had no means of getting to Alexandria, and from there flee by boat. For more than a month he had been cheating; it filled me with debts, I languished, I despaired.
In the life of the tramp, not everything is a deceptive dream. There are also pleasant surprises that, unfortunately, the tramp insists on transforming into terrible delusions. Oddly enough, and despite its implausibility, there was no reason to think that my uncle, the millionaire from Alexandria, was an invention. It existed. And we were not surprised to see it. The tramp is not surprised at all.
Naturally, nobody saw us when we went out with the trinkets on our backs to explore the surroundings of the city.

In Arcadia ship I met a certain peruvian, a mulatto guy with the appearance of an athlete. They admitted it among the first and second class travelers, who he distracted with all kinds of gymnastic exercises, although he always ended up doing a small collection with pretensions of a comic scene. He confessed to me that, in reality, he lived in a golden misery, because he did not have a room and traveled without a cabin, on the bridge, like me.
We spoke in Italian. His name was Domenico. Solidly built, muscular face, demon eyes, he knew he was despised by tourists, who he sabotaged, and he was too proud.

Sadness, desolation! The suicides of the melancholic are more frequent in the month of May than in October, because the resurrection of nature does not rhyme with the gray sky of their dark thoughts.
»The charm is within ourselves, sustained by Love. Outside of us, the great indifference …

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