La España Del Seiscientos: Memoria De La Generación De Los Sesenta — Montserrat Huguet / The Spain of the Seat 600*: Memory of the Generation of the Sixties by Montserrat Huguet (spanish book edition)

6AD621DB-B9F5-468C-8BE8-E59481F3F36C
Un libro que no es demasiado profundo. Hace referencia a los pequeños detalles de esa época, que a mas de uno le sacará una sonrisa.

Para la mayoría de los jóvenes de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta casarse era una aspiración con mayúsculas. Tanto que sobre los solteros, y en especial las solteras, se cernía el halo del fracaso. Formar una familia propia significaba salir de la de procedencia o construir un nido en el que guarecerse de la inclemencia. Como en cualquier otra época, también la gente se casaba por amor. Los jóvenes que se gustaban se batían el cobre por casarse, y los que no encontraban el hombre o la mujer que les hiciera tilín, ponían todo su empeño en buscar al menos a esa persona que les complementase en alguna medida o les hiciera compañía y les diera descendencia a la que dejar casa y tierra.
Después del periodo de vino y rosas llegaba el choque con la realidad. El hábitat de la pareja no siempre era el más deseable para llegar a conocerse como corresponde. El matrimonio convivía con los suegros bajo el mismo techo o de alquiler en alguna casa de la vecindad con derecho a baño y cocina. Las viviendas de Protección Oficial que se fueron construyendo desde los cincuenta no daban para todos y, en la mayoría de los casos, eran pisos muy pequeños sin buen aislamiento contra el frío y el calor, sin ascensor y con propensión a las grietas en las paredes o las goteras en los techos. Muchos constructores ya a mediados de los años cincuenta empleaban materiales pobres y mano de obra no cualificada. Con ello ganaron dinero a espuertas y dieron fama inmerecida al desarrollo de la construcción.
A repartir interés por la lectura, los periódicos, en blanco y negro, caían en manos de los hombres, mientras que a las mujeres se les adjudicaba sin preguntar el gusto por las revistas de moda o amenidades —muy pocas, para ser justos, en aquella España tan timorata— con una gama más amplia de color en páginas y portadas. Yo no sé si las mujeres de aquel tiempo ojeaban o no los periódicos que entraban en las casas.

El aseo general de las casas se hacía a diario, renovándose en la primavera o inicios del verano el encalado de fachadas (la cal era barata) y en las ciudades la pintura interior de habitaciones y terrazas. Los pintores y los empapeladores profesionales no actuaban en sus barrios. Se ocupaban fundamentalmente de las casas bien, las del centro de las ciudades y barrios más adinerados. Para el común de los mortales estos trabajos corrían a cargo de la propia familia. En las casas de los años sesenta se fue abandonando el gusto por la pintura de las paredes que, incluso si era de colores, se veía trasnochada y po­bretona. Ahora se empapelaba. Cuando tocaba empapelar, los miembros de las familias decidían los modelos del papel de común acuerdo, consultándose en intensas sesiones de sobremesa.

Los puestos de sandías y melones invadían las aceras de los barrios al comenzar el verano, pero en el invierno las fruterías apenas exhibían otra cosa que la trilogía peninsular compuesta de naranja, manzana y pera. De las naranjas de aquellos años, en muchas variedades hoy inexistentes en las tiendas, recor­­damos los baby boomers con deleite las sanguinas: rojas y jugosas. Los plátanos de Canarias eran pocos en las tiendas peninsulares y no especialmente baratos. Así que hasta que los distribuidores comenzaron a desembarcarlos masivamente era más fácil comerse un plátano canario en Roma que en Madrid. La piña desde luego salía siempre de bote, excepto quizá en Na­­vidad, cuando podían verse algunas.
La moda de extirpar las anginas se extendió como la pólvora a mediados de los sesenta. Parecía que el Altísimo se había confundido al dotarnos de amígdalas y los médicos estaban ahí para corregir este daño de la creación. Raro es hoy el baby boomer que conserva aquellas anginitas que nunca tendrían ocasión de crecer en su garganta. A cambio del trofeo, nos dejaban unos agujeros y cicatrices de marca mayor, fuente futura de problemas de salud. Al piso/consulta del otorrino llegábamos los niños en tropel, los padres casi pidiendo a gritos que les fueran extirpadas.

La televisión comenzaba a ser una fuente de entretenimiento, pero sobre todo de conexión con el mundo. Muchos de los niños españoles de los años sesenta crecimos delante del televisor, algunos pegados a la pantorrilla de aquellos abuelos desorientados que, desplazados de sus orígenes rurales, se iban marchitando delante de los rayos catódicos emitidos por el artilugio prodigioso que en el cuarto de estar había desplazado a la radio. Nuestros abuelos, habituados a la radio, tampoco habían visto mucho cine. De modo que la tele era para ellos una revolución.

Los adelantamientos en las carreteras nacionales eran una quimera, jugársela a la ruleta rusa. En las curvas cerradas de los puertos de montaña se pitaba para avisar al vehículo que venía en sentido contrario, tanto si se estaba adelantando como si no. Los camioneros, que lo veían todo desde las alturas, ayudaban si les daba por ahí avisando con el claxon y las luces de que el adelanto era factible. Por verlo con algo de humor, adelantar se convertía en una aventura en la que participaban todos los ocupantes del coche, los niños jaleando al osado padre conductor; la madre, la abuela o la tía recomendando prudencia, la mano bien agarrada al tirante sobre la puerta y la cara con gesto de velocidad. Aquellas mujeres hacían el viaje en tensión: girándose constantemente hacia los niños, vigilando que el equipaje siguiera sobre sus cabezas (sacaban la mano en marcha para hacer comprobaciones), advirtiendo de los coches que venían en sentido contrario. Era ver el carril invadido por otro vehículo adelantando en la lejanía y retraerse en el asiento, ponerse a pegar voces, el rostro como el que espera recibir un puñetazo…

Siendo el bar español la institución social por antonomasia y a falta de locales públicos, civiles o religiosos (las parroquias comenzaban abrirse a los feligreses, pero muy lentamente), las actividades de socialización se llevaban a cabo en los lugares más peregrinos: en el rellano de la escalera o el portal del inmueble y, cada vez menos en las ciudades, en los alrededores de las iglesias. El abandono de la iglesia era más desidia a la hora de cumplir con los ritos que descreimiento. Con menos presión en este ámbito que en los pueblos, los habitantes de las periferias urbanas se adaptaban al medio un poco dejados de la mano de Dios. Mientras las clases medias se iban incorporando a los usos de la práctica católica habituales en las altas, por aquello de parecer antes que ser, en muchas casas de barrio, donde el anonimato comenzaba a ser circunstancia común, se hacía dejación de las obligaciones del culto.
Los españoles seguían teniendo tendencia a la verborrea y al cotilleo, sin diferenciarse en esto los hombres de las mujeres. Hasta la autoridad policial, que velaba por evitar los grupillos espontáneos en la calle, tendía a pararse donde hubiera más de tres despotricando, no por disolverlos, sino a pegar la hebra con ellos.

Fuese o no verdad, la sola mención de que se había pisado la Luna servía para cerrar la década prodigiosa al son de campanillas. A los niños nos gustaba pensar que era cierto, que aquel espectáculo fabuloso era el comienzo de una épo­­ca prometedora. Porque con respecto a los años anteriores, los niños de los años sesenta no teníamos la impresión de haber sido testigos de ningún prodigio. Como no habíamos sentido en nuestras carnes los males de la posguerra, no podíamos comparar. Para los baby boomers los sesenta se iban sin pena ni gloria, presos ya de una botella llena de aire añejo. La época en ciernes se nos brindaba más moderna y —con la adolescencia de por medio— mucho más personal.
Con todo, en el inicio de los años setenta estaba sucediendo algo significativo de lo que nadie parecía darse cuenta aún. La esencia de la experiencia baby boomer había concluido. En 1970 comenzaba a caer la natalidad y de paso el índice de fecundidad. Fue un descenso muy sutil, apenas perceptible en los números, y menos que en ningún sitio en las calles y los patios de los colegios. La ratio de niños por aula en mi infancia era altísima y, curiosamente, ni los padres ni los maestros parecían darle importancia alguna al hecho de que hubiera 40 chicos por clase.
El baby boom terminaba precisamente cuando no nos faltaba de nada.

* El Seat 600 era el coche más famoso de la epoca y que marcó a la sociedad española, aquellos que pudieran tenerlo.

————–

A book that is not too deep. It refers to the small details of that time, which will make more than one smile.

For most young people in the late fifties and early sixties, getting married was a capital aspiration. So much so that over singles, and especially single women, the halo of failure hung. Forming a family of your own meant leaving the family of origin or building a nest in which to shelter from inclement weather. As in any other time, people also married for love. Young people who liked each other beat their copper for marrying, and those who did not find the man or woman who made them tick, made every effort to find at least that person who complemented them in some way or kept them company and give offspring to leave home and land.
After the period of wine and roses came the shock with reality. The couple’s habitat was not always the most desirable to get to know each other properly. The couple lived with the in-laws under the same roof or for rent in a house in the neighborhood with the right to a bathroom and kitchen. The Official Protection homes that were built since the 1950s were not suitable for everyone and, in most cases, they were very small floors without good insulation against cold and heat, without an elevator and prone to cracks in the walls or leaking roofs. Many builders as early as the mid-1950s used poor materials and unskilled labor. With this, they earned money by gates and gave undeserved fame to the development of the construction.
To distribute interest in reading, the newspapers, in black and white, fell into the hands of men, while women were awarded without asking for a taste for fashion magazines or amenities – very few, to be fair, in that timid Spain – with a wider range of color on pages and covers. I do not know whether or not the women of that time leafed through the newspapers that entered the houses.

The general cleaning of the houses was done daily, the whitewashing of facades (lime was cheap) being renewed in the spring or early summer and the interior painting of rooms and terraces in the cities. Professional painters and wallpapers did not operate in their neighborhoods. They dealt primarily with houses well, those in the center of the cities and wealthier neighborhoods. For ordinary mortals these jobs were carried out by the family itself. In the houses of the sixties, the taste for wall painting was abandoned, which, even if it was colored, looked outdated and poor-looking. Now it was wallpapering. When it came to wallpapering, family members decided on the role models by mutual agreement, consulting each other in intense after-dinner sessions.

The watermelon and melon stalls invaded the sidewalks of the neighborhoods at the beginning of the summer, but in the winter the greengrocers barely exhibited anything other than the peninsular trilogy composed of orange, apple and pear. Of the oranges of those years, in many varieties that do not exist in stores today, we remember baby boomers with delight the sanguines: red and juicy. Canary bananas were rare in mainland stores and not particularly cheap. So until the distributors began to land them en masse, it was easier to eat a Canarian banana in Rome than in Madrid. The pineapple certainly always came out of the boat, except perhaps at Christmas, when some could be seen.
The fashion to remove angina spread like wildfire in the mid-1960s. It seemed that the Most High had been confused by equipping us with tonsils and the doctors were there to correct this damage of creation. Rare today is the baby boomer that preserves those angines that would never have a chance to grow in his throat. In exchange for the trophy, they left us with bigger holes and scars, a future source of health problems. The children arrived in droves at the otorrino’s apartment / office, the parents almost crying out for them to be removed.

Television was beginning to be a source of entertainment, but above all, a connection to the world. Many of the Spanish children of the sixties grew up in front of the television, some stuck to the calves of those disoriented grandparents who, displaced from their rural origins, were withering in front of the cathodic rays emitted by the prodigious contraption that in the living room had displaced the radio. Our grandparents, used to the radio, had not seen much cinema either. So TV was a revolution for them.

Overtaking on national roads was a pipe dream, gambling on Russian roulette. At the sharp turns of the mountain passes, the signal was whistled to warn the vehicle that it was coming in the opposite direction, whether it was overtaking or not. The truckers, who saw everything from above, helped if they hit them by warning with the horn and the lights that the advance was feasible. To see him with some humor, overtaking became an adventure in which all the occupants of the car participated, the children cheering the daring father-driver; the mother, the grandmother or the aunt recommending prudence, the hand well grasped to the strap on the door and the face with a gesture of speed. Those women made the trip in tension: constantly turning towards the children, watching that the luggage continued on their heads (they put out their running hand to make checks), warning of the cars coming in the opposite direction. It was to see the lane invaded by another vehicle overtaking in the distance and retract in the seat, start screaming voices, the face like someone expecting to get punched …

As the Spanish bar was the quintessential social institution and in the absence of public, civil or religious premises (parishes began to open up to parishioners, but very slowly), socialization activities were carried out in the most unusual places: on the landing of the staircase or the portal of the building and, less and less in the cities, around the churches. The abandonment of the church was more laziness in complying with the rites than disbelief. With less pressure in this area than in the towns, the inhabitants of the urban peripheries adapted to the environment somewhat left out of God’s hand. While the middle classes were incorporating themselves into the usual uses of Catholic practice in the upper echelons, for what seemed to be rather than being, in many neighborhood houses, where anonymity began to be a common circumstance, the obligations of worship were abandoned. .
The Spaniards continued to have a tendency to verbiage and gossip, with no difference between men and women. Even the police authority, which was careful to avoid spontaneous groups in the street, tended to stop where there were more than three ranting, not to dissolve them, but to stick the strand with them.

Whether or not it was true, the mere mention that the moon had been trodden served to end the prodigious decade to the sound of bluebells. We children liked to think that it was true, that this fabulous show was the beginning of a promising time. Because compared to the previous years, the children of the sixties did not have the impression of having witnessed any prodigy. Since we hadn’t felt the post-war ills in our meats, we couldn’t compare. For the baby boomers, the sixties left without pain or glory, already imprisoned in a bottle full of vintage air. The budding age was more modern and — with adolescence in between — much more personal.
Still, something significant was happening in the early 1970s that no one seemed to notice yet. The essence of the baby boomer experience was over. In 1970 the birth rate began to drop and the fertility rate incidentally. It was a very subtle decline, barely noticeable in numbers, and less than nowhere in the streets and schoolyards. The ratio of children per classroom in my childhood was very high and, curiously, neither the parents nor the teachers seemed to give any importance to the fact that there were 40 children per class.
The baby boom ended precisely when we lacked nothing.

* The Seat 600 was the most famous car of the time and that marked the Spanish society, those who could have it.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.