Crónicas Barbitúricas. El Asombro Y La Ira — Karina Sainz Borgo / Barbiturate Chronicles. Astonishment And Anger by Karina Sainz Borgo (spanish book edition)

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El tipo de inyección de poesía que necesitaba en este momento. Un recordatorio de por qué quiero escribir y por qué debería escribir. Una carta de amor al español y a mi sucia y brillante ciudad.

La lluvia en Madrid se revela de otra forma. Es una de las primeras lecciones en el manual del individualismo moderado. Nunca con la precisión inglesa o el combate checo de las abuelas que bastonean con furia en las novelas de Kundera, tampoco la transparencia británica que te deja atornillado bajo un farol. Aquí todo ocurre de una determinada forma: no del todo desordenada, pero tampoco precisa. Es, más bien, un equilibrio aleatorio.
En España todo es mediterráneo: aparenta el orden y la dulzura. Está tocado por una diferencia en la escala Celsius: unos grados por encima del nórdico vegetativo y otros por debajo del arrebato criollo que aún me recorre los huesos. Todo se aloja en la franja climática de una curvatura, una informalidad —una que con el paso de los años aprendería a amar desaforada y locamente—. Esa forma que tienen los españoles de hacer estallar algunos asuntos con belleza y brusquedad.
El Quijote cervantino contiene gran parte del acertijo que confirma y a la vez desmiente la coreografía del paraguas: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme» (porque me no dio la regalada gana). Y si las aspas de los molinos son una metáfora colectiva, los modestos paraguas también. Simbolizan ese lugar donde el espacio público intenta la coincidencia, aunque ahora ignore lo complicada que es esa palabra aquí.

Los cinco hombres piden churros, también chocolate. Remueven el bebedizo con cucharillas astilladas. Pringan el churro en el cacao y lo mordisquean con mordiscos vigorosos. Ejercen su jubilación impunemente, con gusto. Defienden, si no la desmemoria, al menos sí el derecho al recuerdo que unos detentan por encima de otros.
El problema no es lo que se recuerda, sino la autoridad de quien lo hace. Los motivos están de más. Siempre que haya churros habrá democracia, aunque ya no lo noten. Y aunque su taza civil se enfríe, ya no notarán la diferencia, porque alguien vendrá a reponerla. En el Café Comercial las fichas han dejado de sonar, las voces de los cinco hombres también. Todos sorben, hambrientos aún de quién sabe qué.

Madrid, esa metrópoli con modales de escapulario, renunciaba el primer domingo de cada mes al reposo de monaguillo. Preciados. Goya. Serrano. Conde de Peñalver. Princesa. Gran Vía y todos sus semáforos. Una gragea antidepresiva para la rutina de los aeropuertos y sus despedidas de casa sin luz, un antídoto contra los locutorios y las llamadas de larga distancia, un truco para no estar lejos, una fechoría para la imaginación, el regalo para los que esperan que las cosas sean posibles.
Domingos felices en los que nunca llueve. Domingos felices para un teclado ocioso. De las personas que conozco, Álvaro es el único que entiende y comparte la hipótesis. Porque es cierto: en el Madrid de aquellos años, los domingos solo eran felices cuando abrían los almacenes de El Corte Inglés.

Un país atomizado toma asiento y se detiene en el bocadillo del medio tiempo. Envuelto en papel de plata, semejante tentempié subraya una costumbre doméstica, incluso fabril, a mitad de camino entre el ascetismo y lo provinciano. ¿Por qué traen bocadillos?, me preguntaba. ¿Por qué en los estadios de fútbol no venden, como en los de béisbol, comida y vasos extragrandes de bebidas?. Con el tiempo me acostumbré, pero entonces no paraba de pensarlo. Miré alrededor. ¿Dónde estoy?, ¿dónde carajo estoy?…
En la última columna que publicó antes de su muerte escribió Francisco Umbral: «En aquel tiempo, por Madrid, los escritores iban de escritores por la calle, porque había una cultura general y viandante como había una pintura visible y catalogable. Ahora, si quieres conocer una verdadera cultura tienes que irte al fútbol. En el fútbol en seguida se aprende algo y los más eruditos recurren al Marca. Es cuando en los tranvías se oye decir al obreraje: “Pásate, macho, el Marca con las alineaciones”».
Sentada en las gradas del Bernabéu entendí a qué se refería Umbral. Entendí cómo el país incapaz de ponerse de acuerdo sobre asuntos varios sí consigue un mínimo consenso alrededor de aquel campo de 107 metros de largo por 72 de ancho. Alguna causa común o feligresía consiguen construir para, más o menos de acuerdo, hacer catarsis gritándole a once jugadores que viven su propia patria millonaria. Lo importante es la pelota, las cáscaras de pipas, el humo espeso de Ducados (una marca de cigarrillos)…
Ninguna patria es aséptica. Para que sea propia o deseada como tal necesita una mise en escène. Y la ciudadanía del balompié no escapa de esas coreografías cívicas. Precisa arrebato, qué mejor prueba que el Cant del Barça. «No importa de dónde vengamos, si del sur o del norte, pero estamos de acuerdo, una bandera nos hermana». La versión oficial, compuesta en 1974, está íntegramente escrita en lengua catalana. He ahí el extraño cosmopolitismo barcino, imposible de descifrar incluso en el himno de su club de fútbol.
Esa patria se juega con los pies. Su himno es la muchedumbre y la dirección de su estadio un pase que sigue la avenida de la Diagonal. Aquí todos tienen derecho a pitar por igual. El hombre del español poco aceitado, el chico que no llega al metro setenta, el malhumorado abuelo de las eles y los plaus…

Las piñatas son y han sido siempre lo mismo: un festivo linchamiento, un sacrificio en honor del anfitrión y sus invitados, una tierna lapidación con tarta y gelatina de fresa al final de la masacre. La piñata es el único crimen al que eres invitado con una linda tarjetita. «Ven a mi cumpleaños», algo así como, «ven al linchamiento que ofrecen mis papis». Algunos padres intentaron alguna vez enmendar la crudeza del ritual. Pero en lo que a piñatas se refiere, de nada sirven los paliativos civilizadores. Eso de solo abrir la panzuda coraza, sacar los caramelos y arrojarlos cual improvisada lluvia, ¡ni pensarlo!
El verdadero espectáculo de la piñata consiste en presenciar el final. Se trata de aguardar el turno. Esperar ansioso el grueso palo de escoba y, una vez con él en las manos, dárselas de feliz verdugo y emprender a palazos contra el mundo. Entonces uno golpea ciegamente, con furia y ansiedad. Uno golpea con la esperanza de ocasionar el diluvio de caramelos, soldaditos, confetis y piruletas. Lloverán caramelos, se dice uno, con la mano derecha metida en una bolsita de plástico —a juego con la piñata, hecha para recoger lo que caiga—.

El Lidl (supermercado barato) es un inframundo. En él coinciden personas sometidas a cualquier tipo de síndrome de abstinencia con individuos de clase media muy venida a menos que cuentan las monedas para pagar dos paquetes de chóped o gente que compra ahí porque le pilla de camino. Se trata de un automercado de muy bajo coste donde nada está fuera de los palés y abundan sospechosas marcas blancas cuyo precio no sobrepasa los 90 céntimos.

En los diez años que llevo en España vi cómo dos países se licuaban en una rara sopa de gente muerta. En esos diez años cambié de casa siete veces. Lloré la muerte de un dictador, tuve sueños broncos con caballos negros, disparos que me hacían morir desangrada en un charco de jugo de guayaba y la pesadilla constante de nadar en un río de mierda y muertos. En esos diez años me casé y me divorcié. Ejecuté una carnicería afectiva. Aprendí a usar zapatillas. Me compré mis primeras Converse. Dejé de maquillarme. Perdí el derecho a hablar de mi país —fui relevada por la lógica de una división adicional, los que se quedan y los que se van—. Vi las cristaleras de Barajas hechas pedazos por los últimos coletazos de ETA y también los ardores del 15-M y su espíritu de la Tierra de Nunca Jamás. Recuperé el periodismo, el oficio que tenía cuando salí de mi ciudad. Aprendí a callar, algo completamente desconocido para mí; también a resistir.
Me gustan las heridas de todos estos años. Tanto como la sana costumbre que he adquirido de comer de pie en los bares; pelar gambas; sorber caracoles; beber cerveza, vino fino y escuchar a Camarón; de aprender a leer a Cervantes, a Lope y a Pla y elegir nuevas óperas que relevaran mi escaso repertorio de música para llorar a gritos. Encontré en los toros una recreación de la muerte que siempre me fue cercana. También adquirí la costumbre de cantar villancicos y escuchar a Maelo en Navidad. Sofistiqué, digamos, mi propia e hiperbólica cursilería.
Yo, todavía diez años después, me desangro en un charco de jugo de guayaba, esa fruta agusanada que sabe a infancia y destierro. Guayaba. Algo tenía que quedarme de aquel país extinto del que salí la víspera de un 12 de octubre hace ya diez años.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/07/02/la-hija-de-la-espanola-karina-sainz-borgo-the-daughter-of-the-spaniard-by-karina-sainz-borgo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/15/cronicas-barbituricas-el-asombro-y-la-ira-karina-sainz-borgo-barbiturate-chronicles-astonishment-and-anger-by-karina-sainz-borgo-spanish-book-edition/

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The kind of injection of poetry I needed right now. A reminder of why I want to write and why I should write. A love letter to the Spanish language and to my dirty, brilliant city.

The rain in Madrid reveals itself in another way. It is one of the first lessons in the manual of moderate individualism. Never with the English precision or the Czech combat of the grandmothers who baton furiously in Kundera’s novels, nor the British transparency that leaves you screwed under a lantern. Here everything happens in a certain way: not completely messy, but not precise either. It is, rather, a random balance.
In Spain everything is Mediterranean: it appears orderly and sweet. It is touched by a difference in the Celsius scale: a few degrees above the Nordic vegetative and others below the Creole outburst that still runs through my bones. Everything is housed in the climatic strip of a curvature, an informality – one that over the years would learn to love wildly and madly. That way the Spanish have to blow up some affairs with beauty and abruptness.
Don Quixote from Cervantes contains a large part of the riddle that confirms and at the same time denies the choreography of the umbrella: «In a place in La Mancha whose name I don’t want to remember» (because he didn’t give me the wish). And if the windmill blades are a collective metaphor, the modest umbrellas too. They symbolize that place where public space tries to coincide, although now I ignore how complicated that word is here.

The five men order churros, also chocolate. Stir the drinker with chipped teaspoons. Smear the churro in the cocoa and nibble it with vigorous bites. They exercise their retirement with impunity, with pleasure. They defend, if not forgetfulness, at least they do have the right to remember that some hold above others.
The problem is not what is remembered, but the authority of the one who does it. The reasons are more. As long as there are churros there will be democracy, although they no longer notice it. And even if your civil cup gets cold, you will no longer notice the difference, because someone will come to replace it. In the Café Comercial the chips have stopped ringing, the voices of the five men have stopped. Everyone sips, still hungry for who knows what.

Madrid, that metropolis with scapular manners, renounced the altar boy’s rest on the first Sunday of each month. Precious. Goya. Highlander. Count of Peñalver. Princess. Gran Vía and all its traffic lights. An antidepressant dragee for the routine of airports and their homeless parties without light, an antidote against call centers and long distance calls, a trick not to be far away, a wrongdoing for the imagination, the gift for those who expect them to be. things are possible.
Happy Sundays when it never rains. Happy Sundays for an idle keyboard. Of the people I know, Álvaro is the only one who understands and shares the hypothesis. Because it’s true: in Madrid in those years, Sundays were only happy when the El Corte Inglés stores opened.

An atomized country takes a seat and stops at the sandwich at halftime. Wrapped in silver foil, such a snack underscores a domestic, even manufacturing, custom halfway between asceticism and the provincial. Why do they bring snacks? I wondered. Why do they not sell, in baseball stadiums, food and oversized glasses of drinks? With time I got used to it, but then I kept thinking about it. I looked around. Where am I ?, where the hell am I? …
In the last column he published before his death, Francisco Umbral wrote: «At that time, in Madrid, writers used to be writers on the street, because there was a general and pedestrian culture as there was a visible and catalogable painting. Now, if you want to know a true culture you have to go to soccer. In soccer, something is learned at once and the most learned resort to Marca. It is when on the trams you hear the workers say: «Go over there, macho, the Marca with the alignments» ».
Sitting in the stands of the Bernabéu I understood what Umbral was referring to. I understood how the country, unable to agree on various issues, does achieve a minimum consensus around that field 107 meters long by 72 wide. Some common cause or parishioners manage to build to more or less agree to do catharsis, shouting at eleven players who live in their own millionaire homeland. The important thing is the ball, the shells of pipes, the thick smoke of Ducados (a brand of cigarettes) …
No country is aseptic. To be your own or desired as such you need a mise en scene. And the citizenship of football does not escape these civic choreographies. Precise outburst, what better proof than the Cant del Barça. «It doesn’t matter where we come from, whether from the south or the north, but we agree, a flag unites us.» The official version, composed in 1974, is entirely written in the Catalan language. This is the strange Baroque cosmopolitanism, impossible to decipher even in the anthem of his football club.
That country is played with the feet. His anthem is the crowd and the direction of his stadium is a pass that follows Avenida de la Diagonal. Everyone here has the right to whistle equally. The man of the little oiled Spanish, the boy who does not reach the seventy meter, the grumpy grandfather of the eles and the plaus …

The piñatas are and have always been the same: a festive lynching, a sacrifice in honor of the host and his guests, a tender stoning with cake and strawberry jelly at the end of the massacre. The piñata is the only crime you are invited to with a nice little card. «Come to my birthday», something like, «Come to the lynching that my parents offer.» Some parents once tried to amend the harshness of the ritual. But as far as piñatas are concerned, civilizing palliatives are useless. That of just opening the paunchy breastplate, taking out the candies and throwing them like improvised rain, not to think about it!
The real show of the piñata is witnessing the end. It is about waiting your turn. Eagerly awaiting the thick broomstick, and once in his hands, handing them over to him as a happy hangman, and striking out against the world. Then one hits blindly, with fury and anxiety. One strikes in hopes of causing a deluge of candy, little soldiers, confetti, and lollipops. Candies will rain, one says to himself, with his right hand in a plastic bag – matching the piñata, made to collect what falls.

The Lidl (cheap supermarket) is an underworld. In it, people subjected to any type of withdrawal syndrome coincide with very middle-class individuals unless they count the coins to pay for two packages of drivers or people who buy there because they are caught on the way. It is a very low cost auto-market where nothing is out of the pallets and there are plenty of suspicious white labels whose price does not exceed 90 cents.

In the ten years I have been in Spain I saw two countries liquefy in a rare soup of dead people. In those ten years I changed houses seven times. I mourned the death of a dictator, I had hard dreams of black horses, shots that made me bleed to death in a puddle of guava juice and the constant nightmare of swimming in a river of shit and dead. In those ten years I got married and divorced. I ran an emotional butcher shop. I learned to wear sneakers. I bought my first Converse. I stopped putting on makeup. I lost the right to speak of my country — I was relieved by the logic of an additional division, those who stay and those who leave. I saw the Barajas windows smashed by the last tailpipes of ETA and also the burning of the 15-M and its spirit of the Never Land. I recovered journalism, the profession I had when I left my city. I learned to keep quiet, something completely unknown to me; also to resist.
I like the wounds of all these years. As well as the healthy habit I have acquired of eating standing up in bars; peel shrimp; slurping snails; drink beer, fine wine and listen to Camarón; to learn to read Cervantes, Lope and Pla and choose new operas that would relieve my scarce repertoire of music to cry loudly. I found in the bulls a recreation of death that was always close to me. I also got into the habit of singing Christmas carols and listening to Maelo at Christmas. I sophisticated, say, my own hyperbolic kitsch.
I, still ten years later, bleed to death in a puddle of guava juice, that wormy fruit that tastes of childhood and exile. Something had to stay from that extinct country from which I left the eve of an October 12 ten years ago.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/07/02/la-hija-de-la-espanola-karina-sainz-borgo-the-daughter-of-the-spaniard-by-karina-sainz-borgo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/15/cronicas-barbituricas-el-asombro-y-la-ira-karina-sainz-borgo-barbiturate-chronicles-astonishment-and-anger-by-karina-sainz-borgo-spanish-book-edition/

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