La Intimidad Pública — Beatriz Sarlo / The Public Privacy by Beatriz Sarlo (spanish book edition)

410D36FB-C823-4D40-B05B-7B46D454D6A8
Un interesante breve libro y de actualidad donde se explota el efecto famoso.
La comunicación a distancia se realizaba, entonces, por fax. Esta tecnología no cambió el estilo de las cartas que se enviaban: el formato era el mismo, los encabezamientos, la mención de lugar y fecha.
La tecnología siempre ha producido reacciones optimistas (incluso utópicas) y reacciones pesimistas y melancólicas. Es obvio que las formas de uso de los nuevos aparatos de lectura nos acercan al fin de la lectura intensiva.

La monotonía de este sistema de figuración pobre señala básicamente hacia dos direcciones. Por una parte, su sistema de producción basado en textos periodísticos cortos cuyos temas vuelven casi sin variaciones a lo largo de meses e, incluso, de años, como si no pudiera existir un cansancio frente a la noticia que copia la noticia anterior que copia a la noticia del mes pasado y así sucesivamente. Estos textos periodísticos exigen muy poco de sus eventuales lectores, porque retoman lo que estos ya saben por la televisión, los portales especializados y las redes. Las destrezas necesarias para leer una noticia política o deportiva son infinitamente mayores que las que exige este universo de «vidas privadas» convertidas en «vidas públicas», que tienen la previsible regularidad de una tabla periódica.
Pero justamente la conversión de lo privado en público es el gran deseo que el periodismo (seguramente con razón) atribuye a los consumidores contemporáneos.
El chisme y el rumor tienen cualidades y poderes similares. Dejan ver, de modo fascinante, que las celebrities y las estrellas son tan vulgares como su público y forman parte de la misma especie. En términos psicológicos y morales son gigantografías de lo que su público no se atreve a poner en escena de modo tan desfachatado: celos, deseos de venganza y afectos, en general, bajos. Comparten un mismo espacio emocional. Las figuras de representación son comunes. Por eso, la retórica de los medios y las redes (inseparables) tiene figuras que pueden reconocerse y traducirse fácilmente.

La publicidad del escándalo confirma un lugar: hay que ser alguien para protagonizarlo (y se crece si se lo protagoniza). Un escándalo entre desconocidos es simplemente un conflicto privado cuyo destino es el chisme, sin un instante de grandilocuencia publicitaria.
El escándalo obtiene lo que necesitan sus personajes, ese lapso, generalmente breve, de fama en los medios. Consumidores anónimos del escándalo colaboran subiéndose a escena, a través de comentarios escritos en la web y de ingeniosidades o invectivas en las redes sociales. El escándalo del famoso abre un espacio discursivo e imaginario donde todos somos iguales: tenemos derecho a la opinión porque la publicidad del escándalo nos habilita. Más todavía: un escándalo exitoso necesita de opiniones ajenas a sus protagonistas porque así prueba que se ha impuesto como tema del (fugaz) momento. Sin la compañía de personas no directamente vinculadas al conflicto, el escándalo fracasa en sus objetivos. Se hace un escándalo para que los «otros» se enteren, no para que permanezca en un secreto privado.
Escándalo y repercusión pública se implican. Ocupar un lugar público, aunque sea durante una secuencia efímera, es no solo la consecuencia, sino una condición inseparable del escándalo exitoso. Por eso, el escándalo es una de las formas de la notoriedad actual, una forma que no exige de sus protagonistas ni calidad ni logros, sino que sean suficientemente conocidos como para convertirse en personajes.
La continuidad del escándalo, ya sea como evento en episodios o como explosión unitaria, es una necesidad no solo de los medios, sino de su público. O, si se quiere, a la inversa: el público ya no está interesado en acontecimientos de baja intensidad y prefiere leer o mirar aquellos que garantizan el impacto. Las investigaciones periodísticas de larga duración se gastan antes de concluirse, y deben puntuarse mediante pequeños escándalos que renuevan su interés. La luz del escándalo ilumina como un rayo, que puede ser mortal o simplemente la trasmisión de una corriente eléctrica que tonifique a sus protagonistas. Fugacidad e intensidad son las cualidades del escándalo porque, si se prolonga, se convierte en una historia; y, si no es intenso, no está en condiciones de competir con los otros escándalos ni con las noticias. Para producir el escándalo y comentarlo hay que ser experto en invectivas.
La brevedad del escándalo es una de sus condiciones formales.
El mundo del escándalo es un mundo sin valores, excepto uno: que sus protagonistas sean eficaces en la técnica dramática de acumular y levantar la apuesta; que no vacilen en hacerlo; que siempre tengan algunas migajas para tirar a la audiencia. A diferencia de otros productos de los medios, los escándalos solo irónicamente pueden ser juzgados como «buenos» y «logrados». Merecen esos adjetivos si han capturado suficiente atención pública. El mejor escándalo es el que más comentarios suscita. Por eso, de nuevo, la técnica de «levantar la apuesta» es fundamental. Hay que tener material y estar decidido para hacerlo. Hay que tener «resto», porque el suspenso que puede generar el escándalo depende de que sus espectadores se pregunten: ¿tendrá algo más que decir? ¿nos vamos a enterar de cosas aún más terribles o sucias (y banales)?.

La muerte del escándalo está anotada en su fecha de nacimiento. Hay, por supuesto excepciones: los grandes escándalos que, en realidad, no pertenecen a esta versión menor del género. El accidente en el que mueren Lady Di y su amante, o Carlos Monzón asesina a Alicia Muñiz, no son, en realidad, escándalos, sino, cada uno en su escenario, grandes sucesos, que se convierten en materia del periodismo, y no están limitados al cotilleo amarillo de la televisión de la tarde. Tienen la dureza de hechos irreversibles en los que se juega la vida. No son representaciones para el público, aunque fascinen a millones precisamente por originales, inesperados, inexplicables. Llaman a la hipótesis, no al chimento. Y, sobre todo, cada uno en su dimensión, son originales e irrepetibles.
El escándalo menor, nimio, que es el que nos ocupa, conmueve algunos días o algunas horas la superficie de lo cotidiano. Repite situaciones banales, conocidas pero interesantes porque nunca podrían integrarse en las vidas de quienes las consumen como público. Por eso el atractivo de programas como Gran Hermano: sus protagonistas responden a un casting donde se eligen tipos culturales frente a los que es posible decir: son como yo, aunque bella, atlético, perversa, violento, mentiroso, buen tipo, autoritaria, etcétera, etcétera. Durante algunas semanas, esos elegidos crean sus escándalos en un vacío, piadosa o cruelmente encerrados en una casa, héroes o villanos de ese pequeño mundo que funciona por hipérbole.
El arma del escándalo es el microshock. No un impacto duradero (no se recuerdan escándalos como se recuerdan escenas o personajes) sino una intervención flamígera, un principio de incendio que es eso: solo un comienzo que se apaga tan rápido y no permanece como recuerdo sino como sketch en una serie. La intimidad inexistente del sketch tiene algo de cómico, como los gags de una película muda. Y también es patética porque los protagonistas del escándalo se ofrecen como si fueran gallitos de riña: deshumanizados, es decir despojados de una intimidad que la cultura común construyó durante cien años. Lo que queda de estos gallitos es su débil fama en las redes y la creencia de que se existe mientras se exista allí.

Nos fascina comprobar que todos somos iguales, incluidos los famosos, que son más iguales que nadie por la extrema vulgaridad que comparten. El presente estadio de la sociedad del espectáculo no fue previsto por Guy Debord: todos queremos no solo mirar, sino formar parte.

La maternidad se ha puesto de moda entre las famosas también por un motivo que lleva a pensar en los estilos corporales. Desde hace dos décadas, comenzaron a usarse los cuerpos fornidos: grandes pechos quirúrgicos o implantados; suplementos de bótox en los glúteos, brazos y piernas que difieren del ideal de «modelo» o mannequin, para acercarse a las frecuentadoras de gimnasio. Al cuerpo de las modelos de los años sesenta no les sentaban bien las hinchazones de vientre y pechos que imponen la maternidad y la lactancia. Una modelo de entonces, flaquísima y embarazada, evoca más el dibujo del expresionismo alemán que una torpe copia de la pintura renacentista. La mannequin de los años sesenta podía decir, como Wallis Simpson, la mujer bella y distinguida por quien abandonó el trono de Inglaterra el rey Eduardo VIII, que «nunca es posible ser ni demasiado flaco ni demasiado rico».
Esa frase hoy no se adapta a una estética que persigue lo flaco, pero también lo redondo. Hay cambios en el ideal físico no de las mannequins de pasarela, sino de las famosas de la televisión.
Por eso es tan afín al mundo de las famosas mediáticas que sean cuales sean sus recursos económicos los tienen relativamente asegurados. En ellas, la maternidad parece surgir como una necesidad del alma que necesita completarse en la potencial existencia del tiempo futuro que proporcionan los hijos. La seguridad económica es una garantía de las delicias de la procreación. En condiciones de seguridad, la maternidad es también oportunidad de exhibir el buen cuerpo, que viene con el plus de la buena conciencia.
El impulso hacia la fama es el gran planificador de la intimidad hecha pública. Hace unas décadas, esa intimidad era sencillamente espiada, sorprendida por el objetivo de alguna cámara, negociada de manera consciente y trabajosa, eventualmente vendida (como se vendían, a comienzos del siglo XX, las postales pornográficas). Ahora, la intimidad está planificada. Cualquiera que haya presenciado cómo se prepara una fotografía periodística sabe que lleva tiempo poner luces, probar lentes, elegir focos y puntos de cámara, corregir encuadres y, después de corregir encuadres, volver a poner luces, porque los rebotes y los brillos cambiaron. En consecuencia, estas fotos carecen totalmente del efecto «instantánea». Son más bien artificiosas y triviales, como aquellos inocentes cuadritos que, casi desde la invención de la fotografía, se tomaban de bebés sonrientes y siempre más o menos simpáticos.

Para ser famoso se necesita exhibir la subjetividad de un modo desconocido hasta mediados del siglo XX. La mañana y la media tarde de la televisión están ocupadas por emisiones que solo ofrecen esto; un modo de exhibición pública de la subjetividad y una fábula sentimental o pasional. Nunca se ha visto tanta gente llorar, gritar, insultarse ante las cámaras (ni siquiera en la ficción de los viejos teleteatros).
La intimidad es la cualidad magnética de esta subjetividad expuesta a la mirada. ¿Qué otra cosa podría ofrecerse? Francis Jeanson define un estado en que «nos colocamos como espectadores de nosotros mismos, nos apasionamos ante nuestra propia reacción por lo que nos sucede y contamos las impresiones como si se tratara del prójimo».
Los famosos tienen un poder especial que su público no posee. Son iguales y, al mismo tiempo, diferentes, porque están iluminados (aunque la luz sea fugaz y casi inmotivada). Ellos tienen las condiciones imprescindibles para magnificar y monetizar sus reacciones y sentimientos. La traición ya no es solamente humillante (como suele serlo en la esfera privada) sino que, transformada en escándalo, expone argumentos de interés dramático. Por su publicidad, el escándalo es una forma estética de la vida cotidiana. Al formar parte de una imaginación que atraviesa culturas, la maternidad es una fuente donde la subjetividad se expande. El imperio de los sentimientos, cuando pasa de privado a público, adquiere cualidades que interesan precisamente a quienes no están en condiciones de realizar ese pasaje. Los repetidos avatares del yo se convierten en argumento de una obra, aunque su actualidad sea un instante. Nadie mide duración sino impacto.

——————

An interesting brief and topical book where the famous effect is exploited.
Remote communication was then done by fax. This technology did not change the style of the letters that were sent: the format was the same, the headings, the mention of place and date.
Technology has always produced optimistic (even utopian) reactions and pessimistic and melancholic reactions. It is obvious that the ways of using the new reading devices are bringing us closer to the end of intensive reading.

The monotony of this poor figurative system basically points in two directions. On the one hand, its production system based on short journalistic texts whose themes return almost unchanged over months and even years, as if there could be no weariness compared to the news that copies the previous news that copies last month’s news and so on. These journalistic texts demand very little from their eventual readers, because they take up what they already know on television, specialized portals and networks. The skills necessary to read a political or sports news are infinitely greater than those required by this universe of «private lives» turned into «public lives», which have the foreseeable regularity of a periodic table.
But precisely the conversion of the private into the public is the great desire that journalism (surely rightly) attributes to contemporary consumers.
Gossip and rumor have similar qualities and powers. They show, in a fascinating way, that celebrities and stars are as vulgar as their audience and are part of the same species. In psychological and moral terms, they are gigantographies of what their public does not dare to stage in such a brazen way: jealousy, desires for revenge and affection, in general, low. They share the same emotional space. Representation figures are common. For this reason, the rhetoric of the media and the (inseparable) networks have figures that can be easily recognized and translated.

The publicity of the scandal confirms a place: you have to be someone to star in it (and it grows if you star in it). A scandal between strangers is simply a private conflict whose destination is gossip, without an instant of publicity bombast.
The scandal gets what its characters need, that generally brief span of media fame. Anonymous consumers of the scandal collaborate by taking the stage, through comments written on the web and ingenuities or invectives on social networks. The famous scandal opens a discursive and imaginary space where we are all equal: we have the right to opinion because the publicity of the scandal enables us. Furthermore, a successful scandal needs opinions from outside its protagonists because this proves that it has established itself as the subject of the (fleeting) moment. Without the company of people not directly linked to the conflict, the scandal fails in its objectives. A scandal is made for the «others» to find out, not for it to remain a private secret.
Scandal and public repercussion are implicated. Occupying a public place, even if during an ephemeral sequence, is not only the consequence, but an inseparable condition of the successful scandal. For this reason, the scandal is one of the forms of current notoriety, a form that does not demand quality or achievements from its protagonists, but rather that they be sufficiently known to become characters.
The continuity of the scandal, either as an event in episodes or as a unitary explosion, is a necessity not only for the media, but for its audience. Or, if you want, the other way around: the public is no longer interested in low-intensity events and prefers to read or watch those that guarantee impact. Long-term journalistic investigations are spent before they are concluded, and must be punctuated by small scandals that renew their interest. The light of the scandal illuminates like lightning, which can be deadly or simply the transmission of an electric current that tones its protagonists. Fugacity and intensity are the qualities of scandal because, if it continues, it becomes a story; And if it is not intense, it is not in a position to compete with the other scandals or with the news. To produce the scandal and comment on it you have to be an expert in invective.
The brevity of the scandal is one of its formal conditions.
The world of scandal is a world without values, except one: that its protagonists are effective in the dramatic technique of accumulating and raising the stakes; do not hesitate to do so; always have some crumbs to throw to the audience. Unlike other media products, scandals can only ironically be judged as «good» and «accomplished.» They deserve those adjectives if they have captured enough public attention. The best scandal is the one that raises the most comments. So again, the «raise the bet» technique is essential. You have to have material and be determined to do it. You have to have «rest», because the suspense that the scandal can generate depends on its viewers wondering: will it have something else to say? Are we going to find out even more terrible or dirty (and banal) things ?.

The death of the scandal is noted on his date of birth. There are, of course, exceptions: the big scandals that don’t really belong to this minor version of the genre. The accident in which Lady Di and her lover die, or Carlos Monzón assassinates Alicia Muñiz, are not, in reality, scandals, but, each one on his stage, great events that become the subject of journalism, and are not limited to the yellow gossip of the afternoon television. They have the hardness of irreversible facts in which life is at stake. They are not representations for the public, although they fascinate millions precisely because they are original, unexpected, and inexplicable. They call the hypothesis, not the bullshit. And, above all, each one in its dimension, they are original and unrepeatable.
The smallest, smallest scandal, which is the one that concerns us, shakes the surface of everyday life for a few days or a few hours. It repeats banal situations, known but interesting because they could never be integrated into the lives of those who consume them as an audience. That is why the appeal of programs like Big Brother: its protagonists respond to a casting where cultural types are chosen against which it is possible to say: they are like me, although beautiful, athletic, perverse, violent, liar, good guy, authoritative, etc. , etc. For a few weeks, those chosen ones create their scandals in a vacuum, pious or cruelly locked in a house, heroes or villains of that small world that works by hyperbole.
The weapon of the scandal is the microshock. Not a lasting impact (scandals are not remembered as scenes or characters are remembered) but a flamboyant intervention, a beginning of fire that is that: just a beginning that dies down so quickly and does not remain as a memory but as a sketch in a series. The non-existent intimacy of the sketch has something comical, like the gags of a silent movie. And it is also pathetic because the protagonists of the scandal offer themselves as if they were cockfights: dehumanized, that is, stripped of an intimacy that the common culture built for a hundred years. What remains of these roosters is their weak reputation in the networks and the belief that they exist as long as they exist there.

We are fascinated to see that we are all the same, including celebrities, who are more equal than anyone because of the extreme vulgarity they share. The present stage of the society of the spectacle was not foreseen by Guy Debord: we all want not only to watch, but to be part of it.

Motherhood has become fashionable among the famous also for a reason that leads to think about body styles. For two decades, burly bodies began to be used: large surgical or implanted breasts; Botox supplements in the buttocks, arms and legs that differ from the «model» or mannequin ideal, to approach gym patrons. The body of the models of the sixties did not sit well with the swelling of the belly and breasts imposed by motherhood and lactation. A model of the time, skinny and pregnant, evokes the drawing of German expressionism more than a clumsy copy of Renaissance painting. The Mannequin of the 1960s could say, like Wallis Simpson, the beautiful and distinguished woman for whom King Edward VIII left the throne of England, that «it is never possible to be neither too skinny nor too rich.»
That phrase today does not adapt to an aesthetic that pursues the thin, but also the round. There are changes in the physical ideal not of the runway mannequins, but of the famous ones on television.
That is why it is so related to the world of the famous media that whatever their economic resources are relatively insured. In them, motherhood seems to emerge as a need of the soul that needs to be completed in the potential existence of the future time that children provide. Economic security is a guarantee of the delights of procreation. In safe conditions, motherhood is also an opportunity to exhibit the good body, which comes with the plus of good conscience.
The drive to fame is the great intimacy planner made public. A few decades ago, that intimacy was simply spied on, surprised by the objective of some camera, consciously and laboriously negotiated, eventually sold (as pornographic postcards were sold at the beginning of the 20th century). Now intimacy is planned. Anyone who has witnessed how a journalistic photograph is prepared knows that it takes time to put on lights, try lenses, choose spotlights and camera points, correct frames and, after correcting frames, put lights back on, because the bounces and brightness changed. Consequently, these photos totally lack the «snapshot» effect. They are rather contrived and trivial, like those innocent squares that, almost since the invention of photography, were taken from smiling babies and always more or less sympathetic.

To be famous you need to exhibit subjectivity in an unknown way until the middle of the 20th century. The morning and mid-afternoon of television are occupied by broadcasts that only offer this; a mode of public display of subjectivity and a sentimental or passionate fable. Never have so many people been seen crying, shouting, insulting themselves on camera (not even in the fiction of old teletheaters).
Intimacy is the magnetic quality of this subjectivity exposed to the gaze. What else could be offered? Francis Jeanson defines a state in which «we position ourselves as spectators of ourselves, we are passionate about our own reaction to what happens to us and we count impressions as if it were our neighbor.»
Celebrities have a special power that their public does not possess. They are the same and, at the same time, different, because they are illuminated (although the light is fleeting and almost unmotivated). They have the essential conditions to magnify and monetize their reactions and feelings. Betrayal is no longer just humiliating (as it usually is in the private sphere) but, transformed into scandal, it exposes arguments of dramatic interest. Because of its publicity, scandal is an aesthetic form of everyday life. Being part of an imagination that crosses cultures, motherhood is a source where subjectivity expands. The empire of feelings, when it passes from private to public, acquires qualities that interest precisely those who are not in a position to carry out this passage. The repeated avatars of the self become the plot of a work, even if its actuality is an instant. No one measures duration but impact.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.