La Posverdad. Una Cartografía De Los Medios, Las Redes Y La Política — Roberto Aparici y David García-Marín (coords.) & Manuel Aguilar Gutiérrez & María Luisa Cárdenas Rica & Paul R. Carr & José Luis Dader & Andrea Donofrio & José Antonio Gabelas & Michael Hoechsmann & Carmen Marta-Lazo & Leonardo Murolo & Andrea Pérez Ruiz & David Polo Serrano & Ángel L. Rubio Moraga & Gina Thésée / Post-truth. A Mapping Of The Media, Networks and Politics by Roberto Aparici y David García-Marín (coords.) & Manuel Aguilar Gutiérrez & María Luisa Cárdenas Rica & Paul R. Carr & José Luis Dader & Andrea Donofrio & José Antonio Gabelas & Michael Hoechsmann & Carmen Marta-Lazo & Leonardo Murolo & Andrea Pérez Ruiz & David Polo Serrano & Ángel L. Rubio Moraga & Gina Thésée (spanish book edition)

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Un libro interesante. No podríamos estudiar el fenómeno de la posverdad, uno de los grandes desafíos de la sociedad actual, sin llevar a cabo una profunda aproximación desde el lado de la política, las redes y los medios. La problemática de las noticias falsas, la desinformación, los bulos y el contenido sesgado es especialmente sensible cuando se sitúa en las coordenadas formadas por la institución política y las entidades mediáticas.
Elevamos la posverdad a la categoría de problema para nuestras democracias. La falsedad se despliega en múltiples formas, pasa inadvertida confundida con retazos de verdad, oculta en nuestras formas de ver el mundo, impregnada de forma invisible en el diseño de nuestras interfaces. La posverdad no sólo se halla en cómo nos relacionamos con la información y con la tecnología que nos la provee, también se manifiesta en el declive de los medios tradicionales y en el auge de las plataformas y los falsos medios digitales hiperpartisanos, en nuestro rastro en Internet y los datos que regalamos a las grandes corporaciones, así como en nuestros sesgos cognitivos. Nos mostramos seducidos por una falsa promesa de empoderamiento en las redes cuando prácticamente lo único que encontramos es «diversión hasta morir» (Postman, 1985) y una reclusión en polos ideológicos que refuerzan nuestros gustos, emociones y retuits. Nosotros, cada uno de nosotros, somos los verdaderos actores de la posverdad.

La historia de la mentira no es la historia de un error. Aquí no debemos hablar de errores, sino de mentiras intencionadas. Existen diferentes conceptos que pueden asociarse a la mentira, pero que no son exactamente sinónimos de mentir. El error, el fraude, la astucia, la invención poética, la construcción de una historia ficticia no son equivalentes a la mentira. La mentira no es incompetencia ni falta de lucidez, ni ausencia de ignorancia. Tampoco es un error accidental. El problema viene cuando todas estas dimensiones aparecen, de alguna forma, mezcladas de tal manera que resulta imposible diferenciar cada una de ellas.
La mayoría de las falsas noticias pretenden principalmente eliminar los distingos entre el artículo y la línea editorial, entre la opinión y el paper académico, entre lo contrastado y lo especulativo. A partir de ahí, una vez suplantado el papel de la información rigurosa, cualquier cosa vale.
Así como la mentira no es error ni desconocimiento, sino fundamentalmente intención, la característica esencial de los mentirosos es que conocen la verdad y, al conocerla, la ocultan, la falsean y la recubren para invisibilizarla. Los mentirosos saben cuál es la realidad, saben lo que quieren decir sobre ésta y diferencian ambas dimensiones: «Para mentir, en el sentido estricto y clásico del concepto, hay que saber la verdad y deformarla intencionalmente. Por lo tanto, es preciso no mentirse a sí mismo.

Veles es una ciudad macedonia de 55.000 habitantes. Allí, durante el año 2016 se registró la mayor concentración mundial de páginas web de apoyo al candidato republicano a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Donald Trump. Un grupo de jóvenes habilidosos en los circuitos digitales, residentes en aquella ciudad, logró construir varios sitios online de noticias falsas a favor de Trump y en contra de Hillary Clinton que, convenientemente difundidas en los grupos de apoyo a Trump en Facebook, llegaron a millones de ciudadanos estadounidenses, que generaron una enorme cantidad de visitas a estos contenidos y difundieron a través de sus redes todas las falsedades que estas páginas incluían. Aunque su impacto en las elecciones del país más poderoso del mundo resultó decisivo, el objetivo de los jóvenes macedonios no era ayudar a Trump a vencer a Clinton, sino ganar dinero a través de la venta de espacios de publicidad en sus páginas aprovechando el elevado tráfico que éstas registraron. ¿A quién le importa la verdad cuando se trata de hacerse rico? Bienvenidos a la era de la posverdad.
La manipulación y la mentira viven estos días un proceso de reconfiguración, remodelado y complejización debido a un conjunto multidimensional de factores.
Por un lado, los actores políticos alimentan en múltiples ocasiones la circulación de falsas informaciones a partir de acciones dirigidas a atentar contra la estabilidad de determinadas naciones o interferir en procesos democráticos como elecciones o referéndums. Además, no todos los medios mantienen los mismos estándares de profesionalidad, honestidad e independencia. A pesar de que los propios medios deberían jugar un importante papel a la hora de combatir la desinformación e incrementar la resistencia de la sociedad ante la posverdad.
Asimismo, los entornos virtuales han potenciado la circulación de la falsedad. En nuestros días, los ciudadanos se ven abocados a mantener una relación más directa y más intensa con la desinformación que en cualquier otra época. Una de las claves que explica esta tendencia radica en la distribución automática de la publicidad en función del tráfico generado en las diferentes páginas web. Este modelo, consecuencia a su vez de la aplicación de complejos sistemas algorítmicos y de software, envía un mayor número de anuncios a los lugares de la Web más visitados, independientemente del tipo de contenido que presenten.
La posverdad se encuentra en el declive de los medios tradicionales y en el auge de los medios digitales interactivos, en las campañas electorales, en los grupos de presión a los políticos, en los gobiernos y parlamentos, en la negación de la ciencia, en los grupos de WhatsApp, en nuestro rastro digital, en nuestros sesgos cognitivos. En nuestro cerebro. La posverdad es una programación, una codificación del mundo que nos coloca a todos en la tesitura de jugar al like, al retuit, al remix y a compartir los contenidos sesgados y falsos que inundan cada día nuestros espacios virtuales. Somos jugadores seducidos por la promesa de la participación en una partida global donde nuestra voz casi nunca resuena con fuerza, pero donde nuestros actos tienen valor político y económico que rentabilizan las élites tecnológicas. La posverdad es primordialmente una cuestión sobre nosotros. Si la tecnología digital es el hardware de nuestro mundo, la posverdad es su software.

En los últimos años, se ha producido una explosión y fragmentación de los medios, de sus fuentes y de sus plataformas, lo que ha provocado un movimiento de convergencias y el florecimiento de nuevas maquinarias mediáticas. El conocimiento se intercambia, se forma, se cultiva y se propaga a una velocidad sin precedentes. Las redes sociales constituyen espacios sociales virtuales sin restricciones y en constante evolución, donde las nuevas realidades se redefinen y desarrollan de forma permanente. Los grandes medios tradicionales, el sector no formal (asociaciones y organizaciones) y el sector informal (individuos, activistas) se cruzan, dialogan y se confrontan entre sí, de acuerdo con las nuevas reglas del juego y en coordinación con los nuevos actores que están inmersos en redefinir e, incluso, transformar las realidades sociales.
La democracia tiene cada vez menos sentido si no nos interrogamos acerca de nuestro poder real, la justicia social, la alfabetización política, el cambio transformador y las relaciones de poder injustas que pasan por el tamiz de los medios, y que se dan sobre todo en las formas mediáticas contemporáneas establecidas en la Red. La democracia requiere una población funcional, comprometida y alfabetizada, que pueda participar y configurar, de manera significativa y crítica, los discursos y las formas de la sociedad en la que existe.

La posverdad no solamente es mentira, sino que se construye con fake news de las que no importa su falsedad porque operan como reafirmación de aquello que las audiencias previamente han incorporado como verdadero. De forma puntual, operan más en el plano emocional que en el racional, tiene sustento más en los sentimientos construidos previamente que en los hechos contrastables.
De todos modos, tanto la posverdad a modo de imaginario, como las fake news que la sustenta, deben estar construidas bajo el rigor de la verosimilitud. No de una verdad filosófica, ni de una realidad chequeable, sino de una posibilidad de ser. No se asientan en la lógica disparatada del meme ni del sarcasmo del gif, sino en la estructura probada de los géneros periodísticos y de la reiteración mediática.
Estamos en un mundo digital en el que existe más información que nunca, y donde tenemos más posibilidades de sentirnos más libres para ejercitar la expresión, pero donde el control nunca fue mayor. Los holdings que ocupan el poder, los dueños de la información y el entretenimiento, son muy pocos, pero son los que tejen los nodos de la verdadera influencia política, económica, cultural y social. Situaciones como la venta de perfiles para determinadas causas políticas sólo son la punta del iceberg.
Los influencers ejercen de cebos para crear corrientes de opinión que marquen tendencias y tracen la agenda setting. La ubicuidad y el consumo-interacción multipantallas amplificará y reforzará esta visión, esta representación mediática, asumida como verdadera.

El problema reside en los contenidos que somos capaces de desarrollar y luego, por supuesto, está claro que hay técnicas nuevas y que hay que formar a las nuevas generaciones en esas nuevas técnicas para que sean capaces de sacar, de exprimir, lo mejor de los nuevos entornos. Los planes de estudios de Comunicación tienen asignaturas con denominaciones aparentemente anodinas, pero en las que lo verdaderamente importante son los contenidos que tengan.
Las mentiras siempre han sido consideradas como herramientas necesarias y legítimas, no sólo del oficio del político o del demagogo, sino también del oficio del hombre de Estado. ¿Por qué esto es así? ¿Y qué significado tiene, por una parte, en cuanto a la naturaleza y la dignidad del ámbito político, y por otra en lo que se refiere a la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la buena fe?.

Analizar la posverdad es examinar dos caras de un mismo proceso. Por un lado, hay una intención en la construcción del mentir por parte de los medios, políticos, empresarios, lobbies y grupos financieros. Pero por otro, hay una responsabilidad que yace en nosotros mismos porque demandamos la mentira para emocionarnos, puesto que la verdad no emociona. Estamos continuamente legitimando la mentira. ¿Qué sucede con las audiencias cuando un medio intenta ser verosímil y ajustarse a ciertas normas de veracidad? Tienden a caer estrepitosamente en picado. En la persecución de la audiencia, y por tanto del dinero, algunos medios combinan la intencionalidad política y el objetivo de no dejar escapar a ni un solo miembro de su público.
Debemos tomar conciencia y descubrir qué dosis de posverdad está presente en nuestro día a día.
La realidad nos dice que el mentir funciona, el mentir da resultado, y ése es uno de los mayores peligros para nuestras democracias.

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An interesting book. We could not study the phenomenon of post-truth, one of the great challenges of today’s society, without carrying out a profound approach from the side of politics, networks and the media. The problem of fake news, disinformation, hoaxes and biased content is especially sensitive when it is located at the coordinates formed by the political institution and the media entities.
We raise post-truth to the category of problem for our democracies. Falsehood unfolds in multiple ways, it goes unnoticed, confused with bits of truth, hidden in our ways of seeing the world, invisibly impregnated in the design of our interfaces. Post-truth is not only found in how we relate to information and the technology that provides it to us, it also manifests itself in the decline of traditional media and the rise of hyperpartisan platforms and false digital media, in our trail in Internet and the data we give away to large corporations, as well as our cognitive biases. We are seduced by a false promise of empowerment in networks when practically all we find is «fun to death» (Postman, 1985) and a seclusion in ideological poles that reinforce our tastes, emotions and retweets. We, each of us, are the true actors of post-truth.

The history of lies is not the history of error. Here we should not talk about mistakes, but about intentional lies. There are different concepts that can be associated with lying, but that are not exactly synonyms for lying. Error, fraud, cunning, poetic invention, the construction of a fictional story are not equivalent to lies. Lying is not incompetence or lack of lucidity, nor absence of ignorance. Nor is it an accidental mistake. The problem comes when all these dimensions appear, somehow, mixed in such a way that it is impossible to differentiate each one of them.
Most of the false news mainly aims to eliminate the distinctions between the article and the editorial line, between opinion and academic paper, between the contrasted and the speculative. From there, once the role of rigorous information has been supplanted, anything goes.
Just as lying is not error or ignorance, but fundamentally intention, the essential characteristic of liars is that they know the truth and, when they know it, they hide it, falsify it and cover it to make it invisible. Liars know what reality is, they know what they mean about it and they differentiate both dimensions: «To lie, in the strict and classic sense of the concept, you have to know the truth and intentionally distort it. Therefore, you must not lie to yourself.

Veles is a Macedonian city of 55,000 inhabitants. There, in 2016, the world’s largest concentration of web pages was recorded in support of the Republican candidate for the United States presidential election, Donald Trump. A group of young people skilled in digital circuits, residing in that city, managed to build several online fake news sites in favor of Trump and against Hillary Clinton that, conveniently disseminated in groups supporting Trump on Facebook, reached millions of US citizens, who generated an enormous amount of visits to these contents and spread through their networks all the falsehoods that these pages included. Although its impact on the elections of the most powerful country in the world was decisive, the goal of the young Macedonians was not to help Trump beat Clinton, but to make money by selling advertising space on his pages taking advantage of the high traffic that these registered. Who cares about the truth when it comes to getting rich? Welcome to the age of post-truth.
Manipulation and lying these days are undergoing a process of reconfiguration, remodeling and complexification due to a multidimensional set of factors.
On the one hand, political actors feed the circulation of false information on multiple occasions through actions aimed at undermining the stability of certain nations or interfering in democratic processes such as elections or referendums. Furthermore, not all media maintain the same standards of professionalism, honesty and independence. Despite the fact that the media themselves should play an important role in fighting disinformation and increasing society’s resistance to post-truth.
Also, virtual environments have promoted the circulation of falsehood. In our days, citizens are forced to maintain a more direct and intense relationship with disinformation than in any other time. One of the keys that explains this trend lies in the automatic distribution of advertising based on the traffic generated on the different web pages. This model, in turn a consequence of the application of complex algorithmic and software systems, sends a greater number of advertisements to the most visited places on the Web, regardless of the type of content they present.
Post-truth is found in the decline of traditional media and the rise of interactive digital media, in electoral campaigns, in pressure groups on politicians, in governments and parliaments, in the denial of science, in the WhatsApp groups, on our digital trail, on our cognitive biases. In our brain. Post-truth is a programming, a codification of the world that places us all in the position of playing like, retuit, remix and sharing the biased and false content that flood our virtual spaces every day. We are players seduced by the promise of participation in a global game where our voice hardly ever resonates strongly, but where our actions have political and economic value that make the technological elite profitable. Post-truth is primarily a matter about us. If digital technology is the hardware of our world, post-truth is its software.

In recent years, there has been an explosion and fragmentation of the media, its sources and its platforms, which has caused a movement of convergences and the flourishing of new media machinery. Knowledge is exchanged, formed, cultivated and spread at an unprecedented speed. Social networks constitute virtual social spaces without restrictions and in constant evolution, where new realities are permanently redefined and developed. The mainstream traditional media, the non-formal sector (associations and organizations) and the informal sector (individuals, activists) intersect, dialogue and confront each other, in accordance with the new rules of the game and in coordination with the new actors that are immersed in redefining and even transforming social realities.
Democracy makes less and less sense if we do not ask ourselves about our real power, social justice, political literacy, transformative change and unjust power relations that pass through the sieve of the media, and that occur especially in contemporary media forms established on the Internet. Democracy requires a functional, committed and literate population that can participate and configure, in a meaningful and critical way, the discourses and forms of the society in which it exists.

Post-truth is not only a lie, but it is built with fake news that its falseness does not matter because they operate as a reaffirmation of what audiences have previously incorporated as true. From time to time, they operate more on the emotional than on the rational level, they are based more on previously constructed feelings than on verifiable facts.
In any case, both post-truth as an imaginary, and the fake news that supports it, must be built under the rigor of plausibility. Not from a philosophical truth, nor from a testable reality, but from a possibility of being. They are not based on the crazy logic of the meme or the sarcasm of the gif, but on the proven structure of journalistic genres and media reiteration.
We are in a digital world where there is more information than ever, and where we have more possibilities to feel freer to exercise expression, but where control was never greater. The holdings that hold power, the owners of information and entertainment, are very few, but they are the ones that weave the nodes of true political, economic, cultural and social influence. Situations such as the sale of profiles for certain political causes are only the tip of the iceberg.
Influencers act as baits to create currents of opinion that set trends and set the agenda setting. The ubiquity and multi-screen consumption-interaction will amplify and reinforce this vision, this media representation, assumed to be true.

The problem lies in the content that we are able to develop and then, of course, it is clear that there are new techniques and that new generations must be trained in these new techniques so that they are able to extract, to squeeze, the best of new environments. The Communication curricula have subjects with apparently nondescript names, but in which what is truly important is the content they have.
Lies have always been considered necessary and legitimate tools, not only of the office of the politician or the demagogue, but also of the office of the statesman. Why is it like this? And what meaning does it have, on the one hand, regarding the nature and dignity of the political sphere, and on the other, regarding the nature and dignity of truth and good faith?

To analyze post-truth is to examine two faces of the same process. On the one hand, there is an intention in the construction of lying by the media, politicians, businessmen, lobbies and financial groups. But on the other, there is a responsibility that lies within ourselves because we demand lies to move us, since the truth does not move. We are continually legitimizing the lie. What happens to audiences when a medium tries to be plausible and conform to certain truth standards? They tend to plummet precipitously. In the persecution of the audience, and therefore of the money, some media combine political intent and the objective of not letting a single member of their audience escape.
We must become aware and discover what dose of post-truth is present in our day to day.
Reality tells us that lying works, lying works, and that is one of the greatest dangers for our democracies.

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