Belleza Fatal. La Tiranía Del Look O Los Nuevos Rostros De Una Alienación Femenina — Mona Chollet / Beauté Fatale : Les Nouveaux Visages D’une Aliénation Féminine by Mona Chollet

El texto está ampliamente documentado con citas puestas en contexto y extraídas de las más grandes feministas y de los más grandes misóginos. Es enloquecedor notar que “no, no, nada ha cambiado”, pero casi me da valor comprobar que no estoy solo en rebeldía.
La autora corta los pantalones a muchas celebridades y se siente bien, pero para seguir las noticias feministas con bastante atención, debo admitir que ya sabía muchos puntos cubiertos en el ensayo. Sin embargo, ciertos capítulos han resonado particularmente en mí, tal vez porque actualmente me enfrento a él, y eso me lleva a otras líneas de reflexión.
Una lectura realmente interesante, en resumen, que profundiza un poco más de lo que estoy acostumbrado a leer, pero que está dirigida, creo, a personas ya sensibilizadas sobre el tema. El tono es un poco más radical, pero se siente bien no leer a alguien que está tratando de evitar la cabra y el repollo.
En cuanto a ciertas personalidades públicas y / o famosas, hay gags que merecen ser distribuidos …
Interesante trabajo que analiza un tema fundamental. La autora ayuda a ampliar y renovar nuestras propias concepciones del culto a la belleza y todas sus implicaciones en términos de feminismo, proporciona líneas de pensamiento relevantes.

En una sociedad donde lo que importa es, ante todo, la venta de productos, donde la lógica consumista se extiende a todos los ámbitos de la vida, donde la desaparición paulatina de los ideales deja el campo libre a las neurosis, una sociedad en la que reinan, simultáneamente, la fantasía de ser todopoderosos y un odio muy antiguo al cuerpo (sobre todo al cuerpo femenino), es casi imposible disfrutar de los cuidados asociados a la belleza en ese clima de serenidad idílica que nos vende la ilusión publicitaria. Sin embargo, incluso si cada tanto protestamos contra esas normas tiránicas, la realidad que subyace tras las preocupaciones estéticas de las mujeres es objeto de una negación sorprendente. La imagen de la mujer equilibrada, plena, activa, seductora, y que además se esfuerza por no perder ninguna de las oportunidades que le ofrece nuestro mundo moderno e igualitario, constituye una suerte de verdad oficial a la que nadie parece querer renunciar.

El entusiasmo que despierta Mad Men: en los hermosos vestidos. En el estilo. El mundo del diseño y de las revistas de moda se apodera del universo de la serie y se multiplican los homenajes.
Esta desviación degradante ilustra el influjo cada vez mayor de la moda sobre la esfera cultural junto con la publicidad y el consumo, vaciando todo contenido para imponer su lógica y sus imperativos, al tiempo que ellos mismos pretenden acceder al estatus de agentes de la cultura.
La sordera obstinada ante lo que propone Mad Men no es únicamente el resultado de una estrategia comercial eficaz. Deja entrever también lo que parece ser una tendencia profunda de la época: la aspiración de regresar a una clara distribución de los roles sexuales. Contra lo esperado, la serie reveló, en una gran parte del público insensible a las implicaciones deprimentes, una nostalgia totalmente desprovista de ironía por la época en la que «los hombres eran hombres», y las mujeres, mujeres.
En un mundo desfigurado, contaminado, atenazado por el miedo, el horizonte sobre el que cada persona se permite proyectar sus sueños se ha retraído hasta coincidir con las dimensiones de su propia casa y, más todavía, con las dimensiones de su propia persona. Así, nuestra apariencia, al igual que el acomodamiento y la decoración de nuestro entorno físico, es, al menos, un aspecto sobre el cual tenemos influencia. La moda, asociada con la despreocupación, con el sueño y la belleza, nos ofrece una escapatoria mental e imaginaria, al tiempo que representa una de las raras esperanzas de éxito a la que aferrarse.

La única evolución perceptible consiste en que ya no se trata de aceptar de buena gana un destino sino, como verdadera mujer moderna, se trata de tener una vocación, conseguir los medios para la independencia, y renunciar a todo eso en favor de la vida familiar. Las que pretenden dedicarse a los terrenos tradicionalmente ocupados por hombres son juzgadas como duras y frías, como «trepadoras»; mientras que las que se despojan de toda ambición personal son percibidas como simples, alegres, generosas.
Más allá de las manipulaciones de las que se puede ser objeto, este dilema parece imponerse a muchas mujeres de forma muy temprana en la vida.
Los concursos de mini-miss permiten preparar a las candidatas para entrevistas laborales, aseguran sus familias. Es cierto que el mundo que les espera a estas niñas causa efectivamente espanto, pero prepararlas para ese mundo enseñándoles a vaciar su personalidad, más que a reforzarla, equivale a acelerar los males que se les pretende evitar. Y equivale también, como veremos, a subestimar dramáticamente el poder destructivo de los códigos de feminidad contemporánea.

La sociedad no repara en los desórdenes que genera «la distribución desigual de roles estéticos» entre mujeres y hombres. Y esto desemboca en una situación singular: las únicas instancias que la ponen en evidencia suelen ser aquellas donde se produce y se transmite una presión sobre las mujeres, porque son las situaciones donde el juego es legítimo y despierta interés.
El magisterio de la industria de la moda y la belleza, qué duda cabe, deja poco lugar a la espontaneidad. Tenemos cada vez menos la impresión de estar viendo seres de carne y hueso, actrices que anhelan interpretar una gama de emociones y evolucionar en su arte; la impresión cada vez más certera es que estamos viendo a comunicadoras preocupadas por pulir una imagen plana que las venda mejor.
La confusión de los géneros entre moda y cultura, información y publicidad, es tanto más digna de atención cuanto que se ve duplicada por una ofensiva ideológica mayor. Disfrazando la agresividad comercial de filantropía o, más exactamente, de filoginia, difunden la idea de que las mujeres occidentales lo han conquistado todo: obtuvieron la igualdad, vencieron al machismo, todo les va bien en el mejor de los mundos posible.

La anorexia se deriva de una concepción del cuerpo heredada de la filosofía griega y, después, cristiana; una concepción que impregna a toda la sociedad. Solo un prejuicio misógino y condescendiente impide admitir que una mujer joven pueda compartir la visión y el ideal de los venerables pensadores barbudos.
El dualismo occidental hizo del cuerpo un objeto de repulsión, ajeno al verdadero sí mismo, una prisión, un enemigo del que hay que desconfiar, sede de pulsiones y necesidades capaces de hacer fracasar la voluntad de su «propietario». Se trata, entonces, de trascenderlo, de silenciar sus instintos, de llevarle la delantera, de «mostrar quién manda».
El modelo de la delgadez siempre prosperó en los períodos históricos en los que las mujeres conquistaban posiciones nuevas en el mundo social y político.
Lo que nos permite medir mejor el aislamiento y la impotencia de Portia de Rossi es aquello sobre lo que, en su libro, guarda silencio. En la época en que figuraba en los créditos de Ally McBeal, el programa era noticia en las crónicas por la delgadez de sus actrices y, en particular, de su intérprete principal, Calista Flockhart. Otra actriz del reparto, Courtney Thorne-Smith, renunció porque no pudo soportar la presión que ejercían sobre ella respecto a su cuerpo y porque comenzaba a temer por su salud. Decidió tirar la toalla después de no haber comido más que frutas durante una semana previendo una escena en la que aparecería desnuda; una experiencia por la cual también pasó Portia de Rossi.

Vivimos en un mundo sobreexpuesto. Y la luz de esta exposición, que es a la vez la de un supermercado y la de un laboratorio, en efecto, viene de muy lejos. A la falsa racionalidad de esencia mercantil e industrial que nos gobierna cabe añadir reminiscencias de la posición científica conquistadora que heredamos del siglo XIX: la ambición de llegar a una objetividad total, a una iluminación exhaustiva de lo real, a la elucidación de todos los misterios del universo por medio del saber humano, haciendo de la fría razón el único instrumento del conocimiento.
En general, toda tentativa de discutir los estándares de belleza se ve de inmediato reformulada en términos de un combate entre la «belleza interior» y la «belleza exterior»; quienes simulan recibir críticas con seriedad sospechan in petto que aquel que reacciona de manera defensiva siente una amargura muy grande, consecuencia de taras personales. Salvo que estas categorías supongan que erigimos las ideas sobre nuestros cuerpos como quienes levantan pancartas: como un equipamiento que no tiene nada que ver con nuestros sentimientos, a los que simplemente se les superpondrían. Nuestro condicionamiento cultural es tan poderoso que es capaz de descalificar lo que nos enseña la experiencia más inmediata: que ni el cuerpo ni el espíritu constituyen entidades independientes una de la otra.
La perfección es el enemigo, esa es la conclusión.

La globalización se presenta todavía como un conjunto de prácticas y valores que circulan de un lado a otro, mientras que los actores occidentales, pese a sus proclamas virtuosas, tienden a aplicar a las poblaciones de los países donde se implantan el mismo tratamiento que reservaron durante mucho tiempo, o que todavía reservan, a sus minorías. Así, la presencia en septiembre de 2011 de seis modelos asiáticas en la primera plana de la edición china de Vogue constituía un pequeño acontecimiento: en el transcurso del año anterior, las rubias de ojos claros, modelos o estrellas de Hollywood, habían arrasado en ocho portadas de doce. Y cuando las estrellas menos conformes con el canon se extralimitaban, Photoshop se esforzaba para llevarlas de nuevo, en la medida de lo posible, a la civilización. En el verano de 2008 L’Oréal había provocado un escándalo en Estados Unidos con un anuncio donde la cantante Beyoncé Knowles aparecía con la tez más clara y los cabellos rubios y lacios.

Un prejuicio tenaz pesa sobre las mujeres que expresan sus deseos, que muestran sus capacidades intelectuales y que emiten juicios como hacen los hombres. Se las considera una amenaza para el ideal amoroso que promueve la cultura dominante.
Definitivamente «no hay nada malo en querer ser hermosa», pero quizá sea el momento de aceptar que tampoco hay nada malo en querer ser.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/19/brujas-estigma-o-la-fuerza-invencible-de-las-mujeres-mona-chollet-sorcieres-la-puissance-invaincue-des-femmes-witches-the-unbeaten-power-of-women-by-mona-chollet/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/02/belleza-fatal-la-tirania-del-look-o-los-nuevos-rostros-de-una-alienacion-femenina-mona-chollet-beaute-fatale-les-nouveaux-visages-dune-alienation-feminine-by-mona-chollet/

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The text is extensively documented with quotes put in context and drawn from the greatest feminists and the greatest misogynists. It is maddening to note that “no, no, nothing has changed”, but it almost gives me courage to see that I am not alone in rebellion.
The author cuts many celebrities’ pants and it feels good, but to follow the feminist news closely, I must admit that I already knew a lot of points covered in the essay. However, certain chapters have particularly resonated with me, perhaps because I am currently facing him, and that leads me to other lines of reflection.
A really interesting read, in short, that goes a little deeper than I am used to reading, but is intended, I think, for people already sensitized to the subject. The tone is a little more radical, but it feels good not to read someone who is trying to avoid the goat and cabbage.
As for certain public and / or famous personalities, there are gags that deserve to be distributed …
Interesting work that analyzes a fundamental topic. The author helps to expand and renew our own conceptions of the cult of beauty and all its implications in terms of feminism, provides relevant lines of thought.

In a society where what matters is, above all, the sale of products, where the consumerist logic extends to all areas of life, where the gradual disappearance of ideals leaves the field open to neuroses, a society in that reign, simultaneously, the fantasy of being almighty and a very old hatred of the body (especially the female body), it is almost impossible to enjoy the care associated with beauty in that idyllic serenity climate that the advertising illusion sells us. However, even if we occasionally protest against these tyrannical norms, the reality behind the aesthetic concerns of women is the object of a surprising denial. The image of a balanced, full, active, seductive woman, and who also strives not to miss any of the opportunities offered by our modern and egalitarian world, constitutes a sort of official truth that no one seems to want to give up.

The enthusiasm that Mad Men arouses: in the beautiful dresses. In style. The world of design and fashion magazines takes over the universe of the series and the tributes multiply.
This degrading deviation illustrates the increasing influence of fashion on the cultural sphere along with advertising and consumption, emptying all content to impose its logic and imperatives, while claiming to access the status of agents of culture themselves.
The stubborn deafness to what Mad Men is proposing is not just the result of an effective business strategy. It also hints at what seems to be a profound trend of the time: the aspiration to return to a clear distribution of sexual roles. Contrary to expectations, the series revealed, in a large part of the public insensitive to the depressing implications, a nostalgia totally devoid of irony for the time when “men were men”, and women, women.
In a disfigured, polluted world, gripped by fear, the horizon on which each person allows himself to project his dreams has withdrawn to coincide with the dimensions of his own home and, even more so, with the dimensions of his own person. Thus, our appearance, like the accommodation and decoration of our physical environment, is, at least, one aspect on which we have influence. Fashion, associated with carefreeness, sleep and beauty, offers us an imaginary and mental escape, while representing one of the rare hopes of success to hold on to.

The only noticeable evolution is that it is no longer about accepting a destiny willingly but, as a true modern woman, it is about having a vocation, getting the means for independence, and giving up all that in favor of family life . Those who intend to dedicate themselves to lands traditionally occupied by men are judged as hard and cold, as “climbers”; while those who deprive themselves of all personal ambition are perceived as simple, happy, generous.
Beyond the manipulations that can be object, this dilemma seems to impose itself on many women very early in life.
Mini-miss contests help prepare candidates for job interviews, their families say. It is true that the world that awaits these girls is indeed frightening, but preparing them for that world by teaching them to empty their personality, rather than to reinforce it, is equivalent to accelerating the evils that they are intended to avoid. And it is also equivalent, as we will see, to dramatically underestimate the destructive power of contemporary femininity codes.

Society does not notice the disorders generated by “the unequal distribution of aesthetic roles” between women and men. And this leads to a unique situation: the only instances that bring it out are usually those where pressure is produced and transmitted on women, because they are situations where gambling is legitimate and arouses interest.
The magisterium of the fashion and beauty industry, no doubt, leaves little room for spontaneity. We have less and less the impression of seeing flesh and blood beings, actresses who long to interpret a range of emotions and evolve in their art; The increasingly accurate impression is that we are seeing female communicators concerned with polishing a flat image that sells them better.
The confusion of genres between fashion and culture, information and advertising, is all the more worthy of attention as it is duplicated by a larger ideological offensive. Disguising the commercial aggressiveness of philanthropy or, more exactly, of philogy, they spread the idea that western women have conquered everything: they obtained equality, they defeated machismo, everything is going well for them in the best possible world.

Anorexia is derived from a conception of the body inherited from Greek and later Christian philosophy; a conception that permeates the entire society. Only misogynistic and condescending prejudice prevents admitting that a young woman can share the vision and ideal of venerable bearded thinkers.
Western dualism made the body an object of repulsion, alien to the true self, a prison, an enemy to be distrusted, seat of drives and needs capable of defeating the will of its “owner.” It is a matter, then, of transcending him, of silencing his instincts, of leading him, of “showing who is in charge.”
The thin model always prospered in historical periods when women conquered new positions in the social and political world.
What allows us to better measure the isolation and powerlessness of Portia de Rossi is what he is silent about in his book. At the time when it appeared in the credits of Ally McBeal, the program was news in the chronicles for the thinness of its actresses and, in particular, of its main interpreter, Calista Flockhart. Another actress in the cast, Courtney Thorne-Smith, resigned because she couldn’t bear the pressure they put on her about her body and because she was beginning to fear for her health. She decided to throw in the towel after having eaten nothing but fruit for a week, anticipating a scene in which she would appear naked; an experience that Portia de Rossi also went through.

We live in an overexposed world. And the light of this exhibition, which is both that of a supermarket and that of a laboratory, indeed, comes from far away. To the false rationality of the mercantile and industrial essence that governs us, we can add reminiscences of the conquering scientific position that we inherited from the 19th century: the ambition to reach total objectivity, to exhaustively illuminate the real, to elucidate all the mysteries of the universe through human knowledge, making cold reason the only instrument of knowledge.
In general, any attempt to discuss beauty standards is immediately reformulated in terms of a battle between “inner beauty” and “outer beauty”; Those who pretend to receive criticism seriously suspect in petto that he who reacts defensively feels a great bitterness, a consequence of personal flaws. Except that these categories suppose that we erect ideas about our bodies as those who raise banners: as equipment that has nothing to do with our feelings, which simply overlap. Our cultural conditioning is so powerful that it is capable of disqualifying what the most immediate experience teaches us: that neither the body nor the spirit constitute entities independent of each other.
Perfection is the enemy, that is the conclusion.

Globalization is still presented as a set of practices and values that circulate from one place to another, while Western actors, despite their virtuous proclamations, tend to apply to the populations of the countries where they implant the same treatment that they reserved during long, or still reserved, for their minorities. Thus, the presence in September 2011 of six Asian models on the front page of the Chinese edition of Vogue was a small event: in the course of the previous year, the light-eyed blondes, models or Hollywood stars, had devastated eight twelve covers. And when the stars less conforming to the canon went too far, Photoshop struggled to bring them back, as far as possible, to civilization. In the summer of 2008, L’Oréal had caused a scandal in the United States with an ad where the singer Beyoncé Knowles appeared with the clearest complexion and blonde and straight hair.

A tenacious prejudice weighs on women who express their desires, who show their intellectual capacities and who make judgments as men do. They are considered a threat to the love ideal promoted by the dominant culture.
Definitely “there is nothing wrong with wanting to be beautiful,” but perhaps it is time to accept that there is nothing wrong with wanting to be either.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/19/brujas-estigma-o-la-fuerza-invencible-de-las-mujeres-mona-chollet-sorcieres-la-puissance-invaincue-des-femmes-witches-the-unbeaten-power-of-women-by-mona-chollet/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/02/belleza-fatal-la-tirania-del-look-o-los-nuevos-rostros-de-una-alienacion-femenina-mona-chollet-beaute-fatale-les-nouveaux-visages-dune-alienation-feminine-by-mona-chollet/

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