Breve Manual Del Perfecto Aventurero — Pierre Mac Orlan / A Handbook for the Perfect Adventurer by Pierre Mac Orlan

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Un ensayo agradable en partes, dirigido a alguien que sería un aventurero o un escritor de novelas de aventuras. Obviamente, el escritor es más el destinatario aquí, ya que el aventurero, en la forma de algún personaje en una novela de Stephenson o Conrad, no necesitaría el consejo. Y es lo suficientemente agudo, ya que Mac Orlan nos expone los requisitos del género con un guiño de conocimiento … por lo que escuchamos sobre las formas en que un aventurero puede morir, y los mejores lugares que debe visitar para encender con éxito la imaginación para escribir Sobre la aventura. Se asienta hábilmente en la línea entre dar consejos razonables y perforar su propia seriedad.
La introducción, es realmente útil para dar algunos antecedentes sobre Mac Orlan y su contexto, el París literario de aquellos años alrededor de la primera guerra mundial (al menos para este libro). Es astuto y está lleno de notas al pie de página y, en general, es tan interesante como Mac Orlan.

Mac Orlan elogia al aventurero pasivo como alguien que puede escribir cuentos sobre tierras en las que nunca ha estado, que vive leyendo y encuentra toda la «investigación» que puede necesitar al familiarizarse con los grandes escritores de su tiempo. La introducción hace la comparación con Marcel Proust componiendo su obra sin salir realmente de su habitación. No estaría de acuerdo con Mac Orlan, y seguramente ese tipo de actitud podría explicar los libros dignos de miedo escritos por los occidentales de ese período de tiempo (y ahora) sobre otros países que son hilarantemente inexactos y probablemente racistas. Pero no estaba realmente involucrado con este argumento porque nunca puedo decir cuándo Pierre Mac Orlan habla en serio.
Porque él siempre es seco y mordaz, y aunque parece estar alabando al aventurero pasivo y determinando que el activo es tonto, también hay un reaccionario de la Primera Guerra Mundial inclinado por todas partes. ¿Está aplaudiendo al aventurero pasivo o se está embarcando en una mordaz toma satírica de los gobiernos involucrados en la Gran Guerra, aventureros pasivos que con gusto enviaron a sus aventureros cautivos activos a sus muertes en masa?. La manipulación del sujeto (humano) por parte del aventurero pasivo es estresada y al final, Mac Orlan incluso advierte que el aventurero activo, si sobrevive a su estadía, ocasionalmente regresa para vencer al aventurero pasivo sin sentido.
Esta es una constante del libro. Es imposible saber si el hombre está hablando en serio. Todo está escrito en un tono inexpresivo y deliberado. En una oración, él está siendo un homófobo:

«Un aventurero nunca debe convertirse en un homosexual, para no romper con el prejuicio que decreta que un individuo con modales afeminados no puede actuar con valentía».

Luego, al mismo tiempo, contradice su propio edicto:

«Sin embargo, este vicio no tiene nada que ver con el coraje físico, que siempre conduce a la muerte despreciativa».

Del mismo modo, se refiere a las mujeres como objetos para ser insertados en historias de aventuras como otros «accesorios». Su primer ejemplo consiste en comparar tipos de mujeres con los accesorios de un barco. ¿Realmente lo dice en serio? ¡No lo sé!
Todavía estoy fascinado y la escritura a nivel de oración de Mac Orlan se calcula ingeniosa y divertida de leer, así que tal vez esta elección de traducción fue inteligente después de todo.

Los jóvenes de hoy sienten cierto desprecio por la literatura de aventuras. Los adultos pueden, pues, aconsejar tranquilamente a los adolescentes a su cargo que lean novelas de aventuras que, por otra parte, ellos tampoco leerán.
A nuestro juicio, lo anterior se debe a que la picardía y la perversidad se han desterrado, nadie sabe por qué, de esa clase de libros, de modo que los jóvenes prefieren leer novelas de amor a la francesa —esto es, llenas de adulterios— o libros de aviación —que pueden dejarse en manos de cualquiera.
Es fácil, en efecto, comprobar que los autores de novelas de aventuras se caracterizan por una afición a la castidad que hoy en día resulta incomprensible. Pese a que en sus libros abundan las islas desiertas donde los náufragos se dedican a las más variadas tareas de supervivencia, pocas veces aparece una mujer, ni aun de índole dudosa.
Es preciso establecer como un axioma que la aventura no existe: la aventura está en el espíritu de quien la persigue y, al tocarla, se desvanece para reaparecer más allá, transformada, en los límites de la imaginación.

Los aventureros pueden dividirse en dos grandes grupos con numerosas subdivisiones.
El primero podría ser la clase de los aventureros activos y la segunda la de los aventureros pasivos.
A diferencia del aventurero pasivo, el aventurero activo deshonra a la familia más pintada.
Las señales precursoras de tan funesta vocación aparecen ya durante la más tierna edad en forma de eso que las jóvenes madres llaman «chiquilladas» y que los invitados sufren con la paciencia que impone la buena educación.
La infancia del futuro aventurero activo constituye un curioso mosaico de delitos proporcionales al tamaño de su autor.
Sus rasgos esenciales son: falta total de imaginación y sensibilidad; no teme la muerte porque no se la explica, pero sí a quienes son claramente más fuertes que él. El aventurero ama la disciplina: la considera un reposo, una distracción. Es la única forma de arte que puede comprender.
El aventurero activo puede escoger entre un número ilimitado de caminos a seguir, por eso no es fácil clasificarlo. Pero la mayoría de esos caminos conducen a aventuras vulgares. Y es precisamente por esa vulgaridad que ha perdido valor el bonito nombre de aventurero.
En las filas de los aventureros pasivos se cuentan algunos escritores, en su mayoría ingleses o estadounidenses, pues los pueblos de comerciantes son los que más acuden a la fantasía en sus relaciones con eso que llamamos «las exigencias de la vida».
Es difícil escribir una novela de aventuras con las proezas de un funcionario de segundo nivel, pero Jack London, Conrad y otros pueden muy bien hacerlo con sus propias peripecias. Estos escritores, por lo demás, pertenecen a ese género raro y precioso de los aventureros a la vez pasivos y activos.
Como tal elenco excede los límites de un librito concebido con un fin práctico, remitimos al lector a las obras de Jack London, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Bernard Com­bette, Auzias-Turenne, etcétera.
El aventurero pasivo es sedentario. Detesta el movimiento en todas sus formas, la violencia vulgar, las matanzas, las armas de fuego y cualquier clase de muerte violenta.
Detesta estas cosas si le atañen, pero su imaginación las evoca amorosa e ilusionadamente cuando quien las protagoniza es el aventurero activo.
El aventurero pasivo sólo existe porque parasita las proezas del aventurero activo.
Con todo, no es aconsejable (como tal vez tienda a pensar el lector) que el aventurero pasivo se limite a aislarse en una torre de marfil.
Esa actitud arrogante, aunque solemne, sólo conviene a un aventurero pasivo a partir de los cuarenta años, cuando puede empezar a alimentarse de su pasado o, mejor dicho, de lo que él se imagina que ha sido su pasado.
Es, pues, prudente viajar un poco escogiendo bien el destino.
Un buen aventurero pasivo debe alejarse lo menos posible de su lugar de trabajo, es decir, de su biblioteca. Sin embargo conviene que busque algunos puntos de referencia, simplemente para dar color y complejidad a una atmósfera inteligentemente viciada.

La importancia del cabaret en la novela de aventuras es capital. Me gustaría poder citar aquí las primeras páginas de La isla del tesoro de R. L. Stevenson. La atmósfera del libro queda establecida de golpe mediante la descripción de ese pérfido cabaret puesto como un mojón a la vera de un camino costero por donde Pew, el pirata ciego, auténtica carroña, pasa turbando con su bastón el silencio nocturno del campo.
El erotismo ha de ser uno de los fundamentos de la novela de aventuras. No debe, claro está, dominar el argumento, sino aparecer aquí y allá, como aparece en ciertos puntos la urdimbre de una prenda vieja. Una novela de aventuras siempre se asemeja a la ropa algo gastada: su tejido no puede ser nuevo porque la aventura ha desaparecido de nuestras vidas.
El aventurero pasivo vive en estrecho contacto con el pasado. Las aventuras modernas son químicas, explosivas y neciamente colectivas: ninguna de estas características puede aspirar a despertar el interés de un hombre hecho y derecho.

Al igual que los aventureros activos, los pasivos no suelen morir de viejos.
Ocurre a veces, aunque muy pocas, que un aventurero activo explotado por un aventurero pasivo vuelve de una larga aventura y muele a palos a su inspirador.
Es un caso desagradable, pero, repetimos, se da muy pocas veces. El aventurero activo es incapaz de juzgar su caso con tanta severidad.

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An enjoyable essay in parts, addressed to one who would be an adventurer or a writer of adventure novels. Obviously, the writer is more the addressee here, since the adventurer, in the mode of some character in a novel by Stephenson or Conrad wouldn’t need the advice. And it’s sharp enough, as Mac Orlan lays out for us the genre requirements with a knowing wink…. so we hear about the ways in which an adventurer may die, and the best places he should visit to successfully fire the imagination to write about adventure. It cleverly straddles the line between giving reasonable advice and puncturing its own seriousness.
The introduction, is really helpful in giving some background on Mac Orlan and his context, the literary Paris of those years around the first world war (at least for this book). He’s astute and full of footnotes and generally as interesting as Mac Orlan is.

Mac Orlan praises the passive adventurer as one who can write tales about lands he has never been to, who lives by reading and finds all the “research” he may need by familiarity with the great writers of his time (or, again, The Tavern). The introduction makes the comparison to Marcel Proust composing his opus without ever really leaving his bedroom. I would disagree with Mac Orlan, and surely that sort of attitude might explain the cringe-worthy books written by westerners of that time period (and now) about other countries that are hilariously inaccurate and probably racist. But I wasn’t really engaging with this argument because I can never tell when Pierre Mac Orlan is serious.
For he is always dry and mordant, and while he seems to be praising the passive adventurer and determining the active as foolish, there is also a World War I reactionary bent throughout. Is he applauding the passive adventurer or embarking upon a biting satirical take of the governments involved in the Great War — passive adventurers who gladly sent their captive active adventurers to their deaths en masse? The passive adventurer’s manipulation of (human) subject is stressed and at the end, Mac Orlan even warns that the active adventurer, should he survive his sojourn, occasionally comes back to beat the passive adventurer senseless.
This is a constant of the book. It’s impossible to tell if the man is being serious. Everything is written in a deadpan, deliberate tone. In one sentence, he is being a homophobe:

“An adventurer should never be made a homosexual, so as not to break with the prejudice that decrees that an individual with effeminate manners cannot act courageously.”

Then in the same breath, he contradicts his own edict:

“However, this vice has nothing to do with physical courage, which always leads to scorning death.”

Similarly, he refers to women as objects to be inserted into adventure stories like other “props”. His prime example involves comparing types of women to the accoutrements of a ship. Does he really mean it? I don’t know!
I’m still fascinated and Mac Orlan’s sentence-level writing is calculated wit and fun to read, so maybe this choice for translation was smart after all.

Young people today have a certain contempt for adventure literature. Adults can therefore calmly advise the adolescents in their care to read adventure novels that, on the other hand, they will not read either.
In our opinion, the above is due to the fact that mischief and perversity have been banished, nobody knows why, from that kind of book, so that young people prefer to read love novels in the French way – that is, full of adultery – or aviation books – that can be left to anyone.
Indeed, it is easy to verify that the authors of adventure novels are characterized by a fondness for chastity that today is incomprehensible. Although deserted islands abound in his books, where shipwrecked men carry out the most varied tasks of survival, a woman rarely appears, not even of a dubious nature.
It is necessary to establish as an axiom that adventure does not exist: adventure is in the spirit of those who pursue it and, when touched, it vanishes to reappear beyond, transformed, at the limits of the imagination.

Adventurers can be divided into two large groups with numerous subdivisions.
The first might be the active adventurer class and the second might be the passive adventurer class.
Unlike the passive adventurer, the active adventurer dishonors the most painted family.
The precursor signs of such a fatal vocation already appear during the earliest age in the form of what young mothers call «girlies» and which guests suffer with the patience imposed by good education.
The childhood of the future active adventurer constitutes a curious mosaic of crimes proportional to the size of its author.
Its essential features are: total lack of imagination and sensitivity; He does not fear death because he does not explain it, but he does fear those who are clearly stronger than him. The adventurer loves discipline: he considers it a rest, a distraction. It is the only art form that you can understand.
The active adventurer can choose from an unlimited number of paths to follow, so it is not easy to classify him. But most of those paths lead to vulgar adventures. And it is precisely for that vulgarity that the beautiful name of adventurer has lost value.
In the ranks of the passive adventurers there are some writers, most of them English or American, because the merchant towns are the ones that most come to fantasy in their relationships with what we call «the demands of life.»
It’s difficult to write an adventure novel with the exploits of a second-rate official, but Jack London, Conrad, and others may well do it on their own adventures. These writers, moreover, belong to that rare and precious genre of adventurers who are both passive and active.
As such a cast exceeds the limits of a booklet conceived for a practical purpose, we refer the reader to the works of Jack London, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Bernard Combette, Auzias-Turenne, and so on.
The passive adventurer is sedentary. He detests movement in all its forms, vulgar violence, killings, firearms, and any kind of violent death.
He hates these things if they concern him, but his imagination evokes them lovingly and hopefully when the protagonist is the active adventurer.
The passive adventurer only exists because he parasitizes the exploits of the active adventurer.
However, it is not advisable (as the reader tends to think) that the passive adventurer simply isolates himself in an ivory tower.
That arrogant, though solemn, attitude only suits a passive adventurer from the age of forty, when he can begin to feed on his past or, rather, what he imagines his past to have been.
It is therefore prudent to travel a bit choosing the destination well.
A good passive adventurer should stay as little as possible from his workplace, that is, from his library. However, it is worth looking for some reference points, simply to give color and complexity to an intelligently flawed atmosphere.

The importance of cabaret in the adventure novel is capital. I wish I could quote the first pages of R. L. Stevenson’s Treasure Island here. The atmosphere of the book is suddenly established by the description of that perfidious cabaret placed as a cairn on the side of a coastal road where Pew, the blind pirate, a true carrion, haunts the night silence of the countryside with his cane.
Eroticism must be one of the foundations of the adventure novel. It should not, of course, dominate the argument, but appear here and there, as the warp of an old garment appears at certain points. An adventure novel always resembles somewhat worn clothes: its fabric can not be new because the adventure has disappeared from our lives.
The passive adventurer lives in close contact with the past. Modern adventures are chemical, explosive, and foolishly collective: none of these characteristics can aspire to arouse the interest of a full-fledged man.

Like active adventurers, passive adventurers don’t usually die of old age.
It happens sometimes, although very few, that an active adventurer exploited by a passive adventurer returns from a long adventure and beat his inspirer to death.
It is an unpleasant case, but, we repeat, it occurs very rarely. The active adventurer is unable to judge his case with such severity.

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