Las Ciudades Del Mar — Josep Pla / Sea’s Cities by Josep Pla (spanish book edition)

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Un magnífico libro de un gran observador y que recomendaré siempre.

El primer viaje a Mallorca, sobre todo si coincide con ser el primer viaje por mar que uno hace, produce una gran ilusión.
No he podido ver ni la costa occidental de Mallorca, ni la bahía de Palma. Lo siento porque me lo habían profusamente ponderado. De todas maneras, la luz que entra por el ojo de buey del camarote es desapacible y agria. Está lloviznando. Estamos en febrero… Cuando salgo al puente todo el mundo ha desembarcado. Se ve la ciudad difuminada en la niebla, el cielo lleno de nubarrones, el sol es un sol nórdico, anaranjado, pajizo, un sol de Claude Monet. Sobre las aguas del puerto revolotea una nube de gaviotas, lo que ayuda a mantener la ilusión de que aquello no es Palma, sino una ciudad septentrional dulcemente apagada.
El color del día y la llovizna mansa me hacen pensar un momento en Chopin y en George Sand. A George Sand le habían dicho que en Mallorca no llovía nunca, que el cielo era una turquesa permanente, que el calor era siempre casi sofocante. Y se encontró con el descubrimiento desagradable de que en Mallorca llueve como en todas partes.
Bellver, el barrio de Santa Catalina, la Lonja, la catedral impresionante que con la atmósfera grasienta es de color de rosa, la parte alta de la ciudad —digamos la acrópolis—, las murallas, el Molinar, cuyo perfil se pierde en la costa baja… En el Molinar hay unos viejos molinos con grandes aspas.
A medida que se va alzando el día, Palma recobra el color como si saliera de un desmayo.
Palma tiene un gran aspecto de ciudad limpia y llena de buen aire. El Borne es una delicia urbana, un salón acabado. Esta es una calle —pienso— para estar. La ciudad tiene una movilidad, unas suaves subidas y bajadas de encantadora gracia. Las callejuelas son muy civiles. Me doy de bruces ante cuatro o cinco grandes palacios de un ruralismo exquisito, señorial. Los patios, memorables. Estas casas han de producir señores, fatalmente. Las casas me parecen muy limpias. La gente anda despacio, sin atropellarse, va a sus quehaceres plácidamente, habla en voz alta y acciona con brusquedad. Advierto que a veces un interlocutor dice a otro: no hables tan alto. Los mallorquines, que son gente generalmente reposada, tienen a veces verdaderos ataques de brusquedad. Entonces se atropellan…
Llego a los alrededores de la catedral. El barrio es maravilloso. Doy la vuelta a la mole. La piedra tiene ahora un color entre anaranjado y marfileño. Lo que impresiona más quizá —vista de fuera— de esta catedral gótica, es la manera contundente y definitiva de estar presente en la corteza de la tierra, su manera estática de estar en la tierra. Las aspiraciones verticales del gótico septentrional están aquí también corregidas por este afanoso deseo de estar en la tierra.
El castillo es redondo y tiene, en los cuatro puntos cardinales, torres almenadas, que son una filigrana. Tiene un piso y un patio central. La galería de la planta baja está porticada con arcos redondos y la del primer piso con arcos de medio punto de un gótico humanísimo, de un gótico para vivir.
La combinación de estas dos series de arcos produce una impresión y una emoción imborrables. Delante del bassin du miroir del jardín de Versalles, uno siente el choque de la belleza, que es un choque que hace que, si llevamos en nuestro interior algo que no está en su sitio, se coloque lo descentrado con una rapidez de estremecimiento. Este choque puede uno sentirlo viendo el patio y las galerías porticadas del castillo de Bellver desde el tejado del mismo.
El castillo de Bellver está rodeado de pinares seculares y frondosos y el castillo parece una joya dentro de su estuche.
La vida en Palma es muy agradable.
En el Café de Oriente se come muy bien. Este café tiene muchos nombres. Se llama también Café de las Columnas y A can Tomeu. Rusiñol, en L’Illa de la calma, lo presentó con el nombre de Café de la Paz. Está en el Borne y no puede ser más céntrico. La diversidad de nombres de este café no ha de extrañar, porque es algo típicamente mallorquín. Casi todas las personas tienen dos o tres nombres, pero la novedad consiste en que el apodo o apodos de las personas —el apodo tiene siempre una punta despectiva— resultan aquí generalmente más naturales y más normales que el nombre o el apellido auténticos. Esto produce confusiones constantes y a veces divertidísimas.

Palma tiene un ensanche que es muy feo, como todos los ensanches del mundo.
Luego, la carretera entra en el llano de la isla y corre entre dos tapias blancas, kilómetros y kilómetros. A ambos lados, almendros, olivares y algarrobos. Almendros en flor que saturan el aire de un polvillo entre lila y rosa, lechoso. Algarrobos estremecidos por el pasar del viento, como si tuvieran cosquillas. Y las hojas pequeñas de los olivos —cosa perfecta— tiritando en todos los matices del verde plateado.
El valle de Sóller tiene todos los encantos que se pueden desear en esta vida: tranquilidad, silencio y un clima y un aire tibio y suave como un colchón de pluma.
Está lleno de huertos de hortaliza, de limoneros y de naranjos. Los almendros en flor parecen enjambres de mariposas rosadas. Las casas son amplias y confortables.
El valle es tan dulce, el calor tan tibio, el aire tiene un olor de miel y de manzana tan fino, que uno piensa que la gente ha pasado por el valle de Sóller con la misma beatitud que deben sentir los gusanos dentro del queso de Roquefort.
Un pequeño tranvía une Sóller al mar. El puerto de Sóller es una concha cerrada, una almeja. Debajo de unos pinos seculares, dos pequeñas calles se alinean. Casas de pescadores, cuartel de carabineros. ¡Ay, quién fuera carabinero del puerto de Sóller!
Y luego, Fornaluig. Se toma un camino que bordea un torrente que baja de Puigmajor.

(Fornells) Vivir en este pueblecillo de Fornells, en la costa norte de la provincia de Gerona, ignorado y remoto. No hay en este pueblo ni iglesia ni reloj público ni encarnación de la autoridad legal, porque no es más que un barrio de otro pueblo mucho mayor, situado a casi seis kilómetros. Entre hombres y mujeres, viejos y niños debemos ser unas treinta y cinco personas. En estos pueblos tan pequeños, la existencia está situada entre dos polos: el hastío, el aburrimiento, el tedio y el avivarse de la curiosidad por la cosa más pequeña, más insignificante, más alejada de nuestros intereses. A medida que uno va entrando en la vida se da cuenta de que la gente no sabe aburrirse, que una de las fuentes de dolor humano más copiosas y más perennes es la agitación inútil, el movimiento gratuito, la imposibilidad de resistir la sensación tremenda de sentir sobre el corazón el paso del tiempo.

He residido varias temporadas en Port-Vendres. Un encanto. Hay que procurarse, ante todo, una habitación en el hotel del Comercio que mire al charco rectangular del puerto. En este hotel servían unos magníficos salmonetes, fritos con aceite del país.
Vagar por Perpiñán es agradable. Lo que da carácter a Perpiñán es la parte antigua de la ciudad, los barrios populares, tan españoles, y el barrio militar. El ensanche, todo lo que afluye a la plaza de Cataluña y a la estación, es hórrido, radical socialista, polvoriento, mediocre y vulgar.

Arezzo es un punto de gran importancia, porque aquí están los frescos de Piero della Francesca. No debe confundirse el nombre de este pintor con el de Piero del Pollaiolo —que, traducido, quiere decir Piero del Gallinero—. Como la mayoría de los artistas de su tiempo, Piero della Francesca fue un pintor errante, y en Arezzo afrescó el altar mayor de la iglesia del convento de San Francisco, donde todavía hay frailes. La importancia de esta obra es considerable, sobre todo desde el punto de vista del arte moderno.
Da Orvieto una sensación de vida sana y normal. Magníficamente situada sobre un monte que tiene forma de pirámide truncada, parece que la altura debería comunicarle la amplitud del aire libre. Sin embargo, en su recinto se siente un ahogamiento, una sensación de estrechez inexplicable. Es como si en Orvieto hubiese siempre muchos enfermos, y que estos enfermos estuviesen a punto de morir… Uno percibe en el aire como la proximidad de un peligro y que ha llegado la hora de encomendarse a Dios… Esta sensación de asfixia en una altura da a Orvieto un aire muy triste. Tristeza más honda que la que se puede sentir en cualquier ciudad muerta castellana, porque aquí ningún detalle rompe la monotonía de la tristeza ni un tiesto de geranios ni un trapo puesto a secar, un detalle gracioso o pintoresco. Es una ciudad de palacios, de iglesias, de conventos, completamente muerta. Sus piedras son de un color de chocolate oscuro. Las puertas, de un rojo casi negro. La hierba crece en los intersticios de las grandes piedras.
En la Edad Media, Siena fue, probablemente, la ciudad italiana de una vida más apasionada, más sombría y más violenta. La lucha entre la libertad y la tiranía, cruzada de enemistades familiares al rojo vivo, de implacables venganzas, de odios sin tregua ni respiro, llegó aquí a una temperatura elevadísima. ¡Cuántas cosas han visto la piazza, el Palazzo Pubblico! Guerras con las repúblicas vecinas, guerras civiles, combates callejeros, exilios, deportaciones en masa, proscripciones, confiscaciones, golpes de mano populares, violencias aristocráticas, guerras de desterrados contra la ciudad, sumisiones a fuerzas extranjeras, revueltas furiosas, gestos sublimes, actitudes traidoras o grotescas… Una vez fueron desterrados en bloque cuatro mil artesanos; el número de ahorcados sieneses es incontable; las defenestrazione, los que salieron del gobierno por las ventanas del palazzo, forma un contingente elevadísimo.
Bolonia es una ciudad magnífica, de una generosidad soberbia e inolvidable. Colocada en el centro de la región agrícola más rica de Italia —de la Romaña—, es el tipo de ciudad de gran tradición campesina. En Bolonia se come admirablemente. Se ven pasar unas mujeres trigueñas, esbeltas, de carnes un poco fluviales. Hay unas grandes librerías provinciales. Pasear por los arcos de las calles, con un clima tan suave, es un encanto… ¿Qué más se puede pedir en este valle de lágrimas?
Una cosa excelente de Bolonia: los spaghetti alla bolognese. Esto quiere decir que la pasta va acompañada de un picadillo de carne colocado sobre el fondo de oro de un sofrito de cebolla y una lejana punta de ajo. Lo más serio de la cocina italiana. Esto se debe comer en alguna trattoria del centro de la ciudad, disponiendo, a ser posible, como perspectiva urbana, de alguna de las morenas torres inclinadas que la apasionada historia de la ciudad nos ha dejado.

Sassari es una pequeña ciudad provinciana rodeada de una vega blanca, verde y trémula. El mar se ve en la lejanía. Vega marina. «Il leve tremolar della marina», decía el Dante. Desde la parte alta de la ciudad se ve la isla Asinaria y las bocas de Bonifacio, terror de los navegantes. El paisaje es venteado, masculino, de una pureza lineal perfecta.
Al norte de Alguer, muy cerca, está Porto Conte. Magnífico puerto natural ante un paisaje desnudo, puramente mineral, de granito violáceo.
La Siracusa actual ocupa una parte irrisoria del perímetro de la antigua. Casi toda ella está recogida en la península Ortigia —esa península que cierra una golfada de mar, formando uno de los puertos naturales mejores del Mediterráneo—. Es la Siracusa medieval tan española, limpiada y blanqueada y —para ser precisos— un poco amplificada. No pude pues, ver, la gran Siracusa. Tuve que contentarme con la que se puede pasear buenamente.
Lo primero que hice fue dar una vuelta por el perímetro exterior de la ciudad —por el perímetro de la Ortigia— paseo encantador porque se sigue, rozando la muralla endeble, la orilla del mar constantemente. La ciudad se levanta, blanca, sobre el promontorio donde estuvo Epípolis, ceñida por el azul de las aguas amargas. Típica geografía griega de establecimiento antiguo. Puede uno darse cuenta, también, siguiendo este perímetro, de la maravilla que es el puerto natural de Siracusa. Forma una de las curvas de caracol más fabulosamente elegantes que pueden verse. Portoferraio, en la isla de Elba, es un puerto bonito. El de Siracusa es soberbio. ¡Qué bella es alguna vez la geografía!.

La costa italiana del verde y amargo mar Adriático es arenosa y baja en toda su extensión, desde el faro de Santa María de Lenca, en el canal de Otranto, hasta Monfalcone, en el golfo de Venecia. Luego en Trieste la costa se levanta airosa, desnuda y venteada y sigue la península del Carnaro, que se dirige al sur hasta Pola, puerto muerto, estratégico y complicado, muy bueno, excelente para contemplar, desde un yate fondeado en rada en sus aguas, el anfiteatro romano, que es un poco gordo y pesadote, como todo lo romano, pero que deslumbra de color de mantequilla rancia rosada por su venerable antigüedad.
En Pola, torciendo al norte, se inicia el golfo del Carnaro, en cuyo fondo está Fiume y a su lado, la ciudad yugoslava de Sussak. La costa occidental de este golfo tiene la curiosa particularidad de estar en una gran extensión poblada de grandes y enormes laureles. Las hojas de este árbol, que son tan bellas colocadas en forma de corona en la frente de los poetas y que todavía, quizá, lo son más evocadas a través del perfume que producen en un estofado de liebre, resultan, formando espeso bosque muy oscuras y al lado del mar cuando cae el sol, casi tétricas.
Fiume. Ciudad muerta. Caos étnico. Restos del barroco administrativo de la monarquía austrohúngara. Formas de vida centroeuropeas, plácidas, listadas por los trazos negros del fascismo italiano. Lluvias intermitentes que sacan de los laureles un bruñido de charol. Una paz en el aire, lograda por cansancio. A su lado, trepando por la montaña, se levantan los bloques nuevos de las casas de Sussak, que es el Fiume nuevo, comercial y, como el antiguo, completamente insignificante.
Zara es un viejo establecimiento veneciano en esta costa de Croacia. Es un enclave de unos pocos kilómetros en el laberinto intrincado de esos canales. Alrededor de un núcleo antiguo amurallado sobre el agua, con un diminuto puerto muy cerrado —un puerto como una cáscara de nuez en el que cabe justo una galera, es decir, de dimensiones venecianas— se han construido, en los últimos años unos aparatosos bloques de viviendas, que tienen, como lo italiano moderno, una frialdad glacial. En Zara hay pues el inevitable ensanche, que los pobres llaman confortable.
Hoy, Ragusa-Dubrovnic es una ciudad provincial. Es el segundo puerto del país y debe rivalizar con Sussak, del fondo del Carnaro. Es una ciudad de una simpatía y de una vitalidad extraordinarias. A pesar de ser una vieja balumba medieval, la gente no cabe en ella y da la
impresión de ahogarse dentro de sus viejas murallas. Es tanta la densidad de sus calles estrechísimas que vista desde el aire debe parecer un hormiguero. La vida me pareció muy elevada y moldeada por las maneras apacibles, infinitamente agradables del Imperio austrohúngaro. Cuando pienso ahora en mi estancia en Ragusa y en la calidad de los objetos que la Providencia me deparó en aquella ciudad, veo que las horas que pasé en ella son de las más agradables que he pasado en la vida.

La Grecia actual está unida a la antigüedad por unos cuantos —pocos— museos, unas ruinas lamentables y el Partenón. El Partenón se mantiene en parte en pie, porque no ha podido, a pesar de los esfuerzos que se han hecho, ser destruido. Entre la Grecia antigua y la actual hay un tajo tremendo.
Sin embargo, hay un elemento que puede servir de socorro al viajero que llega a Grecia con la ilusión de sus lecturas y la memoria de sus obras de arte. Es el paisaje. Por eso yo recomiendo siempre a mis amigos que van a Grecia —y así se lo dije hace poco a J. R. Masoliver— que dediquen mucho más tiempo al paisaje que a Atenas.
Las ruinas, el museo, dan la impresión de una vacuidad atroz. El paisaje también, pero quizá menos. Es un paisaje que da la impresión de haber sido abandonado.
En el estado presente de las cosas, el griego antiguo se aleja cada día más del hombre moderno. El hombre moderno vive en un mundo tan vasto que se pierde en la vaguedad, no llega nunca a un desarrollo completo, no hace más que perder el tiempo. El balance de la vida humana en nuestra época es este: dispersión, tentativas falladas, insatisfacción completa. Nada. El hombre antiguo, por su misma limitación, era más completo: le fue posible llegar a formas de expresión y de realización que ya no le son dables al hombre moderno. En el hombre antiguo, vida y naturaleza se equilibran constantemente. En el mundo moderno, el hombre es una gota de barro perdida en un universo inmenso. Por esto —probablemente— la civilización y la cultura antiguas lo fueron de prototipos inmortales. Y por esto la civilización y la cultura moderna son una cultura y una civilización de escombros y de miseria.

Estambul se compone de cuatro ciudades completamente diversas. Cara al norte, queda de izquierda a derecha, en la costa europea. Estambul propiamente dicho —este barrio, esencialmente turco, es el que ha dado nombre a la ciudad y sustituido el nombre griego de Constantinopla—, Galata, Pera y, en la costa asiática, a la extrema derecha, Scútari.
Estambul es el barrio esencialmente turco. Iniciado en la punta del Serrallo, antiguo palacio imperial, del que formaba parte, como una dependencia, la Sublime Puerta, que albergaba los servicios diplomáticos, Estambul acoge en su recinto las grandes construcciones religiosas del islamismo, las grandes obras de arte, y al mismo tiempo, la miseria profunda de la vida musulmana: el bazar, el hacinamiento, la pobreza, lo asiático. Barrio de casas de madera; chozas infectas, laberinto hormigueante, grasiento y espeso. Estambul ofrece el contraste de sus abigarrados harapos y de su hedor turbio con la majestad de sus grandes edificios religiosos. Es el barrio más pintoresco de la ciudad, el más atrayente —con la mancha olivácea persa que tiene en la mejilla— y el que no se puede habitar.
Galata es el puerto de Estambul. Es una ciudad greco-turca-armenio-israelita y, desde la Revolución rusa, eslava, por albergar una gran masa de rusos emigrados. En Galata, como en las escalas marítimas, están las oficinas, despachos, almacenes, casas de prostitución, tabernas, bancos y consulados que son del caso. No creo que haya en Europa un centro cosmopolita, una mezcla humana más densa que Galata.
Pera es la ciudad europea por excelencia de Estambul. No solamente es el centro de las familias acomodadas de las colonias alógenas griegas, israelitas, levantinas, sino que es el barrio habitado por los cristianos occidentales que viven o transitan por Estambul. Su aspecto, su urbanización, su modo de vivir es europeo, concretamente, centroeuropeo. La gran calle de Pera, centro de todas las elegancias y de todos los equívocos es una Cannebière de menos rango. Pera, en definitiva, es una Marsella oriental, una Marsella sin provenzales, un galimatías evaporado y ligeramente trasnochado.

Bucarest es una desilusión. Cuando se han viajado tres o cuatrocientos kilómetros de Rumanía y aspirado el olor de barro ceniciento que despide la tierra y el perfume de nabos y de zanahorias que exhalan los pueblos de fango, se espera encontrar en Bucarest una gran ciudad campesina, ligada con vínculos naturales al gran paisaje agrario que le sirve de fondo. Y uno se encuentra con una ciudad occidental cualquiera.
Bucarest, que no tenía antes de la última guerra un tercio de millón de habitantes, ha triplicado su población en un espacio cortísimo de tiempo. Se encuentra en plena crisis de crecimiento. Es una enorme ciudad como tantas, rodeada de suburbios inacabables, caóticos, despanzurrados. Como en todas las ciudades donde se produce la fiebre de la construcción, una gran parte de sus habitantes vive en casas improvisadas, miserables, rodeadas de tapias siniestras.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/11/29/madrid-el-advenimiento-de-la-republica-josep-pla-madrid-the-advent-of-the-republic-by-josep-pla-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/31/las-ciudades-del-mar-josep-pla-seas-cities-by-josep-pla-spanish-book-edition/

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A magnificent book from a great observer and one that I will always recommend.

The first trip to Mallorca, especially if it coincides with being the first trip by sea that one makes, produces a great illusion.
I have not been able to see either the west coast of Mallorca or the bay of Palma. Sorry because I had been lavishly pondered. In any case, the light that enters through the porthole of the cabin is unpleasant and sour. It’s drizzling. We are in February … When I go to the bridge everyone has disembarked. You see the city blurred in the mist, the sky full of dark clouds, the sun is a Nordic, orange, straw-colored sun, a sun by Claude Monet. A cloud of seagulls flutters above the waters of the port, which helps to maintain the illusion that this is not Palma, but a sweetly extinguished northern city.
The color of the day and the gentle drizzle make me think for a moment about Chopin and George Sand. George Sand had been told that it never rained in Mallorca, that the sky was a permanent turquoise, that the heat was always almost suffocating. And he found the unpleasant discovery that it rains in Mallorca like everywhere else.
Bellver, the Santa Catalina neighborhood, the Lonja, the impressive cathedral that with its greasy atmosphere is rosy, the upper part of the city – say the acropolis -, the walls, the Molinar, whose profile is lost on the coast low … In the Molinar there are some old mills with large blades.
As the day rises, Palma recovers the color as if she had passed out.
Palma has a great clean and airy city look. El Borne is an urban delight, a finished lounge. This is a street – I think – to be. The city has mobility, gentle ups and downs of enchanting grace. The alleys are very civil. I face the four or five great palaces of exquisite, stately ruralism. The patios, memorable. These houses must produce lords, fatally. The houses seem very clean to me. People walk slowly, without running over, go to their chores placidly, speak loudly and act abruptly. I note that sometimes one interlocutor says to another: do not speak so loudly. The Majorcans, who are generally calm people, sometimes have real attacks of suddenness. Then they run over …
I reach the surroundings of the cathedral. The neighborhood is wonderful. I flip the mole. The stone is now an orange to ivory color. What perhaps most impresses – seen from the outside – of this Gothic cathedral, is the forceful and definitive way of being present in the crust of the earth, its static way of being on earth. The vertical aspirations of the Northern Gothic are here also corrected by this eager desire to be on earth.
The castle is round and has, at the four cardinal points, crenelated towers, which are filigree. It has a floor and a central patio. The gallery on the ground floor is porticoed with round arches and the gallery on the first floor with semicircular arches of a very human Gothic style, of a Gothic style for living.
The combination of these two series of bows produces an indelible impression and emotion. In front of the bassin du miroir of the garden of Versailles, one feels the shock of beauty, which is a shock that, if we carry something that is not in our interior, we put the off-center with a speed of shuddering. This shock can be felt by viewing the courtyard and the porticoed galleries of Bellver Castle from its roof.
Bellver Castle is surrounded by secular, leafy pine forests and the castle looks like a gem inside its case.
Life in Palma is very pleasant.
At Café de Oriente you eat very well. This cafe has many names. It is also called Café de las Columnas and A can Tomeu. Rusiñol, in L’Illa de la silencio, presented it with the name of Café de la Paz. It is in the Borne and it cannot be more central. The diversity of names of this coffee is not surprising, because it is something typically Mallorcan. Almost all people have two or three names, but the novelty is that the nickname or nicknames of the people – the nickname always has a derogatory point – are generally more natural and normal here than the real name or surname. This produces constant and sometimes hilarious confusion.

Palma has an extension that is very ugly, like all extensions in the world.
Then, the road enters the plain of the island and runs between two white walls, kilometers and kilometers. On both sides, almond, olive and carob trees. Flowering almond trees that saturate the air with a milky-pink powder, milky. Carob trees shaken by the passing of the wind, as if tickled. And the small leaves of the olive trees – perfect thing – shivering in all shades of silver green.
The Sóller valley has all the charms you can wish for in this life: tranquility, silence and a climate and a warm and soft air like a feather mattress.
It is full of vegetable gardens, lemon and orange groves. Flowering almond trees look like swarms of pink butterflies. The houses are spacious and comfortable.
The valley is so sweet, the heat so warm, the air smells of honey and apple so fine, that one thinks that people have passed through the valley of Sóller with the same beatitude that the worms must feel inside the cheese of Roquefort.
A small tram links Sóller to the sea. The port of Sóller is a closed shell, a clam. Beneath secular pine trees, two small streets line up. Fishermen’s houses, police station. Oh, who was a carabinero from the port of Sóller!
And then Fornaluig. You take a path that skirts a stream that comes down from Puigmajor.

(Fornells) Live in this little town of Fornells, on the north coast of the province of Gerona, ignored and remote. In this town there is neither a church nor a public clock or an incarnation of legal authority, because it is only a neighborhood in another much larger town, located almost six kilometers away. Between men and women, old men and children we must be about thirty-five people. In these small towns, existence is situated between two poles: boredom, boredom, boredom and arousing curiosity about the smallest, most insignificant thing, most remote from our interests. As one enters life one realizes that people do not know how to get bored, that one of the most abundant and perennial sources of human pain is useless agitation, free movement, the impossibility of resisting the tremendous feeling of feel the passage of time on the heart.

I have resided several seasons in Port-Vendres. A charm. First of all, you have to find a room in the Hotel del Comercio that faces the rectangular puddle of the port. Magnificent red mullets served in this hotel, fried with local oil.
Wandering around Perpignan is nice. What gives Perpignan character is the old part of the city, the popular neighborhoods, so Spanish, and the military quarter. The expansion, everything that flows into the Plaza de Cataluña and the station, is horrid, radical socialist, dusty, mediocre and vulgar.

Arezzo is a point of great importance, because here are the frescoes by Piero della Francesca. The name of this painter should not be confused with that of Piero del Pollaiolo —which, translated, means Piero del Gallinero—. Like most artists of his time, Piero della Francesca was a wandering painter, and in Arezzo the high altar of the church of the convent of San Francisco, where there are still friars, was fresh. The importance of this work is considerable, especially from the point of view of modern art.
It gives Orvieto a feeling of healthy and normal life. Superbly situated on a hill that is shaped like a truncated pyramid, it seems that the height should communicate the breadth of the outdoors. However, in his room he feels a drowning, an inexplicable sense of narrowness. It is as if there were always many sick people in Orvieto, and that these sick people were about to die … One perceives in the air as the proximity of danger and that the time has come to entrust ourselves to God … This feeling of suffocation at a height it gives Orvieto a very sad air. Sadness deeper than that which can be felt in any Castilian dead city, because here no detail breaks the monotony of sadness or a pot of geraniums or a rag put to dry, a funny or picturesque detail. It is a city of palaces, churches, convents, completely dead. Its stones are a dark chocolate color. The doors, almost black, red. The grass grows in the interstices of the large stones.
In the Middle Ages, Siena was probably the Italian city with the most passionate, darkest and most violent life. The fight between freedom and tyranny, a cross between red-hot family enmities, relentless revenge, hatred without respite or respite, reached a very high temperature here. How many things have seen the piazza, the Palazzo Pubblico! Wars with neighboring republics, civil wars, street fighting, exiles, mass deportations, proscriptions, confiscations, popular blows, aristocratic violence, exile wars against the city, submissions to foreign forces, furious revolts, sublime gestures, treacherous attitudes or grotesque … Four thousand artisans were once exiled en bloc; the number of Sienese hangmen is uncountable; the defenestrazione, those who left the government through the windows of the palazzo, form a very high contingent.
Bologna is a magnificent city of superb and unforgettable generosity. Placed in the center of the richest agricultural region of Italy —of Romagna—, it is the type of city with a great peasant tradition. In Bologna one eats admirably. They are seen passing some slim, dark-haired women, with a little river meat. There are some great provincial bookstores. Strolling through the arches of the streets, with such a mild climate, is a charm … What more could you ask for in this valley of tears?
An excellent thing in Bologna: the spaghetti alla bolognese. This means that the pasta is accompanied by a mincemeat placed on the golden bottom of an onion sauce and a distant point of garlic. The most serious of Italian cuisine. This should be eaten in a trattoria in the city center, having, if possible, as an urban perspective, one of the brown leaning towers that the passionate history of the city has left us.

Sassari is a small provincial town surrounded by a white, green and tremulous plain. The sea is seen in the distance. Vega Vega. «Il leve tremolar della marina,» said Dante. From the upper part of the city you can see the Asinaria Island and the mouths of Bonifacio, terror of the navigators. The landscape is wintry, masculine, of a perfect linear purity.
To the north of Alghero, very close, is Porto Conte. Magnificent natural harbor in front of a bare, purely mineral, landscape of violet granite.
The current Syracuse occupies a ridiculous part of the perimeter of the old one. Almost all of it is collected on the Ortigia peninsula – that peninsula that closes off a gulf of sea, forming one of the best natural harbors in the Mediterranean. It is the medieval Spanish Syracuse, cleaned and bleached and – to be precise – a little amplified. So I couldn’t see the great Syracuse. I had to make do with the one that you can walk around very well.
The first thing I did was take a walk around the outer perimeter of the city – around the perimeter of the Ortigia – a lovely walk because it continues, brushing the flimsy wall, the seashore constantly. The city rises, white, on the promontory where Epípolis was, surrounded by the blue of the bitter waters. Typical Greek geography of ancient settlement. One can realize, also, following this perimeter, the wonder that is the natural port of Syracuse. It forms one of the most fabulously elegant spiral curves that can be seen. Portoferraio, on the island of Elba, is a beautiful port. The one from Syracuse is superb. How beautiful geography is ever!

The Italian coast of the green and bitter Adriatic Sea is sandy and low in all its extension, from the lighthouse of Santa María de Lenca, in the Otranto canal, to Monfalcone, in the Gulf of Venice. Then in Trieste the coast rises gracefully, naked and vented and follows the Carnaro peninsula, which heads south to Pola, a strategic and complicated dead port, very good, excellent to behold, from a yacht moored in its waters , the Roman amphitheater, which is a little fat and heavy, like everything Roman, but that dazzles in the color of stale butter pink due to its venerable antiquity.
In Pola, turning north, the Gulf of Carnaro begins, at the bottom of which is Fiume and next to it, the Yugoslav city of Sussak. The western coast of this gulf has the curious peculiarity of being in a great extension populated with great and enormous laurels. The leaves of this tree, which are so beautiful placed in the shape of a crown on the foreheads of the poets and which still, perhaps, are more evoked through the perfume they produce in a hare stew, turn out, forming thick, very dark forests. and by the sea when the sun goes down, almost gloomy.
Fiume. Dead city. Ethnic chaos. Remains of the administrative baroque of the Austro-Hungarian monarchy. Central European forms of life, placid, listed by the black lines of Italian fascism. Intermittent rains that take a burnished patent leather from the laurels. A peace in the air, achieved by exhaustion. Next to him, climbing the mountain, the new blocks of the houses of Sussak rise, which is the new, commercial Fiume and, like the old one, completely insignificant.
Zara is an old Venetian establishment on this Croatian coast. It is an enclave of a few kilometers in the intricate labyrinth of those channels. Around a former walled nucleus on the water, with a tiny very closed port —a port like a nutshell in which just fits a galley, that is to say, of Venetian dimensions— some spectacular blocks have been built in recent years of houses, which have, like modern Italian, an icy coldness. In Zara there is therefore the inevitable widening, which the poor call comfortable.
Today, Ragusa-Dubrovnic is a provincial city. It is the second port in the country and must rival Sussak, from the Carnaro fund. It is a city of extraordinary friendliness and vitality. Despite being an old medieval balumba, people do not fit in it and give the
impression of drowning within its old walls. The density of its narrow streets is so great that seen from the air it must seem like an anthill. Life seemed very high to me and shaped by the peaceful, infinitely pleasant ways of the Austro-Hungarian Empire. When I think now of my stay in Ragusa and the quality of the objects that Providence gave me in that city, I see that the hours I spent in it are some of the most pleasant I have ever lived.

Present-day Greece is linked to antiquity by a few – few – museums, shabby ruins and the Parthenon. The Parthenon remains partly standing, because it has not been able, despite the efforts that have been made, to be destroyed. Between ancient and present Greece there is a tremendous gap.
However, there is an element that can help the traveler who comes to Greece with the illusion of his readings and the memory of his works of art. It is the landscape. That is why I always recommend to my friends who are going to Greece – and I said this recently to J. R. Masoliver – that they dedicate much more time to the landscape than to Athens.
The ruins, the museum, give the impression of an atrocious emptiness. The landscape too, but perhaps less. It is a landscape that gives the impression of having been abandoned.
In the present state of things, the ancient Greek moves further and further away from the modern man. Modern man lives in a world so vast that he loses himself in vagueness, never reaches full development, does nothing but waste time. The balance of human life in our time is this: dispersion, failed attempts, complete dissatisfaction. Nothing. Ancient man, by its very limitation, was more complete: it was possible to reach forms of expression and realization that are no longer possible for modern man. In ancient man, life and nature are constantly balanced. In the modern world, man is a drop of mud lost in an immense universe. For this — probably — ancient civilization and culture were made of immortal prototypes. And this is why civilization and modern culture are a culture and a civilization of rubble and misery.

Istanbul is made up of four completely different cities. Face north, it is left to right, on the European coast. Istanbul itself – this essentially Turkish neighborhood is the one that has given the city its name and replaced the Greek name for Constantinople – Galata, Pera and, on the Asian coast, the extreme right, Scútari.
Istanbul is the essentially Turkish neighborhood. Started at the tip of the Serrallo, an old imperial palace, of which the Sublime Gate, which housed diplomatic services, was part, as a dependency, Istanbul houses in its enclosure the great religious buildings of Islamism, the great works of art, and the At the same time, the deep misery of Muslim life: the bazaar, overcrowding, poverty, the Asian. Wooden houses neighborhood; infectious huts, thick, greasy, tingling maze. Istanbul offers the contrast of its variegated rags and its murky stench with the majesty of its great religious buildings. It is the most picturesque neighborhood in the city, the most attractive — with the Persian olive stain on its cheek — and the one that cannot be inhabited.
Galata is the port of Istanbul. It is a Greek-Turkish-Armenian-Israelite city and, since the Russian Revolution, Slavic, for hosting a large mass of Russian emigrants. In Galata, as in the maritime calls, there are the offices, offices, warehouses, houses of prostitution, taverns, banks and consulates that are the case. I don’t think there is a cosmopolitan center in Europe, a denser human mix than Galata.
Pera is the European city par excellence of Istanbul. Not only is it the center of the wealthy families of the Greek, Israelite, Levantine, allogeneic colonies, but it is the neighborhood inhabited by Western Christians who live or transit through Istanbul. Its appearance, its urbanization, its way of living is European, specifically, Central European. The great street of Pera, center of all the elegance and all the misunderstandings, is a Cannebière of less rank. Pera, in short, is an eastern Marseille, a Marseille without provencal, a gibberish evaporated and slightly outdated.

Bucharest is a disappointment. When you have traveled three or four hundred kilometers from Romania and breathed in the smell of ashy mud that gives off the earth and the perfume of turnips and carrots exhaled by the mud towns, you expect to find in Bucharest a great peasant city, linked with natural ties to the great agrarian landscape that serves as background. And one meets any western city.
Bucharest, which did not have a third of a million inhabitants before the last war, has tripled its population in a very short space of time. It is in the midst of a growth crisis. It is a huge city like so many, surrounded by endless, chaotic, sprawling suburbs. As in all cities where construction fever occurs, a large part of its inhabitants live in makeshift, miserable houses surrounded by sinister walls.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/11/29/madrid-el-advenimiento-de-la-republica-josep-pla-madrid-the-advent-of-the-republic-by-josep-pla-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/31/las-ciudades-del-mar-josep-pla-seas-cities-by-josep-pla-spanish-book-edition/

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