Liberalismo En Tiempos De Cólera — Andrés Velasco & Daniel Brieba / Liberalism In Times Of Anger by Andrés Velasco & Daniel Brieba (spanish book edition)

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Una mirada amplia al populismo imperante en el mundo de hoy y lo peligroso de seguir este camino . Explica ampliamente el Liberalismo y sus sus formas y abre un camino para pensar en como los paises podrian ser liderados y gobernados por el Liberalismo igualitario , en beneficio de la mayor cantidad de poblacion posible.
El libro es interesante, más aún pensando en que lo escribe nada más ni nada menos que un político, un tipo que ha estado trabajando en el mundo real y que, esté uno de acuerdo con él o no, nos habla desde la experiencia, desde las luces y sombras de la política real y actual. A destacar el capítulo que aborda el liberalismo desde una óptica moral no neutral (capítulo 8).

El conflicto político de la segunda mitad del siglo XX fue entre la derecha y la izquierda. El gran conflicto de la primera mitad del siglo XXI será entre los populistas y los defensores de la democracia liberal.
Donald Trump gobierna los Estados Unidos, una nación de 330 millones de personas; 170 millones de europeos viven en países con al menos un político populista en el gabinete;1 en América Latina, al populismo de Nicolás Maduro de Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia recientemente se le ha sumado la versión izquierdista de Andrés Manuel López Obrador en México —un país de 130 millones de habitantes— y la versión derechista de Jair Bolsonaro en Brasil, una nación aún más grande, de 210 millones de personas. Corresponde incluir también a las Filipinas, con más de 100 millones de personas, y a Turquía, con una población que bordea los 80 millones. Esta contabilidad rápida arroja, vemos, más de mil millones de personas que viven en la actualidad bajo gobernantes populistas. Y si además sumamos a la India de Narendra Modi, un líder con rasgos que se asemejan mucho al populismo, esta suma asciende a más de 2.400 millones de personas, casi un tercio de la humanidad.
¿Qué tienen en común Donald Trump y Nicolás Maduro, Viktor Orbán y Andrés Manuel López Obrador, Rodrigo Duterte y Daniel Ortega, Jean-Marie Le Pen y Pablo Iglesias? Un modo populista de hacer política.
El populismo avanza no solo porque lo adoptan líderes carismáticos, o porque gana votos haciendo caso omiso de las reglas de la ortodoxia económica, sino porque ofrece una alternativa política e ideológica potente, amparada en una tríada peligrosa: la negación de la complejidad, el antipluralismo y una versión torcida de la legitimidad política y la representación.
El populismo es profundamente «iliberal», y puede llegar a ser derechamente antidemocrático. La democracia, así, a secas, es el gobierno de la mayoría. La democracia liberal profundiza esta definición, al añadir el reconocimiento de la diversidad de perspectivas e intereses, y la existencia de mecanismos para garantizar que, dada esa diversidad, la mayoría no le ponga el pie encima a la minoría y vulnere sus derechos. Hay un corto trecho desde el populismo a la democracia iliberal de, por ejemplo, la Hungría de Orbán, la Turquía de Erdoğan, o la Venezuela de los primeros años de Chávez.

Si la libertad es la gran bandera de la derecha, la igualdad suele ser vista dentro de sus filas como el gran adversario. Para la derecha, defender la igualdad es una herejía, porque la entienden como némesis de la libertad. O estás con la igualdad, o estás con la libertad, parecen decir.
¿Tiene sentido esta oposición? Creemos que no. Se entiende solo si se adopta una definición restringida de libertad y, además, se escoge un ámbito específico de la igualdad. La definición restringida de libertad ya la vimos: es la famosa libertad como no interferencia. Y la igualdad que está en frontal oposición a la no interferencia es la igualdad de resultados o igualdad material casi total —el tipo de igualdad al que se aspiraba en los socialismos reales. La lógica es clara: para producir esta igualdad material se debe intervenir de manera reiterada y significativa en la economía, redistribuyendo de aquí para allá, sin respiro. Este tipo de igualdad material evidentemente no sería consistente con un sistema político libre ni con el respeto a las libertades básicas de las personas.
El problema viene después, cuando atrapados por la no interferencia como estándar supremo de lo justo, la derecha más extrema ve en las socialdemocracias europeas una versión light del comunismo, pero con el mismo vicio de fondo: la interferencia con la libertad económica.

La libertad y la igualdad son los valores constitutivos de la democracia moderna. Todos queremos vivir en sociedades donde seamos libres y a la vez iguales. Pero ni la derecha ni la izquierda presentan visiones que permitan cumplir cabalmente esa aspiración. Necesitamos, pues, una mejor teoría de justicia; una que se tome en serio la libertad, pero también la igualdad; que sepa distinguir entre distintos planos de desigualdad más allá de lo material; y que ofrezca buenas razones para decidir por qué o cuándo cierta desigualdad es injusta y cuándo no lo es.
¿Existe una teoría que articule una visión de justicia social más persuasiva que el enfoque de la libertad negativa de la derecha y que el paradigma de los derechos sociales de la izquierda? Pensamos que sí.
En todos los casos se trata de lo mismo: cómo generar las condiciones sociales que nos permitan vivir libres e iguales en una sociedad democrática. Libres para desarrollar nuestros proyectos de vida bajo condiciones de autonomía, gracias a un acceso suficiente y seguro a los funcionamientos necesarios para desarrollarnos como personas, como trabajadores y como ciudadanos; e iguales en la esfera pública, para relacionarnos con los demás como plenos ciudadanos que interactuamos bajo reglas democráticas de autogobierno aceptables para todos.
Es un ideal, y como tal, se mueve con el horizonte. Parafraseando a Eduardo Galeano, cuando avanzamos dos pasos, el ideal también se aleja dos pasos. Pero al hacerlo, nos invita a caminar.

Gobernar el capitalismo consiste en modificarlo gradualmente para reducir los elementos de degradación, explotación e injusticia que enfatizan nuestros tres críticos, manteniendo al mismo tiempo las virtudes innovadoras de un sistema de mercado.
América Latina ha sido líder mundial en la producción de políticos populistas, vendedores de certezas absolutas y de proyectos políticos totalizantes.
Pero junto a una tradición populista también ha existido en estas tierras, a veces de forma precaria pero persistente, una tradición liberal que le ha hecho frente. Y su cultura política ha echado raíces.
La Unión Europea es una de las construcciones políticas más formidables de la historia humana. Sin embargo, los europeos no la quieren.
La Unión Europea acabó con los conflictos armados entre naciones que en el siglo XX libraron dos guerras mundiales; estableció instituciones democráticas comunes que los países de Europa del Este se desviven por integrar; alcanzó estándares de prosperidad, desarrollo humano y calidad de vida que son la envidia de la humanidad.
A pesar de todo esto, en junio del 2016 —sorprendiendo a encuestadores y expertos—, los británicos votaron por abandonar la Unión Europea.
Si Europa es tan próspera y libre, ¿por qué los europeos desconfían de la Unión Europea? Añadamos ahora otra pregunta: ¿Qué deberían hacer las instituciones europeas para engendrar afecto entre sus ciudadanos?
Estos interrogantes se vienen formulando desde la creación de los antecesores de la Unión Europea, en especial la Comunidad Económica Europea, en la década de los cincuenta. También se han planteado al interior de los países, especialmente Alemania, que experimentaron grandes transformaciones políticas como resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Pasión y mesura. La mesura exige paciencia. Pero no cualquier tipo de paciencia:
Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades.

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A comprehensive look at the prevailing populism in today’s world and the danger of following this path. It broadly explains Liberalism and its forms and opens a way to think about how countries could be led and governed by egalitarian Liberalism, for the benefit of the largest possible population.
The book is interesting, even more so thinking that nothing more or less than a politician writes it, a guy who has been working in the real world and who, whether one agrees with it or not, speaks to us from experience, from the lights and shadows of real and current politics. To highlight the chapter that deals with liberalism from a non-neutral moral perspective (Chapter 8).

The political conflict of the second half of the 20th century was between the right and the left. The great conflict of the first half of the 21st century will be between populists and defenders of liberal democracy.
Donald Trump rules the United States, a nation of 330 million people; 170 million Europeans live in countries with at least one populist politician in the cabinet; 1 in Latin America, the populism of Nicolás Maduro from Venezuela, Daniel Ortega in Nicaragua and Evo Morales in Bolivia has recently been joined by the leftist version of Andrés Manuel López Obrador in Mexico – a country of 130 million inhabitants – and the right-wing version of Jair Bolsonaro in Brazil, an even larger nation of 210 million people. It should also include the Philippines, with more than 100 million people, and Turkey, with a population of around 80 million. This rapid accounting yields, we see, more than a billion people currently living under populist rulers. And if we also add to India Narendra Modi, a leader with traits that closely resemble populism, this sum amounts to more than 2.4 billion people, almost a third of humanity.
What do Donald Trump and Nicolás Maduro, Viktor Orbán and Andrés Manuel López Obrador, Rodrigo Duterte and Daniel Ortega, Jean-Marie Le Pen and Pablo Iglesias have in common? A populist way of doing politics.
Populism advances not only because it is adopted by charismatic leaders, or because it wins votes ignoring the rules of economic orthodoxy, but because it offers a powerful political and ideological alternative, sheltered in a dangerous triad: the denial of complexity, anti-pluralism and a twisted version of political legitimacy and representation.
Populism is profoundly «illiberal,» and it can be downright undemocratic. Democracy, thus, simply, is the government of the majority. Liberal democracy deepens this definition, adding the recognition of the diversity of perspectives and interests, and the existence of mechanisms to guarantee that, given that diversity, the majority does not set foot on the minority and violate their rights. There is a short way from populism to illiberal democracy in, for example, Orbán’s Hungary, Erdoğan’s Turkey, or the Venezuela of Chávez’s early years.

If freedom is the great flag of the right, equality is usually seen within its ranks as the great adversary. For the right, defending equality is heresy, because they understand it as the nemesis of freedom. Either you are with equality, or you are with freedom, they seem to say.
Does this opposition make sense? We think not. It is understood only if a restricted definition of freedom is adopted and, in addition, a specific field of equality is chosen. We have already seen the restricted definition of freedom: it is the famous freedom as non-interference. And the equality that is in direct opposition to non-interference is equality of results or almost total material equality – the type of equality that was aspired to in real socialisms. The logic is clear: to produce this material equality, it is necessary to intervene repeatedly and significantly in the economy, redistributing from here to there, without respite. This type of material equality would obviously not be consistent with a free political system or with respect for people’s basic freedoms.
The problem comes later, when caught by non-interference as the supreme standard of fairness, the most extreme right sees in European social-democracies a light version of communism, but with the same basic vice: interference with economic freedom.

Freedom and equality are the constitutive values of modern democracy. We all want to live in societies where we are free and at the same time equal. But neither the right nor the left present visions that make it possible to fully fulfill that aspiration. So we need a better theory of justice; one that takes freedom seriously, but also equality; who knows how to distinguish between different planes of inequality beyond the material; and that it offers good reasons for deciding why or when a certain inequality is unfair and when it is not.
Is there a theory that articulates a more persuasive vision of social justice than the right’s negative freedom approach and the left’s social rights paradigm? We think so.
In all cases it is the same: how to generate the social conditions that allow us to live free and equal in a democratic society. Free to develop our life projects under conditions of autonomy, thanks to sufficient and safe access to the operations necessary to develop ourselves as people, as workers and as citizens; and equal in the public sphere, to relate to others as full citizens who interact under democratic rules of self-government acceptable to all.
It is an ideal, and as such it moves with the horizon. To paraphrase Eduardo Galeano, when we advance two steps, the ideal also moves two steps away. But in doing so, he invites us to walk.

Governing capitalism consists of gradually modifying it to reduce the elements of degradation, exploitation and injustice that are emphasized by our three critics, while maintaining the innovative virtues of a market system.
Latin America has been a world leader in the production of populist politicians, sellers of absolute certainties and totalizing political projects.
But along with a populist tradition, a liberal tradition has also existed in these lands, sometimes precariously but persistently. And their political culture has taken root.
The European Union is one of the most formidable political constructions in human history. However, Europeans do not want it.
The European Union ended armed conflicts between nations that fought two world wars in the 20th century; it established common democratic institutions that the countries of Eastern Europe go out of their way to integrate; reached standards of prosperity, human development and quality of life that are the envy of humanity.
Despite all this, in June 2016 – shocking pollsters and experts – the British voted to leave the European Union.
If Europe is so prosperous and free, why are Europeans suspicious of the European Union? Let us now add another question: What should the European institutions do to generate affection among their citizens?
These questions have been asked since the creation of the predecessors of the European Union, especially the European Economic Community, in the 1950s. They have also been raised within countries, especially Germany, which experienced great political transformations as a result of the Second World War.

Passion and measure. Measurement requires patience. But not just any kind of patience:
At dawn, armed with ardent patience, we will enter the splendid cities.

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