Los Árabes. Del Imperio Otomano A La Actualidad — Eugene Rogan / The Arabs: A History by Eugene Rogan

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Este libro tiene un alcance ambicioso pero no cumple con las expectativas en ese aspecto. Sin embargo, sigue siendo una lectura interesante, aunque centrada en gran medida en el mundo árabe moderno en oposición al mundo árabe a lo largo de la historia.
El libro comienza con la brutal conquista otomana de los mamelucos en Egipto, en el siglo XVI, pasando por alto la Edad de Oro del mundo árabe, y el proceso cultural y etnolingüístico de arabización que lo convirtió en ‘árabe’ en primer lugar. Sentí que el libro carecía de algo crucial al omitir estas cosas.
La primera parte se centró en Egipto y el Levante, y pasó lo suficientemente rápido. Sin embargo, no se habló mucho de otras regiones árabes, como el Magreb. Muy pronto, encontré que mi interés disminuía (hacia el centro), cuando el libro discute la colonización de Egipto y el Levante. Parecía que el autor estaba sacrificando la profundidad por la longitud y la velocidad.
Sin embargo, la segunda parte del libro, desde la era posterior a la Primera Guerra Mundial, cambió todo eso. Comienza con las tumultuosas ondas de choque en las sociedades árabes causadas por el nacionalismo y el conflicto palestino-israelí. Fue muy detallado y bien escrito, con énfasis en los diversos pueblos árabes. Esta sección compensó con creces la lectura lenta que la precedió. Rogan vincula las diversas raíces de los problemas que afectan a la región MENA (Oriente Medio y Norte África) para presentar una imagen completa de por qué las cosas son como son ahora y cómo eran antes.
Tengo la sensación de que este libro habría sido incluso mejor como una antología de tres o más partes, dado el conocimiento experto de Rogan sobre Oriente Medio.

Como sugiere el título, el énfasis en este libro está en la historia de los pueblos árabes, lo que significa que, a diferencia de otros libros de historia de Oriente Medio, Turquía e Irán no están realmente cubiertos (aparte de su influencia en las naciones árabes) porque los pueblos no son realmente árabes, a pesar de tener una importante presencia musulmana y estar tan cerca. En cambio, obtienes mucha más cobertura de las naciones árabes del norte de África al oeste de Egipto: Marruecos, Argelia, Túnez y Libia, y fue genial poder completar la imagen desde esas perspectivas. El énfasis aquí está más en la historia moderna que se acerca al siglo XX también, aunque esta vez no hay un subtítulo de libro para dejar eso claro.
Lo principal que diferencia esto de un libro de texto estándar de historia de no ficción es que viene con descripciones más vívidas y detalles de eventos, a menudo citados directamente de personas que los experimentaron de primera mano. Es genial tenerlo si te gusta escuchar cosas de primera mano al estilo documental. Si bien hace que sea un poco más difícil recordar el panorama general a veces, generalmente se proporciona suficiente contexto y explicación para permitirle discernir las cosas a ese nivel. Pero de todos modos, los detalles son lo principal que me atrajo a este libro después de terminar el último; de lo contrario no creo que me hubiera molestado tanto.
Básicamente, otra lectura sólida si está buscando una introducción a la historia de Oriente Medio, y probablemente un poco más accesible que otras obras comparables. El concepto principal al que Rogan intenta llegar es que los pueblos árabes han luchado durante años para poder determinar su propio destino, y hasta el día de hoy han sido privados de ese derecho por la intervención extranjera y el sectarismo interno. . Es una crisis que sigue afectando su conciencia hoy, frente a una corriente aparentemente interminable de atentados suicidas y asesinatos políticos y conflictos y guerras civiles, etc. Este libro salió antes de que ocurriera la Primavera Árabe, pero por la forma en que termina, no sorprende que lo haya hecho.

Es largo, pero se lee rápido. Muchos nombres, lugares y fechas, por lo que es útil si está familiarizado con la región antes de leer (aunque el autor tiene el hábito útil de recordarle quiénes son las diferentes personas cuando los reintroduce, si no son nombres familiares en La calle árabe).
Si eres estadounidense, israelí, francés o británico, prepárate para ser golpeado ya que el libro tiene una inclinación claramente antioccidental y especialmente antiisraelí, lo cual es una deficiencia del libro dado que la verdad es complicada y los prejuicios del autor parece evidente y desenfrenado.
Aparte de eso, es un gran libro, que cuenta lo que a menudo es la trágica historia del pueblo árabe en los últimos cientos de años. Se lo recomendaría a cualquiera que pase tiempo en la región o esté interesado en las perspectivas que a menudo no escuchamos en la prensa estadounidense.
La otra deficiencia: el libro pasa unas 600 páginas que describen las diversas calamidades de los conquistadores, déspotas y atrocidades que enfrenta el resistente pueblo árabe, pero como dos páginas discutiendo qué significa todo y hacia dónde vamos desde aquí. Esto hizo que sus prejuicios fueran mucho más frustrantes, ya que el autor parecía tratar de ocultarlos en una historia basada en hechos en lugar de simplemente expresar su opinión. Pero de nuevo, no lo suficiente como para disuadirme de recomendar el libro.

Los primeros cinco siglos posteriores al surgimiento del islam definen un lapso de tiempo que se extiende desde el siglo VII al siglo XII de la era actual, y es la época de los grandes imperios islámicos que consiguieron alzarse con el predominio en los asuntos del mundo. Los árabes gozarían en ese período de una presencia internacional que les haría florecer desde Irak y Arabia hasta España y Sicilia. La era del islam primitivo es motivo de orgullo para todos los árabes, ya que representa un período pretérito marcado por el hecho de que, en su transcurso, los árabes se convirtieron en la potencia dominante en el mundo. Sin embargo, dicho período adquiere una resonancia particularmente intensa en el caso de los islamistas, ya que éstos argumentan que la grandeza de los árabes ha ido siempre de la mano de la fidelidad y el vigor de su adhesión a la fe musulmana.
«El Renacimiento cultural del siglo XIX –escribe–, el célebre nahda, iluminó un gran número de sociedades árabes.» A lo largo del siglo XX, el nahda vino a configurar en el mundo árabe una moderna cultura característicamente laica. «Egipto fundó entonces la tercera industria cinematográfica más antigua del mundo, mientras que desde El Cairo hasta Bagdad y de Beirut a Casablanca, los pintores, poetas, músicos, dramaturgos y novelistas se dedicaron a dar forma a una cultura árabe nueva y dinámica.» La sociedad comenzó a cambiar, se extendió la educación, y las mujeres empezaron a correr el velo tras el que habían permanecido ocultas.
La cultura del nahda estaba igualmente llamada a moldear la política árabe del siglo XX, y al ir los árabes abandonando poco a poco la sujeción colonial y comenzar a acceder a la independencia, empezaron asimismo a desempeñar un papel destacado en la política mundial. Kassir enumera aquí la lista de los más notables ejemplos: «El Egipto de Nasser, pongamos por caso, fue uno de los pilares del movimiento afro-asiático y del posterior movimiento de no alineación; la Argelia independiente se convirtió en la fuerza impulsora de todo el continente africano; o pensemos si no en la resistencia palestina, a la que se recurrió para hacer avanzar la causa de los derechos democráticos sin sucumbir a la ideología victimista tan prevaleciente en la actualidad».

El examen de la historia árabe desde la óptica de las normas dominantes en un determinado período histórico nos permite distinguir en la época moderna la existencia de cuatro fases distintas: la época otomana, la época colonial europea, la época de la guerra fría, y la actual época marcada por la dominación estadounidense y la globalización. La trayectoria que sigue la historia árabe al recorrer estos diferentes períodos viene caracterizada por la existencia de altibajos en los que predomina alternativamente un mayor o menor grado de soberanía y libertad de acción. Y ello porque decir que el mundo árabe se ha visto sometido a normas extranjeras no implica afirmar que los árabes hayan sido sujetos pasivos de una unilineal historia de ininterrumpida decadencia. En el mundo moderno, la historia árabe presenta un perfil enormemente dinámico, así que es a los pueblos árabes a quienes ha de imputarse tanto la responsabilidad de sus éxitos como la de sus fracasos. Han operado de acuerdo con esas reglas impuestas.
La guerra fría llegó a su fin poco después de que cayera el Muro de Berlín en 1989. Para el mundo árabe, el nuevo período, marcado por una hegemonía unipolar, comenzaría en 1990, con la invasión iraquí de Kuwait. Cuando la unión Soviética votó a favor de una resolución del Consejo de Seguridad de las naciones unidas por la que se autorizaba a los estadounidenses a liderar la guerra contra Irak —un antiguo aliado del Kremlin—, la penetración iraquí en Kuwait tenía los días contados. Las certezas de la guerra fría habían dado paso a una era definida por el ilimitado poder de la potencia estadounidense, así que en la región fueron muchos los que se temieron lo peor.
Las reglas de la nueva era de dominación estadounidense son quizá las de más difícil definición. Lo que constatamos es que, a lo largo de la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI, tres de los presidentes estadounidenses han tomado medidas políticas muy distintas. Para George H. W. Bush, que ocupaba el cargo en el momento en que se derrumbó la unión Soviética, el final de la guerra fría vino a señalar el comienzo de un nuevo orden mundial. En tiempos de Bill Clinton, el internacionalismo y la implicación en los asuntos del mundo continuaron siendo las señas de identidad de la política estadounidense. Sin embargo, con la llegada de los neoconservadores al poder, consumada la elección que elevaría a George W. Bush a la presidencia de los Estados unidos en el año 2000, la superpotencia norteamericana comenzó a practicar el unilateralismo. En la estela de la conmoción causada por los ataques contra los Estados unidos ocurridos el 11 de septiembre de 2001, ese tipo de política habría de ejercer un impacto devastador en el conjunto de la región, desembocando en una guerra contra el terrorismo que habría de centrarse en el mundo musulmán y convertir a los árabes en los máximos sospechosos.

La conquista otomana del imperio mameluco constituyó un punto de inflexión crucial en la historia árabe. El fatídico choque armado entre los espadachines mamelucos y los mosqueteros otomanos vendría a señalar el fin de la era medieval y el comienzo de la época moderna en el mundo árabe. La victoria otomana marcaría asimismo el instante en que, por primera vez desde el surgimiento del islam, el mundo árabe pasaba a quedar gobernado desde una capital que no se hallaba en manos árabes. Los omeyas, la primera dinastía islámica, habían dirigido su imperio —en rápido proceso de expansión— desde la ciudad de Damasco (entre los años 661 y 750 d. C.). El califato abásida (750-1258) regiría los destinos del mayor imperio musulmán de la época desde Bagdad. El Cairo, fundada en el año 969, había servido de capital a no menos de cuatro dinastías antes de la irrupción de los mamelucos, ocurrida en el año 1250. De 1517 en adelante, los árabes se verían obligados a negociar su papel en el mundo en función de reglas establecidas en capitales extranjeras, una realidad política que habría de revelarse como una de las características definitorias de la moderna historia árabe.
Dicho esto, hemos de añadir no obstante que el paso de la dominación mameluca a la otomana iba a resultar más sencillo de lo que inicialmente se había temido en la época en que Selim el Severo materializara sus sangrientas conquistas. Los extranjeros de lengua turca llevaban gobernando a los árabes desde el siglo XIII, y los otomanos eran en muchos sentidos similares a los mamelucos. Las élites de ambos imperios se habían originado en el seno de grupos de esclavos cristianos. Los dos imperios eran estados burocráticos que respetaban las leyes religiosas y protegían los dominios islámicos de las amenazas extranjeras mediante nutridos ejércitos. Además, nos hallamos en una época excesivamente temprana para poder hablar de una nítida identidad árabe capaz de oponerse a una dominación «extranjera». En este período, anterior a la era del nacionalismo, la identidad se hallaba vinculada bien con la propia tribu, bien con la ciudad de la que uno fuera originario. Si los árabes pensaban ya en términos de una identidad de más anchos horizontes, resultaba mucho más probable que se basara en la religión que en las características étnicas. Para la mayoría de los árabes —esto es, para la mayoría de los musulmanes, de confesión sunita—, los otomanos eran unos gobernantes perfectamente aceptables.
Los otomanos se enfrentaron a un verdadero desafío cuando se propusieron concebir una estructura administrativa viable para regir sus nuevas posesiones árabes. Los árabes habían sido absorbidos en la esfera del imperio otomano en una época en que éste se expandía rápidamente tanto por Persia como por las regiones del mar negro y los Balcanes. La envergadura territorial del imperio creció a una velocidad muy superior a la capacidad del gobierno para formar y colocar a administradores capaces en sus nuevas adquisiciones. Únicamente las regiones más próximas al núcleo territorial otomano —como era el caso de la ciudad de Alepo, situada al norte de Siria— quedaron sometidas a una dominación de corte clásicamente otomano. Cuanto más nos alejamos de Anatolia, observamos que tanto más se esforzaban los otomanos en preservar el orden político preexistente a fin de garantizar que la transición al nuevo régimen resultase lo más suave posible. Más dados al pragmatismo que a la ideología, lo que más interesaba a los otomanos era la preservación de la ley y el orden, así como la periódica recaudación de los impuestos imputables a sus nuevas posesiones: desde luego preferían esto a imponer sus propias costumbres a los árabes. En consecuencia, la dominación otomana de las provincias árabes vino señalada, durante los primeros años subsiguientes a la conquista, por una gran diversidad y una amplia autonomía.

La primera constitución provincial se redactaría en Egipto en los momentos inmediatamente posteriores a la rebelión organizada por Ahmed Pachá en el año 1525. El gran visir del sultán Suleimán II, Ibrahim Pachá, haría del kanunname el elemento central de su misión, consistente en restaurar la autoridad del sultán en Egipto. El documento posee un carácter eminentemente general, ya que determina el marco administrativo de arriba abajo, descendiendo incluso al plano de las aldeas. Establece las responsabilidades de quienes ocupan un cargo relacionado con el mantenimiento de la seguridad, con la preservación del sistema de irrigación y con la recaudación de impuestos. Las normas relativas a los estudios catastrales, a las donaciones piadosas, a la conservación de graneros y a la gestión de los puertos de mar aparecen claramente especificados.
En el Mediterráneo oriental iba a desarrollarse en cambio un sistema de gobernación autónomo muy distinto. La cordillera del Líbano había procurado refugio desde antiguo a las comunidades religiosas heterodoxas que huían de sus perseguidores. Dos de esas comunidades —la de los maronitas y la de los drusos— terminarían concibiendo un sistema de gobierno propio. Pese a que los altos del Líbano (conocidos también como cordillera del Líbano o montes libaneses) habían de quedar bajo la dominación otomana junto con el resto de Siria en el año 1516, es decir, en tiempos de la conquista de Selim el Severo, la Sublime Puerta prefirió dejar que los habitantes de la región se gobernaran a sí mismos en sus abruptas soledades.
Los maronitas habían buscado la seguridad de los montes septentrionales del Líbano a finales del siglo VII, huyendo de la persecución de las sectas cristianas rivales de lo que entonces era el imperio bizantino. Habían apoyado las cruzadas durante la Edad Media y disfrutado posteriormente de estrechas relaciones con el Vaticano. En 1584 se abriría en Roma un colegio maronita dedicado a enseñar teología a los jóvenes maronitas de mejores dotes, consolidándose así los lazos entre la comunidad maronita y la Iglesia Católica Romana.
Hasta mediados del siglo XVIII, los otomanos lograrían gestionar con cierto éxito toda esa diversidad. Habían tenido que enfrentarse a numerosos desafíos, principalmente en la cordillera del Líbano y Egipto, pero la aplicación de distintas estrategias les había permitido afianzar su predominio, asegurándose de que a ningún caudillo local le fuera posible plantear una amenaza duradera al centro de poder otomano. No obstante, la dinámica establecida entre dicho centro de poder y la periferia árabe experimentaría significativos cambios en la segunda mitad del siglo XVIII. Surgirían nuevos cabecillas, pero esta vez optarían por sumar sus fuerzas y procurar la obtención de una capacidad de acción autónoma, en claro desafío al sistema otomano. Estas nuevas alianzas habrían de concertarse en más de una ocasión con los enemigos europeos del imperio otomano, de modo que los nuevos caudillos regionales habrían de terminar planteando un verdadero reto al Estado otomano, hasta el punto de que al comenzar el siglo XIX, llegaría a ponerse en peligro la supervivencia misma del imperio.

A mediados del siglo XVIII, los otomanos y los árabes, que habían caminado juntos hasta entonces, se encontraron en una encrucijada.
A primera vista, los otomanos habían conseguido absorber al mundo árabe, incorporándolo a su imperio. A lo largo de dos siglos, los otomanos habían extendido su dominio desde el extremo más meridional de la península arábiga hasta las fronteras de Marruecos, en el áfrica noroccidental. Los árabes aceptaban en todas partes al sultán otomano, considerándolo su legítimo soberano. Rezaban todos los viernes por el alma del sultán, enviaban a sus jóvenes varones a guerrear en las contiendas del monarca y pagaban los impuestos a los recaudadores de la Sublime Puerta. La gran mayoría de los súbditos árabes, esto es, la gran mayoría de los que se dedicaban a arar la tierra en la campiña, así como el conjunto de los moradores de las ciudades que se ganaban la vida como artesanos o mercaderes, habían aceptado esta especie de contrato social otomano. A cambio, todos ellos esperaban obtener una mayor seguridad personal, una mejor protección de sus propiedades y la preservación de los valores islámicos.
Con todo, los territorios árabes estaban experimentando una importante transformación. Si en los primeros siglos de la dominación otomana los árabes se habían visto excluidos de los puestos más destacados —ya que dichos puestos, siendo ellos musulmanes libres, quedaban reservados a las élites serviles reclutadas por medio de la devshirme, o «leva de muchachos»—, a mediados del siglo XVIII las cosas habían cambiado, puesto que los notables locales conseguían ascender a los más elevados peldaños de la Administración provincial, haciéndose incluso con el título de «pachás».
En el siglo XX, el petróleo vendría a situar a Oriente Próximo en el mapa. En cambio, en el siglo XVIII, era el algodón lo que generaba la inmensa riqueza del Mediterráneo oriental. La demanda europea de algodón se remonta al siglo XVII. Si las hilanderías británicas del condado de Lancaster trabajaban principalmente con algodón llegado de las Indias occidentales y de las colonias americanas, los franceses obtenían de los mercados otomanos el grueso de sus importaciones de algodón. A medida que las tecnologías del hilado y de la tejeduría fueran mejorando con el transcurso del siglo XVIII, hasta desembocar en la revolución industrial, la demanda europea de algodón comenzaría a alcanzar máximos históricos. Las importaciones francesas de algodón procedente del Mediterráneo oriental se multiplicarían por más de cinco, ascendiendo de los dos millones cien mil kilos de 1700 a los casi once millones de kilos registrados en el año 1789. El algodón que más se apreciaba en los mercados europeos se producía en la región de Galilea, en el norte de Palestina. De este modo, la riqueza generada por el algodón de dicha zona alcanzaría a alimentar las ambiciones de un dinasta local cuyo poder llegaría a afianzarse lo suficiente como para desafiar la dominación que ejercían por entonces los otomanos en Siria.
Este hombre fuerte de la región de Galilea se llamaba Daher el-Omar (c. 1690-1775). Daher era uno de los cabecillas de los zaidaní, una tribu beduina que se había asentado en la región de Galilea en el siglo XVII y había conseguido dominar las vastas tierras de labor que se extienden entre las poblaciones de Safed y Tiberíades. Esta tribu había logrado establecer fuertes lazos comerciales con Damasco, así que comenzó a amasar una respetable fortuna familiar mediante el control de las plantaciones de algodón de la región de Galilea. Daher pertenecía a la tercera generación de jeques zaidaníes de la zona. Pese a no ser particularmente conocido en Occidente, Daher ha gozado durante siglos de gran celebridad en el mundo árabe. A menudo se le describe —si bien anacrónicamente— diciendo que fue una especie de nacionalista árabe o palestino debido a su historial de confrontación con los gobernadores otomanos. Al morir era ya una leyenda, y ya se habían escrito y publicado, casi en vida suya, dos biografías sobre su persona.
La prolongada y notable carrera de Daher comenzaría en la década de 1730 al establecer una alianza con una tribu beduina para apoderarse de la población de Tiberíades, que por entonces apenas era más que una aldea. Consiguió consolidar sus ganancias al obtener del gobernador de Sidón una designación oficial por la que quedó convertido en recaudador de impuestos de la región de Galilea. Entonces Daher concentró sus esfuerzos en fortificar la plaza de Tiberíades y en organizar una pequeña milicia de unos doscientos jinetes.

Los verdaderos motivos que habían empujado a Napoleón a invadir Egipto en el año 1798 eran de orden geoestratégico, no cultural. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el principal rival de Francia era Gran Bretaña. Estas dos potencias marítimas europeas pugnaban por alzarse con la supremacía en un cierto número de escenarios, entre los que cabe mencionar el de las dos Américas, el Caribe, áfrica y la India. Las compañías comerciales británicas y francesas habían librado crudos enfrentamientos para dirimir a quien debía corresponder la posición preponderante en la India, hasta el punto de que únicamente la guerra de los Siete Años (1756-1763) sería capaz de zanjar el litigio que había dado origen a esos encontronazos, al derrotar los británicos a los franceses y consolidar así su hegemonía en el subcontinente. Francia no lograría resignarse a encajar las pérdidas que acaba de sufrir en la India.
Al estallar las guerras revolucionarias francesas en el año 1792, Gran Bretaña y Francia reanudaron sus hostilidades. Napoleón, que buscaba el modo de perjudicar los intereses británicos, puso sus miras en la India. Al apoderarse de Egipto abrigaba la esperanza de dominar el Mediterráneo oriental y cegar así la estratégica vía comercial que conectaba —por mar y por tierra— Europa con la India, tras atravesar el Mediterráneo, cruzar Egipto hasta llegar al mar Rojo y alcanzar la India navegando por el océano índico. Los británicos se percataron de que Napoleón estaba reuniendo una importante fuerza expedicionaria en Tolón y sospecharon que podía tratarse de un inminente ataque contra Egipto. Se confió al almirante Horacio Nelson el mando de una poderosa escuadra a fin de que interceptara a la flota francesa. Lo cierto es que Nelson consiguió llegar antes que los franceses a Egipto, donde tendría el breve y descorazonador encuentro con el gobernador de Alejandría al que ya nos hemos referido. Nelson se replegó, junto con sus buques de guerra, para hacer frente a Napoleón en algún punto del Mediterráneo oriental.
Sin embargo, los franceses conseguirían eludir el encuentro con la Marina Real Británica, y el ejército de Napoleón pudo así apoderarse rápidamente de Egipto. Sin embargo, la escuadra de Nelson alcanzaría a la flota francesa un mes más tarde, y el primero de agosto de 1798, en la batalla del Nilo, conseguiría hundir o apresar todos los navíos de guerra franceses, salvo dos.
Los otomanos comprendieron que no lograrían reformar su imperio sin ayuda. Tenían que inspirarse en las ideas y en las tecnologías que tanta fuerza habían dado a sus rivales europeos. Los hombres de Estado otomanos habían tomado buena nota de que Mehmet Alí había utilizado con éxito las ideas y las tecnologías modernas llegadas de Europa para crear un estado de gran dinamismo. La iniciativa de enviar misiones egipcias a Europa, de importar tecnología industrial europea, junto con la determinación de adquirir sus tecnologías militares y la decisión de contratar asesores técnicos llegados de Europa para atender la totalidad de los niveles del ejército y del sistema burocrático, había desempeñado un importante papel en todo cuanto había conseguido Mehmet Alí.
Los otomanos se hallaban a punto de cruzar el umbral de una nueva y compleja era en sus relaciones con sus vecinos europeos. Europa iba a convertirse en el modelo a imitar, en el ideal a alcanzar en términos militares y tecnológicos. Sin embargo, Europa constituía asimismo una amenaza que era preciso mantener a raya, tanto por el hecho de ser una potencia beligerante que codiciaba las tierras otomanas como por la circunstancia de actuar como fuente de ideologías nuevas y peligrosas. Los reformistas otomanos se verían así forzados a aceptar el desafío de tener que adoptar las ideas y la tecnología de Europa sin poner por ello en peligro sus valores ni su propia integridad cultural.
Lo único que no podían permitirse los otomanos era ignorar los progresos de Europa. En el siglo XIX, Europa se había convertido en la potencia mundial dominante, y el imperio otomano se vería cada vez más obligado a someterse a las reglas que le imponía Occidente.

La era de las reformas otomanas se había iniciado en el punto más álgido de la segunda crisis egipcia, esto es, en el año 1839. La muerte del sultán Mahmut II y el acceso al poder de su hijo adolescente, Abdulmecid I, difícilmente podría haberse considerado un momento propicio para el anuncio de un programa de reformas radicales. Con todo, el imperio otomano, que se encontraba en ese momento bajo la inminente amenaza del ejército egipcio de Mehmet Alí, había sentido entonces más que nunca la necesidad de contar con la buena voluntad de Europa. Y para asegurarse de que Europa le garantizara la integridad de sus territorios y el reconocimiento de su soberanía, el gobierno otomano había creído necesario demostrar a las potencias europeas que era capaz de adherirse a las normas de gobernación vigentes en sus países en calidad de miembro responsable de la comunidad de estados modernos. Además, los reformistas que habían trabajado en tiempos de Mahmut II estaban decididos a consolidar los cambios ya iniciados durante el reinado del difunto sultán, y resueltos igualmente a implicar a su sucesor en el proceso de reformas.
Esta doble motivación habría de caracterizar la era de las reformas otomanas: los gestos realizados en el ámbito de las relaciones públicas y destinados a obtener el apoyo de Europa vinieron a sumarse a un auténtico compromiso de reforma del imperio a fin de garantizar su supervivencia frente amenazas tanto internas como externas. El 3 de noviembre del año 1839, el ministro de Asuntos Exteriores otomano, Mustafá Reshid Pachá, leería un decreto de reforma —en nombre de Abdulmecid I— ante un grupo de dignatarios otomanos y extranjeros invitados a acudir al acto en Estambul. En esa fecha los otomanos iniciaron un período de reformas administrativas llamado a transformar su Estado, entre los años 1839 y 1876, en una monarquía constitucional dotada de un parlamento electo, abriendo así el período conocido con el nombre de Tanzimat (cuyo significado literal es «reorganización»).
Con las quiebras financieras de Túnez, Estambul y El Cairo, las iniciativas de reforma del Oriente Próximo habían vuelto a dejar a la región en el punto de partida. Lo que había comenzado como un conjunto de movimientos destinados a fortalecer a los otomanos y a sus estados vasallos, protegiéndoles frente a la injerencia exterior, había terminado colocando a los estados del Oriente Próximo en una situación de franca y creciente exposición a la dominación europea. Con el paso de los años, el control informal que las potencias europeas ejercían sobre el imperio se había endurecido hasta acabar convertido en una dominación colonial directa, ya que el siguiente movimiento de los imperios europeos, en plena fase de expansión, iba a consistir en fragmentar íntegramente el norte de áfrica para repartirse los pedazos.

A medida que los intereses de Europa en el norte de África fueran intensificándose, los incentivos vinculados con el ejercicio de una rotunda dominación imperial irían creciendo en consecuencia. En torno a la década de 1880, las potencias europeas empezarían a preocuparse más de la promoción de sus intereses nacionales en el Mediterráneo meridional que de preservar la integridad territorial del imperio otomano. El «protocolo de autolimitación» del año 1840 se reveló simple papel mojado, y la consecuencia sería la partición del norte de África. En el año 1881, Francia ampliaría su dominio en Túnez; en 1882, Gran Bretaña ocupó Egipto; en 1911, Italia se apoderaría de Libia; y en el año 1912, las potencias europeas consentirían la creación de un protectorado franco-español en Marruecos (el único Estado norteafricano que no había renunciado a su independencia ni se había integrado en el imperio otomano). Antes de que estallara la primera guerra mundial, todo el norte de África había quedado sometido al control directo de las distintas potencias europeas.
Varias eran las razones que explicaban que la práctica del imperialismo europeo en el mundo árabe se iniciara justamente en el norte de África. Las provincias árabes del norte de África se hallaban lejos del centro de gravedad político otomano, y en el transcurso de los siglos XVIII y XIX irían adquiriendo una creciente autonomía respecto de Estambul. Las provincias árabes de Oriente Próximo —esto es, las regiones de Siria, Mesopotamia y la península arábiga— se hallaban en cambio más próximas al núcleo territorial otomano, y con el desarrollo de las reformas emprendidas en el siglo XIX (entre los años 1839 y 1876) terminarían estrechando sus lazos con Estambul y consolidando su integración en el imperio otomano. Territorios como los de Túnez y Egipto habían pasado a convertirse en estados vasallos del imperio otomano, mientras que Damasco y Alepo eran provincias integradas en el seno imperial. La propia evolución de los acontecimientos por la que vendría a incrementarse la autonomía del norte de África —dando lugar al surgimiento de distintas familias dominantes que acabarían por encabezar una serie de gobiernos cada vez más independientes— determinaría finalmente que dichos estados se vieran más expuestos a la ocupación europea.
Además, los estados del norte de África se hallaban relativamente próximos al sur de Europa, fundamentalmente cerca de España, Francia e Italia. Esa misma proximidad había contribuido a que dichos estados tuvieran una relación más estrecha con el ámbito europeo, lo que a su vez llevaba aparejado que pudieran obtener más fácilmente ayuda militar, productos industriales y capital financiero. El norte de África era la frontera más distante del imperio otomano, pero la región extranjera más próxima a Europa. Y conforme este continente fuera expandiendo sus límites más allá del perímetro que originalmente le correspondía, en lo que habría de convertirse, a finales del siglo XIX, en una nueva oleada de imperialismo occidental, los estados europeos considerarían totalmente natural empezar esa ampliación por sus vecinos más próximos.
Libia era el último territorio del norte de África que seguía bajo control directo de los otomanos, y por la época en la que Francia consolidó su protectorado en Marruecos, Italia se hallaba ya en guerra con el imperio otomano, con quien se disputaba la posesión de Libia. Pese a que nominalmente formara parte del imperio otomano desde el siglo XVI, las dos provincias libias de Tripolitania y Cirenaica no habían estado sometidas al control directo del gobierno otomano sino desde la década de 1840, dándose además la circunstancia de que la Sublime Puerta había optado por ejercer su dominio en Libia de forma extremadamente benévola. Las dos capitales provinciales, Trípoli y Bengasi, eran plazas fuertes en las que la presencia otomana se limitaba a un puñado de oficiales y a los soldados necesarios para mantener la paz.
Volvió a reinar la calma en Egipto, pero los acontecimientos de Dinshawai no se olvidaron, del mismo modo que tampoco se perdonó la afrenta de los británicos. En 1906 se habían puesto ya los cimientos para el surgimiento de un movimiento nacionalista. Sin embargo, los nacionalistas de Egipto se encontrarían enfrente a un imperio británico que no se proponía retirarse del mundo árabe, sino todo lo contrario: aumentar y ampliar su dominio. De hecho, la presencia británica, tanto en Egipto como en el resto del mundo árabe, no había hecho más que empezar.

El nacionalismo comenzó a aflorar en las provincias árabes del imperio otomano a comienzos del siglo XX. Tras pasar cerca de cuatro siglos sometidos a la dominación otomana, es lógico que al principio los pueblos árabes incluidos en el imperio tuvieran dificultades para imaginarse a sí mismos como parte de un Estado independiente. Los primeros nacionalistas tuvieron que enfrentarse al problema que suponía el hecho de tener que bregar con las encontradas nociones que surgían en relación con el aspecto que supuestamente debía presentar un Estado árabe. Algunos imaginaban que habría de constituirse un reino centrado en la península arábiga, mientras que otros aspiraban a una situación en la que la estatalidad se repartiera entre los elementos discretos que integraban el mundo árabe, esto es, entre regiones como Siria e Irak, por ejemplo. Estos activistas, al ser nacionalistas adelantados a su época, no sólo vivieron marginados en su propia sociedad sino que hubieron de enfrentarse a la dura represión de las autoridades otomanas, que querían desactivar, con su escarmiento, la posibilidad de que otros dieran en seguir sus pasos. Los nacionalistas que se empeñaron en promover sus sueños políticos se vieron obligados a partir al exilio.
La primera guerra mundial y el subsiguiente acuerdo de posguerra constituyeron uno de los períodos más trascendentales de la moderna historia árabe. En octubre de 1918 se puso fin definitivamente, en todo el mundo árabe, a cuatro siglos de dominación otomana. Muy pocos árabes de esos años habrían podido imaginar un mundo libre de la presencia otomana. Las reformas del siglo XIX habían extendido el poderío de Estambul, haciéndolo llegar a las provincias árabes gracias al establecimiento de una burocracia más compleja y refinada, a la construcción de grandes infraestructuras de comunicaciones como ferrocarriles y telégrafos, y a la difusión de la educación otomana, puesta al alcance de un creciente número de árabes mediante la ampliación de la red del sistema escolar. Es probable que a comienzos del siglo XX los árabes se sintieran más vinculados que nunca al mundo otomano.
Los lazos entre árabes y otomanos se intensificarían aún más después del año 1908, en tiempos de los Jóvenes Turcos. Por esa época, los otomanos habían perdido ya casi todas las provincias europeas de los Balcanes que un día poseyeran. Los Jóvenes Turcos, que habían heredado el imperio turco-árabe, se dedicarían a hacer todo cuanto estuviera en sus manos para intensificar la dominación de Estambul en las provincias otomanas. Es posible que las políticas que desarrollaron los Jóvenes Turcos no consiguieran sino la enemistad de los nacionalistas árabes, pero en cualquier caso lograron hacer que la independencia árabe pareciera un objetivo inalcanzable.
Al derrumbarse el imperio otomano, los nacionalistas árabes iniciaron un período de intensa actividad, motivados por las aspiraciones de un gobierno independiente.
La nueva era a la que habrían de enfrentarse los árabes sería de hecho una era ahormada más por el imperialismo europeo que por la independencia árabe. Las potencias europeas establecerían sus respectivos imperativos estratégicos y resolverían todos los puntos de desacuerdo que todavía les separaban valiéndose justamente del proceso de paz de la posguerra. Francia añadiría Siria y el Líbano a las posesiones árabes con que ya contaba en el norte de áfrica. Gran Bretaña pasaría a dominar Egipto, Palestina, Transjordania e Irak. Pese a que todavía habrían de considerar necesario proceder a algunos pequeños ajustes en relación con la concreción de sus respectivas fronteras, las potencias europeas dibujarían en París los límites de los modernos estados de Oriente Próximo según hoy los conocemos (con la significativa excepción de Palestina). Los árabes nunca se resignarían a sufrir sin más esa fundamental injusticia, de manera que dedicarían todos los años de entreguerras a dirimir el conflicto que los enfrentaba con sus nuevos amos coloniales y a procurar la materialización de sus antiguos anhelos de independencia.

Los británicos habían irrumpido en el Oriente Próximo con la intención de integrar al mundo árabe en un imperio capaz de perdurar eternamente. Sin embargo, chocaron desde el principio con una firme oposición, en particular en Egipto, en Irak y en Palestina. A medida que la oposición nacionalista fue adquiriendo vigor y que el coste del imperio formal comenzó a situarse en cifras cada vez más altas, Gran Bretaña trataría de modificar los términos del imperio mediante la concesión de una serie de independencias nominales y la consolidación de sus intereses estratégicos a través de la rúbrica de distintos tratados. Sin embargo, ni siquiera esa concesión a sus oponentes nacionalistas habría de conseguir que los árabes se avinieran a aceptar la posición británica en el Oriente Próximo. Y al estallar la segunda guerra mundial, la resistencia interna que encontraría en el seno mismo de sus colonias árabes colocaría a Gran Bretaña en una situación extremadamente vulnerable en sus posesiones. Italia y Alemania se apresurarían a explotar la debilidad británica y a jugar con las aspiraciones nacionales árabes para situar a las Potencias del Eje en una posición de ventaja. Y conforme fuera zafándose el mundo árabe del control inglés, el imperio británico de Oriente Próximo comenzaría a revelarse más como una carga que como un activo.
El único consuelo que les quedaba a los británicos era que Francia, su rival imperial, no estaba logrando mayores éxitos en sus posesiones árabes.

La coalición árabe se internó por tanto en Palestina con la intención de atender un conjunto de objetivos de carácter más bien negativo: evitar el establecimiento de un Estado judío intruso en pleno centro de la región árabe, impedir que Transjordania ampliara sus territorios a costa de Palestina, y no dejar que el muftí diera forma a un Estado palestino viable. Con semejantes objetivos bélicos, no es de extrañar que las fuerzas árabes se vieran abrumadas por la superioridad de las tropas judías, impulsadas en cambio por la desesperada determinación de establecer definitivamente el anhelado Estado judío.
Con todo, la supremacía de los judíos en el campo de batalla se debió más a su número y a su capacidad de fuego que a cuestiones derivadas de una mayor o menor resolución. La imagen de un David judío rodeado por un agresivo Goliat árabe no se corresponde con las dimensiones relativas de los ejércitos árabe y judío.
La totalidad del mundo árabe había quedado anonadada ante la magnitud del desastre palestino. Sin embargo, en un momento de crisis como aquel, los intelectuales árabes habrían de revelarse notablemente lúcidos tanto respecto a las causas como ante las consecuencias de la pérdida de Palestina.
Inmediatamente después de la primera guerra árabe-israelí se publicarían dos obras críticas que iban a marcar la pauta tanto de la autocrítica árabe como de las posteriores reformas. El primero de esos textos era obra de Constantine Zurayk, uno de los grandes intelectuales árabes del siglo XX.
La derrota sufrida por los árabes en Palestina y el surgimiento del Estado de Israel desestabilizaron por completo a los recién independizados estados árabes. Los meses inmediatamente posteriores a la Nakba quedarían marcados por diversos asesinatos políticos y golpes de mano en Egipto, Siria, el Líbano y Jordania.
Tras el desastre de Palestina, Egipto quedó sumido en un caos político. En opinión de los integrantes de un nuevo partido religioso, la pérdida de un pedazo de tierra musulmana y la creación de un Estado judío en ese territorio constituía poco menos que una traición al islam.
El desastre palestino vino a suponer, en un sentido muy real, el fin de la influencia europea en el mundo árabe. El problema palestino había sido creado por Europa, y la incapacidad de los dirigentes europeos para resolverlo no vendría a ser sino un reflejo de la debilidad en que se hallaba sumido el propio continente europeo tras la segunda guerra mundial. Gran Bretaña y Francia saldrían de esa gran conflagración convertidas en potencias de segunda fila. La economía británica estaba hecha jirones tras el esfuerzo bélico, y la moral francesa había quedado conmocionada tras los años de la ocupación alemana. Ambas naciones tenían demasiado que reconstruir en sus propios territorios como para realizar grandes inversiones en el extranjero. El imperio se hallaba en franca retirada, y toda una serie de nuevas potencias habían empezado a dominar el escenario internacional.
Los jóvenes oficiales que consiguieron alcanzar posiciones de poder en la Siria de 1949, en el Egipto de 1952 o en el Irak de 1958 carecían de vínculos con Gran Bretaña y Francia, así que optaron por poner sus miras en las nuevas potencias mundiales: los Estados unidos y la superpotencia rival, la unión Soviética. La era imperial había llegado a su fin y se inauguraba un nuevo período, definido por la guerra fría. Los árabes iban a tener que adaptarse a un nuevo conjunto de normas.

El mundo árabe cruzaría el umbral de la nueva era de la guerra fría sumido en un estado de fermentación revolucionaria. El antiimperialismo de los años de entreguerras recobraría renovado vigor al término de la segunda guerra mundial. La hostilidad hacia Gran Bretaña y Francia haría estragos tras la guerra de Palestina. Esto vendría a complicar la situación de Gran Bretaña en Egipto, Jordania e Irak, donde el Reino unido disfrutaba todavía de la condición de aliado preferente de las monarquías que él mismo había creado.
Los viejos políticos nacionalistas, así como los reyes a quienes servían, quedaron desacreditados al revelarse impotentes para cortar radicalmente con la dominación imperial británica. Una legión de nuevos partidos radicales, cuyo espectro ideológico abarcaba desde el ideario islamista de los Hermanos Musulmanes a las posiciones de los grupos comunistas, rivalizaba por conseguir la lealtad de la nueva generación de nacionalistas.
La ideología fundamental de la época habría de ser el nacionalismo árabe. En la década de 1940, el deseo común de todos los pueblos árabes consistía en verse libres de la dominación colonial, pero ahora tenían aspiraciones políticas más ambiciosas. La mayoría de las gentes del mundo árabe creían hallarse unidas por una lengua, una historia y una cultura comunes, elementos todos ellos fundados en el pasado islámico que compartían, lo que daba lugar a una cultura común tanto a musulmanes como a no musulmanes. Los árabes querían disolver las fronteras diseñadas por las potencias imperiales para dividirles y levantar una nueva comunidad económica árabe basada en los profundos vínculos históricos y culturales que unían a los distintos pueblos que integraban el mundo árabe. Creían asimismo que la única forma de recuperar la pasada grandeza árabe en el escenario mundial pasaba por restaurar su anterior unidad. Movidos por esa idea se echarían a la calle, a millares, para protestar contra el imperialismo, para censurar los fallos de sus diferentes Gobiernos y para exigir la unidad árabe.
La Revolución egipcia había transformado por completo la realidad del mundo árabe. A lo largo de la década de 1950, Egipto había logrado convertirse en el Estado más poderoso de la región y Nasser se había visto elevado al rango de líder indiscutible de los estados árabes.
Nasser alcanzó la cima de su poder en 1958, al fusionar a Egipto y Siria en la República árabe unida. Dicha unión causó una fortísima conmoción en todo el mundo árabe, hasta el punto de que la onda expansiva estuvo a punto de derribar los frágiles Gobiernos de algunos estados vecinos como el Líbano y Jordania. Los nacionalistas árabes recibieron con los brazos abiertos la perspectiva del desplome de la monarquía hachemita de Jordania y del Gobierno cristiano y pro occidental del Líbano, con la esperanza de que ambas naciones acabaran integrándose en la República árabe unida. La revolución iraquí de 1958 que vino a derrocar a la monarquía hachemita de Bagdad pareció anunciar el advenimiento de un nuevo orden árabe marcado por la unión de Egipto con el Creciente Fértil, perspectiva que habría colmado las expectativas de los nacionalistas árabes, que deseaban la creación de un superestado árabe progresista y unificado.
La decisión de Irak de permanecer al margen de la República árabe unida constituyó un punto de inflexión decisivo. Desprovistos del vehemente apasionamiento y del empuje que habría supuesto para la RAU la integración de Irak —y de hecho también la de Jordania o el Líbano—, Egipto y Siria se vieron sin más cometido que el muy prosaico de lograr que funcionase el Estado híbrido que habían constituido. Sin embargo, el fracaso habría de llamar a su puerta. El nacionalismo árabe pasó página, y Nasser, que ya había alcanzado la cumbre del éxito en la década de 1950, comenzó a sufrir una serie de reveses y descalabros que iban a marcar la década de 1960, estampando en ella el marchamo de la derrota.

En el transcurso de la década de 1950, Gamal Abdel Nasser y los Oficiales Libres iban a ponerse a la cabeza de Egipto y del mundo árabe tras una serie de insólitos triunfos. La palabra «Nasserismo» pasó a convertirse en la expresión dominante en el lenguaje del nacionalismo árabe. En todo el mundo árabe, un gran número de hombres y mujeres empezaron a creer que el presidente egipcio había concebido un plan maestro para unificar al pueblo árabe y conducirlo a una nueva era marcada por la independencia y el poder. Y al realizarse la unión de Siria y Egipto vieron sus esperanzas finalmente materializadas.
La notable secuencia de éxitos de Nasser llegaría no obstante a su fin en la década de 1960. La unión con Siria se deshizo en 1961. El ejército egipcio quedó empantanado en la guerra civil del Yemen. Además, en el año 1967, Nasser embarcó a la nación egipcia y a sus aliados árabes en una desastrosa guerra con Israel.
La República Árabe Unida acabaría transformándose en un desafío superior a todo cuanto Nasser hubiera podido imaginar jamás. Según se dice, Shukri al-Kuwatli, el dos veces depuesto presidente sirio, habría advertido a Nasser de que Siria le resultaría «un país difícil de gobernar». Así lo explica el propio al-Kuwatli: «El 50 por 100 de los sirios se tienen a sí mismos por líderes nacionales, el 25 por 100 se consideran profetas, y el 10 por 100 se imaginan que son dioses».
En el año 1970, el mundo árabe se hallaba drásticamente dividido en estados claramente diferenciados, cada uno de ellos provisto de intereses propios que salvaguardar. Después de esa fecha surgirían sin duda nuevos intentos de lograr la unidad de los estados árabes, pero ninguno de ellos llegaría a poner en peligro en ningún caso la integridad de los estados implicados, y ninguno de esos empeños conseguiría tampoco perdurar. Los planes de unidad de las décadas de 1970 y 1980 no serían más que una sucesión de estrategias de relaciones públicas concebidas para conferir legitimidad a unos Gobiernos árabes que sabían que el nacionalismo árabe todavía resultaba notablemente atrayente para sus ciudadanos. Los Gobiernos seguirían defendiendo retóricamente los temas que ocupaban la mente de todos los árabes, aunque sin ninguna convicción de fondo: asuntos como los de luchar contra el enemigo sionista y liberar la patria palestina. Sin embargo, todos se ocupaban ya de la promoción de sus intereses particulares como tales naciones. Además, una nueva fuerza estaba empezando a hacerse notar en el Oriente Próximo, dado que los recursos petrolíferos de la región habían comenzado ya a generar una inmensa riqueza y a conceder a los árabes una notable influencia en la economía mundial.

El poder del petróleo estaba llamado a moldear el mundo árabe durante los azarosos años de la década de 1970. La naturaleza había repartido irregularmente los yacimientos petrolíferos entre los distintos estados árabes. Si exceptuamos Irak, donde los caudalosos Tigris y Éufrates habían permitido el mantenimiento de grandes poblaciones agrícolas a lo largo de miles de años, las mayores reservas petrolíferas se encontraban en los países árabes de menor densidad de población: Arabia Saudí, Kuwait y el resto de países del Golfo Pérsico, junto con Libia y Argelia en el norte de África. en Egipto, Siria y Jordania se realizaron hallazgos de poca importancia, pero la cantidad de crudo detectado no alcanzaba a cubrir siquiera la demanda local.
En el mundo árabe se descubriría petróleo por primera vez a finales de la década de 1920 y principios de los años treinta. Durante cuatro décadas, las compañías petrolíferas occidentales disfrutaron sin traba alguna del control de la producción y la comercialización de los hidrocarburos árabes. Los gobernantes de los países productores de petróleo comenzaron a enriquecerse, y en las décadas de 1950 y 1960 empezaron a desarrollar planes para trasladar los beneficios de la producción petrolífera a sus empobrecidas poblaciones.
Los primeros empresarios petrolíferos que abrieron camino en el Golfo Pérsico corrieron riesgos muy patentes. Hubo compañías que realizaron perforaciones durante años sin poder mostrar siquiera como resultado de su esfuerzo un mono de trabajo embadurnado de crudo. Sin embargo, en la década de 1930 serían cada vez más los hombres de negocios llamados a encontrar la gallina de los huevos de oro en Arabia. en el año 1932, la Standard Oil de California descubriría petróleo en Bahréin. en 1938, la compañía Caltex descubrió importantes reservas en Kuwait. Y ese mismo año, la Standard Oil de California daría con el primer yacimiento de la provincia oriental de Arabia Saudí, tras seis años de búsquedas infructuosas.
Daba la impresión de que, de pronto, hasta el más rico y poderoso de los estados productores de petróleo se hallaba peligrosamente expuesto a la pujante fuerza del islamismo político. Una nueva generación estaba accediendo a posiciones de poder en el mundo árabe, una generación que no creía ya en la retórica del nacionalismo árabe. Sus integrantes habían quedado desencantados con sus dirigentes políticos, al ver que tanto los reyes como los presidentes árabes se construían palacios con dinero obtenido mediante prácticas corruptas y no tenían el menor inconveniente en dar prioridad a su poder personal, postergando el bien común de los árabes cuyo destino les había sido confiado. A los miembros de la joven generación no les gustaba ni el comunismo ni el ateísmo de la Unión Soviética. Creían además que los Estados Unidos no eran sino una nueva potencia imperial centrada en el ejercicio de una política basada en la máxima del divide y vencerás, desuniendo de este modo a los estados árabes y anteponiendo la promoción de los intereses de Israel a los derechos de los palestinos. La lección que habían extraído de la revolución iraní se resumía en una convicción: la de que la fortaleza del islam superaba al empuje de todos sus enemigos juntos. Unidos en la eterna verdad de su religión, los musulmanes podían derribar a los autócratas y plantar cara a las superpotencias. El mundo árabe estaba entrando en una nueva etapa de cambio social y político fundada en el poder del islam.

En el transcurso de la década de 1980 un importante número de movimientos islámicos decidiría poner en marcha una lucha armada, ya fuera para derrocar a sus dirigentes laicos o para repeler a los invasores extranjeros. Los islamistas esperaban establecer un estado islámico gobernado de acuerdo con la sharía, una ley que según su firme creencia era la ley de alá. Hallaban motivación en el éxito de la revolución iraní de 1979 y en la creación de la república Islámica de Irán. en Egipto, una rama escindida del movimiento se las había ingeniado para asesinar al presidente Anuar el-Sadat. en Siria, los Hermanos Musulmanes habían desencadenado una guerra civil contra el Gobierno baazista de Hafez al-Asad. Hezbolá, el movimiento paramilitar de los chiitas libaneses, profundamente influenciado por la república islámica de Irán, consideraba que los Estados Unidos e Israel no eran sino las dos caras de una misma moneda y había tratado de infligir a ambos países una completa derrota en el Líbano. La yihad de Afganistán luchaba tanto contra enemigos internos como contra adversarios exteriores, centrando su empresa en combatir a las fuerzas de ocupación soviéticas y al Gobierno comunista de Afganistán, que era abiertamente hostil al islam. Los islamistas de Gaza y Cisjordania abogaban por librar una yihad a largo plazo contra el estado judío a fin de volver a poner la región de Palestina en manos del mundo islámico, regida por un gobierno musulmán. Los éxitos militares logrados por Hezbolá al forzar la total retirada de los Estados Unidos y el repliegue de los israelíes, junto a los conseguidos por los muyaidines afganos al obligar a los soviéticos a evacuar Afganistán en 1989, no habían dado como resultado los sublimes estados islámicos que los ideólogos esperaban materializar. Tanto el Líbano como Afganistán permanecerían enzarzados en sus respectivas guerras civiles mucho después de que sus enemigos externos se hubieran visto obligados a marcharse.
Además, los islamistas se sintieron alentados al constatar los importantes cambios producidos en el ámbito político a finales de 1989. Las certezas de la guerra fría estaban desmoronándose tan rápidamente como el Muro de Berlín, que se desplomaría definitivamente el 9 de noviembre de ese año, señalando el fin de la rivalidad entre los Estados Unidos y la Unión Soviética e inaugurando un nuevo orden mundial. Serían muchos los islamistas que interpretaran que el derrumbamiento del poder soviético constituía una prueba de la bancarrota moral del comunismo ateo y un presagio de la nueva era islámica. Sin embargo, en lugar de ese advenimiento, se encontraron inmersos en un mundo unipolar dominado por la única superpotencia que había logrado mantenerse en pie: los Estados Unidos de Norteamérica.
Al término del siglo XX, el mundo árabe estaba llamado a conocer un importante número de transiciones. Tres dirigentes que durante décadas habían sido otros tantos pilares de la política árabe morirían, siendo sucedidos por sus hijos. El Oriente Próximo había permanecido estático bajo la dominación de un grupo de gobernantes particularmente longevos. La sucesión de dichos mandatarios elevaría al poder a una nueva generación, despertando esperanzas de reforma y de cambio. Sin embargo, el hecho de que tanto las monarquías como las repúblicas tendieran a estar regidas por una única familia actuaría en contra de la concreción de toda transformación significativa.
La capacidad de Al Qaeda para golpear en los puntos vulnerables de la armadura estadounidense comenzó a suscitar verdaderas preocupaciones en los círculos próximos a la Casa Blanca. en enero de 2001, el director de la CIA, Tenet, advirtió a Bush de que la red terrorista de Bin Laden no sólo representaba una «amenaza tremenda» para los Estados Unidos, sino que dicha amenaza podía materializarse «de forma inmediata». Sin embargo, y a diferencia de Saddam Hussein, acantonado en Irak, Bin Laden era un blanco móvil y esquivo. Nadie veía con claridad qué medidas políticas podía autorizar el presidente para atajar el peligro que Bin Laden suponía.
Bush comenzó a operar desde el despacho oval convencido de que se había logrado contener la inseguridad potencial derivada de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, y no parece que la coacción terrorista que representaba la red de Bin Laden le preocupara particularmente. Durante los nueve primeros meses de su mandato, Bush centraría todas sus prioridades en China.
Los extraordinarios acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 cambiarían las prioridades de Bush, abriendo un período presidido por una implicación máxima de los Estados Unidos en los problemas de Oriente Próximo, una implicación de hecho superior a la que jamás hubieran tenido con esa región en toda su historia moderna. Y también habría de inaugurar la época de mayor tensión que haya conocido el mundo árabe en el último par de siglos.

En los estados árabes del Golfo Pérsico se están abordando hoy muchos de los déficits que señalan los autores del Informe sobre el desarrollo humano árabe. La riqueza que han obtenido gracias a los ingresos petrolíferos ha dado a dichos países la posibilidad de conectar con la economía global. Sus ciudadanos participan cada vez más en las tareas de gobierno, bien al ser nombrados para el desempeño de un cargo, bien tras ser elegidos en una votación democrática —así está sucediendo en Kuwait, Bahréin e incluso Arabia Saudí, nación que cuenta con el órgano consultivo de la Shura—. en el Golfo Pérsico, los medios de comunicación libres están conociendo una difusión sin precedentes, sobre todo en el campo de la televisión por vía satélite, y algunas cadenas, como la de al-Jazeera en Qatar, o la de al-Arabiya en los emiratos Árabes Unidos, emiten debates plurales que no se ven obstaculizados por las fronteras del mundo árabe y que se hayan lejos del alcance de los censores gubernamentales. Además, la presencia de universidades nuevas, ya se trate de instituciones nacionales o de campus fundados por establecimientos extranjeros de primera magnitud, está empezando a proporcionar una gama de oportunidades educativas y un nivel de formación profesional mejor y más amplio que cualquiera de los que hayan conocido los árabes hasta la fecha.
Para que el mundo árabe quiebre el ciclo de subordinación a normas adaptadas a las necesidades de sociedades ajenas será precisa la conjunción de dos factores: que las potencias dominantes de nuestra época acierten a implicarse equilibradamente y que en el seno del propio mundo árabe surja la determinación de emprender un conjunto de reformas. En este momento en que la región parece salir del tenebroso período de la guerra contra el terrorismo cabe pensar que pueda empezar a discernirse el inicio mismo de dicho círculo virtuoso. Sin embargo, será preciso acometer otro gran número de iniciativas mediante la aplicación de las teorías de resolución de conflictos y el comienzo de todo un conjunto de reformas políticas antes de que los árabes puedan dejar atrás una historia marcada por los enfrentamientos y las decepciones y logren materializar sus cualidades potenciales y colmar las aspiraciones que les animan en la era moderna.

Los miedos de occidente parecen infundados. La victoria que han obtenido los islamistas en las urnas es más el reflejo de una realidad política que la expresión de un auténtico entusiasmo religioso. Los partidos islamistas de la región cuentan con una buena organización y poseen además una adecuada capacidad para recaudar fondos —circunstancia que resulta imprescindible para que cualquier partido político alcance a optar por el triunfo—. Se han granjeado además el sólido apoyo del grueso de la población, dado que han trabajado para cubrir las necesidades de las personas corrientes, procurándoles servicios sociales, ayudas alimentarias, acceso a la educación y otras prestaciones similares.
Las nuevas democracias del mundo árabe tienen tres retos ante sí. El primero de ellos pasa por la formación de los nuevos gobiernos de mayoría islamista en Túnez y en Egipto. En este sentido, los primeros signos resultan muy prometedores. En Túnez, el partido islamista Ennahda, que ha salido victorioso, ha optado por formar una coalición con dos partidos laicos liberales, lo que le proporciona una base social notablemente amplia. De manera similar, en Egipto, el Partido de la Libertad y la Justicia de los Hermanos Musulmanes ha declarado tener la intención de formar gobierno con la coalición liberal de los Egipcios Libres en lugar de instituir un gobierno islamista con el partido salafista Al Nour.
El segundo desafío al que han de hacer frente los gobiernos posrevolucionarios del mundo árabe es el relacionado con la redacción de unas constituciones que no sólo se muestren capaces de consagrar los valores de esta nueva era democrática sino que sepan concitar el pleno apoyo del conjunto de sus ciudadanos: el de los hombres y el de las mujeres, el de las mayorías y las minorías —tanto religiosas como étnicas—, y el de los ciudadanos en general, ya sean laicos o se hallen adscritos a una confesión concreta.
El tercer y último punto que habrá de recoger este nuevo período de pluralismo político árabe no se hará patente sino con la llegada de las futuras elecciones, cuando los partidos que hayan venido ejerciendo el poder hasta ese momento se enfrenten al riesgo de perder su posición preeminente. Si todos los partidos acatan las reglas de la Constitución y aceptan que en la voluntad soberana de los ciudadanos reside la potestad de elegir y cambiar el gobierno mediante el voto podrá decirse que las revoluciones del año 2011 han alcanzado su culminación. Lo más probable es que todo esfuerzo encaminado a subvertir las reglas de juego termine provocando nuevas acciones ciudadanas. Como ya dejaron dicho en muchas ocasiones los manifestantes egipcios a lo largo de todo el 2011, la gente no ha olvidado dónde se encuentra la Plaza Tahrir, de modo que sabría perfectamente regresar a ella.
El año 2011 ha revelado ser un punto de inflexión en la moderna historia árabe.
En el año 2011, tras haber pasado cinco siglos adaptándose al mundo moderno y rigiéndose en función de unas reglas concebidas por otras sociedades, los árabes han comenzado a sacudirse de encima esa sensación de impotencia que Samir Kassir señalaba en 2004: la de «no ser sino un peón de poca monta en el tablero del ajedrez mundial». a medida que los árabes vayan dejando atrás el primer año de su revolución irá naciendo en ellos la aspiración a la consecución de nuevas libertades en sus respectivos países y el deseo de ser tratados con mayor dignidad en la esfera internacional cuando intervengan en la configuración del mundo del siglo XXI, sujeto a tan rápidas transformaciones.

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This book is ambitious in scope but falls short of expectations in that aspect. However, it still makes for an interesting read, albeit one focused heavily on the modern Arab World as opposed to the Arab world throughout history.
The book starts with the brutal Ottoman conquest of Mamluk Egypt, in the 16th century, glossing over the Golden Age of the Arab World, and the cultural and ethno-linguistic process of Arabization that made it ‘Arab’ in the first place. I felt like the book lacked something crucial by omitting these things.
The first part was focused on Egypt and the Levant, and went by quickly enough. However, there wasn’t much said about other the other Arab regions, like the Maghreb. Soon enough, I found my interest flagging (towards the middle), when the book discusses the colonization of Egypt and the Levant. It felt like the author was sacrificing depth for length and speed.
However, the second part of the book, from the post WWI era onwards changed all that. It begins with the tumultuous shockwaves in Arab societies caused by nationalism and the Palestinian-Israeli conflict. It was very detailed, and well written, with focus on the various Arab peoples. This section more than made up for the slow read that preceded it. Rogan ties up the various roots of the issues that plague the MENA region so as to present a comprehensive picture of why things are the way they are now, and what they were like before.
I have a feeling this book would have been even better as an anthology of three or so parts, given Rogan’s expert knowledge on the Middle East.

As the title suggests, the emphasis in this book is on the history of the Arab peoples, which means that unlike other Middle East history books, Turkey and Iran aren’t really covered much (aside from their influence on the Arab nations) because their peoples aren’t really Arab themselves, despite having a significant Muslim presence and being so close by. Instead, you get plenty more coverage of the North African Arab nations west of Egypt: Morocco, Algeria, Tunisia, and Libya, and it was great to be able to fill in the picture from those perspectives. The emphasis here is more on modern history approaching 20th century also, although this time there isn’t a book subtitle to make that clear.
The main thing that differentiates this from a standard non-fiction history textbook is that it comes with more vivid descriptions and details of events, often quoted directly from people who experienced them firsthand. It’s great to have if you like hearing things firsthand ala documentary style. While it does make it a bit harder to recall the big picture sometimes, there’s usually enough context and explanation provided to allow you to discern things at that level. But anyway, the details are the main thing that drew me to this book after finishing the last one; otherwise I don’t think I’d have bothered as much.
Basically another solid read if you’re looking for an introduction to Middle East history, and probably a bit more accessible than other comparable works. The main concept that Rogan tries to get at is that the Arab peoples have struggled for ages to get to a point of being able to determine their own destiny, and to this day have been largely deprived of that right by both foreign intervention and internal sectarianism. It’s a crisis that continues to plague their consciousness today, in the face of a seemingly endless stream of suicide bombings and political assassinations and conflicts and civil wars and so on. This book actually came out before the Arab Spring happened, but from the way it ends off, there’s no surprise why it did.

It’s a long one, but it reads fast. Lots of names, places, and dates, so it’s helpful if you have some familiarity with the region before reading (although the author has the useful habit of reminding you who various people are when he reintroduces them, if they’re not household names on the Arab street).
If you’re American, Israeli, French, or British, prepare to be pummeled as the book has a distinctly anti-Western and especially anti-Israel bent, which is a shortcoming of the book given that the truth is complicated and the author’s biases come across as blatant and unrestrained.
That aside, it’s a great book, telling what is often the tragic story of the Arab people in the last hundreds of years. I’d recommend it to anyone spending time in the region or interested in the perspectives we often don’t hear in the American press.
The other shortcoming: the book spends some 600 pages describing the various calamities of the conquerors, despots, and atrocities that the resilient Arab people face, but like two pages discussing what it all means and where we go from here. It made his biases that much more frustrating since the author seemed to attempt to couch them in a fact-based history vs. just stating his opinion. But again, not enough to dissuade me from recommending the book.

The first five centuries after the emergence of Islam define a time span that extends from the 7th century to the 12th century of the current era, and it is the time of the great Islamic empires that managed to rise to the dominance in world affairs. The Arabs would enjoy in that period an international presence that would make them flourish from Iraq and Arabia to Spain and Sicily. The era of primitive Islam is a source of pride for all Arabs, as it represents a past period marked by the fact that, in its course, the Arabs became the dominant power in the world. However, this period acquires a particularly intense resonance in the case of Islamists, since they argue that the greatness of the Arabs has always gone hand in hand with the fidelity and vigor of their adherence to the Muslim faith.
«The cultural Renaissance of the 19th century,» he writes, «the famous nahda, illuminated a large number of Arab societies.» Throughout the 20th century, the Nahda came to shape a modern, secular culture in the Arab world. «Egypt then founded the third oldest film industry in the world, while from Cairo to Baghdad and from Beirut to Casablanca, painters, poets, musicians, playwrights and novelists set about shaping a new and dynamic Arab culture.» Society began to change, education spread, and women began to pull back the veil behind which they had remained hidden.
Nahda culture was also called to shape Arab politics in the 20th century, and as Arabs gradually abandoned colonial subjection and began to gain independence, they also began to play a leading role in world politics. Kassir lists here the list of the most notable examples: «Nasser’s Egypt, for example, was one of the pillars of the Afro-Asian movement and the subsequent movement of non-alignment; independent Algeria became the driving force of the entire African continent; or think if not of the Palestinian resistance, which was used to advance the cause of democratic rights without succumbing to the victimizing ideology so prevalent today.

Examining Arab history from the perspective of the dominant norms in a certain historical period allows us to distinguish in the modern era the existence of four distinct phases: the Ottoman era, the European colonial era, the era of the Cold War, and the current era marked by American domination and globalization. The trajectory that Arab history follows when going through these different periods is characterized by the existence of ups and downs in which a greater or lesser degree of sovereignty and freedom of action predominate alternately. And this is because saying that the Arab world has been subjected to foreign norms does not imply affirming that the Arabs have been passive subjects of a unilinear history of uninterrupted decline. In the modern world, Arab history presents an enormously dynamic profile, so it is the Arab peoples who must be held responsible both for their successes and for their failures. They have operated according to those imposed rules.
The Cold War came to an end shortly after the Berlin Wall fell in 1989. For the Arab world, the new period, marked by unipolar hegemony, would begin in 1990, with the Iraqi invasion of Kuwait. When the Soviet Union voted in favor of a United Nations Security Council resolution authorizing the Americans to lead the war against Iraq – a former ally of the Kremlin – the Iraqi penetration of Kuwait was numbered. The certainties of the Cold War had ushered in an era defined by the unlimited power of the American power, so many in the region feared the worst.
The rules of the new era of American domination are perhaps the most difficult to define. What we find is that, throughout the last decade of the 20th century and the first decade of the 21st century, three of the American presidents have taken very different political measures. For George H. W. Bush, who was in office at the time the Soviet Union collapsed, the end of the Cold War came to signal the beginning of a new world order. In Bill Clinton’s time, internationalism and involvement in world affairs continued to be the hallmarks of American politics. However, with the arrival of the neoconservatives to power, with the election that would elevate George W. Bush to the presidency of the United States in 2000 consummated, the American superpower began to practice unilateralism. In the wake of the commotion caused by the attacks against the United States that occurred on September 11, 2001, this type of policy would have a devastating impact on the region as a whole, leading to a war against terrorism that would have to focus in the Muslim world and make Arabs the top suspects.

The Ottoman conquest of the Mamluk empire was a crucial turning point in Arab history. The fateful armed clash between Mamluk swordsmen and Ottoman musketeers would signal the end of the medieval era and the beginning of the modern era in the Arab world. The Ottoman victory would also mark the moment when, for the first time since the rise of Islam, the Arab world came to be governed from a capital that was not in Arab hands. The Umayyads, the first Islamic dynasty, had led their empire — in rapid expansion — from the city of Damascus (between 661 and 750 AD). The Abbasid caliphate (750-1258) would rule the destinies of the largest Muslim empire of the time since Baghdad. Founded in 969, Cairo had served as capital to no less than four dynasties before the Mamluk eruption in 1250. From 1517 onward, the Arabs would be forced to negotiate their role in the world. based on rules established in foreign capitals, a political reality that was to reveal itself as one of the defining characteristics of modern Arab history.
Having said this, we must add, however, that the transition from Mamluk domination to the Ottoman domination was going to be easier than initially feared at the time when Selim the Severe materialized his bloody conquests. Turkish-speaking foreigners had ruled the Arabs since the 13th century, and the Ottomans were in many ways similar to the Mamluks. The elites of both empires had originated within Christian slave groups. The two empires were bureaucratic states that respected religious laws and protected Islamic domains from foreign threats through large armies. Furthermore, we are too early to speak of a clear Arab identity capable of opposing «foreign» domination. In this period, prior to the era of nationalism, identity was linked either with the tribe itself, or with the city from which one originated. If the Arabs already thought in terms of an identity with broader horizons, it was much more likely to be based on religion than on ethnic characteristics. For most Arabs — that is, for most Muslims, Sunni in confession — the Ottomans were perfectly acceptable rulers.
The Ottomans faced a real challenge when they set out to devise a viable administrative structure to govern their new Arab possessions. The Arabs had been absorbed into the sphere of the Ottoman Empire at a time when it was expanding rapidly both in Persia and in the Black Sea and Balkan regions. The empire’s territorial size grew at a rate far greater than the government’s ability to train and place capable administrators in its new acquisitions. Only the regions closest to the Ottoman territorial nucleus —as was the case of the city of Aleppo, located in the north of Syria— were subjected to a classically Ottoman domination. The further we get away from Anatolia, we see that the more the Ottomans made an effort to preserve the pre-existing political order in order to ensure that the transition to the new regime was as smooth as possible. More concerned with pragmatism than ideology, what most interested the Ottomans was the preservation of law and order, as well as the periodic collection of taxes attributable to their new possessions: they certainly preferred this to imposing their own customs on the Arabs. Consequently, the Ottoman domination of the Arab provinces was marked, during the first years after the conquest, by great diversity and wide autonomy.

The first provincial constitution would be drawn up in Egypt in the moments immediately after the rebellion organized by Ahmed Pachá in the year 1525. The grand vizier of Sultan Suleiman II, Ibrahim Pachá, would make the Kanunname the central element of his mission, consisting of restoring the authority of the sultan in Egypt. The document has an eminently general character, since it determines the administrative framework from top to bottom, even descending to the level of the villages. It establishes the responsibilities of those who hold a position related to the maintenance of security, the preservation of the irrigation system and the collection of taxes. The rules regarding cadastral studies, pious donations, the conservation of granaries and the management of seaports are clearly specified.
Instead, a very different autonomous governance system was to develop in the eastern Mediterranean. The Lebanese mountain range had long sought refuge for unorthodox religious communities fleeing from their persecutors. Two of these communities – that of the Maronites and that of the Druze – would end up devising their own system of government. Despite the fact that the highlands of Lebanon (also known as the Lebanese mountain range or the Lebanese mountains) were to remain under Ottoman rule along with the rest of Syria in the year 1516, that is, at the time of the conquest of Selim the Severe, the Sublime Puerta preferred to let the inhabitants of the region govern themselves in their abrupt solitudes.
The Maronites had sought the safety of the northern mountains of Lebanon in the late 7th century, fleeing persecution from rival Christian sects of what was then the Byzantine empire. They had supported the crusades during the Middle Ages and subsequently enjoyed close relations with the Vatican. In 1584 a Maronite college dedicated to teaching theology to young Maronites of better gifts would be opened in Rome, thus consolidating the ties between the Maronite community and the Roman Catholic Church.
Until the middle of the 18th century, the Ottomans managed to manage all this diversity with some success. They had had to face numerous challenges, mainly in the Lebanese mountain range and Egypt, but the application of different strategies had allowed them to secure their dominance, ensuring that no local warlord was able to pose a lasting threat to the Ottoman center of power. However, the dynamics established between said center of power and the Arab periphery would undergo significant changes in the second half of the 18th century. New leaders would emerge, but this time they would choose to join forces and seek to obtain a capacity for autonomous action, in clear defiance of the Ottoman system. These new alliances would have to be concluded on more than one occasion with the European enemies of the Ottoman Empire, so that the new regional leaders would end up posing a real challenge to the Ottoman State, to the point that at the beginning of the 19th century, it would reach jeopardize the very survival of the empire.

In the middle of the 18th century, the Ottomans and the Arabs, who had walked together until then, found themselves at a crossroads.
At first glance, the Ottomans had managed to absorb the Arab world, incorporating it into their empire. Over the course of two centuries, the Ottomans had extended their dominion from the southernmost tip of the Arabian peninsula to the borders of Morocco in north-western Africa. The Arabs accepted the Ottoman Sultan everywhere, considering him their legitimate sovereign. They prayed every Friday for the soul of the sultan, sent their young men to war in the monarch’s contests, and paid the taxes to the collectors of the Sublime Gate. The great majority of the Arab subjects, that is, the great majority of those who dedicated themselves to plowing the land in the countryside, as well as the group of city dwellers who made their living as artisans or merchants, had accepted this kind of Ottoman social contract. In return, they all hoped to gain greater personal security, better protection of their property, and preservation of Islamic values.
All in all, the Arab territories were undergoing a major transformation. If in the first centuries of Ottoman rule the Arabs had been excluded from the most prominent posts – since these posts, being free Muslims, were reserved for subservient elites recruited through the devshirme, or «cam of boys» – In the mid-eighteenth century things had changed, since the local notables managed to ascend to the highest steps of the provincial Administration, even taking the title of «pachás».
In the 20th century, oil would come to put the Middle East on the map. On the other hand, in the 18th century, it was cotton that generated the immense wealth of the eastern Mediterranean. European demand for cotton dates back to the 17th century. If Lancaster County’s British spinning mills worked primarily with cotton from the West Indies and American colonies, the French obtained the bulk of their cotton imports from the Ottoman markets. As spinning and weaving technologies improved over the course of the 18th century, leading to the industrial revolution, European demand for cotton would begin to reach all-time highs. French imports of cotton from the eastern Mediterranean would multiply by more than five, rising from two million one hundred thousand kilos in 1700 to almost eleven million kilos recorded in 1789. The cotton that was most appreciated in European markets was produced in the Galilee region in northern Palestine. In this way, the wealth generated by the cotton of this area would feed the ambitions of a local dynasty whose power would become sufficiently established to challenge the domination that the Ottomans exercised at the time in Syria.
This strong man from the Galilee region was called Daher el-Omar (c. 1690-1775). Daher was one of the leaders of the Zaidaní, a Bedouin tribe that had settled in the Galilee region in the 17th century and had managed to dominate the vast farmland that stretches between the towns of Safed and Tiberias. This tribe had managed to establish strong commercial ties with Damascus, so it began to amass a respectable family fortune by controlling the cotton plantations in the Galilee region. Daher belonged to the third generation of Zaidani sheikhs in the area. Despite not being particularly well known in the West, Daher has enjoyed great celebrity in the Arab world for centuries. He is often described — albeit anachronistically — by saying that he was a sort of Arab or Palestinian nationalist because of his record of confrontation with Ottoman governors. When he died he was already a legend, and two biographies about him had already been written and published, almost in his lifetime.
Daher’s long and remarkable career would begin in the 1730s by forging an alliance with a Bedouin tribe to take over the population of Tiberias, which was hardly more than a village at the time. He managed to consolidate his earnings by obtaining from the Governor of Sidon an official designation for which he became tax collector of the Galilee region. Daher then concentrated his efforts on fortifying Tiberias Square and organizing a small militia of about two hundred horsemen.

The real reasons that had pushed Napoleon to invade Egypt in 1798 were geostrategic, not cultural. During the second half of the 18th century, France’s main rival was Great Britain. These two European maritime powers were striving to gain supremacy in a number of settings, including the two Americas, the Caribbean, Africa and India. The British and French commercial companies had fought crude confrontations to decide who should correspond to the prevailing position in India, to the point that only the Seven Years’ War (1756-1763) would be able to settle the litigation that had given rise to to these clashes, when the British defeated the French and thus consolidated their hegemony in the subcontinent. France would not be able to resign itself to coping with the losses it has just suffered in India.
When the French Revolutionary Wars broke out in 1792, Great Britain and France resumed their hostilities. Napoleon, who was looking for a way to harm British interests, set his sights on India. By seizing Egypt, he hoped to dominate the eastern Mediterranean and thus blind the strategic trade route that connected – by sea and by land – Europe with India, after crossing the Mediterranean, crossing Egypt to the Red Sea and reaching India by sailing across the indian ocean. The British realized that Napoleon was assembling a large expeditionary force in Toulon and suspected that it might be an imminent attack on Egypt. Admiral Horacio Nelson was entrusted with command of a powerful squadron to intercept the French fleet. The truth is that Nelson managed to get to Egypt before the French, where he would have the brief and discouraging meeting with the Governor of Alexandria to which we have already referred. Nelson withdrew, along with his warships, to face Napoleon somewhere in the eastern Mediterranean.
However, the French managed to evade the encounter with the British Royal Navy, and Napoleon’s army was thus able to quickly seize Egypt. However, Nelson’s squadron would reach the French fleet a month later, and on August 1, 1798, at the Battle of the Nile, it would succeed in sinking or catching all but two French warships.
The Ottomans understood that they would not be able to reform their empire without help. They had to be inspired by the ideas and technologies that had given so much strength to their European rivals. Ottoman statesmen had noted that Mehmet Ali had successfully used modern ideas and technologies from Europe to create a state of great dynamism. The initiative to send Egyptian missions to Europe, to import European industrial technology, along with the determination to acquire its military technologies and the decision to hire technical advisers from Europe to attend the entire levels of the army and the bureaucratic system, had carried out an important role in everything Mehmet Ali had achieved.
The Ottomans were about to cross the threshold of a complex new era in their relations with their European neighbors. Europe was to become the model to be imitated, the ideal to be achieved in military and technological terms. However, Europe was also a threat that needed to be kept at bay, both because it was a belligerent power coveting Ottoman lands and because it acted as a source of new and dangerous ideologies. Ottoman reformers would thus be forced to accept the challenge of having to embrace Europe’s ideas and technology without thereby jeopardizing its values or its own cultural integrity.
The only thing the Ottomans could not afford was to ignore the progress of Europe. In the 19th century, Europe had become the dominant world power, and the Ottoman empire would be increasingly forced to submit to the rules imposed by the West.

The era of Ottoman reforms had begun at the height of the second Egyptian crisis, that is, in the year 1839. The death of Sultan Mahmut II and the accession to power of his teenage son, Abdulmecid I, could hardly have been considered a propitious moment for the announcement of a radical reform program. However, the Ottoman Empire, which was at that time under the imminent threat of the Egyptian army from Mehmet Ali, had then felt more than ever the need for the goodwill of Europe. And to ensure that Europe guaranteed the integrity of its territories and the recognition of its sovereignty, the Ottoman government had believed it necessary to demonstrate to the European powers that it was capable of adhering to the rules of governance in force in their countries as a responsible member. from the community of modern states. Furthermore, the reformers who had worked under Mahmut II were determined to consolidate the changes already begun during the reign of the late sultan, and equally determined to involve his successor in the reform process.
This double motivation was to characterize the era of Ottoman reforms: the gestures made in the field of public relations and aimed at obtaining the support of Europe came to join a genuine commitment to reform the empire in order to guarantee its survival against threats both internal and external. On November 3, 1839, the Ottoman Foreign Minister, Mustafá Reshid Pachá, would read a reform decree – on behalf of Abdulmecid I – before a group of Ottoman dignitaries and foreigners invited to attend the event in Istanbul. On that date the Ottomans began a period of administrative reforms called to transform their State, between the years 1839 and 1876, into a constitutional monarchy with an elected parliament, thus opening the period known as Tanzimat (whose literal meaning is « reorganization»).
With the financial failures of Tunisia, Istanbul and Cairo, reform initiatives in the Middle East had once again left the region at the starting point. What had started as a set of movements aimed at strengthening the Ottomans and their vassal states, protecting them against outside interference, had ended up putting the states of the Middle East in a situation of frank and growing exposure to European domination. Over the years, the informal control that the European powers exercised over the empire had tightened until it ended up becoming a direct colonial domination, since the next movement of the European empires, in the heat of expansion phase, was going to consist of completely fragment North Africa to divide the pieces.

As Europe’s interests in North Africa intensified, the incentives linked to the exercise of resounding imperial domination would grow accordingly. Around the 1880s, European powers would begin to be more concerned with promoting their national interests in the southern Mediterranean than with preserving the territorial integrity of the Ottoman Empire. The «self-limiting protocol» of the year 1840 was revealed as a simple wet paper, and the consequence would be the partition of North Africa. In 1881, France would expand its domain in Tunisia; in 1882 Great Britain occupied Egypt; in 1911, Italy would take over Libya; and in 1912, the European powers would consent to the creation of a Franco-Spanish protectorate in Morocco (the only North African state that had not renounced its independence nor had it integrated into the Ottoman empire). Before the outbreak of the First World War, all of North Africa had been brought under the direct control of the various European powers.
There were several reasons for the fact that the practice of European imperialism in the Arab world began precisely in North Africa. The Arab provinces of North Africa were far from the Ottoman center of political gravity, and in the course of the 18th and 19th centuries they would acquire increasing autonomy from Istanbul. The Arab provinces of the Middle East — that is, the regions of Syria, Mesopotamia, and the Arabian peninsula — were, however, closer to the Ottoman territorial nucleus, and with the development of the reforms undertaken in the 19th century (between the years 1839 and 1876) would end up strengthening their ties with Istanbul and consolidating their integration into the Ottoman Empire. Territories like those of Tunisia and Egypt had gone on to become vassal states of the Ottoman empire, while Damascus and Aleppo were provinces integrated into the imperial bosom. The very evolution of events by which the autonomy of North Africa would come to increase – giving rise to the emergence of different dominant families that would end up heading a series of increasingly independent governments – would finally determine that these states were more exposed to European occupation.
In addition, the North African states were relatively close to southern Europe, fundamentally close to Spain, France, and Italy. That same proximity had contributed to these states having a closer relationship with the European sphere, which in turn meant that they could more easily obtain military aid, industrial products and financial capital. North Africa was the most distant border of the Ottoman Empire, but the closest foreign region to Europe. And as this continent expanded its limits beyond the perimeter that originally corresponded to it, in what was to become, at the end of the 19th century, a new wave of western imperialism, the European states would consider it completely natural to begin this expansion with their neighbors. closer.
Libya was the last territory in North Africa that remained under the direct control of the Ottomans, and by the time France consolidated its protectorate in Morocco, Italy was already at war with the Ottoman Empire, with whom it disputed the possession of Libya. Despite being nominally part of the Ottoman Empire since the 16th century, the two Libyan provinces of Tripolitania and Cyrenaica had not been under the direct control of the Ottoman government until the 1840s, with the circumstance that the Sublime Gate had opted for exercising dominance in Libya in an extremely benevolent manner. The two provincial capitals, Tripoli and Benghazi, were strongholds where the Ottoman presence was limited to a handful of officers and the soldiers necessary to keep the peace.
Calm reigned in Egypt again, but the events of Dinshawai were not forgotten, just as the British affront was not spared either. The foundations for the emergence of a nationalist movement had already been laid in 1906. However, the nationalists of Egypt would find themselves facing a British empire that did not intend to withdraw from the Arab world, but quite the opposite: increase and expand their dominance. In fact, the British presence, both in Egypt and in the rest of the Arab world, had only just begun.

Nationalism began to emerge in the Arab provinces of the Ottoman Empire in the early 20th century. After spending nearly four centuries under Ottoman rule, it stands to reason that at first the Arab peoples included in the empire had difficulty imagining themselves as part of an independent state. The first nationalists had to face the problem of having to deal with the mixed notions that arose in relation to the aspect that an Arab state was supposed to present. Some imagined that a kingdom centered on the Arabian peninsula would have to be constituted, while others aspired to a situation in which statehood was distributed among the discrete elements that made up the Arab world, that is, between regions such as Syria and Iraq, for example . These activists, being nationalists ahead of their time, not only lived marginalized in their own society but had to face the harsh repression of the Ottoman authorities, who wanted to deactivate, with their derision, the possibility that others would continue to follow their Steps. Nationalists who were determined to promote their political dreams were forced to go into exile.
The First World War and the subsequent postwar agreement constituted one of the most momentous periods in modern Arab history. Four centuries of Ottoman rule ended definitively throughout the Arab world in October 1918. Very few Arabs of those years could have imagined a world free of the Ottoman presence. The reforms of the 19th century had extended the power of Istanbul, making it reach the Arab provinces thanks to the establishment of a more complex and refined bureaucracy, the construction of large communication infrastructures such as railways and telegraphs, and the spread of Ottoman education, made available to a growing number of Arabs by expanding the network of the school system. It is probable that at the beginning of the 20th century the Arabs felt more linked than ever to the Ottoman world.
The ties between Arabs and Ottomans would be further intensified after 1908, in the time of the Young Turks. By this time, the Ottomans had already lost almost all the European provinces of the Balkans that they once owned. The Young Turks, who had inherited the Turkish-Arab empire, would dedicate themselves to doing everything in their power to intensify the domination of Istanbul in the Ottoman provinces. It is possible that the policies developed by the Young Turks only achieved the enmity of the Arab nationalists, but in any case they managed to make Arab independence seem an unattainable goal.
As the Ottoman empire collapsed, Arab nationalists began a period of intense activity, motivated by the aspirations of an independent government.
The new era that the Arabs would have to face would in fact be an era hanged more by European imperialism than by Arab independence. The European powers would establish their respective strategic imperatives and resolve all the points of disagreement that still separated them, relying precisely on the post-war peace process. France would add Syria and Lebanon to the Arab possessions it already had in North Africa. Britain would come to dominate Egypt, Palestine, Transjordan, and Iraq. Despite the fact that some minor adjustments would still have to be made in relation to the specification of their respective borders, the European powers would draw in Paris the limits of the modern states of the Middle East as we know them today (with the significant exception of Palestine) . The Arabs would never resign themselves to suffering that fundamental injustice without further ado, so that they would dedicate all the interwar years to settling the conflict that confronted them with their new colonial masters and to trying to materialize their old yearnings for independence.

The British had broken into the Middle East with the intention of integrating the Arab world into an empire capable of enduring forever. However, they ran into strong opposition from the start, particularly in Egypt, Iraq and Palestine. As the nationalist opposition became more vigorous and the cost of the formal empire began to rise ever higher, Britain would seek to change the terms of the empire by granting a series of nominal independences and consolidating its interests. strategic through the heading of different treaties. However, even such a concession to their nationalist opponents was not going to get the Arabs to agree to accept the British position in the Middle East. And with the outbreak of the Second World War, the internal resistance it would encounter within its Arab colonies would place Britain in an extremely vulnerable position on its possessions. Italy and Germany would rush to exploit British weakness and play to Arab national aspirations to put the Axis Powers in a position of advantage. And as the Arab world was released from English control, the British Middle East empire would begin to reveal itself more as a burden than an asset.
The only consolation the British had left was that France, its imperial rival, was not achieving greater success in its Arab possessions.

The Arab coalition therefore entered Palestine with the intention of meeting a set of rather negative objectives: to avoid the establishment of an intrusive Jewish State in the heart of the Arab region, to prevent Transjordan from expanding its territories at the expense of Palestine , and not let the mufti shape a viable Palestinian state. With such warlike objectives, it is not surprising that the Arab forces were overwhelmed by the superiority of the Jewish troops, driven instead by the desperate determination to definitively establish the desired Jewish State.
Still, the supremacy of the Jews on the battlefield was due more to their numbers and firepower than to issues arising from greater or lesser resolution. The image of a Jewish David surrounded by an aggressive Arab Goliath does not correspond to the relative dimensions of the Arab and Jewish armies.
The entire Arab world had been stunned by the magnitude of the Palestinian disaster. However, at a time of crisis like that, Arab intellectuals were to be remarkably lucid both about the causes and the consequences of the loss of Palestine.
Immediately after the first Arab-Israeli war, two critical works would be published that would set the tone for both Arab self-criticism and subsequent reforms. The first of these texts was the work of Constantine Zurayk, one of the great Arab intellectuals of the 20th century.
The defeat suffered by the Arabs in Palestine and the rise of the State of Israel completely destabilized the newly independent Arab states. The months immediately following the Nakba would be marked by various political assassinations and beatings in Egypt, Syria, Lebanon, and Jordan.
Following the Palestine disaster, Egypt was plunged into political chaos. In the opinion of the members of a new religious party, the loss of a piece of Muslim land and the creation of a Jewish state in that territory constituted little less than a betrayal of Islam.
The Palestinian disaster came to mean, in a very real sense, the end of European influence in the Arab world. The Palestinian problem had been created by Europe, and the inability of the European leaders to solve it would only be a reflection of the weakness in which the European continent itself was mired after the Second World War. Great Britain and France would emerge from that great conflagration turned into second-rank powers. The British economy was in tatters after the war effort, and French morale had been shaken after the years of the German occupation. Both nations had too much to rebuild in their own territories to make large investments abroad. The empire was in complete retreat, and a whole series of new powers had begun to dominate the international scene.
The young officers who managed to achieve positions of power in 1949 Syria, 1952 Egypt or 1958 Iraq lacked links with Britain and France, so they chose to set their sights on the new world powers: the United States. United and the rival superpower, the Soviet Union. The imperial era had come to an end and a new period was inaugurated, defined by the Cold War. The Arabs were going to have to adapt to a new set of rules.

The Arab world would cross the threshold of the new era of the cold war immersed in a state of revolutionary fermentation. The anti-imperialism of the interwar years would regain renewed vigor at the end of the Second World War. Hostility towards Britain and France would wreak havoc after the Palestine War. This would complicate the situation in Great Britain in Egypt, Jordan and Iraq, where the United Kingdom still enjoyed the status of preferred ally of the monarchies that it had created.
The old nationalist politicians, as well as the kings they served, were discredited by revealing themselves powerless to radically cut off British imperial domination. A legion of radical new parties, whose ideological spectrum ranged from the Islamist ideology of the Muslim Brotherhood to the positions of the communist groups, vied for the loyalty of the new generation of nationalists.
The fundamental ideology of the time was to be Arab nationalism. In the 1940s, the common desire of all Arab peoples was to be free from colonial rule, but now they had more ambitious political aspirations. Most of the people of the Arab world believed that they were united by a common language, history and culture, elements all of them founded on the Islamic past that they shared, which gave rise to a culture common to both Muslims and non-Muslims. The Arabs wanted to dissolve the borders designed by the imperial powers to divide them and build a new Arab economic community based on the deep historical and cultural ties that united the different peoples that made up the Arab world. They also believed that the only way to regain past Arab greatness on the world stage was to restore its former unity. Motivated by this idea, they would take to the streets, in their thousands, to protest against imperialism, to censure the failures of their different governments and to demand Arab unity.
The Egyptian Revolution had completely transformed the reality of the Arab world. Throughout the 1950s, Egypt had managed to become the most powerful state in the region, and Nasser had risen to the rank of the undisputed leader of the Arab states.
Nasser reached the peak of his power in 1958, by merging Egypt and Syria into the United Arab Republic. This union caused a very strong commotion throughout the Arab world, to the point that the shock wave was about to bring down the fragile governments of some neighboring states such as Lebanon and Jordan. Arab nationalists welcomed with open arms the prospect of the collapse of the Hashemite monarchy in Jordan and the Christian and pro-Western government in Lebanon, hoping that both nations would eventually integrate into the United Arab Republic. The 1958 Iraqi revolution that came to overthrow the Hashemite monarchy in Baghdad seemed to herald the advent of a new Arab order marked by the union of Egypt with the Fertile Crescent, a prospect that would have met the expectations of the Arab nationalists, who wanted the creation of a progressive and unified Arab superstate.
Iraq’s decision to remain on the fringes of the United Arab Republic was a decisive turning point. Devoid of the vehement passion and drive that the integration of Iraq – and indeed that of Jordan or Lebanon – would have brought to the RAU, Egypt and Syria found themselves with no role other than the very prosaic of getting the hybrid state to work. had constituted. However, failure was to knock on his door. Arab nationalism turned a page, and Nasser, who had already reached the peak of success in the 1950s, began to suffer a series of setbacks and setbacks that were to mark the 1960s, stamping on it the mark of defeat.

Over the course of the 1950s, Gamal Abdel Nasser and the Free Officers were to take the lead in Egypt and the Arab world after a series of unusual triumphs. The word «Nasserism» became the dominant expression in the language of Arab nationalism. Across the Arab world, large numbers of men and women began to believe that the Egyptian president had devised a master plan to unify the Arab people and lead them to a new era marked by independence and power. And when the union of Syria and Egypt was realized, their hopes finally materialized.
Nasser’s remarkable sequence of successes would nevertheless come to an end in the 1960s. Union with Syria fell apart in 1961. The Egyptian army was bogged down in Yemen’s civil war. Furthermore, in 1967, Nasser embarked the Egyptian nation and its Arab allies in a disastrous war with Israel.
The United Arab Republic would end up becoming a challenge greater than anything Nasser could have ever imagined. Shukri al-Kuwatli, the two-time deposed Syrian president, is said to have warned Nasser that Syria would be «a difficult country to govern.» This is explained by al-Kuwatli himself: «50 percent of Syrians consider themselves national leaders, 25 percent consider themselves prophets, and 10 percent imagine they are gods.»
In the year 1970, the Arab world was drastically divided into clearly differentiated states, each with its own interests to safeguard. After that date there would undoubtedly be new attempts to achieve the unity of the Arab states, but none of them would ever jeopardize the integrity of the states involved, and none of these efforts would succeed either. The unity plans of the 1970s and 1980s would be nothing more than a succession of public relations strategies designed to confer legitimacy on Arab governments who knew that Arab nationalism was still remarkably appealing to its citizens. Governments would continue to rhetorically defend the issues that occupied the minds of all Arabs, albeit without any underlying conviction: issues such as fighting the Zionist enemy and liberating the Palestinian homeland. However, all were already concerned with the promotion of their particular interests as such nations. In addition, a new force was beginning to make itself felt in the Middle East, as the region’s oil resources had already begun to generate immense wealth and to give the Arabs considerable influence in the world economy.

The power of oil was called to shape the Arab world during the hazardous years of the 1970s. Nature had unevenly distributed the oil fields among the different Arab states. With the exception of Iraq, where the mighty Tigris and Euphrates had allowed the maintenance of large agricultural populations over thousands of years, the largest oil reserves were found in the less densely populated Arab countries: Saudi Arabia, Kuwait and the rest of Persian Gulf countries, along with Libya and Algeria in North Africa. Minor findings were made in Egypt, Syria and Jordan, but the amount of oil detected did not even meet local demand.
Oil would be discovered in the Arab world for the first time in the late 1920s and early 1930s. For four decades, Western oil companies enjoyed unhindered control of the production and marketing of Arab hydrocarbons. The rulers of the oil-producing countries began to get rich, and in the 1950s and 1960s they began to develop plans to pass the benefits of oil production on to their impoverished populations.
The first oil entrepreneurs to make their way in the Persian Gulf took very clear risks. There were companies that drilled for years without being able to even show as a result of their efforts a work suit smeared with crude oil. However, in the 1930s more and more businessmen were called to find the goose that laid the golden eggs in Arabia. in 1932, Standard Oil of California would discover oil in Bahrain. In 1938, the Caltex company discovered important reserves in Kuwait. And that same year, Standard Oil of California would find the first field in the eastern province of Saudi Arabia, after six years of unsuccessful searches.
It seemed that even the richest and most powerful of the oil-producing states were suddenly dangerously exposed to the burgeoning force of political Islamism. A new generation was accessing positions of power in the Arab world, a generation that no longer believed in the rhetoric of Arab nationalism. Its members had been disillusioned with their political leaders, seeing that both the kings and the Arab presidents built palaces with money obtained through corrupt practices and had no problem in giving priority to their personal power, postponing the common good of the Arabs whose fate had been entrusted to them. Members of the younger generation did not like either communism or atheism in the Soviet Union. They further believed that the United States was but a new imperial power focused on the exercise of a policy based on the maxim of divide and rule, thereby disjoining the Arab states and putting the promotion of Israel’s interests before the rights of the Palestinians. The lesson they had learned from the Iranian revolution was summed up in one conviction: that the strength of Islam exceeded the push of all its enemies together. United in the eternal truth of their religion, Muslims could overthrow autocrats and stand up to superpowers. The Arab world was entering a new stage of social and political change founded on the power of Islam.

Over the course of the 1980s a significant number of Islamic movements would decide to launch an armed struggle, either to overthrow their lay leaders or to repel foreign invaders. Islamists hoped to establish an Islamic state governed in accordance with Sharia, a law which in their firm belief was the law of Allah. They found motivation in the success of the 1979 Iranian revolution and in the creation of the Islamic republic of Iran. in Egypt, a splinter branch of the movement had managed to assassinate President Anuar el-Sadat. in Syria, the Muslim Brotherhood had unleashed a civil war against the Ba’athist government of Hafez al-Asad. Hezbollah, the Lebanese Shiites paramilitary movement, deeply influenced by the Islamic Republic of Iran, considered that the United States and Israel were but two sides of the same coin and had tried to inflict on both countries a complete defeat in Lebanon . The jihad of Afghanistan was fighting both internal enemies and external adversaries, focusing its enterprise on fighting the Soviet occupation forces and the communist Government of Afghanistan, which was openly hostile to Islam. Islamists in Gaza and the West Bank were advocating a long-term jihad against the Jewish state in order to return the region of Palestine to the Islamic world, ruled by a Muslim government. The military successes achieved by Hezbollah in forcing the total withdrawal from the United States and the withdrawal of the Israelis, along with those achieved by the Afghan mujahideen by forcing the Soviets to evacuate Afghanistan in 1989, had not resulted in the sublime Islamic states. that the ideologues hoped to materialize. Both Lebanon and Afghanistan would remain engaged in their respective civil wars long after their external enemies had been forced to leave.
Furthermore, Islamists were encouraged to note the major changes in the political arena in late 1989. The certainties of the Cold War were crumbling as rapidly as the Berlin Wall, which would collapse definitively on November 9 of that year, signaling the end of rivalry between the United States and the Soviet Union and inaugurating a new world order. Many Islamists would interpret the collapse of Soviet power as evidence of the moral bankruptcy of atheistic communism and a harbinger of the new Islamic era. However, instead of that advent, they found themselves immersed in a unipolar world dominated by the only superpower that had managed to stay on its feet: the United States of America.
At the end of the 20th century, the Arab world was called to meet a significant number of transitions. Three leaders who for decades had been as many pillars of Arab politics would die, being succeeded by their children. The Middle East had remained static under the domination of a group of particularly long-lived rulers. The succession of these leaders would raise a new generation to power, raising hopes for reform and change. However, the fact that both monarchies and republics tended to be governed by a single family would work against the concretion of any significant transformation.
Al Qaeda’s ability to strike at vulnerable points in the American armor began to raise real concerns in circles close to the White House. In January 2001, CIA Director Tenet warned Bush that the Bin Laden terrorist network not only represented a «tremendous threat» to the United States, but that the threat could materialize «immediately.» However, unlike Saddam Hussein, stationed in Iraq, Bin Laden was a mobile and elusive target. No one saw clearly what political measures the president could authorize to tackle the danger that Bin Laden posed.
Bush began operating from the oval office convinced that the potential insecurity stemming from the existence of weapons of mass destruction in Iraq had been contained, and it does not appear that the terrorist coercion represented by the Bin Laden network concerned him particularly. During the first nine months of his term, Bush would focus all of his priorities on China.
The extraordinary events of September 11, 2001 would change Bush’s priorities, opening a period chaired by a maximum involvement of the United States in the problems of the Middle East, an implication in fact greater than they would ever have had with that region in all its modern history. And it would also inaugurate the time of greatest tension that the Arab world has known in the last couple of centuries.

Many of the deficits identified by the authors of the Arab Human Development Report are being addressed in the Arab states of the Persian Gulf today. The wealth that they have obtained thanks to oil revenues has given these countries the possibility of connecting with the global economy. Its citizens increasingly participate in government tasks, either when they are appointed to office, or after being elected in a democratic vote – this is happening in Kuwait, Bahrain and even Saudi Arabia, a nation that has the organ Shura Advisory. in the Persian Gulf, the free media are experiencing an unprecedented broadcast, especially in the field of satellite television, and some channels, such as al-Jazeera in Qatar, or al-Arabiya in the United Arab Emirates, broadcast plural debates that are not hampered by the borders of the Arab world and that have been far from the reach of government censors. In addition, the presence of new universities, be they national institutions or campuses founded by major foreign establishments, is beginning to provide a range of educational opportunities and a better and broader level of professional training than any of known to the Arabs to date.
For the Arab world to break the cycle of subordination to norms adapted to the needs of foreign societies, the conjunction of two factors will be necessary: that the dominant powers of our time succeed in involving themselves in a balanced way and that determination will emerge within the Arab world itself to undertake a set of reforms. At this moment in which the region seems to be emerging from the dark period of the war on terrorism, it is conceivable that the very beginning of this virtuous circle may begin to be discerned. However, a number of other initiatives will need to be pursued through the application of conflict resolution theories and the commencement of a whole set of political reforms before the Arabs can leave behind a history marked by fighting and disappointment and achieve materialize their potential qualities and fulfill the aspirations that animate them in the modern era.

Western fears seem unfounded. The victory won by Islamists at the ballot box is more a reflection of political reality than the expression of genuine religious enthusiasm. The Islamist parties in the region have a good organization and also have an adequate capacity to raise funds – a circumstance that is essential for any political party to be able to opt for victory. They have also won the solid support of the bulk of the population, since they have worked to meet the needs of ordinary people, providing them with social services, food aid, access to education and other similar benefits.
The new democracies of the Arab world have three challenges before them. The first of these involves the formation of the new Islamist-majority governments in Tunisia and Egypt. In this sense, the first signs are very promising. In Tunisia, the Islamist Ennahda party, which has emerged victorious, has chosen to form a coalition with two liberal secular parties, giving it a remarkably broad social base. Similarly, in Egypt, the Muslim Brotherhood’s Freedom and Justice Party has stated that it intends to form a government with the liberal Free Egyptians coalition instead of instituting an Islamist government with the Salafist Al Nour party.
The second challenge that the post-revolutionary governments of the Arab world have to face is related to the drafting of constitutions that not only show themselves capable of consecrating the values of this new democratic era but also know how to attract the full support of all their citizens: that of men and that of women, that of the majority and minorities —both religious and ethnic—, and that of citizens in general, whether secular or attached to a specific confession.
The third and last point to be taken up by this new period of Arab political pluralism will not become apparent until the arrival of the future elections, when the parties that have been exercising power up to that moment face the risk of losing their pre-eminent position. . If all the parties abide by the rules of the Constitution and accept that the power to choose and change the government through voting resides in the sovereign will of the citizens, it can be said that the revolutions of 2011 have reached their culmination. Most likely, any effort to subvert the rules of the game will end up provoking new citizen actions. As Egyptian protesters have said on many occasions throughout 2011, people have not forgotten where Tahrir Square is located, so they would perfectly know how to return to it.
The year 2011 has revealed to be a turning point in modern Arab history.
In 2011, after having spent five centuries adapting to the modern world and abiding by rules conceived by other societies, the Arabs began to shake off that feeling of helplessness that Samir Kassir pointed out in 2004: that of «not being but a small-time pawn on the world chessboard. As the Arabs leave behind the first year of their revolution, the aspiration to achieve new freedoms in their respective countries and the desire to be treated with greater dignity in the international sphere when they intervene in the shaping of the world will be born in them on the 21st century, subject to such rapid changes.

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