Siguiendo A Moby Dick — Owen Chase & J. N. Reynolds & Emili Olcina (Editor) / Narrative of the Most Extraordinary and Distressing Shipwreck of the Whale-Ship Essex; Which Was Attacked and Finally Destroyed by a Large Spermaceti Whale & Mocha Dick: Or the White Whale of the Pacific by Owen Chase & J. N. Reynolds & Emili Olcina (Editor)

El primer compañero del ballenero Essex, Owen Chase, estableció una narración cronológica de los acontecimientos que le sucedieron a él y a la tripulación del Essex, después del hecho. En noviembre de 1820, los botes de ballenas del barco estaban tratando de avanzar en la captura y matanza de cachalotes cuando el Essex fue embestido por otra ballena. Este ataque dejó un agujero en el barco, y aunque la tripulación pudo abordar el barco y sacar provisiones, todos se vieron obligados a llevar a los botes de ballenas en mar abierto. Veinte hombres comenzaron el viaje; solo cinco sobrevivieron. Este libro narra lo que sucedió entre el naufragio y el rescate. Cuando lea esto, debe tener en cuenta que este libro fue un producto de los tiempos, por lo que el lector obtiene el punto de vista de uno de los sobrevivientes, haciendo que el libro sea aún más intrigante.
Me gustó mucho este libro; Probablemente desee volver a leerlo en algún momento. Muy recomendable.

Lamentablemente, ya que estamos hablando del siglo XIX, los grandes registros no se guardan en muchas empresas científicas, aunque las historias nos pasan en pedazos. Hemos perdido tanto, así que me alegra ver que alguien eligió imprimir esto de una publicación periódica de la época a pesar de que solo nos molesta con pequeños hechos desnudos de la bestia real y al mismo tiempo le brinda a la humanidad una historia que no puede ser pasada por alto por otros eventos.
Dentro de estas páginas cortas se le presenta a un primer compañero de aspecto peculiar que cuenta su mayor triunfo en los mares al matar al infame “pez” del diablo Mocha Dick, el terror de los balleneros del Pacífico. Escuchas el arte de la caza de ballenas del ballenero, las aventuras, los peligros, la emoción y la emoción de poder superar a la naturaleza en todo su esplendor, mientras que el autor glorifica que es la caza de ballenas lo que saca lo mejor de la humanidad como él termina sus recuerdos de esta historia que le contaron.

Más allá de las diferencias de magnitud, género y propósitos, la Narración de Chase y Mocha Dick, de Reynolds, comparten con Moby Dick las afinidades esperables entre un texto y sus fuentes de inspiración. Los tres textos son magníficos relatos de aventura, pero también lo son otros muchos. Los tres exaltan el vigor heroico, y a la vez revelan los sacrificios de vidas y destinos humanos, que subyacen al desarrollo industrial de los Estados Unidos de la época, pero, de nuevo, lo mismo hacen, con ballenas o sin ellas, otros textos. Estos tres empiezan a desgajarse conjuntamente del resto cuando contemplan a la ballena como mucho más que un animal al que se da caza.

La ciudad de Nantucket, en el estado de Massachusetts, tiene unos ocho mil habitantes. Cerca de la tercera parte de la población son cuáqueros y, en su conjunto, son gente muy industriosa y emprendedora. En la isla reside la propiedad de un centenar de barcos de toda clase dedicados a la industria ballenera, y dan empleo y sustento constante hasta a mil seiscientos valientes marinos, una clase de gente de proverbial intrepidez. Este tipo de pesca no se realiza significativamente en ninguna otra parte de los Estados Unidos, salvo por la ciudad de New Bedford, directamente enfrente de Nantucket, donde son propietarios de probablemente veinte velas. Un viaje dura en general unos dos años y medio, y su resultado es totalmente incierto. A veces se goza de viajes rápidos y cargamentos provechosos, otras veces se arrastran travesías tediosas y desalentadoras y apenas se cubren los gastos del flete. El negocio se considera de muy alto riesgo por los accidentes inevitables en el curso de la guerra a muerte contra esos grandes leviatanes de las profundidades. El hecho es que un marino de Nantucket es siempre muy consciente del honor y el mérito de su oficio, sin duda porque sabe que sus laureles, como los del soldado, se obtienen en la línea de peligro.
El peligro y las penalidades forman al marino, e incluso es ésa la cualificación distintiva entre nosotros, y es común que el ballenero se jacte a menudo ante sus colegas de haber escapado más a menudo que ellos de una destrucción repentina y en apariencia inevitable. Se le valora, pues, en función de esto sin tomar demasiado en consideración otras cualidades.
Realizó dos ataques diferentes contra el barco, con un breve intervalo entre ellos, y ambos, a juzgar por la dirección, calculados para causarnos el mayor daño posible, porque habían sido de frente, combinándose, pues, las velocidades de las dos masas en choque. Y, para realizarlos, eran necesarias justamente las maniobras que hizo. Su aspecto era espantoso, y delataba resentimiento y furia. Vino directamente de la manada en la que justo antes habíamos entrado y en la que habíamos golpeado a tres de sus compañeros, como inflamado de deseo de venganza por sus sufrimientos. Aquí se objetará que siempre adoptan como manera de combatir o bien los coletazos repetidos o bien el tijeretazo de sus mandíbulas, y que de un caso parecido al nuestro no han tenido jamás noticia los balleneros más viejos y experimentados. Responderé que la estructura y la fuerza de la cabeza de la ballena son admirablemente apropiadas para esta modalidad de ataque, porque su parte más prominente es casi tan dura y resistente como el hierro.

En abril de 1851, cuando estaba ya en las últimas fases de la elaboración de Moby Dick, Melville consiguió un ejemplar en propiedad de la Narración de Owen Chase, y adjuntó al libro dieciocho páginas de anotaciones.
Unos días antes de la publicación de Moby Dick, en octubre de 1851, llegó a los Estados Unidos la noticia de que el 20 de agosto de aquel año un cachalote había atacado y hundido un barco ballenero, el Ann Alexander, cerca de donde había naufragado el Essex una treintena de años antes y no lejos de donde naufraga el Pequod en Moby Dick. Melville saluda con entusiasmo, ni mucho menos la salvación providencial de la tripulación del Ann Alexander, sino la proeza del cachalote que lo ha hundido: «No me cabe duda», escribe a Evert Duyckinck el 7 de noviembre.
Thomas Nickerson, el grumete del Essex, no sólo mandó barcos balleneros sino también un mercante. Dejó unas memorias sobre su vida marinera, muy correctamente escritas y construidas, que quedaron olvidadas en un cofre y no se publicaron hasta 1984. Murió, soltero, en Nantucket, en 1883. El capitán Seth Weeks fue el último superviviente en morir, en 1887, en Osterville, Massachusetts. Dejó viuda.

Mocha Dick debe su nombre a la isla chilena de Mocha, cerca de la cual se le encontraba a menudo. Entre los mapuches, unas ballenas fantasma llevaban los espíritus de los muertos a la isla Mocha, una antesala del más allá. El descubrimiento reciente de un cementerio de ballenas en aguas de la isla Mocha refuerza sus asociaciones con las ballenas y a éstas con una fantasmalidad a la que el gran cachalote blanco no es ajeno.
Desde el tiempo de su primera aparición, la celebridad de Dick no paró de aumentar y llegó al punto de que, según parece, su nombre se introducía con naturalidad en los saludos que los balleneros se intercambiaban en sus encuentros en el gran Pacífico, terminando las preguntas habituales casi siempre con: «¿Nada nuevo de Mocha Dick?». De hecho, prácticamente todo capitán que doblaba el cabo de Hornos, si tenía alguna ambición profesional o se atribuía la capacidad de someter al monarca de los mares, reseguía la costa con su barco con la esperanza de encontrar la oportunidad de poner a prueba la musculatura de aquel duro campeón que nunca, que se supiera, había esquivado a sus atacantes. Se observó, eso sí, que aquel veterano parecía tener especial cuidado en cuanto a la parte de su cuerpo que exponía a la aproximación del timonel del bote, porque en general, por medio de una oportuna maniobra, presentaba la espalda al arponero y frustraba hábilmente todo intento de clavar un arpón bajo su aleta o una lanza en su vientre. Aunque feroz por naturaleza, no era habitual que Dick, si no le atacaban, mostrase inclinaciones malignas. Al contrario: a veces daba vueltas tranquilamente alrededor de una nave, y en ocasiones nadaba perezosa e inofensivamente entre los botes equipados con todo lo necesario para la destrucción de su raza.
Mocha Dick era la ballena más larga que yo hubiese visto. Medía más de setenta pies desde el morro hasta la punta de la cola y dio cien barriles de aceite claro y una cantidad proporcionada de “material de cabeza”. Puede decirse que, sin lugar a dudas, “las cicatrices de sus viejas heridas estaban cerca de las nuevas”, porque sacamos de su lomo nada menos que veinte arpones, oxidados recordatorios de muchas batallas feroces.

Poco después de que, en mayo de 1839, J. N. Reynolds divulgase la noticia de su muerte, Mocha Dick volvió a ser el terror de los mares. Destruyó botes, hundió barcos, causó decenas de muertos y heridos entre sus enemigos, y esta vez, gracias a la prensa, su fama se extendió mucho más allá del mundo de los balleneros. En junio de 1840, a unas 200 millas de Valparaíso, Mocha Dick repelió el ataque del ballenero británico Desmond, le destruyó dos botes y puso en fuga al tercero. Al mes siguiente, unas 500 millas más al sur, se enfrentó al ballenero ruso Serepta, le destruyó un bote, hizo huir al resto, y montó guardia al lado de un cachalote muerto hasta asegurarse de que sus atemorizados enemigos no lo cobrarían. En 1841, cerca de las Falkland, destruyó dos botes del ballenero John Day e hizo huir al tercero, y el mismo año, en un acto desatinado de guerra preventiva, echó a pique una goleta cargada de madera. Al año siguiente, libró su Austerlitz: su hundimiento de una corbeta en aguas japonesas le atrajo el ataque de tres barcos balleneros a la vez, les destruyó dos botes, dañó otros dos y puso en fuga tanto a los botes restantes como a los barcos mismos.
En 1851, el cachalote Mocha Dick se había magnificado al pasar de la realidad a la ficción bajo el nombre de Moby Dick. Ahora, Moby Dick, sin perder la grandeza adquirida en la ficción, pasaba, a través de la enésima muerte de Mocha Dick, a la existencia en el mundo real. Poco de nuevo le queda que hacer al gran cachalote blanco inmortal, omnipresente y vengativamente justiciero. Hoy apenas se percibe la sombra de sus actos y capacidades en incidentes entre ballenas y barcos de recreo, y más le vale seguir así y no llamar demasiado la atención, porque, si bien él y sus colegas empiezan a estar razonablemente protegidos por ley contra la caza, les ha surgido un nuevo acosador: si el monstruoso gigante de las profundidades ha sido capaz de sobrevivir a los arponazos lleva, en cambio, las de perder frente a millones de fotografías que lo trivializan como curiosidad turística.

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The first mate of the whaleship Essex, Owen Chase, set down a chronological narrative of events that happened to himself and the crew of the Essex, after the fact. In November of 1820, the whaleboats of the ship were out trying to make progress on capturing & killing sperm whales when the Essex was rammed by another whale. This attack left a hole in the ship, and although the crew were able to board the ship & take out provisions, they were all forced to take to the whaleboats out in open sea. Twenty men started on the journey; only five survived. This book narrates what happened between the shipwreck & rescue. When you read this, you must consider that this book was a product of the times, so the reader gains the vantage point of one of the survivors, making the book all the more intriguing.
I liked this book very much; I will probably wish to reread it at some point. Highly recommended.

Sadly since we are talking about the 19th century great records aren’t kept in many scientific ventures although stories pass down in bits and pieces to us. We have lost so much so I am happy to see someone chose to print out this from a periodical of the time even though it only teases us with small bare facts of the actual beast while still providing mankind with a tale that cannot be bypassed by other events.
Within these short pages you are introduced to a peculiar looking first mate who tells of his greatest triumph on the seas by killing the infamous devil “fish” Mocha Dick – terror of the Pacific whalers. You hear the art of whaling from the whaler, the adventures, the dangers, the thrill and the excitement of being able to best Nature in all her glory while the author then glorifies that it is whaling that brings the best of traits out in mankind as he ends his recollections of this story being told to him.

Beyond differences in magnitude, gender, and purpose, Reynolds’ Narrative of Chase and Mocha Dick share with Moby Dick the expected affinities between a text and its sources of inspiration. The three texts are magnificent adventure stories, but so are many others. All three exalt heroic vigor, and at the same time reveal the sacrifices of lives and human destinies that underlie the industrial development of the United States of the time, but, again, they do the same, with or without whales, other texts. These three begin to break apart from the rest when they see the whale as much more than an animal that is hunted.

The city of Nantucket, in the state of Massachusetts, has about eight thousand inhabitants. About a third of the population are Quakers and, as a whole, they are very industrious and enterprising people. On the island is the property of a hundred ships of all kinds dedicated to the whaling industry, and they employ and sustain up to 1,600 brave sailors, a class of people of proverbial fearlessness. This type of fishing is not done significantly anywhere else in the United States, except for the city of New Bedford, directly across from Nantucket, where they own probably twenty sails. A trip generally lasts about two and a half years, and its result is totally uncertain. Sometimes you enjoy fast travel and profitable shipments, other times you drag out tedious and daunting crossings and freight costs are barely covered. The business is considered very high risk due to the inevitable accidents in the course of the war to the death against those great Leviathans from the deep. The fact is, a Nantucket sailor is always well aware of the honor and merit of his trade, no doubt because he knows that his laurels, like those of the soldier, are earned in the line of danger.
Danger and hardship shape the seafarer, and even that is the distinctive qualification among us, and it is common for the whaler to often boast to his colleagues that they have escaped more often than they did from sudden and seemingly inevitable destruction. It is valued, therefore, based on this without taking too much into consideration other qualities.
He made two different attacks against the ship, with a brief interval between them, and both, judging by the direction, calculated to cause us the most damage possible, because they had been from the front, thus combining the speeds of the two masses in shock . And, to carry them out, the maneuvers he made were precisely necessary. His appearance was appalling, and he betrayed resentment and fury. It came directly from the pack into which we had just entered and into which we had beaten three of his companions, as if inflamed with a desire for revenge for their sufferings. Here it will be objected that they always adopt as a way to combat either repeated tail flicks or the snip of their jaws, and that in a case similar to ours the oldest and most experienced whalers have never had news. I will answer that the structure and strength of the whale’s head are admirably appropriate for this attack modality, because its most prominent part is almost as hard and resistant as iron.

In April 1851, when he was in the final stages of the making of Moby Dick, Melville obtained a proprietary copy of the Owen Chase Narrative, and attached eighteen pages of annotations to the book.
A few days before the publication of Moby Dick, in October 1851, the news reached the United States that on August 20 of that year a sperm whale had attacked and sunk a whaling ship, the Ann Alexander, near where it had been shipwrecked the Essex thirty years before and not far from where the Pequod sinks in Moby Dick. Melville greets with enthusiasm, much less the providential salvation of the crew of the Ann Alexander, but the feat of the sperm whale that has sunk it: “I have no doubt,” he writes to Evert Duyckinck on November 7.
Thomas Nickerson, the Essex cabin boy, sent not only whaling ships but also a merchant ship. He left some memoirs about his seafaring life, very correctly written and constructed, which were forgotten in a chest and were not published until 1984. He died, single, in Nantucket, in 1883. Captain Seth Weeks was the last survivor to die, in 1887 , in Osterville, Massachusetts. He left a widow.

Mocha Dick owes its name to the Chilean island of Mocha, near which it was often found. Among the Mapuches, ghost whales carried the spirits of the dead to Mocha Island, an anteroom from beyond. The recent discovery of a whale graveyard in the waters of Mocha Island reinforces its associations with the whales and the whales with a ghostliness to which the great white sperm whale is no stranger.
From the time of his first appearance, Dick’s celebrity did not stop increasing and it got to the point that, apparently, his name entered naturally in the greetings that the whalers exchanged in their encounters in the great Pacific, ending the usual questions almost always with: “Nothing new from Mocha Dick?”. In fact, practically every captain who dubbed Cape Horn, if he had any professional ambition or claimed the ability to subdue the monarch of the seas, would chase the coast with his ship in hopes of finding an opportunity to test the musculature. of that tough champion who was never known to dodge his attackers. It was observed, however, that this veteran seemed to take special care regarding the part of his body that he exposed to the approach of the helmsman of the boat, because in general, by means of a timely maneuver, he presented his back to the harpooner and skillfully frustrated any attempt to drive a harpoon under its fin or a spear into its belly. Though fierce by nature, it was unusual for Dick, if not attacked, to show evil inclinations. On the contrary: sometimes he circled calmly around a ship, and sometimes he lazily and harmlessly swam among boats equipped with everything necessary for the destruction of his race.
Mocha Dick was the longest whale I had ever seen. It measured over seventy feet from the nose to the tip of the tail and gave one hundred barrels of clear oil and a proportionate amount of “head material.” It can be said that, without a doubt, “the scars of his old wounds were close to the new ones”, because we took from his back no less than twenty harpoons, rusty reminders of many fierce battles.

Shortly after, in May 1839, J. N. Reynolds spread the news of his death, Mocha Dick was again the terror of the seas. He destroyed boats, sank ships, caused dozens of deaths and injuries among his enemies, and this time, thanks to the press, his fame spread far beyond the world of whalers. In June 1840, about 200 miles from Valparaíso, Mocha Dick repelled the attack by the British whaler Desmond, destroyed two boats, and fled the third. The following month, some 500 miles to the south, he confronted the Russian whaler Serepta, destroyed a boat, fled the rest, and stood guard next to a dead sperm whale until he made sure that his frightened enemies would not charge him. In 1841, near the Falklands, he destroyed two boats of the whaler John Day and made the third flee, and the same year, in a wild act of pre-emptive war, he scuttled a schooner loaded with wood. The following year, he delivered his Austerlitz: his sinking of a corvette in Japanese waters attracted the attack of three whaling ships at once, destroying two boats, damaging two others, and fleeing both the remaining boats and the boats themselves.
In 1851, the sperm whale Mocha Dick had been magnified by moving from reality to fiction under the name of Moby Dick. Now, without losing the greatness acquired in fiction, he passed, through the umpteenth death of Mocha Dick, into existence in the real world. Little else is left for the great white sperm whale to be immortal, omnipresent and vengefully righteous. Today, the shadow of his actions and abilities is hardly perceived in incidents between whales and pleasure boats, and he had better continue like this and not attract too much attention, because, although he and his colleagues are beginning to be reasonably protected by law against Hunting, a new stalker has emerged: if the monstrous giant from the depths has been able to survive the harpoons, instead, it leads to losing in front of millions of photographs that trivialize it as a tourist curiosity.

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