Una Dacha En El Golfo — Emilio Sánchez Mediavilla / A Dacha In The Gulf by Emilio Sánchez Mediavilla (spanish book edition)

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Esta obra de este santanderino me ha parecido interesante para conocer la realidad de países que entre la opulencia y oropeles tienen los pies de barro. Ganó el premio Anagrama de Crónica «Sergio González Rodríguez» en su primera edición.

Bahréin es un lugar que no es Qatar ni Dubái ni Abu Dabi ni forma parte de los Emiratos Árabes Unidos, ni tampoco es Arabia Saudí, ni es ninguno de los aeropuertos de Oriente Medio.
Bahréin había sido colonia británica, el puerto más importante del comercio de perlas, pionero en el descubrimiento de pozos petrolíferos, centro financiero más importante de Oriente Medio tras la guerra en Beirut, único país musulmán –junto con Irán, Irak y Azerbaiyán– de mayoría chií, pero gobernado por una monarquía suní, una sociedad que combinaba la tolerancia religiosa más avanzada del Golfo con venas subterráneas de rigorismo wahabí y rigorismo chií, el campo de batalla perfecto para una guerra proxy (otra más) entre las dos potencias regionales, Arabia Saudí e Irán; no sabía que Bahréin había sido pionero en la lucha obrera del mundo árabe, el primer país de la región en el que se fundaron sindicatos y a la vez el país que ahora acogía un sistema de explotación capitalista cercano a la esclavitud; el primer país musulmán en despenalizar la homosexualidad…

Los chiíes bahreinís y saudíes están vetados de sus respectivos ejércitos y cuerpos policiales, sufren discriminación en el acceso al empleo público y en la recepción de ayudas sociales, pero los saudíes sufren una pobreza, marginación y persecución mucho más acusada que sus hermanos del otro lado del puente. Un chií saudí, por ejemplo, no puede ser citado como testigo en un juicio. Tampoco puede ser juez ni profesor de religión –en un sistema educativo en el que esta materia supone la mitad de las horas lectivas–. El gobierno saudí prohíbe las festividades religiosas chiíes, que en Bahréin se celebran, a pesar de incidentes aislados, en espacios públicos y con el relativo beneplácito de las autoridades (en los últimos años se han producido detenciones ocasionales de algunos recitadores). El gobierno bahreiní se molesta en camuflar o disimular el odio sectario; en Arabia Saudí se insulta e incita al odio abiertamente en discursos oficiales y declaraciones públicas.
Si en Bahréin el gobierno destruye la costa de los pueblos chiíes y las fuentes de agua dulce, arruinando la pesca y la agricultura, en Arabia Saudí los somete a caprichosas y violentas políticas de reubicación. Por ejemplo, en 2017, el gobierno decidió construir un centro comercial en el casco histórico de Awamiya.
Para los saudíes, Bahréin es la libertad más cercana, una vía de escape a la que se puede llegar en coche. Los jueves por la tarde, miles de saudíes cruzan el puente para pasar el fin de semana en el país vecino. Conducen con soberbia sus grandes todoterrenos por las calles de Bahréin, lo que provoca el milagro de la conciliación intersectaria bahreiní: chiíes, suníes, laicos, esclavos y expatriados, todos ellos se refieren a sus vecinos como los «fucking Saudis».
En Bahréin pueden hacer cosas prohibidas en casa: pasear sin abaya ni hiyab, ir al cine, comer en familia en una terraza al aire libre, hacer un pícnic en un parque sin separación de sexos, beber alcohol. El lado sórdido de estas escapadas son los frecuentes episodios de abuso y maltrato a las prostitutas. Abundan los relatos de mujeres (bahreinís, expatriadas y, sobre todo, filipinas y asiáticas) asaltadas y agredidas en la calle.

La mayor manifestación en la historia de Bahréin antes de la revolución de la Perla tuvo lugar el 5 de noviembre de 2005, cuando unas cien mil personas, en su mayoría chiíes, salieron a la calle a protestar contra la ley gubernamental que pretendía modificar la jurisprudencia familiar religiosa y sustituirla por un nuevo código unificado para suníes y chiíes. Muchas activistas por los derechos de la mujer, tanto chiíes como suníes, apoyaron esta medida del gobierno para poner coto a la corrupción y misoginia de los tribunales religiosos basados en la jurisprudencia islámica. Finalmente, y debido a la oposición de los clérigos y partidos chiíes, la nueva codificación fue aprobada en 2009 solo para los suníes. Dicho de otro modo: uno de los mayores triunfos políticos de los partidos chiíes en décadas fue evitar que las mujeres tuviesen más derechos. Con estos precedentes, el gobierno ha sido lo suficientemente inteligente como para jugar la baza propagandística de la defensa de la mujer contra el oscurantismo fundamentalista chií. Es una jugada cínica porque obvia el fundamentalismo suní y porque parte de un actor que sostiene, bendice y se beneficia de una legislación patriarcal que no reconoce la igualdad de género.

Si Beni Jamra es el corazón de Bahréin, como dicen sus vecinos, su cementerio se puede leer como un libro de historia. De extensión aproximada de dos hectáreas, rodeado por un muro bajo decorado con pinturas de pescadores y camellos en el desierto, lo que más sorprende es su aparente desorden, la sensación de descampado con cascotes de obra. El suelo está alfombrado por pequeñas piedras que marcan los lugares de enterramiento, como lápidas anónimas, donde los familiares dejan ramos de albahaca fresca, y entre las piedras y las plantas surgen cartuchos de botes de gas lacrimógeno que la policía dispara algunas noches contra los jóvenes que queman neumáticos o arrojan cócteles molotov.

Era fácil perderse en Amwaj, una urbanización en forma de archipiélago construido en terreno ganado al mar. Cuando la policía fue a detener a Nada Dhaif, la enfermera voluntaria en la plaza de la Perla, fue incapaz de encontrar la casa. Los agentes tuvieron que dar media vuelta para ir a buscar al hermano de Nada, meterlo en el coche y obligarle a que les señalase el camino.
Mi parte favorita de Amwaj eran los canales de agua de la primera isla, flanqueados por edificios de colores pastel de cuyas fachadas colgaban varandas y celosías árabes de madera. Era un cartón piedra convincente y agradable a la vista. A partir de ahí, el archipiélago se expande como una medusa informe en múltiples islas de diferentes «categorías». Había apartamentos «modestos», casas con embarcadero privado y mansiones escondidas…

Ningún éxito de relaciones públicas para el régimen bahreiní comparable a la celebración todos los años de la prueba de Fórmula 1. La carrera tuvo que ser suspendida en 2011, con el país en estado de emergencia y los tanques saudíes patrullando la isla, pero al año siguiente la carrera volvió a celebrarse, sin más inconveniente que alguna pregunta incómoda en rueda de prensa a pilotos que siempre encontraban una fórmula vaga para desligar deporte y política.
Miembros de la oposición bahreiní me aseguraron haberse reunido con Ecclestone para pedirle que anulara la carrera. Según este relato, el capo de la Fórmula 1 les explicó que no podía suspender el evento de forma unilateral por miedo a una cuantiosa penalización económica. En su lugar, les habría sugerido ideas extravagantes (e irrealizables) para boicotear la carrera y obligar al gobierno a suspenderla.
Durante la represión de 2011, hasta treinta trabajadores del circuito fueron detenidos.

En 1921 ningún comerciante de perlas podía imaginarse que pocos años después los japoneses desarrollarían la técnica del cultivo artificial de perlas y arruinarían el que había sido, durante siglos, el negocio más próspero del país. La calidad de las perlas se debía a la excepcional mezcla del agua salada del mar y del agua dulce de los acuíferos fósiles debajo del subsuelo marino; los «dos mares» que forman la palabra «Bahrain», contracción de bahar (mar) y ithnan (dos). En esos años el joyero francés Jacques Cartier, pantalones y zapatos blancos, pajarita negra, bastón y un sombrero cloche de explorador perezoso, viajó con frecuencia a Bahréin para inspeccionar personalmente la calidad de las perlas y beber agua dulce que un fibroso buceador calvo extraía de una fuente submarina y subía hasta la superficie almacenada en una bota de piel con apertura de metal en forma de boquilla.

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This work by this journalist from Santander has seemed interesting to know the reality of countries that have feet of clay between opulence and tinsel. He won the Anagram of Chronicle award «Sergio González Rodríguez» in its first edition.

Bahrain is a place that is neither Qatar nor Dubai nor Abu Dhabi nor is it part of the United Arab Emirates, nor is it Saudi Arabia, nor is it one of the airports in the Middle East.
Bahrain had been a British colony, the most important pearl trading port, a pioneer in the discovery of oil wells, the most important financial center of the Middle East after the war in Beirut, the only Muslim country – along with Iran, Iraq and Azerbaijan – of majority Shiite, but ruled by a Sunni monarchy, a society that combined the most advanced religious tolerance in the Gulf with underground veins of Wahhabi rigor and Shiite rigor, the perfect battleground for a proxy war (yet another) between the two regional powers, Arabia Saudi and Iran; I did not know that Bahrain had been a pioneer in the workers’ struggle of the Arab world, the first country in the region where unions were founded and at the same time the country that now welcomed a system of capitalist exploitation close to slavery; the first Muslim country to decriminalize homosexuality …

The Bahraini and Saudi Shiites are vetoed from their respective armies and police forces, they suffer discrimination in access to public employment and in receiving social aid, but the Saudis suffer much more poverty, marginalization and persecution than their brothers on the other side. from the bridge. A Saudi Shiite, for example, cannot be summoned as a witness in a trial. Nor can he be a judge or a teacher of religion – in an educational system in which this subject accounts for half the teaching hours. The Saudi government bans Shiite religious holidays, which are held in Bahrain, despite isolated incidents, in public spaces and with the relative approval of the authorities (in recent years there have been occasional arrests of some reciters). The Bahraini government bothers to camouflage or conceal sectarian hatred; hatred in Saudi Arabia is openly insulted and incited in official speeches and public statements.
If the government in Bahrain destroys the Shiite people’s coastline and freshwater sources, ruining fishing and agriculture, in Saudi Arabia it subjects them to whimsical and violent relocation policies. For example, in 2017, the government decided to build a shopping center in the old town of Awamiya.
For the Saudis, Bahrain is the closest freedom, an escape route that can be reached by car. On Thursday afternoon, thousands of Saudis cross the bridge to spend the weekend in the neighboring country. They proudly drive their large SUVs through the streets of Bahrain, triggering the miracle of intersecting Bahraini reconciliation: Shiites, Sunnis, laity, slaves and expatriates, all of whom refer to their neighbors as the ‘fucking Saudis’.
In Bahrain they can do prohibited things at home: walking without abaya or hijab, going to the movies, eating with the family on an outdoor terrace, picnicking in a park without gender separation, drinking alcohol. The sordid side of these escapades are the frequent episodes of abuse and mistreatment of prostitutes. There are many stories of women (Bahrainis, expatriates, and especially Filipinos and Asians) assaulted and assaulted on the street.

The largest demonstration in Bahrain’s history before the Pearl Revolution took place on November 5, 2005, when some 100,000 people, most of them Shiites, took to the streets to protest against the government law that was intended to change jurisprudence. religious family and replace it with a new unified code for Sunnis and Shiites. Many women’s rights activists, both Shiites and Sunnis, supported this government move to curb corruption and misogyny by religious courts based on Islamic jurisprudence. Finally, and due to opposition from Shiite clerics and parties, the new codification was approved in 2009 only for Sunnis. In other words, one of the greatest political triumphs of the Shiite parties in decades was to prevent women from having more rights. With these precedents, the government has been smart enough to play the propaganda trick of defending women against Shi’ite fundamentalist obscurantism. It is a cynical move because it obviates Sunni fundamentalism and because it starts from an actor who supports, blesses and benefits from patriarchal legislation that does not recognize gender equality.

If Beni Jamra is the heart of Bahrain, as its neighbors say, its cemetery can be read as a history book. Of approximately two hectares, surrounded by a low wall decorated with paintings of fishermen and camels in the desert, what is most surprising is its apparent disorder, the feeling of wasteland with rubble of work. The ground is carpeted by small stones that mark burial places, such as anonymous tombstones, where relatives leave bouquets of fresh basil, and tear gas canister cartridges appear among the stones and plants that the police fire some nights against the youth. burning tires or throwing molotov cocktails.

It was easy to get lost in Amwaj, an archipelago-shaped development built on land reclaimed from the sea. When the police went to arrest Nada Dhaif, the volunteer nurse at Pearl Square, she was unable to find the house. The agents had to turn around to look for Nada’s brother, put him in the car and force him to point the way.
My favorite part of Amwaj were the water channels of the first island, flanked by pastel colored buildings from whose facades hung wooden Arabian lattices and railing. It was convincing and pleasing to the eye. From there, the archipelago expands like a shapeless jellyfish on multiple islands of different «categories.» There were «modest» apartments, houses with a private jetty and hidden mansions …

No public relations success for the Bahraini regime comparable to holding the Formula 1 test every year. The race had to be suspended in 2011, with the country in a state of emergency and Saudi tanks patrolling the island, but annually Following the race, it was held again, with no more inconvenience than some uncomfortable questions at a press conference with drivers who always found a vague formula to separate sport and politics.
Bahraini opposition members assured me that they had met with Ecclestone to ask him to cancel the race. According to this account, the Formula 1 boss explained to them that he could not suspend the event unilaterally for fear of a large financial penalty. Instead, he would have suggested extravagant (and unfeasible) ideas to boycott the race and compel the government to suspend it.
During the 2011 crackdown, up to thirty circuit workers were detained.

In 1921, no pearl dealer could imagine that a few years later the Japanese would develop the technique of artificial pearl cultivation and ruin what had been, for centuries, the country’s most prosperous business. The quality of the pearls was due to the exceptional mix of salty sea water and fresh water from fossil aquifers below the sea floor; the «two seas» that form the word «Bahrain», contraction of bahar (sea) and ithnan (two). In those years the French jeweler Jacques Cartier, white pants and shoes, black bow tie, walking stick, and a lazy scout cloche hat, frequently traveled to Bahrain to personally inspect the quality of the pearls and drink fresh water that a stringy bald diver drew from an underwater fountain and rose to the surface stored in a leather boot with a metal opening in the shape of a mouthpiece.

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